[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas
#11
Cuando Dumati lanzó el golpe, lo hizo con toda la fuerza de su cuerpo, con la rabia acumulada entre sus manos y su espada, buscando el impacto seco, certero, que silenciara de una vez aquella voz que se clavaba como una espina entre sus pensamientos. Pero la marine dio un solo paso hacia atrás, apenas un desliz elegante de su bota sobre la tierra húmeda, y la espada del rebelde cortó el aire sin hallar carne ni hueso. Fue como golpear un fantasma. Frunció el ceño, los dientes apretados, con un temblor en las manos que no provenía del esfuerzo físico, sino de la frustración, de la impotencia que crecía con cada palabra que ella pronunciaba. Me instó a que parara la rueda de odio que estaba llevando, que no peleara y asumiera mis consecuencias. La voz de la marine no era severa, pero tenía la firmeza de quien ha visto demasiadas batallas, demasiados errores repetirse. No lo dijo con burla, ni con superioridad. Lo dijo como si realmente le importara lo que sucediera a continuación. Y eso fue lo que más le dolió a Dumati. Porque en su interior, una parte diminuta, tozuda, pero innegablemente viva, quería creer que esas palabras eran verdad. Que él estaba solo. Que seguir no tenía sentido. Pero justo por eso, también reaccionó como un animal herido. Su orgullo, ese caparazón que había forjado desde la infancia, rugió dentro de él. ¿Solo? No. Él tenía a sus compañeros de la revolución. Tenía a Danny. A los suyos. Y aunque en ese instante no estuvieran a su lado, aunque sus brazos temblaran y su corazón retumbara en el pecho como un tambor de guerra roto, no podía permitirse flaquear. No podía permitir que esa mujer, por muy noble que fuera su intención, apagara el fuego que ardía en él. -¡Cállate!- Gritó, sin pensarlo, más por ahogar sus dudas que por responder a ella. -¡Yo no estoy solo! ¡Y no me voy a detener!-

Dumati apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia se le mezclaba con la desesperación en la garganta, como si fuera a escupir fuego en vez de palabras. El sudor le resbalaba por la frente, y su pecho subía y bajaba con fuerza, alimentado por la adrenalina y la furia que aún lo mantenían en pie. Aquellas palabras de la marine, esa afirmación tan rotunda de que estaba solo, le habían calado más hondo de lo que quería admitir. Pero en vez de hundirse, se aferró a la única verdad que aún podía sostener sin que se le resquebrajara el alma: la causa. -¡Entonces mejor!- Gritó con voz ronca, dando un paso adelante. -¡Si estoy solo, menos tengo que perder!- La tenue luz en el tunel proyectaba sombras danzantes en su rostro tenso, dándole un aire casi fantasmal, como un espectro con la mirada clavada en la justicia. Dumati alzó la espada como un estandarte. Un gesto torpe pero lleno de convicción. -¡Si tengo que caer, me llevaré conmigo a tantos como pueda! ¡A los corruptos! ¡A los tiranos! ¡A los que llevan siglos aplastando a la gente como si no valiera nada!- Su voz tembló levemente, pero no de duda, sino de emoción. -¡No peleo por mí! ¡Esto es por la revolución!- Sus palabras retumbaron entre las paredes de los túneles, cargadas de una mezcla de idealismo y dolor profundo. No hablaba desde la estrategia, ni desde el conocimiento político. Hablaba desde el hambre, desde la miseria vivida, desde las calles sucias donde creció viendo a los ricos escupir sobre los pobres. -¡Por todos los que no pueden alzar la voz! ¡Por los esclavos escondidos en islas sin nombre! ¡Por los niños que nacen para morir en cadenas! ¡Por los que el Gobierno ha olvidado a propósito!- Su pecho ardía, como si cada palabra saliera envuelta en llamas. -¡No me importa si me dicen que estoy solo! ¡Mientras pueda respirar, mientras tenga un solo dedo que mover, seguiré luchando por ellos!- 

Y apenas la última sílaba se escapó de sus labios, Dumati cargó hacia adelante con la fiereza de un relámpago que parte el cielo en dos. No hubo pausa, ni duda, ni un solo segundo en el que el impulso flaquease. El discurso aún ardía en su pecho como una antorcha viva, empujándolo hacia el combate con la fuerza de todas las injusticias que había presenciado y sufrido. La mirada se le endureció, y en sus pupilas bailaba una mezcla de furia, convicción y fuego. Ahora era algo más cercano a un estallido inevitable. Su bota golpeó el suelo con fuerza mientras acortaba la distancia entre ambos. El aire se comprimía a su alrededor, vibrando por la velocidad de su movimiento, y el peso de su determinación parecía envolverlo en una energía casi visible. Levantó el brazo derecho, firme, preciso, empuñando la espada que parecía brillar a la luz del tunel como una promesa de acero. Y sin vacilar, descargó el tajo de forma descendente, apuntando al centro del cuerpo de la marine, como si quisiera partirla en dos junto con toda la autoridad que representaba. -¡HAAAAH!- Gritó, soltando ese rugido que nacía desde lo más hondo de su alma, una voz que no buscaba intimidar, sino liberar.El movimiento fue limpio, directo, con la fuerza bruta de alguien que no peleaba por técnica sino por pasión. Era un tajo que hablaba más de su espíritu que de su entrenamiento; de un instinto salvaje alimentado por el dolor, la pérdida y la esperanza. En su interior, Dumati sabía que probablemente ella lo esquivaría de nuevo, que su cuerpo aún no era tan veloz como sus ideales. Pero no le importaba. Porque ese golpe no era solo físico. Era una declaración. Por un momento, en ese salto, en esa línea trazada por su brazo descendente, todo pareció congelarse. Solo se oía el silbido del aire cortado, la tensión vibrante en cada músculo de su cuerpo, y el crujido leve de la arena bajo sus pies al lanzarse al frente. Porque en ese instante, Dumati no solo atacaba a una marine. Atacaba a todo lo que ella simbolizaba.

