Invitación | Pasado
#21
¿Cómo sería abrazar el infierno?

Enji sabía, o intuía, lo que debía sentirse envolver el purgatorio con los brazos, pegarlo a tu pecho y dejarlo descansar en tu carne, como un viajero desgastado por el tortuoso camino. Lo había experimentado y, en más de un sentido, cargaba con las cicatrices de esa experiencia. Algunas en la piel, otras en la mente. Unas estaban a la vista, en su cuerpo: trazos de tinta sobre un lienzo que alguna vez fue puro y ahora apenas se intuye bajo la cantidad de líneas que lo atraviesan; otras, invisibles, permeaban sus pensamientos, sus sueños y pesadillas, su vida y su futuro. Nadie quedaba impune después de abrazar el infierno. A veces se preguntaba, sin embargo, si no se habían pasado un poco. Si no podían haber tenido algo de piedad.

Apartó la mente de esos pensamientos. ¿Llorar sobre mojado? Él no era de esos. Aunque tenía sus días, como todos, de melancolía.

—¿Un héroe de los niños? Sí, eso suena a algo que diría el bonachón de Juan.

Un nuevo sorbo a la cerveza y se quedó unos segundos callado. Observó, curioso, la forma en que Miyori jugaba con su mano. Se la veía tan concentrada en su palma que pensó por un segundo que había encontrado alguna anomalía, como un lunar nuevo o una vieja cicatriz que hubiera olvidado. ¿Qué tenía de especial su mano? Llevaba cinco dedos, como todos; las uñas un poco largas, quizá; ¿tenía restos de veneno debajo de ellas?

Suspiró y, por detrás del silencio, llegaron las preguntas.

Una detrás de otra, sin respiro ni pausa, las incógnitas cayeron sobre su cabeza. No hubo margen para responder a una antes de que otra fuera planteada. Se apilaron como troncos de un bosque deforestado y sintió su peso en los hombros.

—Ah… —Se incorporó en la silla, levantó el índice y abrió la boca con la intención de responder; sin embargo, se detuvo. Tenía la palabra en la punta de la lengua, pero dudó. Arrugó el entrecejo—. Hmmm… bueno, sí, creo que podría… venderlo.

Un modelo de negocio empezó a aparecer en su cabeza. Los primeros trazos, las primeras ideas de lo que podría ser una nueva fuente de ingresos para su siempre necesitada división. ¿Vender veneno? ¿Qué tan alejado estaba eso de la industria tabaquera?

Le echaría cuentas más tarde.

—Supongo que puedo hacer que brote de veneno de cualquier lado. Eso incluye manos, saliva, lágrimas… lo que se te ocurra. —Empinó la jarra de cerveza una vez más. ¿Cuánto le restaba? ¿Un tercio de jarra? Que rápido se perdía el alcohol. ¿Estaría pinchada?—. No me des tanto crédito, cualquiera se pudo haber comido esa manzana podrida… pero tampoco voy a negar que soy demasiado bueno en todo lo que hago.

Y ahí estaba, su excesiva confianza y autoestima. Su ego acababa de inflarse como un pez globo que detecta una amenaza. En su caso, había detectado el reconocimiento y los halagos de Miyori. En la división, quizá por cómo era cada uno, esas cosas no sucedían… o, al menos, no se la tomaban así. Estaban ocupados en otras cosas, no se hacían tiempo para sentarse a decir a cada uno lo bueno que era en lo suyo. Pero lo pensaban. Él lo hacía.

—Ah, ¿es mi turno? —Una sonrisa afilada, casi gatuna, se le plantó en los labios. Tomó una larga bocanada de aire, no iba a tener compasión—. ¿Por qué tu violín es azúl? ¿No hace frío para usar vestido? —y lo decía él, que andaba medio en pelotas—, ¿Cuál es tu color favorito? ¿Café o té? ¿Verano o invierno? ¿Montaña o playa? ¿Estás soltera? ¿Por qué no le rompiste la cara a los idiotas del bar? Que sepas que yo lo hice por ti. En fin, ¿tienes dónde quedarte? ¿Y es seguro? Te voy a tener que acompañar. Eso último no es una pregunta.

