La figura de Conrad permanecía inmóvil como una estatua de guerra tallada en carne y hueso, clavando su mirada en el coloso que tenía delante. Sus pupilas grises, casi metálicas, no reflejaban temor alguno, sino algo mucho más puro y más feroz, deseo de combate. Su mandíbula, marcada por años de golpes mal encajados, se tensó en una mueca apenas perceptible. No sonreía, pero había satisfacción en su expresión. Para Conrad, pelear no era un trabajo ni un medio para un fin; era su idioma, su credo, su vida. Y frente a él, tenía a un adversario digno, uno cuya mera presencia obligaba al suelo a crujir, uno que acaparaba cada mirada, cada suspiro de asombro. Un reto de siete metros de altura, sin camiseta, con un sombrero de ala ancha que desentonaba con la amenaza que suponía su cuerpo titánico. Pero Conrad no se intimidó ni por un instante. Él había nacido para este tipo de desafíos. Años atrás, cuando todavía era un joven rebelde en las calles de una ciudad costera sin nombre, ya se había ganado la fama de ser un dolor de cabeza para todo aquel que intentara ponerle un límite. Había crecido entre trifulcas, sobreviviendo a fuerza de puños y reflejos. Su madre lo abandonó a una edad que apenas recordaba y su padre, un alcohólico sin gloria, solo le dejó cicatrices. Pero entre las sombras de su infancia y los callejones llenos de barro y sangre seca, Conrad descubrió un talento brutal: pelear era lo único que se le daba bien. No tardó en sumergirse en los circuitos clandestinos de peleas callejeras, donde hombres se destrozaban por unas cuantas monedas y algo de respeto. Allí forjó su cuerpo y su nombre, ganándose la atención de reclutadores que buscaban más que fuerza, buscaban instinto. Eventualmente, un gremio de cazarrecompensas vio en él un diamante toscamente afilado y lo moldeó con años de batallas contra piratas salvajes y criminales escurridizos. Aprendió a moverse como una bestia, a leer intenciones en una mirada y a acabar un combate antes de que el rival entendiera qué había pasado. Ahora, como miembro principal del gremio Garra Serena, Conrad vivía su mejor versión. No era un héroe, ni pretendía serlo. Solo un guerrero feliz en la única arena donde encontraba paz: la batalla.
El sonido del gong aún flotaba en el aire cuando Sigurd, el gigante sin camisa, dio el primer paso hacia su oponente. Sus pies, del tamaño de pequeños barriles, se hundieron en el barro con un chof húmedo, proyectando gotas oscuras a los costados del campo, para acto seguido, saltar en dirección hacia su rival. Su movimiento, aunque lento en apariencia, tenía algo primitivo y majestuoso, como si una montaña se hubiera decidido a caminar. A cada paso, los gritos del público se intensificaban, algunos coreando su nombre, otros simplemente rugiendo por la tensión que se cocía en ese campo resbaladizo. Su sombrero, amplio y polvoriento, le daba una silueta aún más inusual, casi ridícula si no fuera por la amenaza tangible que exudaba su cuerpo colosal. Y, en sus manos, el arma: una hacha inmensa, curva y pesada, forjada para cortar mucho más que madera. Conrad no esperó. Fiel a su instinto depredador, se lanzó hacia el coloso. Sus pasos eran firmes, ágiles, sorprendentemente veloces para un hombre de su tamaño. El barro le llegaba hasta los tobillos, pero no le impedía avanzar. Su espadón, seguía apuntando al coloso. Iba decidido, sin dudas, sin temor, buscando el momento exacto en el que Sigurd bajara la guardia, aunque solo fuera por un parpadeo. Su estrategia era clara: entrar por el flanco, usar la inercia de su carga para esquivar cualquier ataque frontal y clavar la hoja justo entre las costillas del gigante, donde ni músculo ni hueso pudieran detenerle. Era una danza que conocía bien, una coreografía de violencia en la que había sido virtuoso durante años. Pero entonces, todo se quebró en un solo instante. Sigurd, sin cambiar la expresión de su rostro, movió el brazo con una rapidez que desafiaba toda lógica. Lo que parecía una estatua de carne se convirtió en un relámpago. El hacha cortó el aire con un silbido agudo, húmedo, final. Conrad apenas pudo fruncir el ceño. No hubo tiempo para el miedo, ni para el arrepentimiento. Solo un destello metálico y un crujido seco. La hoja impactó contra su cuello con una fuerza tan descomunal que la cabeza se desprendió limpiamente de los hombros, girando una, dos veces en el aire, antes de caer al barro con un chap sordo. El cuerpo de Conrad, aún tenso por la carga, dio dos pasos más antes de desplomarse de rodillas y luego de bruces, inerte, rendido a la gravedad y a la brutal exactitud del golpe. Un silencio sepulcral se apoderó del público por un solo segundo. Solo uno. Luego, un rugido estalló. Algunos gritaron de emoción, otros de horror. El árbitro, aún con el gong entre las manos, miraba paralizado. Y Sigurd... simplemente se quedó allí, el hacha aún chorreando sangre, como si nada hubiese pasado. Como si cortar cabezas fuese tan rutinario como respirar.
Por un instante que pareció eterno, el tiempo se detuvo. No hubo aplausos, ni silbidos, ni gritos. Ni una sola respiración pareció llenar el aire tras aquel acto atroz y fulminante. La sangre aún goteaba desde el filo del hacha de Sigurd, trazando una línea que se mezclaba con el barro, mientras la cabeza de Conrad yacía a un par de metros de su cuerpo, los ojos abiertos en una expresión congelada entre la sorpresa y la furia. El coloso de siete metros, con el torso desnudo bañado por la luz del sol y la sangre de su oponente, se quedó inmóvil unos segundos. Su sombrero de ala ancha proyectaba una sombra sobre su rostro, ocultando cualquier emoción que pudiera brotar de sus facciones. Para muchos, parecía una criatura ajena al mundo humano. Un espectro con carne. Un ejecutor de carne y hueso. El árbitro, con los ojos abiertos como platos, tragó saliva y alzó su mano temblorosa, aún sujetando el pequeño gong que marcaba el inicio y fin de los combates. No dijo nada al principio. Solo alzó el brazo hacia Sigurd como quien bendice a un dios primitivo, y en voz baja, quebrada por la tensión, declaró al coloso como el vencedor. Las palabras se disolvieron entre los murmullos que empezaban a despertar entre la multitud, como si el público apenas recordara que tenía voz propia. Solo entonces, como si el silencio hubiera sido un hechizo que acababa de romperse, se oyó el primer grito. No vino del pueblo ni de los civiles apostados tras las barreras, sino de un grupo apartado: el gremio de Magnus. Un puñado de ellos, con vendas improvisadas en brazos, piernas y torsos, se pusieron en pie. Algunos apoyados en muletas, otros aún tambaleándose por heridas que claramente no habían sanado. Miraban a Sigurd con una mezcla de respeto, miedo y orgullo. No celebraban la muerte de Conrad, sino la victoria implacable del arma viviente que habían traído consigo. Porque muchos de ellos portaban cicatrices recientes. Golpes, cortes y huesos rotos que contaban una historia invisible para el resto: la de haber probado la furia de Sigurd en días anteriores. Eran marcas de entrenamiento… o de castigo. Cada uno de ellos había sentido el poder del gigante y sobrevivido, aunque apenas. Alrededor del campo, se podían ver a estos guerreros de Magnus desperdigados, sentados o de pie, con el cuerpo maltrecho y la mirada firme. Ellos sabían lo que el público recién empezaba a entender, que Sigurd no era simplemente un luchador. Era un fenómeno de fuerza bruta y precisión animal. Un monstruo controlado, apenas, por un sombrero polvoriento y una vaga dirección. Y mientras los vítores comenzaban a multiplicarse tímidamente entre la multitud, mezclándose con aplausos lentos y silbidos nerviosos, el gigante seguía ahí, impasible, gritando su nombre, con la cabeza decapitada a unos metros de él como si fuera una carta de presentación, como si todo aquello, la muerte, no fuera más que parte de una rutina.
