Whisky Peak No resultó ser cualquier isla, de hecho el Grand Line era algo completamente diferente a lo que se imaginaba Kovashi. ¿Tanto sufrimiento? ¿tantos debates internos? ¿dónde quedaba el disfrute? la revolución era una facción diferente a las demás, de eso no cabía duda y Kovashi ya no era un integrante cualquiera de la misma. ¿Por qué ascendía él? le estuvo dando vueltas toda la noche, entre botellas y botellas de ron. No habían salido de la isla, estaban bordeándola como buenamente se podía, buscando un lugar adecuado para enterrar a moris. La suerte estaba de parte del grupo, pues Nadja resultó ser navegante como Derya. Conforme el peliblanco se iba fijando más en la fémina, crecía el recuerdo de la gyojin. - Donde estarás ahora ... - Pensaba, en lo alto del barco, con los pies por fuera. Kovashi iba sin camisa, solo con un pantalón largo y unas sandalias negras. Tenía un barril cerca donde estaban depositadas una decena de botellas de las cuales tenía terminadas la mitad. Cualquier hombre ordinario estaría ya ko por la bebida, pero él no era uno de esos.
Tiró una de las botellas por la borda, eran las tres de la mañana, ya no quedaba ni un alma en pie. Al llegar el cristal al agua, el levantar de las gotas dejó asomar una imagen. — ¡Der! ... ya ... — Estuvo cerca de lanzarse directo al mar, pero el borrón se esfumó cuando apretó con fuerza los ojos. Hoy nadie dormiría bien con el cadáver de Moris en el barco, pero el pesar real de Kovashi seguía en la perdida de la gyojin. -Espero que esté bien- Pensó, dejando caer su cuerpo contra la madera, completamente borracho. Las nubes tomaban formas con el rostro de Derya también. — Ya ... Está ... — Cansado de su propia cabeza, se derrumbó. Allí arriba solo habitaba el palo mayor. Ahí es donde dormiría esa noche.
Por la mañana ~
Kovashi abrió los ojos lentamante. Ante su movimiento, las botellas que tenía alrededor se iba rozando, rompiendo, liberando sonido de cristales que le acompañaban mientras se levantaba. Lucia un sol pletórico. — Seguimos aquí ... — Carraspeaba. Se notaba la garganta completamente seca después de haber estado toda la noche bebiendo. Se asomó un poco y le pareció ver a Khruner desde arriba, no había visto a Kovashi. Así que le escupió. Buscando que no le encontraran, se pegó al palo mayor, donde se hurgaría la oreja mientras bostezaba. — Seguimos aquí. — Maldijo esta vez, apoyándose sobre la madera. Por suerte parecía que Caoba estaba algo más estable, aunque seguía inconsciente.
Aquella noche fue tremendamente complicada. Conciliar el sueño era prácticamente imposible. Nadja se sentía completamente culpable, inútil y desolada. Se encontraba en uno de los cuartos que tenía el barco en su interior, era pequeño pero tenía un punto acogedor, aunque no lo suficiente como para que Nadja no se sintiera una extraña. En menos de veinticuatro horas su vida había dado otro gran vuelco que aún no terminaba de asimilar. Por su cabeza se reproducían los recuerdos de ese día, todas las decisiones que había tomado desde que se despertaron hasta ese mismo momento. ¿Y si hubiera elegido diferente? Si hubiera ido más lento hasta la playa, quizás los cazadores no la habrían seguido. Si no hubiera rechistado cuando Moris dijo que huyeran, quizás no habría habido batalla. Si le hubiera seguido cuando lo pidió, si no se hubiera quedado en la playa esperando al oso pardo y hubiera ido con él... quizás seguiría vivo. ¿Cómo iba a contarle eso a Caoba? ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara? Sentada en el suelo, con las manos en la cabeza y fumándose un paquete entero de cigarrillos, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos. Ni si quiera había podido hacer nada en la pelea, sus habilidades de clonación no sirvieron de nada y ese cazador... Venture. Solo le dio dos golpes y ya la dejó más cerca de la muerte de lo que se habría imaginado. Era tan... débil. Todo ese cuento de mujer dura y guerrera era solo una fachada con la que engañaba al resto del mundo. Tanta gente había muerto en sus brazos. Primero fue Nikolay, luego Ruby, Emmi, Bhan... y ahora Moris. Debería haber muerto ella en su lugar, debería de haber sido ella... "debería de haber muerto yo", fue su último pensamiento antes de quedarse dormida del cansancio.
