[Social][Pasado] ¡Novatos entrometidos, a formar!
#11
Después de caminar durante varios minutos por los senderos internos de la base, la vikinga y la recién formada tripulación terminaron llegando a la zona de entrenamiento, un espacio amplio y ruidoso donde el choque de armas, las órdenes gritadas y el esfuerzo constante llenaban el aire como un recordatorio permanente de lo que significaba vestir ese uniforme. Sigrid avanzaba entre ellos con paso firme pero relajado, inclinando la cabeza de vez en cuando para no golpear ninguna estructura, observando todo con esa mezcla tan suya de curiosidad tranquila y atención sincera, todavía asimilando el hecho de que, aun siendo soldado raso, ahora formaba parte de algo nuevo, algo que recién empezaba a tomar forma. Fue en ese ambiente, casi sin intención y con un tono aparentemente casual, cuando Juan Sebastián lanzó una pregunta que cayó con más peso del esperado, una de esas que no buscan una respuesta rápida sino que remueven cosas por dentro: ¿por qué se unieron a la Marina?

Sigrid redujo el paso de manera casi imperceptible y su sonrisa habitual se volvió más suave, menos ruidosa, mientras la pregunta se repetía en su mente una y otra vez. No era la primera vez que se lo planteaba, pero sí una de las pocas ocasiones en que alguien lo decía en voz alta, obligándola a mirar hacia adentro en lugar de seguir avanzando sin pensar. Mientras escuchaba a algunos de sus compañeros prepararse para responder, la buccaner bajó la mirada hacia sus manos enormes, marcadas por el trabajo duro, el combate y la medicina, y sintió cómo esa pregunta sencilla la hacía reflexionar de más, no desde la duda ni el arrepentimiento, sino desde la honestidad que siempre la había guiado. Porque para Sigrid, unirse a la Marina nunca había sido cuestión de gloria, ni de rangos, ni de historias grandiosas, sino de valores simples, usar su fuerza para proteger, ponerse al frente cuando otros no podían y aceptar, con una sonrisa, la responsabilidad de cargar con lo que hiciera falta.


—Yo solo quiero usar la fuerza y el tamaño de mi raza para proteger y curar a quienes en realidad lo necesitan —dijo Sigrid con voz firme y profunda, sin adornos ni grandilocuencia, dejando que la honestidad hablara por ella como siempre lo hacía. No fue un discurso ni una frase ensayada, sino una verdad simple, nacida desde lo más hondo, pronunciada con la naturalidad de quien no sabe ni quiere mentir. Sus palabras quedaron suspendidas un instante en el aire del campo de entrenamiento, pesadas no por dramatismo, sino por lo que implicaban, y en ese silencio breve se hizo evidente que no había ambición ni deseo de reconocimiento detrás de ellas, solo la convicción tranquila de alguien que entendía su propia fuerza como una responsabilidad.

No era una promesa heroica ni una proclama destinada a inspirar multitudes, sino la más pura y sincera oración que podía salir de los labios de cualquiera, y más aún de los de Sigrid Birkisson, una vikinga de sangre y una soldado raso por rango, que había elegido un camino donde su tamaño no servía para dominar, sino para interponerse entre el peligro y aquellos que no podían defenderse solos. Su sonrisa volvió despacio, amplia pero serena, y aunque no lo dijera en voz alta, quedaba claro que para ella eso bastaba, porque mientras pudiera seguir usando su cuerpo, sus manos y su corazón para proteger y curar, la Marina seguiría siendo el lugar correcto. Entonces tomó su alabarda y poniendose en posición. —Yo uso una alabarda para pelear y ustedes? — Sonrió.
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#12
La recién ensamblada división, tras desfilar por los pasillos del cuartel con dos de sus miembros enseñando el culo, arribó al campo de entrenamiento. Cambiaron de ambiente, saliendo de los tranquilos y aburridos pasillos para internarse en los gritos de esfuerzo, los tañidos de armas chocando y las indicaciones escupidas con voz de mando, alto y claro. Una zona abierta, amplia y bien surtida de instrumentos de entrenamiento. Desde equipo de pesas, bolsas y monigotes a los que apuntar, hasta circuitos de carreras y pequeños cuadriláteros dónde practicar combates individuales.

A Enji lo obligaron a ponerse —al menos—, una prenda para cubrir sus vergüenzas. Y así lo hizo: se colocó el pantalón corto y blanco del uniforme de soldado raso, pero sin ropa interior debajo. Ya no tenía. La había consumido su veneno.

—¿Por qué me uní a la marina?

Proceso la pregunta mientras hacía sus estiramientos. Rutinarios y aburridos estiramientos. Estirando la pierna, tocarse el pie. Estirando la otra pierna, tocarse el otro pie. Separar las piernas y tocar el suelo con los codos. Llevarse un talón a la cola y luego el otro.

—Yo qué sé.

Inclinó la cabeza a un costado y luego al otro. Sus huesos crujieron y se acomodaron.

—Voy a ser alguien importante y poderoso. Elegí este camino porque me parece el más ordenado —dijo, y se acomodó el pantalón que se le quería caer—. Voy a ser almirante, después almirante de flota y después me voy a tirar de un risco. Así todos los cuarteles se vuelven un caos. ¡Shihahaha!

