[AutoFIC-Recolección]-Un par de manos a juego
#1
Día 4 de Otoño, Año 14
Ciudad de Legance
9:00am


El humo aún parecía flotar en el aire, aunque fuera solo en mi memoria. Los gritos, el estruendo de las explosiones y la furia desatada por mis puños todavía resonaban en mis oídos. Destruir ese cuartel había sido más que un golpe estratégico, había sido un recordatorio de lo pequeño que puedo ser frente a este mundo... y lo grande que debo volverme para cambiarlo.


-¿Cómo puede alguien como yo, que jura proteger, causar tanta destrucción? Rahahaha... Gin, no eres más que un aprendiz en un mar lleno de monstruos-Gin - dije en voz baja mientras mis pasos me llevaban hacia la sombra de un callejón angosto, lejos de las miradas curiosas.

El Capitán Cucarashi Sérpico me había puesto a prueba como ningún otro. Su velocidad, su brutalidad, me forzaron a darlo todo, y aun así, sentí que no fue suficiente. Aunque logramos derrotarlo, sé que podría haber hecho más. Pero esa rabia no era solo contra él. Era contra mí mismo.

"Necesito ser más fuerte", pensé mientras acariciaba los nudillos de mis guantes actuales. Viejos, gastados y ya con demasiadas cicatrices para seguir soportando mi furia. Estos guantes me han servido bien, pero no están a la altura de lo que se avecina. Si quiero cumplir mi promesa, si quiero que el nombre de Rapax Gin resuene en cada rincón del Grand Line, necesito algo mejor… Si quiero que los Mushoku se sientan orgullosos de tenerme entre sus filas, necesito alcanzar el nivel que se espera de mí. Si hubiera estado solo aquella noche, seguramente habría muerto. Había resultado sumamente malherido, y si no hubiera sido por Ben, ahora mismo estaría viendo a Mira y dándole los saludos de Eaa a Maeve.

El recuerdo de Maeve Knox cruzó mi mente. Su temple, su valentía… y la promesa que me hizo marcar esta cruz en mi pecho. Eaa aún confiaba en mí, y aunque ahora estaba ausente, sentía su presencia en cada golpe que daba, en cada enemigo que caía. Mi pecho ardía, y no solo por el tatuaje. ¿Podría algún día ser digno de esa confianza? ¿Podría proteger a los que amo? La respuesta no estaba en las preguntas, sino en mis acciones.

Aún tenía en conmigo la carta de Eaa, no había conseguido juntar el valor suficiente para abrirla y entender el por qué había decidido irse…El papel doblado seguía allí, en el fondo del bolsillo, haciéndose cada vez más pesado como si fuera de plomo. La carta que Ashura me entregó, con el nombre de Eaa escrito en su caligrafía rápida y descuidada, había sido un recordatorio constante de mi cobardía. No la había abierto. No porque no quisiera saber lo que decía, sino porque no tenía el valor de enfrentar lo que significaría leerla.
Eaa... La capitana del Brillante Infortunio, la mujer que había llenado mis días de aventuras y camaradería, había desaparecido como un sueño que se desvanece al despertar. Desde que nos separamos enla ciudad poco después de llegar a Neur, su ausencia era un vacío que no podía llenar, ni siquiera con el rugir de la lucha o la caída de aquel sucio cuartel. Me había jurado protegerla, cumplir la promesa que le hice a Maeve, pero ahora parecía que ni siquiera podía proteger el recuerdo de lo que compartimos.

Mandarina, su pequeño gato negro, solía andar siempre pegado a ella, un compañero tan silencioso como atento. Era un animal curioso, con ojos que parecían leer el alma y un andar tan sigiloso que a veces lo encontrabas donde menos lo esperabas. Recordaba cómo Eaa lo acariciaba mientras se sentaba en la cubierta de la Rémora Fatua, tarareando una canción que nunca pude identificar del todo. Incluso en los días más caóticos, Mandarina parecía calmarla, como si supiera que ella cargaba más peso del que mostraba.

