[PRESENTE RELATIVO] El tigre borracho
#1
Día 2 de Invierno, año 14.
El amanecer aún se deslizaba lentamente sobre el horizonte cuando me incorporé de la cama con el cuerpo entumecido y los ojos pesados. El cansancio era un peso constante sobre mis hombros, recordándome que apenas había dormido tres o cuatro horas. Pero, sinceramente, me daba igual. La conversación con Triana la noche anterior había valido cada minuto de descanso perdido. Afuera del hostal, bajo la tenue luz de las farolas y el fresco aroma de la madrugada, habíamos compartido palabras que aún flotaban en mi mente. Pequeñas confidencias, risas apagadas, momentos en los que el tiempo pareció detenerse.

Pero ahora el tiempo seguía su curso, y yo tenía que moverme. El entrenamiento no podía esperar. Me vestí rápido, ajustando las vendas en mis muñecas antes de salir. El aire de la mañana era frío, mordía la piel con una caricia áspera que ayudaba a despejarme un poco. Caminé por los senderos hasta llegar al claro donde solía entrenar, un espacio abierto en medio del bosque, casi como si la naturaleza misma lo hubiese diseñado para ello. El suelo era firme y uniforme, cubierto de una fina capa de tierra húmeda que absorbía el ruido de mis pisadas. No había piedras que pudieran hacerme tropezar ni raíces traicioneras escondidas bajo la superficie. Los árboles rodeaban el claro en un semicírculo natural, altos y robustos, pero con suficiente espacio entre ellos para que la luz del sol filtrara sus rayos y calentara el lugar. Las hojas se mecían con la brisa, un murmullo suave que llenaba el aire con un ritmo casi hipnótico.

Sin esperar un segundo, me puse a entrenar. Después de un rato, cada músculo de mi cuerpo ardía, cada respiración se sentía pesada, pero seguí adelante. Desde el momento en que puse un pie en el claro, sabía que no me detendría hasta haber exprimido hasta la última gota de energía de mi cuerpo. Comencé con un calentamiento intenso, asegurándome de que mis músculos estuvieran listos para soportar lo que venía. Sentadillas, estiramientos dinámicos, movimientos rápidos para que la sangre fluyera. No podía darme el lujo de una lesión, no cuando aún tenía tanto por mejorar.

Cuando mi cuerpo estuvo en calor, me lancé de lleno a los ejercicios de velocidad y agilidad. Esprinté de un lado a otro del claro, cambiando de dirección de manera abrupta, empujando mi resistencia al límite. El suelo cedía levemente bajo mis pies, amortiguando mis pisadas mientras me deslizaba de un extremo a otro con precisión. Tras cada carrera, me obligaba a frenar en seco, a girar sobre mi eje, a reaccionar con la menor fracción de segundo posible. Luego vinieron los ejercicios de fuerza. Me apoyé sobre mis brazos y comencé a hacer flexiones, aumentando la dificultad con cada repetición: con una mano, con palmadas, llevando mis rodillas al pecho entre cada bajada. El sudor corría por mi frente, resbalando hasta caer sobre la tierra. Mis músculos protestaban, pero no me detenía. Después, me enfoqué en los golpes. Lancé una ráfaga de puñetazos al aire, perfeccionando la velocidad y el control, sintiendo el peso de cada movimiento. Imaginé un oponente frente a mí y ajusté mi postura, lanzando patadas, esquivando sombras inexistentes.

Cuando finalmente el agotamiento me venció, me dejé caer de espaldas sobre la tierra, sintiendo el mundo girar a mi alrededor. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, mis pulmones reclamaban aire con desesperación. Miré el cielo, entrecerrando los ojos ante la luz del sol que atravesaba las copas de los árboles. El cansancio me pesaba como una losa, pero la satisfacción era aún mayor.

El descanso fue breve, apenas el tiempo suficiente para que mi respiración se estabilizara y mi cuerpo dejara de temblar por el esfuerzo. No podía permitirme quedarme demasiado tiempo tendido en el suelo; la fatiga era peligrosa si la dejaba apoderarse de mí. Con un gruñido, me incorporé lentamente, sacudiéndome la tierra de la espalda y las manos. Mi cuerpo protestaba, pero mi determinación era más fuerte. Había llegado el momento de intensificar el entrenamiento.

Llevé la mano a mi costado y deslicé mi Hachimon sobre mis dedos. El guantelete de cuero se ajustó perfectamente a mi mano, sus cuchillas fijas brillaron bajo la luz del sol filtrada entre las hojas. Era un peso familiar, una extensión de mi propio cuerpo, pero aún necesitaba acostumbrarme a entrenar con él en situaciones de combate. No bastaba con dominar mi velocidad o mi fuerza, tenía que lograr que cada movimiento con el Hachimon fuera tan natural como respirar. También me puse en la zurda mi otro guantelete, dispuesto para hacer daño contundente y complementar mi arma. Ajusté también las espinilleras sobre mis piernas. Sabía que cargar con peso extra haría cada golpe más exigente, que cada movimiento sería un reto adicional para mi resistencia. Pero eso era exactamente lo que buscaba. Si lograba moverme con la misma velocidad y precisión con este equipo, cuando los retirara me sentiría aún más ligero, más rápido, más letal.

Comencé con movimientos básicos, trazando golpes en el aire con el Hachimon, sintiendo la resistencia que ofrecía. Me aseguré de que cada corte imaginario fuera limpio, preciso. Luego añadí patadas, girando sobre mis talones, golpeando con la fuerza de mis piernas cargadas por el peso extra. Cada impacto contra el viento se sentía pesado, pero mi cuerpo se adaptaba poco a poco. El sudor volvió a recorrer mi frente, pero no me detuve. Si quería mejorar, tenía que empujar mi cuerpo más allá de su límite.


