Día 47 de Verano, Año 15.
País de Kano.
La verdad bajo los cimientos.
Había pasado ya una noche desde todo aquel lío con los marines y los bandidos. El amanecer llegó rápido, más de lo que mi cuerpo cansado habría querido. Pero incluso con las piernas pesadas y las alas doloridas, sabía que no podía dormirme en los laureles. Pin, como siempre, ya estaba en la playa cuando llegué.
Entrenamos como cada mañana. Yo seguía empeñado en perfeccionar el control de la forma híbrida, intentando canalizar las sensaciones exactas que me permitieron despertarla durante aquella pelea en el templo. Pero no salía. Por más que lo intentaba, todo lo que lograba era sentir cómo mis músculos se tensaban, cómo el fuego de mi espalda chispeaba sin dirección. Pin, paciente, me daba indicaciones.
—No pienses en el fuego. Piensa en lo que sentías antes de prenderlo. —Me dijo en un momento, con la mirada fija en el horizonte.
Yo no respondí. Solo cerré los ojos e intenté recordar. Las palabras, el miedo, la rabia… pero también la voluntad de proteger. Aquel momento exacto en el que vi al marine a punto de morir. Quizá ahí estaba la clave, pero aún no podía replicarlo. El cuerpo recuerda, sí, pero el corazón tiene que estar en el lugar correcto.
Después de unas dos horas, paramos. Tenía las alas entumecidas, así que decidí salir a volar un rato. El cielo estaba despejado, el mar parecía dormido, y la aldea se desdibujaba lentamente a medida que ganaba altura. Me alejé lo justo como para sentir que volaba libre otra vez.
Pero desde el aire vi algo que cambió el rumbo del día.
Tres figuras avanzaban por el sendero que llevaba al viejo templo. Las reconocí de inmediato: marines. Soldados rasos, de los que habían aparecido tras el enfrentamiento de anoche. Iban conversando, relajados, sin percatarse de que los seguía desde las alturas. Descendí poco a poco, deslizándome entre las copas de los árboles sin hacer ruido.
—Menos mal que todo se quedó ahí. —Dijo uno, riéndose.
—Sí, ya nos encargamos de Tobías. Ese idiota iba a jodernos todo. —Añadió otro.
Mi corazón dio un vuelco.
Tobías. Debía de ser el marine al que salvé la noche anterior. ¿Qué querían decir con “nos encargamos”? El tono era claro. Lo habían eliminado. Por traidor, por querer hacer lo correcto. Maldita sea.
Los seguí hasta el templo. Me oculté entre las sombras, aferrado a un saliente de roca que me permitía escuchar sin ser visto. Lo que oí me heló la sangre.
Allí estaban el jefe de los bandidos, dos de sus compinches, y los tres marines. Conversaban como viejos conocidos, como si aquello fuera un encuentro de negocios. Y en efecto, lo era.
—Así que el rescate ya fue transferido, ¿no? —Preguntó uno de los bandidos.
—Desde ayer. El gobierno ni lo sospecha. Todo pasa por nuestro despacho, lo sellamos como “intervención especial” y luego lo dividimos. —Respondió el que parecía liderar al trío de marines.
Los bandidos reían, bebiendo de unas cantimploras.
—Sois unos cerdos. Pero al menos cumplís. —Dijo el jefe.
Quise gritar, saltar desde mi escondite y golpear a todos en ese instante. Pero me contuve. Necesitaba pruebas. Y lo que oí después fue aún más revelador.
—Tobías quería denunciarlo. No sabía nada. Le dimos la paliza de su vida. Lo dejamos tirado poco después de ingresar en el bosque. Seguro se desangra por ahí. —Dijo un marine con una carcajada.
Ya no esperé más.
Volé tan rápido como pude hacia el bosque. Si aún estaba vivo, lo encontraría. Y lo hice. Entre unos matorrales, semiconsciente, lleno de magulladuras y sangre seca, yacía Tobías. Lo levanté en brazos con cuidado.
—Pensé que era el fin… —murmuró al verme.
—Aún no, colega.
Volé con él hasta el taller de Suiro. Pin salió a recibirnos y Suiro ni siquiera hizo preguntas. En cuanto me vio con un tipo herido en brazos, empezó a preparar vendas y agua hirviendo. Mientras lo atendían, Tobías me lo contó todo. Había descubierto el chanchullo hacía semanas, pero no sabía en quién confiar. Aquella noche pensaba reunir pruebas. Pero alguien lo delató.