Y ese barco... La Rémora Fatua era más que un navío; era su hogar, su refugio. Cada rincón estaba impregnado de su esencia. Las comidas que preparaba, siempre con ese toque que las hacía únicas. Me reí por lo bajo al recordar su tarta de carne, que era lo más delicioso del mundo y siempre me decía ser un secreto de familia, pero que sabía más a improvisación que a tradición. Y luego estaba ese espejo en su camarote, el único objeto con el que parecía ser realmente posesiva. Una esquina estaba marcada con el labial rojo de Maeve, un recuerdo imborrable de su relación. En lo que a mi respecta, aquella marca no solo estaba en el espejo, sino en la propia semioni. Nadie me sacaba de la cabeza que a Eaa le recordaba que no estaba sola, que siempre llevaba un pedazo de Maeve consigo, incluso después de su muerte.

A veces me preguntaba qué diría Maeve si pudiera verme ahora, dudando frente a una simple carta y con mi promesa sin cumplir. Pero no era la carta lo que temía. Era lo que significaría abrirla: aceptar que Eaa había partido, que nuestras vidas habían tomado caminos diferentes y que tal vez nunca volvería a verla. Así que, por ahora, el papel doblado seguía en su lugar, junto a mi corazón, pesado como siempre.

Lègance era una ciudad impresionante a simple vista, hasta que te adentrabas en la podredumbre que la sustentaba. Las terrazas escalonadas (divididas por sectores de la manera más clasista), los edificios de piedra tallada, y esa maldita Catedral de San George que parecía querer iluminar todo con su hipocresía de colores… Un monumento a los malditos nobles que no hacían sino humillar a los ciudadanos honestos. En los sectores más altos se veía lo peor de este condenado mundo: nobles asquerosos caminando altivos y marines patrullando como si fueran los dueños del mundo. Cada detalle de este distrito me recordaba al pasado, a Mira y Gonjo, y el porqué odiaba tanto los lugares como este.

Avancé por las calles principales, mezclándome entre la multitud. Mi altura siempre era un problema; era difícil no destacar con tres metros y una capa de cuero que ondeaba a mi paso. Por suerte, la ciudad estaba sumamente habitada y atiborrada de comercio, con lo que estaba llena de todo tipo de figuras extrañas, desde comerciantes exóticos hasta viajeros con historias aún más altas que las mías, o que los cuernos de Ashura.

Mis pensamientos seguían revolviéndose mientras caminaba. Había muchas cosas que reparar, muchas heridas que sanar, pero la más urgente era mi equipo. Era débil aún, y aunque no sabía para qué concretamente quería ser más fuerte, sí sabía por qué no quería seguir siendo débil. Debía tener mejores puños. Renovar mis armas era clave para sobrevivir, más aún después de remodelar aquel cuartel de la marina.

Primero necesitaba suministros: metal resistente, algo que pudiera soportar mi fuerza y los choques de la Gura Gura no Mi. Pensé en el bosquecillo detrás de la casa de mi amigo Rex, el herrero, donde había aprendido lo más novedoso de la herrería del anciano. "¿Qué dirías ahora, Mira?" pensé, recordando a la mujer que me crió. No pude evitar una sonrisa amarga al imaginarla regañándome por buscar "problemas innecesarios".

En el mercado central, observé un puesto que vendía metales. Una aleación plateada-azulada captó mi atención de inmediato. Su brillo era único, como si tuviera un fuego contenido en su interior. El comerciante, un hombre menudo con manos nerviosas, intentó convencerme de que era "lo mejor del North Blue".

-Buenos días, amigo, perdone que le importune. ¿Cuánto por este pedazo-Gin? -pregunté, manteniendo mi tono neutro.

-Cincuenta mil berries, buen señor. Es raro y resistente, un metal digno de un noble...

-No soy un noble -le corté, dejando caer unas monedas en el mostrador. No quería gastar tiempo discutiendo. Ya tenía lo que necesitaba.