Pausa. Necesitaba tomar aire.
Inhaló una laaaarga bocanada, se llenó los pulmones y siguió.

—¿Pasaste miedo en Kutsukku? ¿Cómo se llamaba la banda pirata a la que pertenecías? ¿Por qué vales 30 millones si sólo tocas música en la calle? ¿Has matado a alguien alguna vez?
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#22
¿Brotar veneno de cualquier parte…?

¿De todo el cuerpo?, mi mano permaneció sobre mi mentón mientras meditaba en la versatilidad de una habilidad como esa, sus aplicaciones resultaban increíblemente convenientes desde muchos puntos de vista, y cuanto más sopesaba su utilidad más interesante me parecía, sin embargo tuve la impresión de que no había logrado expresar con claridad lo que realmente quería preguntar. — No, no… me refiero a otra cosa, ese veneno que produces parece líquido, pero… cuando lloras ¿tus lágrimas también son venenosas?, y cuando escupes ¿es veneno o solo saliva?, ¿o el veneno es algo completamente aparte?

Bostecé mientras parpadea un par de veces, mi jarra ya estaba vacía y el sabor salado que persistía sobre mi lengua comenzaba a darme sed.

“Ah, ¿es mi turno?
— Sí, adelante.

Lo miré con expectación y cierta confusión reflejado en el puente de mi nariz que ligeramente se arrugó al borde de las cejas, la sonrisa que se dibujó en sus labios me puso en alerta por unos segundos pero jamás imaginé lo que vendría a continuación, el arsenal de preguntas que se tenía guardadas como esperando el momento de lanzarlas en cuanto yo le diera la invitación a hacerlo, todas sus preguntas fueron distintas entre sí que no lograba encontrarles un hilo en común. La impresión me dejó con la boca entreabierta mientras lo escuchaba. Todas… absolutamente todas.

Enji pausó pero no porque hubiera terminado su turno sino porque necesitaba tomar un largo respiro antes de lanzar una nueva ronda de preguntas sobre mi camino pirata, algo que… claro, quizás merecía una explicación. Solté una leve risa nada ruidosa cuando el silencio se instaló entre nosotros, lo único que quedaban eran nuestras miradas encontrándose una con otra, fue entonces que lamí mi dedo pulgar saboreando la poca sal que aún quedaba en ellos. ¿Por dónde empezar?

— Veamos… —- miré un segundo el techo, intentando recordar las preguntas iniciales de antes, sí Enji creía que no podría con todas ellas pues estaba equivocado, estudié música y partituras desde los seis años así que memorizar versos es casi un talento natural de un músico.

—- Amphitrite, mi violín… —-  ahora dirigí mi mirada azul sobre el estuche por un instante, dudando si era necesario sacarlo de su refugio para contar su historia, al final me limité a observar su silueta oculta con una mezcla de ternura y cariño — Es azul porque mi familia se dedica a la pescadería y al mar, mi padre, que también ejerce el oficio de carpintero… lo creó así para que siempre llevara un recuerdo de lo que somos y de aquello que con orgullo hemos construido, y si te preguntas si sé pescar… claro que sé hacerlo. —- Sonreí con ligereza al decirlo, aunque la expresión se suavizó casi enseguida puesto que ahora ya no puedo ni sumergirme para nadar, y eso es una lástima.

—- No, no hace frío para usar vestido, ¿me miro mal? —- ahora mi mano tocaba la tela de mi prenda blanca, jugando con la cinta azul que posaba debajo de mi busto, casi en la cintura. —- Dime tú,  ¿No hace frío para andar desnudo?