A la mañana siguiente...
Se despertó de repente. — ¡Rruby! — Había tenido una pesadilla. Tenía el corazón sobresaltado y la respiración acelerada, tardó unos segundos en darse cuenta de que todo había sido un sueño, de que no era real. Tenía la boca seca de haber fumado toda la noche, sin embargo, lo primero que hizo fue encenderse otro cigarro. Su cara estaba mojada y húmeda, había llorado mientras dormía.
Se levantó y fue al aseo, se limpió la cara de muerta que llevaba... y salió a cubierta. Iba con la ropa que usaba de pijama, una camiseta sin mangas de color blanco y unos pantalones cortos. Descalza, y con el pelo suelto cayéndole por los hombros y la espalda, ciertamente despeinados. Se le veía el tatuaje del pecho, aquella cruz con alas. Respiró el aire salado del mar, estaban rondando la isla de Whisky Peak todavía, no podían irse sin enterrar antes a Moris. Iba a ser un día duro, lleno de sentimientos. Pero se había dicho a ella misma que no iba a permitirse derrumbarse de nuevo. La noche anterior ya se desahogó todo lo que debía desahogarse, ahora tenía que enderezarse, que salir adelante... no podía seguir arrepintiéndose de sus actos, o la culpa la acabaría matando.
Don Bambú se había pasado la noche a la luz de las velas leyendo. Trataba de distraer su cabeza de los acontecimientos más recientes. La muerte de Moris le había afectado más de lo que le hubiera gustado reconocer. Pasaba las páginas de su precioso manuscrito sobre Skypiea completamente ausente, incapaz de avanzar más de cuatro líneas sin que la imagen de Moris perdiendo la luz en sus ojos le volviese con gran fuerza. Pensó en irse a dormir varias veces, pero sabía que sería incapaz. Teniendo esto en cuenta, prefería intentar leer.
El libro ofrecía alguna información muy interesante. Finalmente, Don Bambú había conectado la idea de la concha que el autor había encontrado con la que Garnet poseía. Era una teoría, por supuesto, y no podía estar seguro de nada, pero por lo menos era algo. Si esa concha venía de una isla en el cielo, ¿qué hacía un tipo como Garnet con ella? Se le hacía raro pensar en él como un explorador experimentado que ya hubiese estado en la isla del cielo. Quizás hubiera muchas de aquellas conchas repartidas por el mundo. Quizás solo algunas, habiendo permanecido el grueso de ellas en la isla flotante. Quién sabe qué poderes albergarían las más raras y valiosas de las conchas. Sin embargo, de nuevo, todo era mera conjetura.
Cuando Don Bambú se dio cuenta, había pasado una hora desde que había comenzado a meditar sobre aquellas conchas con curiosos poderes. La noche no había finalizado todavía, pero no quedaba mucho para que el amanecer llegase. Con un suspiro de resignación, el panda cerró el libro y se tiró en la cama. No tuvo que preocuparse de pensar en Moris, porque estaba tan agotado que se quedó inconsciente al momento. Le despertó la luz del sol directamente en su cara horas más tarde. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero daba igual. Tenían trabajo que hacer. La idea de irse en barco estaba muy bien, pero había un problema. Querían enterrar a Moris, pero la siguiente isla de la corriente tal vez se encontrase a varios días de viaje y no querían que el cuerpo del revolucionario entrase en estado de descomposición en aquel barco. Tampoco querían arrojarlo al agua para que fuera alimento para los peces. Nadja parecía querer enterrarlo en el desierto, pero lo más cercano que había a eso era la playa.