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#12
El rugido de Dumati rogando a Jean que se callara atravesó y reverberó por toda la cueva. Aquel rugido animal no era el grito de un líder orgulloso curtido en mil batallas y de convicciones firmes. Era el de alguien que se resistía a desmoronarse, que peleaba contra sus actos e intentaba no mirarse en el espejo de su conciencia. Jean creyó ver como sus palabras lograban resquebrajar la coraza de Dumati. Fue una sensación breve. Frente a ella, aquel imponente hombre se mantenía en sus trece. 

Cuando la palabra "revolución" rasgo el áspero aire de la caverna, Jean sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Como si le acabase de alcanzar un relámpago, se sobresaltó, y comenzó a atar cabos rápidamente. Aquellas insignias raídas en las ropas de los bandidos, los "Lamentos de Onyx", la propia cueva... Todo cobraba ahora otro sentido, más tangible, más complejo. Miró de nuevo a su alrededor mientras veía como frente a ella Dumati comenzaba a colapsar. Su mente, que hacía unos momentos luchaba por mantenerse en calma ante el horror de la sangre, ahora procesaba todo lo que aquello podía implicar. Si aquellos bandidos eran en realidad parte de un grupo revolucionario, aquellas minas no eran un mero escondite. Eran una base estratégica, segura, discreta, relativamente fácil de defender y muy próxima a la capital del Reino de Ilisia. Era un punto de apoyo a un bando que, en manos de hombres como Dumati, podía usarse para perpetrar ataques a gran escala contra el reino en un futuro próximo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Los ideales de la Revolución podían tener un buen fondo: luchar contra la corrupción, la tiranía, la injusticia. Pero los métodos utilizados... Lo acababa de ver. La matanza indiscriminada que había presenciado en los túneles acercaban a aquel grupo más a unos piratas con ínfulas que a otra cosa. Un buen ideal manchado de sangre inocente...

Dumati, cegado por su propio discurso, se lanzó al ataque. No razonaba, solo repetía mantras vacíos que no significaban nada en aquel lugar. No estaba enfrentando a corruptos ni a tiranos, no estaba liberando esclavos ni llevando comida a los más necesitados. Había matado a trabajadores inocentes y había atacado a reclutas de la marina. No era más que un matón. Jean apretó los dientes, furiosa.

La espada de Dumati se acercó a ella a toda velocidad. Con los pies bien plantados en el suelo, Jean los deslizó hacia los lados al tiempo que se agachaba levemente, afinando la vista. Un giro de muñeca, un movimiento ascendente de Zéphyros y ambos metales chocaron, provocando un estruendo seco y metálico que quedó amplificado por el eco de la cueva. jean sintió en su brazo la vibración del golpe, pero aguantó. Sabía que no tenía la fuerza suficiente como para bloquear un ataque frontal de Dumati, pero no era su intención. Cuando ambos aceros chocaron, Jean volvió a girar la muñeca, inclinando a Zéphyros hacia el suelo, dejando que la espada de Dumati resbalara sobre su filo. Cuando esta hubo bailado unos centímetros, estiró el brazo, desviando el golpe al tiempo que intentaba que Dumati perdiera su centro de gravedad y se desequilibrara. 

- No uses la palabra "revolución" para justificar esto, Dumati. - la voz de Jean, controlada, llevaba ahora un tono cortante. Sentía como le hervía la sangre por dentro. Sus ojos azules se clavaron en los de Dumati, ambos a pocos centímetros el uno del otro. - ¿Llevarte por delante a quien? Corruptos, tiranos... ¡Los mineros que has masacrado no eran más que gente inocente! ¿Es así como defiendes a los oprimidos? ¿Pisoteando las vidas de otros inocentes?

Jean sentía como su alma se encendía. No podía evitarlo. Quería salvar a Dumati, quería ser mejor... Pero... ¿Podía?