Con el metal asegurado, seguí mi camino hacia una tienda de herramientas. Los nobles no entenderían lo que significa forjar con tus propias manos, pero yo sí. Había algo poético en moldear el acero, algo que me recordaba que podía crear en lugar de destruir. Obviamente no iba a encontrar la tienda que buscaba en este distrito. Esas basuras no se ensuciaban las manos nunca, aunque sus empleados sí. Debía ir a un sector más bajo.

A medida que descendía por las terrazas de Lègance, el cambio en el ambiente era palpable. Los sectores altos, con sus nobles bien vestidos y sus caminos impecables, pronto dieron paso a un lugar más bullicioso y caótico. En los sectores medios, las casas ya no estaban hechas de piedra finamente tallada, sino de materiales más toscos y desgastados por el tiempo. Las calles eran más estrechas, y el aire se llenaba con una mezcla de olores: especias, carne asada, y a veces, la peste de los desagües abiertos.

Aunque seguía siendo un lugar habitado por trabajadores y mercaderes, los marines patrullaban con frecuencia. Sus uniformes blancos destacaban entre los transeúntes, y aunque mantenían un aire de autoridad, era evidente que no estaban allí para proteger a la gente, sino para vigilarla. Me aseguré de no llamar la atención. Aunque estaba seguro de que no me reconocían, no podía permitirme correr riesgos innecesarios.

Pasé junto a un puesto de frutas, donde un niño regateaba por un racimo de plátanos con un vendedor de rostro adusto. Más adelante, una mujer discutía con un comerciante sobre el precio de un saco de arroz. Estas escenas me recordaban al mercado de mi pueblo natal, donde Mira solía comprar pescado fresco mientras yo cargaba cajas. Pero aquí, en Lègance, había una tensión constante, como si el más mínimo error pudiera desencadenar un conflicto.

Los gritos de un vendedor llamaron mi atención. Frente a un pequeño taller, un hombre robusto con un delantal de cuero estaba ajustando el filo de una espada en una piedra de afilar. Su rostro estaba cubierto de sudor, y cada uno de sus movimientos era preciso, casi elegante.

-¡Herramientas y armas para todos! ¡Calidad garantizada! ¡No encontrarás mejores precios en toda Lègance! -gritó, mientras colocaba la espada recién afilada sobre una mesa llena de objetos metálicos.

Me acerqué con cautela, observando los productos que ofrecía. Había martillos, tenazas, y una variedad de armas que parecían haber sido forjadas con dedicación. Aunque no buscaba armas en ese momento, no pude evitar admirar la calidad de su trabajo.

-¿Qué buscas, amigo gigante? -preguntó el hombre sin dejar de trabajar. Su voz era ronca, pero no hostil.

-Herramientas para forjar. Martillos, tenazas, y si tienes una piedra de afilar, mejor -respondí, sin rodeos. Sabía que no tenía tiempo para regateos interminables.

El hombre detuvo su trabajo por un momento y me miró de arriba abajo. Era una reacción común ante mi tamaño, pero su mirada era diferente. No había miedo ni desconfianza, solo curiosidad.

-Tengo lo que necesitas, pero no vendo barato. Esto no es para turistas -dijo, señalando una mesa con herramientas que, aunque desgastadas, todavía parecían funcionales.

Examiné las herramientas con detenimiento. Los martillos tenían cabezas pesadas, ideales para moldear metal duro. Las tenazas eran robustas, y la piedra de afilar tenía un aspecto sólido, como si pudiera soportar años de uso. Sabía que estas herramientas no durarían para siempre, pero serían suficientes para lo que tenía en mente.

-¿Cuánto? -pregunté, dejando que mi tono cortara cualquier intento de negociación innecesaria.

-Diez mil berries por el lote. No te haré descuentos, pero te garantizo que no te fallarán -respondió, cruzando los brazos sobre su pecho.

Dejé caer las monedas sobre la mesa sin discutir. El precio era justo, y no estaba dispuesto a perder tiempo buscando mejores ofertas. Recogí las herramientas y las guardé en una bolsa al hombro. El peso era considerable, pero lo llevé con facilidad.