El panda salió a cubierta y le recibió una agradable brisa primaveral. Pronto llegaría el verano, la estación que más le gustaba. Aspiró el aire fresco, tratando de absorber la positividad de un futuro resplandeciente, y le llovió un escupitajo en toda la cabeza. Supo que era saliva, porque cuando se tocó la cabeza con la mano notó la viscosidad de la misma. Sólo había una persona en aquel barco que fuese tan guarra como para hacer eso. Y lo peor no era eso.
Enma no había dormido en absoluto. Pasó gran parte de la noche en la cubierta del barco, mirando hacia el horizonte y contemplando cómo ondeaban las olas del mar, aunque la escasa luz lunar que había esa noche dificultaba enormemente su misión. La luz del barco tampoco podía hacer milagros. Chocolatina tras chocolatina, Enma pasó las horas en aquella cubierta dándole vueltas a todo lo que había sucedido. Lo primero que había pensado es que, quizá, si no siguiese al pescador, a Tobías, quizá Moris estuviese vivo. No porque él fuese el más fuerte del grupo, ni de lejos, pero quizá sus conocimientos médicos podrían haberle evitado la muerte. ¿Por qué no estuvo allí en aquel momento? ¿Por qué tuvo que dejarse llevar por la bondad que siempre lo había atado? No era la primera vez. En su infancia siempre había sentido este tipo de sentimientos, el no querer dañar a las personas ni física ni verbalmente, el querer estar siempre a disposición de quien lo necesite, ese complejo que se auto-impone de tener que salvar a las personas que simplemente se lo pidan con un 'por favor'. Eso le había lastrado durante muchos años. En su infancia, en su adolescencia... y, más recientemente, también en la batalla de los Cabos Gemelos. Quizá, si no sintiese ningún tipo de pena por Kuraku o por Bepso, a quien veía completamente indefenso, Enma hubiese escapado de aquel lugar volando. Literalmente. – Otra muerte... – El recuerdo del pequeño tontatta. Pese a todo ello, el pelirrojo tenía la impresión de no haber aprendido nada. ¿Tenía que cambiar? ¿Tenía que volverse alguien menos bondadoso y más cruel? ¿Alguien capaz de dar la espalda a otras personas por sus propios intereses? ¿Era ese el camino que tenía que tomar? Abrió otra chocolatina. Ahora no era tiempo de darle vueltas a todas esas cosas. Aunque era consciente de que la muerte de Moris, que había reavivado sentimientos que creía que permanecían enterrados y tranquilos, como la muerte de Lillian, volverían a golpear su racionalidad una vez más en algún punto futuro. Desde luego, esta sucesión de batallas había causado una mella bastante grande en la frágil mentalidad de Enma quien, quizá, a partir de ahora... adoptaría otro tipo de personalidad.
Al otro lado de la cubierta se escuchaban ruidos, quejidos. Era Kovashi. Estaba demasiado borracho como para querer aguantarlo, así que simplemente lo ignoró. ¿Derya? ¿Estaba pensando en ella? Nunca había entendido qué podía haber visto ella en alguien como él, pero quizá incluso una persona así tenía un lado bondadoso... aunque hubiese que excavar demasiado. Lo peor es que ahora era su superior. Su superior. No su jefe, porque afortunadamente la revolución no estaba liderada por alguien como él. Tampoco es que conociese quién era, pero tenía claro que no era Kovashi. Suspiró. El hecho de que la última voluntad de Moris haya sido esa iba a hacer difícil a Enma negarse. Afortunadamente, que sea líder sólo supone que tomará las decisiones que atañen al grupo, pero eso no va a implicar ningún tipo de respeto hacia él. – Que no... se confunda... – Pensó, mientras abría una chocolatina más. La devoró en un par de segundos.
Con esta vorágine de sensaciones, abandonó la cubierta para comprobar el estado de Caoba. Entró en el barco y se dirigió hacia donde se encontraba. Todavía seguía inconsciente pero tenía pulso, así que la situación no era grave. Quizá sólo necesita descansar, pues el golpe que había recibido era bastante duro. Le cambió las vendas y aplicó un ungüento que Lillian le había dicho que curaba todos los males. A nivel clínico seguramente no tuviese ninguna validez, pero el placebo a veces también funcionaba. Se lo aplicó y volvió a cubrir las zonas con la venda. Estaba nervioso. Estar allí, con elle inconsciente y revolviendo su cuerpo para cambiarle las vendas no le estaba gustando. Aún así, era extraño, porque estar allí, haciendo eso, le generaba una sensación hogareña, de nostalgia, que no le disgustaba. Estaba... tranquilo. Tan tranquilo que el sueño llamó a su puerta y, en un par de minutos, se quedaría dormido en el suelo... al lado de donde descansaba Caoba.