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Alas Negras
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#2
Había amanecido hace algún rato cuando Garnet se despertó bostezando como un felino. Se encontraba completamente tapado dentro de la cama debido al frío que hacía aquel día. Se notaba que el invierno acababa de azotar al archipiélago y es que, si había algo que no podía soportar el pelirrojo, eran las temperaturas bajas.  No obstante, no podía permitirse el lujo de quedarse para siempre en su crisálida, más que nada porque el estómago le rugía como 10000 demonios. Con esto dicho, se levantó de ella de un brinco, temblando y tiritando como un condenado directo, primero, a ponerse algo de ropa - pues su exhibicionismo siempre le superaba -. Para aquella gélida ocasión, en vez de ponerse un tanga, Garnet decidió equiparse con unos calzoncillos - tipo boxer - ajustados y que simulaba ser la piel de un tigre. Seguidamente, estando ya "vestido", fue directo a la cocina, con la intención de prepararse algo a lo que llevarse a la boca, optando por un vaso de leche calentita y unas buenas tostadas de anchoas y aceite. Algo raro para desayunar, pero lo cierto era que le pirraba el pescado y poco podía hacer al respecto.

Desayunando rápidamente en la encimera de la cocina común, el músico cayó en la cuenta de que habían pasado ya varios días desde que entrenó por primera vez junto a Kenzo.- ¿Se habrá recuperado ya el mocoso? - Se preguntaba, devorando instantáneamente la tostada y engullendo la leche de un sorbo, dejando tanto el plato como el vaso en el fregadero para, a continuación, dirigirse hacia el cuarto del chico. Estando frente a la puerta, dio dos toques con su diestra.- ¡Eh! ¡Colegui! ¿Estás ahí dentro o qué? - Preguntó esperando una respuesta que no llegaba.- ¿Estará sopa? - Consideró esa opción, debido a la hora que era, para prontamente rechazar aquella idea, negando con la cabeza.- Nanai, teniendo en cuenta como es, me juego un huevo que se ha ido a entrenar... - Concluyó, retrocediendo y dirigiéndose hacia su propia habitación.- Hmm, ¿habrá ido al mismo sitio que la otra vez? - Se paró justo en la puerta, dándose entonces la media vuelta y yendo ahora hacia el exterior de la posada.- Habrá que averiguarlo entonces, ¿es o no es? -

Con eso en mente, Garnet salió, recibiendo de lleno una bofetada gélida que hizo que, instantáneamente, se transformara en su forma híbrida de dientes de sable para adquirir un mayor pelaje que le ayudara a combatir contra el frío.- Sorry peña, el menda va a llamar algo más la atención, ¿es o no es? - Se disculpó mentalmente, procediendo a correr - para ganar más calor - hacia el lugar dónde entrenó a Kenzo la última vez. Tras varios minutos correteando por el islote, finalmente llegó aquella arboleda que daba paso al incógnito claro en el que se encontró a su pupilo. Sin dudar, se adentró en la espesura, sintiendo como los tenues rayos solares se colaban entre las hojas de los árboles para acariciar su pelaje, haciendo que sintiera algo de confort a pesar del frío.

Una vez superada la barrera vegetal, llegó finalmente al límite que daba con aquel espacio reservado de la madre naturaleza dónde pudo ver al adolescente, dar varios golpes en el aire, justamente como pasó la última vez. No obstante, en esta ocasión, el entrenamiento privado de Kenzo era distinto pues, conforme se iba acercando, podía observar como, en su diestra, portaba un guante completamente distinto al de la otra vez, una que poseía garras y con el cuál era capaz de realizar cortes en el aire.- ¿Hoh? ¡Esto es nuevo! ¿Es o no es? - Exclamó, sonriente, y estando a unos 10 metros a espaldas del joven, quién justo acababa de propinar una serie de patadas al aire.- ¿Dónde has sacado ese guante tan chulo? ¿Lo has comprado en el mercado? -  Preguntó, cruzándose de brazos.- Bueh, da igual. - Dijo antes de que pudiera contestar el chico, negando con su cabeza.- ¿Te hace otra sesión de entrenamiento o qué? - Propuso a Kenzo una oferta que Garnet estaba seguro que no sería capaz de rechazar.

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#3
El sonido de mis propios movimientos llenaba el claro, el roce del viento contra mi ropa, el peso de mi respiración acompasada con cada golpe. Cada corte con mi Hachimon trazaba líneas invisibles en el aire, cada patada cargada con mis espinilleras fortalecía mis piernas, forzándome a superar el límite de mi resistencia. El sudor caía por mis sienes, pero mi mente estaba enfocada, mi cuerpo en un estado de alerta que no me permitía flaquear. Y fue entonces cuando lo sentí. No fue un sonido claro ni un movimiento brusco, sino algo más sutil, más primitivo. Una vibración en el suelo, un cambio en la presión del aire, un leve crujido entre la maleza. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo del todo. Mi estómago se tensó, no de miedo, sino de preparación. Como si cada músculo de mi ser se alistara para la pelea. Mi instinto de supervivencia, siempre latente, se despertó al instante, y con él, mi deber de protegerme y de proteger a los míos.

Mis ojos recorrieron el claro en un parpadeo, buscando el origen del sonido. No había muchos árboles que pudieran ocultar algo grande, pero la hierba alta y los arbustos al borde del área eran suficientes para esconder una amenaza. Mi respiración se hizo más profunda, más lenta. No era la primera vez que sentía esto, ese filo de incertidumbre que precede a un combate. Un presentimiento que solo tienen aquellos que han estado en peligro demasiadas veces. Apreté los dedos dentro de mi guantelete, asegurándome de que el Hachimon estuviera bien ajustado. Si lo que fuera que se acercaba tenía intención hostil, no me encontraría desprevenido.

