[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 1
#21
El verano siempre se hacía notar, incluso en los rincones más olvidados del mar. El aire cálido se pegaba a la piel como una segunda capa y el sol parecía no tener intención de ocultarse nunca, pero en Baterilla tenía algo diferente, allí el calor venía acompañado del olor salado del océano y del murmullo constante de las olas rompiendo contra el muelle, desde que Sigrid había sido asignada como marine, aquella isla se había convertido en su mundo, entrenamientos, patrullas, guardias nocturnas y alguna que otra pelea que nunca faltaba en un puerto lleno de marineros y viajeros.

Por eso mismo, cuando llegó la orden, la vikinga tardó unos segundos en procesarla, no era una patrulla, ni un arresto, era una misión y además fuera de la isla. El destino tampoco era cualquier lugar. Nada menos que el New Era Joy Park, el famoso parque de entretenimiento ubicado en Cabos Gemelos, del que hablaban viajeros y periódicos como si fuera la maravilla del mar. Un sitio donde la diversión parecía no tener límites, espectáculos, atracciones, comida extravagante y visitantes llegados de todos los rincones del mundo, incluso los propios representantes del parque estaban facilitando el transporte para civiles que quisieran visitarlo.

Aunque claro ese no era exactamente el caso de Sigrid. La vikinga observaba el barco de la Marina desde el muelle, con los brazos cruzados y la alabarda apoyada sobre el hombro. No viajaria como turista, iba de uniforme, bajo órdenes directas y con un deber que cumplir junto a su división, Juan que se habia convertido en una tortuga, Enji encima de el como si fuera su transporte personal, Masami saludando a las demas divisiones con un entusiasmo enorme. Aquello le producía una mezcla extraña de emociones, curiosidad, felicidad, miedo, porque nunca había salido realmente de Baterilla desde que entró al servicio y esa chispa de emoción que aparece cuando algo nuevo está por comenzar.

—Así que ¿un parque de diversiones, eh?— murmuró para sí misma, rascándose la barbilla con expresión pensativa, —Necesitamos un barco así definitivamente Juanchi. — pero en cuanto iba a subir al barco con el resto de su grupo recordó algo importante, tenia un paquete que entregar a alguien de la división 75 asi que se desvió solo un poco para encontrarlos antes de que subiera a su propio barco, porque si, la división 75 tenia su propio barco, mientras que nosotros, bueno, nosotros somos responsables y es lo que importa.

—Oye Milkichi, tengo esto para ti, lo enviaron desde la base para un marine de la división 75, esas son dos cajas de municiones para el tirador de tu división. — La vikinga ni siquiera podía recordar el nombre de la persona a la que tenia que entregar las balas, según era Milkichi, Dichichi, Denpipi, ni siquiera se acordó el nombre asi que se lo entregó al primero que vió y lo llamó milkichi como si fuera la persona correcta.

Luego volvió con su propia división y subió la rampa del barco con pasos pesados pero seguros, el casco brillando bajo el sol del verano y sus botas resonaron contra la madera de la cubierta mientras miraba el horizonte abierto que se extendía más allá de la isla.—Bueno, si esto es una misión, entonces vamos a hacerla bien.— dijo con una sonrisa enorme que terminó rompiendo la seriedad de su rostro. —¡Espero que al menos vendan comida gigante!.— de pronto el ritmo de la voz de Masami comenzó a extenderse por el barco junto al sonido de sus maracas lo que hizo que inevitablemente Sigrid sonriera como si fuese una niña pequeña al ver los movimientos de su compañero de división.

Cosas Vikingas
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
#22
La noche del treinta y nueve la pasé en la sala común de la Marina. Perdí la cuenta de la cantidad de periódicos, panfletos, notas y archivos de Buscados que acumulé en la mesita supletoria junto al sillón. No podía dormir. Los nervios me mordían el estómago. Café en mano, deslicé la página. A la mañana siguiente partíamos de misión y yo había pasado los últimos días convaleciente por las fiebres. Por eso, trataba de recabar toda la información posible.

—¡St. George, tienes que contarme todo lo que puedas sobre ese nuevo parque!

Alcé la vista del periódico que estudiaba con detenimiento. La perenne sonrisa de John me recibió. Ataviado con el pijama de ositos sus rasgos redondos lucían aún más aniñados.

—¿No te han asignado para ir?
El muchacho agachó la cabeza en una negativa cargada de resignación.
—Era de esperar… —se le apagó la mirada.

Sí, era de esperar. John apenas llevaba un año como miembro de la Marina y con tan solo dieciocho años, le quedaba mucho por aprender. Dejé la tacita humeante junto a los papeles.

—Aquí también te necesitarán. —Me incorporé solo para despeinarle el cabello—. Nunca se descarta la posibilidad de que todo esto no sea más que una estrategia para dejar Baterilla desprotegida. Mantén la guardia alta.

Aquella debió ser la primera vez que no fingí sentir afecto hacia él. El encuentro con Hae-won todavía me ardía bajo la piel, grabado su perfume, y tuve la sensación de que había derribado algo en mí más grande de lo que alcanzaba a imaginar. Por eso, cuando vi a John recuperar la sonrisa, me alegré genuinamente por él.

El muchacho asintió con ganas, cuadrando los hombros.

—¡Sí, señor!
Se me escapó una carcajada.
—John, que no soy más que un soldado raso.
—Lo sé.

Él no perdió la sonrisa. A mí se me contagió esa sensación abrumadora de familiaridad. Por una vez, no me importó tanto que siempre me hubiera visto como a un hermano mayor.

Nos fuimos a dormir poco después.
Esa noche, pese al vértigo que me provocaba la misión, no hubieron pesadillas. Desperté con la mano aferrada a la llave de mi collar, consciente de que la representaba a ella.

La mañana del día cuarenta fue tan precipitada como era de esperar. Botas llenando a la carrera los pasillos, armas que se cargaban, el cierre de las cremalleras de un sinfín de bolsas de viaje listas para partir. Había aprendido a identificar aquel ajetreo como el característico anuncio de una guerra, incluso cuando esta se presentaba disfrazada de atracciones y diversión.

—Porque un Marine nunca se representa solo a sí mismo, representa la justicia, y la justicia no va en pelotas ni en camiseta.
«Porque un Marine sabe cuándo sale, pero nunca si regresará» pensé, con la espalda erguida y un puñal invisible entre las costillas.

La marea de uniforme nos unificaba a todos. Busqué al resto de mi División en cuanto las instrucciones finalizaron, para dirigirnos juntos al Tempestad.

—¿Emocionada? —le pregunté a Nyra. Sin saber, con exactitud, con cuál de sus facetas me encontraría.

Las calles, tal y como era de esperar, se habían llenado de risas, cánticos y alegría. El ferry de los sueños, como algunos lo habían bautizado, se erigía en la costa de Pueblo Baquela eclipsando todo con su presencia. Admito que incluso a mí logró robarme el aliento. Habría deseado ser un ciudadano más para no pensar en la amenaza que nuestros comandantes parecían creer que representaba.