Un par de horas después, comenzó a escuchar ruidos. ¿Cómo había podido pasarle eso? – Qué vergüenza... – Se levantó rápidamente, esperando que nadie lo viera, y se dirigió a la cubierta, no sin antes comprobar que Caoba estaba bien. Ahora sólo quedaba buscar un sitio para que Moris pudiese descansar.
En cuestión de unos pocos minutos desde que se levantara enterrado en botellas Kovashi, los demás fueron apareciendo por cubierta. Nuestro borracho protagonista tocaría ligeramente la madera de su cubículo volviéndola un sólido cubo de madera en el que se subió para bajar lentamente de las alturas hasta caer justo al costado de Panda. — ¿Está lloviendo? — Le dijo mirando al cielo. Era increíble como en tan solo dos meses la habilidad del Shimatsu había evolucionado, pasando de poder realizar una cantidad mínima de cubos a levantar metros y metros, de poder manipular tres al mismo tiempo a hacerlo con cientos. Al final si es verdad que las dificultades ayudan al hombre, lo vuelve más ingenioso, le hacen evolucionar.
El único que faltaba en cubierta era Khruner y Caoba, esta segunda no tardaría en levantarse seguramente o eso se esperaba, pues sin ella no podrían enterrar a Moris. Por otro lado Khruner cuando tenía algún tipo de esfuerzo físico exagerado, siempre tenía larguísimas horas de sueño que iban de seis o siete horas a días enteros. No le esperaba. — Nadja. — La vió pasar cerca. — No podemos esperar a que Moris se deshaga como si fuera una fruta podrida. — La miró fijamente a los ojos. Ella prometió que Moris descansaría en arena, en las desérticas mareas de arena de Arabasta, pero esa isla no quedaba próxima y podría suponer un viaje costoso para la moralidad al ver un cuerpo descomponiéndose cerca de ellos. — Tendremos que enterrarlo en esta misma isla. — Afirmó. Ahora podía hacerlo, antes también, pero ahora la situación era diferente. — Tú eres navegante, busca un lugar y ahí será. — Pasó por el costado de ella, llegando hasta un barril que descansaba cerca de utensilios básicos de pesca. Kovashi iba sin camisa y se le podía ver todo el torso plagado de tatuajes, unos que pasaban por el pecho, abdomen, piernas, espalda, casi cuello, estaba lleno.
De entre los objetos sacó un pequeño objeto metálico. Era su petaca. Sonrió al instante, era la que le regaló Derya, ya pensaba que la tenía perdida. — El día mejora. — Se dijo a si mismo y en ese momento, vería pasar a Enma. Siempre con esa cara de Pánfilo, de niño que necesita un guantazo. Kovashi no le bajó la mirada. Entre ambos se cosía una tensión extraña, más por parte del pelirrojo, que cada vez que tenía ocasión despreciaba de alguna manera al Vanguardia. Algo que comenzaba a tocar un límite. Pues el nulo respeto era mutuo.
Poco a poco, todos los miembros de la tripulación se fueron reuniendo en cubierta. Su llegada fue precedida por la de Don Bambú, al que saludó con la mano al verle. Algo le cayó sobre la cabeza, pero la verdad es que Nadja no prestó la suficiente atención como para saber qué era. El siguiente en aparecer fue Enma, que salía de la habitación donde Caoba estaba descansando. Contar con dos médicos en una misma tripulación desde luego que era una ventaja, y ambos parecían ser buenos, pues estaban cuidando de Caoba perfectamente. Nadja les estaba muy agradecida por ello. Con un poco de suerte, pronto despertaría. Algo de lo que tenía ganas y miedo a la vez. Le sonrió. — ¿Cómo se encuentrra? — Le preguntó, con cierta curiosidad. Aún no se había atrevido a entrar a su habitación por sí misma.