- Vives en una fantasía, y lo peor... es que lo sabes. Lo he visto en tus ojos, antes, cuando has gritado que me callara. Y lo veo ahora. - dijo mientras sus cuerpos pasaban uno junto al otro, los filos de sus espadas deslizándose una sobre la otra. - Esto no es justicia. Es el colmo del cinismo. Escudarte en una causa para dar rienda suelta a la matanza indiscriminada, sintiendote además moralmente superior... ¡Eso es de cobardes!

Jean se incorporó rápidamente, pies juntos, espalda recta. Un fuego prendía dentro de su pecho. Extendió un pie hacía delante y se lanzó hacía Dumati, lanzando un tajo en vertical contra su pecho. No quería matarlo. No debía matarlo. Pero ahora mismo era presa de si misma.

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#13
La embestida de Dumati fue tan veloz como decidida, un trazo plateado surcando el aire con la fuerza de una tormenta comprimida en un solo golpe. Sin embargo, Jean, la marine de cabellos rubios y mirada celeste, no era ajena al peligro ni al filo del combate. Con una precisión nacida del entrenamiento incansable y la voluntad férrea, alzó su espada en el momento exacto, bloqueando el impacto con una chispa de acero que resonó como un latido en medio del caos. El choque fue brutal, y aunque su guardia resistió, el ímpetu del ataque y la maña de la marine bastó para desestabilizar la postura del revolucionario, haciendo que sus botas arañaran el suelo y diera dos pasos atrás, con sus hombros tensos y su respiración apenas alterada. Fue en ese instante cuando sintió que la balanza se inclinaba a favor de la marine. El cuerpo del revolucionario, aún vibrando por la adrenalina del combate, se inclinó hacia el frente con la intención clara de aprovechar la abertura, de lanzar un contraataque que pudiera sellar el desenlace de ese enfrentamiento fugaz y feroz.

Pero entonces vió la mirada de Jean. No como una figura más en el campo de batalla, sino como un ser humano hecho de convicciones, fuerza y algo más que no supo definir de inmediato. Sus ojos, fijos en los del revolucionario, no transmitían miedo ni duda, sino algo que le forzó a frenar, a contener el siguiente paso, a congelar por un segundo su ofensiva. Y fue en ese segundo donde el mundo pareció detenerse. No por el filo de su espada, ni por la amenaza de un contraataque, sino por las palabras que comenzaron a brotar de sus labios, marcando el aire entre ambos con un peso distinto al del acero. Lai respiración de Dumati se aquietó, sus sentidos se tensaron, y el alma, aunque aún vibraba con el ímpetu de la lucha, quedó suspendida entre la duda y la necesidad de escuchar. Había algo en su tono, en su presencia... algo que no encajaba con la brutalidad de una enemiga en combate. Y así, con el cuerpo aún cargado de intención, se vio obligado a detenerse, atrapado no por el filo, sino por la mirada de aquella marine.

Las palabras de Jean llegaron con la fuerza de un martillo, sin necesidad de elevar la voz ni adoptar un tono grandilocuente. Bastó con que su mirada no flaqueara y que su juicio se pronunciara con la severidad de quien ha jurado defender algo más grande que sí misma. Dumati, que se mantenía aún en postura de ataque, sintió cómo el filo invisible de sus palabras lo alcanzaba incluso antes que el verdadero acero. La palabra “revolución”, en sus labios, no tuvo la carga heroica que él siempre había querido darle; al contrario, fue despojada de todo su manto de nobleza y enfrentada con la realidad cruel de lo que había sucedido en la mina. Jean no hablaba desde el odio ni desde la política, sino desde la verdad, y esa verdad lo atravesó con una claridad punzante. Le dijo que no usara esa palabra como escudo, que no la manchara para encubrir lo que realmente había hecho. Y luego vino el golpe más duro, uno que ni siquiera una docena de balas habría igualado, lo llamó cobarde. El mundo de Dumati tembló en silencio. Sus manos, tensas en los nudillos, bajaron apenas una fracción de segundo, lo justo para revelar el estremecimiento interno que lo sacudía. Porque lo que Jean decía... tenía sentido. Una parte de él, enterrada bajo toneladas de rabia y justificación, sabía que no había marcha atrás. Que las vidas perdidas en aquella mina no podían ocultarse tras discursos o ideales. Que había cruzado una línea. Sintió tristeza, una tristeza punzante y amarga, como el vino mal fermentado que arde en la garganta. Pero lo que realmente lo ahogaba era el agobio. Un nudo en el pecho, en la base de la nuca, en la conciencia. Ya no podía regresar. Ya no podía ser el hombre correcto. Solo podía seguir avanzando, como un perro herido que muerde porque no le queda otra forma de sobrevivir. Se preparó para responder, no con palabras, sino con el lenguaje que ambos hablaban en ese campo de batalla: el combate. Pero antes de que pudiera siquiera lanzarse hacia ella, sintió el zumbido del aire cortado, el presagio del dolor. La espada de Jean descendió como un juicio definitivo, y el filo se incrustó en su pecho, abriendo la carne en una línea incandescente de fuego y sangre. No gritó. No podía. El dolor físico se fundía con la tormenta que ya tenía dentro.