—- Me encanta el color blanco… me recuerda a las partituras en blanco, nunca sabes qué puedes llegar a plasmar en una nueva. — cerré los ojos un instante mientras volvía a inclinarme sobre la mesa apoyando la mejilla en la palma de mi mano, sentía sueño pero seguía intentando responder a todas sus preguntas. — Me gustan ambas bebidas pero me inclino por el café con leche… ¿Verano o invierno? — pausé un momento recordando mi tierra natal — Me crié en una isla tropical pero adoro el invierno… sí, mil veces el invierno.

— Me gusta la montaña antes que la playa, es más interesante de ver y aventurarte… — Bostecé de nuevo pero mis ojos permanecían cerrados y mi sonrisa intacta. —- Soy un desastre para las relaciones, así que… sí, estoy soltera.  —- Un completo desastre.

—- ¿Por qué debería haber hecho eso?, bueno… es cierto que fueron algo pesados pero no es razón para golpearlos, solo debía encontrar la manera de cómo zafarme y salir de ahí.  —- Mis ojos se quedaron en el escarlata del marine venenoso mientras soltaba un suspiro acompañado de una sonrisa resignada al escuchar su confesión, había tomado justicia por mí y aunque no era necesario no pude evitar agradecerle, al menos había recuperado algo de mi dignidad. —- Sí, tengo un lugar donde me hospedo, de hecho está bastante cerca de aquí… es una zona segura así que no deberías preocuparte, pero si aún así quieres venir conmigo, está bien… podremos seguir hablando un poco más.

Extendí la mano para tomarle la jarra de cerveza que aún tenía los últimos sorbos de su brebaje, la llevé a mis labios y bebí de un trago aunque no era demasiado, solo para humedecer mi boca, la sal en mi garganta resultaba algo incómoda y el amargor de la hidromiel no ayudaba demasiado pero necesitaba urgentemente beber algo si quería seguir respondiendo.

—- ¿Kutsukku?, ¿Cuando estuve ahí? —- me limpie la comisura de mis labios con la inversa de mi palma, dejando la jarra vacía sobre la mesa. — creo que hablas de lo que pasó en aquella isla macabra, ¿no?, si es eso… sí, pasé mucho miedo. —- mi mirada bajo un momento al recordar todo lo sucedido como a la vez se repetía una y otra vez las palabras del corrupto Marine, Redflag. —- hay noches que suelo tener pesadillas de ese día pero supongo que en algún momento lo superaré... ¿Tú también pasaste miedo ahí?, ¿Quieres contarme un poco de lo que pasó?.

—- Fui parte de los Smokey Piratas, pero eso es todo lo que te diré… —- alcé mi dedo índice como si estuviera advirtiendole que ese era el límite respecto a eso. —- Si te soy sincera, ni yo sé porque tengo una wanted de ese valor, pero mi único crimen ha sido pertenecer a una tripulación de piratas.

"¿Has matado a alguien alguna vez?"

— Jamás matar, jamás robar, jamás mentir… —-- sonreí de oreja a oreja con los ojos cerradas y con la mejilla acunada en la mano mientras poco a poco dejaba caer el cuerpo hasta apoyar el rostro sobre mi brazo, como si fuera una almohada. —- Soy una pirata buena, lo sabes.

La cabeza me daba vueltas… sí, soy un completo desastre para todo.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#23
Un año había pasado desde que se volvió usuario y le costaba recordar el momento en que se planteó esas mismas preguntas. Quizá nunca lo había hecho. Quizá asumió desde el primer día todo lo que venía con el paquete de la Doku Doku no Mi, porque nada de lo malo, por grave que fuera, alcanzaba para eclipsar su principal ventaja: era poderosa. En la lotería de las frutas del diablo, dónde algunos ganan poderes y habilidades absurdas o inútiles en batalla, se había topado con una de las pocas frutas especializadas en el combate. Un poder que por sí solo le daba un peso distinto a su nombre y le otorgaría una reputación dentro del mundo donde vivían, un mundo lleno de hombres y mujeres con las cualidades de dioses y monstruos primigenios.

