Onizuka Jin
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Mientras el joven estaba inconsciente, había pasado un rato vigilando a que el médico hiciera correctamente su labor y, por otra parte, explicar un poco por encima la situación, sin dar demasiados detalles que consideró inútiles. Lo que sí comentó fue de dónde lo conocía, él mismo recordaba a la familia Maeda. ¿Cómo no hacerlo? Habían sido una fuente importante hasta el fallecimiento de ambos progenitores.
Su Den-Den Mushi sonó revelando información, un caos que habían armado, algunos de los hombres detenidos por los Marines. Al menos, otros muchos habían logrado escapar. Ahora tocaba la parte más pesada; moverse bajo los contactos que tenía, tratar de que el silencio fuera absoluto y no existieran rumores de lo ocurrido. Por supuesto, por otro lado, su propio jefe tuvo que ser informado. Probablemente Jack habría muerto, pero igualmente era una mano derecha de otro clan y habría que aclarar demasiadas cosas, cosas que en un solo día, desafortunadamente, no iban a ser suficientes. De arriba abajo. Parece que alguien como Jin solo se mueve para un trabajo de matar, negocios y tráfico, pero no, la limpieza también es parte de él, moverse, los contactos… Todo. Por ello, incluso con la herida que todavía cargaba en su antebrazo solo se limitó a lavarse la herida, tomar un nuevo traje que no estuviera manchado de sangre y salir de allí, confiando en aquel médico para que tratara a Kiyoshi.
Fue así como logró conseguir que recuperaran las cosas del joven, igual que así también fue que pudo terminar algunos asuntos pendientes y ordenar una investigación exhaustiva de todo lo que necesitaba conocer sobre los Maeda, pero no por sus padres, sino su propio hijo, quien ahora al fin había reconocido. El recuerdo era difuso, había pasado tiempo, no recordaba siquiera cuánto, pero también recordaba algunos detalles que volaban alrededor de la familia, objetivos que iban tras ellos… No había dado importancia hasta entonces, pero quizás pudiera conseguir algo más decente.
Para cuando regresó, pudo finalmente acomodarse primero en la cocina. El escozor le dolía horrores, pero nada que irónicamente al hombre le disgustara. Pero no era tan necio como para desconocer las consecuencias de dejar que una herida no se cerrara adecuadamente. Se retiró con calma el abrigo de su traje, se comenzó a desabrochar la camisa…
—Jefe. — Jin prosiguió su labor con naturalidad, retirando la parte superior por completo, elevando su brazo derecho y ver el corte mejor. —El señor Maeda ha despertado. Dice que quiere verlo.
—Bien. Voy para allá. — pronunció con calma, ahora usando el agua para limpiarse los restos de sangre que habían comenzado a formarse de nuevo. El propio médico suspiró, acercándole una gasa para evitar que el sangrado fuera a más.
—Permítame, le trataré eso mientras tanto habla con el joven.
—No. Más tarde. — pasó unos vendajes por la misma gasa él mismo, con calma y despreocupado. Solo se podía ver que soportaba el dolor mediante el sudor que corría por su frente. Una vez terminó de improvisar, caminó hasta la puerta.
—Jefe… ¿Le dirá sobre…? Ya sabe… Lo que pasó con sus papás. — Jin frenó en seco ante las palabras del joven, en aire pensativo, sin voltearse a verlo directamente. El silencio se alargó más de lo que siquiera él mismo había planeado. Respiró profundamente, cerrando sus ojos por unos segundos antes de abrirlos nuevamente y hablar.
—Ya veremos.
Tomó otra camisa de nuevo, acomodándosela antes de volver a salir. Cruzó la puerta, con el silencio que dejó atrás, el médico atrás y, en el camino, pasando por el resto de habitaciones de aquel domicilio, tomando un maletín que otro de sus hombres había traído, hasta finalmente entrar en la habitación de Kiyoshi. Prefirió, al menos por el momento y a menos que hubiera una solicitud de ello, poder hablar con aquel médico en privado, más por costumbre que otra cosa. Cerró la puerta tras de sí, pudiendo finalmente ver al joven despierto.
—Veo que ya despertaste.
Dejó el maletín a un lado, tomó el mismo asiento en que el médico previo había estado cuidando del joven, acomodándose en él, cruzándose de brazos y piernas. —Debo agradecer que me ayudara allí atrás y… disculparme por las molestias que le he causado. — hizo una nueva pausa, esperando primero una reacción ajena, la que fuera, antes de retomar la conversación de nuevo. —Le compensaré, por supuesto, por las molestias, pero también me gustaría tener un médico privado, solo para mí y nadie más. Tienes habilidades fascinantes que no había visto en ningún otro, cuidas no solo tu propia higiene, también eres capaz de evitar contaminaciones innecesarias en pacientes. — solo debía verlo para reconocer ese talento. Quizás esa manía podría ser una desventaja, por no mencionar su actitud, pero el trabajo merecía la pena. —Por supuesto, no va a ser gratis.
Kiyoshi Maeda
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¿Qué tanto tarda en traer a ese tipo? ¿Acaso tiene que ir muy lejos? A Kiyoshi le molesta esperar. Lo malo es que no está en condiciones para simplemente levantarse e irse. Así que, mientras tanto, levanta un poco las sábanas y revisa todo el cuarto en general, al menos desde su posición. Busca rastros de suciedad, objetos desacomodados, si las sábanas huelen mal, se fija en todo.