La sangre comenzó a deslizarse por el pecho de Dumati como una caricia ardiente, manchando la tela de su camiseta con un rojo profundo, vivo, casi insultante. El corte descendente de Jean había abierto una herida seria, pero no definitiva. El revolucionario jadeó, no tanto por el dolor como por la fuerza contenida que ahora bullía en su interior, una mezcla amarga de rabia, desesperación y convicción fragmentada. Cada latido de su corazón empujaba más sangre hacia fuera, pero también más voluntad hacia dentro. El dolor físico, aunque intenso, era apenas una sombra frente al fuego que ardía en sus entrañas. Sabía que no había retorno, que los pasos dados estaban escritos en piedra, y que el juicio, ya fuera de la justicia o del destino, tendría que ser ganado con acero, no con palabras. Sus dedos temblorosos rodearon la empuñadura de la katana, y con un gruñido ahogado la aferró con ambas manos, sellando en ese gesto la única verdad que aún podía reclamar: seguiría luchando, aunque el mundo lo señalara como monstruo. El calor de la sangre recorría su abdomen y le empapaba el costado, pero sus músculos se tensaron como cuerdas a punto de romperse. Sus pies se anclaron al suelo, ligeramente separados, y su cuerpo adoptó una postura firme, casi ritual. Respiró una sola vez, profunda y áspera, y entonces se lanzó hacia Jean. No hubo grito de guerra, ni amenaza, solo el murmullo del acero al cortar el aire. Dumati giró con furia medida, su katana dibujando un arco brutal desde su lado derecho hacia la izquierda, apuntando directo al abdomen de la marine. El movimiento era veloz, lleno de intención, cargado no solo con técnica sino con un deseo punzante de imponer su voluntad. Cada fibra de su cuerpo gritaba por resolución, por el fin de la incertidumbre, por una respuesta definitiva al conflicto que lo consumía por dentro. En ese instante, ya no era un líder, ni un cobarde, ni un mártir. Era una hoja desenvainada buscando sentido a través del filo.

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#14
Dumati ni siquiera hizo amago de intentar esquivar el ataque de Jean; Zéphyros cortó el aire entre ellos y alcanzó a su oponente en el pecho. Jean notó como la carne ejercía una leve resistencia antes de rendirse a su acero, que recorrió el torso del criminal en diagonal dejando una mancha roja tras de si. Sangre, otra vez. Una segunda primera vez. Una fría punzada de arrepentimiento asomó desde el interior de la joven marine, pero fue sofocada rápidamente por la adrenalina y la realidad del momento. No había tiempo para remordimientos. No ahora. Dumati había gritado, simplemente había recibido el corte con la estoicidad de quien ya no tiene nada que perder. Jean se recompuso, recobrando la postura mientras se preguntaba si había hecho bien. Sus palabras pretendían, era cierto, atacar a Dumati, enfrentarlo con sus actos, ponerle delante un espejo en el que poder ver como sus acciones generaban una disonancia con sus intenciones. Pero, lejos de comprender la situación, parecía haber roto algo en el interior de su oponente, que ahora parecía moverse por una inercia ciega. Sus ojos, hacía un momento cargados de furia justiciera, de idealismo y de razón, ahora solo ardían con la llama de la locura de quien no tiene propósito. Jean vio como los dedos temblorosos de Dumati se aferraban más aún a su espada con una fuerza renovada. Sus músculos se tensaron, sus pies se asentaron con más fuerza. 

No dijo nada.

No se rindió.

El murmullo del acero cortando el aire fue el único presagio de su silencioso ataque. Giró sobre si mismo y dibujó un arco brutal dirigido hacía Jean, apuntando directamente a su abdomen. El fijo de la espada se acercaba a ella a una velocidad aterradora, cargando con el peso de la desesperación de su dueño. No había ruego ni duda en el movimiento. Era un ataque brutal y desprovisto de cualquier razón, táctica o estrategia. Era agresivo, furioso, directo. Jean pudo sentirlo. Ya no tenía palabras para sustentar la violencia. Ahora solo quedaba eso, la violencia en su esencia más pura, más autentica. Sin justificación, sin edulcorar. Ya no había una causa que la cubriera de nobleza.

- Idiota... - El pensamiento no era de rabia, sino de una agotadora tristeza.

Instintivamente Jean tensó sus piernas para dar un salto hacía atrás y esquivar el corte, pero se forzó a si misma a quedarse plantada en su sitio. Frunció el ceño y se hundió en los ojos furioso de Dumati. Aquella breve visión de duda tras sus palabras se había desvanecido, reemplazada por la resolución del que ya solo ve un camino. No sabía que más decir. Tal vez había forzado demasiado a su oponente, creyendo que, al ser consciente de su realidad, bajaría las armas y se rendiría. La realidad era más complicada, y a menudo más cruel. No le importaba la revolución ni la causa. No había un por qué. No había una chispa de bondad moviendo sus actos. No había nada que salvar allí dentro.

