El torneo de gremios [AVENTURA T3] [PRESENTE ABS.]
#1
DIA 16 DE PRIMAVERA, AÑO 16.

El sol caía con desgana sobre los tejados rojizos de Whiskey Peak, bañando de un dorado cálido la cima de la colina donde se alzaba, imponente, la taberna más célebre de toda la isla, “El Barril del Diablo”. Allí, donde las calles de piedra se estrechaban y se fundían con los senderos polvorientos que descendían hacia el puerto, se erguía aquella mole de madera oscura y techos descomunales, como un gigante dormido que había visto pasar generaciones de forajidos, músicos, comerciantes y piratas con más leyenda que juicio. La fachada conservaba el alma de los tiempos antiguos, robustos pilares tallados con formas de barriles rebosantes, gárgolas de hierro oxidado en forma de diablillos borrachos y una marquesina ondeante que crujía al son del viento del oeste. La puerta doble, del tamaño de un portón de astillero, estaba siempre abierta de par en par, como si el lugar mismo te invitara a entrar sin importar quién fueras, siempre que tu historia valiera una canción o al menos un buen trago. En su interior, el espacio era casi catedralicio. Los techos se alzaban tan alto que el humo de los cigarros flotaba como nubes en un cielo domesticado. Lámparas de aceite colgaban de cadenas gruesas como grilletes de galeote, arrojando una luz cálida que se deslizaba por los muros cubiertos de mapas, banderas piratas raídas y cabezas de animales imposibles. Las vigas expuestas, ennegrecidas por los años y por mil fuegos encendidos en noches de desenfreno, sostenían balcones interiores donde algunos parroquianos más discretos bebían y jugaban a los dados alejados del bullicio principal. La planta baja, sin embargo, era un hervidero de risas, gritos y música. Una banda de músicos ambulantes tocaba una tonada acelerada en el rincón más cercano al escenario, donde un tambor improvisado y un violín desafinado daban ritmo a un par de bailarinas de faldas rotas pero sonrisas brillantes. El olor a ron derramado, sudor, especias picantes y carne asada se entremezclaba en el aire, embriagando incluso a quienes aún no habían probado la bebida. Detrás de una barra tan larga como un barco mercante, un cantinero corpulento con un solo ojo y risa de trueno servía jarros que rebosaban espuma. Fue en ese instante que Sigurd atravesó el umbral, su silueta recortándose brevemente contra la luz del atardecer antes de ser devorada por el murmullo viviente del “Barril del Diablo”.

Apenas puso un pie dentro del “Barril del Diablo”, Sigurd sintió cómo la atmósfera del lugar lo envolvía como una manta cálida y bulliciosa. El murmullo de conversaciones entrechocando, el sonido áspero del violín mezclado con el golpeteo rítmico de botas contra el suelo de madera, las carcajadas espontáneas, todo ello formaba un tapiz de vida que parecía ignorar la existencia del mundo exterior. El guerrero, alto y de aspecto rudo, atrajo de inmediato algunas miradas curiosas. No fue por desconfianza ni hostilidad, sino por el interés genuino que despiertan los recién llegados en un sitio donde cada rostro cuenta una historia. Una mujer de cabello rizado y vestido floreado, que bailaba sin preocuparse del ritmo, le dedicó una sonrisa pícara antes de darle un empujoncito con la cadera y reírse a carcajadas. -¡Vamos, grandullón! ¡Aquí nadie se queda parado como estatua!- Exclamó, mientras seguía girando entre la multitud. Un par de hombres fornidos que compartían una mesa abarrotada de platos humeantes lo llamaron con un gesto de jarra alzada. -¡Oye, tú! ¡El de la cara de haber cruzado media Grand Line andando! ¡Ven, prueba esta sopa de anguila! ¡Te hará sudar hasta el alma! Bromeó uno de ellos, señalando un cuenco rojo de especias que chispeaban. La cerveza apareció ante él sin siquiera pedirla, colocada por un camarero que guiñó un ojo como si fueran viejos amigos. -Cortesía de la casa… o de la mesa cuatro, depende de cuánto te guste el picante...- Añadió entre risas, antes de perderse entre los pasillos abarrotados. Una anciana diminuta con más años que dientes le dio una palmada en el brazo mientras pasaba, murmurando. -Buen porte, jovencito. Quédate a ver la pelea de gallos más tarde, es de las buenas.- Incluso un niño que se escabullía entre piernas y sillas lo miró como si fuera un gigante de leyenda, antes de lanzarle una nuez como quien lanza un reto divertido. Todo era celebración, como si ese dia en Whiskey Peak hubiese decidido olvidarse de las cicatrices del mundo.

Mientras el ambiente continuaba desbordándose en una sinfonía de risas, bailes torpes y brindis cada vez más ruidosos, Sigurd se mantenía firme, como un roble en medio del vendaval. Aceptaba los gestos con cordialidad, asentía ante los saludos, y aunque sus palabras eran escasas, su presencia no pasaba desapercibida. Había algo en su forma de mirar, en la gravedad serena con la que sostenía el jarro de cerveza entre los dedos, que sugería que había visto cosas que pocos allí podrían imaginar. Pero entonces, entre las sombras de las columnas y los vaivenes del gentío, emergió una figura que parecía moverse con un propósito distinto al de los demás. No bailaba, no reía, no llevaba en sus manos bebida alguna. Caminaba como quien busca algo, o a alguien. El hombre era alto, unos dos metros, fortachón y con un poco de panza, vestido con una camiseta de marrón oscura, de barba rala y mirada astuta. Se acercó a Sigurd con una sonrisa franca, no altanera, y le dio un leve golpecito en el brazo, como quien despierta a un colega dormido. -Oye...- Dijo con tono amigable, aunque sus ojos brillaban con una chispa que iba más allá de la cordialidad. -No todos los días escucho una historia como la tuya. Dicen que levantaste una vaca… ¡una maldita vaca!… con las dos manos, bebiste la leche de sus ubres y la lanzaste por los aires como si fuera un saco de harina.- Rió por lo bajo, pero no de burla, sino como quien disfruta de la excentricidad ajena. -Eso me pareció… llamativo.- Luego bajó un poco la voz, como si el tono festivo del entorno no le alcanzara. -Mira, me gusta ser directo y no dar rodeos. Se que no tienes recompensa. No estás en ninguna lista. Y eso me gusta. Significa que eres nuevo, pero fuerte. Y sobre todo, impredecible. No quiero pelear contigo. No me interesa saber qué tan lejos podrías lanzar a un hombre. Me interesa hacer tratos.- Se inclinó apenas hacia él, casi conspirador. -Si estás interesado, sígueme. Y sin esperar confirmación, giró sobre sus talones y se abrió paso entre la multitud con sorprendente soltura. Caminó por un pasillo lateral apenas iluminado, y antes de perderse del todo, abrió una puerta discreta y desapareció por ella, dejando tras de sí solo un leve chirrido de bisagra y la promesa de algo que, sin duda, no formaba parte de la fiesta.

Apariencia del personaje


MENSAJE DE BIENVENIDA
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Alas Negras
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#2
Día 16 de primavera. Año 16

Outfit ---- Sigurd de Whisky Peak

Si algo tienen en común mis aventuras y las batallas, a parte de ser muy divertidas y sangrientas, es que te dejan con un hambre de mil demonios. Es por eso que, de vez en cuando, toca parar y descansar en el mejor lugar de la tierra, después del campo de batalla o las piernas de una buena mujer: Las tabernas. Y el viejo Don Benito me había recomendado ir ese mismo día a una en particular. Todos los caminos de la isla te acaban reconduciendo al mismo lugar. Ante mi se presenta "El Barril del Diablo". La taberna más grande de la isla, y probablemente, la más grande que he visto en mi vida hasta el momento. Un templo dedicado a la cerveza, a la fiesta y a la buena vida. La noche esta al caer y no hay tiempo que perder. Miro la enorme puerta doble de la entrada, capaz de albergar a gente que me dobla en tamaño. El sonido del interior invita a pasar, con ese ligero aroma y esa tonadilla fiestera que se escucha desde el interior. Me pongo firme, ajusto cómodamente a Yggdrasil sobre mi hombro desnudo, tomo aire profundamente y esbozo una sonrisa. -Tiene pinta de que va a ser una noche inolvidable. ¡Vamos allá!- Entro con paso lento pero decidido. Agacho un poco la cabeza al entrar por costumbre, sosteniendo el sombrero para que no caiga. Una vez dentro, la estancia es enorme, y puedo estar perfectamente erguido. No solo eso, sino que podría incluso saltar o correr. La taberna es inmensa.

