[Pasado] Fantasías vs. Realidad
#31
Al ver que no lo conseguía, Seraphine no pudo evitar inflar sus mejillas, hasta el punto de quedar su piel algo roja, y parecía estar teniendo una pequeña rabieta, no importándole demasiado que se viera como una cría, quedándose unos minutos así hasta dejar escapar el aire acumulado, satisfaciéndose, por ahora, en sacarle la lengua al gigante, dándole la espalda y siguió con su caza de conchas, dando pequeños saltos, pisando en uno de esos saltos algo que no le agradó demasiado, produciendo una extraña sensación en la skypean que, de haber podido, habría dejado escapar un grito y dio un salto alto, colocando ambas manos sobre el suelo, evitando caer de cabeza e hizo una voltereta.

Confusa, llevó el palo al lugar, viendo que se trataba de una basura olvidada, y frunció el ceño. —¿Te has imaginado cómo serían?— Ladeó la cabeza, sin saber si era buena idea o no seguir con aquel camino; no quería seguir hurgando en las heridas del hombre, pero debía de admitir que sentía algo de curiosidad y lo quería conocer. —Yo lo hice, pero ya no me acuerdo de cómo los imaginaba; en la mayoría, eran figuras altas y pelirosas sin rostro— Sonrió, sin saber si debía sentirse bien o mal que así pasaba el tiempo cuando su amo no requería de sus servicios, imaginando qué hubiese pasado si no se encontraba en aquella celda, no imaginando siempre lo mismo, siendo diversos escenarios, y llevó una mano a su cabello, peinado hacia atrás. —Algunas veces, también imaginaba hermanos grandes o pequeños.

Levitó ambas manos a su frente, imitando los cuernos.

—Sigue gustándome la teoría, que uno de tus parientes es un tiburón toro.

Lo miró de reojo cuando no escuchó toda su risa, algo confusa, y temió de pronto que con sus palabras le hubiese hecho daño; giró su cuerpo hacia él, viéndolo caminar, asintiendo varias veces. —... ¿Está bien que te utilice de flotador de vez en cuando?— Se le acercó, dejando la libreta y el lápiz al lado, entre sus pertenencias, estirando un poco la toalla; incluso se deshizo de su vestido, quedando en ropa interior que se asemejaba mucho a un bañador, no era la primera vez que el piel azul la veía así y se sentía segura a su lado, además de que quería tener ropa seca cuando volviese, no tardando demasiado en sumergirse del todo, hasta su cabeza, en el agua salada.
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#32
La basura en la arena la vio volar por los aires antes de que él terminara de procesar la secuencia completa el salto, las manos en el suelo, la voltereta que convirtió lo que podría haber sido una caída en algo que, con suficiente buena voluntad, podría llamarse acrobacia. Kazan siguió el arco completo desde la orilla con la expresión de quien ya ha aprendido que Seraphine y el suelo mantienen una relación complicada y en constante negociación. Leyó la pregunta sobre los padres. ¿Si los imaginé? Sus dedos fueron al collar solos, como siempre. Las cuentas de madera, una por una, bajo el pulgar. El mar le llegaba a los tobillos y el sol de media mañana calentaba el agua lo suficiente para que no hubiera diferencia entre estar dentro y estar fuera. -Sí. Durante años.- Lo dijo hacia el horizonte, sin apartar los ojos del agua. -En el circo había tiempo muerto entre combates. No mucho, pero el suficiente. Los imaginé de todas las formas posibles grandes, pequeños, del agua, de tierra. A veces los imaginaba buscándome. A veces los imaginaba sin saber que existía. A veces...- Pausa. El humo de la pipa fue hacia el este. -...los imaginaba habiendo tomado una decisión deliberada. Y esa versión era la que más costaba dejar de visitar.-

No había amargura en la voz. Era el tono específico de algo que se ha examinado tantas veces que ya no sangra al tocarlo solo tiene forma, peso, textura reconocible. -Con los años dejé de imaginar. No porque encontrara respuestas sino porque las preguntas dejaron de cambiar algo.-

Vio la mirada de reojo de Seraphine. La preocupación que se instaló en su expresión cuando la risa no había llegado completa. Giró levemente la cabeza hacia ella solo lo suficiente para que viera que seguía ahí, entero, sin nada roto en ningún sitio que no llevara roto ya bastante tiempo. -Tiburón toro sigue siendo mi favorita también, por las profundidades.- Lo dijo con sequedad afectuosa, y algo en la comisura de su boca confirmó que no había daño.