Dirigí un vistazo a mis compañeros. Al contrario que muchos de los Marines que dejaban familia o amigos en tierra, lo único que yo tenía para perder viajaría conmigo en el Tempestad. Me juré a mí mismo que en esta ocasión no habría más alfombras tejidas en sangre. Por esa razón, permanecí alerta a todo lo que nos rodeaba.

—Hey, 'capitán'...
Un Marine albino, al que juraba no haber visto en la vida, se acercó a Kael. Todo en él me resultó excéntrico.
—Con gusto cederé el puesto a aquel que demuestre que merece liderar esta división por encima de mí. Hasta entonces, Shin…
«Ah, debe ser el miembro que me faltaba por conocer».

Entre viajes y fiebres, no habíamos tenido la ocasión de coincidir. Su energía desbordante se asemejaba a la de Nyra.

—St. George —saludé con una sonrisa suave—. Un placer conocerte. Soy el nuevo navegante de la división.

Tras esa breve presentación, volví a prestar atención al entorno. Sabía que, muy en el fondo, buscaba a Pulmones Negros entre la multitud. Después de todo, no me habría extrañado que —de conocer sobre el evento y estar cerca— lo hubiera intentado aprovechar para ofrecer a sus chicos a modo de entretenimiento para cierto tipo de clientela. Tampoco me habría sorprendido si aprovechaba la oportunidad para adquirir nuevos esclavos.

No lo vi a él, pero sí a una llamativa mole de un característico azul que, por un breve instante, tuve la sensación de que miraba en nuestra dirección. Me recorrió un escalofrío. Lo había visto la noche anterior entre los carteles de recompensas. Tan pronto como Kazan (o quién parecía serlo) desvió la mirada de nuestro grupo, yo recuperé el aliento. Justo al mismo tiempo que el hedor a tabaco me golpeaba.

Giré la vista en esa dirección.

—¡EH, SHINCHAN!
—¡Kaeelll! Te lo dije, el destino nos volvería a unir.

El que fumaba como un maldito carretero parecía ser otro Marine, probablemente tan excéntrico como mi recién conocido compañero. Viajaba a lomos de una tortuga que, ni en el mejor de los casos, habría identificado como Marine de no ser por la gorra con nuestra insignia.

—Debería ir preparando el barco para zarpar —susurré, inclinado hacia el oído de Hae-won, mientras mis compañeros saludaban a la División ochenta—. Dile al capitán que al ferry ha embarcado Kazan y, creo, que nos ha echado un ojo.

Embarcar al Tempestad no era más que una excusa para alejarme de ese humo que me enervaba la piel. Igual que al inclinarme sobre Hae-won solo pretendía buscar ese aroma a vainilla tan familiar. Estaba dispuesto a darme la vuelta para cruzar la pasarela, cuando otra voz se alzó por encima del ya existente jolgorio.

—¡A ver, tesoros de la setenta y cinco, no me digan que voy a tener que enseñarles cómo se siente el verdadero espíritu del verano porque estas chaca-chaca vibes no me las van a ignorar!

Cantaba alguien que, supuse, pertenecía también a la División ochenta. Apenas tuve tiempo de ver de quién se trataba.

—Oye Milkichi, tengo esto para ti…
«¿Milkichi?»
—No creo que…
—...esas son dos cajas de municiones para el tirador de tu división.
«… sean para mí» iba a añadir, pero la mujer pelirroja se adelantó de nuevo. Desvié la vista desde su rostro hacia el paquete que me ofrecía, rascándome el lunar..
—Dimitri St. George, un placer —saludé con una sonrisa educada, mientras aceptaba las cajas—. Soy el tirador, sí. Gracias por tomar el tiempo de traerlas.

La risita en la comisura de mis labios, por aquel curioso apodo, resultaba más que evidente. Si en otra ocasión hubiera podido molestarme, aquel día tenía la fortuna de hallarme de buen humor, así que no tuve que esforzarme demasiado en simular la cordialidad. Cubierto de ese buen humor, volví a centrar mi atención en la birkaniana de la ochenta:

—¡Esa es la actitud! —exclamé con una amplia sonrisa—. ¡Cuando terminemos con esto, recuérdame que organicemos una buena fiesta!

El corazón no había dejado de martillearme, pero preferí que me arrullara ese ambiente distendido. Guardé la nueva munición en la mochila, junto a la brújula y el resto de equipaje, le despeiné el cabello a Hae-won y crucé la pasarela rumbo al timón.

Disclaimer
#23
Esta isla es una delicia, como ninguna otra, tropical, con un calor que se puede disfrutar, una brisa marina, mucha fruta refrescante cómo parte del menú. Regresar a una de las islas donde me lo pasé mejor fue algo excelente. De las mejores ideas que se podrían haber tenido. Nunca antes me la había pasado mejor. Claro era el año 15 un año donde los funcionarios no tenían tan en cuenta esta isla. Las cosas habían cambiado, para peor, la cantidad de marines que aquí existe es sofocante sin más una de los mayores defectos que tenía esta isla. Su dependencia de la marina ahora la volvía un lugar no tan disfrutable. Ciertamente tener que recordar la cantidad de veces un oficial puso un arma en pecho o en mi cien por mi aspecto era algo que me había hecho sentir un claro descontento por su presencia en todos los lugares en los que yo podría estar. 


Sin embargo, no soy violento, no me pondré a buscar problemas con todo y cada uno de los que aquí están. Sería algo muy agotador y muy molesto, no es mi idea el ser un camorrero. No, mi idea es tomarlo con calma, tranquilidad absoluta. Me había agarrado de la idea de regresar a ese lugar del pasado que ya no existía. Las casas de color blanco y techos rojos, su aire tran tranquílo, solo quedaba la estructura, solo quedaba la estructura de las casas. Ahora está lleno de gente, movimiento, marines, tiene mucha vida y eso la ha hecho cambiar mucho. Me alisté cuidando el estado de mis alas, una limpiada con abundante agua en el baño de aquella posada. El agua en su punto, refrescante para este clima cálido y veraniego. 


Tras un buen baño alistar su largo y lunar cabello ajustando en una cola alta. Está un poco más largo de lo usual, un poco pesado, pero creo que luce bien. Me haría un corte de cabello yo mismo al mirarme al espejo, para tener un aire diferente. Esperaba hoy lucir un poco mejor, me miré al espejo mal cortado que había en la posada y me arregle lo suficiente. Unos buenos aretes y el collar que me representa como el campeón de la trifuerza y un pantalón bastante más elegante que los harapos que suelo vestir. Negra, elegante, holgada, cómoda. No había que adornarse nada de manera adicional. Mi mejor prenda era mi propia piel y la exhibirá con orgullo. 


Adicional a eso aprovecharía un pequeño presente de una voz del cielo y me pondría unas nuevas guanteras y punteras que bien son nuevas me servirían si algún borracho o pillo me quiere buscar problemas. Una pequeña cangurera en la que portaba algunos utensilios adicionales para el caso de emergencias. 