-Buena suerte con tu trabajo, gigante. Si esas herramientas fallan, será porque les pediste demasiado -dijo el hombre, con una sonrisa torcida.

No respondí, pero asentí ligeramente antes de continuar mi camino. Había algo en su tono que me recordó a Rex, el viejo herrero del bosque. Quizás todos los que trabajaban con metal compartían esa mezcla de orgullo y humor seco. Con las herramientas aseguradas, mi próximo objetivo era claro: el taller de Rex.

Mientras continuaba mi camino reflexioné un poco sobre el nombre que le daría a aquellos nuevos puños. Y de verdad que Rompecraneos era lo más apropiado para lo que iban a ser y a hacer esos futuros guantes. El nombre vino tan simplemente así a mi mente y pues, la verdad que me gustó el pensar la excelente pareja que harían con las Patea-suelos que ahora llevo en mis pies.

Con las herramientas al hombro y el metal azulado guardado con cuidado, continué mi descenso por Lègance. La ciudad era un laberinto de terrazas y caminos que parecían alejarme cada vez más del lujo de los sectores superiores. En contraste, las zonas más bajas eran un reflejo de las dificultades y desigualdades que alimentaban mi odio hacia los nobles y los marines que protegían su riqueza.

Al entrar en el sector inferior, el cambio fue inmediato. Las calles, aunque seguían pavimentadas, estaban llenas de baches y grietas. Los edificios eran pequeños y amontonados, construidos con madera barata que ya comenzaba a pudrirse en algunos lugares. Aquí no había tiendas elegantes ni talleres ordenados, solo mercados improvisados, donde las mercancías se amontonaban en carretillas o se exhibían sobre lonas viejas.

Los rostros de la gente eran diferentes también. No había miradas altivas ni sonrisas fingidas. Aquí todo era real: la lucha por sobrevivir, el agotamiento y, en algunos casos, la desesperanza. Era un espejo del pueblo donde me crié, un recordatorio de por qué debía hacerme más fuerte. Estas personas no tenían a nadie que las defendiera, nadie que luchara por ellas.

Caminé por un pasaje estrecho, donde los vendedores gritaban para ofrecer sus productos. Los olores eran una mezcla de especias, pescado fresco y basura acumulada. Una mujer regañaba a un niño que había intentado robar un panecillo, mientras el panadero observaba en silencio, decidiendo si dejar pasar la ofensa o intervenir. No me detuve. No era mi lugar, no esta vez.

Más adelante, un grupo de marines patrullaba la zona. Su presencia era más evidente aquí, en comparación con los sectores superiores. Parecían tensos, como si esperaran que algo estallara en cualquier momento. No podía culparlos. La destrucción del cuartel no era solo un golpe físico, sino también un desafío directo a su autoridad. Y los marines, como los nobles, odiaban perder el control.

Me detuve a un lado, fingiendo interés en un puesto de frutas mientras observaba sus movimientos. Habían instalado un pequeño campamento improvisado en una plaza cercana. Tiendas de campaña de lona blanca se alzaban de forma apresurada, y varios soldados armados custodiaban la zona. Algunos revisaban documentos, otros conversaban en voz baja, pero todos estaban alerta.

No podía arriesgarme a llamar la atención. Aunque mi capa ocultaba la mayor parte de mi figura, mi tamaño seguía siendo un problema. Sabía que, si alguno de esos soldados decidía interrogarme, la situación podría escalar rápidamente.

“Muévete con calma, Gin. No llames la atención”, pensé mientras retomaba mi camino.

Los campamentos no eran lo único que había cambiado. Había carteles de "se busca" pegados en las paredes, mostrando rostros conocidos y desconocidos. Algunos eran de piratas locales, pero otros pertenecían a figuras más notorias, incluso me pareció ver a algunos compañeros de los Mushoku, pero no tenía tiempo de ponerme de turista a revisarlos. La destrucción del cuartel había provocado una cacería, y los marines estaban decididos a restaurar su control. Tomé un poster con mi cara y seguí mi camino. Ya tendría tiempo de revisarlo en detalle.

