[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1
#51
El ferry ya había empezado a separarse del muelle cuando el murmullo del puerto se volvió un ruido lejano, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible entre la isla y nosotros.

Treinta metros de agua bastan para que un lugar empiece a convertirse en recuerdo.

Apoyé una mano en la baranda, dejando que el viento del mar moviera algunos mechones de mi coleta. Las chimeneas del ferry expulsaban columnas perezosas de humo mientras el casco cortaba el agua con esa tranquilidad pesada de los barcos grandes.

El viaje había empezado.

No pude evitar mirar otra vez hacia la cubierta trasera… donde el gigante azul había desaparecido hacía unos momentos.

Diez metros de problema.

Diez metros de peso.

Diez metros de “si este ferry se hunde quiero estar lo más lejos posible”.

Negué ligeramente con la cabeza.

— Prefiero la proa — murmuré casi para mí.

No tenía intención de acercarme demasiado a la popa si el coloso pensaba quedarse allí.

Las matemáticas del sentido común son simples: si algo enorme se inclina hacia un lado… mejor no estar del mismo lado.

Mientras el barco seguía alejándose del puerto, algo más empezó a moverse entre los pasajeros.

No era una orden.

No era un anuncio claro.

Era algo mucho más humano.

Susurros.

Cuchicheos.

Miradas cruzadas.

Un rumor que corría de boca en boca con la velocidad de una chispa en un campo seco.

Yo no había escuchado bien el mensaje de los altavoces. Cuando empezó a sonar ya estábamos lo suficientemente lejos para que llegara como un eco distorsionado entre el bramar de las olas contra el casco.

Pero hay algo que siempre me ha resultado útil en la vida.

Ser cotilla.

No el tipo vulgar de cotilla.

El tipo estratégico.

Me acerqué apenas a la baranda donde varias personas discutían en voz baja.

—… dijeron varios nombres…

—… criminales…

—… en la isla…

—… la Marina está buscándolos…

No tuve que preguntar nada.

Sólo escuchar.

Un par de pasos más allá otro grupo hablaba con el mismo nerviosismo.

—… Dharma…

—… Barald Kane…

—… KuroVongola…

—… y ese revolucionario…

Ahí el nombre me llegó con claridad.

Kazan.

Parpadeé lentamente.

Mis ojos se desviaron por puro reflejo hacia la popa.

El gigante azul.

No lo había visto tan de cerca… pero tampoco hacía falta ser una genio para unir ciertas piezas de mi memoria con lo escuchado ahora.

Hmmm.

Eso sí que era interesante.

Seguí caminando junto a Heras mientras el ferry se estabilizaba en su rumbo.

La gente empezaba a dispersarse por cubierta: algunos buscaban asientos, otros fotografiaban el mar, otros discutían todavía sobre lo que acababan de escuchar.

Yo simplemente asentí un poco, como si nada.

— Parece que el viaje va a ser… entretenido — comenté con una sonrisa leve.

No añadí mucho más.

Pero mi mente ya estaba haciendo inventario.

Porque algunos nombres sí me resultaban familiares.

Los recordaba del periódico que compré y estuve ojeando antes de zarpar hacia Baterilla, cuando también descubrí los nombres de unas de mis personas favoritas en el mundo.

Pero de los otros… no tanto.

Eso era un problema.

La ignorancia es mala consejera cuando uno está a punto de cruzar medio mundo en el mismo barco que un puñado de criminales buscados.

Por suerte, yo tenía una pequeña ventaja.

— ¿Vamos a ver qué tienen de comer? — dije mirando a Heras con naturalidad.

Siempre es más fácil pensar con algo en el estómago.

Rodé mi valija mientras caminábamos hacia el interior del ferry, siguiendo el flujo de pasajeros que se dirigían al buffet.

El lugar era amplio, con varias mesas de madera atornilladas al suelo para evitar accidentes si el mar se ponía caprichoso. Le dejaría las opciones de alimento a Heras:

— ¿Querés traer algún tentempié? Como para mantener la boca ocupada y la garganta no se seque.

Mientras tanto, elegí una mesa cerca de una ventana y me senté elegantemente cruzando las piernas y cuidando de que mis alas no estorbaran la pasada, sino que adornaran cuidadosamente mis costados.

Dejé la valija a mi lado guardándole lugar a mi congénere.

Y entonces abrí el pequeño compartimento interior.

Entre algunas telas dobladas y un par de objetos cuidadosamente envueltos saqué algo mucho menos glamoroso que mis joyas.

Un recorte de periódico.

Lo desplegué sobre la mesa.

Las recompensas impresas aparecieron una tras otra.

Rostros.

Nombres.

Cifras.

Apoyé un dedo sobre una de las hojas mientras mi mirada recorría las caras con calma analítica.

— Veamos… — murmuré.

Había algunos que ya conocía.

Miyori.

Cill.

Sus caras eran imposibles de olvidar después de haberlas visto varias veces durante la semana.

Pero ahora me interesaban más los otros.

Dharma.

Barald Kane.

KuroVongola.

Estudié sus rostros con atención, grabándolos en la memoria.

No por curiosidad.

Por supervivencia social.

Porque hay algo que cualquier comerciante aprende tarde o temprano:

La reputación es contagiosa.

Y si alguien te ve conversando demasiado cómodamente con el pirata equivocado… puede que empiecen a sacar conclusiones incómodas.

No necesitaba ese tipo de problemas.

Mis ojos se detuvieron entonces en otro rostro del papel.

Y ahí sí sentí un pequeño cosquilleo incómodo.

Kazan.

Levanté apenas la vista hacia la ventana, como si pudiera ver a través del barco hasta la cubierta trasera.

El dibujo no dejaba demasiado lugar a dudas.

Gigante.

Azul.

Revolucionario.

Fruncí apenas los labios.

— Bueno… — murmuré.

Doblé el periódico con calma.

— Definitivamente no voy a acercarme a la popa.

Ni por curiosidad.

Ni por accidente.

Ni por error de cálculo.

Volví a mirar las recompensas un momento más, repasando los rostros con atención casi académica.

Memorizando.

Evaluando.

Trazando una línea invisible en mi mente.

Personas a evitar.

Personas a no mirar demasiado.

Personas con las que definitivamente no conviene aparecer conversando en cubierta.

Cerré finalmente el recorte y lo deslicé de nuevo en mi equipaje.

Después apoyé el codo en la mesa y miré a Heras con una sonrisa tranquila cuando apareció con los aperitivos.

— Parece que vamos a tener compañía interesante en este viaje.

Mis pulseras tintinearon suavemente cuando crucé las manos y me acomodé el escote jaloneando el látex.