Entonces apareció el capitán haciendo uso de su habilidad, bajaba desde el palo mayor subido en un cubo de madera hasta que quedó en cubierta con los demás. Después de preguntarle algo a Don Bambú, se dirigió a ella. Le devolvió la mirada, igual de fija. Hablaba con dureza y sin tapujos, el rollo cortés del primer día había quedado atrás, desafortunadamente para todos. Respiró hondo aquella brisa salada y recogió uno de sus largos mechones entre sus dedos, comenzando a jugar con ellos. — Lo sé, no serría rrespetuoso parra él tenerrle a borrdo mientrras se pudrre. — Desde luego que no sería una imagen ideal. Tampoco es que la situación fuera ideal, tener que enterrarlo tan lejos de casa. Pero a veces estas cosas ocurrían, situaciones desesperadas requerían medidas igual de desesperadas. — Ya tengo el sitio perrfecto, al este de la isla. Cambiarré el rrumbo. — Los ánimos no parecían ser los mejores, ya no solo en ella sino en todos. Que aquel golpe hubiera afectado a la tripulación de aquel modo, a pesar de no haber sido compañeros de Moris como ella, le hacía ver la calidad empática que tenía aquel grupo.
Sin demorarse más, subió unas escalerillas hasta llegar a la zona del timón, elevada del resto de la cubierta. Gracias a su buena memoria y a lo mucho que le gustaba calcular cosas, llegó a la conclusión de que tardarían aproximadamente unos veinte minutos en llegar. Al final no era un camino largo, por suerte. Cambió el rumbo sujetando el timón y girándolo levemente hacia la izquierda. Tendrían que desplegar una vela o dos, así que volvió a bajar las escaleras para dirigirse a los mástiles del barco. Aquella mañana, ese trabajo se le estaba volviendo especialmente pesado. — Tarrdarremos unos veinte minutos. — Informó al grupo, mientras tiraba de las cuerdas que desplegaba una de las grandes velas. Le costaba un poco, llevar a cabo ejercicios físicos no era realmente su mejor fuerte, siempre había sido bastante debilucha en ese sentido.
Todo el mundo estaba ya en la cubierta, a excepción de Khruner. Él era el único capaz de poder dormir durante varias horas seguidas sin ningún tipo de problema, a diferencia del resto de la tripulación. Los primeros en haber sido avistados por el pelirrojo fueron Kovashi y Panda, que dialogaron sobre cuestiones banales como el tiempo. Pero era cierto. Parece que el clima también estaba llorando por la pérdida de una persona como Moris. Un tiempo solemne para momentos en los que la alegría y el ánimo brillaban por su ausencia. Nadja, que también estaba en el exterior con un look bastante despreocupado, se acercó a Enma para preguntarle por el estado de salud de Caoba. El pelirrojo había notado que todavía no había pasado tiempo con él en la habitación, quizá porque enfrentarse al momento en el que se despierta y tener que contarle sobre la muerte de un compañero no sería fácil. Enma lo entendía, así que intentó que su ánimo mejorase con sus palabras y diagnóstico. - Está estable... - Murmuró. - Seguramente no tarde mucho en despertar... La hemorragia ha parado y la herida... está curando... Quizá ahora es... sólo cansancio acumulado... O inconsciencia por un posible shock emocional... - En su cabeza, este diagnóstico era positivo. Porque en realidad lo era. Caoba estaba fuera de peligro y ahora sólo dependía de elle cuándo despertar.