El sonido de los pasos terminó de revelarse en cuanto me giré. Allí estaba Garnet, su presencia inconfundible, su silueta robusta y su mirada afilada clavándose en mí con la misma intensidad de siempre. Pero esta vez, su transformación ya estaba activa. Su piel se había cubierto de aquel pelaje áspero y rojizo, su postura más felina, más letal. Incluso su respiración tenía un ritmo más profundo, más contenido, como si estuviera midiendo el entorno con el instinto de un depredador.  Su mirada se deslizó hasta mi brazo. El Hachimon brillaba bajo la tenue luz que se filtraba entre las hojas del claro. Sus ojos se estrecharon levemente antes de preguntar por él. Sonreí con orgullo antes de contestar. No porque quisiera presumir, sino porque lo que llevaba en mi mano no era solo un arma; era el fruto de mi esfuerzo, de mis ideas, de mi determinación. Me giré del todo hacia él, dándome el lujo de recorrerlo con la mirada, fijándome en cada detalle de su transformación. Las garras que sobresalían de sus manos, la musculatura de su cuerpo ahora más marcada, la ligera inclinación de su postura, como si siempre estuviera listo para saltar sobre su presa.

-Pues lo he hecho yo, Garnet- Dije, con una sonrisa radiante. -Se llama Hachimon. ¿Está guay, verdad? ¡Son como tus garras de tigre! ¡Shajajajajajajaja!- Mi risa resonó por el claro, despreocupada, mientras levantaba el brazo y flexionaba los dedos, mostrando la firmeza del guantelete. Era mi creación, mi orgullo, y quería que todos lo supieran. Una chispa de emoción recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. Garnet, con esa expresión fiera e inquebrantable, acababa de proponerme otra sesión de entrenamiento. No hacía falta responder. Mi media sonrisa hablaba por sí sola. Esto era justo lo que quería. Una oportunidad para probar el Hachimon contra un oponente de verdad, alguien que no se rompería con un solo golpe, alguien que me obligaría a ir más allá de mis límites.

Levanté el brazo lentamente, flexionando los dedos dentro del guantelete. El cuero crujió y las cuchillas brillaron con un reflejo metálico, como si ellas también estuvieran ansiosas por entrar en acción. -No hace falta que lo digas dos veces...- Dije finalmente, inclinando un poco el cuerpo hacia adelante, preparándome. Mi peso se distribuyó en mis piernas, la adrenalina comenzando a correr por mi sangre. Lo mejor de entrenar con Garnet era que nunca tenía que contenerme. Con otros, siempre existía el riesgo de hacerles daño, de excederme sin querer. Pero con él… con él era distinto. Era fuerte. Aguantaría. Y eso significaba que podía dar lo mejor de mí, sin frenos, sin dudas. Un instante después, solté una carcajada. -Espero que estés listo, maestro.- Añadí, con los ojos brillando de emoción. Luego, sin más preámbulos, me lancé hacia él. Había llegado el momento de poner a prueba mi creación.

Mis músculos se tensaron como resortes a punto de estallar. No había espacio para la duda, ni para los pensamientos innecesarios. Todo mi cuerpo actuaba por instinto, guiado por el puro deseo de combatir. Empujé mis pies contra la tierra y me lancé hacia adelante, corriendo con toda la velocidad que mi cuerpo permitía. El viento silbaba en mis oídos mientras avanzaba en un movimiento errático, zigzagueando de un lado a otro. No podía permitirme ser un blanco fácil, como aprendí en mi primer entrenamiento con él. Cada zancada era precisa, calculada. Mis pasos eran ligeros, pero la presión en mi pecho aumentaba a medida que acortaba la distancia. Garnet no era alguien al que se pudiera enfrentar con movimientos predecibles. Si quería hacerle daño, debía ser más rápido, más astuto.

A menos de un metro de él, sin darle espacio para reaccionar, desplegué mi brazo izquierdo en un arco violento. Mi puño se cerró con fuerza y descendió directo hacia su rodilla derecha. Si lograba golpearlo con suficiente potencia, podría desestabilizarlo. No importaba cuán fuerte fuera Garnet, si le arrebataba el equilibrio, lo haría caer. Una vez lanzado el primer golpe, giré sobre mi eje, con la diestra ya preparada. La cuchilla de mi Hachimon cortó el aire con un silbido letal. Era un golpe rápido, preciso, dirigido a su pierna. Un corte limpio podría ralentizarlo, obligarlo a pelear en mi terreno. Sabía que no sería suficiente para vencerlo. Pero la pelea apenas comenzaba, y yo estaba listo para todo.

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Alas Negras
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Energia: 3451 - 75 = 3376
Espiritu: 546 + 0 = 546
#4
En aquel claro perdido de la mano de Zarutsuki no había ni una sola alma más allá de Garnet y su pupilo Kenzo, cosa que era perfecta para poder dar rienda suelta a un buen entrenamiento. Pero antes de eso, y tras interesarse el pelirrojo por la nueva arma del chico, el joven Fujiwara presumió de su creación el Hachimon, unas garras que se había elaborado el mismo con el fin de hacerse más fuerte y letal en el combate. Ciertamente, Garnet no tenía ni idea de que Kenzo pudiera poseer una faceta similar a la de Tobías, por lo que se sorprendió gratamente al ser consciente de ello, hasta el punto de abrir los ojos de par en par y soltar un silbido.- ¡Y una polla! ¿En serio? ¡Está que te cagas, colegui! - Se sorprendió y reconoció la creación del chico desde la lejanía, alzándole su diestra con el pulgar hacia arriba para, a continuación, mirarse las garras.- Vaya que si tiene su parecido, ¿es o no es? - Comentó, mientras intercalaba mirar hacia sus garras y las nuevas de Kenzo.