Salir bajo el resplandeciente sol, mis alas expuestas y mi cangurera con mis provisiones bien guardadas. Siempre había que salir preparado. Ya luego de caminar desde la posada hasta donde la muchedumbre está haciendo turismo el calor comenzaba a sentirse acumulado. Movimiento, mucho movimiento, gente aprovechando las atracciones para hacer vida y la gente del pueblo aprovecha para hacer un buen dinerillo ya que las oportunidades muy poco se presentan. Caminé, crucé esquinas, pasé por donde la jefa tenía su cocina, ahí había conocido a Uker, pasé por las tabernas donde había tenido la oportunidad de conocer a runin, miyori, muchas otras visitas casuales que cruzaría en esta isla. Fue una buena época, una muy social. Me sentí un tanto nostálgico, pero fue un segundo efímero que se me escapó al recordar a una buena compañia. 


Caminar por el suelo que ya no defino bien si es arena, si es madera, tanta gente caminando en cualquier dirección ya ha vuelto todo un popurrí de huellas. Son demasiada gente y sé que lo único que debes evitar son aquellos de blanco, con gorra y pañoleta azul. Si a los marines. Las atracciones habían hecho que las personas de todas las razas se hubieran hecho presentes y de entre todos había un grandulón que destacaba. 


Parece que la altura de las razas había hecho de Baterílla un nido de gente de rasgos variados y eso me encanta. Me hace sentir más fácil de camuflar aunque para ser franco siguen siendo tan distintos a mi que igual tienen el efecto opuesto. Entre los turistas tenía que caminar con el ojo puesto ya que veía que se comenzaba a formar una fila frente a un hombre de bigote. Me gusta su estilo pero admito que me es demasiado peculiar. No comprendía mucho acerca de por qué se hacía la fila se formaba y la curiosidad vino a mi. Curiosidad que fue saciada al ver cómo una publicidad explicaba que era un viaje gratis. 


Me quedé mirando con atención y meditando el sí sería una clara oportunidad de aventura. Mi pensamiento me abstrajo un instante hasta encontrar una voz cercana a mi. Me hizo voltear, pero no hacia atrás, no hacia un costado, fue hacia arriba, una voz agradable que me tomó por sorpresa el día de hoy.  Sus alas majestuosas, su presencia única. Si, era ella, claramente. —Hola, hola, que sorpresa encontrarte aquí.— Claro, posicionado frente a la publicidad y junto a la fila que avanzaba me dí cuenta de que estaba bastante cerca del centro de atención. Mucha gente quiere ir al parque de atracciones. Siendo sincero me parece un poco extraño un viaje gratuito, pero si es una inauguración lo ideal es traer gente aunque eso te traiga deudas. 


—Te ves impresionante.—  Agregué con cierta confianza labrada y aprendida. Viendo a mi compañera, deslumbrante, hipnotizante, imponente y angelical con un ademán le solté una pregunta que podría ser bastante elemental en este punto. —¿Tambien te interesa ir al parque de atracciones?— Igual de cotilla en este punto quería saber de ella. —Nunca e ido a los cabos gemelos, creo que estaría interesante anotarse.— Ya que no tengo donde regresar mi brújula me dice que me anote, total, ir de isla en isla por el south suena un viaje sin demasiado propósito y si ella tenía alguna intención de ir allí estaría en una compañía que me agrada mucho. 


Con unos pasos hacia el costado me metí en la fila e hice un poco de espacio para mi compañera. Que ella también se pudiera alistar si esa era su voluntad. Me alegra haberla encontrado de nuevo y una sonrisa tranquila se pinta en mi rostro, involuntaria, pero nada que remarcar que fuera algo especial. Si algo aprendí es que siempre hay que tener autocontrol. 


Mientras estamos en la fila que avanza me agarré un periodico a ver si había algo de información. Al parecer allí podría haber alguna noticia buena. Ojeé por encima las imágenes y notaría. —¿Has notado que hay mucha marina aquí hoy? Pareciera que en lugar ir a un parque vamos a una guerra.— Pero claro eso es solo una idea que soltaría abierta para saber qué opinaba. 


Muchos de los que siguen dando sus datos al hombre uno tras otro, rubios, morenos, altos y chaparros. Hasta que fuera nuestro turno que eventualmente llegó. Cómo todo buen caballero, di mi puesto para que ella pudiera anotarse antes. Mi vista esquiva, poniendo atención a mi alrededor escuchando la información que es más un registro, una asistencia. Que extraño que para entrar a un parque te pidan tu nombre, pero igual, puede ser para un número concreto de cuánta gente vino ese primer día y así hacerse más publicidad. Todos unos genios. 


—Heras, oh… hmm… Sorbert? Hmm… No lo sé, ponga Humano.— La verdad que pidan este tipo de información personal y que yo no pueda darles una respuesta es un asunto incómodo y que avergüenza un poco. Solo podría dar la ubicación de la isla de la cual escapé y claro, yo no tengo idea de que raza soy, así que solo apunté a la que más ví de reojo en la lista. Igual y no es algo demasiado relevante, solo deseaba que esto no me fuera a traer problemas. —Asherah— 
Clara mi intención de llamar su atención con un tono seguro, claro que estoy me hacía dudar un poco pero si me lo quedaba podrían no dejarme subir. —¿Tu eres la persona más parecida a mi, que raza eres tu?— Tras su respuesta mi atención cambiaría de dirección directamente al viejito del bigote. —¿Podría poner esa raza? Así me anota bien.— Igual y si Asherah no es de mi raza es lo más parecido que he encontrado, no hay mucha gente con alas negras que se me haya cruzado camino. 


—¿Todo correcto?—


Ahora si podríamos seguir y abordar por que bastante que hice retrasar la fila. —Sabes, en su momento me gustaría tener mi propio barco.— Le compartí a mi acompañante mientras avanzaba en flujo de personas. —Cón lo que me gusta llevar, espero pronto tener los ahorros suficientes. Será un gran barco y podremos pasear en él.— Claro alguien que estaba acostumbrado a ser pobre un barco era como un sueño inalcanzable. 


Cosas Off
#24
Cuando abrí la ventana de la habitación en El Ancla Vieja esa mañana, el aire entró con esa densidad tibia que hace que hasta las cortinas parezcan cansadas.

Me quedé un rato apoyada en el marco.

Mirando.

Las calles blancas de Baquella todavía estaban tranquilas a esa hora. Algunas puertas abiertas, algún comerciante levantando una persiana, el brillo del sol recién empezando a escalar por los tejados rojizos. Desde que llegué el día veinte venía repitiendo ese pequeño ritual: abrir la ventana, observar el pueblo, medir el pulso del lugar.

Pensar.

Pensar, sobre todo.

Al principio el clima me resultó insoportable. La humedad pegándose a la piel, el aire ondulando sobre las piedras del camino como si el mundo entero estuviera respirando lento. Pero después entendí algo que uno aprende viajando: cada isla tiene su propio ritmo, su propia respiración.

Y si uno pretende sobrevivir… lo mejor es escuchar.