El acero de Zéphyros volvió a chocar con violencia contra el arma de Dumati. Esta vez Jean tuvo que hacer uso de toda la fuerza que tenía para aguantar aquel primer envite necesario para desviar el golpe. Junto ambas manos en la empuñadura de su espada, apretando los dientes, sintiendo la violencia con la que le atacaba su oponente. 

- Vale, parece que ya se te ha caído la careta... ¿De verdad no tienes nada que decir? - murmuró con esfuerzo flexionando las piernas, impulsando la empuñadura de Zéphyros hacia arriba, inclinándola para que, de nuevo, el filo del arma de Dumati se deslizara, bailando hacía arriba. Jean se agachó, giró sobre si misma, deslizándose alrededor de Dumati como una bailarina. 

Frente a sus elegantes movimientos, el alma de Jean pesaba. Ahora si que sentía que habían llegado a un punto de no retorno. Ni podía ni debía permitir que Dumati continuara sembrando la muerte allá por donde pasara. Tampoco creía en que pudiera simplemente volver a la senda del bien. Solo sería otra mentira con la que poder envolver su violencia contra los demás. Los mineros masacrados, sus propios compañeros, incluso los bandidos que aún yacían a su alrededor, unos inconscientes, otros algo peor... Todo pesaba sobre ella en aquel momento. Había creído que se podían arreglar las cosas hablando, utilizando la razón, tendiendo una mano. Sin sangre, ofreciendo una salida pacifica, tranquila. La realidad le había golpeado con toda la fuerza que tenía. La realidad tras de ella, la realidad que habían visto en los túneles, era brutal. Y no había un por qué. Eso era lo peor.

La realidad de Dumati era inquebrantable. Era o él, o ella. ¿Para que? ¿Para seguir matando? ¿Para seguir derramando sangre por una causa en la que dudaba que creyera realmente? No lo entendía. 

Pero si su propia conciencia no iba a detenerle, tendría que hacerlo ella. 

Sería el escudo que ese mundo necesitaba.

Era su deber, su juramento, y el motivo por el que vestía aquel uniforme.

Mientras Dumati se recuperaba del desvió de su ataque, con la sangre fresca manchando su camisa y el aire alrededor todavía vibrando por el choque de los metales, Jean no dudo. Solo tenía aquella pequeña ventana de tiempo para actuar. Esos escasos y valiosos segundos que cabían en una respiración acelerada. Con un grito de rabia y frustración hizo girar a Zéphyros. La espada voló en diagonal, ascendiendo casi desde el suelo de nuevo hacía el pecho de Dumati como un ave de presa. No quería un corte profundo. Buscaba derribarlo. Herirlo lo suficiente como para que ni su espiritú ni su cuerpo tuvieran ganas de seguir con aquello. Terminar con la amenaza sin arrebatar una vida. Lo haría. Era su camino. No se convertiría en él, no todo valía. Podía hacerlo. Si Dumati se negaba a rendirse, si seguía aferrándose a su fantasía de dolor y violencia, Jean lo obligaría a hacerlo. Lo heriría, lo cansaría, lo intentaría por cualquier vía, pero lo lograría. 

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#15
El tajo de Dumati cortó el aire con fiereza, cargado con la desesperación de un hombre que se aferraba a la violencia como último lenguaje. Pero su determinación no fue suficiente para romper la defensa de Jean. Con una precisión que sólo puede nacer del adiestramiento constante y del temple forjado en mil batallas, la marine alzó su espada y desvió el golpe con un movimiento limpio, casi elegante. El acero chirrió brevemente al chocar, pero ella no se detuvo ni un segundo en su impulso. Su cuerpo giró con una fluidez sorprendente, como si cada músculo supiera exactamente cuál era su papel en aquella danza letal. Dio una vuelta completa sobre sí misma, utilizando el impulso del bloqueo para transformarlo en velocidad, y sus pies apenas rozaron el suelo al deslizarse con agilidad felina alrededor de Dumati. En ese instante, Jean no era sólo una combatiente, sino un reflejo de la técnica depurada y la letalidad precisa. Su silueta se desplazó más allá del campo visual inmediato del revolucionario, colocándose en su flanco con una rapidez que bordeaba lo inhumano. Fue entonces cuando, sin mostrar ni una pizca de duda, alzó su espada con ambas manos, llevándola hacia atrás mientras su cuerpo se curvaba levemente, adoptando una postura ofensiva tan estética como mortal. Con un grito contenido en la mirada, canalizó su fuerza en un solo movimiento: un corte descendente, rápido y diagonal, destinado a cruzar el pecho de Dumati desde el hombro hasta la cintura. El filo de la hoja silbó en el aire como una promesa inevitable, como una sentencia que no necesitaba palabras. Era un ataque preciso, no por odio, sino por deber. En ese gesto, Jean demostraba no solo habilidad, sino determinación: si debía ser ella quien pusiera fin a aquella lucha, lo haría sin temblar.