No tardamos mucho en preparar un plan.
Suiro partiría primero, con uno de sus disfraces de anciano vendedor ambulante. Haría preguntas, distraería. Pin, mientras tanto, se movería por los tejados y lanzaría el primer golpe: una cazuela bien dirigida al primer marine que viese. Yo, por mi parte, entraría a lo grande.
Al atardecer, todo estaba listo.
Desde las alturas, vi a Suiro aparecer en el templo. Caminaba con bastón, una manta a la espalda y una expresión torpe en el rostro. Cuando los marines se acercaron, empezó a gritar incoherencias sobre unas mercancías perdidas y “justicia comercial”.
Ellos, confundidos, intentaron echarlo. Pero en ese instante, la cazuela de Pin voló como proyectil y golpeó de lleno al marine armado. El tipo cayó al suelo como un saco de arroz.
Y yo descendí del cielo.
Atravesé parte del tejado del templo, generando una nube de polvo. Cuando se disipó, estaba allí, en medio del lugar, con la luz del sol cayendo detrás de mí.
—¿Tú otra vez? —Dijo el jefe de los bandidos.
—Sabes algo, jodido trozo de mierda? Piendo disfrutar esto.
Encendí un cigarro con una chispa de fuego de mi espalda. Inhalé. Exhalé. Sentí el humo flotar junto a la rabia. Y entonces… lo sentí.
La transformación vino sola. No la forcé. Solo cerré los ojos… y dejé que el cuerpo hiciera el resto.
Una nube de humo me envolvió. El templo tembló. Las llamas se alzaron desde mis hombros. Al abrir los ojos, estaba en mi forma híbrida.
Los bandidos retrocedieron.
—¡Qué… qué demonios es eso! —Gritó uno.
Tobías, aprovechando la confusión, se arrastró hasta el marine noqueado y le arrebató el fusil. Se incorporó con dificultad.
—¡Alto! ¡En nombre de la Marina verdadera!
Y ahí estalló la pelea.
El jefe de los bandidos se me abalanzó con un cuchillo. Lo esquivé, envolví sus tobillos con mi cola y lo lancé de espaldas contra una columna. Escuché su cuello partirse al instante de chocar.
Otro bandido se dirigió a Pin con una cadena. Ella lo esquivó con una voltereta y le lanzó un puñetazo que lo desarmó. Yo lo rematé con una patada al pecho.
El tercero sacó una pistola y apuntó a Tobías. Me lancé. En medio del salto, solté un rugido, estiré la cola y lo golpeé en la mano. El arma salió volando. Tobías disparó un segundo después, hiriéndolo en la pierna.
Uno de los marines intentó huir, pero Suiro le interceptó. No con violencia, sino con astucia: le puso la zancadilla con el bastón y luego le encajó un rodillazo en las costillas. Lo dejó tirado en el suelo.
Cuando el polvo se asentó, el líder de los bandidos yacía muerto. Dos de sus hombres estaban heridos. Uno muerto. Los marines, esposados por Tobías, no ofrecieron más resistencia.
El aire olía a pólvora, sudor y fuego.
Tobías, jadeando, se acercó a mí. Me tendió la mano, y sin titubear dijo.
—Te debo la vida, y posiblemente algún día te deba un ascenso, porque pienso llevar a los cabrones que aún respiran frente a mis superiores.
—No considero que me debas nada. —Le dije.
—Hoy pude comprobar con mis propios ojos parte de una verdad que siempre quise pensar que era mentira.
—Eres un hombre honrado y valiente Tobías, sin ti, este plan tampoco habría funcionado.
—Espero algún día poder escuchar noticias tuyas como un valiente marine.
—Pero el camino será duro, no confío en esta institución, solo hace falta abrir los ojos y observar las miserias que permiten que sucedan,aunque confío plenamente en que la marina encuentre más gente como tú! Gente dispuesta a dar su vida por la de el indefenso, gente con ganas de cambiar este mundo podrido.
—Ya has oído al mínimo marine! Dijo Pin con su clásico tono teatral.
—Podras contar a tus amigos qué fuiste salvado por el Minino de Kano! TATATATA!.