—No —dijo. Ahora entendía a lo que se había referido así que podía responderle de forma más certera—. Yo controlo cuando suelto el veneno y por dónde. Hay otro tipo de frutas, conozco a un marine que se comió una, que convierte el cuerpo del usuario en cosas distintas. Este tipo en particular se convierte en rayitos de luz. Es bastante molesto.

Después de esa pequeña aclaración, llegaron las respuestas. Enji no había hecho preguntas demasiado profundas. Al menos, no al principio. Los datos pequeños, las preferencias mundanas, podían decir mucho de uno. Esas cosas le interesaban. Las habituales, las cotidianas, las que podían servir en el día a día. Ahora sabía, por ejemplo, qué pedirle en caso de visitar una cafetería, dónde ir a pasear, y qué tanto preocuparse por el clima. Coincidían en la preferencia invernal y eso era fundamental, porque Enji no sabía si podía relacionarse con alguien que amaba el verano. Ese tipo de personas no eran de fiar.

El último trago de su jarra de cerveza acabó en labios de Miyori. No tenía queja alguna al respecto, pues siempre podía pedir una recarga. Es más, le estaba dando la excusa perfecta para hacerlo y seguir bebiendo la cerveza fría. Bien fría.

—¿No sabías que estábamos en Kutsukku esa vez? —replicó, escéptico—. Tienes que estar más atenta a las cosas, Naranjita. —Se llevó otro puñado de maní a la boca y sonrió mientras masticaba—. Yo me lo pasé de puta madre. O sea, al principio fue una cagada, nos prometieron juegos y terminé despertándome en una jaula extraña con otros tres idiotas —relató. Su memoria no era la mejor, pero todo lo que pasó ese día era difícil de olvidar—. Cuando salimos, había una sala enorme con una plataforma en el centro. Ahí estaba un enano, un tal “Don Ald” que era más feo que pegarle a una madre. Nos dijo que seríamos esclavos, así que lo golpee. —Para hacer la experiencia más inmersiva, dió un puñetazos suave al aire—. Pero me puso a bailar. No sé cómo. Imagino que tenía una fruta del diablo o algo así. Todos bailamos.

Los recuerdos llegaron, cada vez más claros y concisos. Revivió ese legendario dance off en las profundidades de una guarida subterránea en Kutsukku.

—Uno se murió —puntualizó—. Pero los otros nos las arreglamos para dejar al enano fuera de combate. Después la puerta se abrió y nos fuimos. ¡Ah! Cierto, en un momento se llenó la sala de agua y casi morimos todos. Eso fue emocionante.

Finalizó su resumen con otro puñado de maní. ¿Cuánto quedaba? Después de ese último asalto, el cuenco yacía vacío. Tendría que pedir más cerveza y más maní.

Antes de levantar la mano y llamar al mozo, se fijó en Miyori. Vio como se recostaba sobre su brazo extendido en la mesa, entre somnolienta o demasiado cansada como para seguir sosteniendo la cabeza sobre los hombros. ¿Cómo no se dió cuenta antes? Si hasta admitió estar probando la cerveza por primera vez.

—Estás ebria —señaló, inclinándose para mirarla más de cerca—. Carajo, estás bastante ebria. —Chasqueó la lengua—. No tendríamos que haber bebido sentados.

Negó con la cabeza. Eso era de primer año de borracheras.

Levantó la mano, llamó al mozo y le hizo el gesto de que trajera la cuenta. Después se colocó a un lado de Miyori y se acuclilló para quedar a la misma altura de su rostro, oculto contra el brazo que le hacía de almohada en ese momento.

—Vamos, Naranjita. Te voy a llevar al hotel donde te estés hospedando. —Sonrió para ella, divertido por la situación—. Creo que es suficiente para tu primera experiencia con la cerveza.
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#24
¿Kutsukku?, ¿Cuándo?...
Sí, lo recuerdo… ese viaje, ese destino, esos sueños, ¿sueños?