Las vueltas de la vida.

En Samba creía conocer el tablero. Creía entender cómo se movían las piezas. Pero bastaron unos días en Baterilla para que el mapa empezara a deformarse.

Uno cree conocer a la gente.

Hasta que empieza a ver sus caras impresas en los periódicos.

Durante esos días releí más de una vez los diarios que circulaban por el pueblo, aunque ya lo había hecho a conciencia cuando viajé hasta aquí, como si fueran simples avisos comerciales.

Y había descubierto más nombres que me resultaban demasiado familiares para estar ahora acompañados por cifras en berries.

El mundo funciona como una marea: hoy alguien es apenas un rostro entre la multitud y mañana su nombre pesa lo suficiente como para comprar una pequeña fortuna.

Eso cambia la manera en que una observa a la gente.

Y yo… bueno.

Yo tenía otros planes.

No quería seguir siendo simplemente una viajera con buen ojo para las joyas. Quería algo más sólido. Algo que perdurara.

Una empresaria.

Alguien que negocia, que crea redes, que sabe cuándo hablar y cuándo limitarse a escuchar desde la sombra. Alianzas, oportunidades, contactos. Cosas que no sobreviven si una empieza a mezclarse con cualquiera sin medir las consecuencias.

Por eso los días en Baterilla no habían sido sólo descanso.

Habían sido observación.

Escucha.

Cotilleo estratégico en mercados, muelles y tabernas.

Había notado el movimiento creciente de la Marina desde bastante antes de esa mañana. Uniformes nuevos apareciendo entre los habituales, barcos que llegaban con más frecuencia, patrullas que parecían multiplicarse en las calles más transitadas.

Preparativos discretos.

No tan discretos si una sabía mirar.

También escuché hablar del ferry.

El transporte oficial que el ahora por fin revelado New Era Joy Park había dispuesto para quienes quisieran viajar hacia los Cabos Gemelos sin disponer de su propio navío.

El parque mismo sonaba como una exageración empresarial. Norias gigantes, montañas rusas, decoraciones de monstruos marinos, espectáculos.

Un proyecto tan ambicioso que bordeaba lo absurdo.

Y justamente por eso me interesaba.

Nadie invierte semejante cantidad de recursos si no espera algo enorme a cambio.

Así que decidí que ese sería mi camino hacia la siguiente etapa del viaje.

Pero antes de partir había que ordenar la vida en miniatura que uno carga consigo.

Me alejé de la ventana y abrí el baúl sobre la cama.

Las joyas brillaron bajo la luz de la mañana.

Menos que antes, claro.

Durante esos días había vendido muchas piezas. Algunas en buenos negocios, otras cambiadas en trueques por cosas más sensatas para un viaje largo: mapas, herramientas, provisiones que resistieran el calor húmedo del mar.

Reducir el peso de un tesoro nunca es fácil.

Pero un buen negocio empieza con saber qué conservar.

Mis dedos encontraron la única pieza que jamás había considerado vender.

El regalo de Kibai.

La tomé entre las manos un momento. La superficie fría contra la piel. El recuerdo cálido detrás.

Hay regalos que pesan más que el oro.

— Ni loca te negocio — murmuré antes de guardarla con cuidado en el fondo del cofre.

Cerré el baúl con un golpe suave.

Después atendí al segundo ocupante de la habitación.

El pequeño den den mushi.

Dormitaba sobre la mesita, su concha reflejando la luz con un brillo apagado. Lo había conseguido en Samba y, curiosamente, todavía no lo había usado para hablar con nadie.

Le dejé su comida con paciencia.

El caracol masticó con esa parsimonia que sólo tienen las criaturas marinas.

— Tranquilo — le dije — Ya vamos a tener conversaciones interesantes.

Quizás demasiadas.

Luego vino el momento verdaderamente complicado.

Elegir qué ponerme.

Sí, puede sonar superficial. Pero la ropa es lenguaje, y yo siempre preferí que el mío fuese imposible de ignorar.

Revisé varias combinaciones antes de decidirme.

Cuando finalmente me miré en el espejo, sonreí.

El vestido mini de látex rosa metálico abrazaba el cuerpo como una segunda piel. El escote profundo y las aberturas laterales unidas por tiras cruzadas dejaban lo justo a la imaginación… y lo justo a la provocación.

Las mangas de red cubrían mis antebrazos hasta las manos.

Las sandalias de plataforma rosadas, con sus cordones plateados entrelazados como gladiadores modernos, elevaban mi altura y mi humor.

Después vinieron las joyas.

La tiara con la gema rosada en la frente.

El choker del que colgaba un gran cristal plateado.

La liga de cadenas en el muslo izquierdo.

Aros grandes.

Brazaletes múltiples.

Todo plateado.

Todo brillante.

Todo deliberadamente excesivo.

Mi cabello blanco platino quedó recogido en una coleta alta y voluminosa. Algunos mechones ondulados cayeron a los lados del rostro, suavizando el conjunto con una elegancia casi teatral.

Me admiré de costado.

Pagué mi estadía en la recepción después de comer algo ligero. El dueño del hotel me deseó buen viaje con esa mezcla curiosa de cortesía y alivio que aparece cuando un huésped demasiado llamativo finalmente se marcha.

Salí a la calle arrastrando la valija nueva.

Las rueditas fueron una inversión brillante.

Antes de avanzar hacia el puerto levanté la vista.

Siempre lo hago.

Primero al cielo.

Después al mar.

El faro blanco de Baterilla se alzaba contra el sol como una lanza luminosa visible desde casi cualquier rincón del pueblo.

Y entonces lo vi.

Una figura descendiendo desde lo alto.

Alas negras abiertas contra el cielo.

Sonreí.

— Alek…

Era difícil confundir esa forma de moverse. Volar así no era simplemente desplazarse: era hacer una entrada.

Majestuosa.

Casi provocadora.

Negué con la cabeza, divertida.

— Hay gente que no entiende la palabra perfil bajo.

Aunque, siendo honesta, yo tampoco soy exactamente una experta en pasar desapercibida.

Continué caminando hacia el puerto.

El aire salado se mezclaba con el calor pesado de la isla. Barcos cruzaban el horizonte como piezas de ajedrez moviéndose con lentitud.

Y entonces noté algo más.

Los Marines.

Muchos más que en días anteriores.

Durante mi estancia había visto patrullas aquí y allá, pero ahora parecían multiplicarse. Algunos subían a embarcaciones cercanas al ferry. Otros patrullaban con den den mushi en mano.

Custodia.

Seguridad.

O vigilancia.

Probablemente las tres cosas.

No voy a negar que eso me tranquilizó un poco. Si el Gobierno Mundial estaba mirando de cerca el asunto del parque, significaba que el proyecto realmente tenía peso.

Y si tenía peso… entonces también tenía oportunidades.

Cuando finalmente me acerqué a la zona del embarque, la fila ya se extendía varios metros sobre el muelle. Gente de toda clase: aventureros, comerciantes, curiosos, algún que otro viajero con cara de no tener muy claro dónde se estaba metiendo.