Un buen sabor de boca es le que le llega al ver que todo está muy pulcro. Muy bien cuidado, bien aseado, bien decorado también. Un sitio cómodo en el cual recuperarse, pues sabe lo suficiente sobre su rubro como para entender que deberá quedarse aquí unos dos o tres días. Claro, siempre y cuando no lo echen a patadas. En ese caso, deberá arreglárselas por su cuenta. Sabe cómo es el mundo, y en el momento en que se dejó golpear y terminó herido, su destino ya no podía seguir siendo escrito por él mismo. Es triste, pero es la realidad.
Ya está a punto de alzar la voz cuando la puerta se abre y el tipo que quería ver finalmente se presenta. Cierra la puerta también, curioso, demostrando querer privacidad. El tipo de antes no se ve, así que será una charla de hombre a hombre, sin nadie interrumpiendo.
Lamentablemente, la primera interacción no es muy buena. — Se supone que fueron a avisarte de que desperté, así que ya lo sabías. ¿Eres tonto acaso? — O solo quiere hacerse el interesante.
Kiyoshi, que durante la espera se mantuvo recostado, solo inclinado al estar apoyado en una almohada, ahora se sienta en la cama por mucho que experimente un mareo. Se sujeta la cabeza hasta que el asunto termina y ya puede ver bien al tipo a su lado. — Bien, ya estoy. Y no agradezcas o te disculpes de nada. Lo único que importa aquí es el dinero. Por supuesto que el precio ha aumentado, ya no te cobraré lo mismo que dije en el bar. Mira el estado en el que me encuentro. — No tiene consideración por el hecho de que un hombre bajo el mando de Jin lo trató y cuidó durante todo este tiempo. Eso lo considera una obligación, pues se vio envuelto en todo este asunto por ayudarlo.
— No, no, no. Estás confundiendo mucho las cosas. — ¿Él un médico privado? Imposible. Ya tiene muchos pacientes bajo su tutela y no puede solo abandonarlos. Es un profesional que se toma su trabajo en serio, no piensa dejarlos tirados sin un motivo lo suficientemente de peso. Solo por alguien que le puede pagar más no tiene necesidad. No es alguien que sufre por el dinero. El hecho de que insista tanto en los pagos es porque cree que así es que deben tratarse los asuntos del trabajo. Cuando te dejas estar y atiendes gratis, tu reputación puede disminuir en la opinión general.
Pero Jin necesita una explicación, ¿no? — Nunca he tenido la intención de trabajar tan comprometido con gente tan peligrosa. Has pensado mal tras verme disparar. Soy un médico, no un criminal. — Y su voz suena más dura cuando dice lo último. — Sé disparar para defenderme. No soy un hombre fuerte o que sepa pelear. Y siempre aparecen tipos como tú que quieren servicios médicos para evitar la muerte en este mundo. Mi vida es prioridad por sobre la del resto.
Parece que realmente le ha molestado la oferta, pues quita las sábanas de encima suyo y hace el amague de levantarse de la cama, como si quisiera irse. — No confío en que tú y tus hombres puedan garantizarme protección. Tampoco me gustan los pacientes que arriesgan su vida sin cuidado. — Y este punto es el más importante de todos, así que pon mucha atención, Jin.
— No me interesa tener en mis brazos a tipos que morirán. No hago milagros, solo curo a tipos que tienen remedio. Y la gente como ustedes, tontos, no lo tienen.
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Onizuka Jin
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Joven directo, conciso, nada sorprendente a estas alturas. Inclinó ligeramente su espalda, juntando ambas manos para observar al joven incorporarse. —No le recomiendo levantarse tan pronto, joven Maeda. — pronunció con la calma con la que había entrado, pese al escozor que volvía a sentir de su herida mal tratada. —Por el momento, intente descansar lo que pueda.
No era siquiera necesario siquiera que le señalara sus heridas, él mismo lo había estado cargando hasta donde se encontraba en ese mismo instante. Movió ligeramente su mano derecha, haciendo una leve mueca con un tic en sus cejas por el escozor, tomando el maletín que había traído consigo y poniéndolo a un lado de la cama, donde si el joven quería, podía abrirlo. —Diez mil. El doble de lo acordado por todo lo que ha tenido que pasar usted. Creo que es justo. Y no se preocupe, sus cosas también las han traído en las mejores condiciones posibles.
El rechazo llegó fugaz, sin compasión quizás. El silencio se asentó por un momento ante las claras palabras del joven Kiyoshi. Elevó ligeramente sus manos, todavía juntas, acomodándolas bajo su mentón, sin abandonar la mirada hacia los ojos ajenos. —Veo que conoces más de lo que aparentas… O es que quizás la experiencia te enseñó demasiado. ¿Fue también así con tus papás? — descruzó los dedos de sus propias manos, levantándose de allí, acercándose hasta la ventana. Ambas manos cómodas en sus propios bolsillos. —Una lástima lo que les ocurrió. — sacó su ya característica cajetilla de tabaco, el cual estaba perfectamente ordenado y en condiciones sorprendentemente pulcras, orden, impecable, siempre era así. —¿Todavía no ha descubierto quién lo hizo?
Desvió un poco el tema a propósito, retirando el cigarrillo de la cajita, acomodándola entre sus labios y, por el momento, sin encenderlo. —No planeo que usted se introduzca en el mundo criminal, joven Maeda. — ahora sí, volvía a ser más directo. Quería conocer su reacción, analizarla, quizás tentar un poco el terreno. —Y, sin embargo… — hizo una nueva pausa, volteando de nuevo su cuerpo en dirección al joven, retirando el cigarrillo todavía apagado de sus labios, manteniéndolo en sus dedos de momento.