El filo descendente de Jean cortó el aire con violencia implacable, y aunque su intención era rápida y letal, Dumati no se dejó atrapar en la parálisis del asombro. Sus ojos, inflamados de determinación y rabia contenida, reaccionaron antes que su cuerpo. Como un reflejo instintivo, su brazo se tensó y bajó con fuerza la katana que hasta entonces mantenía alzada, alineando el acero para interceptar el tajo que amenazaba con abrirle el pecho. El choque entre ambas espadas resonó con un estruendo seco, el eco metálico rebotando por el aire como el repicar de un juicio suspendido en el filo del combate.Dumati sintió el peso del golpe recorrerle los brazos, como una corriente eléctrica que le sacudía los huesos y tensaba cada músculo. Sus dientes se apretaron y su rostro se crispó, no solo por el esfuerzo, sino por la frustración que lo carcomía por dentro. Aun así, plantó ambos pies con firmeza contra el suelo, resistiendo el envite con la obstinación de quien ya no se permite retroceder. Sus botas se deslizaron un par de centímetros sobre el suelo, levantando polvo y grava, pero su voluntad no cedió ni un palmo más. Entonces, comenzó a empujar. Un rugido nació en lo más profundo de su pecho, no un grito de guerra, sino una especie de súplica convertida en rabia, en impulso. Su espada crujía contra la de Jean, los filos vibraban en lucha, y él avanzaba centímetro a centímetro, intentando doblar la resistencia de la marine con el peso de toda su causa, de toda su desesperación. Las venas de sus brazos se marcaron con claridad, y un sudor frío le bajó por la sien, pero sus ojos no se apartaban de los de ella. -¡Tú no entiendes nada!- Escupió entre dientes, con la voz tensa y rota por el esfuerzo. -¡La revolución no es una excusa… es la única salida que nos dejaron!- Su voz no era la de un mártir, ni la de un líder; era la de un hombre que se caía a pedazos por dentro, pero que se negaba a soltar la espada hasta que su verdad fuese reconocida, aunque fuera a través del filo.

El retumbar del acero seguía resonando por el túnel, amplificado por la cercanía de las paredes de roca, como si cada cruce de espadas fuera una sentencia dictada por la tierra misma. Dumati y Jean seguían forcejeando, sus brazos tensos, sus rostros tan cercanos que podían sentir la respiración del otro, el calor de la batalla condensado entre ellos como una tempestad que no cedía. Las chispas brotaban del roce violento de las hojas, salpicando luz fugaz en medio de la penumbra de aquel pasadizo donde todo parecía al borde del colapso. Cada segundo era una eternidad de presión, de músculos sobrecargados, de emociones contenidas al borde del desgarro. Dumati, aunque aún empujaba, sentía que sus fuerzas comenzaban a menguar. Las palabras de Jean seguían latiendo en su mente como un eco martilleante. Y justo cuando parecía que el momento se congelaba en la tensión del acero, un sonido abrupto quebró el ritmo del combate. Una explosión seca retumbó en lo alto del túnel, como el rugido contenido de una bestia que por fin encontraba una grieta por donde liberarse. Fragmentos de piedra y polvo comenzaron a desprenderse del techo. Algunos cayeron como pequeños avisos del desastre, pero pronto una gran masa de escombros se precipitó al vacío con estrépito. Desde ese cráter recién formado, una figura descendió. No cayó, no rodó, no tropezó: descendió con una precisión tan solemne como imponente, aterrizando de pie a escasos cuatro metros de los combatientes. El sonido del impacto fue seco, firme, y las rocas alrededor se apartaron como si reconocieran la autoridad de quien acababa de irrumpir. La Sargento Ville se irguió con una quietud que imponía más que cualquier grito. Su uniforme blanco se mantenía impecable, sin una arruga, sin un rastro de polvo, como si el caos no tuviera permiso para tocarla. Solo los bajos de sus pantalones, manchados con manchas oscuras de sangre seca, delataban que venía de otra batalla, quizás una más brutal aún. Sus ojos, duros como el acero, se posaron sobre Dumati con la serenidad de alguien que no contempla la derrota como una posibilidad. -Tu intento de revolución o lo que sea, termina aquí, Dumati...- Declaró con voz firme, sin alzar el tono, pero con un filo que cortaba más que cualquier espada. -Ríndete… mientras aún tengas piernas para hacerlo por tu cuenta.-