Me acomodé detrás de un grupo de turistas particularmente entusiasmados con los folletos del parque.

Fue entonces cuando escuché su voz.

Giré la cabeza, alzando apenas la mirada… y lo reconocí enseguida.

Las alas negras, el porte inconfundible, esa mezcla entre curiosidad y entusiasmo que siempre parecía acompañarlo.

— Mirá vos… — dejé escapar una sonrisa genuina — Heras.

Hacía tiempito que no lo veía. El mundo es grande, pero a veces tiene estas coincidencias extrañas que parecen guiños del destino.

Lo observé unos segundos mientras hablaba.

Seguía teniendo ese aire honesto que lo hacía parecer incapaz de ocultar lo que pensaba.

Cuando me dijo que me veía impresionante, alcé apenas una ceja con una media sonrisa divertida.

— ¿Impresionante? — ladeé la cabeza — Acepto el cumplido.

Hice un pequeño gesto con la mano indicando el conjunto desde la cabeza, acomodando mi tiara en el proceso mientras las pulseras tintineaban y jalando el látex desde el busto que soltó un curioso sonido a latigazo.

— La ocasión lo amerita. Si vamos a meternos en el Grand Line prefiero hacerlo con cierta… presencia.

Cuando mencionó el parque asentí con naturalidad.

— Sí. Justamente voy para allá.

Miré el ferry, enorme, humeando con esa calma industrial que tienen los barcos grandes antes de partir.

— Nunca crucé los Cabos Gemelos tampoco. Así que supongo que hoy es tan buen día como cualquier otro para empezar a cambiar de océano.

Cuando se movió para hacerme espacio en la fila, me acomodé a su lado con la valija rodando detrás de mí.

— Gracias — le dije con una inclinación leve de la cabeza.

La fila avanzaba lentamente.

Algunas personas hojeaban folletos. Otros discutían sobre las atracciones del parque como si ya estuvieran dentro.

Heras agarró un periódico y mencionó la presencia de la Marina.

Seguí su mirada hacia el muelle.

— Sí — respondí con calma — Lo noté estos días.

Crucé los brazos suavemente mientras observaba cómo un grupo de marines muy alegremente subía a una de las embarcaciones cercanas.

— Puede ser simple seguridad… o simple curiosidad del Gobierno. Un parque así, justo en la puerta del Grand Line, no pasa desapercibido, es todo un tema.

Volví la mirada hacia él.

— Pero tampoco me sorprendería que haya algo más detrás. Cuando se mueve tanto dinero… siempre hay intereses cruzados.

Encogí ligeramente los hombros.

La fila siguió avanzando hasta el pequeño puesto donde el hombre del bigote tomaba nota de los pasajeros. Cuando llegó nuestro turno Heras me cedió el lugar.
Lo miré con una pequeña sonrisa de agradecimiento.

— Caballeroso — comenté.

Me incliné ligeramente hacia el hombre del registro.

— Asherah Bel-Nadin — no me encanta usar el nombre completo, pero a veces la discreción tiene que ceder ante la logística. — Oriunda de Sorbet. Lunarian.

El hombre anotó sin levantar demasiado la mirada.
Me hice a un lado para que Heras diera sus datos.
Mientras lo escuchaba titubear sobre su raza, ladeé apenas la cabeza.

Cuando pronunció mi nombre para llamar mi atención, lo miré con curiosidad.

Su pregunta me sacó una pequeña risa.

— Lunarian — respondí con naturalidad, desplegando apenas las alas negras detrás de mi espalda para que el gesto fuera evidente — Una raza bastante rara… según parece.

Luego miré al hombre del bigote.

— Si él quiere poner lo mismo, no me parece mal. Al menos comparte el detalle más evidente.

El hombre anotó algo en la lista con un gruñido burocrático que parecía significar "me da exactamente igual".

Después de eso la fila siguió avanzando hacia la pasarela.

Comenzamos a caminar con el flujo de personas.
Fue entonces cuando Heras mencionó su sueño de tener un barco propio.

Lo miré de reojo, divertida.

— ¿Un barco propio, eh?

La idea no me resultaba ajena.

Rodé la valija con suavidad mientras caminábamos.

— No es un mal objetivo. Tener un barco significa elegir tu propio rumbo.

Hice una pausa breve.

— Y también significa tener un montón de problemas nuevos.

Después lo miré con una sonrisa apenas inclinada.

— Pero si algún día lo conseguís… espero que tenga una bodega decente.

Señalé mi pequeño baúl.

— Porque yo viajo con mercancía.

La pasarela del ferry estaba cada vez más cerca. El metal resonaba bajo los pasos de los pasajeros que ya estaban subiendo.

Las letras doradas del New Era Joy Park brillaban sobre el casco como una promesa exagerada.

Mientras avanzábamos, algo llamó mi atención hacia una de las rampas laterales.

Una sombra.

Levanté la vista.

Un ser azul gigantesco estaba subiendo al ferry.

Diez metros de altura, fácilmente.

Parpadeé.

— Opa… — murmuré con una pequeña risa — eso sí que no lo veía venir.

Señalé discretamente hacia la figura colosal.

— Creo que ese tipo va a necesitar una habitación entera para él solo, es todo un tema.

Después volví la mirada hacia Heras mientras dábamos los últimos pasos hacia la cubierta.

El ferry crujía suavemente bajo el peso de los pasajeros y el vapor salía de las chimeneas con un ritmo constante.

El viaje estaba a punto de empezar.

Y algo me decía que cruzar los Cabos Gemelos no iba a ser simplemente cambiar de mar.

Iba a ser cambiar de historia.



Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
#25
Ciertamente era algo bastante imponente todo el bullicio que aquel New Era Joy Park había podido movilizar a lo largo y ancho de todo el south blue, no eran pocas las personas reunidas en Baquella y era normal que entre ellas en ese momento hubiera toda clase de individuos, como por ejemplo una mujer de dos metros treinta y cinco, con el pelo entre rubio y castaño llevado como una cola de caballo alta, piel escamosa de color ocre, ojos de esclerótica negra e iris azules sonriendo mientras caminaba por el muelle mirando con cierta intriga todo el caos que esa oportunidad de viajar al Grand Line de forma gratuita había causado -Sha sha sha, que bueno es ver a tanta gente alegre y encantada de moverse por doquier.- comentó para sí misma y en parte para sus compañeros de viaje.

A la derecha de la hermosa mujer gyojin estaba un gigantesco individuo de diez metros de altura conocido como Kazan, su compañero de división y barrera de carne que en ese momento separaba un poco a Mizuki de cierta Skypean también conocida por ambos, pues venían en grupo de forma pacífica y tranquila de momento, hasta que el Wotan reveló un dato no tan agradable de uno de los marines que había en aquel lugar a menos de veinte metros de ellos, un tipo de pelo blanco y muy buen aspecto al parecer tenía cuentas pendientes con Kazan.