— Así que… — añadí con un tono ligero — creo que voy a practicar una habilidad muy útil.

Incliné la cabeza apenas.

— Mantenerme lejos de los problemas.

Hice una pausa corta.

Luego sonreí un poco más.

— O al menos… de los que tienen recompensa. Es todo un tema.



cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
#52
Sus palabras me dieron algo de alivio al momento. Que se incluyera en el combo siempre implicaba que las personas quieren hacerte compañía o tal vez solo quieren utilizar tu barco. Imaginaba que otros capitanes de seguro pasaban por situaciones similares. Sería mi barco, si Asherah o cualquier ponía un pie en él era por que lo permitía y a su vez era para compartir multiples aventuras juntos. Me sonreí, invisible ya que entre las personas la vista tenía que alternar entre la cintura de su acompañante cuando volteaba a ver quien estaba detras lo que hacía que sacara un poco el cuello y el frente. 


—Para mí no son problemas, yo me encargo de ellos. Tu trae siempre mercancia y viaja conmigo. Verás lo bien que nos irá.— Una clara invitación a subirse. Claro, con la atención en todas las personas, las consecuencias de ello no fueron medidas, pero si siempre pudieras controlar todo se perdería el sentido de la aventura. Apartando a las personas casi era como un escolta. —Si lo ví, igual a mi me sorprende mucho más, no solo es gigante, parece mucho a un gyojin. No sabía que pudiera ser tan alto. Igual y es majo, pero no creo que cupiera en mi barco, debe requerir toda un ala para él solo.— Claro era solo una señalización hipotética de dos alados que conversan, perdidos entre las personas. 


—Hablando de habitaciones, tienes planeado agarrar alguna hacia proa o hacia popa. Imagina que detrás podemos ver las luces del pueblo mientras nos alejamos.— Claro, en mi cabeza estaba la idea de que podía ser una bonita vista para compartir. Sigo con secuelas de nostalgia. Ella no parece compartir la misma idea y bueno, no me iré allá atrás yo solo luego de encontrarme con ella. Asintiendo y ajustando mi cola de caballo para que quedara un poco más ajustada y así apretar un poco más el paso. Me comenzaba a molestar que la gente no nos diera permiso para avanzar más rápido. 


La gente hablaba mucho, era como un avispero, yo no entendía y por mucho que quisiera enterarme no lo conseguía. —¿Entretenido? — Claro es a la única que escucho ya que es quien la que me acompaña y parece hablar conmigo. Las señales eran un tanto confusas. Volteé a mirarla, curioso. ¿Jugaba conmigo? ¿Se quiere deshacer de mí?. Diablos le queda bien ajustado ese vestido, no me ataques con esa vista que me cuesta concentrarme. Asentí y le mostré el dedo índice que hace una clara positiva al subir y bajar el dedo. —Vale.— En esa zona del buffet, era muy concurrida, demasiada gente, demasiadas caras. 


Pensamientos flotan yendo y viniendo sobre este viaje en barco. Ya antes me parecía curioso pero a su vez no parecía la típica aventura. Ya me había dado de golpes con el uso de la montaña y de ahí a estar en un barco, las cosas habían escalado. Tentempiés. Con una mirada de atención no vi ningún pie entre las comidas que allí estaban. Todas eran raciones muy pequeñas, dulcecitos, recortes pequeños de carne con mermelada encima. Los miré, no sabía que ofrecerle. Yo lo decanté cómo una oportunidad de conocerla y llevarle con una variedad y elegí algunos que estaban entre los chocolates. Algunos de color blanco, otros de color marrón otros mas oscuros, vi un tocino que rodeaba una uvapasa, vi fresa con una crema que estaban en una tartaleta, medialunas, tequeños, pastelitos, dedos de queso, tortillitas. También encontré a un mesero con copas y una botella y unas rosas. No dudé, le quité la botella de aquella bebida espumosa de las manos y la puse en alto. 


—No, no, ahora es mía, busca otra. Ahí dice todo lo que puedas comer. No, que nó.— La frustración del mesero fue larga, su intento por retomar era como si le estuvieran haciendo abuso de un hermano mayor que no te deja hacer lo que quieres. Entonces otro cliente lo llamó y él salió pirado a atenderlo y a buscar otra botella. Retornaría directamente buscando a aquella mujer brillante. En el camino de regreso alenté un poco el paso, desde donde estoy puedo verla bien y claro me gusta eso pero a su vez reflexiono. ¿Ella dijo de viajar conmigo en serio? No presionar esa tecla, dejaría que mis acciones la impresionaran. 


Terminé de regresar junto a ella y le presenté todo lo que conseguí. Buscaría asiento frente a ella en la mesa que había seleccionado. Realmente más arriba, más abajo, más a babor o estribor no era importante. Pero aquí todo era seguro, bastante seguro. Claro que con mi vista aguda seguía peinando el entorno cada vez, por ello de manera intermitente siempre echaba un vistazo al alrededor.  —¿Qué lees?— Acerqué mi mirada y a pesar de verlo en una orientación que no favorece una lectura rápida noté las letras más grandes del recorte. 


—No tienes que preocuparte. Digo, había como muchas flotas escoltando cuando salimos. No se atreverían a hacer nada si estuviesen aquí cerca. — Desatar una batalla campal en el mar no parece la mejor idea pero de seguro si la hubiera, no me gustaría que a ella le pasara algo, así que seguramente si, trataría de sacarla de peligro. —¿Piensas que esa gente está aquí? Qué les dirías si tuvieras un pirata peligroso frente a ti.— Le miré con esa atención curiosa, buscando cruzar miradas. Estaba atento a sus palabras.
Cosas Off
#53
Yo esperaba que pasáramos desapercibidos, navegar hacia el sitio, entrar, mezclarnos con la multitud y dejar que el ruido del parque hiciera el resto. Ese era el plan perfecto, gente distraída, risas por todas partes, bolsillos pesados y yo moviéndome entre ellos como una corriente suave, pero claro, el mundo rara vez deja que mis planes duren demasiado. La voz de alerta de la marina empezó a escucharse por el área, seca y molesta, repitiéndose como un eco que nadie pidió, informando que en el área había piratas, delincuentes y que tuvieran precaución y para rematar, el primer nombre que soltaron fue el del capi Dharma.
 