Pero entonces, como una presa que rompe su dique tras años de contención, la calma que apenas empezaba a reconstruirse estalló en mil fragmentos. Desde el otro lado del campo, en las gradas elevadas, las filas de hombres y mujeres que conformaban el temido gremio Garra Serena se levantaron al unísono. Al principio, solo fue un murmullo de pasos apurados y sillas caídas, pero pronto se convirtió en una tormenta de voces, gritos y armas desenvainadas. Eran muchos, como unos cincuenta, quizás sesenta en total, y cada uno llevaba en el rostro una misma emoción: furia. Furia verdadera. No de esas nacidas por orgullo herido o por la derrota de un camarada en combate limpio. Era una rabia salvaje, hirviente, que brotaba del dolor crudo que les había dejado la muerte repentina y brutal de Conrad. Su líder, su escudo, su hermano de armas. Un hombre que había peleado junto a ellos en cien batallas, que los había defendido, enseñado y guiado, ahora yacía decapitado, reducido a nada por un solo tajo. No hubo orden ni estrategia. Ni uno solo de ellos gritó una consigna, ni un nombre, ni una táctica. Solo cargaron, como una manada de bestias herida, arrastrando el polvo y el sudor en su paso. Algunos portaban espadas, otros hachas de guerra, lanzas, cadenas, mazas de púas. Uno incluso llevaba una antorcha, como si su intención no fuera solo matar, sino quemar hasta los huesos. No les importaba el árbitro, ni las normas del torneo, ni la seguridad del público. Solo existía Sigurd. Solo existía ese monstruo sin camiseta, inmenso como una torre, que había segado la vida de su compañero como quien arranca una flor. Y ahora, querían hacerlo pagar. No con un castigo justo, no con un duelo honorable. Querían hacerlo trizas. Querían venganza. La multitud empezó a retroceder, presa del pánico, mientras los gritos se multiplicaban. Algunos se arrojaban al suelo buscando refugio, otros salían huyendo del coliseo como si un cataclismo se avecinara. La seguridad del lugar, superada en número y en confusión, apenas podía contener la estampida de guerreros enfurecidos que ya descendían al campo. Desde los bordes, varios luchadores del gremio Magnus intentaron intervenir, gritar, impedir la masacre… pero la ola de odio era imparable. Garra Serena no era un grupo de aprendices o bandidos. Eran asesinos organizados, curtidos en la guerra y en las cacerías más oscuras del bajo mundo. Y ahora, estaban a punto de chocar contra una sola figura: Sigurd. Una montaña de músculo, acero y silencio, que seguía ahí de pie, con su hacha goteando sangre y el sombrero echado hacia adelante, sin moverse ni un solo centímetro. Como si todo lo que venía… ya lo hubiera previsto.
INFO
RESUMEN
Después de ponerle un poco de lore al bueno de Conrad, tu ataque tiene efecto y lo rematas. Su querido gremio se enfada y se lanza a por tí. Buena suerte, amigo.
BÉLICO
Después de destrozar a Conrad (D.E.P.), seguimos con las hostilidades. Aquí tienes otra horda, esta vez de tier 6.
Cita: escribió:
Horda Rango 6
Formada por 65 personas.
Tienen 650 PV (10PV cada miembro).Si llega a 0PV serán derrotados.
Dañan el 75% de su PV total por turno. Su velocidad de movimiento/ataque es 60 puntos.
Se pueden derrotar de una sola vez a cambio de 650 energía.
Así que ahora eres tu el que toma la decisión. En caso de hacer todo en un turno, puedes describir lo que quieras, como los derrotas a todos, en grupo, a solas, primero a los pelirrojos, luego a los sin barba, etc. El límite es tu mente.
Si tienes alguna duda, ya sabes, puedes contactarme via discord.
Alas Negras
❝
Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
La batalla termina demasiado deprisa. Puede que Conrad de la Garra Serena sea el más fuerte de su gremio. Puede que entre los hombres sea grande, intimidante y un luchador fiero. Pero para Yggdrasil, los títulos y las apariencias valen poco. El acero solo habla con acero, y las armas no esperan respuesta. Con un corte en la yugular, la cabeza del cazarrecompensas cae como un coco caído de una palmera. No hay defensa posible ante la brutalidad de mis hachazos. La sangre del decapitado salpica mi cuerpo como una fuente. Desde la incisión de la garganta, empieza a brotar sin control, manchando mis músculos y luego ensuciando mis pantalones y mis botas. La mezcla de sangre y barro baña la suela de mi calzado.
La gente parece fascinada por la hazaña. La sorpresa de tumbar a su campeón les hace palidecer por unos segundos, hasta que entienden que lo que han presenciado, es digno de recordar. Los hombres de Magnus, desperdigados por la multitud, aplauden la victoria de su gremio, pues en estos momentos lucho en su nombre. El escuchar mi nombre sienta de puta madre. Bañarme en su admiración y en su asombro. Es una sensación maravillosa. Yo alzo el hacha a los cielos, orgulloso, demostrando quién es el más fuerte. Pero la cosa está por mejorar...
No todos en el público parecen satisfechos con lo que acaba de suceder. Llegados desde todas direcciones, varios asistentes empiezan a desenvainar todo tipo de armas. Espadas, dagas, puños americanos... Todos enanos con caras de pocos amigos. Pero sin duda con la mejor de las intenciones: buscar pelea. Empiezan a rodearme. El resto de espectadores, viendo que esto no forma parte del espectáculo y que todo se ha salido de control, salen corriendo del lugar asustados. Los secuaces de Magnus intentan intervenir, pero la paliza que les pegué en su día les impide hacer nada. Esta batalla la lucho solo, y va a ser una masacre. En el centro de la plaza, agarro a Yggdrasil con ambas manos, con fuerza. La sujeto frente a mi, tomando una postura agresiva y amenazante. La sonrisa se dibuja bajo la sombra del ala ancha del sombrero -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- río con fuerza y determinación. -¡¡¡Os van a faltar manos para comerme las polla!!!-
Tomo la iniciativa y cargo al frente con decisión. Bajo el arma a mi costado derecho, dejando que uno de los filos de Yggdrasil roce con el suelo soltando chispas y levantando el barro. Cuando tengo a mis agresores a tiro, lanzo un tajo diagonal ascendente, que sube el muslo derecho hasta más allá del hombro izquierdo. El ataque es demoledor. El corte es tan amplio y tan salvaje, que aquellos que lo reciben directamente son rebanados a la mitad, mientras que los cazadores cercanos salen volando por la fuerza generada. No hay descanso. Mientras los que tengo de frente son hechos trizas, los de atrás aprovechan la oportunidad. Magnus y sus hombres me advierten y, sin pensarlo, roto sobre mi propio eje. Es momento de no solo demostrar fuerza, sino destreza y habilidad. Como si fuera el baile del agua que recorre por un río, el hacha fluye entre mis manos, mientras gira sobre estas. A pesar de lo masivo de todo, los movimientos defensivos son gráciles, desviando ataques de múltiples direcciones. Pero los contraataques son devastadores y precisos. Cada bloqueo con las hojas va precedido por una estocada con el filo, en una danza letal. Me mantengo inamovible en el sitio, como una montaña, rotando y peleando mientras no dejan de llover enemigos. Pero cada vez son más torpes, más lentos. Los cuerpos se amontonan a mi alrededor, obstaculizando la llegada de los Garra Serena. El círculo de cadáveres que se dibuja a mis pies es casi artístico. Así van muriendo, uno por uno, hasta que el último de los cazarrecompensas, con más frustración que serenidad, se lanza en un ataque suicida hasta morir.
El agotamiento empieza a notarse. La sangre derramada se mezcla con el sudor. La respiración empieza a fallarme por momentos, y el mantener un ritmo constante se convierte en una faena. Pero no cedo. Estoy jadeando, con la lengua fuera, pero ni siquiera eso me quita la sonrisa burlona. El arma me sirve como bastón de apoyo, mientras arqueo el torso buscando un poco de descanso y relajar la carga de los hombros. Pero sin perder mucho tiempo, sin terminar de recuperarme del todo, me reafirmo y recupero la postura. Ajusto el sombrero con la mano izquierda. Luego doy un par de pasos al frente, firmes, salpicando barro y sangre por igual. Y levantado a Yggdrasil con la derecha por encima de mi cabeza, grito desafiante hacia mi benefactor.
-¡¡¡CONTEMPLA, MAGNUS!!! ¡¡¡ESTE ES EL PODER DEL PIRATA QUE ARRASARÁ EL MUNDO!!!- el rugido resuena por toda la plaza, rebotando el eco por todas partes. -¡¡¡ESTA ES LA FUERZA DE LA TRIBU MÁS ORGULLOSA DE LOS MARES!!!-
En efecto, cajita feliz
Datos de interés
Resumen
Sigurd reacciona a la muerte de Conrad
Sigurd Mata a la horda
Sigurd grita a Magnus orgulloso
Karmas
Peso pluma
Risa excéntrica
Beligerante
Charlatán
Oratoria imperturbable
Poder oculto
Honesto
Pensamientos de Sigurd
Sigurd disfruta de la batalla, aunque empieza a sentirse cansado.
Sigurd, orgulloso y confiado, grita a Magnus amistosamente, aunque declarando que es pirata
Bélico
Bélico defensivo
No hay
Bélico ofensivo
Sigurd se enfrenta a una horda de lvl6
Para derrotarla, uso la norma de Hordas y gasto 650 de energía para ganar en un solo turno.La narración es libre.