Continuó su camino para apoyarse en uno de los costados de la cubierta, con la mirada completamente perdida, mientras escuchaba la conversación entre Kovashi y Nadja. Sorprendentemente, el primero tenía razón y seguramente llegar a Alabasta sería imposible sin que el cuerpo terminase completamente desnutrido e deshidratado. Los dos días posteriores a la muerte eran cruciales y, aunque no era navegante, intuía que llegar a Alabasta en ese tiempo sería un récord imposible de alcanzar. Así que Kovashi tenía razón, por una vez, y era necesario realizar el funeral cuanto antes. En esa misma isla. - Coincidido con... - Susurró, manteniendo la mirada en el horizonte. - Kovashi... - Finalizó, aunque con algún esfuerzo. Pero Nadja aceptó sin miramientos esta decisión y, con sus dotes de navegante, se dirigió al timón para llevarnos a un sitio que aparentemente ella conocía y en donde podríamos darle la despedida que merece. Tardarían veinte minutos.
En veinte minutos... muchas cosas pueden suceder. Y muchos pensamientos pueden cruzar la mente de una persona. Ahora mismo, Enma, completamente sumergido en su subconsciente, sólo tenía uno... irse. El sentimiento de culpa y la creencia interna de que su presencia sólo traía muerte e infortunio era cada vez más fuerte.
—Sí, parece que está chispeando. Ten cuidado por si hace viento y te caes del barco —Le respondió el panda al peliblanco antes de acercarse a un barril con agua y lavarse la cabeza con ganas. Con el tiempo le había pillado la medida, pero seguía tocándole los huevos que tuviera aquella actitud. Sin embargo, la relación no era peor entre ellos dos que entre Kovashi y Enma. Cada vez que se encontraban la tensión en el ambiente subía, y Panda sabía lo que se acercaba. En la próxima isla, a no ser que algo les entretuviese de nuevo, se pondrían a pelear como monos y Kovashi le daría cuatro hostias a Enma para ponerlo en su sitio. Panda planeaba darle otras tantas al Vanguardia para bajarle los humos, pero Enma...
No sabía qué pensar. Con sus poderes era intocable, pero en los cabos gemelos había salido con vida de milagro. No era invencible como aparentaba ser, y Kovashi era listo, acabaría ideando alguna forma de vulnerar esa intangibilidad propia de la gente como Enma. Tendría que hablar con el muchacho al respecto, pero ¿cuándo? No veía el momento en el futuro cercano para entrenarle como es debido. Tendría que esperar a la siguiente isla y ver cuánto aguantaba la tensión sin romperse.
Por suerte, ese momento no había llegado. Tenían asuntos más importantes que tratar. Kovashi le dio un par de órdenes a Nadja y el panda decidió que no tenía gran cosa que hacer, así que se sentó sobre un barrio cercano. —Si necesitas algo, Nadja, dímelo. Antes ayudaba con los cabos y las velas, pero tú dirás qué te hace falta. —Le dijo, tratando de hacerse útil. La verdad es que un bibliotecario demostraba su utilidad en contadas ocasiones. Ser un listillo en el mar no te ayudaba a respirar bajo el agua. Entonces Nadja pasó a la acción y empezó a maniobrar el barco con destreza. Era una suerte que fuera navegante como Derya. Parecía ensimismada en su labor, como si pretendiera apartar sus pensamientos de otras cosas, y Panda decidió no continuar pidiendo trabajo y trabajar directamente. Se fijó en que le costaba tirar de los cabos y realizar tareas en general de fuerza en el barco. En eso eran diferentes ella y la gyojin. Derya tenía una fuerza descomunal, cercana incluso a la del panda.
Sin decir más, Don Bambú se levantó y ayudó con el cabo a Nadja. Soltar las velas era fácil, pero levantarlas cuando fuera necesario maniobrar era otro cuento. Miró a Nadja a los ojos y asintió, dando a entender que él se encargaría de las tareas de fuerza. Miró después a Enma, que parecía en otra dimensión completamente diferente. Ya hablaría después con él sobre entrenar. Después de todo, era el único con el que Don Bambú no tenía que tener miedo de hacerle daño. Lo cierto es que no sabía controlarse nada bien.