Pero no había tiempo para seguir alabando el esfuerzo armamentístico del chico, si había ido hasta allí era justamente para seguir entrenando al chico por lo que, tras proponerle una pequeña pero intensa sesión, su pupilo no tardó ni un segundo en sonreír para seguidamente ponerse en posición. La respuesta estaba más que clara.- El menda está ready. - Respondió a Kenzo, con una sonrisa ladeada y dejándole claro que estaba más que listo. Por parte de Garnet, no varió su posición, sino que se limitó a observar el movimiento con el que iniciaría el chico pues, a diferencia del anterior combate, el adolescente parecía querer tomar la delantera del encuentro. Y así fue. Como un resorte, y tras apisonar con fuerza sus pies sobre la tierra, Kenzo se lanzó con gran rapidez hacia el músico de los Alas Negras, aunque describiendo una serie de movimientos erráticos, zigzagueando, tal y como le aconsejó en su primer entrenamiento.- Se quedó con la copla, ahí no hay duda. - Pensó y reconoció el aprendizaje de su aprendiz, cuando aún le podían separar 5 metros.- Pero... Aún puedo olerte. - Y, tras citar mentalmente aquellas palabras, Garnet esperó pacientemente a que llegara Kenzo hasta él, siguiendo con su mirada su recorrido en todo momento. En el instante en el que el chico estaba quedándose a casi medio metro de él, el pelirrojo retrocedió una zancada que lo alejó dos metros adicionales, mientras echaba hacia atrás su espalda y su cabeza - abriendo sus fauces - y su oponente asestaba primero un puñetazo con su zurda que iría dirigido hacia su rodilla derecha, y un corte con su cuchilla silbando en el aire y apuntando hacia su pierna, mas dando ambos golpes en el aire al no estar ya en el lugar en el que se encontraba inicialmente.

Una vez terminó su fútil ofensiva, Garnet, como si de un latigazo se tratara, impulsó su columna y tronco superior hacia delante, propinando con sus afilados colmillos un mordisco seco y fugaz en el aire que generaría una onda de cortante con forma de mandíbula que se dirigiría hacia la cabeza de Kenzo, impactando en él y generando una pequeña hemorragia que haría descender un hilo de sangre por su rostro.- Buen zigzag, colegui. - Felicitó Garnet a Kenzo, permaneciendo a unos dos metros de él, y cruzándose de brazos.- Pero de poco te sirve acortar distancias haciendo zigzag si te puedo oler, ¿es o no es? - Añadió, asintiendo ante su propio comentario y preparándose para el siguiente movimiento de Kenzo.

INFO
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 8388 + 0 = 8388
Energia: 4538 - 34 = 4504
Espiritu: 1929 + 0 = 1929
#5
Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, aunque para mí, cada instante pareció alargarse como si el tiempo se burlara de mi lentitud. Mis dos ataques, ejecutados con fuerza y precisión, cortaron únicamente el aire mientras Garnet, como un espectro escarlata, retrocedía con una zancada elegante y certera. Ni el primer intento, cargado de impulso, ni el segundo, con el giro añadido que buscaba sorprenderlo, lograron siquiera rozarlo. Apenas tuve tiempo de reajustar mi postura, aún con el cuerpo girando y los músculos tensos por el esfuerzo, cuando una presión en el aire me golpeó como un presagio funesto. La onda cortante no fue como cualquier otra que hubiera sentido antes. Venía moldeada con la forma de unas fauces, y su silueta parecía mordisquear la realidad misma mientras se abalanzaba hacia mí. No logré apartarme. La mandíbula etérea me alcanzó de lleno en la cabeza. Un crujido sordo retumbó en mi cráneo, aunque no supe si era real o simplemente el eco de mi percepción fracturada. El dolor fue inmediato y punzante, un latigazo que me cruzó de frente a nuca. Sentí cómo algo cálido comenzaba a resbalar por mi frente, un fino hilillo de sangre que se mezclaba con el sudor y se colaba por el lateral de mi ceja.

La peor parte no fue la herida, sino lo que vino después. Tres segundos. Tal vez menos. Pero en ese tiempo, todo giraba. El mundo, mis sentidos, incluso mi voluntad se tambaleaban como si hubieran sido empujados desde dentro. Mis pies se mantuvieron anclados por puro instinto, pero el vértigo me atrapó con la fuerza de una marea traicionera. Cerré los ojos un instante, buscando tierra firme en mi propia mente, luchando por no perder el foco, por no dejarme caer. -Maldito sea… No puedo… No puedo flaquear nada más empezar el entrenamiento...- Y aunque me costara, aunque cada latido me recordara el golpe, me forcé a mantenerme en pie. Garnet aún estaba ahí. Y esto no había terminado. Es más, sólo había empezado.

El vértigo se disolvió como la espuma de una ola que rompe y se desvanece en la arena. Tragué saliva con fuerza, recuperando al fin el control sobre mi cuerpo y mis sentidos. El zumbido en mis oídos persistía como un eco sordo, pero mis ojos volvieron a fijarse en el mundo con claridad, y lo primero que vi fue la silueta de Garnet, firme, arrogante, como si supiera que había ganado algo con ese golpe. No tan rápido, me dije, y una chispa de rabia encendió el motor que me empujaba a seguir en pie. No podía quedarme quieto, no después de ese impacto. Tenía que devolverle el golpe, de una forma u otra. Sin perder tiempo en pensar demasiado, porque, siendo realistas, pensar a veces sólo me estorba, dejé que mi instinto tomara el timón. Sentí cómo la presión en mi interior crecía, ese familiar ardor burbujeante que nacía desde lo más profundo de mi pecho y que siempre estaba listo para salir cuando más lo necesitaba. Abrí la boca y expulsé un chorro potente de alcohol, directo hacia el pecho de Garnet. El líquido salió con fuerza, brillante bajo la luz, describiendo una curva peligrosa en el aire, como un latigazo etéreo que buscaba engañar, más que dañar.

No esperé a ver el resultado. Apenas lancé el chorro, eché a correr hacia él en línea recta, cada zancada firme, cada paso cargado con la tensión acumulada de quien sabe que un solo error puede costarle más que un diente roto. Mi brazo derecho se tensó a mitad del camino, con el puño ya apretado, esperando el momento justo. Que mire el alcohol, que crea que eso es todo, esa es la idea. El sudor me resbalaba por la sien, y mi respiración se aceleraba, pero en mi cabeza sólo cabía una idea: hundirle el puño en la boca del estómago con todo lo que tenía. -¡¡¡RYUKEN!!!- Grité con todas mis fuerzas mientras le lanzaba mi puño en dirección a la boca de su estómago. Si el engaño funcionaba, si mi carrera no era detenida… entonces ese golpe iba a doler. Y mucho.

