22-12-2025, 10:00 PM
(Última modificación: 23-12-2025, 01:31 AM por KuroVongola.)
Día 75, Año 16, Invierno
Después de un viaje largo y pesado, el barco comercial finalmente atracó. El calor me golpeó en el rostro apenas puse un pie en el muelle. Había llegado, pero eso no significaba que todo estuviera resuelto.
Esperé a que la mayoría de los marineros bajaran antes de ir a la bodega. El Komainu salió con paso lento, aún algo débil, pero claramente más tranquilo. El clima le sentaba mejor. Su respiración era más regular y su pelaje, aunque todavía opaco, ya no estaba cubierto de hielo.
—Al menos aquí podrás recuperarte. —
No respondió, pero caminó a mi lado sin mostrar miedo. Eso me alivió, y al mismo tiempo me preocupó. Yo no podía quedarme con él. Mi vida no era estable, ni segura. Viajaba demasiado, me metía en problemas con frecuencia y llevaba un cartel de búsqueda encima. No era alguien en quien una criatura así debiera depender.
Durante los días siguientes me moví por la isla. Caminé por mercados abiertos, zonas residenciales, pequeños templos y lugares donde se reunían estudiosos y comerciantes. El Komainu permanecía oculto la mayor parte del tiempo, descansando en lugares apartados que yo buscaba con cuidado.
—No puedo simplemente dejarte aquí. —
—Pero tampoco puedo llevarte conmigo. —
La idea me rondaba la cabeza sin parar. Pensé en monjes, en guardianes de templos, en personas que vivieran lejos del mar y del caos. Pregunté con cuidado, sin dar demasiados detalles, describiendo solo a una “criatura especial” que necesitaba un entorno adecuado.
Algunos negaban con la cabeza. Otros mostraban interés, pero hacían demasiadas preguntas. Cada respuesta que no me convencía aumentaba la presión en el pecho.
—Tengo que hacerlo bien. —
Una tarde, sentado a la sombra de una construcción de piedra blanca, observé al Komainu dormir. Parecía más fuerte que antes. Verlo así me dio un poco de calma, pero también reforzó mi decisión. No podía fallar.
Guardé la libreta en la mochila y me levanté.
—Vamos. —
Aún no sabía a quién encontraría ni cuánto tiempo me tomaría, pero estaba decidido a seguir buscando. Caminé hacia una zona más tranquila de la isla, donde el ruido del puerto no llegaba y el ambiente era distinto. El sol comenzaba a bajar, tiñendo todo de tonos anaranjados.
Seguía caminando, atento, preguntando lo justo, observando a la gente, con la esperanza de encontrar a alguien capaz de hacerse cargo de aquello que yo no podía proteger.
Esperé a que la mayoría de los marineros bajaran antes de ir a la bodega. El Komainu salió con paso lento, aún algo débil, pero claramente más tranquilo. El clima le sentaba mejor. Su respiración era más regular y su pelaje, aunque todavía opaco, ya no estaba cubierto de hielo.
—Al menos aquí podrás recuperarte. —
No respondió, pero caminó a mi lado sin mostrar miedo. Eso me alivió, y al mismo tiempo me preocupó. Yo no podía quedarme con él. Mi vida no era estable, ni segura. Viajaba demasiado, me metía en problemas con frecuencia y llevaba un cartel de búsqueda encima. No era alguien en quien una criatura así debiera depender.
Durante los días siguientes me moví por la isla. Caminé por mercados abiertos, zonas residenciales, pequeños templos y lugares donde se reunían estudiosos y comerciantes. El Komainu permanecía oculto la mayor parte del tiempo, descansando en lugares apartados que yo buscaba con cuidado.
—No puedo simplemente dejarte aquí. —
—Pero tampoco puedo llevarte conmigo. —
La idea me rondaba la cabeza sin parar. Pensé en monjes, en guardianes de templos, en personas que vivieran lejos del mar y del caos. Pregunté con cuidado, sin dar demasiados detalles, describiendo solo a una “criatura especial” que necesitaba un entorno adecuado.
Algunos negaban con la cabeza. Otros mostraban interés, pero hacían demasiadas preguntas. Cada respuesta que no me convencía aumentaba la presión en el pecho.
—Tengo que hacerlo bien. —
Una tarde, sentado a la sombra de una construcción de piedra blanca, observé al Komainu dormir. Parecía más fuerte que antes. Verlo así me dio un poco de calma, pero también reforzó mi decisión. No podía fallar.
Guardé la libreta en la mochila y me levanté.
—Vamos. —
Aún no sabía a quién encontraría ni cuánto tiempo me tomaría, pero estaba decidido a seguir buscando. Caminé hacia una zona más tranquila de la isla, donde el ruido del puerto no llegaba y el ambiente era distinto. El sol comenzaba a bajar, tiñendo todo de tonos anaranjados.
Seguía caminando, atento, preguntando lo justo, observando a la gente, con la esperanza de encontrar a alguien capaz de hacerse cargo de aquello que yo no podía proteger.
Caminé unos minutos más hasta que una idea se abrió paso entre todas las dudas.
—El banco Goldreich. —
Había escuchado rumores mientras preguntaba por la isla. Decían que compraban animales grandes. Me dirigí directamente allí sin darle más vueltas. El edificio era sólido, bien cuidado, fácil de reconocer. Antes de entrar, me aseguré de dejar mis armas fuera y le hice una seña al Komainu para que se quedara cerca de la puerta. Se sentó sin protestar, atento, observando a la gente pasar.
Dentro, un joven empleado me recibió con una sonrisa educada y me indicó el camino hacia las ventanillas. Caminé despacio, con la libreta bien guardada y las manos visibles.
Me detuve frente a una de ellas y respiré hondo.
—Buenos días. Soy KuroVongola. —
El hombre levantó la vista, atento.
—He venido para vender un Komainu.—
Señalé con calma hacia una de las ventanas laterales, desde donde la figura del Komainu podía verse con claridad, sentado y tranquilo.
Me quedé en silencio después de eso, esperando la reacción.

![[Imagen: mz3XEoL.png]](https://i.imgur.com/mz3XEoL.png)