Sigurd da un discurso al acabar el combate. No se puede cortar o interrumpir
Off
Un post breve y tardío. Me disculpo
Viendo que mis ultimas acciones contra la gente con dinero fueron cortadas, ahora Sigurd grita a Magnus con orgullo
Y entonces, el campo se convirtió en un infierno. El primero en alcanzar a Sigurd fue un espadachín joven, con la cara desencajada por la ira. Su hoja descendió buscando atravesar el abdomen del coloso, pero antes siquiera de que el ataque llegara a su destino, el gigantón se abalanzó sobre todos ellos. Sin perder un segundo, el enorme brazo, grueso como el tronco de un roble y repleto de músculos tensos como sogas de barco, se alzó como un martillo divino, y de un solo golpe aplastó al atacante contra el suelo con tal fuerza que se oyó un crujido húmedo, como si una sandía hubiera reventado. No hubo pausa. No hubo palabras. El gigante no mostraba ni gozo ni furia, solo una calma espeluznante, como la de un depredador en plena cacería. Los siguientes vinieron en grupo, pero los esfuerzos fueron inútiles. El hacha de Sigurd se movió con una precisión casi animal, letal y brutal, como extensiones naturales de su cuerpo. Atravesó torsos, partió extremidades, abrió gargantas como si fuera papel mojado. Cada tajo dejaba un rastro de sangre en el aire, como pinceladas carmesí pintadas sobre el lienzo del combate. Uno intentó lanzarse sobre su espalda, pero Sigurd se giró en el último segundo y lo tomó por el rostro, aplastándolo contra el suelo hasta que dejó de moverse. Aquel no era un combate. Era una masacre metódica. La fuerza era una cosa… pero lo que verdaderamente los desarmaba, lo que quebraba la moral de los soldados del gremio, era la forma en que Sigurd respondía al odio: con muchísima pasión, sin palabras y sin vacilación. Parecía un espíritu vengativo más que un hombre. El sombrero mexicano se mantenía firme sobre su cabeza, ensombreciendo su rostro, ocultando sus ojos tras una sombra perpetua que lo hacía parecer aún más inhumano. Cada vez que uno caía, otro tomaba su lugar, pero ya empezaban a dudar. Lo notaban en sus pasos: algunos se frenaban, otros retrocedían sin querer. ¿Qué clase de monstruo habían desatado? ¿Qué muro pensaban que podrían derribar con rabia, cuando ese muro respondía con la muerte misma?
La escena que se extendía sobre el campo del torneo era la de una carnicería sin igual, un recuerdo imborrable grabado a fuego en las retinas de los que aún conservaban el aliento para mirar. Allí, en medio del barro pisoteado, las astillas de las armas rotas y el aroma espeso de la sangre reciente, se erguía la imponente figura de Sigurd. Su silueta gigantesca dominaba todo el terreno como una montaña viva: siete metros de músculo crudo, piel curtida y violencia encarnada, con el pecho descubierto cubierto de sangre, que por supuesto no era propia, sino ajena, y el sombrero mexicano aún firme en lo alto, como una corona silenciosa sobre el dios de la guerra. Los cuerpos yacían a su alrededor como hojas caídas al pie de un árbol en otoño, algunos intactos solo en apariencia, otros reducidos a fragmentos de lo que una vez fueron. Espadas rotas, lanzas partidas, escudos partidos por la mitad... Todo formaba parte del mismo paisaje grotesco, una sinfonía de muerte donde la única nota constante era la brutalidad de un solo hombre. Aquel no era el resultado de una lucha, sino el testimonio de una supremacía absoluta. Ningún grito quedaba ya en el aire, solo jadeos, el zumbido de los insectos que se atrevían a acercarse a la sangre caliente, y el pesado silencio del miedo colectivo. Los más valientes habían caído. Los más temerarios, también. Y los que aún vivían sabían que no lo hacían por coraje, sino porque Sigurd, por alguna razón, aún no los había alcanzado. Ese era el poder de un Buccaneer. No se trataba solo de fuerza física, aunque esa era incuestionable, sino de algo más profundo, más primitivo: una conexión con la violencia tan antigua como el mundo, un dominio del caos que volvía su furia un arte y su cuerpo, un arma. Nadie más entre los presentes, ni los guerreros del gremio Garra Serena, ni los pocos espectadores que quedaban, podía entender, y mucho menos igualar, esa magnitud. Solo Sigurd portaba en sus venas la herencia salvaje de un linaje nacido para la guerra. Y en ese instante, bajo la luz sucia del nublado día que teñía de rojo los charcos de sangre, quedó claro que aquel no era un simple combatiente. Era una fuerza. Un castigo. Un titán.
Sin embargo, el campo aún no había terminado de devorar la sangre del último caído cuando el viento trajo consigo nuevos ecos de guerra. La figura de Sigurd, aún de pie en el centro del terreno deshecho, comenzaba a mostrar señales de agotamiento. Su respiración era más pesada, su pecho se alzaba con lentitud, y su piel curtida, manchada de rojo y barro, comenzaba a mostrar magulladuras frescas. Pero lo más evidente no era el daño físico, sino la fatiga que brotaba de su cuerpo como vapor de una caldera sobrecargada. A pesar de todo, su mirada, escondida bajo el ala de aquel sombrero mexicano polvoriento, seguía ardiendo con una intensidad que sólo podía pertenecer a una criatura que aún no había satisfecho su hambre de batalla. Fue en ese momento, entre jadeos y silencio contenido, que Sigurd lanzó unas palabras en dirección a Magnus, su voz como un trueno rasgando el cielo de la tarde. Pero el aire le devolvió otra respuesta. Del extremo opuesto del coliseo improvisado, un nuevo escuadrón de soldados apareció. Otros sesenta hombres, armados, uniformados y determinados, pertenecientes a un tercer gremio que no buscaba justicia, sino supervivencia. Aquello ya no era un duelo ni un ajuste de cuentas, sino una guerra abierta, un intento desesperado por frenar a la bestia antes de que se convirtiera en leyenda. Y sin embargo, en medio de aquella tensión punzante, Magnus sonrió. Una sonrisa fina, serena, pero llena de una satisfacción brutal. Con un gesto de su mano, casi perezoso, dio la orden que nadie esperaba. -Chicos, es nuestra hora. Ayuden a Sigurd a como dé lugar.- Sus soldados, los pocos que aún podían moverse con firmeza, se giraron hacia el recién llegado escuadrón y, sin mediar palabra, se posicionaron junto al gigantón. Por alguna razón, respeto, cálculo, o una fe ciega en la monstruosidad que tenían frente a ellos, decidieron hacer caso a su lider. Así, la balanza se inclinó. De sesenta, solo veinte decidieron continuar con su carga suicida contra Sigurd. Y allí, entre escombros, cadáveres y aliados recién adquiridos, la montaña sin camiseta volvió a tensar los músculos. Sus puños estaban agrietados, su respiración ardía… pero sus ojos aún querían guerra. Y el campo, como si respondiera a su voluntad, tembló nuevamente.
INFO
RESUMEN
Describo también como derrotas a los chicos del gremio, ahora te aparece otro gremio para intentar derrotarte, aunque el gremio de Magnus te apoya ahora.
BÉLICO
Las hordas no paran. Ahora te toca una de rango 2. Algo más suavecito.
Cita: escribió:
Horda Rango 2
Formada por 20 personas.
Tienen 200 PV (10PV cada miembro).Si llega a 0 PV serán derrotados.
Dañan el 50% de su PV total por turno. Su velocidad de movimiento/ataque es 20 puntos.
Se pueden derrotar de una sola vez a cambio de 200 energía.
Así que ahora eres tu el que toma la decisión. Ya sabes
Si tienes alguna duda, ya sabes, puedes contactarme via discord.
Alas Negras
❝
Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
25-07-2025, 04:23 AM (Última modificación: 25-07-2025, 04:35 AM por Sigurd Haakon.)
Da igual el número de enemigos. La victoria vuelve a ser mía. Hachazo tras hachazo, golpe tras golpe. Ahora todo el gremio de cazadores de Conrad ha caído, como simples soldados de juguete. Me alzo orgulloso sobre un campo de batalla repleto de cadáveres mutilados y charcos de lodo. La sangre que baña mis músculos es toda la recompensa que necesito. Ese olor denso del esfuerzo de los condenados a morir por mi acero. Los cuervos y los buitres autóctonos de Whisky Peak, que se pelean por despedazar la carne muerta de los recién caídos. Es un paisaje desolador, un pasaje directo al paraíso de los guerreros.