Un par de pasos adelantado a la puerta principal, ya en el interior, me quedo estupefacto frente a lo que me encuentro. El olor a ron y cerveza de la peor calidad que lucha contra el aroma de la carne especiada piki piki. El ritmo desenfrenado de tasca pirata que se ahoga con los gritos de los clientes ebrios. Las miradas y los juegos entre la peor calaña del mar azul y las mujeres más provocativas de la tierra. En mi cara solo se puede ver la felicidad. -¿Acaso estoy en el paraíso? ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- grito sonriente, mientras río a carcajadas. Todos aquellos que pudieran dudar de mis intenciones al llegar, entienden ahora que vengo a disfrutar de la noche y a ser uno más en este santuario de aventureros. Es entonces cuando, antes incluso de que pudiera reaccionar, una bailarina tan hermosa que haría naufragar barcos me da un toquecito juguetón y me anima a divertirme. Doy un par de pasos siguiéndola, con una sonrisa boba que no pierde de vista el moverse de sus caderas y su cabellera dorada, antes de que se pierda entre la multitud y la danza. Es ahí cuando me llaman desde otra esquina. Unos hombres con pintas de saber dar pelea me invitan a comer un plato local. Uno que parece ser solo para estómagos de acero. No tardo en seguir la fiesta cuando una anciana me sugiere no perderme una pelea de gallos. Luego una aventura de un marinero loco. Más tarde una pelea de borrachos. Luego un niño correteando y robando carteras. Todo acompañado siempre con cervezas, carne de primera, compañía de buena música y mejores mujeres. -Dioses... Si algún día me jubilo, pienso jubilarme aquí. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-

La noche va sucediendo y las horas pasan con un entretenimiento distinto en cada rincón de "El barril del Diablo". Justo ahora estoy sentado en una enorme mesa circular en mitad de la taberna, plagada de jarras de bebidas que ya no distingo y diferentes platos que apenas consigo saborear. Ando escuchando atento la anécdota de un viejo lobo de mar, completamente borracho, que dice haber enfrentado a gigantes ancestrales. Algunos le creen, muchos otros le ignoran y siguen con su fiesta y sus adicciones. En mi brazo izquierdo tengo abrazada a la potente rubia que me había dado la bienvenida, que no se ha resistido a este torso desnudo y mis músculos curtidos en batalla. A la derecha, mi aliada más fiel. Yggdrasil resposa imponente clavada en el suelo. Los niños se acercan a jugar a levantarla, sin éxito.
Y entonces, desde las sombras, algo toca mi brazo fuera de mi campo de visión. Sobresaltado me giro rápido, ante la evidente llamada de atención. Es un hombre, grande para los de su raza, diminuto para mí. Escucho con atención, aunque con cara de asco, lo que me tiene que decir. Habla sobre mi, sobre rumores que ha escuchado de mis proezas y, sobretodo, sobre que todavía nadie me anda pisando los talones. Me pide que lo siga, que quiere hacer negocios conmigo. En un primer momento me quedo mirándolo con cara desagradable. Aunque ahora es algo bueno, me jode no ser lo suficiente relevante como para que nadie quiera venir tras de mi con ganas de bronca. Por otro lado, se le ve sincero y ha venido de frente y con aparente sinceridad. Eso me gusta. Sin perder la cara de asco, me levanto, apartando a la muchacha sin mucho reparo. Extiendo el brazo y recojo a Yggdrasil con una sola malo, maravillando a todos los críos del lugar y apoyándola en mi hombro derecho.
-Bien, te acompaño.- acepto con tono serio y el rostro de mármol. Entonces miro a la bailarina por última vez antes de marchar. La miro de arriba abajo y me cuestiono seriamente si debo ir a por los negocios o quedarme. Por desgracia, la intriga me puede. Saco de la bolsita de mi cadera un billete de 1000 Berry y lo pongo encima de la mesa. -Toma, para que te acuerdes de mí cuando vuelva.- y le guiño el ojo con torpeza y una sonrisa que pretende ser pícara. 
Avanzo entre la gente, siguiéndolo de cerca, pues apenas me espera. Cruza un pasillo y al final, una puerta. En el peor de los casos, realmente me pedirá alguna especie de negocio y ganaré dinero. En el mejor, será una emboscada y tendré que matarlo. Con suerte, amabas. Así que no hay nada que perder y demasiado que ganar. No hay duda, debo seguirle. Cargo a Yggdrasil frente a mi, con ambas manos, preparado para todo. Cruzo la puerta con decisión y, ahora sí, una sonrisa en el rostro. -Espero que valga la pena lo que me propones, hombrecillo. He renunciado al polvo de esta noche por ti. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-
En efecto, cajita feliz
#3
Desde el otro extremo del salón, entre el caos organizado de taburetes tambaleantes y platos que viajaban de mano en mano, podía verse a Sigurd disfrutando de la noche como un pez en el agua. Su risa era sonora, abierta y sin reservas, y el brillo de sus ojos dejaba claro que estaba exactamente donde quería estar. Rodeado por una docena de rostros sonrientes que lo animaban, brindaban con él y le pasaban nuevas jarras de cerveza sin descanso, parecía haber tejido su propio centro de gravedad dentro de la taberna. Una joven de cabello rubio y labios gruesos, cuya belleza destacaba incluso entre los destellos anaranjados de las lámparas colgantes, estaba sentada con total naturalidad en su regazo. Sus dedos acariciaban despreocupadamente el borde del cuello de la camisa de Sigurd. El contraste entre esa imagen de celebración y el rostro del hombre rubio que le había interrumpido, que aún se mantenía estoico y reservado a pocos metros, era llamativo. Lo observaba desde el pasillo, a medio girar, apenas antes de desaparecer por la puerta. Ese silencio contenido, esa postura firme, le generó un leve escalofrío al rubio. No por una amenaza directa, sino porque en ese hombre había algo incontrolable, algo que no se podía leer fácilmente. Sin embargo, pese al miedo fugaz que le pinchó en la nuca, el desconocido no dudó. Estaba seguro de que Sigurdlo seguiría. Era de ese tipo de hombres que no podían evitarlo: los que olfateaban el cambio en el aire, los que no dejaban que las oportunidades se escaparan sin al menos mirar qué había detrás de la puerta. Aunque pareciera indiferente, aunque no hubiera pronunciado ni una sola palabra, el rubio sintió que su propuesta había sido escuchada. Y más importante aún, que había despertado una chispa, aunque no pudiera verla. Con eso bastaba.

Una vez que Sigurd entró en la sala con el desconocido, la puerta se cerró con un leve chirrido metálico a sus espaldas, aislando el bullicio alegre de la taberna como si perteneciera a otro mundo. El aire en la sala era más denso, cargado con una mezcla de tabaco dulce, madera vieja y un leve aroma a cera derretida. Las llamas de una chimenea empotrada en la pared izquierda proyectaban sombras largas y danzantes sobre los muebles, creando un ambiente cálido pero deliberadamente íntimo. El crepitar del fuego era el único sonido que se mantenía constante, como una respiración tranquila que contrastaba con la tensión silenciosa que empezaba a gestarse entre esos muros. La habitación, rectangular y de techo bajo, parecía diseñada para la conversación privada, no para la multitud. En el centro, un elegante sillón de cuero marrón, robusto y de respaldo alto, dominaba la escena como un trono moderno. Frente a él, dos sofás de terciopelo oscuro, uno morado y otro anaranjado, formaban un semicírculo acogedor pero estratégicamente dispuesto. Cada uno de ellos parecía haber sido colocado con una intención, una coreografía invisible destinada a encerrar al visitante en un diálogo inevitable. Una única puerta trasera, de madera reforzada con hierro y sin pomo visible, reposaba cerrada al fondo de la sala. No hacía falta ser observador para notar que no era una puerta común. La pared opuesta a la chimenea exhibía un blasón de gran tamaño, colgado con orgullo: fondo dividido en dos mitades, naranja encendido y morado profundo, y en el centro, un sol en llamas de diseño casi tribal, cuyos rayos serpenteaban como si quisieran escapar del marco que los contenía. El hombre de cabellos rubios se dejó caer en el sillón con la comodidad de quien sabe que está en su reino. Extrajo un cigarrillo corto, lo encendió con calma y, tras una profunda calada, miró a Sigurd. Su sonrisa era tranquila, pero afilada en los bordes, como la de un comerciante que sabe que ha atrapado la atención de un cliente muy especial. -Bienvenido a la guarida del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, dejando que el humo se elevara lentamente, serpenteando hacia el techo como si llevara consigo secretos antiguos.