Su voz comenzó a sentirse lejana como si cada palabra se hubiera lentamente en la profundidad de mis recuerdos hasta volver apenas murmullos en mi cabeza, apenas alcanzaba a comprender lo que me contaba, porque… sin darme cuenta mi mente ya había emprendido otro camino. Enji también tuvo que bailar con el verdugo de su propio destino para llegar hasta donde se encontraba ahora, frente a mí.

Mis recuerdos me arrastraron a aquella prisión de paredes blancas, fría, hostigante, un lugar donde incluso respirar parecía un privilegio en ese momento, un sitio que nos invitaba a abandonar cualquier esperanza de seguir viviendo, nos empujaba a volver las armas contra quienes compartían nuestro mismo encierro. Un verdugo cobarde, sostenido únicamente entre sus mentiras e idolatrías… pero un verdugo al fin y al cabo.

¿Bailar?... ¿Acaso tú no amabas bailar, Enji?.
Sí, lo recuerdo… te ví aquella noche, en la playa…

Estabas danzando frente a mí con una libertad genuina, feliz, complacido de poder darle vida a tus pies, Entonces… ¿Cómo fue que bailar dejó de ser libertad para convertirse en una maldición?, ¿Poder?, ¿Frutas?... ¿Qué?

Mis pensamientos nunca abandonaron el refugio de mi mente aunque seguí escuchando con atención cada detalle que él decidió compartirme, me alegraba, de verdad me alegraba saber que había logrado salir de aquel lugar, que su destino no terminó siendo silenciado como el de quien murió en su lugar.

Y, aun así… dolía saberlo, ¿Por qué?

Mi pecho se encogió al comprender que nunca me había detenido a pensar en los demás, en esa verdad, en todos aquellos que… cuando aquellas puertas finalmente se abrieron… jamás volvieron a cruzarlas para recuperar su libertad, todas esas personas que quizá murieron allí dentro consumidas por un destino que nunca eligieron. ¿Por qué es que existen personas tan crueles como esas?, ¿Por qué?

¿Qué tiene de divertido arrebatarles todo a otros?

“Casi morimos todos, eso fue emocionante”
Nada de aquello me parecía emocionante, solo imaginarlo me provocaba latidos muchos más dolorosos.

—- Tonto… no digas esas cosas… — murmuré con el rostro aún escondido entre mis brazos — me pondría triste saber que has muerto.

Lo sentí cómo se acercaba, cuando lo escuché llamarme fue que lentamente abrí los ojos y abandoné aquel pequeño refugio que había formado entre mis brazos, lo encontré a un lado de mi asiento en cuclillas y su rostro mostraba esa sonrisa serena, me hacía saber que era momento de volver a mi hogar…

¿Hogar?

Siempre había sido atento conmigo, desde el primer día que nos conocimos aunque al principio rechazó mi cercanía pero fue gracias a él que encontré a mi familia en el camino, me llevó entre la multitud y un escenario caótico para él, para los dos, fue él quien me sacó de aquella tormenta para encontrar un refugio del huracán, me ayudó a salir de aquel laberinto cuando yo sola no habría encontrado la salida… y también defendió mi dignidad frente a quienes se atrevieron a ponerme una mano encima. ¿Por qué…?

—- Enji… — murmuré aún acunada entre mis brazos sin apartar la mirada de aquellos ojos carmesí — ¿Por qué me cuidas tanto?

Aunque probablemente conocía la respuesta.

Cuando el mesero regresó con la cuenta, me incorporé lentamente sobre la silla, la cabeza todavía me daba vueltas pero entendí que era momento de marcharnos, por eso… sin perder tiempo, abrí el estuche de mi violín y busqué el dinero con la intención de pagar antes de que Enji siquiera pudiera ofrecerse, no pensaba permitir que me arrebatara aquella oportunidad, Había sido yo quien lo invitó.

Además… aquel encuentro merecía celebrarse despues de tanto tiempo sin vernos, estaba feliz de escuchar sus logros, de saber que le ha ido bien en su travesía de ser Marine, estaba tan feliz de saber que sigue aquí, sonriéndome después de todo lo que había vivido, sí, aquella invitación era lo mínimo que podía hacer para demostrarle lo mucho que me importaba.