Pero parece que los dioses quieren un poco más de espectáculo. Es increíble como a estos cazadores les da igual si he matado a un gremio entero en un suspiro o si a pesar de la proeza tengo todavía el orgullo intacto para alentar a los Soles Púrpura. Desde los rincones, como putas ratas de cloaca, aparecen más maleantes con ganas de irse al otro barrio. Aunque esta vez, no peleo solo. Magnus y sus hombres dan el paso al frente y, con hombría y valor, colapsan contra la carga enemiga. Esto ya ha dejado de ser un torneo para convertirse en un Battle Royale de categoría. Y no pienso quedarme atrás. Las fuerzas me comienzan a flaquear y la respiración hace rato que está acelerada. Pero eso da igual ahora, no hay nada más inquebrantable que el espíritu de lucha de un Buccaneer. Así que vuelvo a sonreír, me ajusto el sombrero de ala ancha con la izquierda y sujeto con fuerza el mango de Yggdrasil con la derecha. Hora de la carga triunfal. -¡¡¡VAMOS, CABRONES PÚRPURA. ACABEMOS CON TODOS!!! ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-
Con un par de zancadas largas me reúno con mis compañeros de armas. Muchos combaten vendados y con escayola por la paliza de hará varios días. Pocas cosas hay más honorables que eso, así que no puedo dejar que se lleven toda la gloria y el protagonismo. Se han ganado morir codo con codo junto a Sigurd, el Jotun. Lanzo amplios barridos con el hacha, a diestra y siniestra, cercenando a todos los enemigos que se cruzan por los enormes filos de Yggdrasil. Con precisión y destreza, voy asestando corte tras corte, sin dañar a mis aliados pese a lo masivo de mi tamaño y estar rodeado de hombrecillos. Un golpe de poder aquí, una decapitación por allá, fracturas múltiples, decapitaciones por donde paso. Por el rabillo del ojo veo como Magnus se une a la contienda, dirigiendo a sus tropas y alentando a sus hombres con gallardía. Un líder. Pequeño para mí gusto, pero un líder. Poco a poco, vamos acabando con todos los gremios rivales y dominando la lucha. Con media docena de hachazos más, termino con las unidades que los mercenarios púrpuras no consiguen derrotar. La victoria vuelve a ser nuestra. La plaza ha sido conquistada por los Soles Púrpura.
Sin más enemigos a la vista, es momento de celebrar. Algunos con más amargura que otros, pues no todos han sobrevivido ni todos se mantienen de una pieza. Pero como no es mi caso, solo me queda reír y disfrutar del resultado. Fatigado pero altivo, me acerco a Magnus. Está junto a sus hombres. Ya se verá si celebrando junto a ellos u organizando las bajas y lo que supone ser el campeón entre los gremios. Campeón o el único superviviente. Una vez frente a él, hinco la rodilla para estar un poco más a su altura. Es insuficiente, pero ayuda. Con una sonrisa amistosa, extiendo mi mano derecha con el puño cerrado, buscando chocar nudillos con compañerismo. -Peleas con orgullo y honor, Magnus. ¡JARUL JUL JUL JUL...!- lo elogio con un tono de satisfacción en mi voz. Entonces le lanzo una propuesta. En mis palabras se siente la honestidad de alguien que no sabe o no tiene porqué mentir. -¿Porque no dejas esta isla y te vienes a vivir aventuras conmigo? Seríamos leyendas del mar, viviendo mil aventuras y mil batallas. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-
En efecto, cajita feliz
Datos de interés
Resumen
Sigurd, pese al cansancio, sigue luchando.
Sigurd se une a la refriega y acaba con los cazadores enemigos
Sigurd, tras ganar, le pregunta a Magnus de unirse a él
Karmas
Poder oculto
Honesto
Charlatán
Oratoria imperturbable
Exhibicionista
Risa excéntrica
Pensamientos de Sigurd
Sigurd respeta a los Soles Púrpura por su arrojo en batalla.
Sigurd realmente le propone a Magnus el unir fuerzas
Bélico
Bélico defensivo
No hay bélico defensivo
Bélico ofensivo
Sigurd se enfrenta a una horda de nivel 2. Según la guía de Hordas, puedo derrotarla gastando 200 de energía del tirón.
Al hacerlo, tengo narración libre.
La horda es derrotada.
Gasto 200 de energía y recupero 13 (mi nivel por turno) gasto un total de 187
Off
Con todos los enemigos fuera de servicio, tengo ganas de ver cómo concluye esto
La tierra seguía temblando bajo el peso de sus pasos. Sigurd, ese coloso sin camiseta cuya sombra se extendía como un eclipse sobre el campo de batalla, no había detenido su danza brutal ni por un instante. Cada giro de su cuerpo, cada movimiento de sus brazos, era una sentencia. Los cuerpos de aquellos que se atrevieron a interponerse entre él y su libertad caían como muñecos de trapo, sus armaduras astilladas, sus armas volando por los aires como si fueran de papel. Puñetazos secos, codazos que rompían escudos y rodillazos que lanzaban enemigos por los aires componían una coreografía violenta, un espectáculo de pura fuerza desatada. No había estrategia en sus ataques, ni contención alguna, solo la inercia salvaje de una criatura que parecía esculpida por el mismísimo caos. Pero, en medio de esa furia imparable, algo en él cambió por un instante. Su mirada, aún feroz, se deslizó hacia los hombres del gremio de los Soles Púrpura, que ahora luchaban codo con codo con él. En sus rostros no había miedo, sino determinación. Y Sigurd lo sintió. Lo reconoció. Una chispa casi olvidada se encendió en su interior: la camaradería. No era un concepto que manejara con fluidez, pero aquel gesto, aquella muestra de apoyo inesperada, fue como echar leña al fuego de su alma indomable. Entonces rugió. No fueron muchas palabras, ni discurso, ni promesas. Fue un grito, crudo y potente, que sacudió el aire como si una tormenta hubiese brotado desde lo más profundo de su pecho. Era un rugido de guerra, de agradecimiento, de furia compartida. Los hombres del gremio respondieron con el mismo ímpetu, enardecidos por aquella fuerza primitiva que los había hecho sentir, por primera vez en mucho tiempo, que no eran solo soldados… eran parte de algo más grande. Y así, con los pulmones ardientes y los puños alzados, siguieron avanzando junto al titán, mientras el suelo se teñía con los colores de la batalla.
La sangre aún humeaba sobre el suelo batido mientras los ecos de la refriega se desvanecían en el aire denso, saturado de sudor, hierro y ceniza. Durante un instante, como si el mismísimo campo de batalla hubiese contenido la respiración, todo pareció en calma. No era paz, no todavía. Era esa calma que antecede al verdadero caos, un falso silencio que se aferra al aire justo antes del rugido de una tormenta. Los cuerpos caídos formaban un tapiz grotesco, y entre ellos, la figura descomunal de Sigurd se alzaba como una escultura mitológica en el corazón del infierno: siete metros de músculos, heridas y barro, aún jadeante pero desafiante, con el sombrero ladeado cubriéndole parte del rostro. No vestía más que los pantalones y la sombra de sus propias leyendas nacientes. Los Soles Púrpura, esparcidos a su alrededor, se mantenían en pie. Algunos cojeaban, otros se limpiaban la sangre de las cejas, otros simplemente clavaban sus espadas en el suelo y respiraban con pesadez. Pero no había ni uno solo que diese la espalda. El grito de Sigurd seguía retumbando en sus pechos, como un tambor lejano que marcaba el ritmo de una marcha inevitable. Y entonces, como si el mismísimo destino hubiese estado esperando ese momento de suspensión, llegaron. De entre las ruinas, los portones astillados y los escombros, comenzaron a aparecer. Primero una figura, luego tres, luego una docena. Al final, una marea. Cincuenta guerreros más, todos portando los colores de distintos gremios, algunos enmascarados, otros envueltos en armaduras personalizadas, todos con el mismo brillo en los ojos: hambre de gloria… o venganza. Eran espadas contratadas, duelistas con fama propia, aspirantes al reconocimiento absoluto del torneo. No venían por los Soles Púrpura. Venían por el gigante. El terreno volvió a estremecerse, esta vez no por el peso de Sigurd, sino por la tensión que se acumulaba como una descarga contenida. Los miembros del gremio se reagruparon instintivamente, formando un círculo defensivo alrededor del coloso. La balanza se inclinaba otra vez, pero esta vez, no hacia la desesperación. Esta vez, la batalla estaba a punto de reanudarse, más cruel, más salvaje, y más legendaria.
El silencio volvió a caer, esta vez espeso como el aceite derramado sobre las llamas. No era el silencio de la tregua, ni siquiera el de la duda: era un silencio impuesto, el tipo de calma que arrastra consigo una autoridad que no necesita presentación. Primero se vio la punta de una lanza estandarte recortándose contra el cielo de fuego. Luego, las telas ondeantes con escudos bordados con precisión casi ceremonial: la Garra Serena, símbolo de justicia sin clemencia; la Muralla Eterna, bastión de la defensa impenetrable; y por encima de todos, la Espada Celeste, insignia de un gremio que se creía por encima del resto, guiado por la voluntad incuestionable de su líder: Alex D’Artane.