Es verdad que él era más rápido, más fuerte y más preciso. Cada movimiento suyo parecía medido, exacto, como si supiera de antemano lo que iba a hacer yo antes de que siquiera lo pensara. Garnet no era simplemente un rival difícil. Era una muralla de acero que me hacía sentir, por momentos, como un niño jugando a ser guerrero. Pero entonces, ¿Qué hacía yo aquí? ¿Por qué seguía de pie, con los nudillos colorados, los músculos ardiendo y el pecho agitado como un tambor de guerra? Porque esta era mi misión. Vencerlo. Así de simple. Y así de jodidamente imposible.  Pero imposible no significa rendirse. Jamás. Si algo me enseñó Kumatetsu fue que el tamaño de un obstáculo no dictaba el tamaño de mi voluntad.

Me lo repetía mientras lo observaba y me ponía en guardia tras mi último golpe, bajando el centro de gravedad, analizando sus gestos, sus pies, su respiración. ¿Dónde está su punto débil? No era invencible. Nadie lo es. Todo gigante tiene un talón, todo muro una grieta, aunque sea invisible al ojo desnudo. No podía superarlo en fuerza. Ni en velocidad. Así que tendría que hacerlo en astucia. En terquedad. En locura. Porque, a fin de cuentas, esa era mi ventaja: yo no tenía miedo de perder. No tenía orgullo que proteger. Sólo tenía un objetivo. Y me aferraría a él con uñas y dientes. Le dediqué una sonrisa torcida que no podía ocultar el temblor de mis piernas, no se si eran las ganas, los nervios o que, pero realmente, estaba deseoso de ganarle.

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Alas Negras
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Energia: 3376 - 408 = 2968
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#6
El ataque de Garnet había dejado algo herido a Kenzo. Era la primera vez que probaba aquella técnica que había desarrollado en secreto con alguien. Y, sin ser de lejos su mejor técnica, era innegable que le daba una gran versatilidad, sacrificando algo de potencia en pos de poder realizar un ataque cortante a distancia. Era justamente aquella falta de daño de la que Garnet era consciente que, aunque al chico pudiera estar sufriendo de dolor, el pelirrojo tenía la certeza de que el entrenamiento aún no había acabado. Kenzo ya había demostrado que era capaz de aguantar y soportar peores ataques que el reciente. Con tesón, y negándose a caer nada más empezar el combate, el pupilo del músico de los Alas Negras logró mantenerse en pie.- Eso es. - Asintió Garnet, con una sonrisa socarrona y descruzando sus brazos para adoptar una posición defensiva y esperando que era lo que tenía que ofrecerle el joven Fujiwara.

Expectante por la próxima maniobra de su adversario, Kenzo, tras abrir la boca, disparó un chorro de un líquido que, conociendo los poderes que poseía su rival, sólo podía tratarse de una cosa.- ¿Alcohol? - Pensó, prestando atención a la sustancia que se movía lentamente hacia el pecho del skypiean, sin reparar - inconscientemente - en el propio Kenzo. Fue cuando el torrente de alcohol estaba a aproximadamente un metro de Garnet que, el pelirrojo, escuchó un grito que le hizo percatarse que todo era una estratagema por parte del joven.- ¡Mierda! - Maldijo mentalmente, descendiendo su mirada hacia un Kenzo que amenazaba con propinarle un puñetazo en el abdomen del músico, intentando interponer su pierna izquierda para bloquear y minimizar el impacto, pero la reacción fue tan tardía que no le dio tiempo a desplazar su extremidad hacia la zona deseada, recibiendo inevitablemente el golpe bajo el pecho, justo en la boca de su estómago.- Buagh - No pudo evitar escupir ante el puñetazo que acababa de recibir. Sin duda alguna, había sido una buena estrategia y un buen golpe. Su pequeño aprendiz, a pesar de su inferioridad, había conseguido hacer una notoria grieta al muro que le separaban de Kenzo. Pero hacía falta mucho más para tumbar a Garnet.

A pesar del dolor que sentía, el daño del impacto no era suficiente como para cortar la transformación del skypiean ni para dejarle desorientado. No pudo evitar esbozar una sonrisa, justo cuando el alcohol que había disparado Kenzo anteriormente cayó y mojó su desnudo pecho. Aquella ofensiva suya merecía que le enseñara uno de sus mejores ataques, un ataque que iba en contra del honor por lo que, sin deshacer su sonrisa, contrajo su brazo derecho hacia atrás, al mismo tiempo que se arrodillaba y pisaba con fuerza con su pie izquierda. Con suma agilidad, una vez estaba a la altura deseada de su objetivo, desplegó un puñetazo con todas sus fuerzas hacia las partes nobles de Kenzo.- ¡ORRYAAAAA! - Vociferó, a modo de grito de guerra, mientras asestaba su derechazo hacia los bajos del joven Fujiwara.- Puejeje, eso de antes.... - Empezó a decir, mientras se volvía a poner completamente de pie y extendía sus brazos hacia los lados.- ¡Ha sido flipante, colegui! ¿Es o no es? - Felicitó la estrategia de su pupilo, pasando a señalarle con su índice derecho.- Toma ese puñeto como un regalo por la jugada, colegui. - Añadió, pasando a chocar las palmas de sus manos sobre sus propios pectorales para, seguidamente, volver a ponerse en guardia de boxeo.- Sigue sorprendiendo al menda, ¿es o no es? -

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#7
Durante un segundo, apenas un instante robado al caos del combate, sentí cómo todo el universo se alineaba a mi favor. El sonido seco del impacto resonó en mi mano como un tambor de guerra, justo en la boca del estómago de Garnet. Mis nudillos se hundieron contra su abdomen, y pude sentir cómo el aire le salía de los pulmones en un resuello forzado, como si no se lo esperara, como si por una vez yo hubiese ido un paso por delante. No pude evitarlo. Una sonrisa triunfal se dibujó en mi rostro, desbordante, vibrante, con esa mezcla de euforia y alivio que sólo conocen los que han estado a punto de caer y han conseguido mantenerse de pie. -¡Toma ya!- Grité, aún con el puño extendido, tembloroso por la fuerza del golpe y por la adrenalina que me recorría como una corriente ardiente. Mi plan había funcionado. Mi plan. El mío. No fue más fuerte que él. Ni más rápido. Pero fue más listo. Más osado. Aposté todo a un señuelo y gané el primer asalto.