La gyojin empezó a sonreír ampliamente mientras saliva caía por la comisura de su mandíbula llena de colmillos de tiburón mirando a aquel hombre de la marina, era alto, hermoso, delgado, pero si tenía cuentas pendientes con Kazan también debía ser fuerte, exactamente el tipo de hombres por los cuales la ojiazul había empezado a salivarse literalmente con tan solo una mirada casual, el hombre de piel cerúlea recuperó la atención de la gyojin al mencionar que tenían que ir a hacer el registro forzando a la de piel ocre a limpiarse toda la saliva que había producido, era suficiente saliva para llenar un cuenco o dos, sin embargo la gyojin seguía sonriendo a pesar de falta de decoro por su parte.

La mujer de escamas ocre observo el puesto donde estaba el que llevaba los registros y no pudo evitar ver que tenía algunas plumas de repuesto al lado del libro de registros, la mujer se acercó de forma notable para quedar cara a cara con el hombre del bigote, asegurándose de tener los ojos del mismo enfocados en ella mientras que sus dedos rápidamente adquirían una de aquellas plumas tan bonitas y la escondía entre su ropa antes de abrir la boca frente al rostro del encargado del registro -Gracias por su arduo trabajo con el registro, Nombre Mizuki, soy una Gyojin, Naci en la isla Gyojin- dijo la mujer de más de dos metros treinta antes de apartarse del hombre del bigote sonriendo para luego regresar y darle un puñado de berries -Cómprese algo para tomar, con este clima usted también necesita hidratarse- agregó tras pensar en lo larga que debía ser la tarde de aquel hombre.

Una vez más la rubia agarro la mano de la skypean para ir con ella y estar lista para atraparla en caso de que el clima le hubiera hecho mal a Seraphine, pues la misma ya había demostrado no estar en óptimas condiciones, una vez que subieran al ferry le preguntaría si había algo que necesitaba o prefiriera, tal vez comer algo o agua, si había gastado mucha energía en los preparativos durante la mañana quizás estuviese un poco anémica o ardiente sol de verano quizás le hubiera dado un golpe de calor a la encantadora pero gran chica de cabello bicolor.

Karmas relevantes
-Voz femenina- ||-Voz masculina- ||-Piensa-
Código:
[b][color=purple]-Voz femenina-[/color][/b]
[b][color=darkred]-Voz masculina-[/color][/b]
[i][color=#38A0C2]-Piensa-[/color][/i]
#26
—Sí, capi, está llegando el mejor momento de todos. Podré abrazar tantas prendas ajenas que me volveré loca vamos, vamos, vamos, glup— dije casi saltando en el sitio, incapaz de ocultar la emoción que me burbujeaba en el pecho. Mis tentáculos se movían inquietos detrás de mí, balanceándose con ese entusiasmo que intento disimular cuando estoy entre gente seria, pero que ahora simplemente se me escapaba. No recuerdo haber estado jamás en un festival. Ni en un parque de diversiones. Ni en uno de esos lugares que la gente anuncia con tanta emoción como si fueran el centro del mundo. El New Era Joy Park suena exactamente así, un lugar con luces, ruido, gente riendo, bolsillos descuidados una combinación casi perfecta.

Aun así, lo que más me sorprende es lo emocionada que me siento, quizás sea porque el capi Dharma decidió que fuéramos, o porque todo el mundo habla de ese lugar como si fuera mágico o tal vez porque en un sitio donde todos están mirando al cielo, a los juegos, a los puestos de comida o a las atracciones nadie está mirando lo que realmente importa, o lo que me importa a mi que son sus bolsillos. Imaginarlo hace que una sonrisa peligrosa se dibuje en mi cara, multitudes empujándose, niños gritando, adultos distraídos buscando entradas, premios, dulces y en medio de todo eso, yo, deslizándome como una pequeña corriente rosada entre la marea de gente.

En un lugar así podría robar tanto como quiera, porque nadie sospecharia de alguien que parece tan fascinada por las luces como yo. Llevo una mano a mi bufanda roja, acomodándola en mi cuello mientras dejo escapar una risita suave. —Ay, capi, esto sí que promete ser divertido, capi, espero que el parque sea tan grande como dicen porque sería una verdadera pena que se me acabaran los bolsillos que visitar demasiado rápido, glup— Si que me emociona robar, es lo mejor de lo mejor. —Sabe, capi, yo fui dueña de un circo una vez. Sí, sí, de verdad. Ganaba bastante plata. Fue hace como doce años, una cosa increíble. Ya verá que yo lo guiaré por ese parque de diversiones —dije con toda la seguridad del mundo, como si estuviera contando el recuerdo más real de mi vida.

Hasta hice un pequeño gesto con la mano, como si estuviera señalando carpas enormes, luces de colores y artistas saltando por todas partes. En mi cabeza la escena era tan clara que por un segundo casi parecía verdad, malabaristas, acróbatas, música fuerte, gente riendo mientras yo caminaba entre ellos como la gran dueña del espectáculo. Claro que todo era mentira, pero mentir me sale tan natural como respirar bajo el agua. A veces ni siquiera lo planeo, las historias simplemente se escapan de mi boca y empiezan a crecer solas, quizás porque las mentiras son más cálidas que algunos recuerdos reales o porque una buena historia distrae a la gente de hacer preguntas incómodas.

Incliné la cabeza hacia Dharma con una sonrisa tranquila, como si realmente supiera exactamente cómo funcionaba cada rincón de ese lugar. —Los parques, los circos, los festivales, todos funcionan igual, capi. Mucha música, muchas luces, mucha gente mirando hacia arriba mientras pasan cosas interesantes a nivel de bolsillo. — Mis dedos se movieron distraídamente, como si estuvieran practicando con algo invisible.

—Usted sígame y confíe en mí. Sé exactamente dónde se pone más descuidada la gente cuando está feliz. — Me acomodé la bufanda roja en el cuello nuevamente y miré hacia el horizonte, dejando escapar una risita suave. —Además, si fui capaz de dirigir todo un circo, guiar a un capitán pirata por un parque no debería ser tan difícil, ¿no cree? glup—

Estanque de peces
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#27

Visiblemente molesto, el rubio de gorro estrellado avanzaba entre las ingentes cantidades de personas que colmaban la hoy turística isla de Baterilla. Con apenas una rodaja de pan caliente en el estómago, Wyatt arreaba a su caballo, Tocho Morocho, desde su soga, intentando seguir el ritmo del grupo que, si bien iba relajado y disfrutando de lo que sería el inicio de su travesía hacia aquél parque de diversiones, se adelantaban con demasiada soltura entre los grupos de personas. Incluso, prestando un poco de atención, no pudo evitar ver a Yuuki o Tezca incordiados o un poco fastidiosos por la alta presencia de marines.