Salir de allí no fue complicado, apenas un cruce de las puertas para que el aire del exterior acariciara mi rostro, quizás recobrando algo de mi lucidez ahora, aguardé en silencio a que Enji terminara de salir.
Pronto nuestros caminos volverían a separarse…

De nuevo.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#25
“ Me pondría triste saber que has muerto. ”

Ah, ahí estaba. Otra vez.

“ Enji… ¿Por qué me cuidas tanto? ”

«¿Quien sabe? Quizá porque creo que eres débil. Desde que volví a encontrarte en Baterilla que tengo esa impresión de ti. Eres… demasiado buena, Miyori. Demasiado amable. Ya te lo dije y aún así, sigues igual. Te empecinas en dejar ir al borracho y perdonar al desalmado, solo porque tu corazón parece ser incapaz de guardar rencor, sentir rabia o concebir odio. ¿Y sabes qué es lo peor? Que te envidio por eso. Eres luminosa, cálida, reconfortante; eres un soplo de aire fresco en mitad del desierto; una caricia de pétalo entre las espinas; un abrazo de contención al borde del abismo. A veces lo olvido, y espero que sepas perdonarme. Olvido que fuiste fuerte cuando yo era débil. Olvido que tu amabilidad me abrió las puertas a ser mejor. ¿Por qué te cuido? Porque eres rara, Miyori. Personas como tú, personas buenas, escasean tanto, y hay tantas personas que miran a otro lado... Mereces que te cuide. Mereces que siempre haya una mano para ti cuando la necesites»

Demasiados pensamientos surcaron su mente en ese momento. Sus ojos permanecían fijos en ella, firmes en su mirada, sin retroceder un centímetro pese a lo profundo del escrutinio. Azul y rojo hacían un gran contraste.

—Porque… me agradas, Naranjita. Aunque seas pirata y una pésima bebedora, realmente me agradas. —Le guiñó un ojo y se incorporó, justo a tiempo para recibir al mesero que regresaba con la cuenta. Miyori, sin embargo, se le adelantó y pagó por las cervezas antes de que pudiera echar mano al monedero—. Bueno, supongo que esto se siente tener una sugar mommy —señaló, cruzado de brazos—, ¿Intentas ganarte el favor de un marine? ¡Shihahahaha! Venga, vamos. La próxima te invito yo.

Emergieron del bar a la calle, juntos. Arropados en la luz de una farola solitaria empezó su camino. Encabezaba la caminata Miyori, pero él se mantenía cerca, a su derecha, listo para asistirla en caso de que la torpeza del alcohol le atacara. La hora les procuró un poco de privacidad en el sendero, andando por calles vacías y aceras solitarias. En las ventanas se podía sentir el calor de los hogares que dejaban atrás, la cháchara familiar, las risas y los juegos. Ese mundo al que ambos se negaron para ser quienes eran hoy. El contraste con la oscuridad del camino solo acentuaba esa sensación de soledad y nostalgia al escucharlos y saber que nada parecido los esperaba en casa. Que no había una casa a la que regresar.

Enji sacó un cigarrillo de su chaqueta y lo sostuvo entre sus dientes, mas nunca lo encendió.

—Quédate cerca, no te vayas a caer —advirtió, sin apartar la mirada del frente—. La próxima vez beberemos limonada. ¿O prefieres los batidos de frutas? Porque el alcohol claramente no es lo tuyo, shihaha.

«La próxima vez»

—Oye, Naranjita. —La sujetó del brazo y tiró de ella para acercarla y así poder abrazarla por encima de los hombros, pegándole a su torso—. No andes lejos, eh. Y cuídate. A mí también me pondría triste si algo malo llegara a pasarte.
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#26
Ante nosotros las farolas acobijaban con su tenue luz el sendero que yo misma iba marcando al tomar la delantera, avanzábamos con pasos lentos y silenciosos, sentía que mi cabeza daba vueltas, totalmente mareada, obligándome a concentrarme para no olvidar en qué calle debíamos girar y así llegar a los pequeños condominios residenciales de la zona.