—Estoy seguro de que busca venganza. ¿Qué pensaría si le dijera que puedo ayudarlo?
Su mano izquierda se acomodó en el bolsillo, apoyando mejor uno de los lados de su pie, con los ojos fijos en el joven. Planeaba fumar ya por costumbre, pero por un segundo recordó de nuevo aquella manía en la limpieza del joven, por eso, de momento, el cigarro se mantenía apagado entre los dedos de su mano derecha. —Como asumo que podrá conocer, tengo varios contactos que podrían acelerar un proceso que le tomaría más tiempo del previsto si intenta realizar una investigación por su propia cuenta. — Hizo una breve pausa, encorvando ligeramente sus labios por las palabras de Kiyoshi, la sinceridad era sin duda abrumadora, cierta. —No niego que tenga usted razón. Sin embargo, sí planeo ayudarlo. Por supuesto, puede hacer lo que desee. Lo que puedo garantizarle es que, desde luego, no planeo morir de forma breve y, como bien habrá notado, no tolero que imbéciles sean recompensados con una cura, y si son cadáveres, mucho menos. Eso no me preocupa en lo absoluto. — Ahora, con sus dedos, comenzó a juguetear ligeramente con el cigarrillo, sus ojos volviendo a la camilla donde se encontraba el joven.
—Como dije, conocí a sus papás, joven, y eran buenos clientes.
Kiyoshi Maeda
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Siempre es bueno que te den el doble de lo acordado, eso no se puede negar. Así que, por un momento, la expresión seria del médico se convierte en una más tranquila. Un buen pago y atención médica gratuita, ¿qué más puede pedir? Claro, hubiera sido mejor no resultar herido, pero son gajes del oficio. No es la primera vez que le pasa.
Ahora, lo que no se esperaba era la mención a sus padres. Apenas lo escucha, sus ojos se abren de par en par, clavándose en la figura del yakuza. ¿Qué sabe? ¿Está mintiendo? No, es imposible que pueda sacar eso de la nada. — ¿Eres tonto? ¿De qué estás hablando? — No tarda en interpelarlo. Alza la voz de manera muy repentina, lo que le hace toser mientras se cubre la boca con el antebrazo derecho. — Sé quiénes lo hicieron, pero desconozco el motivo. Aún. — Aunque, siendo sincero, no es que haya hecho mucho para ir por esa verdad. En su isla de residencia no es que pueda acceder a más información, y embarcarse en un viaje de investigación es un plan que no ha considerado.
Fue cosa de mencionar a los padres de Kiyoshi para que el ambiente sereno se vuelva tenso. Si Jin quería arruinar todo, lo ha hecho, porque se trata de un tema muy complejo para nuestro protagonista. No hay día o noche en que no se sienta impotente por no haber podido hacer algo para salvar sus vidas, para lograr que siguieran más tiempo a su lado.
¿Qué tienen que ver los Onizuka con los Maeda? Necesita respuestas, y las necesita rápido.
— ¿Ayudarme? ¿Un yakuza ofreciéndome ayuda? Ya has podido ver como soy. Si quieres hablar de negocios, sé directo. En este mundo, nadie quiere ayudar a otro por ser buena persona. Eso no existe. — Otra vez alza la voz y nuevamente tose, aunque se calma carraspeando un poco. Se está dejando llevar y eso no le hace bien. — Antes que nada, necesito saber qué sabes de ellos, qué tienen que ver todos ustedes con ellos. No recuerdo el apellido Onizuka en ninguna conversación con ellos. — Lo cual tiene sentido. Al haber sido siempre un niño protegido y consentido, varios asuntos serios fueron escondidos de él. Ni siquiera el mayordomo se ha atrevido a hablarle de muchas cosas debido a la promesa que les hizo a sus patrones.
Esta parece ser la situación perfecta para conocer un poco más de ellos, para entenderlos más. Ese siempre ha sido un pesar en los hombros de Kiyoshi. Aunque compartieron mucho y tuvieron una linda relación, siente como si nunca hubiera podido conocer nada de ellos. ¿Será que este hombre, Jin, sea la llave para abrir la caja que lleva tanto tiempo cerrada?
Es más, ni siquiera quiere arriesgarse a que el yakuza tenga la buena voluntad de contarle, sino que se encargará de exigirle que abra la boca. Aprovechando que ellos mismos trajeron su equipaje, la maleta con su arma de fuego está en su presencia, no tardando en abrir y sacarla para apuntar directamente contra el más bajo de la habitación.
— Me interesa mucho tu propuesta, pero debes entender que estás entrando en terrenos muy delicados. No creas que me iré de aquí sin todas las respuestas que necesito. — Se le oye tranquilo, controlando la situación. Tanto su voz como rostro no cambian cuando dispara, apuntando a escasos centímetros de la cara ajena, atravesando la bala la pared. — Avísales que nadie entre. — Porque seguramente sus hombres querrán venir a ver debido al evidente ruido de bala.
Esta debe ser una conversación de dos, nadie más puede intervenir. — ¿Qué negocios hacían con ustedes? No omitas ningún detalle si no quieres que vuele tu tonto cerebro. — Y lo hará, Jin, créeme que lo hará. — Y dime cómo puedes ayudarme a conseguir información sobre su muerte. El gobierno los liquidó, no entiendo por qué sus mismos compañeros los llevaron a la muerte. — Porque los autores del crimen visitaron anteriormente su casa. Lamentablemente, Kiyoshi, debido a los años y al trauma generado, no recuerda sus rostros.