Suspiré despacio, inflando apenas las mejillas mientras miraba alrededor —Bueno, eso ya me estaba jodiendo todos los planes, glup. — Si la gente empieza a escuchar piratas y luego mira alrededor buscando caras sospechosas, todo se vuelve más complicado. Los civiles se vuelven desconfiados, aprietan sus carteras contra el pecho, revisan bolsillos que antes ni recordaban que tenían. La diversión desaparece y lo único que queda es vigilancia y si me consideran pirata, peor todavía, porque yo puedo robar entre gente feliz, gente distraída, gente que cree que nada malo puede pasar en un lugar lleno de luces y música, pero robar entre gente nerviosa es otro juego completamente distinto, uno donde cada mirada dura un segundo más de lo normal.
 
Apoyé una mano en mi bufanda roja, pensativa, mientras observaba el flujo de personas alrededor. —Ay, capi… —murmuré por lo bajo — Si empiezan a meternos a todos en el mismo saco me estarán arruinando todas las movidas posibles en este mar. — Ladeé la cabeza un poco, aunque una pequeña sonrisa empezó a formarse igual, porque claro eso no significa que sea imposible, solo significa que ahora tendría que ser más creativa y si hay algo que la calle me enseñó bien, es que cuando el mundo se pone atento una ladrona solo tiene que volverse un poquito más silenciosa.
 
—Voy a decirle a Tensui. Si necesitan ayuda con algo, díganle al doctor, ¡Pishishishishi! —solté entre risitas mientras ya me daba la vuelta, moviéndome con esa ligereza que siempre tengo cuando algo me pica la curiosidad. No esperé demasiado para bajar hacia la parte inferior del barco. Mis pasos resonaron suaves sobre la madera mientras descendía, siguiendo el camino que recordaba hasta el pequeño taller de Tensui. La última vez que había estado allí, bueno, decir que era un desastre sería quedarse corto.
 
Abrí la puerta con cuidado y, apenas asomé la cabeza, una ola de calor me golpeó la cara, era exactamente como lo recordaba, metal por todas partes, placas apoyadas contra la pared, tornillos desperdigados como si alguien los hubiera lanzado al aire y dejado caer donde quisieran, herramientas sobre la mesa, bajo la mesa, algunas incluso en el suelo. El lugar parecía menos un taller y más el resultado de una pelea entre acero y orden.
 
El calor, por el mar, el calor, era el tipo de temperatura que podría secar a un calamar en cuestión de minutos. Yo misma sentí cómo mi piel gelatinosa pedía un poco más de brisa marina mientras avanzaba un par de pasos hacia dentro, entonces apoyé una mano en la mesa más cercana, apartando distraídamente un pequeño tornillo que amenazaba con rodar. —Tensuiiiiiiii —canturreé, alargando su nombre con voz ligera —¿Sigues vivo aquí abajo o ya te fundiste con tus propias herramientas?— Mis ojos recorrieron el caos con curiosidad sincera porque la forma en la que trabaja mi artesano amigo es, bueno, muy descuidada o quizás demasiado apasionada, es muy difícil saber la diferencia cuando todo parece haber explotado alrededor, ladeé la cabeza, observando una pieza metálica interesante que brillaba cerca de mi mano y, casi sin darme cuenta, mis dedos ya estaban jugueteando con ella.
 
—Oye, Tensuiii querido —canturreé mientras me asomaba un poco más dentro del taller, apartando con el pie una herramienta que estaba justo en medio del paso —Los marines han lanzado un comunicado diciendo que hay piratas en el puerto y mencionaron al capi, glup. —  Dejé escapar un pequeño suspiro, más dramático que preocupado, mientras me apoyaba contra el marco de la puerta. Mis ojos recorrían el lugar otra vez, el metal, las piezas a medio hacer, las herramientas abandonadas como si hubieran decidido descansar donde cayeran.
 
—Así que ya sabes cómo son esas cosas —continué, moviendo una mano en el aire como si estuviera espantando moscas invisibles —Miradas raras, gente abrazando sus bolsillos, marines creyéndose muy listos— Hice una pausa, frunciendo un poco el ceño mientras trataba de recordar la frase exacta. Me toqué la cabeza varias veces con un dedo, como si así pudiera sacudir la palabra correcta de algún rincón olvidado. —¿Cómo se dice? — murmuré para mí misma, pero un segundo después mis ojos se iluminaron.
 
—¡Ah! Bajo perfil. Sí, eso —dije señalando ligeramente al aire, satisfecha conmigo misma —Las órdenes son que nos mantengamos bajo perfil. — Me encogí de hombros con una pequeña sonrisa torcida. —Lo cual, entre nosotros, es una verdadera tragedia. Un puerto lleno de gente y yo teniendo que comportarme, imagínate — añadí en tono conspirador, acercándome un poco más al interior del taller
 
Mis dedos se apoyaron distraídamente sobre la mesa, moviendo sin pensar un pequeño engranaje de un lado a otro.  —Pero bueno, órdenes del capi son órdenes —seguí, ladeando la cabeza — Así que si ves a alguien preguntando cosas raras o marines caminando por aquí con cara de querer problemas tú no has visto nada, yo no he visto nada, y todos seguimos siendo ciudadanos perfectamente respetables, hasta que vean nuestros carteles de recompensa. — Hice una pausa corta, observando el caos del taller otra vez.
 
—Bueno, lo de respetables quizá sea un poco exagerado, glup, pero se entiende la idea. —

Estanque de Peces
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#54
El navío ya estaba en plena preparación para zarpar cuando Sigrid decidió adelantar trabajo. Mientras otros marines discutían rutas, revisaban cuerdas o gritaban órdenes desde cubierta, la vikinga simplemente hizo lo que mejor sabía hacer, cargar cosas pesadas sin quejarse. Con sus enormes brazos levantó varias cajas de provisiones y armamento como si fueran simples paquetes de pan, acomodándolas contra su pecho antes de avanzar con paso firme hacia la escotilla que conducía al interior del barco.
 
El descenso hacia la parte inferior del navío fue acompañado por el crujir constante de la madera y el leve balanceo del mar bajo el casco. Un par de marines más bajaban detrás de ella con otras cajas, pero ninguno cargaba tanto como la buccaner. Cuando llegaron a la sala de almacenamiento, esa habitación reforzada donde se guardaban suministros importantes y equipamiento bajo llave, Sigrid cruzó la puerta inclinando un poco la cabeza para no golpear el casco contra el marco. Aquella estancia no era para cualquiera, una vez cerrada, solo oficiales o superiores podían abrirla nuevamente. —Aquí estará todo seguro.— comentó con naturalidad mientras dejaba caer las cajas sobre una mesa robusta con un golpe pesado.
 