Las calles desiertas delataban las altas horas de la noche, difícilmente podía verse un alma fuera de la calidez de su hogar, solo personas que como Enji y yo… no teníamos a nadie aguardando nuestro regreso como tampoco debíamos rendir cuentas a nadie por la divagancia en las calles y sus bares. Ya no me tambaleaba demasiado aunque seguía sintiendo que caminaba sobre una nube, mi mente iba y venía entre las palabras confesadas por Enji hace unos minutos atrás como también tomé en cuenta sus advertencias para tener cuidado en el camino, que no me alejara demasiado — Está bien… no creo que eso pase… — apenas terminé de decirlo cuando mi pie encontró un pequeño desnivel en la acera y tuve que dar pequeños saltitos para recobrar el equilibrio, al conseguir dejé escapar un pequeño suspiro de alivio. No caí.

—- En algún momento tendré que acostumbrarme al alcohol… — setencié sin volver la vista hacia él, procurando mantener la mirada fija en el sendero, bajo la tenue luz de las farolas finalmente se divisaban las siluetas de los pequeños edificios frente a nosotros, allí me esperaba un humilde hostal, no era ostentoso pero sí lo bastante acogedor para ofrecerme un techo donde pasar las noches. —- ♫♪ Piratas siempre ser, yohoo yohoo… ♫♪

Solo nos tomó unos minutos llegar hasta la facha del edificio decorado por hileras de flores rosadas y violetas como sus balcones parecían permanecer en silencio y cortinas, solo uno, quizás tres, ventanales parecían estar ausentes de luz, o de presencia, uno de esas habitaciones era mi estancia. Cuando estaba a punto de girarme para despedirme de Enji, en ese momento lo escuché pronunciar aquel apodo con el que él decidió llamarme con tanto cariño — ¿Hmmm? — apenas alcancé a tararear antes de que tirara suavemente de mi brazo y me atrajera hacia él, estrechándome en su abrazo que… aunque algo brusco, consiguió sorprenderme por completo. Sentí cómo la calidez de aquel gesto disipaba parte de la neblina que el alcohol había dejado en mis sentidos para devolverme poco a poco la lucidez que creí dormida.

En sus palabras encontré la razón de su afecto y también la preocupación que él sentía por mi seguridad, a los pocos segundos alcé los brazos para corresponder aquel abrazo de su parte y me permití descansar unos moementos entre ellos, sonriendo con una calma que hacía tiempo no sentía. Fue entonces cuando lo comprendí, quizás nadie me esperaba al regresar a casa, quizás no existía un lugar al que pudiera llamar verdaderamente “hogar” pero eso no significaba que estuviera sola puesto que a lo largo de este viaje había conocido personas que terminaron convirtiéndose en parte de mi vida como preciosas joyas, Enji era una de ellas.

— Te prometo que estaré bien… —- dije con una tonalidad tranquila y pacífica — Me volveré fuerte, tendré cuidado, estudiaré mucho y trataré de no meterme en problemas…

Me separé lentamente de él, como si acabara de pronunciar una promesa que no estaba dispuesta a romper, una promesa conmigo misma. —- Además, no quiero que tu reputación como capitán quede por los suelos por seguir cuidando de una pirata tan peligroso como yo, ¡¿Qué diría la prensa?! — aquello último lo dije entre risas que tal vez eran los efectos del alcohol o simplemente por la confianza que existía entre los dos, cualquiera de las dos, no importaba demasiado… por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila y feliz.

—- Gracias, Enji. 

Y con eso último me despedí del marine de ojos carmesí, haberlo encontrado en mis días más difíciles en Matsuri fue una dicha, conocerlo un poco más detrás de su coraza… un regalo.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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