Kovashi Shimatsu
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C. de Haki
C. de Akuma
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El viaje con Panda comenzó. Se abrieron paso por la ciudad, que demostró ser digna de su reputación o al menos en comparación con las visitadas. Hasta ahora todo estaba repleto de pueblos, con poca calidad tanto en estructura como en historia, Logue Town era diferente. — Dicen que para ser alguien en la vida, debes visitar antes Logue Town, hay una mística detrás que es encantadora. — Abrió conversación. — ¿Tú qué crees? — Cuando acabó de preguntar, Panda señaló a un local, lo que buscaban. " Maty Mey, la señora del poncho azul" era su nombre. Tan solo destacaba en que su tamaño era más grande que el de las casas que estaban construidas alrededor, su gran chimenea afrontaba un duro rival arquitectónico con la plaza de ejecución, pues parecía tener una construcción especialmente curiosa.
— ¡Durum a trss moneditssss! — Gritaba un hombre cerca. Alrededor de la taberna si que se podía ver más vida, especialmente vendedores ambulantes de comida. El amigo, de aspecto arabe, se acercó hasta Panda, ofreciéndole aquel extraño alimento envuelto en pan quemado, con mucha especia y la especialidad cultural del tipo, la mítica salsa blanca. — ¡No arrepentir amigo monstruuuuo! — Kovashi empezó a reír, pero no tardó en abrir la puerta del local.
Era humilde, todo de madera, como solía pasar. No le molestaba, la infancia de Kovashi, bueno parte de ella, fue construida en locales de mala muerte completamente con esta ambientación. En el fondo hasta le tenía cariño. Se aproximó a la barra, donde cuatro hombres formaban un corro cerca. Dos camareras, unos quince comensales. — Jamás hubiera dicho que era también un restaurante. — Se acomodó sobre el primer taburete que encontró. Uno mullido con la tela morada. El color de la suerte.
— ¡Mujer, una cerveza! — Vociferó. La dama se giró, frotándose la frente con la diestra, llevándose toda la sudor. Parecía cansada, aún y así, aceptó la comanda, poniéndole la bebida rápidamente a Kovashi. — Os va bien el negocio. — Trago.
— ¿Cómo? ah si .. Sí. — Se volvió a frotar la frente. Era una mujer físicamente espectacular, bien maquillada, cabello castaño al que cuando tocaba la luz amarillenta del local, se volvía claro como la miel. Eso sí, estaba agotadísima.
— Te pillo trabajando, comprendo. Espero que te sirvan mis disculpas, mujer. — Volvió a dar otro trago. La hembra se quedó un momento petrificado, no sabía si tomarlo a broma o darle el valor que merecía a por fin encontrar una nota disonante (para bien o para mal). Estaba cansada de los hombres de bar, asumió rápidamente que Kovashi sería otro (no se equivocaba) así que afirmó irónicamente con la cabeza y se marchó. Fue hacia una mesa repleta de seres pequeños y verdosos con los que comenzó a juguetear.
— Guarra. — Susurró tras dar el último trago que acabaría con su jarra.
