21-06-2026, 06:34 PM
El día partía con el sol en alto, un capote celeste fungiendo de domo y las gaviotas corriendo a través de él sin prisa, graznando sus historias, plantando los cimientos de la mañana y el ambiente de la playa en costas de la peligrosa y salvaje Kyodaina. Las lianas se enredaban con altas ramas y luego caían inertes, como brazos vencidos que se mecían con el empuje del viento. El musgo instalado en cada tramo del suelo y sobre cada roca que antaño tratara de desafiarlo era solo otra prueba más del reinado absoluto de la selva y lo salvaje, el verde. Un solo color que parecía dominar la isla al punto de que todo lo que no fuera de su tono, era tomado como un invasor. Eso lo descubrieron en los primeros días tras desembarcar. Las bestias, gigantes en ese lugar, estaban programadas para atacar al extranjero, al diferente, al que no encajaba ni se camuflaba con la flora. Una sola ley comandaba allí: el más fuerte se comía al débil, y eso aplica tanto a planta como animales. No fueron pocas las variedades de carnívoras, flores venenosas y cardos tóxicos creciendo alrededor de dónde instalaron el campamento. Fue una fortuna que Juan se decidiera a aprender más sobre la cocina en los últimos meses y, bueno, también que uno de ellos fuera inmune a los venenos ayudó a evitar las tragedias.
Enji salió a la cubierta del Ford's Transit, su flamante y glorioso barco. En los hombros llevaba la chaqueta de capitán y sobre ella, descansando estirado cuan largo era, estaba el MISMISIMO Ford. Ford “Fiesta”, apodado recientemente, el gato que sirvió de inspiración para el mascarón de proa del barco de su división.
—Este lugar me tiene cansado ya —comentó a su camarada, el primero de todos, mientras se acercaba a la barandilla y miraba hacia abajo a la selva—. No encontramos a quien sea o lo que sea que veníamos a buscar aquí y ya peinamos más de la mitad de la isla. Está empezando a ser un incordio. —Sacó un cigarro de su bolsillo, junto al mechero, y lo encendió. Dió una larga calada con la que llenarse los pulmones y exhaló—. Quiero volver a la ciudad, sentarme en un bar y comer unas papas. Pero papas de verdad. Las de aquí son silvestres, muy granuladas, y Juancho hace un gran trabajo pero la carne de tigre es muy dura, ¿no te parece?
Ford maulló.
—Exactamente.
Enji salió a la cubierta del Ford's Transit, su flamante y glorioso barco. En los hombros llevaba la chaqueta de capitán y sobre ella, descansando estirado cuan largo era, estaba el MISMISIMO Ford. Ford “Fiesta”, apodado recientemente, el gato que sirvió de inspiración para el mascarón de proa del barco de su división.
—Este lugar me tiene cansado ya —comentó a su camarada, el primero de todos, mientras se acercaba a la barandilla y miraba hacia abajo a la selva—. No encontramos a quien sea o lo que sea que veníamos a buscar aquí y ya peinamos más de la mitad de la isla. Está empezando a ser un incordio. —Sacó un cigarro de su bolsillo, junto al mechero, y lo encendió. Dió una larga calada con la que llenarse los pulmones y exhaló—. Quiero volver a la ciudad, sentarme en un bar y comer unas papas. Pero papas de verdad. Las de aquí son silvestres, muy granuladas, y Juancho hace un gran trabajo pero la carne de tigre es muy dura, ¿no te parece?
Ford maulló.
—Exactamente.