Acto seguido apoyó su alabarda en una esquina, con cuidado casi ceremonial, como si estuviera dejando descansar a un viejo amigo. Después se arremangó ligeramente el uniforme y empezó a mover cajas de un lado a otro para acomodarlas mejor, organizando provisiones, munición y herramientas con una sorprendente paciencia para alguien de su tamaño. El sudor comenzaba a formarse en su frente por el calor del verano atrapado dentro del casco del barco, pero Sigrid parecía no notarlo demasiado, cada caja que movía se alineaba perfectamente con la siguiente, formando filas ordenadas contra las paredes reforzadas del almacén. —Heh, esto es más fácil que pelear con bandidos. — murmuró entre dientes mientras empujaba una última caja con el pie para ajustarla contra la pared. Se detuvo un segundo, apoyando las manos en la cintura y observando el trabajo hecho. El interior del barco olía a madera, sal y metal, una mezcla que a la vikinga le recordaba que, aunque el destino fuera un lugar lleno de luces y diversión como el New Era Joy Park, ella no estaba viajando como visitante.
 
El último golpe de caja acomodándose contra la pared aún resonaba en la sala de almacenamiento cuando el sonido agudo de una campana cortó el aire del barco como una cuchilla. No fue un simple aviso, fue la alarma, desde cubierta comenzaron a escucharse voces, pasos apresurados y órdenes gritadas entre marines que corrían de un lado a otro. Sigrid levantó la cabeza de inmediato, el gesto relajado desapareciendo de su rostro como si alguien hubiera apagado una lámpara. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, tomó impulso hacia la puerta junto a los otros marines que estaban dentro del almacén. La pesada puerta reforzada se abrió de golpe y todos salieron casi al mismo tiempo hacia el pasillo que conducía a cubierta. Uno de los soldados cerró la puerta con rapidez, girando el mecanismo de seguridad que sellaba la sala de provisiones. El sonido del cerrojo metálico fue seco, definitivo, Sigrid ya estaba subiendo las escaleras cuando algo en su cabeza hizo click y se detuvo un instante, sus ojos se abrieron un poco mas de lo normal —Por toda mi descendencia vikinga, olvidé mi alabarda. —  Giró el cuerpo hacia la escotilla como si fuera a volver corriendo, pero el marine que había cerrado el depósito ya estaba alejándose hacia cubierta, aquella puerta no era una simple bodega, era una cámara de suministros bajo llave que solo oficiales podían abrir durante el viaje y el barco ya estaba en modo de alerta.
 
Sigrid miró la puerta cerrada un segundo más, con esa expresión entre frustración y resignación tan típica de ella, había dejado su arma adentro, su enorme alabarda vikinga, atrapada detrás de una puerta que no podría abrir hasta que algún superior lo autorizara, la vikinga resopló por la nariz, rascándose la cabeza bajo el casco mientras retomaba la carrera hacia cubierta. —Bueno— murmuró con una media sonrisa torcida que comenzaba a formarse pese a todo. —Supongo que, si hoy toca pelear, entonces pelearé a la antigua. — Apretó los puños enormes mientras subía los escalones de dos en dos. — ¡Ey! ¡Esperen a que llegue! — gritó mientras emergía finalmente hacia la luz del sol y el caos de la cubierta observando como Masami había cambiado de apariencia en ese momento. —¡Todavía tengo dos manos! NAAATATATATA.—  Su risa poderosa se mezcló con el sonido del mar y las órdenes de combate, mientras la vikinga se preparaba para enfrentar lo que fuera que estuviera esperando al barco incluso sin su querida arma, porque si bien sabía que no había mucho que hacer sin su arma, su fuerza no le faltaba y sus compañeros de división tampoco.

Cosas Vikingas
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
#55

El buen humor no habita en los cuerpos de todos los integrantes de Hanu Mahana, al menos no para uno de ellos, quien, bajo el sol, tiene que arrastrar el paso de un caballo en medio de la jauría de emocionadas personas que, buscando zarpar hacia New Era Joy Park, se amontonan e incluso se empujan entre sí.

La fémina de mirada chocolate recuerda una frase que solía utilizar la abuela Nuvia después de chismear sobre los integrantes de la iglesia en Sorbet: “Hay de todo en la viña del Señor”. Quizá por ello, en vez de actuar sarcástica al igual que Wyatt, prefiere reírse un poco de él y continuar animándolo mientras suben al ferry. Se pregunta si sería tan diligente si tuviera un caballo pesado a sus espaldas, aunque entiende que de ser Cardan, haría todo por él sin importar su naturaleza.

El ascenso culmina y el singular movimiento, acostumbrado en una embarcación al desplazarse sobre las olas del mar, llena de una extraña emoción a la fémina; incluso suelta el brazo de Barald para apoltronarse contra una de las barandillas del ferry, alzando el rostro para recibir el sol, respirando el ambiente salino y disfrutando del constante murmullo, los gritos y el ruido de quienes buscan un poco de diversión y, en algunos casos, un futuro. Incluso escucha al enorme hombre de tez azul. ¿Miedo? La fémina no aminora la relajada expresión en su rostro; no, solo le tiene miedo a un par de cosas en específico y él no cumple con ninguno de los requerimientos.

La voz del capitán cambia sus ensoñaciones para palpar la evidente realidad. La expresión risueña de la amazona se intensifica al ver a Ryota tomar al azabache por el hombre, todos y cada uno de sus nuevos amigos proceden a felicitar a Barald y ella no puede quedarse atrás; incluso Cardan se arremolina en el pecho del espadachín, en un cuidadoso gesto parecido a un abrazo.

—¡Mírate! Todo un hombre reconocido, cuidado se te sube a la cabeza y te olvidas de los piratas más humildes, fufufufu. —Bromea abrazándolo con fuerza por el cuello antes de separarse, no sin antes detenerse a arreglar un poco la camisa del oji rubí; a veces disfruta contar con la misma estatura. —Felicidades, cariño. Esa recompensa no hará más que subir en el Grand Line, prometo no quedarme atrás. —Le guiña.

Prestando atención ahora a Ryota, relame los labios con parsimonia. ¿Moler a golpes? No puede evitar imaginarse todo lo que ha tenido que pasar el castaño en el tiempo que se mantuvieron alejado, lo que pudo haber cambiado y lo que se ha mantenido.  —Oh, cariño, nada ni nadie podrá arruinar nuestra diversión. —Asegura, confiando en las palabras de su capitán mientras las felicitaciones culminan y el hambre llama a la puerta de los relajados piratas que conforman esa tripulación.

¡Buffet! ¡Al fin algo que vale la pena! No ofrece resistencia al agarre de Yuuki, al contrario, se afianza al mismo, incluso deja caer su sombrero para poder acercarse un poco más a la fémina de rosadas hebras, evitando incomodarla.



—¡Claro que sí, tengo un excelente sentido de la orientación, Yuuki!