Max D. Bambú
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C. de Haki
C. de Akuma
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El local que el panda había escogido era bastante grande, con una arquitectura particular y posiblemente con siglos de historia, a diferencia de los bares de muchos pueblos que eran casas acondicionadas para servir bebidas y poco más. La pregunta del peliblanco era meritoria de reflexión, pero el panda encontró la respuesta encerrada en sus pensamientos. —Creo que todo el mundo pasa por Loguetown, tanto quien es alguien como quien no lo es. —Es decir, que la grandeza no viene de haber visitado o no la ciudad, sino que sencillamente todo el mundo la visitaba porque tenía historia, porque sus fantasías sintonizaban una melodía con las leyendas que de la ciudad emanaban. Sobre aquellas calles, en aquellos lugares emblemáticos, los sueños se materializaban en deseos y los deseos se transformaban en aventuras. —Quizás nuestra presencia aquí sea recordada algún día como predecesora de nuestra grandeza. —Y lo dejó ahí, en el aire. No añadió más a aquella oración porque no sintió la necesidad de hacerlo. La solemnidad de aquellas palabras fue interrumpida por la presencia de demasiadas especias sobre un trozo de carne situado a escasos centímetros del torso del panda. Don Bambú miró hacia abajo y se dio cuenta de que un señor árabe, bajito y con una media sonrisa cautivadora le estaba ofreciendo comida callejera. —¡No arrepentir amigo monstruuuuo! —Kovashi empezó a reírse y el panda no pudo evitar sonreír un poco. Al ver que el panda no le ignoraba, el comerciante colocó su mano en el lateral de su cara, como pretendiendo tapar aquella conversación y adoptando un gesto de complicidad. —Trss moneditssss ¡Y Voy A La Ruina! —Eso último sonaba ensayado. Sin duda un comerciante de aquel calibre merecía vender algo. El panda sacó de su bolsillo exactamente tres monedas y se las tendió al comerciante. Con un rápido movimiento de manos, las monedas ya no estaban en posesión del panda, pero sí lo estaba una especie de bocadillo raro. Nunca había comido nada parecido, porque en Isla Conomi no vendían esas cosas. —Grac... —Pero el comerciante ya estaba otra vez junto a su puesto, ofreciendo el mismo trato a todo el mundo como si fuera la mejor oferta del mundo. A ojos del panda era enano y muy escurridizo.
Don Bambú siguió a Kovashi al interior de la taberna con la humeante delicatessen en su mano derecha. El local tenía pinta de medio restaurante, pero podría ser un bar donde sencillamente se servía comida. El panda seleccionó la silla más robusta que encontró y se sentó a un lado del peliblanco. Aunque la silla no era tan alta como un taburete, la cabeza del panda daba más o menos donde la de su compañero por la diferencia de alturas al sentarse. Kovashi pidió una cerveza y el panda aprovechó la presencia de la camarera. —Para mí otra, lo más grande que pueda ser. —Y se la sirvió también al momento. La jarra era de litro y medio, una auténtica monstruosidad. Antes de irse después de unos momentos tensos con el peliblanco, la camarera le echó un ojo a la comida que llevaba el panda. —No se puede... La comida de fuera no está permitida. —Esa sí que no se la esperaba. Las ciudades eran una cosa rara, pero al panda ni le apetecía discutir ni irse fuera a comer, así que abrió el envoltorio de aquella cosa y se la metió entera en la boca. Estaba medio caliente y medio fría, como si la carne se hubiera calentado separada de las verduras y las salsas, pero no estaba mala. Las especias le daban un sabor bastante picante. Para la enorme boca del panda aquella cosa era como un aperitivo. Al ver eso, la camarera decidió que decirle algo sería una pérdida de tiempo y energía y se fue con unos hombrecillos verdes cuya raza el panda no logró identificar. El panda se bajó la comida con ayuda de un largo trago de cerveza y no pudo evitar comentarlo. —El primer bar que veo que no deja comida de fuera. —Y se encogió de hombros. El panda miró a la otra camarera. Tenía el pelo de un color indeterminado, seguramente lo que la gente que percibía los colores correctamente denominaba rojo o rubio. Debía de ser guapa para estándares humanos, porque tenía babeando a un par de clientes al otro lado de la barra. Aquellos dos sujetos, supo reconocer el panda, eran feos de cojones.
Y allí estaban. Dos sujetos que en principio no podían mantener una conversación de 15 minutos sin insultarse el uno al otro, sin lanzarse puyas o enfadarse con la personalidad tan antagónica de su compañero, bebiendo pacíficamente cerveza en un bar restaurante con posiblemente siglos de historia y una clientela extremadamente desagradable. Don Bambú decidió preguntarle a su compañero algo que rondaba su cabeza desde hacía un tiempo ya. —¿De dónde eres? —Para algunas personas su origen era algo de lo que sencillamente no se hablaba, pero no sabía qué filosofía de vida llevaba su compañero más allá del alcohol, las mujeres, la fiesta y la fama.