Vi cómo Garnet escupía tras el golpe. Su rostro endurecido se contrajo levemente, no de dolor, sino de sorpresa. No lo había previsto. Y esa grieta en su coraza, esa microexpresión, ese titubeo… valía oro. Lo había tocado. Había atravesado su defensa, por pequeña que fuera. El monstruo podía sangrar. Mi pecho se inflaba con orgullo, mi corazón golpeando con fuerza contra las costillas. Pero también sabía que esa pequeña victoria no duraría. Que ahora él estaría alerta. Que la próxima vez, probablemente, no tendría tanta suerte. Y aún así, en ese momento exacto, me sentí invencible. Por primera vez en el combate, sentí que yo también podía dictar el ritmo de esta danza mortal.

Pero el triunfo es efímero y me duró lo que dura una gota de lluvia en el mar. Apenas había comenzado a saborear la dulzura de haber golpeado a Garnet, apenas mi mente se estaba permitiendo pensar en una posibilidad, una ínfima posibilidad, de victoria, cuando todo se desmoronó en un latido cruel. Sentí un golpe seco, certero, devastador. No lo vi venir. Solo sentí un estallido de dolor puro en mi entrepierna, tan brutal que el aliento se me quedó atrapado en la garganta como si me lo hubieran arrancado de cuajo. Mis piernas se doblaron como ramas quebradas y un grito desgarrador se escapó de mi boca, incontrolable, agudo, cargado de una mezcla de rabia y sufrimiento que me hizo ver estrellas y sombras a la vez.

-¡Aaaaggghhh, joder!- Solté, sin poder evitarlo, mientras mi mano izquierda se apresuraba a cubrir la zona atacada, como si pudiera protegerme de un segundo golpe que no llegó, pero cuya amenaza flotaba en el aire, burlona. El mundo se volvió brumoso. Sentí cómo el sudor me recorría la espalda en un hilo frío, mientras el dolor se irradiaba como fuego líquido desde el centro de mi cuerpo hacia los extremos. Estaba mareado, desorientado. Un zumbido agudo llenó mis oídos, y durante unos tres eternos segundos, no supe si estaba en pie, tumbado o muerto. Y lo peor no fue el dolor. Lo peor fue la humillación. Fue la rabia que me subió por la garganta como un vómito de fuego. Aquel golpe fue bajo. Asquerosamente bajo. Me hervía la sangre por dentro. Garnet no solo era más fuerte y más rápido, también era sucio. Cobarde. Sucio. Pude ver su rostro, tranquilo, imperturbable, como si lo que acababa de hacer fuera tan natural como respirar. Y eso me encendió aún más.

-¡Eso ha sido una mierda de golpe!- Le grité, entre dientes, con los ojos nublados por la rabia. No me importa cuán fuerte seas. No voy a caer así. Apreté los dientes y comencé a levantarme. El dolor seguía allí, agudo, cortante, pero la ira me ayudaba a mantenerme consciente. No iba a dejar que terminara así. No ahora. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolían los dientes, el eco del golpe aún vibrando en mi entrepierna como un recordatorio cruel de mi vulnerabilidad. El dolor seguía allí, enroscado como un animal salvaje en mis entrañas, pero mi orgullo herido pesaba aún más. Me incorporé con dificultad, temblando de rabia, y sin apartar la vista de Garnet, extendí mi brazo derecho con decisión. Mi dedo índice temblaba levemente, no de miedo, sino por la tensión acumulada, por la necesidad urgente de que él entendiera lo que acababa de hacer. Moví el índice de mi mano derecha, señalándole la nariz, queriendo que todo entrara en él, incluida mi rabia y enfado.

-¡Eso no vale!- Espeté, con la voz aún afectada por el dolor, pero cargada de determinación. -¡Eso fue una trampa y lo sabes! ¡No es honorable, joder!- Lo dije con el corazón palpitando con fuerza en el pecho, cada latido acompañando con el pensamiento de que esto no es una pelea justa. Esto no es lo que debería ser. Había algo casi infantil en mi queja, una búsqueda desesperada de reglas, de algún código que nos separara de los animales. Yo necesitaba creer en algo más allá de la fuerza bruta. Y necesitaba hacérselo pagar. No esperé más.

Impulsado por la ira, por el orgullo herido y por una necesidad imperiosa de golpear algo, me lancé hacia él. Cada paso que di fue un estallido de dolor que me subía desde las piernas, pero ignoré el sufrimiento, lo enterré bajo capas de adrenalina y furia. Con la diestra bien armada, lancé el primer puñetazo directo a su rodilla derecha, apuntando para desestabilizarle. No había técnica, no había gracia, solo pura voluntad condensada en un golpe. Y sin detenerme, giré la cadera y arremetí con un segundo puñetazo, buscando de nuevo el mismo sitio, deseando que esta vez, el impacto no fuera solo físico, sino también moral. Que entendiera que, aunque él jugara sucio, yo no me iba a rendir. Que podía romperme el cuerpo, pero no el espíritu.