Cuando finalmente llegué al nivel más bajo de la ciudad, el ambiente era aún más caótico. Este sector, conocido como "La Entrada", era donde las mercancías llegaban a la ciuda a través del puerto y desde todas partes del Grand Line. Carretas tiradas por caballos y mulas avanzaban lentamente, cargadas con sacos de grano, cajas de pescado y barriles de vino. El ruido de las ruedas sobre el pavimento se mezclaba con los gritos de los estibadores y el crujido de las cuerdas que sujetaban las cargas.

Los edificios aquí eran poco más que almacenes y tabernas. La madera estaba ennegrecida por el tiempo y el salitre, y el olor a mar era inconfundible. Era un lugar de tránsito, un espacio donde nadie se quedaba más de lo necesario. Los estibadores trabajaban con eficiencia, descargando los barcos y preparando las mercancías para su ascenso por la ciudad.

Sin embargo, incluso aquí, los marines estaban presentes. Habían colocado barricadas en las entradas principales y revisaban a todos los que pasaban. Sus ojos eran como cuchillos, escaneando cada rostro en busca de algo sospechoso. Pasé por una de las barricadas, manteniendo mi mirada baja y mis pasos firmes. Con mi capa cubriéndome y mi bolsa al hombro, parecía un simple trabajador más.

-Eh, tú, el grande -dijo uno de los soldados, deteniéndome por un instante. Me giré lentamente, manteniendo mi expresión neutra. -¿Qué llevas ahí? -preguntó, señalando la bolsa.

-Herramientas-Gin. Trabajo en una fragua pequeña a las afueras de la ciudad -respondí, añadiendo el toque justo de cansancio a mi voz. Tenía que aparentar ser uno más entre esta gente, pues ahora mi cabeza seguro que tenía un precio más que jugoso.

El marine me miró por un momento, evaluando si valía la pena interrogarme más. Finalmente, exhaló y con el mismo suspiro asintió y me dejó pasar.

Respiré hondo una vez que estuve lejos de las barricadas. Había logrado salir de la ciudad sin problemas, pero sabía que no podía confiarme. Los marines estaban en estado de alerta, y cualquier error podría ser fatal.

El puente que conectaba Lègance con el bosque era un lugar tranquilo, incluso ahora. Era un puente de piedra, sencillo pero resistente, con barandas talladas que mostraban imágenes de dragones y caballeros. Aunque el puente era amplio, rara vez estaba concurrido. Solo un par de carretas pasaban en ese momento, transportando madera y herramientas hacia la ciudad.

Mientras cruzaba el puente, miré hacia el horizonte. El bosque se alzaba como un muro verde, prometiendo refugio y tranquilidad. Era un contraste bienvenido después de la tensión de la ciudad. A medida que avanzaba, el sonido del agua corriendo por el río bajo el puente me ayudó a calmar mis pensamientos.

El camino hacia la cabaña de Rex era familiar. Había recorrido este sendero varias veces, pero nunca dejaba de apreciar su belleza. Los árboles formaban un dosel natural, dejando que la luz del sol se filtrara en rayos dorados. El suelo estaba cubierto de hojas y ramas caídas, y el aire olía a tierra húmeda y madera. A lo lejos, se escuchaban los cantos de los pájaros, un recordatorio de que, incluso en un mundo lleno de caos, había momentos de paz.

Subí la colina lentamente, disfrutando del silencio del bosque. Cada paso me acercaba más al refugio de Rex, a su fragua y al fuego que necesitaría para forjar mi próximo paso hacia la grandeza. Este camino era más que una ruta física; era un recordatorio de que, aunque el mundo estuviera lleno de enemigos y desafíos, siempre había un lugar donde podía encontrar la fuerza para seguir adelante.