Kovashi Shimatsu
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C. de Haki
C. de Akuma
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Panda llegó y preguntó, no fue cualquier pregunta, esta era íntima, al menos lo era para Kovashi. Eran preguntas que tenían que llegar, pues la relación entre los compañeros de aquel grupo de revolucionarios iba creciendo y al final se tenían que conocer. — Mi isla natal está en el nuevo mundo. — Llegaron tres jarras de cerveza fría, helada. Kovashi tomó una y daría un eterno trago acabando con la totalidad del contenido. El alcohol hacía tiempo que ya casi ni le embriagaba. — Supongo que podría contarte el tremendo viaje que pasé hasta llegar al East Blue, que es un océano que se encuentre literalmente al otro lado del mundo, pero no fue así. — Se sentó dándole la espalda a la barra, con los codos apoyados en ella, una vez dejada la jarra. Parecía pensativo con la idea de contarle la verdad, pero para qué mentir en eso.
— Fui torturado durante casi dos años por mi propio padre. — Amagó una mirada de odio profundo, muy profundo. — Esos dos años encerrado fueron mi espectacular viaje, repleto de historias que contar. — No eran dos años, fue un año y poco y desde luego las historias eran nulas. Oscuro recuerdo que se abrió. — Pero no quiero deprimirte, Panda. — Le golpeó el ante brazo con el suyo propio. — Qué es de tu historia. — Por alguna razón siempre que veía un mink lo enlazaba a la historia de Khruner, cuando en realidad eso era casi imposible. Una tribu de mink oso pardo nómada, que nunca se establecían y que tenían sus propias creencias, no sería lo habitual.
La camarera volvió a pasar por delante de ambos, lanzándoles el ojo sibilinamente. Estaba “trabajando”, entonces se ponía a jugar. - ¿Llevará bragas? - Fue lo que pensó al fijarse en su trasero aplastado sobre aquel cuero negro que le quedaba tan bien. Lo que sí hacía la bebida en él es encenderle en muchos sentidos, sexual, emocional y etc.
Enma
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C. de Haki
C. de Akuma
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Desde su llegada a Logue Town, Enma había estado la mayor parte del tiempo con Derya y Khruner. Se perdieron por sus calles para conocerla más a fondo, pidieron información en diferentes tabernas, compraron algún que otro detalle y celebraron su encuentro con un par de cervezas. En el caso de Enma, un café. Debido a su infancia, todavía no había superado el hecho de que ya era una persona adulta (en términos legales), así que en algunas ocasiones -como ésta- se ceñía a las normas y conductas más adolescentes. Pero después de haber pasado más de media tarde con ambos, Enma decidió adentrarse él sólo en las pequeñas calles que aquella ciudad escondía, encontrar sitios que le pudiesen fascinar y alimentar su curiosidad y, por qué no, continuar aprendiendo sobre su oficio. Ahora que tenía a quien cuidar, tenía que ser el mejor médico del mundo. – Oye… yo me voy… Quiero buscar… algo... – Susurró, para después separarse del grupo.
Entró en varios lugares. Boticarios, la mayor parte de ellos. Uno de ellos le resultó particularmente llamativo, pues hablaba de ‘tejidos curativos’. ¿Qué era eso? Entró para descubrirlo. – Hola… - Comenzó a ojear las estanterías. Estaban repletas de pócimas extrañas, algunas de ellas con varias hierbas en su interior, de libros completamente carcomidos y de una sección de tejidos especiales. O eso ponía en el cartel. Pero eran trapos. Unos trapos que cualquier persona podría emplear en su cocina o para limpiar cualquier desperdicio. Pero algo le había llamado la atención. – Vaya, señor, veo que le interesa nuestra especialidad. – El vendedor se acercó. – Verá, tan sólo tiene que ponerlo en la zona infectada, y por nuestra fórmula secreta, las heridas comenzarán a sanar más rápido. No es inmediato, pero acelera el proceso. Son muy curativas. – Le puso uno de ellos alrededor de la muñeca. – Lleve este y ya me lo dirás en un tiempo. Son mágicos. – Expresó, con una gran sonrisa. El pelirrojo, carente de habilidades sociales, y mucho menos comerciales, simplemente asintió y se despidió. – Gracias… señor… - Cerró la puerta. Ojeó el trapo y lo cierto es que sentía que aliviaba. Sentía calor en la zona, un calor intenso pero cálido. Familiar, incluso. – Podré… ¿Podré aplicar esta fórmula para las tiritas…? – Quizá, si lograra descubrir si eso era real, podría crear su propio ‘tejido especial’. Tiritas curativas. ¿De qué hablaba esta gente?