ALEX D'ARTANE
Gremio de la Espada Celeste
Gremio de la Garra Serena
Gremio de la Muralla Eterna
Andando con parsimonia, D’Artane avanzó con la mirada fija en el centro del campo de batalla. Cuando alzó el brazo para detenerse, incluso los más ruidosos entre sus soldados callaron. Y con voz firme, poderosa pero serena, el líder pronunció su ultimátum. -Mira, esto ha llegado lejos, Magnus. Esto es simple. O entregas al bastardo gigantón para derrotarlo, o entre todos nos encargaremos de destrozarte a tí y a tu amiguito.- En nombre de todos los gremios allí representados, exigía la entrega inmediata del gigante que tanto caos había sembrado. Si no lo hacían, declararían la guerra a los Soles Púrpura, y acabarían con todos. Sin excepción. Frente a él, Magnus apenas había girado el rostro. Había observado la llegada de D’Artane sin emoción, como quien ve llegar una tormenta que ya sabía inevitable. Su camisa estaba desgarrada por la batalla, y una delgada línea de sangre le bajaba por la sien, pero su mirada seguía intacta: templada como acero forjado en convicción. Fue entonces cuando Sigurd, aún cubierto de barro y sangre, le extendió el puño con una sonrisa traviesa, proponiéndole algo impensable. Irse juntos, abandonar todo y recorrer el mundo como aliados. El líder de los Soles Púrpura se permitió una pausa. La tensión se podía cortar con una daga. Y entonces, en medio de la amenaza declarada, Magnus simplemente negó con la cabeza… y sonrió. No por burla, no por desprecio. Sonrió con una chispa de gratitud… antes de chocar el puño ofrecido por el gigante, sellando una alianza que ni mil banderas podrían intimidar.
Magnus dio un paso al frente. Y luego otro. Cada pisada parecía más firme que la anterior, como si el suelo mismo reconociera la autoridad que comenzaba a irradiar de aquel hombre maltrecho, cubierto de polvo y sangre, pero inquebrantable. Sus botas resquebrajadas por la batalla rompieron el último resquicio de la línea defensiva del gremio, y de pronto ya no estaba detrás de sus hombres, sino delante. Solo. Ante medio centenar de enemigos y frente a los estandartes de tres de los gremios más poderosos del territorio. El silencio que se generó a su alrededor fue distinto al que había traído Alex D’Artane. Este era el silencio de la expectativa, el suspiro contenido de una decena de arqueros con las cuerdas tensadas, el de las hojas listas para desenvainarse al menor gesto equivocado. Pero Magnus no tembló. Ni vaciló. Se irguió con los hombros rectos, con el mentón en alto y los ojos clavados Alex, como si estuviera mirando no a un grupo de enemigos, sino a futuros subordinados. Su voz se alzó sin necesidad de gritos, clara y potente, como una campana en una torre solitaria. -La verdad es que no me importa lo más minimo tus amenazas, Alex. De hecho, nunca me han importado, la verdad.- Comenzó diciendo. -De hecho, podrías traer a todos tus hombres, que se que tienes muchos mas, y no por ello ibamos a sentir más miedo. Los Soles Púrpuras no le tememos ni a la muerte.- Se giró para mirar a sus hombres y dedicarles una enorme sonrisa llena de complicidad. -Los tiempos están cambiando, y aquellos que no se adapten, serán devorados completamente por la marea.- Entonces extendió los brazos, como si ofreciera un pacto sellado con sangre. Les propuso algo que jamás habrían esperado de un líder de un gremio menor y golpeado. -Os ofrezco la unificación. Unios a los Soles Púrpura. Podríamos hacer grandes cosas, podriamos conseguir muchas recompensas y fama en todos los mares.- Les prometió gloria, recompensas sin fin, fama en los mares y poder para capturar a todos los piratas que se atrevieran a pisar aquellas tierras. Les pintó un futuro dorado, una alianza sin igual. Pero luego, su mirada se tornó más sombría, casi desafiante. Porque si no aceptaban… -Si no aceptais...No sólo os enfrentareis a mí, sino a la tripulación de mercenarios de Sigurd. Y creedme que no querreis eso.- Tendrían que enfrentarse a la leyenda viviente que era Sigurd. Magnus no solía mentir, pero cuando lo hacía, lo hacía con tanta convicción, con tanta fe en su propia mentira, que por un instante, hasta sus enemigos dudaron si acaso no era verdad.
Magnus
INFO
RESUMEN
Describo también como derrotas esta última horda, y luego la apareción del ejercito final, sin embargo, Magnus se interpone y comienza a negociar con ellos, desvelando así su plan inicial.
BÉLICO
Este turno ha sido tranquilo, así que no hay nada de bélico.
Si tienes alguna duda, ya sabes, puedes contactarme via discord.
Alas Negras
❝
Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
Por norma general, los piratas y los cazarrecompensas son enemigos naturales. Los primeros son la envidia de los mares. Fama, dinero, vicios, combates, libertad... Todo lo que se pueda desear y esté a tu alcance, lo tomas y lo tienes. Los segundos son más amargados. Carroñeros que viven de dar caza a aquellos que han conseguido algo en la vida y tienen un precio por su cabeza. Hienas al acecho, esperando comer algo si se da la oportunidad. Intrépidos contra oportunistas. Antítesis el uno del otro. Pero hoy... Hoy esa delgada linea de la enemistad queda difuminada.
Como si fuéramos todos hermanos de armas, nos alzamos campeones en la contienda. No hay alma con vida que pelee en contra de los Soles Púrpura, los hombres de Magnus. La plaza al completo ha sido conquistada, cubierta de fango, sangre y cuerpos de aquellos que creían que se librarían de la muerte. Soñadores que en el campo del honor ya no volverán a ver el Sol.
Es momento de celebrar, es momento de apartar nuestras diferencias y disfrutar de seguir vivos un día más. De tomar buenas cervezas en "El Barril del Diablo" y resolver los temas económicos pendientes. Pero las consecuencias de la masacre llegan más pronto de lo que deberían. Desde los caminos y más allá de la destrucción, comienzan a aparecer más y más hombres. Todos abanderados tras tres estandartes distintos, decenas de guerreros armados y preparados para entrar en acción. Y frente a todos un hombrecillo escuálido, de pelos largos y con pintas de no levantar ni 1000 kilos en press de banca. Lleva en la cadera una espada larga y delgada que con suerte la podría usar de mondadientes.
Valiente pero insensato, habla con Magnus exigiendo que me entregue. Amenazando con matarnos a todos si nos negábamos a ello. Yo solo me dedico a sonreír y agarrar con fuerza a Yggdrasil, preparado para atacar en cualquier momento. Pero Magnus, más cabal que yo, da un paso al frente y empieza a negociar con él. Yo lo observo atento. Se le ve sumamente tranquilo, sabe lo que hace. No solo parece que tenga la sartén por el mango, sino que, por alguna extraña razón, me da la sensación de que sabía que esto iba a suceder. Detesto al tipo de personas que utiliza tretas y artimañas para salir adelante, pero he de reconocer que Magnus lo hace de maravilla. Es hasta hipnótico escucharle hablar. El líder de los Soles Púrpura se niega a entregarme. Propone una gran unificación de gremios o enfrentarse a las consecuencias. Una jugada arriesgada, pues en caso de aceptar, se convertiría en líder absoluto, pero si le sale mal, empezaría una batalla que le costaría la vida.
Yo... Yo podría callarme, sí. Podría dejar que las cosas tomaran un rumbo pacífico y político. Por poder... Podría. Pero ese no es el estilo de Sigurd Haakon. Nadie puede controlar al Jotun de los mares del norte.
Me ajusto el sombrero con delicadeza, dejando que se acople bien a mí frente. Luego, con un gesto de muñeca rápido y seco, alzo mi enorme hacha de guerra con ma derecha y la apoyo en mi hombro. Entonces, sonriente y altanero, con el torso desnudo lleno de sangre y sudor, camino lentamente hacia ambos líderes de gremios. No creo que nadie esté contento con mi intervención. Ni el jefe rival por encararme ni Magnus por entrometerme y romper toda esperanza de un plan pacífico. Pero nadie decide por mi. Solo yo soy dueño de mi destino y se va a hacer lo que yo diga, no lo que la política y estrategia mande.