Una lástima.
— ¿Qué sabes? Habla. — El dedo ya está en el gatillo. No lo hagas desesperar, Jin.
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Claramente y, por el repentino cambio de actitud, estaba pudiendo ver que desconocía prácticamente todo lo que había estado ocurriendo en el entorno de sus padres. Pese a que la bala pudo llegar a sacudir su cabello, romper la ventana en la que se había estado acomodando, no se inmutó. Disparos de advertencia, los conocía, mas no esperaba un comportamiento tan impulsivo por parte del joven. Aparentemente el odio era mayor que su propia razón.
Ahora sí, dado el aviso, y que ya parecía que habían roto aquella pequeña confianza, volvió a elevar el cigarrillo entre sus propios labios, sacando el mechero y encendiéndolo calmadamente, algo que lo relajaría después de todo el desastre ocasionado hasta ese momento.
—No se equivoca, usted, nadie ayuda a nadie por ser buena persona, pero sí por deber favores.
Sus ojos se elevaron, volviendo de nuevo a acomodar los ojos azul pálido en los del joven, soplando el humo al lado de la ventana abierta, al momento que la puerta se abría de golpe. Irónicamente, en el instante que el mismo Kiyoshi hacía la demanda.
—¡JEFE!
—Fuera. — pronunció con su tono de voz característico, aquel que lograba poner a la gente con los pelos de punta. —Estamos hablando.
—Jefe, el resto puede venir a ayudarlo si es necesario.
—No te preocupes, por ahora todo está bien. — su mano se elevó, pese a que el sniper iba directamente hacia él, con la misma calma inicial, caminó hasta la puerta donde estaba el médico, quien era el que había abierto la puerta. —Hasta que no de una orden, nadie va a entrar. Está todo bajo control. — el médico, lejos de seguir quejándose, fue lo suficientemente sensato para inclinar su cabeza y mirar de reojo a Kiyoshi, él comprendiendo la situación.
—Como ordene, jefe. Daré el aviso al resto. — la puerta se cerró, y el rostro de Jin volvió a enfocarse en el joven Kiyoshi, con calma. En un inicio solo hubo un silencio, quizás suficiente para una nueva amenaza, quizás para que comenzara a preparar el gatillo para disparar. Contempló al joven con calma, retirando el cigarrillo de entre sus labios, soplando el humo con paciencia.
—Veo que usted desconoce más de lo que creía, joven Maeda. ¿Al menos me dejará sentarme sin tener que apretar el gatillo?
No había rechazo, al menos no a la propuesta, pero posiblemente sí a la petición que fuera a hacerle. Cerró los ojos por algunos segundos. —Sus papás sabían qué les iba a ocurrir, y les debía un favor, así que les prometí cuidar de usted. — su mano izquierda se posicionó en el bolsillo, todavía de pie, su mirada con un destello de algo más que no parecía ser comprensible con alguien que lo pasara por alto. Comprensión. —Los negocios que tenían con nosotros es mejor mantenerlos confidenciales, joven Maeda, y más viendo que parece desconocer más de lo que creía. Ellos se preocupaban mucho por usted y su salud. — dio un par de pasos, no acercándose al joven, sino manteniendo las distancias, solo como un movimiento pensativo en qué realizar a continuación. —Verá, en nuestro clan nos gusta mover nuestras… “mercancías” de forma discreta. La vista gorda no se paga barata, como bien podrá comprender. Tengo algunos clientes muy interesantes, desde luego, pero sus papás eran de los mejores que conocí, y no por compra de productos precisamente. Sabían manejar bien los asuntos privados, incluso siendo políticos.
Los pasos del hombre cesaron un momento, volviendo la mirada al joven, con esa información estaba seguro de que al menos sospecharía qué era lo que hacían con su clan. —Yo mismo fui quien habló con ellos para el negocio. Por supuesto, garantizando su seguridad, jovencito. Ellos solo tenían que limpiar las manchas que dejábamos atrás, cabos sueltos. Con eso creo que es suficiente información. — una vez más, dio una nueva calada a su cigarrillo. El amarillo se mezclaba con el gris a medida que se iba consumiendo más y más.
—Tengo contactos, como bien te dije, que están con el miedo de que les pase lo mismo que a tus padres, joven Maeda.
Cerró sus ojos por algunos segundos. —Y no es difícil elegir para las personas entre el dinero y la seguridad ante la vida de otros. Tus padres fueron silenciados por sus propios compañeros. Tengo entendido que hubo algún conflicto interno. Ahora, si baja el arma, podré darle un poco más de detalles. No quisiera seguir hablando con eso en la cara, cuando no planeo hacerle ningún daño. Soy un hombre de palabra, y no planeo romper la promesa que le hice a tus padres, Kiyoshi.
Kiyoshi Maeda
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Apenas entra el intruso, la mira de su arma apunta a él. Kiyoshi no menciona ninguna palabra, y su rostro se mantiene serio. Posee un don para concentrarse al momento de disparar, por lo que estar en su mira en estos momentos puede ser muy peligroso. Si intenta avanzar en su contra, Kiyoshi no dudará en jalar el gatillo. Asertivamente, Jin logra hacerlo entrar en razón y que se marcha, salvando su vida. — Es la única oportunidad que le daré. Si ese tonto vuelve a interrumpirnos, no tendré piedad. — Por mucho que sea un médico y, por lógica, no quiera matar a nadie sino todo lo contrario, tiene en mente que está posiblemente rodeado de enemigos. Lo importante es defenderse a sí mismo, sobre todo cuando se está hablando un tema tan importante para él.