Continuó caminando por las calles y entró en una taberna con mucho bullicio. Había una persona inmensa y otra no tanto. Eran Panda y Kovashi que, para sorpresa de nadie, estaban bebiendo un poco. – Hola… – Se sentó al lado de Panda, haciéndose un hueco. – Me gusta cómo… trabajáis por la revolución… – Levantó la mano para avisar a la persona que estaba trabajando y pedir un zumo. – De naranja… – Susurró. – ¿De qué… hablabais? – Estaba algo curioso por el tema de conversación que podrían tener.
Max D. Bambú
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C. de Haki
C. de Akuma
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21-10-2023, 12:36 AM
(Última modificación: 21-10-2023, 12:37 AM por Max D. Bambú.)
Panda agarró la cerveza más grande de las tres que les sirvieron y dio un trago largo. No bebía tanto como Kovashi, pero tenía tanto cuerpo que emborrachar al panda era difícil. No tan difícil, pero no fácil. El panda escuchó con interés la historia del peliblanco. Venía del nuevo mundo. El panda había leído mucho de ese lugar. Teóricamente, de allí venían los mink también, aunque él había nacido en Isla Conomi y su padre nunca hablaba de su migración hacia los Blues. Muchos mink debían de soñar con la vida apacible de los Blues. No supo que decir cuando Kovashi le habló de la tortura de su padre. Panda entendía algo similar, pero su padre no le torturaba, solo renegaba de él y era un imbécil en general. Mirando a su cerveza, el panda hizo lo único que consideró digno de la situación. —Vaya mierda. —Y dio otro trago. Un golpe en su antebrazo le dio la palabra. —Mi historia no es tan interesante. Nacido y criado en Isla Conomi, donde los cítricos. Mi madre era bibliotecaria, como yo, y mi padre marine. Me mandó a la mierda cuando no quise seguir sus pasos y yo le mandé a la mierda más fuerte. —Se encogió de hombros. —Luego murió. —Entonces llegó Enma, oportuno como él era, y se pidió un zumo de naranja. Dijo algo de trabajar para la revolución. —La revolución está sedienta, joven, ¿cómo vas a defender la libertad con zumo de naranja? —Se rio de su propio chiste, era el efecto de la cerveza que le soltaba de las ataduras de las convenciones sociales. Volvió a dar un trago largo que vació la jarra y pidió otra con un gesto, dejándole la tercera a Kovashi.
Kovashi Shimatsu
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C. de Haki
C. de Akuma
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30-10-2023, 06:57 AM
(Última modificación: 30-10-2023, 06:59 AM por Kovashi Shimatsu.)
La historia de Panda resultó que no se iba muy lejos, también tenía entre ceja y ceja a su referente paterno. Kovashi no dijo nada, tan solo bebió de nuevo. Comenzó a notar la calentura que ofrecía el alcohol. Le subía por el estómago hasta la cabeza.
— Tengo ganas de quemar algo... — Susurró para si mismo. Hablar del tema le ponía de muy mal leche, en algunos casos hasta algo le decía de destrozar lo que hubiera alrededor para saciar su genio. Enma llegaría, pidiendo un zumo, lo que hizo estallar a Kovashi en gracia. — ¡Jjiajiajiajia! — Reía y reía. Se levantó del asiento, quedando de frente a Panda y Enma. — El pequeño es un chico sano. — Kovashi se acabó la jarra que tenía en la mano, aunque se la quedó. — ¿Cual es tu historia? tengo ganas de escuchar algo sobre campo de algodones, madres furiosas por no limpiar la cama antes de ir a clase y criadas a las que no caes bien y te escupen en el desayuno sin que tú lo sepas. — Fue a dar otro trago, pero no quedaba. Si no tenía cuidado Kovashi no dejaría de beber, lo hacía de forma pasiva cuando estaba cómodo.