Me planto frente aquel que se hace llamar Alex. Me acerco todo lo que puedo, tanto que si quiere mirarme a los ojos, ha de levantar su cuello al máximo. Quiero que sea consciente de con quién está tratando. Lo miro desde arriba, imponente, desafiante, deseando que cometa el error de la lanzar el primer ataque y me dé la excusa para matarlo. Pero no. Por mucho que lo desee, no es el momento de seguir luchando. Probablemente sea capaz de matarlos a todos, pero no de proteger a Magnus y a sus hombres. Así que toca bajar un poco la cabeza. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río poderoso, haciendo que mis carcajadas suenen por toda la plaza, amedrentando a los mercenarios. -Negocias muy bien Magnus, pero deja que me presente a este público tan peculiar...- empiezo con un tono burlón. Descargo el hacha del hombro y la dejo caer al lado de Alex. Solo las hojas del arma son más grandes que él, y el arma se clava en el suelo, a centímetros del mismo. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Haakon. Soy un pirata, y al contrario que tú, yo peleo solo. No hay mercenarios ni guardaespaldas que den la cara por mi. Solo yo y mi hacha juramentada Yggdrasil.- el mensaje resuena imponente con el eco del lugar. Es imperturbable, imponente. Nadie se atreve a interrumpir, porque quien lo haga, formará parte del mosaico de cadáveres de la plaza. - Así que podemos seguir matándonos en esta plaza hasta que no quede nadie... O podemos pactar un día para luchar entre nosotros. Mi cabeza y vuestra justicia por mi libertad. -se nota la tensión en el ambiente. Ahora mis palabras cortan más que cualquier arma. Y queda el remate final. -Que me dices, espadachín...¿Aceptas?- suelto en tono burlón y con una sonrisa gallarda. -¿Actuarás como un líder valiente o mandarás a tus hombres a morir mientras te escondes?-
Lanzo la carta del duelo, del desafío. Si su orgullo como cazador o la lealtad de sus hombres valen algo, aceptará. Si lo hace, no solo pondré a mis aliados a salvo, sinó que podré descansar un poco. La fatiga empieza a notarse. Si se niega, juro por los dioses que será una batalla legendaria, pero que caeré de pié y me los llevaré conmigo. La suerte está echada.
En efecto, cajita feliz
Datos de interés
Resumen
Sigurd observa llegar a las tropas
Sigurd ve como Magnus negocia y se interpone
Sigurd reta a Alex a un duelo singular
Karmas
Poder oculto: Yggdrasil
Oratoria imperturbable: NO puedo ser interrumpido
Desdén
Honesto
Charlatán
Risa excéntrica
Ruidoso
Exhibicionista
Pensamientos de Sigurd
A Sigurd le caen bien los Soles Púrpura, los quiere salvar de morir por el resto de gremios
A Sigurd se les hace curioso como Magnus domina tanto la situación
Bélico
Bélico defensivo
No hay
Bélico ofensivo
No hay.
Recupero 13 de energía
Off
Post muy importante y relevante para la futura aventura. Toca cerrar y ver qué pasa
El aire se volvió más denso, como si la atmósfera misma hubiera notado la presencia de algo que escapaba a la lógica habitual de la guerra. Fue entonces cuando una sombra titánica se proyectó sobre el campo, avanzando desde la retaguardia de los Soles Púrpura con una calma antinatural, como si el tiempo hubiera decidido ralentizarse para no interrumpir su paso. Sigurd, el gigante sin camisa coronado por un extravagante sombrero mexicano, irrumpió en escena con una autoridad que no necesitaba anunciarse con palabras. Su torso, vasto y tallado como una montaña viva, brillaba bajo el sol polvoriento, cubierto apenas por la sombra que proyectaba su propio cuerpo. Cada paso que daba crujía la tierra y hacía vibrar las armas de los más cercanos, como si incluso el acero dudara en mantenerse firme ante su cercanía. Magnus, aún de pie frente a los gremios reunidos, giró apenas la cabeza, reconociendo con una mezcla de alivio y complicidad la figura que se acercaba. Pero su silencio fue absoluto. Sigurd no pidió permiso. No vaciló. Caminó directamente hacia el frente, apartando sin esfuerzo a soldados, aliados y enemigos por igual con una presencia que no necesitaba violencia, clavando su mirada en Alex D’Artane. El líder de la Espada Celeste, antes orgulloso y desafiante, sintió el peso abrumador de esa mirada. Era como si un océano oscuro e implacable le aplastara los pulmones desde dentro. Sus dedos temblaron primero. Luego, su mandíbula. Finalmente, bajó la mirada, incapaz de sostener el encuentro visual con aquel monstruo humano que le acababa de plantear una elección tan brutal como directa: un duelo contra él… o la masacre de sus hombres. El silencio que se produjo fue distinto a todos los anteriores. No era respeto. No era tensión. Era puro terror. Un vacío absoluto que tragaba el coraje de los presentes. Porque, en el fondo, todos sabían que la elección ya había sido tomada, incluso antes de que las palabras se hubieran pronunciado.
El silencio impuesto por la presencia de Sigurd aún pesaba en el aire como una losa imposible de remover. Su imponente figura seguía plantada en el centro del enfrentamiento, tan firme como una estatua colosal tallada por los dioses para recordar a los hombres su pequeñez. Sin embargo, no fue él quien habló. No hizo falta. Su sola aparición había sido una declaración tan devastadora que no requería ser adornada con más amenazas. Fue Magnus quien, con un aire casi solemne, dio un paso al frente y retomó las riendas de la situación. Sus ojos brillaban con una mezcla de triunfo y firmeza, como si hubiese previsto cada uno de los movimientos hasta este instante exacto. Sin levantar la voz, con una autoridad templada por la seguridad del que ya ha ganado, ordenó que los blasones fueran arrojados al suelo. -Venga, Alex. Tira al suelo los blasones y acepta la derrota. Sabes que no puedes hacer nada contra nosotros.- El estandarte de la Garra Serena, el de la Muralla Eterna y el de la Espada Celeste ondeaban aún al viento, sostenidos por manos que comenzaban a dudar. Las miradas se cruzaban, buscando una orden clara, una excusa para no ser los primeros. Y fue entonces cuando Alex D’Artane, aún con el orgullo magullado y el rostro todavía bajo, dio un paso adelante. Sus dedos se cerraron con tensión alrededor del asta de su estandarte. Durante un segundo pareció resistirse, aferrarse a una última pizca de dignidad o valentía. Pero la imagen de Sigurd, inmóvil, observándolo sin decir palabra, era una sentencia en sí misma. Con una respiración temblorosa, Alex inclinó la rodilla, dejó caer la bandera de su gremio al suelo y, con la otra mano, alzó la del Sol Púrpura. El acto fue simbólico y brutal. No sólo rendía a su gremio. Se unía, reconocía que la fuerza de los Soles Púrpura era superior, incontestable. Magnus no celebró. No hizo falta. Caminó hasta Sigurd, y lo miró de reojo, con la serenidad de quien había vencido sin recurrir a la violencia. Y entonces, con voz calmada pero cargada de significado, le dijo lo que todo guerrero debía recordar. -¿Has visto, Sigurd? Un buen guerrero no sólo es el que blande una espada y acaba con sus rivales, sino el que sin sacar la espada los derrota.-
El ambiente había cambiado por completo. Lo que antes era un círculo tenso y cargado de hostilidad, ahora era un santuario de respeto reverencial. Las banderas derrotadas yacían sobre el polvo de la explanada, testigos mudos del momento en que el orgullo dio paso a la sensatez. Los miembros de los gremios recién integrados se mantenían inmóviles, aún asimilando lo que acababa de ocurrir. La sombra de Sigurd seguía dominándolo todo como un eclipse viviente, pero esta vez, era la figura de Magnus la que se elevaba en medio del silencio con el aplomo de un líder en su momento de mayor gloria. Magnus giró lentamente sobre sus talones, dando la espalda a los líderes vencidos. Avanzó hasta quedar entre ellos y el gigante, y entonces alzó la voz, sin gritar, pero con una claridad y firmeza que se impusieron como un trueno en cielo despejado. El tono era severo, pero no cruel; autoritario, sí, pero no arrogante. Había en él una cualidad natural para el mando, como si este instante hubiese sido diseñado desde el principio para él. -Escuchadme todos.- Dijo, mirando uno a uno a los líderes de los gremios recién sometidos. -Hoy habéis rendido vuestras banderas. Pero eso no es motivo de vergüenza... no cuando lo hacéis ante una causa más grande, más fuerte, más ambiciosa. A partir de ahora, vuestro acero será el nuestro. Vuestros logros, nuestros triunfos. Y vuestra gloria, compartida bajo un mismo estandarte. El del Sol Púrpura.- Hubo un breve silencio, apenas roto por el susurro del viento. Entonces, Magnus señaló con la palma extendida hacia el centro del claro, justo delante del coloso. -Traed el premio del torneo. Todo. Que se deposite aquí, a los pies de Sigurd. Que no quede duda que sabemos pagar a quien nos ayude.- Los soldados se miraron entre sí, vacilantes al principio, pero pronto comenzaron a moverse, obedeciendo con eficacia renovada. Algunos salieron corriendo hacia las tiendas del campamento, otros comenzaron a traer cofres con monedas relucientes, sacos pesados y trofeos tallados en marfil o en cristal. Lo hacían con una mezcla de prisa y cuidado, como si cualquier error pudiera desatar un castigo, aunque nadie les hubiese amenazado directamente. Nadie miraba ya a Magnus con hostilidad. Y por supuesto, nadie osaba siquiera alzar los ojos hacia la figura inmóvil que dominaba el horizonte.