Blasón del Gremio Sol Púrpura


El tipo de cabellos rubios se incorporó ligeramente en su sillón, dejando que la llama del cigarrillo iluminara fugazmente los ángulos marcados de su rostro antes de exhalar con lentitud una nueva bocanada de humo. Lo observaba con una calma calculada, como un jugador que ya había repartido sus cartas y esperaba a que el otro decidiera si aceptaba la mano. Una chispa de admiración cruzó fugazmente su mirada cuando la figura imponente de Sigurd se mantuvo en pie, callado pero atento, como si midiera el valor de cada palabra antes de reaccionar. Le dedicó una sonrisa. Le gustaba tratar con hombres que sabían escuchar. -Mi nombre es Magnus.- Dijo, finalmente, con un tono que equilibraba la cortesía y la autoridad. -Y lo que voy a proponerte, Harold, no es una pelea… sino una oportunidad. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, con el cigarrillo colgando de la comisura de sus labios. La chimenea crepitó suavemente, lanzando destellos cálidos que acariciaban las paredes decoradas no solo con el blasón de aquel gremio, sino con mapas antiguos y armas colgadas como trofeos. - Soy el lider del Gremio Sol Púrpura.- Dijo, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia el símbolo de sol en llamas, suspendido sobre la pared como un ojo vigilante. -Somos cazarrecompensas, sí. Pero no como los demás. Nos movemos en otra liga. Más organización, menos caos… y más resultados.- Dejó que sus palabras calaran antes de proseguir. Esta vez, su voz bajó una octava, tornándose más íntima, casi confidencial. -Cada año, los distintos grupos y gremios de cazarrecompensas de esta ciudad compiten entre sí. Un torneo de peleas, tensión y estrategia. El grupo o gremio que gane, lidera al resto de pequeños gremios durante los siguientes doce meses. Decide rutas. Reparte contratos. Da órdenes.- Sus ojos se entrecerraron con un brillo persuasivo, y dejó el cigarrillo apagarse solo entre sus dedos. -Quiero que te unas a mi grupo, Sigurd. No se quien eres realmente, pero lo de la vaca, me dice que tienes algo. Fuerza, presencia, respeto. Con alguien como tú a mi lado, ganar este año es más que posible… es inevitable. Y si ganamos, tú no te irás con las manos vacías. Hay una recompensa cuantiosa esperándote. Una suma muy cuantiosa de dinero, por supuesto, y quizás, algo más que necesites.- Se recostó entonces, dejando la decisión flotar en el aire como el humo del tabaco, que se disolvía entre las sombras parpadeantes de la sala, esperando ver la reacción de Sigurd.
Magnus


INFO
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#4
Outfit ---- Sigurd de Whisky Peak

Leyenda

El pasillo se estrecha a medida que me acerco a la puerta. Empiezo quitándome el sombrero para que no roce contra el techo. Luego tengo incluso que agacharme y andar de cuclillas. "Cojones, esto no está muy bien pensado". Según más se aleja el olor a buena fiesta, más cerca estoy de cruzar. Yggdrasil va por delante en todo momento, preparada para la acción. La cargo con fuerza, con ambas manos sosteniendo el mango. Una vez frente a la puerta, con mas torpeza que determinación, entro cargando contra ella con el hombro.

Una vez dentro, la puerta se cierra a mí espalda con un chirrido metálico desagradable, dejándonos solos a mí y a mi posible benefactor en una sala mucho más pequeña, más privada. Con un vistazo rápido puedo ver qué la estancia está decorada por alguien con nulo sentido de la moda: chimenea empotrada, aromas dulces y refinados, sillones y sofás con cuero y terciopelo... "¡Puto terciopelo para apoyar el culo!" Parece la sala de negocios del típico villano nenaza y engreído que se cree muy listo y luego no aguanta ni media ostia. Pero si tiene dinero que ofrecerme por hacer lo que me gusta, pues mejor que mejor. Cruzo la estancia prácticamente cabizbajo y con las rodillas flexionadas. Apenas tengo mucha libertad de movimiento con tantas florituras y muebles. Es agobiante. Sin disimular la incomodidad, me intento colocar en uno de los sofás de nena cursi para empezar la conversación. Más que sentarme, me dejó caer directamente de forma intencional, haciendo que el mueble no aguante el peso y se quiebre en dos debajo mía. Ante ese "accidente" dibujo una sonrisa dejando escapar un sonidillo de orgullo. Sigurd 1, terciopelo 0.

Mientras yo cruzaba y me sentaba, él se dejaba caer en su butaca, donde evidentemente cabe. Y ni corto ni perezoso, se saca un cigarro. Tras encenderlo y darle una calada, empieza a hablar. En efecto, tenía razón. Estamos en su guarida, la guarida de un tipo que habla muy despacio y se toma las cosas con demasiada calma. -Vamos, date prisa y dime para que me quieres.- le interrumpo y le meto prisa entre sus caladas y miradas intensas -¡Cada minuto que pierdo aquí, es una cerveza que podría estar tomando ahí fuera!- termino con un tono más enfadado señalando la puerta y agarrando a Yggdrasil con la izquierda.
Aunque el tío se sigue yendo por las ramas, empieza a gustarme lo que oigo. Me dice su nombre, Magnus, y me dice que es el líder de un gremio de cazarrecompensas. En ese momento estoy a punto de levantarme y darle una paliza por hacerme perder el tiempo, pero de seguido comenta que hay una especie de competencia en la isla. Una batalla entre gremios donde el ganador consigue comandar al resto. Es ahí donde mi cara sería se convierte en interés. Lo que antes era una mueca de mala gana, ahora es una sonrisa pérfida. Magnus está interesado en reclutarme por mis excelentes condiciones físicas y por mi inmenso tamaño. Y eso que todavía no es consciente de mi destreza en batalla. ¿Y que sacaría yo de todo esto? Por poner a este tipo como cabecilla general, me daría una gran cantidad de pasta. Lo que me propone es extremadamente jugoso. Incluso sin el premio económico, solo el participar en una batalla campal entre cazadores de recompensas me la pone como el mástil de un galeón. Sin embargo, aunque con evidente agrado por la propuesta, debo jugar bien mis cartas y ultimar detalles.

Tomo entonces la iniciativa de la conversación. -Me parece una propuesta de puta madre, creo que se me nota en la cara.- digo de forma honesta, buscando ser lo más correcto posible. -Pero hay información que se me escapa... Lo primero de todo. Se dice Haakon. Sigurd Haakon, no Harold. Y lo segundo: ¿Que términos hay en esta competición?- pregunto con curiosidad genuina, más serio. Demostrando interés y que sé dónde me meto. -No me ando con medias tintas, Marcus. Soy hijo del mar y el saqueo. Orgulloso guerrero Buccaneer. Si me peleo, no dejo prisioneros. Quizás deberías valorar eso.- luego hago una pausa breve para que lo piense, aunque sin dejarle responder. Quiero que entienda que, aunque soy una fuerza imparable, cuando toca negociar, también manejo la sartén por el mango. -Y sin querer meterme donde no me llaman...- sigo ahora con un tono más burlón, informal y con una sonrisa pícara y dominante. -Sé lo que valgo. Y sé que no voy a perder. Jarul Jul Jul...- río por lo bajo. Entonces le lanzo mi oferta. -Quiero la mitad del premio monetario y las cabezas de los hijos de puta que se interpongan en nuestro camino. Eso por poner a los Soles Púrpura sobre el resto.- y entonces lo miro fijamente, desafiante. Me inclino hacia delante lo que puedo y, con una sonrisa malévola, le termino de demandar. -Y quiero que, por ponerte a ti personalmente como cabecilla de toda esta gente, me encargues personalmente un barco. Un barco con un navegante de tus hombres que me lleve de paquete, como mínimo, a Little garden. Mi siguiente destino.-
Todo está dicho. No hay mucho más que debatir. Si me quiere en sus filas sabiendo que soy un pirata, mientras pague, es cosa suya. Si quiere ganar con seguridad, tendrá que pagar el precio y darme lo que le pido. Si no, siempre puede quedar segundo, o tercero. O que lo mate ahora mismo. ¿Quién sabe? Yo termino por extender mi mano derecha con un puño. De buenas. -¿Aceptas?- La pelota está en su tejado.