Cuando finalmente llegué, vi la cabaña de Rex al borde de la colina. Era una construcción sencilla, hecha de madera oscura y piedra. Desde la distancia, podía ver el humo saliendo de la chimenea, señal de que el viejo ya estaba trabajando. Su fragua, ubicada a un lado de la cabaña, brillaba con un resplandor cálido, prometiendo las herramientas y la fuerza que necesitaba para lo que estaba por venir.

El camino hacia la cabaña de Rex era tranquilo, un contraste bienvenido después del caos de la ciudad. El bosque que rodeaba Lègance era espeso, con árboles altos que formaban un dosel natural. Los rayos del sol apenas atravesaban las hojas, dejando el suelo en una penumbra verde, a excepción del cráter que dejé hacía unas semanas a un par de kilómetros durante mi entrenamiento con Ben. Pero aquí la historia era diferente, todo estaba en paz. Aquí, el aire olía a tierra húmeda y a madera, una combinación que siempre me recordaba los días de mi juventud en el North Blue.

Cuando llegué a la cabaña de Rex, el viejo ya estaba esperándome, como siempre parecía hacerlo. Estaba inclinado sobre su yunque, martillando un pedazo de metal al rojo vivo con una concentración que solo los años de experiencia podían dar. Su cabello gris estaba atado hacia atrás, y el hollín cubría sus manos y brazos. El sonido rítmico de su martillo se mezclaba con el chisporroteo del fuego en la fragua.

-Mira quién viene a darme trabajo. ¿Qué te trae por aquí esta vez, gigante? ¿Unos guantes nuevos para partirle la cara a alguien? JAJAJAJAJA.

Solté una risa baja mientras dejaba mi bolsa en el suelo. La relación entre Rex y yo era única. No éramos exactamente amigos, pero compartíamos un respeto mutuo que iba más allá de las palabras. Sabía que podía confiar en él, y él sabía que yo no iba a molestarlo con tonterías.

-Más que eso, viejo. Necesito algo que aguante el peso de mis promesas... y mi fuerza-Gin.

Rex dejó su martillo y me miró con curiosidad. No dijo nada, pero sus ojos me evaluaron como si intentara medir cuánto de mi determinación era real y cuánto era simple orgullo. Finalmente asintió.

-Ya sabes cómo funciona esto, muchacho. Si vas a usar mi taller, hay un precio. -Se cruzó de brazos y sonrió- Un buen ciervo asado. Pero solo uno, ¿entendido? No quiero que me vacíes el bosque.

-Rahahaha, trato hecho-Gin. Ya sabes que no tengo intención de alterar tu precioso equilibrio, Rex.

El viejo gruñó algo inaudible y me señaló hacia el bosque cercano. Guardé las herramientas en un rincón de la fragua y me interné en la espesura con mi cuchillo al cinto y mi determinación renovada.

El bosque era un lugar tranquilo, casi sagrado. Cada crujido de las hojas bajo mis pies y cada susurro del viento entre los árboles parecía contar una historia antigua. Sabía que Rex era muy protector con esta tierra. Siempre decía que un buen herrero debía respetar tanto al metal como a la naturaleza que lo rodeaba. No era difícil entenderlo. Este lugar tenía una belleza única, y destruirlo sería un pecado que ni siquiera yo, con mi fuerza, estaba dispuesto a cometer.

Caminé con cuidado, buscando señales de un ciervo. Rastros frescos en el suelo y ramas rotas me llevaron hasta un claro donde uno pastaba tranquilamente. Su piel era de un marrón intenso que contrastaba con el verde del musgo que cubría el suelo. Me agaché, observándolo por un momento, sintiendo una punzada de respeto por la criatura. Luego, con un movimiento rápido, lancé mi cuchillo, alcanzando su cuello. El animal cayó sin sufrir, y me acerqué para darle las gracias en silencio.

Volví a la cabaña cargando el ciervo sobre mis hombros. Era un peso considerable, pero no me importaba. Cuando llegué, Rex me observó desde su fragua, sonriendo con aprobación.

