La enciclopedia de bichos de Kenzo Fujiwara [FIC]
#1
Día 50 de Primavera, Año 16.

Me senté en la silla del escritorio de mi camarote después de vestirme con mi camisa roja de flores amarillas, los pantalones anchos y mis viejas botas. La tela ligera se pegaba un poco a la piel por el sudor reciente del entrenamiento, y ese olor a esfuerzo me resultaba más reconfortante que cualquier perfume. Siempre me levanto antes que el resto; el barco aún cruje dormido a esa hora, y el mar suena distinto, como si respirara más despacio. Entrené hasta que los brazos me temblaron y las piernas ardieron, repitiendo cada movimiento con la obsesión metódica de quien sabe que el talento no basta. Si quiero ser el hombre más fuerte de todos, no puedo permitirme huecos. Primero igualar a mis compañeros. Después superarlos. Luego alcanzar a Yojimbo… y volver a superarlo. Ese es el mínimo. No una fantasía, no una bravuconada. Un estándar. Me dejo caer hacia atrás un segundo, sintiendo cómo la madera de la silla protesta bajo mi peso, y miro mis manos. Todavía vibran. Bien. Eso significa que hoy exprimí algo más de mí mismo. Abro el cajón con calma y saco el lápiz; el grafito ya está mordido en la punta, costumbre vieja cuando pienso demasiado. Despliego la libreta y paso los dedos por las páginas llenas de números, notas y pequeñas observaciones sobre postura y respiración. Empiezo a escribir los avances del día: flexiones, abdominales, dominadas. No anoto solo cifras; apunto sensaciones, errores, mejoras en el agarre. Cada línea es un recordatorio de que la fuerza no es un don, es una construcción diaria.

Cuando fui a cerrar la libreta, el pulgar se me quedó atrapado entre las páginas viejas, como si el papel mismo no quisiera dejarme ir. La abrí un poco más y empecé a ojear las primeras hojas, aquellas que escribí cuando todavía no tenía tantas cicatrices ni esta obsesión tan clara con superarlo todo. La tinta estaba más desvaída, el trazo torcido, impaciente. Y allí, casi en el centro de la página, con una letra desordenada y francamente fea, leí: “Escribir la enciclopedia de bichos y animales más famosa del mundo”. Me quedé mirándolo unos segundos, sintiendo cómo algo en el pecho se aflojaba. Dieciséis años. Apenas un crío con demasiada energía y la cabeza llena de insectos imposibles. Sonreí sin darme cuenta. En aquel entonces pasaba horas enteras observando escarabajos, persiguiendo mantis entre la maleza, anotando cosas inútiles para cualquiera que no fuera yo. Pensaba más en alas, mandíbulas y patrones de colores que en huesos rotos y agarres perfectos. Ahora mi rutina gira en torno a entrenar, meditar, comer y volver a entrenar. La fuerza se ha convertido en una meta constante, casi una religión personal. Pero al leer esa frase entendí que no he cambiado tanto como creía. Sigo sintiendo el mismo cosquilleo cuando descubro una especie nueva. Sigo anotando detalles con la misma devoción. Tal vez ahora mis manos estén más endurecidas y mi mirada sea más seria, pero el chico que quería escribir la mejor enciclopedia del mundo sigue aquí, escondido entre números de flexiones y técnicas de combate. Y quizá no esté mal que convivan ambos sueños: el de ser el más fuerte… y el de entender cada criatura que pisa este mar conmigo.

Me giré lentamente en la silla, dejando que las patas rasparan la madera del suelo, y clavé la mirada en las estanterías de mi camarote. Allí estaban. Filas de tarros de cristal, cada uno con su pequeño universo dentro: escarabajos de caparazón iridiscente, mantis inmóviles como si aún fingieran ser hojas, arañas que parecían mirar de vuelta cuando la luz incidía en sus ojos diminutos. Algunos estaban perfectamente etiquetados; otros, no tanto. Siempre encontraba una excusa para dejarlo “para después”. Entrenar. Comer. Ir a fastidiar a Garnet hasta que me echara del camarote. Interrumpir a Tobías con alguna pregunta absurda solo para ver su cara de paciencia agotada. Siempre había algo más inmediato. Pero mientras los observaba, sentí una incomodidad distinta, como si todos esos frascos me estuvieran acusando en silencio. ¿Y si era el momento? ¿Y si dejar de aplazarlo era tan importante como sumar otra serie de dominadas? La fuerza construye el cuerpo, sí. Pero un proyecto construye al hombre. Me incorporé de golpe, como si el pensamiento necesitara acción inmediata antes de desvanecerse, y comencé a bajar los tarros uno por uno. Los sostuve con cuidado, como si fueran reliquias frágiles, y los fui colocando sobre la mesa con una precisión casi ceremonial. El cristal chocaba suavemente contra la madera, creando un pequeño coro de decisiones tomadas. Luego abrí el cajón y saqué un libro en blanco que llevaba demasiado tiempo esperando. La pluma se hundió en la tinta negra, espesa, prometedora. Me senté de nuevo, respiré hondo y tracé las primeras líneas con más firmeza de la que esperaba.

Kenzo Fujiwara comenzando su enciclopedia


Comencé a clasificar los bichos con una concentración que no sentía desde mis entrenamientos más duros. Corté pequeñas pegatinas, escribí nombres con letra firme y las fui adhiriendo a cada tarro: algunos con denominaciones científicas improvisadas, otras con apodos más personales que solo yo entendería. El escarabajo de caparazón azul profundo pasó a ser “Escarabajo Acorazado Costero”; la mantis más grande, “Variante Esmeralda Mayor”. Mientras pegaba cada etiqueta, sentía que estaba poniendo orden no solo en el cristal, sino en mi propia cabeza. Cada frasco encontraba su lugar en la mesa, alineados con un rigor casi militar, aunque el resto del camarote se hubiera convertido en un pequeño campo de batalla de libros abiertos, tapas desplazadas y estanterías medio vacías. Me levanté para observar el resultado y no pude evitar soltar una carcajada baja al ver el caos que había provocado. Camisas dobladas a medias, botas desplazadas, papeles por el suelo. Parecía que un vendaval hubiera decidido estudiar entomología. Y, sin embargo, sonreí ampliamente. Ese desorden no era descuido; era el rastro de una decisión. Tenía por delante un trabajo enorme, incontables especies por descubrir, islas que explorar, criaturas que observar antes de siquiera pensar en describirlas con justicia. Sentía nervios, sí, una especie de cosquilleo eléctrico bajo la piel, pero también una felicidad limpia, honesta, de esas que no necesitan demostrarse a nadie. Había recuperado un sueño sin abandonar mi ambición de fuerza. Tomé el libro con ambas manos y, con cuidado, escribí en la portada: “La enciclopedia de bichos definitivo, por Kenzo Fujiwara”. Me quedé mirándolo unos segundos, repitiendo el título en silencio como si probara su peso. Orgullo. Esa fue la palabra exacta. Luego me senté de nuevo, acomodé la pluma entre los dedos y empecé a trabajar, decidido a que esas páginas algún día viajaran más lejos que yo mismo.
[Imagen: oSgdXs8.png]
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
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