—Joder Pin... JAJAJAJA MININO CABRON!?
No pude evitarlo y comencé a reír, quizás fue la adrenalina del momento, bajando a sus niveles normales. Igual tan solo era ese nudo que llevaba años ahogándome lentamente. Ese nudo que me hacía constantemente sentirme fuera de lugar. Me sentí como nunca.
—Lo dicho Tobías, aquí tienes un amigo para siempre y gracias por todo. Cuidate mucho y que el viento te sea favorable, adiós amigo.
Aquella noche, volvimos al taller. Nos sentamos afuera, pero no como siempre. Suiro con su navaja. Pin con su sopa.
Y yo… con el fuego aún danzando en mi espalda.
—Sabeis una cosa? —Dije.
Pin me miró de reojo, con esa mirada suya que ya sabe lo que vas a decir perfectamente y dijo.
—Por fin estás vivo. Solo dijo eso, y siguió calentando sus manos con el vapor de la sopa.
—Más que nunca amigo mío.. más que nunca.
—En el momento que entré en acción y reventé al trozo de mierda ese, sentí como si todo lo que llevaba dentro guardado explotase en mil pedazos en aquel instante.
—Me gustó esa sensación.
—Pero no debes dejar que te controle el sentimiento de venganza y sangre, me oyes muchacho? Daré la vuelta al jodido mundo si es necesario darte un buen golpe me entiendes?
—Ahora por lo que a mí respecta, tú, representas a esta aldea y este taller a donde vayas, y no pienso dejar que ningún necio al que tengo el privilegio de poder dar de comer y considerar como un hijo deje en mal lugar todo por lo que he luchado. Me oyes muchacho?
Lo miré con una cara que hacía muchos años que jamás miraba a nadie.. y solo pude decir.
—Alto y claro Suiro. Alto y claro.
Sonreí y una lágrima cayó en la arena...
No dije nada más esa noche.
Ni ellos tampoco.
Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, con el fuego bailando suavemente en mi espalda…
...y el corazón latiendo como un tambor que aún no sabe el ritmo,
pero se niega a dejar de sonar.
Este tema viene de aquí:
https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1658&pid=15464#pid15464
País de Kano.
La verdad bajo los cimientos.
Había pasado ya una noche desde todo aquel lío con los marines y los bandidos. El amanecer llegó rápido, más de lo que mi cuerpo cansado habría querido. Pero incluso con las piernas pesadas y las alas doloridas, sabía que no podía dormirme en los laureles. Pin, como siempre, ya estaba en la playa cuando llegué.
Entrenamos como cada mañana. Yo seguía empeñado en perfeccionar el control de la forma híbrida, intentando canalizar las sensaciones exactas que me permitieron despertarla durante aquella pelea en el templo. Pero no salía. Por más que lo intentaba, todo lo que lograba era sentir cómo mis músculos se tensaban, cómo el fuego de mi espalda chispeaba sin dirección. Pin, paciente, me daba indicaciones.
—No pienses en el fuego. Piensa en lo que sentías antes de prenderlo. —Me dijo en un momento, con la mirada fija en el horizonte.
Yo no respondí. Solo cerré los ojos e intenté recordar. Las palabras, el miedo, la rabia… pero también la voluntad de proteger. Aquel momento exacto en el que vi al marine a punto de morir. Quizá ahí estaba la clave, pero aún no podía replicarlo. El cuerpo recuerda, sí, pero el corazón tiene que estar en el lugar correcto.
Después de unas dos horas, paramos. Tenía las alas entumecidas, así que decidí salir a volar un rato. El cielo estaba despejado, el mar parecía dormido, y la aldea se desdibujaba lentamente a medida que ganaba altura. Me alejé lo justo como para sentir que volaba libre otra vez.
Pero desde el aire vi algo que cambió el rumbo del día.
Tres figuras avanzaban por el sendero que llevaba al viejo templo. Las reconocí de inmediato: marines. Soldados rasos, de los que habían aparecido tras el enfrentamiento de anoche. Iban conversando, relajados, sin percatarse de que los seguía desde las alturas. Descendí poco a poco, deslizándome entre las copas de los árboles sin hacer ruido.
—Menos mal que todo se quedó ahí. —Dijo uno, riéndose.