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Alas Negras
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#8
El golpe tan rastrero y bajo que le había propinado Garnet a su pupilo había resultado devastador para el joven Kenzo, y no era para menos pues, aquel puñetazo hacia los partes nobles, se trataba de uno de sus mejores ataques, si no es que era el más eficaz, al poder imprimir con eficacia gran parte de su poder en su puño a la par que dejaba en un estado más desfavorable al oponente. Era lo mínimo que podía hacer por Kenzo al ver como su jugada le salía magistralmente, ir realmente en serio y enseñarle todas sus cartas. El pelirrojo creía que su aprendiz se lo tomaría de lo buena manera ese gesto aunque, por el contrario de lo que el skypiean pensaba, éste se llenó de rabia y frustración.- ¿Huh? - Se extrañó Garnet al ver el cambio de actitud de Kenzo, quien se quejaba, frustrado, de la mierda de golpe que le había asestado el músico de los Alas Negras. Aquella reacción hizo que el pirata deshiciera su guardia, observando como el chico empezaba a incorporarse y levantarse lentamente para acabar por señalarle con su índice derecho - con cierta agresividad - a su cara. En ese momento, molesto y casi en un arrebato infantil, bramó como aquel ataque no valía, que era trampa y que no era nada honorable.

Al escuchar aquellas palabras, algo ardió de furia en el interior del pelirrojo. Sí, era muy bonito idealizar un enfrentamiento lleno de honor entre dos rivales jurados y, sinceramente, no había mejor sensación que encontrarse con una batalla de aquella índole. Ciertamente, resultaba extremadamente satisfactorio dar con un oponente de esa talla. Garnet casi que pudo experimentar esa sensación cuando combatió con Seandass, a pesar de todas las diferencias que había entre ambos, fue un combate que jamás podría olvidar. Podía entender a la perfección el enfado de Kenzo pero, por el contrario, también existía ahí fuera gente como Finn Slingerland que no dudarían en vender a su madre si con ello era capaz de matar a su objetivo. Y su trabajo como maestro temporal del joven era enseñarle también ese lado de la moneda, un lado que era más probable que apareciera que su contraparte. Y es por ello que, justo después de que Kenzo terminara de formular su queja y antes de que pudiera hacer nada, el pelirrojo se lanzó de frente hacia el joven, con su brazo derecho extendido hacia atrás y con su mano abierta, con sus afiladas garras mirando hacia fuera. Agachándose levemente, para tener a tiro la zona en la que iba a impactar, una vez que tuvo a su alcance a su pupilo imprimió todas sus fuerzas en cada músculo de su brazo y de sus cinco dedos, momento en el que desplazó su extremidad dominante hacia el pecho de Kenzo, describiendo un veloz arco circular y casi paralelo al suelo que, al impactar en su objetivo, dejó cinco líneas horizontales que se impregnaron de sangre y que lo tiñeron todo de rojo.

- Que no es honorable, ¿huh? - Respondió Garnet al joven, tras realizar su ofensiva y mientras retrocedía hasta colocarse a dos metros de Kenzo.- Sí, el menda sabe que ese golpe bajo no es demasiado cool, ¿es o no es? - Se cruzó de brazos, exhalando un suspiro, sin dejar de mirar al joven.- Pero, ahí fuera, te vas a cruzar con peña que no dudará en usar peores jugadas que estas para pisarte y morderte el cuello. - Le explicaba, mientras le señalaba con su índice derecho, para acabar señalándose esta vez a sí mismo con el pulgar de la misma mano.- Como hermano mayor tuyo, tengo que hacer que te cosques de los peligros que hay fuera para que puedas volver a oler a tu maestro de una pieza, ¿es o no es? - Sentenció, con suma seriedad, para volver a adoptar la típica postura de boxeo. Quizás se había pasado con ese ataque con su hermanito, pero él no querría que fuera a medio gas, ni mucho menos.

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#9
Sentí un cosquilleo de anticipación en la punta de los dedos justo antes de que ocurriera. Un segundo de tensión, apenas perceptible, y luego vi como el alcohol que había escupido anteriormente, aún goteando del cuerpo de Garnet y flotando como una bruma volátil y casi imperceptible en el aire entre nosotros, encontró su camino hacia la nariz del enemigo. No fue un torrente, no fue un espectáculo grandilocuente, pero bastó una bocanada mal tomada, una mínima distracción, para que el líquido se infiltrara por sus fosas nasales. No se si se estaba dando cuenta, pero creo que había tenido efecto. No necesitaba que mi maestro tuviera una reacción exagerada; simplemente el saber que no había ni una gota de alcohol en el ambiente, ya sabía que había surtido efecto. Le señalé entonces, con el índice extendido, como si mi dedo pudiera subrayar cada una de mis palabras. Ya le había reprochado lo que había hecho, había llamado su acción deshonrosa, y aunque no sentía la necesidad de repetirlo, ese simple gesto hablaba por mí. En mi rostro se dibujó una sonrisa contenida, breve, ladeada… como el primer resquicio de luz que se cuela por una ventana mal cerrada. No era burla, no era arrogancia, era satisfacción. El tipo de sonrisa que uno se permite cuando ve que la jugada encaja justo como lo había imaginado. Por dentro, mi mente seguía trabajando. Sabía que ese pequeño éxito no era una victoria definitiva, pero sí un punto a favor, un desliz que podía inclinar la balanza. El alcohol, irritando sus vías respiratorias, podría nublarle los reflejos, trastocar su ritmo, hacerle dudar. Cada segundo que pasaba era una oportunidad para aprovechar esa ventaja, y yo no estaba dispuesto a desperdiciarla. Mis músculos se mantenían en tensión, listos para moverse. Pero más que mi cuerpo, era mi mente la que vibraba. Disfrutaba el momento, porque no había nada más dulce que ver cómo la astucia podía desarmar lo que la fuerza por sí sola no lograba.