La quietud tensa que siguió a la aparición de la Sargento Ville no fue casual. Era el tipo de silencio que solo la autoridad absoluta puede imponer en medio del caos. El polvo aún flotaba en el aire como un velo translúcido, y el eco de la explosión persistía en las profundidades del túnel como un susurro que se negaba a extinguirse. Ville se mantenía firme, con la espalda recta, los brazos relajados a los costados y la mirada dura como granito. Su porte no requería adornos ni grandes gestos: bastaba su sola presencia para que todo el entorno de piedra, acero y sangre, se alineara a su voluntad. Lentamente, su mirada se deslizó hacia Jean, evaluando con la precisión de quien ha visto suficientes batallas para distinguir la verdad del espectáculo. Durante un largo segundo, solo sus ojos hablaron. Serios, implacables, pero no carentes de un destello sutil de respeto. Finalmente, asintió apenas con el mentón, tan leve que cualquier otro lo habría pasado por alto, pero no Jean. -Buen trabajo.- Dijo, seca pero con un peso que no necesitaba florituras. -Eres la única que sigue de pie. Sigue así… y no tendrás que arrastrarte como los demás.- El reconocimiento, viniendo de alguien como Ville, no era una caricia. Era un sello de legitimidad. Jean, pese al cansancio y las heridas, sintió que su espalda se erguía un poco más, como si su cuerpo respondiera instintivamente al honor de ser reconocida por la sargento. Pero ese momento fue breve. Dumati, con la sangre aún ardiendo en sus venas y el orgullo tan herido como su cuerpo, no soportó el desdén de ser ignorado. Rugió con rabia contenida y se abalanzó una vez más, espada en alto, directo hacia Jean, buscando una última chispa de redención, o venganza. Sin embargo, no llegó. La sargento se movió con una velocidad que no correspondía a su armadura ni a su apariencia serena. Se deslizó entre Dumati y Jean con la naturalidad de quien ya había anticipado el ataque antes de que ocurriera. Su pierna subió con fuerza y precisión, impactando directamente en la muñeca del revolucionario, haciendo que la espada volara por el aire con un destello de acero girando. Antes de que su cuerpo pudiera reaccionar al desarme, la otra pierna de Ville giró con fluidez, conectando un golpe brutal en el rostro de Dumati, cuyo cuerpo se elevó por la fuerza del impacto y cayó de espaldas al suelo, inerte. Inconsciente. El polvo volvió a asentarse. Y con él, la autoridad de la Marina.

La figura imponente de la Sargento Ville permanecía en el centro del túnel como un monolito de determinación, rodeada por los ecos del combate que lentamente se desvanecían en la penumbra. A su alrededor, el aire olía a tierra removida, sudor y pólvora reciente. Dumati yacía inconsciente a pocos metros, derrotado por la eficacia fulminante de la justicia. Jean, aún respirando con fuerza, mantenía la postura tensa de quien no baja la guardia hasta que recibe la orden expresa de hacerlo. Su uniforme estaba desgarrado en varios puntos, manchado con el polvo del suelo y el sudor del esfuerzo, pero sus ojos seguían firmes, atentos. No buscaba reconocimiento, solo confirmación de que había hecho lo correcto. Ville se giró hacia ella, clavando una mirada severa, sin adornos ni dulzura, pero tampoco carente de cierta humanidad. -Marine Jean D’Orlanais.- Comenzó con voz firme, cada palabra articulada con precisión casi militar. -Redacta un informe completo con todo lo que ha ocurrido aquí. No omitas detalles. Quiero saber cómo se desarrolló el enfrentamiento, cuántos hombres quedaron fuera de combate, cuál fue la ruta que tomaron los rebeldes, y cómo lograste mantenerte en pie cuando el resto cayó.- No fue una petición. Fue una orden clara, inapelable. Sin embargo, en su tono, austero pero sincero, había un leve reconocimiento que no pasó desapercibido. Tras una pausa breve, Ville bajó apenas la voz, sin perder su temple. -Y gracias. Has cumplido con tu deber con más honor del que muchos logran en años. Ese hombre…- Lanzó una mirada hacia el cuerpo inerte de Dumati. - Era un elemento peligroso. Un revolucionario que llevaba semanas intentando sembrar ideas disidentes en esta isla. Había empezado a captar trabajadores de los astilleros, e incluso algunos soldados de bajo rango. Si no lo hubiéramos detenido hoy, quién sabe cuántos más habría convencido.- Sus palabras no buscaban consolar. Ville no era de esas. Pero en su reconocimiento no había mentira, y eso era más valioso que cualquier elogio decorativo. La justicia, en su mundo, se medía en actos cumplidos y deberes no abandonados. Y Jean, con heridas abiertas y la fatiga pesando sobre sus hombros, acababa de cumplir el suyo.

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#16
El ataque de Jean volvió a dibujar una sombra de sangre en el torso del revolucionario, pero este no se amínalo, sino que, ignorando los daños, contratacó. No iba a parar. Jean alzó a Zéphyros y desvió el golpe de nuevo. Estaba dentro del combate. Se había adaptado a él, a los golpes poco precisos pero potentes de Dumati. Él no cambiaba su táctica, por lo que Jean no variaría la suya. Las espadas forcejearon, el acero chirrió, un sonido breve que se perdió en el eco de la caverna.  Jean no se detuvo. El filo de su espada resbaló y silbo por el aire en un corte descendente y diagonal, destinado a inmovilizarlo sin matarlo. No era odio lo que guiaba su mano, sino el frío deber. No podía salvarlo.

Antes de que su golpe pudiera alcanzar su destino, un sonido seco quebró el aire sobre sus cabezas. La explosión resonó por toda la caverna, haciendo que la propia cueva temblara, y fragmentos de piedra y polvo comenzaron a desprenderse del techo. Los ojos de Jean se alzaron y por instinto dio un salto hacia atrás, separándose de Dumati. Desde la altura una figura descendió. Un uniforme blanco, impecable, inmaculado. Un pelo ondulado, plateado, brillante. Parecía un ángel descendiendo el cielo.