Lleva la siniestra disponible hacia su boca, presiona el índice contra su lengua antes de levantar la mano hacia el frente. —Según el viento y las corrientes puedo decir que no tengo perra idea porque es mi primera vez aquí. —La risa se acumula en la garganta. —Pero no necesito ser una “rockstar” para saber que en la cubierta no está, fufufufu. —¿Burlarse de Yuuki y Tezca al mismo tiempo? Cualquier oportunidad es buena. Nadie en esa banda se libra de Runin Kitay.

—¡Vamos adentro! —Incentiva al tiempo que se estira para llegar al brazo de Ryota, enganchándolo a sí misma  en algo parecido a un abrazo. ¿Su cuerpo se ha fortalecido? La amazona vuelve a relamer los labios, presionándolos al final antes de volver a hablar.

—¿Emocionado, cariño? —Le sonríe, mirándolo con fijeza, mientras emprenden camino. Suelta un poco el agarre de Yuuki, solo lo suficiente para acercarse a susurrar a Ryota. —No vayas a vomitar sobre mi cuando subamos a los juegos; no importará cuánto hayas entrenado, o qué tan bien se sientan tus músculos, te patearé el trasero si lo haces, fufufu. —Entre ellos, de forma inesperada, aparece la cara de Cardan, quien al parecer los ha escalado para arremolinarse alrededor del cuello de Ryota.

—¿En serio, vendido? Solo porque dijo “buffet”... —Regaña a la serpiente, quien finge ignorarla para acariciar el rostro del castaño. Runin sonríe volviendo a abrazar tanto a Yuuki como a Ryota, solo un poco más. —Cardan te extrañó. —Sentencia con una ligera expresión sincera.



—y yo también.

Finaliza centrándose en la dirección hacia la que han estado yendo; deteniéndose por momentos a ver algunas indicaciones escritas para llevarlos a la zona designada para la alimentación. ¡Ah! ¡Algo de buen salmón no vendría mal! Y en buena hora que lo piensa porque al llegar al lugar, el ambiente huele delicioso. —¡Alguien vaya por sangría, por favor! —No sabe qué tan bueno es comer hasta reventar antes de ir a parque, pero igual piensa arriesgarse junto a sus amigos.


BOLSA DE ESTRELLITAS
[Imagen: MQT49Lq.png]
#56
La comida que les había dado su compañera Nyra de la división 75 estaba espectacular, no le había dado tiempo a subir al barco y ya se había comido uno de aquellos nigiris que le había preparado a Akira en especial. ¿Cómo podía saber su comida favorita? ¿A sus compañeros les habría preparado también sus platos top? ¡Era genial! Y la reverencia hacia la división compañera fue más que bien recibida, con sonrisas y entusiasmo. Vibraban en su misma sintonía. Lástima que tuvieran que ir en otro barco y no pudieran disfrutar del baile de la división 80, donde estaban bailando prácticamente todos en cubierta como si la cosa no fuera con ellos. Tenían que vigilar y mantener el orden, pero qué mejor que unos buenos bailoteos para entrar en calor con alegría.

Pronto un den den les lanzó un comunicado bastante importante. “Criminales de notoriedad en el área: Dharma, Barald Kane, KuroVongola y Kazan”. Esos nombres a Akira le sonaban, los había visto antes… Y es más, los tenía en su álbum. Así que nada más terminar el comunicado y tras las palabras del sargento pervertido, al que estaba empezando a cogerle algo de tirria porque no dejaba de llamarle rubiales, se tiró de nuevo al suelo de la cubierta a sacar el álbum de su mochila—. Estoy super fuerte, así que si me llamas rubiales otra vez te pego una patada en los huevos —hizo el gesto de escupirle a los pies mientras se sentaba como un niño cruzando las piernas y sacaba el álbum, pero todo con el compañerismo y el vacile característico de su división, que Enji sigue siendo su amigo, no hay que confundirse.

—Vale chicos, pues sí, fijaos —sacó su pocket den den del bolsillo, un caracol pequeño y amarillento de caparazón blanco y azul representando los colores de la marina, y abrió comunicaciones con la división 75.

—Chavales, 75, atentos, poned la oreja. Mi gente de la ¡GLORIOSA DIVISIÓN 80! También, prestadme atención —y empezó a pasar las páginas del álbum. En él coleccionaba recortables de los carteles de “se busca” que veía que no tenía y que salían en el periódico. Tal vez no se acordara mucho de lo que han hecho o de sus historias, pero de lo que sí se acordaba era de sus caras y de sus recompensas.

—Ojito a esto: Dharma, 101 millones de berries, este es el gymbro, ¿no Juan? ¿El que vestía con pantalones cagados o algo así? Ejem, sigo: Barald Kane, el ojitos de rana, 65 millones. KuroVongola, este también tiene ojos curiosos, le llamaremos el ojo pipa, 50 millones 750 mil berries. Y el último, el revolucionario, Kazan, este es como el papá pitufo, aunque también podría ser el pitufo gruñón, mirad que cara de mala hostia... 25 millones. Si fuéramos cazarrecompensas nos pondríamos las botas, pero como somos marines, tened cuidado y proteged a la gente… No son cifras bajas para ser el south blue… ¿Me copiáis 75? —terminó y miró a su división, guardando nuevamente las cosas en la mochila y dejándola junto con la alabarda de Sigrid.

De vuelta en la cubierta, y algo despreocupado a pesar de las cifras tan altas que tenían de recompensa aquellos sujetos, se puso con el resto de sus compañeros a terminarse el aperitivo que les había preparado Nyra. Observando la curiosa transformación de su compañero birkiniano—. Toma ya, otla fluta de animal. Somoss como un zoo, o mejor dicho, un shirco… Tenemos que practicar trucos de eshos que saltáis por dentro de aros de fuego o algo así, ¿no? … Ñam, ñam… ¡Qué bueno! —y la risa de Sigrid ante su poderosa valentía de poder seguir luchando con los puños se le contagió, y empezó a reíse con ella—. ¡Di que sí Sigrid! ¡A hostia limpia como yo, ya verás que divertido! ¡Olé mi vikinga! ¡Tchakikikikiyah! Aunque espero que no tengamos que llegar a las manos...



Info.

—Hablo —. ”Pienso”
#57
Había errado en mi profesión.
Aquella idea, que llevaba días rondándome la cabeza, cobraba forma por segundos. Certeza convertida en un gigante de barro moldeado por las voces enfrentadas de mis compañeros; superpuestas entre sí y mucho más molestas que ese ruido estático que segundos atrás había llenado el puerto.