Mi cuerpo se impulsó hacia adelante con decisión, confiando en mis fuertes golpes y en la intención que la guiaba, pero Garnet fue más rápido. Una sombra rojiza cruzó el aire, y antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo sus garras se hundían en mi pecho. No fue un corte superficial. Fue un zarpazo salvaje, preciso y violento, que desgarró la piel como si fuera papel mojado. El calor punzante fue inmediato, seguido por la viscosidad cálida de mi propia sangre escurriéndose por el torso. En un abrir y cerrar de ojos, el mundo dio un giro inesperado, la fuerza de su golpe me hizo tambalear, y el dolor, aunque breve en su pico más alto, me dejó aturdido durante pocos segundos, unos tres segundos. Eso fue todo lo que duró esa neblina en mi mente, pero se sintieron como una eternidad. Tres segundos en los que el campo de batalla pareció alejarse, como si lo viera a través del reflejo distorsionado de un charco agitado. Intenté fijar la vista, estabilizar el equilibrio, recordarme a mí mismo que no podía quedarme quieto. El aire sabía a metal, mis piernas temblaban un poco, y sin embargo, en medio del desconcierto, una emoción más fuerte que el dolor brotó en mí, la rabia. No una furia ciega, sino una frustración creciente, densa como el humo de un incendio. “¿Por qué no basta? ¿Por qué sigo cometiendo estos errores?”. Cada enfrentamiento era una prueba, y sin embargo, parecía tropezar una y otra vez. Me sentía como un aprendiz sin rumbo, como si toda mejora fuera una ilusión, como si el combate me recordara constantemente mis límites. Apreté los dientes, ignorando el escozor del pecho, y canalicé esa rabia hacia algo útil. No podía darme el lujo de rendirme. No ahora. Me erguí, respiré hondo, y, con el corazón latiendo con furia renovada, me preparé para mi siguiente movimiento. Esta pelea aún no terminaba.

No podía quedarme quieto ni un segundo más. Sus palabras resonaban en mis oídos como un zumbido irritante, seguramente cargadas de sabiduría, pero no estaba receptivo en ese momento. Mientras hablaba, yo ya me movía. Sentía cómo la adrenalina me recorría el cuerpo, bombeando con cada latido una urgencia feroz que quemaba mis músculos. El dolor del zarpazo aún ardía en mi pecho, pero no iba a dejar que eso me frenara. Todo lo contrario. Era el recordatorio perfecto de que no podía andarme con medias tintas. Cerré los puños con fuerza, sintiendo la tensión de mis nudillos, y me lancé hacia él como una flecha disparada desde un arco tenso, acortando la distancia que nos separaba en un abrir y cerrar de ojos. El mundo pareció estrecharse en ese instante. Ya no existía nada más, ni el entorno, ni el murmullo del viento, ni siquiera la sangre que resbalaba por mi torso. Sólo él. Mi objetivo. Apreté los dientes y cargué todo mi peso en una explosiva embestida, enfocando toda mi energía en un único punto de ataque. Mi brazo se tensó como una cuerda de acero, y, justo en el instante en que estuve a su alcance, solté un grito cargado de rabia y determinación. -¡RYUKEN!- Tronó mi voz, con una intensidad que hizo vibrar mi garganta. Mi puño derecho se proyectaba contra su tibia con la fuerza de todo mi cuerpo detrás. Quería sentir el crujido seco del contacto, quería desestabilizarlo, romper su equilibrio físico, sí… pero también el mental. Demostrarle que no pensaba ceder ni un milímetro. Que estaba dispuesto a arrastrarlo conmigo si hacía falta. Ese golpe, aunque pequeño en apariencia, llevaba la furia acumulada de mi impotencia, mis fracasos, mis dudas. Y en ese instante, todo eso se convirtió en mi arma.

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Alas Negras
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#10
El feroz zarpazo que Garnet le había propinado a Kenzo había entrado limpiamente, dejándole una estela de cinco líneas sangrientas en su pecho. Quizás se había pasado de la raya, pero era necesario que supiera lo cruel que podía ser el mundo en el que vivían. Aún así, esperaba también que los ideales que poseía el joven no se vieran afectados por la corrupción y la maldad que asolaba este plano terrenal. Como persona que perseguía un sueño, el skypiean sabía lo importante que era contar con algo así.

Por alguna extraña razón, conforme el pelirrojo estaba sermoneando a Kenzo, su vista se empezó a emborronar, a la par que sus mejillas se calentaban y sentía que se tambaleaba.- ¿Pero qué cojones? - Se preguntaba Garnet, quien puso toda su concentración en intentar averiguar que era lo que le estaba ocurriendo, ¿acaso el ataque que había recibido anteriormente por parte de su pupilo tenía alguna clase de efecto retardado? A saber. Lo que si era cierto es que debido a su estado y a que había desviado la atención de un Kenzo que volvía a estar listo para la carga, no pudo evitar que el impacto que había estado preparando el joven diera de lleno en su objetivo.- ¡AUCH! - Se quejó, descendiendo su mirada rápidamente hacia su pierna, viendo ahí al chico, con su puño incrustado en ella. Con él próximo a él, cerró su puño izquierdo, adoptando la forma de una cabeza de serpiente y, con suma velocidad, le golpeó en su costado derecho, perdiendo el equilibrio tras asestársela y dando una vuelta sobre sí mismo en 360º.- ¡Ya te vale, colegui! hic ¡Eso ha dolido que te cagas PUAJJAJAJA! hic - Dijo con dificultad y tambaleándose, en el momento que su propio olor a gato se vio solapado por su aliento que parecía estar impregnado de alcohol.- Para el carro... hic ¿El menda va pedo? - Creyó haber dado con la clave, mirando fijamente a Kenzo, y señalándole con su índice derecho.- ¡Medrano asqueroso! hic ¿Cuándo cojones ha sido? Mucho soltar del honor de la batalla y bien que me has dejao' tarunga, ¿es o no es? - Dijo con sorna y una risa pícara.- PUAJAJAJA ¡bien hecho! hic! - Estalló a reír y retrocedió dando brincos inestables hasta quedar a tres metros de Kenzo.- Me olía que no te habías coscado de mi mensaje pero hic parece que me tiré un triple. - Añadió, terminando por adoptar una pose extravagante, sensual y para nada bélica, posicionando sus brazos por detrás de su cabeza y sacando pelvis.- Ahora hic terminemos con esto, colegui pueje. -

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