Centrándonos en la charla, por mucho que el yakuza esté dando información interesante, mostrándose abierto a hablar, el doctor no deja de apuntarle. Llegado un momento, se muerde el labio bajo la mascarilla, como muestra de que está perdiendo un poco la paciencia. Encontrar pequeñas respuestas que lo conducen en su busca de la verdad le emociona, pero también le molesta. ¿Por qué este tipo frente a él se las da del bueno de la historia y no se siente culpable de lo que pasó?
— Entiendo, así que eres parte del tonto problema que mató a mis padres. — Probablemente no son las palabras que el más bajito del cuarto esperaba escuchar, como tampoco debe ser muy predecible el disparo que, repentinamente, busca llegar hasta su muslo derecho. Sí, Kiyoshi aprieta el gatillo, acabando con toda seguridad que podía haber. De este modo, quiere restringir su movilidad e impedirle acercarse en caso de que quiera hacerle daño. Consideremos que nuestro serio amiguito es consiente de su debilidad física, por lo que defenderse a los puños es algo imposible para él.
Para entonces, ya se pone de pie, sin dejar de apuntar a su herido conocido. Lo que sí, no reduce la distancia, solo avista una nueva ventana, una alejada de la posición de Jin. No planea empezar una huida en la que puede perder debido a su baja velocidad y resistencia física, pero necesita tener cartas bajo la manga en caso de necesitarlas.
— ¿Eres tan tonto que esperes que no considere que por tu culpa también ellos murieron? Explícame de inmediato el tipo de negocio que tenían o, de lo contrario, a la próxima apuntaré a un hueso que no te podrá reparar ni el mejor médico. — Y lo mejor es que le crea, pues como médico, sabe muy bien a qué sectores del cuerpo puede causar más o menos daño, más o menos dolor, daño permanente o uno tranquilo. — Siempre he querido llenar de balas a los asesinos de mis padres. Aunque tú te viste envuelto, no eres a quien busco. Pero si no me das la información que deseo, todo puede cambiar de un momento a otro.
Es que Kiyoshi es un hombre extremadamente gruñón, sobre todo cuando pierde la paciencia, y la perdió cuando sus padres fueron nombrados. — No me interesa la promesa que les hiciste, fácilmente puedes inventar cualquier cosa para manipularme. Jugar a eso con un médico es un grave error, pues conocemos bastante bien cómo funcionan el cuerpo y la mente de los humanos. — Un nuevo disparo sale hacia él, pero como el primero, no le da y solo atraviesa la madera de la pared, tratándose de una nueva advertencia. — No me interesa tenerte de enemigo, solo necesito saber qué sucedió y de quiénes debo vengarme. Si no me dices lo que quiero, simplemente cerraré tu boca para siempre. Colaboramos juntos o acabo con tu vida.
De Jin depende que las palabras sigan siendo las protagonistas de este día o si, por lo opuesto, las balas volverán a tener un fin distinto al de solo amedrentar.
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Aunque hubiera querido responderle, no tuvo tiempo. Sus ojos descendieron, la sangre estalló en el disparo. Eso lo hizo descender parte de su cuerpo, sosteniendo con firmeza la herida de bala que acababa de impactar en su muslo derecho. Solo apretó los dientes con firmeza, temblando, apretando los dientes y, con ello, el propio cigarrillo que reposaba entre sus labios, aunque pronto los abrió y el mismo descendió, cayendo al suelo. El quejido también iba acompañado. Era un humano, podía sentir dolor y, pese a ello, su respiración sonaba a la de un jadeo, una respiración agitada. Él temblaba, peleando internamente para que su problema inferior no se hiciera mayor de lo que ya era. El rojo se apreciaba en sus mejillas, en una sonrisa que aparentaba ser maliciosa, pese a no ser la intención.
—Ya veo que no tienes miedo a las consecuencias.
Descendió poco a poco la cabeza, podía sentir la boca del arma todavía apuntándole directamente. Él tuvo que sostenerse con una mano en un lado de la pared, forzándose a mantenerse en pie, mientras la diestra apretaba la herida para evitar que se desangrara más de lo que debía. Respiraba con fuerza, procurando soportar el dolor, aunque el sudor ya estaba diciendo en silencio que estaba soportándolo.
—No se equivoque, joven. Asumo perfectamente la culpa de mi parte.
Tuvo que hacer una pausa, mordiendo su labio inferior, apretando los ojos. Solo deseaba que sus hombres cumplieran su orden de no involucrarse a menos que lo ordenara él, o podría echarlo todo por la borda. Podría asustarse, pero ya se había involucrado demasiado en la muerte para verse amedrentado ante esa situación. No era ni la primera y posiblemente tampoco sería la última vez. —A mí me habló mi propio jefe para contratarlos a tus padres. — Su brazo se elevó, tratando de mantenerse todavía en pie, ahora usando la fuerza de la otra pierna y su propia mano. Podía sentir la sangre todavía descender incluso cuando trataba de evitar que saliera de ese modo. Su amenaza sonaba más que real. —Si hubiera querido mentirle, o hacerle daño, en vez de traerlo hasta aquí lo habría abandonado atrás junto al resto de mis hombres mientras entraban los Marines. Quizás no sea el tipo de persona a la que usted esté habituada, pero si hay algo que no soporto es mentir, así que baje ese arma de una condenada vez, porque le aseguro que no planeo romper mi promesa con sus padres.