ALEX D'ARTANE
Magnus
INFO
RESUMEN
En este post se desarrolla el final de las negociaciones y se pide el pago para Sigurd que se prometió en las negociaciones con los Soles Púrpura.
BÉLICO
En este post no hay bélico.
Si tienes alguna duda, ya sabes, puedes contactarme via discord.
Alas Negras
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Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
Las cartas están sobre la mesa. Poca negociación hay que esperar cuando por un lado tienes un ejercicio sediento de sangre y por el otro un coloso Buccaneer sin miedo a la muerte. Aunque esta vez he sido más astuto que el resto. He sabido esquivar un choque directo que acabaría con Magnus y sus hombres y he atacado directamente a la cabeza de la serpiente. Un duelo singular, como se ha hecho toda la vida.
Retar al líder ha sido todo un acierto. En sus ojos se dibuja el miedo de saber que no tiene oportunidad de vencerme, de acabar igual que el más fuerte de su clan aliado. Su destino no sería mejor que el de Conrad, que acabó decapitado por Yggdrasil. Con la certeza de la muerte en caso de aceptar, y la responsabilidad de tomar la decisión como representante de todos los gremios presentes, no le queda más remedio que hincar la rodilla frente a los Soles Púrpura y aceptar la derrota. Magnus ha ganado.
Sonrío burlón y altivo al ver que todos los estandartes rivales van cayendo. Todos se rinden frente a mí y eso me gusta. Con soltura, manteniendo mi posición, recojo la enorme hacha que se encontraba incrustada en el suelo. La apoyo en mi hombro de vuelta, aunque noto su peso más cargante que de costumbre. Ha sido sin duda una gran batalla. No he tenido la suerte de enfrentar a ningún oponente digno, pero el enrome número de mercenarios que han pasado hoy por el filo de Yggdrasil ha sido más que considerable. Me siento algo fatigado.
El ambiente es aún tenso. El tener que doblegarse por la fuerza suele ser algo que no acaba muy bien a la larga. Y menos cuando lo han hecho por mi, que tarde o temprano continuaré mi travesía hasta llegar a la tierra de los dioses en busca de grandes batallas. Pero incluso para eso, Magnus tiene un plan. Camina lento, con ese aire de tener siempre la sartén por el mango. Con su soberbia habitual de saber que es más listo que yo, me lanza un juego de palabras que no se cree ni él, pero que le queda muy bien tirado. Y luego, avanzando un poco más, se planta frente a los conquistados. Con liderazgo pero corazón de guerrero, suelta un discurso que disuelve el odio y tensión entre los presentes.
Sin titubeos ni esperas, el jefe y ganador del torneo de gremios lanza su primera orden. Una orden que sirve para reafirmar su carácter y como es realmente. Su primer mandato es cumplir con su parte del trato y ofrecerme lo que había prometido. No duda en hacerlo delante de todos. En elogiar y entender que esta victoria no es solo suya, sino nuestra. Mientras se amontona el premio y las riquezas las miro con todo el deseo del mundo, como si un niño mirara una bolsa de caramelos. No dejo de pensar en qué pienso derrochar la fortuna acumulada. Pero antes...
-¡¡¡JARUL JUL JUL JUL!!!- me río a carcajadas mientras las bolsas de oro no paran de llegar. -Eres un hombre de palabra, Magnus, aunque no olvides el barco con uno de tus hombres o te las verás conmigo. ¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- suelto el comentario de forma jocosa a modo de broma. Es humor de piratas. Humor de Bucaneros. No espero que los demás lo entiendan, como cuando nos conocimos en la guarida días atrás. Pero sé que Magnus me conoce en lo profundo. Con suerte le sacaré una sonrisa. -Y una cosa más... Un regalo especial que quiero que me hagas por hacer tan bien mi trabajo...- me acerco hacia él. Cada paso hace temblar el suelo, como si fuera a iniciar una pelea en este mismo momento. Y cuando lo tengo en frente... Extiendo el puño cerrado, buscando el choque, sellando una amistad. -Quiero que me regales una bandera con el símbolo de tu gremio. La llevaré a mi lado en mis aventuras y recorrerá el mundo conmigo. ¡JARUL JUL JUL JUL...!-
Quizás en un futuro nuestras espadas choquen. Pero he de admitir que Magnus es un hombre al que respeto. Ha elegido mal el bando por el que luchar. Pero me llevaré un buen recuerdo de este hombre. El líder de los Soles Púrpura.
En efecto, cajita feliz
Datos de interés
Resumen
Sigurd termina ganando la negociación.
Sigurd le pide a Magnus una bandera de los Soles púrpura
Karmas
Charlatán
Risa excéntrica
Exhibicionista
Fatigado
Pensamientos de Sigurd
Sigurd está fatigado, así que se alegra de no pelear
Sigurd respeta mucho a Magnus
Bélico
Bélico defensivo
No hay
Bélico ofensivo
No hay
Off
Un post más y esto acaba. Estoy emocionado por ver qué sigue.
Sin duda ha sido una aventura entretenida y con NPC que ojalá se pudiera unir a mi tripulación
El aire tenía una densidad casi ceremonial, como si el mismo cielo se hubiese detenido a contemplar lo que allí ocurría. No era solo una sumisión militar, sino un acto de rendición simbólica que hablaba de algo más profundo: un reconocimiento tácito de la supremacía que ahora ostentaban los Soles Púrpura. Los blasones, emblemas de identidades forjadas durante años de sangre y acero, caían uno tras otro como hojas en otoño. Lo hacían sin resistencia, sin quejas, sin más protesta que el ruido sordo de los metales y telas golpeando el suelo. Y en medio de todo, como una montaña viva envuelta en sombra y fuego contenido, Sigurd permanecía inmóvil. Pero aunque su cuerpo no se moviera, algo en su presencia vibraba con satisfacción. Era evidente para quienes se atrevían a mirarlo de soslayo: aquella sumisión colectiva era una melodía que le resultaba grata. Magnus lo supo al instante. Lo percibió en la forma en que los músculos del gigantón no estaban en tensión, en cómo su sombrero, de estilo mexicano y desproporcionadamente pequeño para su tamaño, reposaba con una inclinación casi orgullosa. Fue entonces cuando se permitió una sonrisa franca, sin trampa ni cálculo. -No te preocupes, Sigurd- Dijo con tono campechano, aunque firme como siempre. -Tendrás un barco lo suficientemente grande como para que llegues a la siguiente isla sin tener que arrastrarte nadando. Y uno de mis mejores navegantes irá contigo. Consideralo un regalo por el espectáculo.- El comentario arrancó algunas risas nerviosas entre los presentes, pero cuando Magnus rió también, el ambiente se relajó, al menos por un instante. Fue en ese momento cuando Sigurd, con su imponente figura y su temple inmutable, pidió lo que parecía casi un gesto infantil: una bandera. Pero no cualquiera. Quería el estandarte del Sol Púrpura. Magnus alzó las cejas con sorpresa y rió de nuevo, esta vez con más fuerza. Se volvió hacia Alex D’Artane, aún encorvado por la derrota, y sin mediar palabra, le arrancó la bandera de entre los brazos. Luego, avanzó sin miedo hacia el titán y le tendió el estandarte como si ofreciera un juramento. -Espero que la cuides. Quién sabe, quizá en el futuro volvamos a encontrarnos. Y si eso pasa… es posible que tengamos que pelear. Eso será malo para ti... o para mí. Pero que quede claro: ese combate debe ser a muerte. ¿De acuerdo?- Entonces extendió la mano, no como un líder que bendice a un súbdito, sino como un guerrero que reconoce a otro. El silencio volvió a reinar mientras la escena quedaba suspendida entre respeto, promesa y un destino aún por escribirse.