—Sí, ya nos encargamos de Tobías. Ese idiota iba a jodernos todo. —Añadió otro.
Mi corazón dio un vuelco.
Tobías. Debía de ser el marine al que salvé la noche anterior. ¿Qué querían decir con “nos encargamos”? El tono era claro. Lo habían eliminado. Por traidor, por querer hacer lo correcto. Maldita sea.
Los seguí hasta el templo. Me oculté entre las sombras, aferrado a un saliente de roca que me permitía escuchar sin ser visto. Lo que oí me heló la sangre.
Allí estaban el jefe de los bandidos, dos de sus compinches, y los tres marines. Conversaban como viejos conocidos, como si aquello fuera un encuentro de negocios. Y en efecto, lo era.
—Así que el rescate ya fue transferido, ¿no? —Preguntó uno de los bandidos.
—Desde ayer. El gobierno ni lo sospecha. Todo pasa por nuestro despacho, lo sellamos como “intervención especial” y luego lo dividimos. —Respondió el que parecía liderar al trío de marines.
Los bandidos reían, bebiendo de unas cantimploras.
—Sois unos cerdos. Pero al menos cumplís. —Dijo el jefe.
Quise gritar, saltar desde mi escondite y golpear a todos en ese instante. Pero me contuve. Necesitaba pruebas. Y lo que oí después fue aún más revelador.
—Tobías quería denunciarlo. No sabía nada. Le dimos la paliza de su vida. Lo dejamos tirado poco después de ingresar en el bosque. Seguro se desangra por ahí. —Dijo un marine con una carcajada.
Ya no esperé más.
Volé tan rápido como pude hacia el bosque. Si aún estaba vivo, lo encontraría. Y lo hice. Entre unos matorrales, semiconsciente, lleno de magulladuras y sangre seca, yacía Tobías. Lo levanté en brazos con cuidado.
—Pensé que era el fin… —murmuró al verme.
—Aún no, colega.
Volé con él hasta el taller de Suiro. Pin salió a recibirnos y Suiro ni siquiera hizo preguntas. En cuanto me vio con un tipo herido en brazos, empezó a preparar vendas y agua hirviendo. Mientras lo atendían, Tobías me lo contó todo. Había descubierto el chanchullo hacía semanas, pero no sabía en quién confiar. Aquella noche pensaba reunir pruebas. Pero alguien lo delató.
No tardamos mucho en preparar un plan.
Suiro partiría primero, con uno de sus disfraces de anciano vendedor ambulante. Haría preguntas, distraería. Pin, mientras tanto, se movería por los tejados y lanzaría el primer golpe: una cazuela bien dirigida al primer marine que viese. Yo, por mi parte, entraría a lo grande.
Al atardecer, todo estaba listo.
Desde las alturas, vi a Suiro aparecer en el templo. Caminaba con bastón, una manta a la espalda y una expresión torpe en el rostro. Cuando los marines se acercaron, empezó a gritar incoherencias sobre unas mercancías perdidas y “justicia comercial”.
Ellos, confundidos, intentaron echarlo. Pero en ese instante, la cazuela de Pin voló como proyectil y golpeó de lleno al marine armado. El tipo cayó al suelo como un saco de arroz.
Y yo descendí del cielo.
Atravesé parte del tejado del templo, generando una nube de polvo. Cuando se disipó, estaba allí, en medio del lugar, con la luz del sol cayendo detrás de mí.
—¿Tú otra vez? —Dijo el jefe de los bandidos.
—Sabes algo, jodido trozo de mierda? Piendo disfrutar esto.
Encendí un cigarro con una chispa de fuego de mi espalda. Inhalé. Exhalé. Sentí el humo flotar junto a la rabia. Y entonces… lo sentí.
La transformación vino sola. No la forcé. Solo cerré los ojos… y dejé que el cuerpo hiciera el resto.
Una nube de humo me envolvió. El templo tembló. Las llamas se alzaron desde mis hombros. Al abrir los ojos, estaba en mi forma híbrida.
Los bandidos retrocedieron.
—¡Qué… qué demonios es eso! —Gritó uno.
Tobías, aprovechando la confusión, se arrastró hasta el marine noqueado y le arrebató el fusil. Se incorporó con dificultad.
—¡Alto! ¡En nombre de la Marina verdadera!
Y ahí estalló la pelea.