Sus ojos, alfilados, se volvieron hacia él. Inconscientemente, su voz había vuelto a salir autoritaria, capaz de asustar a sus hombres, por algo había llegado hasta allí. Cerró los ojos algunos segundos, dejando escapar un suspiro para calmarse, y volvió la mirada hacia la boca del arma que lo veía por delante del rostro del mismo Kiyoshi.
—Es algo que yo mismo estoy investigando también. Obviamente alguien buscó a mi jefe e hizo que yo los contratara. Negar que tuviera algo que ver con el fallecimiento de sus padres sería una mentira estúpida, pero lo que sí puedo asegurarle es que no fui quien dio la orden, ni planeaba que fallecieran. Hacían bien su trabajo, podíamos trabajar tranquilos y ellos respirar bajo nuestra protección. — hizo una pausa, ahora apoyando su espalda en la pared, descendiendo lentamente su cuerpo para reposar su propia pierna, sentándose allí mismo. Elevó su cabeza para no perderlo de vista. —Mi jefe y yo los estamos buscando, a los responsables. Sabemos que están en otra isla, pero intentan ocultarse a la vez que envían asesinos y sicarios detrás de otros involucrados. Es posible que incluso antes de ponerse en contacto con nosotros ya planearan algo con sus padres, joven Maeda. Por ahora, es todo lo que puedo decirle mientras me apunta con su arma. — y, si no trataban su herida y se desangraba, menos información podría ofrecer.
• Fetichismo: El personaje siente excitación erótica a través de cosas específicas, como una parte del cuerpo, hacia un personaje del género que le atraiga. No incluye a personajes menores de edad.
Karma: -3 (Sadomasoquismo)
Kiyoshi Maeda
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No, no le convence. Siente que no puede quedarse tranquilo con solo lo que escucha. No es que considere ilógico o sin sentido lo que le cuenta Jin, sino que le frustra darse cuenta que cuando cree que ha dado un paso en la busca de información sobre el asesinato de sus padres, la verdad es solo medio paso, o incluso menos que eso. — ¿Cómo puedes asegurarme que no estás omitiendo información? ¿Realmente eres confiable? — Hasta entonces, se ha asegurado de mantener la distancia y ser prudente, pero ya no más.
Avanza pasos hacia él, confiado en el arma que sostiene y en lo herido que está el otro hombre. Sabe que cualquier movimiento que haga en su contra, deberá disparar de inmediato. Darle margen, por muy pequeño que sea, puede ser fatal para alguien como Kiyoshi que físicamente poco y nada puede hacer contra tipos de este estilo. Ya vio antes fuera del bar que en un combate a golpes no tiene ninguna chance de vencer.
Menos mal no es de los que cree que por usar armas y no los puños es un cobarde. Es más, ni cree que ser cobarde sea algo malo, no le entrega una connotación negativa. ¿Por qué debería ensuciarse las manos con estos tipos? No hay motivo. — ¿Quién es tu jefe? ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? — Y para asegurarse de que responda, aprovecha el largo de su arma, más de un metro, para presionar el cañón contra la zona en donde disparó antes, probablemente provocando más dolor en su cuerpo. Eso sí, tomemos en cuenta que sigue con el dedo en el gatillo y que no se ha percatado del masoquismo ajeno.
— ¿Dices tu jefe y tú fueron utilizados para involucrar a mis padres? ¿Pero involucrarlos en qué? Responde de una maldita vez. — Ya comienza a perder la paciencia, y el hecho de que presione más el material de su arma contra la piel herida de Jin, es una prueba de ello. — Estás tardando mucho en decirme qué era lo que hacían mis padres. — Está perdiendo tanto la paciencia, sucumbiendo tanto a su lado gruñón, que hace lo impensado.
Un hombre como Kiyoshi, enfermizo desde siempre, debilucho, alto y delgado, que nunca se peleó con nadie por ser consiente de su estado, no acostumbra a buscar resolver las cosas mediante los golpes. Esta vez es distinto. Sin dejar de presionar con su arma, eleva la pierna derecha y le da una patada directamente en el rostro al yakuza. Por supuesto que no le dolerá mucho, pero quizás un sangrado sí puede provocarle.
— ¿Cómo puedes confirmarme que los están buscando? ¿Acaso puedo quedarme tranquilo porque tú me darás información cuando la reúnan? No creas que soy tan iluso. — Vuelve a retroceder y tomar distancia con el varón más bajo, aproximadamente unos tres metros, nuevamente cerca de otra ventana, la cual está cerrada pero sin seguro. Ya la tiene vista desde hace tiempo.
No deja de apuntarle. — Tienes cinco segundos para convencerme de bajar el arma. De lo contrario, dispararé a tu rostro, morirás y huiré. Tú decides.
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Sus ojos se elevaron con esfuerzo, la respiración estaba agitada, su mano apretando su propia herida para evitar una hemorragia mayor a la que posiblemente estuviera sufriendo. Solo era un sadomasoquista, no un loco que quisiera morir. Sabía equilibrar esa pequeña y limitada balanza al menos un mínimo. Su cabeza se eleva cuando escucha sus pasos, pero no teme, ni al dolor, ni a la tortura, ya padeció eso varias veces. Por el momento se había mantenido en silencio, sus ojos fijos en la boca del arma que lo apuntaba directamente. De hecho, dibujaba una media sonrisa cargada de sadismo.