En efecto, cajita feliz
#5
Magnus se dio cuenta de inmediato que aquel hombretón no era alguien que se sintiera cómodo en la espera. Desde el primer momento en que pusieron un pie en la sala, Sigurd se movía con una energía contenida que no lograba disimular. Sus pasos resonaban con fuerza contra el suelo de madera como si cada uno fuera un aviso, una advertencia de la tensión que acumulaba. El aire a su alrededor vibraba de impaciencia. No hablaba, no gesticulaba, pero la forma en que sus ojos se clavaban en el entorno, midiendo espacios, examinando sombras, era tan elocuente como cualquier palabra. Magnus, que no era precisamente un hombre fácil de intimidar, sintió una punzada de duda. Y es que tal vez, solo tal vez, había subestimado las dimensiones del visitante. Y fue cuando se sentó que el error se volvió imposible de ignorar. La butaca crujió, protestó... y luego, en un estallido seco, se hizo añicos bajo el titánico peso del gigante. Las patas cedieron como ramas podridas, y el respaldo se quebró por la mitad, dejando a Sigurd sentado en el suelo con el torso erguido y la misma expresión inmutable de antes, como si no le importara en lo absoluto lo que acababa de suceder. El cuero rasgado y la madera astillada volaron en direcciones opuestas, un caos silencioso que se expandió por la estancia con una mezcla de vergüenza y nerviosismo. Magnus parpadeó. No era fácil cogerlo fuera de juego, pero lo estaba. El hombre de cabellos rubios se llevó la mano a la frente, pasándola por su flequillo hacia atrás, y soltó una risa breve, seca, una que buscaba disimular la incomodidad. -Maldición… Tenía que haberlo pensado mejor.- Se giró rápidamente pensando en alguna alternativa para ofrecerle donde sentarse, pero la verdad es que no había nada que ofrecerle. -Lo siento. Este sitio no está acostumbrado a recibir... invitados tan extraordinarios.- Pero en su mente, Magnus tomaba nota. No solo del error, sino de la impresión que el coloso sin camisa acababa de dejar. Aquello no era solo fuerza bruta. Era una presencia que exigía respeto con solo existir.

La propuesta había sido planteada con claridad: un torneo entre gremios de cazarrecompensas, una competición feroz donde solo uno se alzaría con el derecho de liderar al resto durante un año entero. No se trataba solo de prestigio o de influencia en los bajos fondos de aquel lugar, aunque ambas eran poderosas monedas, sino también de una recompensa en metálico lo suficientemente generosa como para tentar incluso a los más solitarios. Magnus había puesto en palabras firmes y rápidas lo que muchos llamarían una oportunidad irrepetible. Y sin embargo, tras unos segundos de silencio tenso, la respuesta que obtuvo fue muy distinta a lo que esperaba. Sigurd le corrigió. Al parecer había cometido el error de llamarle de otra manera. No fue una interrupción descortés, pero sí imponente. Cada sílaba pareció pesar toneladas, y el eco en la sala, aún resonante por la madera astillada bajo él, magnificó su autoridad natural. No lo dijo con ira ni soberbia, sino como quien enuncia un hecho sagrado, una verdad que no debe ni puede ser malinterpretada. Era su forma de establecer el terreno, de dejar claro que, aunque hubiese entrado como un invitado, no era alguien a quien se le tratara a la ligera. Magnus, que no era ajeno a los juegos de poder, captó al instante el matiz. El rubio se inclinó levemente hacia adelante desde su asiento y agachó la cabeza en señal de respeto. No una reverencia completa, pero sí un gesto medido y diplomático. -Mis disculpas, Sigurd Haakon. No volverá a suceder.- El aire en la sala pareció asentarse un poco. Magnus sabía cuándo hablar menos, y ahora era uno de esos momentos. La presencia de Sigurd llenaba cada rincón del lugar, no solo por su tamaño descomunal, sino por la contundencia con la que imponía sus términos, incluso en un intercambio tan simple como el de un nombre.

La voz de Sigurd se alzó de nuevo con ese tono directo, sin adornos, que parecía más propio de un viejo dios del norte que de un hombre común. Preguntó por las condiciones de la competición con un deje de impaciencia en la voz, como si las formalidades le resultaran innecesarias, casi insultantes. No era alguien que buscara el espectáculo de las palabras, sino la utilidad de los hechos. Pero lo que realmente provocó una reacción fue la forma en que se dirigió a su interlocutor. Le llamó Marcus, haciendo que Magnus alzara una ceja, y la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa lenta, traviesa, cargada de una inteligencia socarrona. Había captado el mensaje oculto entre líneas, o más bien entre nombres. No fue un desliz, no uno accidental al menos. Era la devolución perfecta, la jugada de ajedrez que encajaba como una pieza en su lugar. Una respuesta tan simple y elegante como efectiva. El gigante le había devuelto la moneda, de una manera tan natural que Magnus no pudo evitar disfrutarlo. -Me parece bien, Sigurd. No dejes a nadie con vida. No es mi gremio.- Y entonces estalló en una carcajada seca y extraña, áspera como papel quemado, pero llena de júbilo macabro. -¡JORORORORORORORORO!- Resonó en la sala como un tambor ritual, rebotando en las paredes cubiertas de polvo y cuero, mezclándose con el olor a tabaco y el crujido de la madera rota bajo el peso del coloso. Magnus no tenía reparos en mostrar ese lado menos pulido. Le gustaba jugar con la irreverencia, con la violencia como espectáculo. Pero tampoco era un idiota. Sabía que Sigurd no era un simple ejecutor sin alma, aunque su mirada no lo revelara fácilmente. Había fuerza, sí, pero también voluntad. Y la voluntad, cuando no era domada, era peligrosa.

El aire en la sala se volvió denso, casi palpable, cuando Sigurd finalmente reveló sus condiciones con una voz grave que no dejaba lugar a malentendidos. No hubo discursos ampulosos ni rodeos innecesarios, el coloso habló como quien dicta una ley. Su petición fue tan simple como imponente, la mitad del premio y un barco con navegante que le garantizara llegar sin contratiempos a la siguiente isla. No exigía lujos ni escoltas, sólo eficacia. No hablaba como un mercenario común ni como un oportunista; hablaba como alguien acostumbrado a tomar lo que deseaba y cruzar el mundo con pasos tan amplios como su sombra. Magnus lo escuchó con atención, sin interrumpirlo, saboreando cada palabra como si fuera parte de un vino añejo servido en una copa rota. Cuando el gigante terminó, él sonrió abiertamente, como si acabara de cerrar un trato que ya le convenía desde antes de comenzarlo. Asintió con la cabeza, sin dejar de mirar al gigante a los ojos, como si se tratara de una bestia sagrada a la que se debía mirar con respeto pero jamás con miedo. -Por supuesto que acepto.- Respondió con una calma medida, casi seductora en su tono. -Me parece un precio más que razonable. Pero…- Esa palabra quedó flotando en el aire, rompiendo momentáneamente la corriente de entendimiento mutuo. Magnus hizo una pausa breve, suficiente para que el eco de la tensión se afianzara en los muros. -…me gustaría hacerte una prueba...- Continuó, entrelazando los dedos mientras se inclinaba un poco hacia adelante. -Te vas a enfrentar a un grupo de mis mejores hombres. No quiero que los mates… solo que los derrotes. Con contundencia, sí, pero con mesura. Si lo consigues, no sólo tendrás lo acordado: te daré todo el premio metálico.- Sus palabras fueron directas, pero no estaban vacías. Había en ellas una mezcla de astucia y admiración. No dudaba de la fuerza de Sigurd, pero tampoco era tan ingenuo como para sellar el destino del torneo sin comprobar de primera mano con qué criatura iba a jugar. Entonces tendió la mano, con la palma firme, abierta y segura. Su sonrisa no se desvanecía; al contrario, se ensanchaba con un matiz desafiante, casi teatral.