—Veinte metros, Georgy. Sólo necesito que me acerques a alguno de esos barcos, veinte metros, y si es al de Dharma, mejor que mejor.
—St.George, nuestro barco seguirá por detrás al ferry del Joy Park, y solo si ves la ocasión trataremos de adelantarlo para posicionarnos por delante, sin desviar su rumbo.

Ni siquiera los miré a ellos. Toda mi atención se la habían ganado los mares, en los que buscaba alguna bandera pirata reconocible, y ese maldito ferry de pesadillas que ya había soltado ataduras. La triste goleta no tenía posibilidad contra nada de lo que estaba a punto de acontecer. No se trataba solo, como advertía Omuyaga, de no estar preparada para un combate naval directo. Iba más allá. La simple idea de intentar dar caza a un navío de esas características resultaba irrisoria, pero a nadie allí pareció importarle.

¿Serían acaso mínimamente conscientes del clima que nos acompañaba? Ese calor sofocante de verano, que incluso en el puerto había dejado ver una estela ondulante que parecía proceder de las profundidades de la tierra, solo significaba una cosa: ventolina. Miré hacia las velas, a sabiendas de que muy probablemente las encontraría débiles por la escasa fuerza del viento. El plato de comida que Nyra me había obsequiado me iba a venir de fábula cuando todo eso acabase.

Hae-won me sacó de mis pensamientos. Noté su cabeza delicadamente apoyada sobre mi hombro. Escuchar sus palabras me arrancó una breve sonrisa, a la par que la determinación comenzaba a llenarme el pecho. Ella se alejó hacia las velas y yo aferré el timón.

—¡Desplegad la vela mayor, trinquete, foque y adicionales! —rugí con fuerza, para que la voz llegara hasta todos mis camaradas—. ¡Necesito las velas lo más sueltas posibles!

Por el momento, me conformaría si lográbamos no perder al ferry. Muy en el fondo, agradecía no tener a la vista —ni en mayor cercanía— el resto de banderas piratas alertadas. Bastaba con no desobedecer órdenes. Y es que, cuando digo que me equivoque de profesión, me refiero justo a esto mismo. Al contrario que mis compañeros, yo no quería grandes méritos, ascensos ni gloria. Hace siete años me alisté a la Marina con el único propósito de ser respetado, de salir de las calles y llevar una vida tranquila. Aferré el timón y lo hice virar con el viento a nuestro favor. Lo de la vida tranquila… parece que tenía fecha de caducidad y que vivir enteramente de las labores de un novato no sería una opción. Ser St. George tampoco me lo ponía sencillo, pues aunque tenía ganas de maldecir a los vientos, el orgullo me impedía destrozar aquella imagen perfecta: el buen civil, el buen marine, el buen navegante.

—Hasegawa, el único criminal que tenemos localizado es al revolucionario Kazan que viaja dentro del ferry. Voy a intentar seguirlos desde lo más cerca posible, pero necesito que vigiles que no nos asalte ningún barco enemigo. Ahora mismo, dependemos de ti para protegernos.

El Tempestad alcanzó rumbo descuartelar, con el escaso viento golpeando desde atrás y ligeramente lateral, para hinchar las velas todo lo permitido. Tal vez me debería haber dedicado a la pesca. Un trabajo humilde que me habría llenado el estómago y, en bastante menor medida, los bolsillos. Llevé la mano hasta Rigoberto, el den den Mushi que siempre llevaba conmigo, para contactar con el comandante.

—Aquí St. George, de la División setenta y cinco. Nos dirigimos tras el ferry del New Era Joy Park, donde viaja el revolucionario Kazan. Solicitamos instrucciones, señor. —Después informé a la División 80 de esa misma idea—. División ochenta, aquí St. George, nos dirigimos tras el ferry.

Quizás estés pensando que, con tanto rezongar interno, apenas me estaba esforzando por alcanzar el objetivo. Todo lo contrario. Una vez iniciaba algo, era absolutamente incapaz de hacerlo de forma conscientemente mediocre. El deseo y el orgullo se enfrentaban entre sí, mientras dejábamos atrás las costas para seguir la espuma de nuestro objetivo. Me mantuve alerta a los cambios en el clima, al estado de la marea y todo aquello que pudiera influir en nuestra travesía.

Hice todo lo que estaba en mi mano no solo para cumplir con nuestra misión sino también para mantenerlos a salvo. El navegante de un barco es el corazón del mismo. Y yo no era el más avezado, eso lo sabía bien. La vida de mis compañeros estaban ligadas a ese timón que sostenía con fuerza. Supe de inmediato, que si debía dar la vuelta para mantenerlos a salvo de condiciones desfavorables, lo haría. Después de todo, un Marine muerto era un error, un desliz, algo predecible, pero la muerte de toda una División generada por la imprudencia de su navegante se asemejaría más bien a una deshonra para todo el cuerpo de Marines. No permitiría algo así.


Disclaimer
#58
Después de volver al taller cerré la puerta con el hombro y avancé lentamente hasta la mesa de trabajo, apoyándome en el tridente mientras acomodaba el peso de mi cuerpo como ya se ha vuelto costumbre. El lugar estaba igual que siempre, piezas dispersas, herramientas abiertas, fragmentos de metal marcados por intentos fallidos. Un caos que para cualquiera parecería desorden, pero que para mí es simplemente el rastro de un problema que aún no he logrado resolver. Volví a tomar asiento frente a la mesa y retomé el trabajo con las piezas que todavía quedaban allí, intentando ensamblar una nueva versión de la prótesis. Engranajes pequeños, placas de soporte, una articulación improvisada que quizá podría soportar el peso si encontraba la forma correcta de reforzarla. Mis manos se movían con la misma precisión de siempre, pero mi cabeza estaba en otra parte, repitiendo cálculos, imaginando movimientos, pensando en cómo demonios hacer que esa maldita pierna artificial responda como un miembro real.
 
Prefería seguir en silencio, concentrado en el metal y en el sonido seco de las herramientas contra la mesa, pero entonces escuché una voz chillona que se coló desde la entrada del taller como un cuchillo raspando vidrio, no tuve que girarme para saber quién era. Suspiré con fastidio, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. —Sigo vivo, Melly, pero preferiría no estarlo. — Respondí a su pregunta sin siquiera dignarme a mirar hacia la puerta. Si había venido a molestar, al menos que entendiera desde el principio que no estaba de humor para conversaciones inútiles. Escuché entonces sus pasos entrando al taller, ligeros, juguetones, avanzando entre mis mesas y estanterías con la misma curiosidad irresponsable de siempre, no hizo falta verla para saber exactamente qué estaba haciendo, Melly tiene esa maldita costumbre de tocar todo lo que encuentra como si cada objeto fuera un juguete nuevo.
 