El jefe de los bandidos se me abalanzó con un cuchillo. Lo esquivé, envolví sus tobillos con mi cola y lo lancé de espaldas contra una columna. Escuché su cuello partirse al instante de chocar.
Otro bandido se dirigió a Pin con una cadena. Ella lo esquivó con una voltereta y le lanzó un puñetazo que lo desarmó. Yo lo rematé con una patada al pecho.
El tercero sacó una pistola y apuntó a Tobías. Me lancé. En medio del salto, solté un rugido, estiré la cola y lo golpeé en la mano. El arma salió volando. Tobías disparó un segundo después, hiriéndolo en la pierna.
Uno de los marines intentó huir, pero Suiro le interceptó. No con violencia, sino con astucia: le puso la zancadilla con el bastón y luego le encajó un rodillazo en las costillas. Lo dejó tirado en el suelo.
Cuando el polvo se asentó, el líder de los bandidos yacía muerto. Dos de sus hombres estaban heridos. Uno muerto. Los marines, esposados por Tobías, no ofrecieron más resistencia.
El aire olía a pólvora, sudor y fuego.
Tobías, jadeando, se acercó a mí. Me tendió la mano, y sin titubear dijo.
—Te debo la vida, y posiblemente algún día te deba un ascenso, porque pienso llevar a los cabrones que aún respiran frente a mis superiores.
—No considero que me debas nada. —Le dije.
—Hoy pude comprobar con mis propios ojos parte de una verdad que siempre quise pensar que era mentira.
—Eres un hombre honrado y valiente Tobías, sin ti, este plan tampoco habría funcionado.
—Espero algún día poder escuchar noticias tuyas como un valiente marine.
—Pero el camino será duro, no confío en esta institución, solo hace falta abrir los ojos y observar las miserias que permiten que sucedan,aunque confío plenamente en que la marina encuentre más gente como tú! Gente dispuesta a dar su vida por la de el indefenso, gente con ganas de cambiar este mundo podrido.
—Ya has oído al mínimo marine! Dijo Pin con su clásico tono teatral.
—Podras contar a tus amigos qué fuiste salvado por el Minino de Kano! TATATATA!.
—Joder Pin... JAJAJAJA MININO CABRON!?
No pude evitarlo y comencé a reír, quizás fue la adrenalina del momento, bajando a sus niveles normales. Igual tan solo era ese nudo que llevaba años ahogándome lentamente. Ese nudo que me hacía constantemente sentirme fuera de lugar. Me sentí como nunca.
—Lo dicho Tobías, aquí tienes un amigo para siempre y gracias por todo. Cuidate mucho y que el viento te sea favorable, adiós amigo.
Aquella noche, volvimos al taller. Nos sentamos afuera, pero no como siempre. Suiro con su navaja. Pin con su sopa.
Y yo… con el fuego aún danzando en mi espalda.
—Sabeis una cosa? —Dije.
Pin me miró de reojo, con esa mirada suya que ya sabe lo que vas a decir perfectamente y dijo.
—Por fin estás vivo. Solo dijo eso, y siguió calentando sus manos con el vapor de la sopa.
—Más que nunca amigo mío.. más que nunca.
—En el momento que entré en acción y reventé al trozo de mierda ese, sentí como si todo lo que llevaba dentro guardado explotase en mil pedazos en aquel instante.
—Me gustó esa sensación.
—Pero no debes dejar que te controle el sentimiento de venganza y sangre, me oyes muchacho? Daré la vuelta al jodido mundo si es necesario darte un buen golpe me entiendes?
—Ahora por lo que a mí respecta, tú, representas a esta aldea y este taller a donde vayas, y no pienso dejar que ningún necio al que tengo el privilegio de poder dar de comer y considerar como un hijo deje en mal lugar todo por lo que he luchado. Me oyes muchacho?
Lo miré con una cara que hacía muchos años que jamás miraba a nadie.. y solo pude decir.
—Alto y claro Suiro. Alto y claro.
Sonreí y una lágrima cayó en la arena...
No dije nada más esa noche.
Ni ellos tampoco.
Solo nos quedamos ahí, bajo las estrellas, con el fuego bailando suavemente en mi espalda…
...y el corazón latiendo como un tambor que aún no sabe el ritmo,
pero se niega a dejar de sonar.
Belico
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