El bullicio de la taberna aumentó, con el número de personas y como no, los sonidos. También pusieron algo de música. Enma tendría que levantar la voz. Kovashi ya daba por perdida esa batalla, pues el pelirrojo solía tener un tono muy en reservas, como intentando guardar la energía. La camarera pasó por un costado, Kovashi, ágil, le quito una de las copas que la mujer portaba. Le miró con mala cara pero no se detuvo. Kovashi por su parte le guiñaría un ojo. Se metió la copita de vino tinto de un sorbo.
— De lujo. — Dijo al relamarse. Tiró la copa al suelo, nadie le miró, como se iba relatando ya comenzaba a verse exceso de gente y sonidos, aquello pasó desapercibido.
Max D. Bambú
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A pesar de que el alcoholizado Panda era menos perceptivo de lo habitual, sí que pudo percatarse de la creciente hostilidad del peliblanco. Kovashi era así. Aguantaba muy bien la bebida, pero en cuanto comenzaba a subírsele a la cabeza se volvía más agresivo, más proclive al conflicto. Habló de la historia de Enma, tratándolo como a un niño rico y mimado al que nunca le faltó de nada. Había hecho algo similar con el panda en el pasado, insinuando que era alguna especie de santo incorruptible al cual no se le podía echar en cara nada. Sin embargo el Panda tenía sus luces y sus sombras, como todo el mundo. En batalla se tornaba una bestia casi incontrolable y parecía que en su verdadera naturaleza se encontraba la violencia. —Oye, dale un poco de cancha al chaval *hic* —Las mejillas sonrosadas de Don Bambú no podrían apreciarse debajo de su pelaje, pero aquel hipido le delató como ebrio. El panda levantó una mano con una jarra vacía en dirección a la camarera que todavía estaba en la barra. Ésta puso mala cara y le rellenó la jarra. —Enma es un muchacho bien educado y que se cuida. Me recuerrrrda a mí. Por eso te cae mal, fijo. —Otro trago, más largo de lo habitual. El panda se levantó cuando Kovashi tiró su copa al suelo y se terminó la suya como si no fuera tres veces lo que una jarra normal. La depositó en la mesa agrietando la jarra sin querer, pero nadie pareció darse cuenta. Miró a los ojos a su compañero, expectante acerca de cuáles eran sus planes. Enma tenía que pronunciarse si quería que se le respetara, pues Kovashi no entendía la lengua que él hablaba.
Enma
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C. de Haki
C. de Akuma
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El alcohol hacía estragos en las personas, de eso no había duda. Es algo que Enma siempre había escuchado, no sólo en su entorno sino también en la taberna del pueblo. En cierta manera, la situación recreada en aquel lugar, con gente bebiendo y festejando cotidianidades, le recordaba al reinado de los piratas en su isla natal, y era algo que le producía un sentimiento de rechazo e incomodidad. Intentó ignorar esta sensación introduciéndose en la conversación de Kovashi y Panda, pero parecía que habían bebido demasiado como para poder dialogar sobre algo medianamente normal. La copa de Kovashi cayó al suelo y comenzó a soltar una serie de carcajadas después de escuchar que Enma quería un zumo. La camarera, muy agradable, se lo puso delante. - Gracias... - Y tomó un sorbo. No era un zumo natural, tenía una cantidad de azúcar inimaginable, pero no estaba mal. Siguió bebiendo hasta que Kovashi dejó de reírse, para preguntarle por su pasado, el cual creía que había sido el de un niño de familia rica y acomodada. O eso daba a entender por sus palabras. - Lo cierto... es que no todos hemos tenido una infancia de mujeres y alcohol... - Dio un sorbo al zumo. Era un vaso pequeño, así que pronto lo terminaría. - Podría hablarte sobre los abusos... físicos y... más que eso... de los piratas... - Se colocó una tirita en la frente. - También sobre los de... mi padre... y la marina... los asesinatos del pueblo... - Terminó el zumo. - Pero no creo... que lo entendieras... - El estado de embriaguez era tal, que el pelirrojo consideraba que dialogar con él iba a ser un ejercicio completamente inútil.