El sonido de metal moviéndose donde no debería hizo que mi paciencia se agotara rápido. —Deja de tocar mis cosas, mujer — gruñí finalmente, levantando apenas la cabeza — y sal del taller si no tienes algún pedido urgente. — Volví a mirar la prótesis que tenía entre manos y giré una de las piezas, evaluando el encaje. No funcionaría, era demasiado débil en el punto de presión, fruncí el ceño con irritación y, sin pensarlo demasiado, lancé el fragmento contra la pared del fondo del taller. El metal golpeó con un sonido seco antes de caer al suelo entre el resto de basura mecánica que ya había descartado.
 
—Maldita sea— Pasé una mano por mi rostro, respirando pesado por la nariz mientras el enojo volvía a subir lentamente. No era culpa de Melly, no realmente, pero cada interrupción, cada fallo, cada pequeño recordatorio de que sigo atrapado en este maldito proceso me pone más cerca de perder la paciencia. Apreté el tridente contra el suelo para incorporarme un poco en el banco, mirando finalmente hacia ella con una expresión cargada de cansancio y rabia contenida. —Así que habla rápido. ¿Qué demonios quieres ahora? Porque si viniste solo a curiosear, te juro que te saco del taller yo mismo. Aunque tenga que hacerlo arrastrándome. — Fue lo ultimo que le dije cuando la miré a los ojos antes de dejarla hablar.
 
—Yo no me preocuparía por Dharma. —respondí con un tono seco, casi indiferente, mientras ajustaba una de las piezas sobre la mesa de trabajo sin mirarla directamente — Él sabe lo que hace y, de hecho, puede defenderse muy bien solo. —  Las palabras salieron con naturalidad, pero aun así desvié la mirada hacia otro punto del taller, como si observar un montón de herramientas oxidadas fuera más interesante que mantener ese comentario flotando en el aire. Admitir algo así nunca me ha gustado demasiado, Dharma no necesita que lo respalden ni que lo protejan. Es el tipo de hombre que entra en un problema y lo parte por la mitad si se atraviesa en su camino y aunque lo respeto por eso una parte de mí no puede evitar sentir ese pequeño nudo incómodo en el pecho.
 
Porque él no necesita a nadie cubriéndole la espalda. A diferencia de mí. El pensamiento pasó rápido por mi cabeza, como un veneno que ya aprendí a ignorar antes de que me consuma más de la cuenta. Chasqueé la lengua con molestia y volví a concentrarme en la mesa, girando una pequeña pieza metálica entre los dedos antes de dejarla caer nuevamente junto al resto de intentos fallidos. Entonces volví a hablar, esta vez con un tono más cargado de esa irritación constante que últimamente parece vivir conmigo. —Sí, sí, ya sé cómo eres. —gruñí —A ti lo que te molesta no es la marina ni los rumores sobre piratas. — Finalmente levanté la vista y la miré con una mezcla de fastidio y burla. —Te jode no poder robarle a la gente en ese maldito festival o lo que sea ese lugar al que vamos. — Señalé con el mentón hacia ella, frunciendo ligeramente el ceño mientras mis ojos bajaban hacia uno de sus bolsillos. No necesitaba ser un genio para saber cuándo Melly había estado hurgando donde no debía. Había pasado demasiado tiempo con ella como para no reconocer sus pequeñas costumbres de ladrona.
 
Solté un bufido áspero. —Y sácate esas piezas del bolsillo ahora mismo. — Golpeé suavemente la mesa con los nudillos, marcando cada palabra con paciencia tensa. —Son de mi taller. —  Mi mirada se mantuvo fija en ella unos segundos más, dura, expectante. Luego volví a inclinarme hacia la prótesis incompleta que descansaba frente a mí, apoyando el peso del cuerpo contra la mesa para compensar el maldito desequilibrio que todavía no termino de dominar.
 
—Si vas a robar algo —murmuré mientras retomaba una herramienta — Al menos roba cosas que no me estén sirviendo para arreglar este maldito problema. — El metal raspó contra metal mientras ajustaba otra pieza con más fuerza de la necesaria. —Porque si me faltan partes cuando por fin encuentre la forma de hacer que esta cosa funcione, te juro que serás tú quien me deba una pierna nueva. —

Infobox
#59
Ya no había punto de retorno, el puerto lentamente se iría achicando con el tiempo, mientras los vientos del mar poco a poco empezaban a soplar con más intensidad peinando mi cabello alborotadamente. La enorme embarcación albergaba gente de todo tipo y tamaño, la asistencia era muy concurrida, habiendo muchísima gente. Yo estaba tranquilo, disfrutando el momento, cercano a la proa, era una suerte de relajo haber encontrado a Alek, a quien también al parecer por lo que decía, era mutuo el estar buscándonos. Haber dado con él y a su vez Miyori parecía un golpe de suerte, el cual me hizo reír a carcajadas frente a la fortuna.

— HAJAJAJA — reí ante sus palabras. — No seas tan rudo — comenté con una sonrisa. — Me preocuparíasi fuese tan fácil encontrarme… Pero descuida, es que estuve ocupado con unos asuntos grandulón. — le dije entre risas rascando mi nuca alegremente mientras Miyori había irrumpido con aquellas palabras.

La risa fue inevitable. — Entonces ya está todo listo, gracias por acompañarme en esto, se puede decir que somos una peculiar tripulación ¿Eh? — dije entre risas mirando a ambos finalizando en Miyori agarrando el filo del ala de su sombrero frente a su rostro y bajandoselo a su rostro un poco, suavemente. ~Si que suena bien eso…~ pensé sonriente.

Miyori quería ir a despedirse del puerto, algo que quizás a mi me costaba comprender, puesto que hace muchos años que fue destruida mi concepción de hogar o sentido de pertenencia, y no tenía como ese lazo de afinidad hacia un lugar. Aunque podía comprenderla, ella tenía un hogar, una familia, un lugar donde siempre la esperaban, algo que perdí hace mucho tiempo pero bien conocido me era y mantenía vivo el recuerdo, y a veces incluso sentía ese calor en mi crucifijo al recordar a mi familia, el ya lejano East Blue… Sin embargo asentí sonriente, silente también y fuí con ellos.

Pude ver a Miyori emocionada, queriendo ocultarlo inclusive y no pude evitar reír al verlo a Alek saludando el puerto ~No puede ser~ pensaba mientras contenía la risa y para disuadirme, estando entre medio de ellos, crucé mi brazo sobre Miyo, y apoyé el codo opuesto contra la pierna de Alek.