La carcajada de Enji resonó en el campo de entrenamientos pero nadie le dió más importancia de la que tenía. El marine terminó de estirar, suspiró y se puso a dar pequeños saltos en el lugar, mientras soltaba golpes rápidos al aire para calentar los músculos.

En su mente, hizo un recuento: alabarda y tortuga eran los duros. El rubio, por otro lado y aunque no hubiera dicho nada todavía, parecía más ligero, posiblemente fuera rápido y tenía brazos fuertes, así que seguro daba buenos puñetazos con ellos.

—Yo pego —respondió y se encogió de hombros.

Después de una pausa silenciosa decidió extenderse un poco más. Detuvo su ejercicio y se paró junto a Juan.

—A ver, diré esto solo una vez: también me comí una fruta del diablo. La Doku Doku no Mi. —Información que había obtenido hacía muy poco tiempo—. Puedo sudar venenos y los uso para pelear. Además de eso, soy rápido y doy buenos puñetazos.

Estaba reticente a decir más y, para su fortuna, no hizo falta: Juan acababa de soltar un desafío y Enji por supuesto que sonrió a la gigantesca tortuga.

—¡Shihaha! Cabrón, más te vale que no le temas a las alturas.

Se acercó a él y colocó de cuclillas, sujetando con ambas manos la base del caparazón antes de empezar a tirar hacia arriba.

—¡Uhg! Hijo de… puta, bájale a los postres —masculló entre dientes apretados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tratar de despegar a la tortuga Juan Sebastian del suelo—. ¡Venga, veeenga!

Se le escapó un gas.

—Fuck.
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#13
Las palabras del sargento pervertido hicieron que Akira abriera los ojos con sorpresa. Había sido evidente que supuraba algún químico extraño, lo que no se esperaba era que fuera veneno… Aunque por apariencia el veneno, o era verde o era morado, y es que además le había deshecho la ropa como si fuera ácido corrosivo. ¡Y también le había quemado a Juan como si le hubieran picado mil avispas!

La otra chica también destacaba, y seguramente también lo haría en combate a ojos de Akira, era muy alta y usaba una alabarda, un arma de filo que mantenía bien las distancias. Con el largo de sus brazos y aquella arma, iba a resultar difícil conseguir acercarse a ella, y más para un tipo especializado en combate cuerpo a cuerpo como era el navegante de esta nueva división.

Con Juan ya había trabajado anteriormente y sabía que era una piedra dura capaz de aguantar mucho el daño y hacer agarres bastante fuertes con la pinza. Sin duda, eran un grupo interesante y lleno de posibilidades. Podían cuadrar sus movimientos con duro entrenamiento y así poder llegar a convertirse en un equipo con todos los flancos cubiertos. Era un buen grupo, Akira estaba contento.

Una vez en el campo de entrenamiento y tras la orden directa del superior en el que se les había asignado una hora concreta, diaria, para realizar sus entrenos, era momento de hacer la puesta en común. Iban a ser compañeros, así que lo mejor era que se empezaran a conocer antes de poner un pie en el campo de entrenamiento. Juan, por su parte, ya se había convertido en tortuga para mostrarles la habilidad de su fruta del diablo, un usuario tipo zoan.

—¿Va a ser que todos tienen el poder de una de esas malditas frutas extrañas, menos yo? —pensó Akira al ver como su amigo ahora tenía las cuatro patitas en el suelo y seguía llevando puesta la gorra de la Marina, se rio y retomó la compostura, ya que se había doblado para analizar de nuevo aquel caparazón tan grande.

—Mi especialidad son los golpes directos y las acrobacias. Pego con los puños, las piernas, los codos, las rodillas… Y doy muchas volteretas. ¡Ah! Y también soy rápido, y diría que bastante. En resumen, un artista marcial —tras eso Enji intentó levantar a Juan del suelo, en su forma tortuga llegaba a pesar más que en su forma crustácea, y no era un tipo que se volara de un soplido, así que ayudó a Enji.

—¡Vamos que podemos! Yaaaahhhh —pero antes de que pudieran levantarlo, al sargento se le escapó un pedo que hizo que Akira se alejara corriendo en dirección opuesta a Enji, abandonando a su suerte tanto a Sigrid como a Juan—. ¡QUÉ ASCO, PERO SERÁS CERDO! ¡Encima con el culo al aire, eres un guarro! —le empezó a gritar en la distancia mientras se tapaba la nariz con una mano y le señalaba con la otra.

—¡Tú lo que quieres es matarnos, encima con ese veneno, ESTAS PODRIDO POR DENTRO, literalmente! —si esta vez Sigrid no le arreaba otro porrazo, sería el mismo Akira el que lo hiciera—. ¡Y encima estás al cargo de esta división! ¡Sargento pervertido, PERVERTIDO Y GUARRO! ¡CERDO!

Se quedó alejado hasta que pareció disiparse aquel gas flatulento. No sabía si era por la doku doku no mi o porque de verdad se alimentaba fatal y por eso parecía que estaba tan flacucho, pero aquel pedo que se tiró le hizo rodearse de una especie de gas también de color púrpura—. ¡¿Pero qué clase de pedos radioactivos son esos?! ¡En mi vida había visto un pedo de color morado!
—Hablo —. ”Pienso”
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