Magnus


INFO
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Alas Negras
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#6
Todas las cartas están sobre la mesa.Poco más que negociar. Al final, por mucho que me guste su propuesta, yo no tengo necesidad de participar en estos juegos. Yo soy un aventurero pirata, y como tal, mi objetivo debería ser el de cruzar el mar azul recolectando riquezas y viviendo en libertad. Pero también soy un guerrero. Y que mejor oportunidad que esta para demostrarle al mundo mis habilidades en combate. Magnus no tiene problema con la idea de matar, al contrario. Comenta que, al no ser su gente, puedo acabar con todo lo que se me ponga por delante con tal de ganar. La malicia con la que lo dice es notoria. Magnus oculta algo oscuro en su interior, algo que lo hace distinto a otros cazadores de recompensas honrados o que buscan justicia a cambio de dinero. Mejor. Me gusta trabajar con gente que comparte mis mismos ideales. ¿Y que es una competición sin muerte? Si no hay sangre, no es guerra. Es un teatro para niños.

Y entonces acepta. El líder de los Soles Púrpura está dispuesto a pagar el precio de mi destreza a cambio de una victoria asegurada. Sin embargo, tiene una última petición. Quiere comprobar que está pagando por el caballo ganador. Mi rostro se vuelve serio a medida que me va explicando su última condición. Busca ponerme a prueba con un puñado de sus hombres. Que me enfrente a ellos y los derrote sin matarlos, pero con sobrada diferencia. Ver de primera mano al indomable guerrero Buccaneer que está pagando. A cambio, no solo me daría medio premio y un barco con navegante. Sino TODO el premio con barco incluido. Esa es su última oferta.
Nada más terminar de hablar, lo miro impasible. No hay sonrisa, solo un ceño fruncido. Como una centella, pese a lo enorme de mi tamaño, alzo a Yggdrasil con una sola mano y con un movimiento horizontal, la descargo sobre su cuello, frenando justo antes del corte. La hoja del hacha descansa sobre su garganta, empujando el mentón hacia arriba. Un poco de fuerza y el pobre Magnus perderá la cabeza, y no en el buen sentido. Sin alzar la voz, empiezo un discurso. Serio. Frío. -¿Ponerme a prueba?¿Porque no mejor te rajo la garganta aquí y compruebas de lo que soy capaz?- se genera una pausa larga. Y a medida que pasan los segundos, mi cara se va deformando y la imagen postiza de seriedad fingida se va cayendo, hasta estallar en una risa terriblemente estruendosa. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río, bajando el arma de su cuello y dándome golpes en el pecho haciendo mas ruido aún. Sigurd se mofa de la escena, como si fueran amigos de toda la vida -¿Has visto la cara que se te ha puesto? Te pensabas que te iba a matar. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me voy recuperando poco a poco, secándome con la mano libre las lágrimas de la risa y buscando aire. -Bien, bien... Es de tío listo asegurar tu apuesta.- comento a medida que la risa se apaga, retomando la conversación de forma agradable. -Llama a tus hombres y salgamos fuera.- sonrío con sadismo -Voy a calentarlos sin pasarme de la raya.-

En efecto, cajita feliz
#7
El silencio se impuso con una autoridad que ni las palabras ni los gestos podían romper. Magnus mantenía la mano derecha tendida, firme, abierta como la de un jugador que pone las cartas sobre la mesa sin temor. Había en su gesto una mezcla de confianza y diplomacia, sabía que trataba con una criatura de otra pasta, un hombre cuya fuerza desbordaba el molde humano, y aun así no mostraba ni un atisbo de duda o nerviosismo. Pero entonces, el aire cambió. Fue una sensación casi animal, instintiva, como si algo colosal se activara en el ambiente. Una sombra densa, brutal, ancestral. Sigurd no estrechó la mano. En su lugar, movió su gigantesca mole de músculos como una tormenta que apenas necesita aviso, y con un gruñido contenido sacó su enorme hacha, tan vasta como una puerta de acero, tan pesada como la ira de los dioses. En un solo movimiento, limpio y brutal, lanzó un tajo horizontal en dirección al cuello de Magnus. El sonido del acero cortando el aire retumbó en la sala como un trueno encerrado entre paredes de piedra. La velocidad del ataque era abrumadora, una danza mortal ejecutada por una montaña con intención. Pero justo antes de que el filo tocara siquiera la piel del reclutador, se detuvo. El hacha se quedó suspendida, a escasos milímetros del cuello de Magnus, con el filo rozando el límite entre la amenaza y el desafío. Cualquier otro se habría estremecido. Cualquier otro habría dado un paso atrás o habría levantado las manos en señal de sumisión. Pero Magnus no era cualquier otro. Con una serenidad casi sobrenatural, levantó la palma izquierda y la apoyó sobre el filo detenido, como si fuera una hoja de papel en vez de un arma capaz de partir un árbol en dos. Con un gesto lento pero firme, bajó levemente el arma, sin apartar la vista de los ojos de Sigurd, sin retroceder ni un centímetro. -Si me rajas y me matas, te quedas sin premio.- Dijo, con una voz tranquila, sin afectación, como si le recordara a un camarero que se ha olvidado del postre. Había algo más que coraje en sus palabras, era la certeza de que sabía con quién trataba… y que había estado esperando precisamente ese momento.

La carcajada que siguió fue tan atronadora como inesperada, estallando en el recinto con la fuerza de una tormenta sin previo aviso. Sigurd, el coloso sin camisa, con músculos tan definidos como el granito de una montaña tallada por siglos de violencia, se echó hacia atrás ligeramente mientras dejaba escapar una risa amplia, gutural, desquiciada. Era una risa que no buscaba aprobación, ni tampoco respuesta, se trataba de una liberación salvaje, un torrente de júbilo primitivo por haber medido el temple de aquel hombre frente a él… y haberlo encontrado interesante. En sus ojos brillaba la chispa caótica de alguien que vivía por y para el conflicto, que se deleitaba en poner a prueba los límites de los demás, y en esta ocasión, Magnus no solo no había retrocedido… sino que le había plantado cara con la calma impasible de un roble en medio de una ventisca. Magnus, por su parte, permaneció inmutable durante todo aquel estallido de energía. No alzó una ceja. No se tensó. No intentó siquiera fingir risa ajena o sorpresa. En su interior, lo entendía con una claridad meridiana: hombres como Sigurd no se enfrentaban con gritos, ni con fanfarronería. Se enfrentaban desde la frialdad calculada, desde la serenidad que incomoda a los impulsivos. Si dejaba que el ritmo lo marcara Sigurd, pronto se encontraría bailando una danza que no era suya. Así que simplemente bajó la mano que seguía tendida y se incorporó con tranquilidad desde su asiento. Le sostuvo la mirada un segundo más, como un crupier que ha aceptado una apuesta alta y no necesita comprobar las fichas. Luego esbozó una sonrisa, tan leve como sincera, y asintió con naturalidad. No había burla, ni temor, ni altanería. Solo aceptación y pragmatismo. -Sígueme, Sigurd. Veamos de que pasta estás hecho.- Dijo, con un tono firme, sereno, como quien abre una puerta sin mirar atrás. Y sin añadir una palabra más, se giró sobre sus talones y comenzó a caminar, confiando en que aquella montaña de músculo, locura y acero lo seguiría.