-Buen trabajo. No te tomaste más de lo que necesitabas. Eso es lo que me gusta de ti, muchacho.

Coloqué el ciervo en una mesa de madera junto a la cabaña y comencé a despellejarlo con cuidado. Sabía que necesitaría el cuero para las piezas flexibles de los guantes, especialmente en las áreas de las articulaciones. Mientras trabajaba, Rex se acercó con un cuchillo enorme en la mano y comenzó a preparar el resto del animal para el asado. Esto iba a estar buenísimo sin duda.

-Haremos esto como siempre. Yo pongo el fuego, y tú, la sazón. Pero más te vale que no se te queme -gruñó con una sonrisa torcida.

-Rahaha, ya sabes que no decepciono, viejo-Gin.

El aroma del ciervo asándose pronto llenó el aire, mezclándose con el olor a metal caliente que salía de la fragua. Mientras la carne se cocinaba, Rex y yo compartimos algunas palabras sueltas. No éramos de grandes conversaciones, pero siempre había algo reconfortante en su compañía.

Con el cuero curtido y listo, y el estómago lleno del ciervo asado, finalmente era hora de comenzar a trabajar en los guantes. Rex me cedió su fragua, aunque se quedó cerca, observando cada paso. Sabía que no lo hacía por desconfianza, sino por respeto al arte de la herrería.

Comencé fundiendo el metal azulado que había comprado en Lègance. El calor del fuego convirtió el sólido en un líquido brillante que parecía contener pequeños destellos en su interior, como si estuviera vivo. Con cuidado, vertí el metal en los moldes que había preparado, diseñados para crear pequeñas placas que se ensamblarían como escamas.

-No es un diseño común para unos guantes, muchacho. ¿Por qué hacerlo así? -preguntó Rex, rompiendo el silencio.

-Las escamas se superponen, dando flexibilidad sin sacrificar resistencia. Quiero que estos guantes sean tan fuertes como un escudo, pero tan ágiles como mis propios puños-Gin.

Rex asintió, aprobando mi razonamiento. El proceso continuó durante horas. Mientras el metal se enfriaba, trabajé el cuero para crear el interior de los guantes, asegurándome de que cada pieza encajara perfectamente con las placas de metal. Las zonas de las articulaciones fueron especialmente desafiantes, pero sabía que era crucial lograr un equilibrio entre fuerza y movilidad.

Una vez que las placas estuvieron listas, comencé a ensamblarlas. Cada una se fijaba a su lugar con remaches pequeños pero resistentes, creando un entramado que cubría todo el dorso de la mano y los dedos. Los nudillos estaban reforzados con placas más grandes, diseñadas específicamente para maximizar el impacto de mis golpes.

El proceso fue agotador, pero cada golpe del martillo y cada ajuste meticuloso eran un paso más hacia mi objetivo. Rex se unió en algunos momentos, ofreciendo consejos o ayudando con los detalles más finos. Aunque era mi proyecto, sabía que su experiencia era invaluable.

Finalmente, los "Rompecráneos" estaban completos. Los levanté bajo la luz de la fragua, observando cómo las placas brillaban con un resplandor metálico. Me los coloqué, cerrando los puños lentamente. El peso era perfecto, y el diseño cumplía con todas mis expectativas.

-Perfectos -dije en voz baja, probando un golpe contra un yunque cercano. El sonido que produjo fue como un trueno contenido- "Rompecráneos". No habrá enemigo que no tiemble ante ellos-Gin. Rahahaha.
Rex sonrió desde su rincón, cruzado de brazos.

-Buen trabajo, muchacho. Esos guantes son un reflejo de ti: duros, directos y con algo de estilo.

Al salir de la fragua, miré hacia el horizonte. Lègance seguía siendo un nido de hipocresía y corrupción, pero ya no era mi preocupación inmediata. Con los "Rompecráneos" en mis manos, sentí que estaba un paso más cerca de ser el hombre que prometí ser, el hombre que lucharía por los inocentes y cumpliría sus promesas, sin importar el costo.


resumen


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#2
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