Nadja comenzó a realizar su trabajo. - Buena nena - Pensó Kovashi al ver que no le rechistaba, el nuevo cargo servía de algo. Derya le habría peleado la decisión, aunque Kovashi tuviera la razón. Es lo único que detestaba de la gyojin, aunque incluso a eso le terminó pillando cariño. Enma le daría la razón al peliblanco, quién levantó el pulgar hacia su compañero. — Ya era hora. — Diría con ironía. Kovashi tomó de entre las cosas su caña de pescar, también un pequeño pote con varios cebos que tardó un segundo en colocar, después sentaría su trasero encima de la madera y lanzó la caña mientras todos trabajaban. — Ahora, ponte a trabajar. No me gusta que estés holgazaneando. — Esta vez ni le miró.
Nadja, con la ayuda de Panda comenzaron a movilizar el barco hacia otra dirección, la fémina decía tener un lugar ya señalizado para poder llevar a cabo el dichoso entierro. Quitó el tapón de su preciado objeto metálico, contenía la droga que necesitaba Kovashi para no enterrar la cara de Enma en la madera de la nave.
Alguien abrió la puerta de madera que daba a la parte inferior del barco. Caoba asomó la cabeza, con el rostro repleto de vendas. — Donde ... Estoy ... — Dijo como buenamente pudo. Parecía poder caminar bien, aunque seguía aturdide por los acontecimientos.
— Está viva. Aleluya. — Afirmó Kovashi mirándo de costado. Tenía la caña sujeta con la diestra y la petaca con la zurda. Un hombre polivalente se le podría llamar. De última generación.
— ¿Vi ... va? — La confusión le inundaba la mente. Fue en ese instante que Kovashi decidió callarse. En la cabeza del Shimatsu entraba que en alguno de los momentos de consciencia, Nadja o Enma le habrían contado lo sucedido, pero por su reacción estaba claro que no.
Kovashi no respondió, tan solo dejó de mirar hacia elle y siguió pescando.
Mientras hacía esfuerzo por tirar de los cabos que de las velas, Don Bambú se apresuró a ofrecer su ayuda, con el movimiento de su cabeza le dio a entender a la rubia que se ocuparía él. — Derrya te enseñó un parr de cosas, ¿eh? — Nadja no solía ser la que pedía ayuda, pero cuando la ayuda se la ofrecían de manera desinteresada, pocas veces la rechazaba. Era un acto muy caballeresco, a eso ella le gustaba. Así que soltó las cuerdas y dejó que su enorme amigo se ocupara del tema, que parecía que podía manejarse perfectamente.
Aprovechó aquel momento de viaje y espera para meterse en su camarote y arreglarse un poco. Estaba hecha una mierda, no podía asistir así al funeral de alguien. Así que se peinó, echando su cabello sobre su lado derecho y se vistió completamente de negro. Pantalón largo negro, botas con tacones negras, un top negro y una chaqueta negra. Incluso se puso sus guantes. Después de mirarse al espejo, con una autoestima algo recuperada, volvió a salir a cubierta. Casi no parecía la misma Nadja de antes.
Y nada más salir, se encontró de frente con Caoba, que acababa de despertar y de salir también de su habitación. Las palabras de Kovashi le dejaron completamente confundide. Nadja respiró hondo, estaba contenta, pero inquieta a partes iguales. Se acercó a su compañere y le abrazó, antes de decirle nada. — Estamos en el barrco de los revolusionarrios, te desmayaste en la pelea, menos mal que estás bien. — No soltó su abrazo todavía. Quiso decirle primero por lo que había pasado y donde estaban, para que no pareciera tan confunse. — Tengo... que contarte algo. — Ahora sí se separó de elle, pero agarró sus manos para mantener su contacto. Le miró a los ojos. Esto le estaba costando horrores, pero mantener retrasarlo no serviría de nada. — Morris... — Cogió aire. — Ha fallesido en la batalla, Caoba. Estamos de camino a enterrarrle. — Ya se veía venir su reacción. Nadja ya estaba más acostumbrada a la pérdida y aún así el dolor fue terrible, Caoba lo pasaría peor.
Mientras la dura conversación se daba lugar, iban llegando al lugar indicado. Se trataba de una playa apartada, más pequeña pero preciosa. Nadja había marcado el sitio donde quería enterrar a Moris con una "X" en la arena. No era arena del desierto, pero era arena igualmente. Solo quedaba echar el ancla unos momentos y desembarcar, con el cuerpo de Moris.