Cuando ella dejó la libreta entre sus cosas y se deshizo del vestido sin mayor ceremonia, Kazan ya estaba mirando al frente el horizonte, el agua, el punto donde el azul del verano se volvía más profundo y más oscuro sin que eso significara nada amenazante para quien sabía leerlo. No era la primera vez. No hacía falta señalarlo. -Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa salió entera esta vez, rodando sobre el agua tranquila de la mañana. Se metió hasta la cintura de un paso el desplazamiento habitual, la ola pequeña que salió en todas direcciones y bajó una mano hasta la superficie, la palma hacia arriba, abierta. Disponible. Como un puerto. Como siempre. Bajo el agua, los pies de Seraphine probablemente ya no tocaban fondo. Los suyos sí. Con margen.
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#33
Sus ojos se enfocaron en los pies y miró hacia arriba, abajo y volvió hacia arriba, sorprendiéndose todavía un poco por las diferencias de altura, junto al impacto en las normas de la naturaleza, sin saber si debía de dar unos cuantos pasos hacia atrás, para no verse engullida por los repentinos movimientos del agua, pasando la mano por su nuca y frotó, dejando escapar un pequeño bostezo, sin duda, estaba notando el paso del tiempo, sus arrebatos de ánimos, parecía afectar su capacidad durante el resto de días.

Y cuando habló, se acercó un poquito más para escucharlo mejor, colocando su mano sobre la piel, presionando un poco, y le sonrió, sintiéndose más como una pulga intentando darle ánimos, y se frustró bastante, tragando saliva mientras enrojecía de rabia al sentirse poca cosa, y lo abrazó con toda la fuerza que pudo reunir mientras lo escuchaba. —Si yo fuera ellos… estaría orgullosa de la persona que te convertiste— Asintió, muy convencida. —Alguien que pelea por lo que quiere, de seguro que es algo que más de un padre querría para sus hijos— Apartó la mirada, dejando escapar algo de aire ante su frase de que aquello no cambiaría nada.

—Es un arma de doble filo…

Daba esperanzas, así como el quitarlas al pensar en aquellas personas; por otro lado, no pudo evitar mirar con satisfacción al escuchar que estaba de acuerdo con ella respecto al tiburón toro. Nadó un poco por su cuenta, sin alejarse demasiado del mayor, hasta que la necesidad de aire casi la hizo nadar como un perrito directo a la palma de Kazan, asegurándose que su ropa interior estuviera bien puesta y sentándose entre los dedos, le dio la espalda, moviendo sus pies en el agua.

—¿Las olas te tumbaron alguna vez?— Buscó escribir en su palma, cada palabra con lentitud, para ser entendida a través del contacto físico. —O la marea te costó moverte por el agua.

Hablando de ello, Seraphine casi se tropieza con la palma por culpa del agua cuando se puso de pie, sujetándose del dedo pulgar.
[Imagen: RlTqH6C.jpeg]
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#34
El abrazo llegó con toda la fuerza que cuatro metros de Skypean podían reunir, que no era poca cosa medida en intención aunque sí en presión física. Kazan lo recibió quieto, mirando el horizonte por encima de su cabeza mientras ella apretaba con esa rabia específica de quien se frustra por no poder dar más de lo que tiene. Una pulga que intenta mover una roca. Y la roca lo nota igual. Sus palabras llegaron después. Kazan las dejó aterrizar donde aterrizaron, sin recogerlas ni devolverlas. Algunos regalos se reciben en silencio o no se reciben bien.

Cuando ella nadó por su cuenta, él se quedó donde estaba, los pies plantados en el fondo arenoso, el agua en la cintura, observando sin vigilar la diferencia entre las dos cosas era importante. Sabía exactamente dónde estaba en cada momento sin necesitar demostrarlo. El nado a perrito llegó a su palma con la urgencia del aire y se instaló entre sus dedos como si fuera el sitio más natural del mundo, que a estas alturas probablemente era.

Sintió las palabras en la palma. Letra a letra, lentas, con la presión justa. ¿Las olas te tumbaron alguna vez? ¿O la marea te costó moverte? -Una vez.- Lo dijo hacia el agua, sin apartar la vista del horizonte. -Tenía ocho años y no sabía todavía que el mar empuja distinto según la dirección. Me tumbó una corriente de flanco y tardé más de lo que debería en encontrar el fondo.- Calada larga. El humo no salió la pipa seguía guardada, el agua no era lugar para ese ritual. -Después aprendí a leer el agua antes de entrar. Una ola no tumba a quien sabe cuándo viene.- La vio ponerse de pie en su palma y agarrarse del pulgar antes de que el agua le ganara la batalla al equilibrio. Cerró los dedos despacio no para atraparla, sino para que el pulgar no cediera. El sol ya estaba alto. La mañana había durado lo que tenía que durar. -Por las profundidades, Seraphine...- Su voz bajó al registro de las cosas que se dicen una vez y no necesitan repetirse. -Ha sido un buen día.-

El castillo seguía en pie en la orilla. La concha en lo alto de la torre, exactamente donde ella la había puesto. El mar de verano se movía alrededor de los dos con la indiferencia tranquila de quien lleva siglos haciendo lo mismo y no tiene prisa por cambiar.
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#35
Llevó las manos a su largo cabello y los enrolló en estas, estrujando un poco, lo que ocasionó que de inmediato un par de ondulaciones aparecieran apenas Seraphine soltó sus mechones e hizo puños, sacudiendo su cabeza con fuerza, ocasionando que salpicase agua por doquier, no obstante, sacudió con tanta fuerza que casi se va hacia un lado y evita caer al mar, moviendo sus brazos de manera algo exagerada. 