Y a él tampoco le agradaba la idea. Ya el hecho de estar en una ciudad tan ajetreada, tanto bullicio y tantas personas aglomeradas, lo tenía de los nervios. Cualquier mínimo chispazo lo haría estallar, así que rogaba que ningún uniformado se le acercase, pues el horno no estaba para bollos —. Permiso, permiso. ¡Con permiso! — intentaba abrirse paso, tironeando un poco de la cuerda de su caballo, quien se quedaba un tanto atrás en ocasiones al ser molestado por personas que querían tocarlo. Para suerte del rubio, se ahorraba un problema sabiendo que el animal era bastante manso y dócil, y no respondería hostilmente a nadie. Al volver la vista al frente, siempre podía orientarse siguiendo el rostro de Yuuki, a quien era fácil captarle la patente: sus dos metros y su cabello no pasaban desapercibidos para nadie, así que siempre podía retomar su ruta sin perderse entre la multitud.

Odiaba aquél ambiente, y mientras todo el grupo se debatía a qué atracción querían subir primero, el Goldstar no hacía más que seguir estresándose —. A alguna atracción que tenga agua, por dios. ¿Por qué tiene que hacer este calor asqueroso y haber tanta gente junta? — refunfuñó, chasqueando la lengua y liberando hacia afuera un poco de toda la tensión que sentía. Por suerte, con su baja estatura, y pese a estar arrastrando a un caballo entre tanta gente, se sentía más contenido allí, donde no estaba tanto en contacto con la gran cantidad de marines que había apostados por todo el predio portuario. Y es que, cualquier comentario en ese estado, podía hacerlo estallar enseguida. Y tenía dos pistolas bien celosas que gritarían nada más lo provocasen un poco, sin más justificación —. ¡Bingo! Emocionado de abandonar esta isla del averno de una vez, sí. — respondió a Runin, para nada amigable, y más bien irritado. Se lo notaba tenso y perseguido, totalmente lo contrario al amable y bondadoso Wyatt que el grupo vio desde que se conocieron.

Finalmente llegaron al hombre de bigote, y la fila avanzó hasta que él junto a Tocho Morocho quedaron para abordar —. Wyatt Goldstar, del Reino de Sorbet. — comentó mientras el hombre anotaba sus datos antes de volver a mirarlo —. Yo soy humano, y él es un... caballo, sí. Tocho Morocho, así se llama. ¿Él aborda con nosotros en la cubierta o hay un acceso diferenciado para la carga o animales? — consultó amablemente, ahora sí, dejando atrás su malhumor.

Y cuando le diesen luz verde, se reuniría con el grupo tras subir la escalera. Esperaba poder dejar amarrado a su amigo equino en un lugar cómodo y amistoso para él, y que tampoco fuese una molestia. Sintió palabras de apuro de nueva cuenta, y se adelantó hasta quedar a la par de sus compañeros. Tomó su hoja identificativa, el identikit que había conservado para cada uno de ellos. Sí, todos estaban allí: su capitán, Ryota, a quien volvía a ponerle rostro, el rubio que había conocido en Karate aunque no lo recordaba del todo, el chico de la cicatriz: Barald; y la muchacha amiga de la serpiente bebé, Runin Kitay... Bueno, a ellos podía ponerles nombre, pero se le complicaba con su compañera sin cabeza apreciada —. Disculpa... — codeó a Yuuki.

Había sacado la hoja con los wanted y, en un espacio blanco al costado, había anotado con una pluma algo. Le extendió la hoja y la pluma a la pelirrosa, sin atreverse a mirarla a los ojos y un tanto sonrojado por su acción, y Yuuki pudo leer lo que el Goldstar señaló con el índice:

"Rosada ----> ............."

— ¿Podrías escribir tu nombre ahí? Soy un poco torpe para recordarlos, así que... me sería de ayuda. — apenado, esperó no molestarla, pues no se veía alguien a quien pudieses joder y salirte con la tuya —. Puedes quedarte la pluma, es un obsequio. — comentó con una sonrisa. Era una bastante refinada, con una inscripción ilegible en dorado, aunque un tanto desgastada quizá por tanto uso. Por las dudas, precavido quizá sin motivo, ajustó la correa de su cinturón y posó la diestra sobre el mango de su revólver, asegurándose de que siguiese ahí. Y al sentirlo, y además sentir la brisa del mar pegando un poco sobre su rostro, ya con más aire que entre la multitud, respiró aliviado. Su viaje comenzaba hoy.


Bitácora de las estrellas
#28
El sol de Baterilla no perdonaba, y para un chavalito como Akira, cuya vida batallaba casi siempre entre la formalidad de parecer un marine responsable y aquella actitud pasota y vacilona, el calor estaba siendo un enemigo físico. El aire en el puerto de Baquella no se movía, se estancaba, era denso y pegajoso, impregnado del salitre de los barcos y el aroma a mar recalentada. Mientras corría hacia los muelles, Akira sentía cómo el uniforme reglamentario de la Marina se le pegaba y ajustaba a la piel, recordándole con cada paso la advertencia del comandante: la Justicia no viste en pelotas ni descuida las formas. Le había confundido con su compañero Enji y se había cargado su bronca… Tss…

A medida que se acercaba al epicentro del bullicio, el contraste de la isla se hacía evidente. Las casas blancas se diferenciaban con intensidad, compitiendo con el destello dorado del logotipo del New Era Joy Park que adornaba el casco del enorme ferry. Era un choque de mundos: la paz rústica de Baquella frente a la ambición corporativa del parque temático y el hermetismo militar del cuartel de la Marina que vigilaba desde el acantilado.

Al doblar la esquina del muelle, el caos sonoro del puerto fue atravesado por una melodía familiar. No era el grito de un mercader ni el silbato de un oficial, sino la voz de Masato. El tesorito, haciendo gala de la despreocupación bajo aquel sol de justicia, entonaba una canción que se elevaba sobre el murmullo de los turistas y el rugido de las chimeneas de los barcos.

Akira se detuvo en seco al encontrar a su grupo entre la turba. Allí también estaban Enji, Juan y Sigrid, formando un cuadro de calma en mitad del caos entre los niños y los turistas. La mirada de Akira recorrió a sus compañeros con una mezcla de alivio y falsa disciplina. Asintió con la cabeza hacia Enji y Juan, un gesto mínimo que acompañó de una enorme sonrisa al ver la posición en la que se encontraba cada uno, con algo de envidia. Intercambió una mirada fugaz con Sigrid, reconociendo en su postura la tensión de quienes saben que el Grand Line no perdona errores. Y finalmente, sus ojos se dirigieron a Masato, a quien le guiñó el ojo acompañando su canción con unos pasitos de bachata. Akira no interrumpió la canción, y aunque su rostro permanecía algo serio por haber llegado tan tarde, valoraba aquel rastro de humanidad en un día donde el protocolo parecía asfixiar tanto como la humedad.

Antes de poner un pie en la pasarela, el deber lo llamó de nuevo. A escasos metros, la División 75 supervisaba otras operaciones como si fueran veteranos. No había coincidido con todos ellos, pero Enji sí que parecía reconocerlos con facilidad. Ejecutó una reverencia hacia la otra división. Fue un movimiento limpio, una coreografía de respeto marcial que no necesitó de palabras para declarar sus intenciones: lealtad, orden y hermandad con todos y cada uno de ellos en la misión en la que iban a colaborar. Ahora no se trataba solo de su división, ahora se trataba de ser marine y proteger a la gente.