Magnus avanzó con paso constante por la puerta trasera del despacho, una vieja entrada de madera reforzada que crujió ligeramente al abrirse, dejando tras de sí un sonido hueco que se perdió en la penumbra del pasillo. Para él, aquel corredor no era más que una vía de escape habitual, estrecha pero funcional. Sin embargo, para el coloso que venía detrás, la realidad era muy distinta. El pasillo desembocó en un amplio callejón, tras el edificio que albergaba el bar, y allí se reveló el verdadero propósito de aquella salida. El espacio estaba ocupado por un nutrido grupo de guerreros: cincuenta hombres en total, esparcidos en semicírculo, formando un muro humano dispuesto a chocar contra una montaña. Había entre ellos una diversidad que hablaba de experiencia y caos; unos vestían armaduras ligeras manchadas por la batalla, otros llevaban el torso desnudo y lucían cicatrices como medallas. Espadas curvas, hachas melladas, garrotes de hierro, incluso puños envueltos en vendajes teñidos de sangre seca… cada uno había venido con lo mejor que tenía para enfrentarse a lo que, hasta ese momento, era sólo una historia más de taberna. Magnus se apartó del grupo sin decir palabra, caminando con la naturalidad de quien se sabe fuera del peligro. Se dejó caer sobre un viejo barril con la comodidad de quien conoce el terreno como la palma de su mano, sacó un cigarrillo del interior de su chaqueta y lo encendió con parsimonia. Solo entonces, su voz se elevó por encima del murmullo tenso que empezaba a formarse entre los combatientes. -¿A qué esperáis? ¿Esas son las ganas que tenéis de ganar el torneo de gremios? ¡A por el gigante!- Rugió con firmeza, dejando que la chispa de la confrontación prendiera fuego en la voluntad de sus hombres. El combate estaba a punto de comenzar.

Magnus


INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#8
Leyenda

Outfit ---- Sigurd de Whisky Peak


La broma que le hago a Magnus funciona a las mil maravillas. Al menos en mi mente. No puedo evitar descojonarme solo con la idea de haberlo amenazado. Él apenas se mueve cuando el hacha alcanza su garganta. Y aunque parece impasible, seguro está paralizado del terror. "Una bromita entre guerreros, que no hace daño a nadie." Aceptando la propuesta del líder de los Soles Púrpura, nos levantamos para atravesar un portón que nos lleva a la parte trasera del edificio. En esta hay un enorme callejón que supera los 13 metros de ancho. Casi parece una calle principal, pero está oculta tras la enorme taberna y otros edificios, inaccesible para los ciudadanos comunes. Ahí me esperan, formando un semicírculo al rededor de la puerta, un puñado de guerreros y gente de armas. Mercenarios al servicio de Magnus. Mientras el jefe se aleja y se sienta en un rincón para observarlo todo bien, yo hago un recuento rápido, señalado torpemente y contando con los dedos de la otra mano. Las matemáticas nunca han sido lo mío, pero el contar el número de enemigos en batalla y ejércitos. Eso sí se me da algo mejor. Cuestión de práctica, supongo. Deprisa y corriendo, puedo contar hasta 5 decenas de cazarrecompensas.
Con la orden de Magnus, todos sus hombres se ponen en guardia, listos para enfrentarme. Algunos se muestran con más coraje y valor. Otros con altanería y soberbia. Los del fondo con más curiosidad o cobardía. Pero da igual si estás en primera línea dispuesto a darlo todo o en el fondo escondido tras tus compañeros. Todos van a probar la violencia del más orgulloso de los Buccaneer.
Con un gesto rápido de muñeca, alzo a Yggdrasil para, acto seguido, lanzarla contra el suelo. Esta se incrusta con fuerza, clavándose por una de sus hojas. Si debo de ser benevolente para dejarlos con vida y llevarme todo el dinero y el barco, no puedo atacar con el hacha. Así que toca estirar un poco para pegarme a puño limpio. Con los brazos en jarra, empiezo a hacer círculos con el cuello, escuchándose un gran crujido mientras relajo los músculos y las articulaciones. Luego muevo los hombros y las escápulas de atrás hacia delante. Pasados unos segundos, dejo el enorme sombrero descansando sobre el mango de Yggdrasil  y cargo un puñetazo contra la palma de mi mano, frente a mi pecho. Sonrío y grito -Vamos, hijos de puta. ¿No habéis escuchado a vuestro jefe? ¡¡¡VENID A POR MÍ!!!-
La horda, sorprendida, ataca en masa sin contemplaciones. Todos cargan al unísono, buscando acorralarme contra la pared aprovechando que me superan ampliamente en número. Aunque valorando que nadie supera los 2 metros de alto y que yo soy un Bucanero de 7 metros... Quizás no es la mejor de las estrategias. Cuando ya casi los tengo encima, flexiono las rodillas al máximo, haciendo una gran sentadilla. Me impulso entonces hacia el cielo, pegando un enorme salto y levantando una gran polvareda. Supero los tejados de Whisky Peak sin mucha dificultad y veo a los hombrecillos del callejón levantar sus cabezas, buscándome. Rozando el punto más alto que puedo alcanzar de un bote, empiezo a descender como una enorme bala de cañón sobre mis adversarios. Cuando son conscientes de lo que se les viene encima, empiezan a apartarse de la zona de impacto, pero ya es demasiado tarde. Con brutalidad, caigo en el centro de la marabunta, golpeando el suelo con ambos puños, generando una onda de choque que manda a volar a una decena de hombres y hace temblar los cimientos de todos los edificios circundantes. Luego están los pocos que no han sido capaces de apartarse a tiempo, una media docena de inconscientes que se encuentran bajo mis puños y pies. Con suerte, volverán a levantarse algún día.
El combate sigue, y ahora sí me encuentro completamente rodeado. Sin embargo, los peleadores, viendo lo que he hecho de un solo ataque, dudan en lanzarse de nuevo a lo loco. No les doy tiempo a pensarlo mucho y, levantándome toscamente, cargo hacia el sector de mi derecha con el hombro por delante. Como una apisonadora, voy arrollando a todo aquel que se interpone en mi camino. Unos son placados, derribados y pasan por debajo de mis pies, que los aplastan sin piedad, quebrando sus huesos. Otros, tan desafortunados como los primeros, intentan saltar en el momento del impacto o evadirme en el último segundo. Sin embargo, son golpeados brutalmente por mi cuerpo en carrera y salen despedidos por los aires a varios metros de altura.
Cuando me quiero dar cuenta, ya he atravesado el lateral derecho de la horda. Freno, levantando una nube de polvo y arena y los encaro de vuelta. Ahora todos están frente a mi. Bueno, los que quedan. Más de una quincena de hombres cayó en mi primera embestida. Ahora prácticamente una veintena menos. Quedan los últimos 13 frente a mi. En su rostros veo una mezcla de miedo y frustración. En el mío solo se dibuja la satisfacción de la batalla mientras se desliza la sangre derramada, que serpentea por mi torso desnudo. Extiendo los brazos y me mofo. -¡Vamos, venid a acabar conmigo! Os aseguro que si voy yo, será mucho peor... ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL JUL...!!!-
Ya sea por el orgullo dañado o por las consecuencias de desobedecer una orden directa de Magnus, los pocos cazadores que quedan corren hacia mí en una última carga suicida. En estás que podría volver a cargar contra ellos. Volver a pasarles por encima y romper todos sus huesos a pisotones. Pero si Magnus quiere pagar por ver la fuerza de un Buccaneer a costa de la salud de sus hombres, la jugada le va a salir redonda. Mientras todos se acercan envalentonados, yo cargo la pierna izquierda hacia atrás, levantándola del suelo, como si fuera a chutar un balón. Lo hago de forma exagerada, tanto, que el cuerpo se tambalea hacia delante y debo mantener el equilibrio con los brazos. Una vez los tengo a tiro, lanzo una patada en diagonal ascendente que barre con todo a su paso. El remate no frena en el cuerpo del primero con el que impacta, sino que sigue arrastrándolo y chocando con cada uno de los mercenarios que se cruza en el camino. La fuerza de la patada es tal, que todos los que estan cerca salen volando lejos, empujados por el viento y la violencia del ataque.