—¿Y qué pensarías si te dijera que tengo registros de la información que te estoy dando?
Puede sentirlo, la boca del arma sobre su propia herida. Aprieta la mandíbula, su sonrisa se desvanece, emite un quejido y su cuerpo tiembla. El dolor es intenso, tanto como lo que le está provocando. Condenada sea su locura. El sudor frío corre por su cuerpo, el dolor profundo del arma. No era necesario ese gesto si quería respuestas, pero le dio justo lo que necesitaba. ¿Cómo acercar algo que le provoca placer a un masoquista? Estaba bajando la guardia. Solo apuntaba a ese muslo, nada más, ni su pecho, ni un órgano vital. Su mano, manchada de su propia sangre, tomó la boca del arma, con un brusco movimiento, moviéndolo a un lado. Podría escuchar un segundo disparo quizás, o quizás no. Dependía de los reflejos del joven. En cualquier caso, si era así, la bala rozaría un lado de su muslo, el suelo de madera humeante y fresco. —He sobrevivido a mucho más que esto, joven Maeda, créame, si lo quisiera muerto, ahora mismo no estaría aquí. — jadeaba, su respiración entrecortada, el pantalón lo apretaba, pero más el intenso dolor de su propia herida.
—Si tanto te interesa mi jefe, te lo puedo presentar. No te recomiendo que conozcas su nombre, al menos no por ahora. — tomó una pausa, su mano se apretó con más firmeza en el arma, apretando la mandíbula. El dolor era casi insoportable. —Y si en serio me estás preguntando a qué se dedica sabiendo a qué me dedico yo, es que no sabes nada de nosotros. — Dudaba que el tirón del arma fuera suficiente para acercarlo, pero sí que no hacía falta mucho más para poder entablar una conversación con el joven, quien pareció más agresivo de lo que pudiera haber imaginado. A saber si sus padres siquiera conocían ese lado de él. Mordió ahora su labio inferior, cerrando los ojos con dolor, tomándose algunos segundos a medida que su mano iba perdiendo fuerza, la suficiente para soltar el arma. En parte, a propósito, buscaba que comprendiera que lo dejaba ir incluso con semejante situación. Solo pudo sentir la boca del arma apretarse de nuevo en su herida, dejando escapar un nuevo quejido de dolor.
—Ya te lo he dicho… Nos ayudaban a ocultarnos de lo que hacemos.
Su mano temblaba ahora más, apretando sus ojos, jadeando. —Nosotros podíamos seguir moviéndonos, trabajar con nuestro tráfico ilegal, ellos lo podían camuflar. No hay más secreto que ese… Ese era su condenado trabajo, ocultar lo que hacíamos, nada más… A cambio nosotros ofrecíamos la protección que necesitaban a ellos y el resto de los “compañeros”. Maldita sea. Hay más políticos además de tus padres, ellos fueron quienes recomendaron a mi jefe a tus padres. — una vez más, una nueva pausa para poder respirar y poder centrarse, el dolor estaba empeorando, la sangre no dejaba de brotar de su pierna. —Si piensas que tus padres eran malos, te equivocas. — elevó lentamente su mirada, buscando ahora la de Kiyoshi, quien finalmente había tomado distancias. Con el esfuerzo que le quedaba, se apoyó en el mueble con su mano libre, manteniendo su pierna estirada, usando la fuerza de su propio brazo para ponerse en pie, aunque fuera solo con uno de ellos. La sangre ahora iba descendiendo por el traje de su pantalón encima del que había quedado por el suelo. —Conozco algunos de ellos, si quieres hacerles preguntas, te llevaré a esos políticos que tanto están asustados. Quizás así consigas la información que buscamos. — El rostro donde había quedado el golpe marcado, aunque no hubiera sido demasiado, sí fue suficiente para hacer que de su labio cayera un hilo de sangre. Pasó su mano por sobre ella, al menos la única que tenía libre.
—Brandon Lee, William Raymon y Anastasia Grace. — tres nombres, tres políticos distintos. Sus ojos se elevaron hacia el joven, quizás conociera, al menos, uno de ellos. —Ellos tres son quienes estamos investigando. Si conoces la línea de trabajo de tus padres, sabrás que trabajaron juntos. — Respiró de nuevo, apretando los ojos. ¿Cuánto tiempo más podría mantener la consciencia? —Brandon Lee de momento es uno de los sospechosos que tenemos. Contactó directamente con tus padres apenas horas de que fueran asesinados. — Una razón, una información que no era vacía. —Si quieres el resto de la información sobre Anastasia y William, es tu elección. Si me matas, dudo que puedas conseguir nada más. Estoy seguro de que los conoces, o al menos a alguno de ellos, aunque solo sea por el nombre. Los tres trabajaron para tus padres, uno de ellos como espía. Además, tengo documentación que confirmará lo que estoy diciendo. — ¿Cuál de ellos? No lo iba a mencionar hasta que bajara el arma.
Kiyoshi Maeda
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
— ¿Este tipo es tonto?
Lo es, y demasiado.