- Sargento Ville... - mencionó Jean dando un par de pasos más hacía atrás, poniendo más tierra de por medio entre ella y Dumati. Los refuerzos habían llegado, y si la Sargento iba a ayudarla, Dumati no tenía nada que hacer ya.

Jean pudo ver que la sargento, de hecho, venía de librar otro combate. Lo supo solamente por los bajos de su pantalón, manchados de sangre oscura. La joven marine miró a Dumati mientras se cuadraba y se ponía en posición. Aguardaría ordenes e intentaría servir de apoyo a la sargento en el combate que se avecinaba. La voz de la sargento, firme y sin alzar el tono, resonó por la caverna como una sentencia dirigiéndose al revolucionario. Así que sabe quien es observó Jean.

La mirada de Ville se deslizó hacia ella. Jean la sintió como un examen silencioso, un escrutinio que la medía, la evaluaba. Los mineros muertos, los bandidos incapacitados y sus propios compañeros, algunos inconscientes, otros... Nada hacía ver que Jean había hecho un un buen trabajo precisamente. No había logrado proteger a nadie. No había salvado ninguna vida. La joven agachó un poco la cabeza, avergonzada, pero la sargento no pareció decepcionada en absoluto. Durante un instante que pareció eterno, solo sus ojos hablaron, serios, pero con un destello casi imperceptible de... ¿respeto? Un asentimiento apenas visible de su mentón, tan sutil que muchos lo habrían ignorado, pero Jean lo sintió como un torrente de calor en el pecho.

"Buen trabajo"

La voz de Ville era seca, concisa, pero cada sílaba llevaba el peso de un reconocimiento genuino. Aquellas palabras, desprovistas de cualquier adorno, significaban más para Jean que cualquier medalla. Sintió cómo su espalda se enderezaba un poco más, una inyección de orgullo que, por un momento, disipó el cansancio y el dolor. Tanto ella como sus compañeros no habían podido salvar a la gente de la mina, pero si derrotaban al revolucionario habrían salvado muchas otras.

Dumati, herido en cuerpo y alma, no soportó el seguir viéndose cada vez más acorralado. Un rugido de rabia contenida escapó de su garganta, y se abalanzó, no hacia la Sargento Ville, sino directamente hacia Jean, buscando un último acto de desesperación o de venganza.

Jean alzó su espada, pero Ville actuó antes. La joven apenas vio un borrón. La Sargento se interpuso entre ellos con una naturalidad pasmosa, como si el ataque de Dumati fuera un movimiento predecible en una coreografía conocida. Su pierna subió y la espada de Dumati salió volando en un destello de acero girando en el aire antes de caer con un repique sordo al polvoriento suelo de la mina. Antes de que el cuerpo de Dumati pudiera reaccionar al desarme, la otra pierna de Ville trazó un arco. Un crujido seco, el cuerpo de Dumati se elevó hacía atrás y luego se desplomó contra el suelo, inerte. Inconsciente. 

Jean observó la figura inmóvil de Dumati. La furia, el cinismo y la desesperación que lo habían consumido... todo se había apagado. No por su mano, sino por la de Ville. Un alivio inmenso la invadió, pero también una extraña amargura. Había intentado salvarlo, ofrecerle una salida... Y había fallado en eso. 

- Por supuesto. - asintió Jean, cuadrandose ante su sargento y envainando a Zéphiros. - Tendrá un informe completo mañana a primera hora. 

Con una mirada hacia el cuerpo inerte de Dumati, Ville reveló la verdadera magnitud de la amenaza: un revolucionario peligroso que, durante semanas, había sembrado ideas disidentes, reclutando trabajadores de astilleros e incluso soldados de bajo rango. Sin la intervención de ese día, las consecuencias habrían sido graves. Las palabras de Ville no buscaban consuelo; ofrecían la cruda verdad de la situación. La joven no pudo mirar también al cuerpo de su oponente y pensar en si de verdad había algo en sus palabras que lograra encender el corazón de los demás. Aquellos a los que había reclutado, ¿eran personas como él, que solo buscaban justificar su violencia? ¿O había algo más?

Con el último eco de las palabras de la Sargento Ville, la mina pareció encogerse alrededor de Jean. El hedor a pólvora, sudor y sangre se desdibujaba, el polvo se asentaba y la oscuridad se volvía menos opresiva. Jean sabía que su misión en ese lugar había llegado a su fin. Se irguió, sintiendo el peso de la fatiga en cada músculo, pero también una extraña ligereza en su espíritu. Se giró, dejando atrás el cuerpo de Dumati, los escombros y la sangre que habían marcado su paso. Era hora de abandonar ese lugar sombrío. De salir a la luz. Era hora de regresar a un mundo que, ahora lo sabía, necesitaba un escudo como ella.
#17
Cita:Kenzo Fujiwara obtiene: (Narrador)
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Jean D'Orlanais obtiene: (Participante)
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