La batalla ha terminado. Si es que a esto se le puede llamar batalla. Los hombres de Magnus o tienen los huesos machacados o han salido despedidos y han aterrizado por aquí y por allá. Me acerco a paso lento hacia Yggdrasil, algo decepcionado. Me habría gustado disfrutar un poco más. Me coloco el sombrero de vuelta y levanto el arma del suelo, cargándola sobre mi hombro derecho ensangrentado. Me giro hacia mi benefactor, con cara larga. -Ahí los tienes. La fuerza de los Buccaneer. Si he hecho bien mi trabajo, solo contarás heridos. Pero yo no estaría tan seguro.- bostezo entonces, pues ya está bien adentrada la noche. -Dime, ¿tienes algo más interesante para mí o me puedo largar ya?-

En efecto, cajita feliz
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2688 + 0 = 2688
Energia: 1822 - 500 = 1322
Espiritu: 645 + 0 = 645
#9
La escena que se desplegaba ante Magnus era un festín de violencia, caos y fuerza descomunal. El callejón, que momentos antes parecía un simple traspatio tras un bar cualquiera, se había convertido en un campo de batalla donde el estruendo de los metales y los gritos de combate se fundían en una sinfonía brutal. Y en el centro de todo, como el ojo de una tormenta que no podía ser contenida, estaba él: Sigurd. Una mole descomunal, desnudo de torso, con cada músculo de su cuerpo tensado como si su carne hubiese sido forjada en la misma fragua que su espíritu. Bajo su sombrero de ala ancha, de estilo mexicano, la sombra ocultaba parcialmente su rostro, pero no su furia. Movía sus gigantescos brazos, derribando enemigos a izquierda y derecha con una mezcla de potencia bruta y una intuición asesina que pocos guerreros podrían igualar. Magnus, desde su posición sentada sobre el barril, observaba todo con una mezcla compleja de emociones. Sus ojos seguían cada movimiento de su nuevo fichaje con un brillo febril: era preocupación por sus hombres, sí, pero también una chispa de euforia difícil de ocultar. Cada vez que uno de sus soldados caía al suelo tras un golpe demoledor, sentía la punzada del líder que ve a sus piezas caer. Pero también era el estratega quien sonreía por dentro, consciente de que había encontrado algo más que un simple matón. Aquello era una fuerza de la naturaleza, un monstruo con forma de hombre, un titán vestido de harapos y con la mirada salvaje del que no entiende las reglas del mundo civilizado… y que no necesita entenderlas para dominarlo. Cuando el último de sus hombres cayó al suelo con un gemido, o simplemente decidió no volver a levantarse, el silencio se hizo dueño del lugar. El único sonido fue el del cigarrillo de Magnus al caer al suelo, seguido por el aplauso sincero, vibrante y sin reservas de quien ha visto algo digno de leyenda. -Muy bien, Sigurd. El trato está hecho.- Declaró con voz firme y satisfecha, mientras caminaba hacia el gigante. Le entregó un pequeño papel doblado. -Dormirás durante estos cuatro días aquí. Es una de las bases de nuestro gremio. Quiero que te quedes ahí hasta que empiece el torneo. No salgas de allí, no quiero que sepan que eres mi arma secreta. Tendrás comida, bebida… y mujeres. No te preocupes por eso.- Sin decir más, giró sobre sus talones y se alejó. A su segundo al mando, que había presenciado todo con la boca abierta, le bastó una mirada para saber qué hacer. -Atiende a todos los heridos.-

Dia 20 de Primavera, año 16.

La mañana había amanecido cargada, no solo de nubes pesadas y grises que tapaban el cielo como una manta húmeda, sino también de una electricidad invisible que se sentía en el aire, en la piel, en el pecho de todos los que estaban reunidos en aquella base del gremio. Había nerviosismo, sí, pero sobre todo emoción contenida, el tipo de expectación que precede a los grandes acontecimientos, cuando se sabe que algo memorable está por suceder. Durante los últimos cuatro días, aquella casa, una fortaleza camuflada en los márgenes del distrito sur, se había convertido en el santuario del gigante. Un lugar de reposo, comida abundante, bebidas que fluyeron sin límite y compañía femenina generosa que lo trató como a un dios antiguo recién despertado de su letargo. Pero incluso los titanes deben levantarse. Sigurd, ese coloso de carne y músculo, no parecía afectado por el tiempo o la espera. Se encontraba sentado en el centro del patio, con la espalda apoyada contra una enorme roca que nadie más podía mover. Su torso desnudo brillaba ligeramente por la humedad del ambiente, cada fibra muscular marcando el mapa de un cuerpo cincelado por la guerra. Su sombrero de ala ancha le cubría los ojos, y por un instante, cualquiera pensaría que dormía. Pero no era así. Estaba despierto, despierto como solo pueden estarlo los depredadores que han olido la sangre a la distancia. No hablaba mucho, no había preguntado nada en estos días, pero su mirada a veces se perdía en el horizonte, como si pudiera ver el campo de batalla antes de que existiera. Fue entonces que Magnus apareció, abriendo la puerta principal con una energía explosiva, como si el cielo mismo le hubiese lanzado al mundo en ese momento. Vestido con su abrigo habitual y una sonrisa amplia, se plantó ante Sigurd como un general antes de la marcha. -¡Sigurd!- Exclamó, su voz rebotando en los muros del patio. -Espero que hayas descansado estos días. Ahora te toca darlo absolutamente todo. ¿Estás preparado?- El gigante alzó el rostro, dejando ver una mueca que podía interpretarse como una sonrisa... o una amenaza. -¡Sígueme!- Ordenó Magnus, girándose de inmediato mientras los miembros del gremio aplaudían y vitoreaban. El torneo estaba por comenzar, y su arma secreta… estaba lista para desatarse.

Magnus avanzaba con paso firme, los brazos cruzados tras la espalda y la cabeza en alto, como si estuviera conduciendo una procesión hacia el altar de los dioses. A cada paso, el bullicio del pueblo crecía. Calles estrechas repletas de curiosos se abrían a su paso como una marea humana, empujada por la tensión y la fascinación. Sigurd lo seguía sin prisa, pero con una presencia que no podía ignorarse. Cada pisada suya dejaba una huella profunda en la tierra húmeda, un temblor apenas perceptible que hacía girar cabezas, estremecer a los débiles de espíritu y despertar murmullos entre los espectadores. Su torso desnudo captaba la luz grisácea del día con un brillo aceitoso y severo; la lluvia, todavía contenida, parecía dudar si caer, como si ni siquiera el cielo quisiera interrumpir lo que estaba por ocurrir. El sombrero mexicano le ocultaba los ojos, pero el aura del gigante hablaba por él: imponente, indómito, absolutamente letal. El camino desembocó en la plaza central del pueblo, donde el barro lo cubría todo. Allí se alzaba el campo de batalla improvisado: un cuadrado de apenas diez metros por lado, sin adornos ni protecciones, delimitado por sogas bajas y flanqueado por un mar de espectadores. Los de pie rodeaban el campo como un anillo humano, empujándose por un mejor ángulo. Más atrás, sobre gradas rudimentarias de madera, los ricos, comerciantes y autoridades locales se acomodaban, algunos con vino, otros con apuestas ya escritas en sus palmas. El murmullo general se convirtió en un rugido contenido cuando vieron entrar al gigante sin camisa, y no fueron pocos los que tragaron saliva. En la esquina opuesta del cuadrado embarrado, otro titán humano aguardaba. Conrad, así lo llamaban: calvo, de piel curtida como cuero viejo y una mandíbula que parecía tallada en roca. No tenía camisa tampoco, como si fuera una especie de ritual compartido entre bestias. A su espalda, una espada de proporciones absurdas reposaba con un peso que habría roto los hombros de cualquier otro. Sus ojos eran los de un animal acorralado: feroces, pero fríos. El público lo ovacionó, aunque con menos pasión que a Sigurd. Entre ambos, el árbitro, un anciano menudo vestido con traje de chaqueta pulcro, parecía una figura sacada de otro mundo. Con voz firme, pese a su aspecto frágil, se colocó en el centro del cuadrado y levantó una mano. La primera pelea del torneo estaba por comenzar. Y el barro… sería testigo de una batalla entre titanes.