Kiyoshi no entiende por qué tarda tanto en dar las respuestas que le exige. ¿Acaso no le teme a la muerte? ¿Asume que las amenazas son solo un juego, que no es capaz de dispararle en un órgano vital y quitarle la vida? En cierto sentido, puede estar en lo correcto. Hablamos de un médico, un hombre que busca proteger y mejorar vidas. Exterminarlas es un acto que no disfruta, sino que todo lo contrario, repudia. Pero la situación cambia radicalmente cuando sus difuntos padres son el tema principal. Su mente normalmente calmada, a pesar de lo mucho que trata de tonto al resto, se intensifica a grados altos. Jin está comprobando eso en primera persona.
— Bien, eso me gusta, que comiences a hablar. Así que mis padres se encargaban de que ustedes hagan sus estupideces sin ser descubiertos. ¿Me estás diciendo que por ayudar a basura como tú es que acabaron siendo asesinados? No sé si me calma un poco. — Aquí ocurrió algo muy peculiar y vale la pena mencionarlo. Lo normal es que tratase a sus padres como tontos, realmente eso es lo que pasa por su cabeza. Sin embargo, se niega a decirlo o a darle mucho protagonismo dentro de su mente. Los extraña demasiado como para tratarlos de esa forma. Posiblemente podrían decirle que eran los peores asesinos en la historia de la humanidad, y aun así seguiría pensando en vengarse.
Quizás este momento de duda es el que intenta aprovechar Jin para ponerse de pie con todas las dificultades que eso conlleva. En primera instancia le dejó pasar el hecho de que sujete su arma ya que empezó a abrir la boca de una forma que deja algo conforme a Kiyoshi, pero está abusando de la leve confianza que le está dando.
Utilizando el cañón del rifle, Kiyoshi le da un golpe en el rostro de arriba hacia abajo, buscando tirarlo nuevamente al suelo justo en medio de su intento de levantarse, así aprovecha que su rodilla buena debe seguir doblada y sin demasiada estabilidad, siendo más sencillo el derribarlo. — ¿Qué estás haciendo, tonto? Aún hay cosas que debemos seguir hablando. No creerás que por tan poco ya me conformaré y me iré. — Ahora la boquilla del arma presiona la frente ajena, donde si jala el gatillo, seguramente lo mate en un santiamén.
La pregunta es: ¿sería capaz de hacerlo? No te recomendaría querer averiguarlo, estimado Jin. Dicen que la curiosidad mató al gato.
— Esos nombres… — Al fin algo más concreto, lo cual calma su enojo y aparta su arma, dejando de apuntarle por primera vez en mucho rato. Parece que Jin está aprendiendo cómo funciona esto, lo cual es positivo. — No podría decir que los conozco mucho, pero me suena el apellido Grace. — Tal vez porque esa mujer pidió que su hija tenga una cita con el propio Kiyoshi, pero como este no siente especial interés por ese tipo de cosas, simplemente olvidó el haberse reunido con su primogénita. De los otros dos, tal vez debería preguntarle a su mayordomo, pero a él no le suenan mucho. Y es que siempre fue muy protegido por sus padres, hasta apartado podríamos decir. Y lo obvio es que tras lo sucedido, las personas implicadas hayan decidido alejarse de la residencia Maeda. No podían arriesgarse a ser descubiertos y meterse en líos que luego no sabrían resolver.
— ¿Realmente puedes llevarme con ellos para interrogarlos? ¿No me estás mintiendo? — Su tono de voz, duro hasta ahora, se enseña más conciliador. El diálogo establecido por Jin está surtiendo efecto, y Kiyoshi ya no se muestra tan amenazante como antes. Ha bajado la guardia un poco, no sosteniendo con fuerza su arma. Si el hombre herido quisiera jugarse todo a atacar y desprenderlo de su arma, podría tener éxito. Claro, si sus cálculos fallan y consigue fracasar en su acción, lo más seguro es que le vuelen la cabeza.
Lo anterior no será necesario, pues definitivamente el médico baja su arma. La deposita sobre la cama y se acerca a su equipaje, sacando desde dentro un pequeño bolsito y con él en mano se acerca a Jin, situando ambas rodillas en el piso para estar cerca de la herida en su pierna. Sin mencionar ninguna palabra y, tras asear perfectamente los instrumentos, comienza a trabajar en la herida. Limpiar la sangre, cortar un poco más el pantalón para que la herida quede a la vista y operarla mejor. Un buen vendaje, buenos medicamentos.
Es durante este trabajo de experto que realiza, que sigue la charla entre ambos. — ¿Eres capaz de decirme dónde se esconden? — Lo piensa mejor y concluye que quizás es una palabra muy fuerte. — ¿O dónde viven actualmente? Necesito verlos. Necesito respuestas. — Finalmente, tras unos minutos, termina de cerrar la herida. Extrajo la bala, incluso cosió su piel. Recién ahora vuelve a establecer contacto visual con Jin, estando cerca de él. — Necesito tu ayuda, y yo te ayudaré a cambio. Iré donde sea con tal de saber lo que necesito. Con tal de obtener la venganza que anhelo.
Mucho mejor diálogo, más tranquilo, su voz llega a titubear a veces. Es un tema sensible para él, demasiado, y le es imposible contener sus emociones ya sean para bien o para mal. — Podemos establecer una cooperación. No es de mi agrado relacionarme con criminales, pero siempre supe que debería ensuciarme las manos, muy a mi pesar, si quería llegar al fondo de todo esto. Me desagradas, pero tu utilidad está por encima de eso.
¿No es eso lo que el propio Jin propuso desde el principio? Parece que Kiyoshi ya está listo para hablar formalmente de negocios.
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