— Las despedidas a veces son un adiós… A veces son un comienzo Miyori — le dije intentando mirarla a los ojos con una amplia sonrisa cuando sonaron altavoces por doquier, llegué a escuchar, y mis cejas se arquearon. Parece que todo iba a tomar un rumbo distinto al previsto, pero divertido. No terminé de procesar aquella información que Alek rápidamente también lo había escuchado y se dirigió a ambos.

— JAJAJAJAHAHA— había estallado en carcajadas por lo que decía Alek. Hice una pausa para prender un cigarro y responder. — Eso parece ¿No? Al final la pequeña excursión parece que ya nos reveló su mayor atracción para el parque… ¿No suena divertido? — les pregunté cargado de emoción. Yo también estaba al tanto de las recompensas, y había visto aquellos nombrados en el periódico y sin ir mas lejos estaba seguro de haber visto a alguien… — Ese tal Kazan… Creo estar seguro está aquí, justo del otro lado, creo haberlo visto si no me confundo — les comenté para pitar el cigarro mientras señalé en dirección opuesta a donde estábamos en el barco con mi cabeza. — Parece que nos vamos a divertir mucho, chicos ¿No lo creen? — cuestioné para finalizar con una pequeña risa y dar otra pitada.

Dirigí mis ojos a Alek — Hey grandote, nos tendremos que cuidar entre nosotros, pero no te preocupes, iremos a un parque de diversiones, y nos divertiremos, hace rato no lo hago… — Solté a la ligera acariciando el mango de mi katana, y voltee a ver a Miyori con una sonrisa. — Espero podamos subirnos a la noria ¿Me acompañarías? Desde allí arriba debe ser única en el mundo la vista — concluí pellizcandole suavemente un cachete casi como una caricia inclinando levemente mi rostro a ella en complicidad como si quisiera que dijera que si.

Cosas
#60
Las alarmas resonaban con fuerza por todo el lugar, su eco metálico expandiéndose sobre el puerto y mezclándose con el ruido del mar y los gritos lejanos de los marines. No había forma de ignorarlas. Bones alzó ligeramente la cabeza al escucharlas, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Definitivamente, aquello no sería el paseo tranquilo que había imaginado.

El mensaje que había escuchado hacía unos momentos era claro: las autoridades estaban buscando a un grupo de piratas importantes que se encontraban en el sector. Entre los nombres mencionados estaba, por supuesto, el de Dharma. El capitán parecía decidido a no llamar demasiado la atención durante su paso por aquel lugar… aunque, a juzgar por la situación actual, ya no parecía una decisión que dependiera enteramente de él.

Bones caminó con calma hacia uno de los costados del barco. Sus pasos resonaban suavemente contra las tablas de madera de la cubierta mientras el barco se mecía con la marea. Su mente, sin embargo, estaba lejos de la tranquilidad aparente de su caminar. Pensaba en lo que vendría a continuación, en lo inevitable que parecía el choque que se aproximaba.

Después de todo, él había escuchado el nombre de "El Orador" más de una vez.

Las historias circulaban con facilidad en los bares más oscuros y ruidosos de Logetown y Samba, lugares donde el alcohol barato, el humo denso y los rumores peligrosos convivían en la misma mesa. Allí, entre marineros borrachos, contrabandistas y aventureros sin suerte, había oído relatos sobre aquel pirata. Algunos exagerados, otros probablemente ciertos. Pero todos coincidían en algo: no era un hombre cualquiera.

Quién hubiera imaginado que, por intentar devolverle un favor a un viejo compañero de andanzas, terminaría enrolado como tripulante en el barco de alguien de semejante reputación.

El médico brujo se detuvo junto a un barril firmemente sujeto al suelo de la cubierta y se sentó con tranquilidad, como si el caos que se gestaba a su alrededor no fuera asunto suyo. Luego llevó una mano al interior de su chaqueta y sacó una pequeña cigarrera metálica.

Dentro había veinte cigarrillos perfectamente alineados.

No eran cigarrillos comunes. Estaban hechos con una hierba negra proveniente de su tierra natal: Centaura. Una planta rara, difícil de encontrar fuera de su región, conocida por producir efectos peculiares en quienes sabían cómo consumirla.

Bones tomó uno de los cigarrillos y lo llevó a sus labios.

Con la otra mano sacó un pequeño encendedor de bolsillo y lo encendió con un movimiento automático. La llama iluminó brevemente su rostro antes de que la punta del cigarrillo comenzara a arder.

Inhaló profundamente.

El humo que escapó de sus labios no era gris ni blanco, sino de un extraño tono rojizo que se deshacía lentamente en el aire salado del mar.

El médico brujo cerró los ojos por un momento, dejando que los efectos de la planta comenzaran a recorrer su cuerpo. Era una sensación familiar, casi reconfortante. Un puente silencioso entre su mente y las presencias que, según él, habitaban más allá del velo de este mundo.

Sabía muy bien que, desde el momento en que había puesto un pie en aquel barco, su destino había quedado ligado al de los Rakshasa.

No había marcha atrás.

Abrió los ojos y alzó la mirada hacia el cielo por unos segundos, observando las nubes que se movían lentamente sobre el puerto.

Luego exhaló otra bocanada de humo rojizo.

—Bueno… nunca pensé que esto escalaría tan rápido, ewa. —murmuró para sí mismo, con una ligera risa en la voz—. Aunque mis amigos del más allá parecen estar bastante de acuerdo en acompañarlos en este viaje.

Sacudió ligeramente la cabeza.

—Supongo que ahora solo queda esperar a que comience lo inevitable.

En su mano libre apareció entonces una carta.

Había salido de entre sus dedos con la naturalidad de un truco de prestidigitador. Bones la giró lentamente entre sus dedos antes de observarla.

Era el Rey de Espadas.

Sus ojos se entrecerraron apenas.

Había cierta tensión en el aire. Una sensación difícil de explicar, pero imposible de ignorar. Como si el propio mundo contuviera la respiración durante un instante.

La calma antes de la tormenta.

Era evidente que aquello no terminaría de forma pacífica. Si querían salir de allí, probablemente tendrían que abrirse camino a golpes. Sangre, acero y pólvora.

Otra calada profunda y la caricia de el relicario sobre el bolsillo de la chaqueta.

El humo rojo volvió a escapar lentamente de sus labios mientras el médico brujo permanecía sentado sobre el barril, disfrutando del breve momento de tranquilidad que aún les concedía el destino.

Porque sabía que duraría poco.

Muy poco.

La suerte ya estaba echada.

Ahora solo quedaba descubrir cuál sería el resultado.

Off-Rol


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