Sin romper su voto de silencio, y a pesar de lo mucho que le gustaba hablar a Akira, se giró y comenzó el ascenso a la cubierta de la embarcación de casco verde azulado que el Gobierno les había asignado. Asintiendo boquiabierto a la pregunta de Juan de algún día ser capa de ser el timonel de un barco tan grande, mirando cada parte del buque con aquella mirada curiosa que no solo un navegante, sino también un carpintero, sentía como un objetivo a conseguir.

Al cruzar la borda, el tacto de la madera bajo sus botas le devolvió la calma. Para un carpintero naval, el barco era un organismo vivo, y aquel ya le estaba hablando a través de sus crujidos.

Mientras la voz de Masato se fundía con el sonido del ferry y el lejano batir de las olas, Akira dejó su equipo en un rincón y observó la perspectiva entre el volcán y el faro mientras se unía a Masato con el cha-cha-cha de sus maracas, mientras Sigrid sonreía al verlos. La aventura hacia aquel parque de atracciones estaba a punto de comenzar, y a pesar del silencio del rubio, aquella idea le emocionaba. ¿Un parque de atracciones como primera misión intersinsular? ¡¡Era lo que quería!!

Info.
—Hablo —. ”Pienso”
#29
Las cosas se iban desarrollando una tras otra, como si fueran parte de una serie de eventos hilados los unos a los otros. Baterrilla es uno de esos lugares que por, algún momento en específico, te puede sorprender de un momento al otro. La noticia más llamativa del momento estaba recorriendo de forma tan rápida todos los rincones del lugar llegando hasta los puertos. El boleto para poder ir al Grand Line se manifestó de un momento para otro, bajo el nombre de New Era Joy Park, Sanemi lo veía de esa forma. Era innevitable que sintiera emoción, en su rostro de dibujó una sonrisa de satisfacción que cualquirea que lo estuviera mirando lo notaría, además notarían aquel vibrante destello en sus ojos indicativo de la emoción que sentía.

Sabía que Rakshasa tomaría esta oportunidad para poder ser literalmente guiados al mar de las emociones. Esta parte también sería la prueba más dura que enfrentaría Sanemi desde que se hizo navegante -¡Gajajaja... Oe... esto sí es emocionante! -Dijo esto mientras en automático y mentalmente contaba hasta 4, producto de un tic que, hasta el momento, lo logra comprender cómo o cuando empezó a tenerlo. Una minucia. Proceder con precaución era lo correcto, teniendo en cuenta que casi todos tienen un precio por sus cabezas y, así como ellos, muchas otras personas estarían interesadas en movilizarse gracias al New Era Joy Park. Dharma hacía bien en ocultar la Jolly Rogger, quizás esto no agrade a muchos, pero es lo más sensato -Ok... -Afirmaba Sanemi, no lo llamaba capitán, por alguna razón no se le hacía natural, probablemente producto de la reciente formación de la tripulación.

El peliblanco comenzó a caminar de un lado al otro de proa a popa examinando todos y cada uno de los rincones de Buda, para que el recorrido sea lo menos abrupto posible. Movilizarse con el navío en óptimas condiciones es algo que pueden controlar y que aumenta las posibilidades de tener éxito. De un momento a otro se percató de Tensui, que poco lo ha visto desde hace un par de días, por no decir nada. El gyojin, hábido creador de cosas, le entregó unos puños americanos con un nivel de detalle bastante notable -Oe... -Empezaba a la par que agarraba el artilugio. En un momento quedaron espalda con espalda -Derramarán sangre, mucha -Era su forma de agradecimiento. Entendía también que Tensui no esperaba algo grande o siquiera alguna forma de expresión. Fue a entregarlo y retirarse. Sanemi comenzó a alejarse mientras se los iba probando. Eran cómodos y, en definitiva, agregará un plus a su estilo de pelear. Estaba deseo de probarlos.

Toge llevaba pantalones, polo y zapatillas de color negro. Ropajes ya habituales en él. El día, bajo su prespectiva, no hacía otra cosa más que ponerse mejor con cada minuto que pasaba. Bien todo ello podría ser el preludio del caos. Seguro todos tenían sentimientos variados con respecto a la situación. Se comenzaban a abrir nuevas incógnitas. Emoción...

off
#30
Por fin llegaba el momento de recorrer nuevas tierras, aunque su inclusión en aquella tripulación era más que nada una ayuda para su amigo que había perdido una pierna mientras él escapaba con el pequeño huérfano para poder protegerlo de los esclavistas. Aquella acción hizo que su compañero perdiera una pierna y, de paso, parecía haber perdido también esa brújula moral que Bones conocía en él anteriormente. Su mente parecía distinta, incluso más introvertida que antes. Aun así, Bones había hecho una promesa con su compañero: lo acompañaría como parte de su tripulación mientras tuviera que saldar la deuda de aquella derrota, intentando al menos que volviera a ser el buen gyojin que conoció alguna vez.

El joven doctor salió de su habitación aún escuchando en su cabeza aquella canción que seguía resonando incluso cuando la reproductora den den mushi se había detenido hacía un rato. Se dio cuenta, al abrir la puerta hacia el exterior del barco, de que ya estaban muy cerca de su destino.

Más allá de aquel dilema en el que se encontraban, la tripulación de los Rakshasa parecía ser un grupo unido, feliz de poder ayudarles en aquel viaje en el que se dirigirían al Grand Line. Dharma parecía estar más entusiasmado con la idea que de costumbre, lo que hizo que el médico brujo, apoyado en una barandilla mientras observaba cómo se acercaban cada vez más a la ciudad, sonriera levemente.

Había conocido poco a poco a sus nuevos nakamas, notando rápidamente que Mell Mell tenía un gusto especial por sacar dinero de los bolsillos ajenos, lo cual le alegraba, ya que era una buena compañera a la hora de hacer estafas, aunque esos tentáculos de seguro robarían unas cuantas monedas de más en el camino.
Sanemi era claramente el más enérgico de todos, siempre corriendo de un lado a otro, mientras que Tensui, por ahora, tenía un humor que variaba según el día. Aunque al escuchar a su capitán, el médico brujo sonrió de medio lado antes de girarse hacia él para acercarse un poco.

—Es la mejor decisión, capitán —dijo de manera relajada mientras miraba el puerto de la ciudad con algo de ansiedad en los ojos al tratarse de tierras nuevas, un sitio por conocer y bares por recorrer—. Como decía un médico brujo de mi aldea: «el mosquito que sobrevive es el que hace menos ruido». —recordó aquellas palabras de su tío, el cual siempre tenía refranes para todo.

—Por cierto, ewa ¿Qué dices si vamos a un casino? No vendría mal una noche de apuestas —propuso a Dharma con los ojos brillándole de emoción, mientras de sus manos aparecían sorpresivamente naipes que terminaban bailando entre sus dedos con un movimiento de clara habilidad y agilidad al hacer girar las cartas.

Off de importancia


El resto


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