Mientras los ecos de la conversación entre Magnus y Sigurd se diluían en el aire como el humo tras una batalla, el ambiente en Whiskey Peak se tornaba sorprendentemente festivo. La tensión se había disipado en cuestión de minutos, y lo que momentos antes fue una confrontación al borde de la guerra civil ahora se desenvolvía como una ceremonia de honor. Los nuevos miembros del gremio, aún sacudiéndose el polvo de la derrota, trabajaban con determinación para reunir el botín prometido. Oro, joyas, sacos llenos de berries y artículos valiosos pasaban de mano en mano como si transportaran una ofrenda para un dios colosal. En el centro de todo, Sigurd, imperturbable, proyectaba una sombra que se alargaba como un monolito ancestral, ajeno al sudor de los hombres que se apresuraban a cumplir lo que era ya una forma de tributo. Cuatro de los más fornidos, entre ellos antiguos tenientes de clanes derrotados, cargaban un cofre tan grande que requería su fuerza combinada para no arrastrarlo por la piedra. Era el núcleo del premio, la recompensa tangible al guerrero que, sin palabras, había torcido el curso del destino de Whiskey Peak. El cofre resonaba con cada paso, una sinfonía de metales y monedas entrechocando, y a cada sonido, más hombres sonreían, aliviados por el aparente fin del conflicto. Fue entonces cuando ocurrió. Un silbido agudo cortó el aire como una cuchilla invisible, obligando a varios soldados a alzar la vista con el ceño fruncido. Nadie alcanzó a identificar su origen antes de que el caos estallara. Un estruendo sordo precedió a la explosión que impactó directamente sobre los porteadores del cofre. La madera estalló en astillas, las monedas volaron como metralla incandescente y los cuatro hombres desaparecieron en una nube de fuego y polvo, arrojados por los aires como muñecos de trapo. El silencio duró apenas un segundo antes de que el cielo se desgarrara con una lluvia de proyectiles. Explosivos, bombas artesanales o algo peor comenzaron a caer en la zona como si el mismísimo infierno hubiese decidido reclamar su parte. Las explosiones sacudían el suelo con fuerza sísmica, arrojando cuerpos, polvo y fuego en todas direcciones. Varios soldados del recién unificado Gremio del Sol Púrpura fueron lanzados como hojas por el viento, envueltos en llamas o enterrados por escombros. El orden colapsó en cuestión de segundos. La atmósfera se llenó de gritos, humo negro y el crujir siniestro de las llamas devorando madera, tela y carne. Había comenzado un ataque. Uno inesperado, brutal y perfectamente calculado.
El estruendo de los explosivos todavía resonaba en las piedras rotas de Whiskey Peak cuando el verdadero horror se dejó sentir: el terror humano, crudo, sin máscara. Mientras el humo de las detonaciones aún se alzaba como lenguas grises hacia el cielo abrasado por la pólvora, surgió una estampida de voces y pisadas que rompió el frágil equilibrio del momento. Desde las calles que serpenteaban entre los edificios ya maltrechos, aldeanos salían corriendo como almas en pena, dejando atrás pertenencias, dignidad, incluso a sus seres queridos. Los niños lloraban, las madres gritaban los nombres de sus hijos, los ancianos eran arrastrados o dejados atrás. Entre toda esa maraña de caos y miedo, un pequeño, cubierto de polvo y lágrimas, pasó corriendo entre los pies de Sigurd como si se tratara del tronco de un árbol ancestral. -¡QUE VIENEN! ¡ESTÁN LLEGANDO! Gritó el chiquillo, con la voz quebrada por el miedo, mirando a Magnus con desesperación antes de perderse en la multitud. Y entonces, como si la tierra misma diera testimonio de lo que anunciaba, la visión apareció. En el horizonte se alzaba una marabunta de figuras, una oleada humana armada hasta los dientes, avanzando con la seguridad fanática de quienes no conocen el fracaso. Iban acompañados por estandartes piratas agitados por el viento, uno de los cuales destacaba por encima del resto: un cráneo con una espada y un rifle cruzados y un diente de oro. No había duda. La banda de John Stern había llegado. El azote del oeste. El pirata carnicero. Ante la escena, Magnus no retrocedió. Lejos de temer, parecía recibir aquella amenaza como una bendición caída del cielo. Su risa estalló en el aire como una campana de guerra. -¡JORORORORORO!- Resonó mientras golpeaba con fuerza el antebrazo del gigante Sigurd, en un gesto tan amistoso como enérgico, marcando una hermandad sellada en fuego y sangre. -Parece que nuestros caminos no se han separado aún.- Dando un paso al frente, Magnus giró el rostro hacia el coloso y añadió con una sonrisa feroz. -Ahora vas a verme en acción, Sigurd. Nadie ataca a mi pueblo sin mi consentimiento.- El brillo de la espada que desenvainó fue como un relámpago en plena tormenta. Sus ojos brillaban con la promesa del combate, su postura era la de un hombre que no solo iba a defender su tierra… sino a castigar a quienes habían osado tocarla.
Jolly Roger de los piratas de John Stern
Magnus
INFO
RESUMEN
Cuando se le está entregando la recompensa a Sigurd, son atacados por piratas. Se pone fin a esta aventura, y da pie a la siguiente aventura.
BÉLICO
En este post no hay bélico.
Si tienes alguna duda, ya sabes, puedes contactarme via discord.
Alas Negras
❝
Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
El final de una gran batalla. De una gran aventura. Mi paso por Whisky Peak marca el pistoletazo de salida de mi gran travesía por La Gran Line. Desde que llegué al "Barrio del Diablo", pasando por la prueba de los Soles púrpura tras la taberna, descansando a cuerpo de rey durante varios días, derrotando a todos los gremios participantes en el torneo... Y finalizando con una alianza duradera en el tiempo.
Magnus acepta mi petición, y como hermanos de armas, me entrega su estandarte para que me acompañe por siempre. Un gesto de respeto entre guerreros que no olvidaré. Y con la promesa de una gran pelea en nuestro próximo encuentro, me propongo recoger el premio económico y marchar en busca de mi nuevo destino.
O quizás no...
Un silbido agudo corta el viento, y antes de que nadie pueda hacer nada, una explosión imprevista rompe la emotiva despedida. Tras la primera, una segunda, y con ella, una tras otra. Una lluvia de fuego empieza a caer con fuerza hasta donde me alcanza la vista. Nos están atacando. Con el pánico de ser alcanzados por el fuego y la pólvora, todos empiezan a correr despavoridos. El suelo tiembla tras cada impacto y los cimientos de los edificios circundantes ceden ante la destrucción. El caos se apodera de Whisky Peak.
Acostumbrado a esto, me apresuro a recoger lo que resta del botín desperdigado, guardándome todo el oro posible en la bolsa de tela que me cuelga de la cintura. Mientras, Magnus dirige a sus hombres para gestionar la caótica situación y poner a todos los que pueda a salvo. Tenemos prioridades distintas, sin duda.
Bajo ataque constante, un diminuto crío grita el porqué de todo esto. Estamos bajo ataque pirata. Miro al líder de los Soles púrpura por un segundo. En su rostro se dibuja la calma, como siempre. Tiene un plan, se le ve entre ceja y ceja. Orgulloso, da un paso al frente y confronta la situación con hierro. Planea un contraataque y enfrentar el fuego con fuego. Y si hay violencia, no pienso quedarme atrás. -Bien, bien, bien...- digo pausado, mientras empiezo a levantarme habiendo recogido tanto dinero como mi bolsa puede aguantar. La amenaza que se presenta parece mucho más entretenida que un torneo de maleantes de segunda. -Vamos a divertirnos un poco más, por lo que parece, sí.- cojo a Yggdrasil con fuerza con la mano derecha. Pese al cansancio, toca hacer tripas corazón y atacar con todo. No vaya a ser que me quede sin barco. Con suerte, me quedaré el de esta gente de forma permanente. Miro entonces de reojo a Magnus. -No te mueras en mitad de la batalla o te sacaré de entre los muertos para que cumplas tu promesa, ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!! ¡¡¡QUE PRUEBEN EL FILO DE NUESTRO ACERO, MAGNUS. QUE SUFRAN LA IRA DE LOS BUCCANEER !!!-
Continuará...
En efecto, cajita feliz
Datos de interés
Resumen
Sigurd se despide y procede a irse, pero son todos atacados por piratas
Sigurd recoge lo que puede del premio y se prepara junto a Magnus para el contraataque
Karmas
Charlatán
Risa excéntrica
Exhibicionista
Honesto
Desdén
Exceso de confianza
Pensamientos de Sigurd
La prioridad de Sigurd es el dinero
Sigurd luchará junto a Magnus por el placer de pelear, aunque también porque necesita avanzar en barco
Bélico
Bélico defensivo
No hay
Bélico ofensivo
No hay
Off
Aquí acaba la primera aventura de Sigurd. Muy feliz. Muy contento. Tengo mil ganas de que esto vaya avanzando
Mil gracias a Kenzo por todo. La paciencia y el seguir rolenado conmigo. Lo espero por mucho tiempo y lo tengo como uno de mis narradores de referencia. Un besazo para él