Gremio Garra Serena


Guerrero Conrad


El anciano árbitro se mantuvo erguido en medio del campo embarrado, como si la edad no pudiera tocar su porte digno. Su chaqueta impoluta desentonaba con la suciedad del entorno, y sin embargo, no había ni una mancha en ella. Con movimientos pausados y ceremoniales, levantó una mano hacia el cielo nublado, captando la atención del gentío expectante. Las gradas enmudecieron. El silencio, aunque breve, fue denso, cargado de electricidad. Entonces, el viejo metió la mano en el interior de su chaqueta y extrajo un pequeño gong de bronce, redondo, con inscripciones apenas visibles a la distancia. Con la otra mano, sacó una diminuta maza forrada en cuero. Sus ojos, hundidos en arrugas y años, se movieron de Sigurd a Conrad. Y en ese instante, alzó la voz con una energía inesperada. -¡Señoras y señores!- Gritó con fuerza, la voz firme como si hablara desde lo alto de una montaña. -¡En esta esquina, representando al gremio Sol Púrpura, el coloso sin nombre, el hombre que hizo temblar los cimientos de esta ciudad... el titán de siete metros… ¡SIGURD!- Los vítores fueron ensordecedores, el suelo vibró con los saltos del público, y desde las gradas se alzaron manos, pancartas improvisadas y botellas levantadas al cielo. Pero la reacción se duplicó cuando el árbitro giró su cuerpo hacia la otra esquina. -¡Y en la otra esquina, campeón de tres torneos locales, jefe de escuadra del gremio Garra Serena… el último que derrotó a un toro gigante en combate cuerpo a cuerpo… el implacable… CONRAD!- El estallido de la multitud fue casi violento. No había duda: aquel combate sería legendario. Sin perder el ritmo, el anciano dio un paso atrás, alzó su gong y lo golpeó con solemnidad. Un clong agudo y metálico surcó el aire como el zumbido de una campana fúnebre. El combate había comenzado. Conrad fue el primero en moverse. Con una mano firme, desenvainó su espadón. El arma relució con un destello siniestro bajo la luz opaca del día. Su hoja, tan larga como un hombre promedio, estaba mellada por múltiples combates. El guerrero la alzó con un solo brazo y la apuntó directamente hacia Sigurd, su rostro endurecido por una determinación inquebrantable. No dijo palabra. Solo sus ojos hablaban: “Ven por mí”.

Sr. Dedrick, arbitro del torneo


INFO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#10
La batalla ha terminado. Apenas ha sido un desafío para mí. Todos los hombres de Magnus han sido derrotados de un plumazo, sin mucha dificultad. Me planto frente a él, pidiéndole más sangre, pero este ya ha visto lo que quería ver. Ya sabe que ha apostado por el caballo ganador. Sin más rodeos, me ofrece una dirección y me pide que descanse allí los próximos días. A cambio de discreción, me ofrece comida, bebida y mujeres. Todo lo que un guerrero de valor necesita. Con una sonrisa en la cara acepto complacido. Esto es lo que uno obtiene cuando es el más fuerte. Lo que desea. Un lugar donde hartarse a comer y a chuscar. Y solo salir para seguir luchando. Cuando cumpla con mi parte y salga de aquí en el barco de los Soles Púrpura... Admito que echaré de menos Whisky Peak.

Día 20 de Primavera, año 16

Los días pasan rápido. Me he dedicado durante todo este tiempo a descansar los músculos, a llenar el estómago y a los rituales más salvajes con las mujeres más provocativas que mi benefactor me ha podido conseguir. Han sido días de ensueño. Pero ya toca trabajar. Mientras maquino tranquilamente sobre mis siguientes pasos para abandonar la isla, aparece el feo de Magnus atravesando el patio. El día está nublado, pero él parece feliz, sonriente. Con solo verle cruzar la puerta y venir hacia mi, ya sé que sucede. Ha llegado el momento de demostrar lo que valgo. Pero esta vez, no contra un puñado de peleles. Sino contra verdaderos peleadores experimentados. Es el momento de ganarme el billete de partida. Con su pregunta, me levanto lentamente y le devuelvo la sonrisa, impaciente por empezar a pelear. Con su orden, recojo a Yggdrasil, que está clavada en la gran roca del centro del patio y, a paso ligero, avanzo tras él. 
El paseíto por las calles de Whisky Peak es digno de un Bucanero como yo. Todos se giran al verme, al ver la potencia de mis músculos y mi enorme tamaño. No son conscientes aún del espectaculo sangriento que pienso liar. Llegamos pronto a una plaza de gran tamaño, en mitad del pueblo. Allí se aglomeran un montón de personas que quieren verme ganar el torneo. Más que nada porque no habrá otro resultado posible. La plaza se divide en tres zonas muy diferenciadas. En los exteriores, unas gradas donde se ve a gente con dinero y buenas ropas. Gente a la que impresionar. En el centro, un pequeño escenario cuadrado lleno de barro, de no mucho más de 10 metros por lado. Ahí es donde pienso matar a mis adversarios. El resto de la plaza, gente llegada desde todas partes, murmurando y rugiendo por ver los mejores combates. Un público estupendo.

Con una mueca asesina, espero en mi esquina a que me den la orden de acabar con mi rival. Este espera en la esquina opuesta. Un hombre, de inmenso tamaño para los suyos, pero no más grande que Yggdrasil. Medirá unos 2 metros y medio. 3 como mucho. Es ancho, de buena espalda y cara de pocos amigos. Porta una espada tan grande como él. Parece devastadora, pero poco práctica para un hombrecito. Lo miro con altanero. Parece frío y aterrador, pero esa es la cara de aquellos que saben que van a morir. Las batallas se esperan con deseo y euforia, no con cara de culo. 
Un hombre aguarda entre nosotros, un humano diminuto y bien vestido. Tras un gesto autoritario, se hace el silencio, y el anciano empieza a hablar. Con una voz poderosa, empieza presentándome al público. Y con los vítores a mi nombre, yo alzo el puño derecho, levantando a Yggdrasil, orgulloso y fiero como una bestia. Es mi momento. Todos me van a conocer. Van a ver el poder de un guerrero del mar. Al acabar las presentaciones, el viejo se retira y hace sonar un gong. El combate comienza.

Conrad desenvaina su espada. La maneja con una sola mano y se pone en guardia, sin moverse del sitio. Me lanza una mirada desafiante, así que le respondo con una sonrisa infernal. Agarro con fuerza el mango de Yggdrasil, cargándola con ambas manos frente a mi pecho, con una hoja apuntando al calvo y la opuesta apuntándome a mí. -Ten mucho cuidado, cazador...- empiezo a gritar una frase con recochineo y en tono burlesco. Entonces, sin esperar un segundo más, flexiono las rodillas y cargo contra el espadachín con un bote casi paralelo al suelo. Un desplazamiento que apenas me levanta centímetros del suelo, en un salto poderoso pero lento. Mientras sucede , cargo a Yggdrasil por detrás de mi nuca, dejando el filo atrasado para lanzar un poderoso tajo horizontal. Los músculos de los brazos se tensan como un resorte a punto de estallar. Cuando tengo a tiro a hombrecillo, apoyo ambos pies de nuevo en el barro y descargo toda mi fuerza en un ataque devastador contra su cuello, como si fuera a partir un tronco de un solo golpe. El viento silba con la trayectoria del acero, hasta que que impacta, desgarrando carne y hueso. El arma entra por un lado del y sale por el otro, mandando a volar la cabeza del tipo a varios metros por la pura fuerza devastadora. Entonces, mientras el cuerpo decapitado se desploma, termino de humillar a mi adversario terminando la frase con la que empecé unos segundos antes -...No vayas a perder la cabeza. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL JUL...!!!-
Me empiezo a descojonar de forma salvaje mientras me retiro a mi esquina. El público puede gritar emocionado, aterrorizado o como le de la gana. Eso me da igual. Todos han sido testigos de lo letal que puedo llegar a ser, y que me alzo victorioso una vez más. Eso es lo único que importa. Una vez en mi esquina, señalo con mi hacha a la grada de la gente con dinero. A los que mueven el cotarro. A los que manejan los hilos en los bajos mundos y en los comercios. Los miro desafiante y altanero, como aquel que busca ser una leyenda. Y tras pegar un fuerte pisotón , rujo con fuerza -¡¡¡Me llaman Sigurd. Contemplad la fuerza de la tribu más poderosa del mundo!!!-

Aún queda día. Aún quedan combates. Eso espero, si no, que dinero más fácil. El furor de la batalla me invade y necesito saciar esta sed de sangre y peleas que me consume.

En efecto, cajita feliz
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2688 + 0 = 2688
Energia: 1322 - 147 = 1175
Espiritu: 645 + 0 = 645


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