Panda entró en la conversación, en un claro intento por reducir la tensión en aquella situación. Enma no era capaz de notar el posible sarcasmo que se escondía detrás de las palabras de Kovashi. Tampoco entendía lo que era la embriaguez, pues es algo que detestaba, por lo que se encontraba encerrado en una situación en la que no se sabía desenvolver. Aún así, miró hacia Panda y asintió con la cabeza, mostrando que estaba de acuerdo con sus palabras. - El peliblanco... - Levantó la mano para pedir otro zumo. - Detesta la inteligencia... - Hizo un amago de sonreír, aunque no le salía.
Kovashi Shimatsu
Fuerza
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Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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Kovashi golpeó el brazo de Panda en tono cómico al notar en sus palabras como la bebida empezaba a notarse. Volvió a reír. Tras eso Enma comentaría que, al igual que Kovashi, también tuvo un pasado muy lejano a la facilidad. No insinuó, confirmó que el propio Shimatsu sería incapaz de entenderlo. Cómo no, aquello también le hizo gracia. — Chico, yo soy el que mejor puede entenderte. —
Se señaló el rostro. Kovashi era un hombre que tenía facilidad con las mujeres, se le solía considerar atractivo, vete a saber por qué, pero su cara era un poema, repleta de cicatrices imposibles de ocultar, resumen de una vida muy dura. — Supongo que a unos les rompían los huesos y a otros nos destrozaban por fuera. — Tomó otra copa que pasó por ahí de una camarera. Se la bebió de un golpe. — ¡Jajajajajaja! — La risa tapaba cualquier problema, ¿no?
El compañero de la chica (camarera) dejó sobre la mesa cuatro jarras y seis chupitos de color azul. — ¡Gracias nene! — Le lanzó un fajo de billetes a la cara, el muchacho lo agarró como pudo y salió de ahí feliz. — Celebremos nuestro puto pasado. — Tomó uno de los chupitos. — Hagámoslo por nuestro presente. — Lo levantó con la diestra. — Y sobre todo ... Celebremos el futuro. — Chocó él baso con el de sus compañeros, esperando que estos le siguieran el movimiento.
Enma
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C. de Haki
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05-11-2023, 10:14 PM
(Última modificación: 06-11-2023, 12:21 PM por Enma.)
Parecía que la situación y la conversación fluía mejor de lo que Enma podría esperar. Kovashi asintió después de haber escuchado sus palabras, como mostrando cierta debilidad ante ellas, y dejando entender que habían vivido situaciones similares. Eso tranquilizó a Enma, pues siempre había sido juzgado por su pasado, especialmente por haber sido víctima de su propia familia. - Si es así... - Murmuró, ordenando otro vaso de zumo con su mano derecha. Pero rápidamente paró a la camarera y dijo... - Mejor... otra cerveza... - Susurró, de forma débil, siendo consciente de que igual no era muy buena idea. Nunca había bebido alcohol así que no sabía cómo le podría afectar. Pero seguramente mal. Sobre todo, si bebía en exceso. Cuando llegó la cerveza la juntó con las de Panda y Kovashi y brindaron. Brindaron por ellos y por sus pasados. Brindaron también por haber encontrado un lugar. Brindaron por ser... familia. O eso pensaba Enma. - Esto sabe fatal... - Dijo mientras le caía un poco de cerveza de la boca. Pero siguió bebiendo.
- ¿Por qué... dices que puedes... entenderme? - Preguntó mientras se limpiaba. ¿Quizá estaba arruinando el momento? Seguramente, lo de 'destrozar los huesos' tendría algo que ver con lo que Enma estaba preguntando y por lo que tenía interés, pero no era la persona más lúcida en contextos sociales.
Estos momentos eran por los que Lillian había luchado tanto. Eran estas pequeñas cosas que el revolucionario 'senior' le había dicho al no tanto senior que disfrutaría, llegado el momento. - Ve al mar y encuentra a quienes puedas llamar familia. - Sus palabras resonaban cada vez más fuerte en su cabeza.
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