—No es translúcido— Se rascó un poco la mejilla y soltó un suspiro aliviado cuando vio su improvisado traje de baño de colores oscuros. —Y no llevé el conjunto con ositos— No pudo evitar dejar escapar una pequeña risita nerviosa; su ropa, la mayoría consistía en vestimentas cómodas y en especial la interior, al no tener a nadie que quisiera impresionar con su menudo cuerpo, no obstante, aquello cambió en los últimos días y no quería darle una imagen algo añidada a Kazan, ahora que estaban construyendo un nuevo camino para la revolución juntos.

Juntó sus palmas, escuchándolo con atención y sonrió, al imaginarse yendo a comprar ropa con Mizuki, a lo que no pudo contenerse, estirando sus brazos, los cuales se rozaron al acercarse y cerró sus ojos, dejando que una música imaginaria se metiera en sus oídos, dejando su raíz en su corazón y afectase su cerebro, no tardando demasiado en imaginarse un animado compañero, que la sostenía con alegría, soltura y firmeza, marcando un pequeño vals para sí misma, moviéndose sobre la palma de Kazan, perdida en sus pensamientos, con cada paso dibujando una línea, una palabra. 

—¿Cómo se sienten las corrientes marinas?— Su pulso estable y, de pronto, cualquier animosidad que sintiese con el suelo desaparece, manteniéndose segura sobre sus pies, y probó otros pasos, siguiendo aquel método de comunicación. —Mucho, un buen día sin duda, solo falta una cosita— No tardó demasiado en parar, haciéndole un gesto con ambas manos, que se acercase, sintiéndose segura cuando cerró un poco su mano, manteniendo su sonrisa y le enseñó un poco sus blancos dientes. —Prometo no cobrar mi venganza— Arrugó su nariz, moviendo su pie un poco. —Aún, no hoy— Le sacó la lengua.
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#36
La vio comprobar la ropa interior con el disimulo específico de quien espera que nadie haya notado que lo está haciendo, y Kazan desvió los ojos hacia el horizonte con la misma naturalidad con que el mar desvía las corrientes sin señalarlo, sin hacer que el momento existiera más de lo necesario. Lo que sí notó, porque era imposible no notarlo, fue lo que ocurrió después. Seraphine cerró los ojos. Y empezó a moverse. No era el movimiento torpe de quien negocia con el suelo cada paso era otra cosa completamente. Algo que venía de adentro y encontraba los pies por su propio camino, trazando líneas sobre su palma con una seguridad que no tenía nada que ver con el equilibrio físico y todo que ver con que la música que escuchaba, fuera donde fuera que sonara, era lo suficientemente real para sostenerla. Kazan no movió la mano. Apenas respiró. Dejó que la palma fuera lo que necesitaba ser suelo firme, pista de baile, lo que hiciera falta. Las palabras llegaron a través del contacto. Lentas, deliberadas, letra a letra.

¿Cómo se sienten las corrientes marinas?

Sus ojos pequeños se posaron en el horizonte. Consideró la pregunta con la seriedad que merecía.-Como conversaciones.- Lo dijo despacio, dejando que cada palabra encontrara su sitio. -Cada corriente tiene dirección y temperatura y velocidad propias. Cuando entras en una, lo primero que sientes es todo eso. No empuja a una dirección mas bien te ayuda. Y tú decides si escuchas o peleas.- Calada. El humo seguía sin salir la pipa guardada.-Las frías vienen del fondo. Las cálidas vienen de donde el sol lleva más tiempo trabajando. Por las profundidades, cuando encuentras una cálida en medio de agua fría...- Una pausa. -...es como encontrar una habitación con lumbre en medio de una tormenta. El mar también construye esas cosas. Solo hay que saber buscarlas.-

Seraphine paró de bailar.

Las manos haciendo señas. Que se acercara. Con esa expresión la misma de antes, la que llevaba acumulando desde la reverencia, la que había prometido cobrar en algún momento no especificado pero claramente pendiente. Ahí está.

Kazan la miró. Miró sus manos. Volvió a mirarla a ella. No se acercó.

Pero tampoco se alejó, que era su forma de decirle que el juego le parecía bien aunque no tuviera intención de facilitárselo. Sus ojos pequeños tenían algo que en otro hombre podría haberse llamado diversión y en él era simplemente la marea en el momento exacto antes de que suba. Prometo no cobrar mi venganza. Aún. No hoy. La lengua afuera. El pie moviéndose en el agua.

La risa salió sola, breve y sin estruendo, del tipo que no necesita llenarlo todo para existir. -Ga-ha...-

Se quedó ahí, en ese medio punto, y sus dedos cerraron la mano despacio no para atraparla, sino para que la palma tuviera paredes si las necesitaba, mientras el mar de verano seguía moviéndose alrededor de los dos con la indiferencia tranquila de quien lleva siglos haciendo lo mismo.

El castillo estaba en la orilla. La concha en la torre.

Había sido un buen día.
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