Taka
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El mar me pone el estómago dado la vuelta.
Cierto que apenas llevo un par de viajes desde que abandoné mi isla, pero, me parece una sensación asquerosa.
Cocoyashi. No sé mucho de este sitio. No sé mucho del mundo, en general. Pero parece un lugar apacible, un destino tranquilo. Lo más inteligente sería abastecerme e investigar un poco para poder partir de nuevo.
Mi anterior pista fue infructuosa y aunque encontré algunos piratas, ni eran de la tripulación que busco ni conseguí rédito por ellos.
Costa, por fin. En cuanto puse los pies en tierra firme, respiré aliviado.
- ¡Suerte, mestizo! - Gritó uno de los pescadores que tuvieron a bien traerme desde mi anterior destino, mientras me alejaba del barco y me despedía con la mano en alto.
El día era soleado, cálido y despejado. Un día de esos para tumbarse sobre la hierba, mirar el cielo y descansar. Apenas se podía escuchar nada más que la tenue brisa que mecía las hojas en los árboles. Transmitía ese tipo de paz que llena.
Solo se enturbiaba con el terrible rugido de mi estómago. Llevaba días sin pegar bocado ni beber. Esos pescadores aceptaron llevarme, pero, dado lo que ocupo, me dijeron que no compartirían conmigo provisiones y, yo acabé las mías el segundo día de viaje.
- Vacío... - susurré mientras sacudía mi cantimplora intentando rascar la última gota de agua.
La aldea debe tener algún sitio para abastecerse, para comer o beber, por lo que puse rumbo hacia Cocoyashi.
La ciudad era un reflejo de lo que sus paisajes aledaños transmitían: tranquilidad y paz. Una ciudad que, según mis transportistas, se dedicaban a la exportación frutal, y tenía poco de militares.
Tardé poco en encontrar un garito donde llenarme la boca. El lugar era un edificio de dos plantas hecho de madera con un enorme portón de entrada. Me acerqué y posando mi mano sobre la puerta, empujé abriéndola lento. La puerta chirrió y accedí al lugar, buscando la barra y dirigiéndome al primer taburete libre. El camarero miró en silencio y, tras sentarme con cuidado, carraspeé levemente.
- ¿Tienes alguna jarra de mi tamaño? Necesito beber algo. - Dije ante la atónita mirada de medio bar, que giraron de repente a observar el cuadro. Me parece que me vuelvo sin beber.
Para mi sorpresa, el camarero, sin preguntar absolutamente nada, sacó una jarra de al menos 2 litros de capacidad y la puso sobre la mesa.
- ¿Qué va a ser? - Respondió con otra pregunta.
- Zumo. Autóctono. Tengo curiosidad... y sed. - Respondí.
Me sirvió un líquido anaranjado y me quedé mirando como se llenaba poco a poco, pensando en mi propia taza. Mi mente. Mi última reyerta me había enseñado algo: La fuerza bruta no me va a servir ni con gente hábil ni con grupos grandes. Necesito aprender a cazar hombres, no solo animales. Si quiero llamarme cazador de piratas, tengo que mejorar.
O el juego se invertirá. Y el cazador se convertirá en presa.
Primer trago a la jarra. Naranja agria. Podría ser peor.
Sohem
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Era absurdamente incómodo e irritante tener que acudir a todos los tablones de recompensas que había en todos los pueblos que visitaba y ver constantemente caras nuevas, y ninguna de las que hubiera visto anteriormente. Debía de ser verdad que en los grandes gremios cazaban en grupo y muy eficazmente, pues en lo que tardaba en desplazarme de una isla a la siguiente, las caras que veía en los wanteds eran completamente distintas a las que recordaba, por supuesto igual que sus nombres. La frustración se apoderaba de mí y apretando los puños fruncí el ceño tras mi máscara y las venas de mi sien comenzaron a palpitar con furia, la furia típica de un animal frustrado que no está entendiendo lo que sucede.
Agarre varios de aquellos carteles y los miré aún más cerca... No entendía cómo era posible que alguien en cuestión de días consiguiera recompensas de diez o quince millones por su cabeza, ni cuánto poder tenían que tener los gremios importantes para poder acabar con ellos en el mismo lapso de tiempo. Posiblemente era la única cosa que tenía segura: debía unirme a uno de esos gremios para poder contar con su protección, formar parte de algún equipo y realizar algunas cazas aunque fueran menores, para ir cogiendo soltura, práctica y algo de colchón económico...
Me guardé en el bolsillo varios pares de aquellos carteles y le di un pequeño puñetazo suave al tablón, más fruto de la frustración de no poder romperlo en pedazos porque estaba en un sitio público y no quería granjearme problemas, que por el hecho de querer ser comedido por mi mismo.
Suspiré y chasqueé la lengua contra el paladar con aquel tic propio de desaprobación que usualmente se escapaba de mis labios, mientras me daba la vuelta y me sentaba en la silla más próxima, de espaldas al tablero y de frente, a lo lejos, a la puerta. En el lateral de mi siniestra estaba la barra del bar, y en ella un tipo enorme pedia una jarra de su tamaño.
Arqueé la ceja bajo el casco. La verdad es que el mundo estaba plagado de criaturas extrañas y variopintas, pero ¿sería fuerte?. De tener recompensa por su cabeza ¿tendría algo que hacer contra él? O mejor, ¿podría tenderle alguna trampa alguna vez a alguien de semejante envergadura y salir victorioso? No podía saber si estaba preparado para algo así o no pero tampoco me arriesgaría a intentarlo y ver el final de mis días. Comencé con este trabajo con el objetivo de volverme el más poderoso de todos, no para morir en el intento, y aunque mi mirada seguía fija en aquel colosal tipo, no paraba de divagar en mis propios pensamientos, completamente ajeno a que me había quedado clavando mis orbes en su figura.
Karma Negativo: Olvidadizo
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El bar era un lugar relativamente tranquilo. Algo de música de gramola sonaba de fondo y las conversaciones desenfadadas de los allí presentes. Alguna voz por encima de otra, entre todos aquellos campesinos y agricultores.
- ¿Y, a qué se dedica el caballero? - Preguntó el camarero, en un pésimo intento de conversar con el más que obvio forastero.
- Busco a ciertas personas, las encuentro y cobro por ello. - Contesté sin levantar mucho la voz.
- ¿Como un detective? O sea, sigues pistas, rumores... - prosiguió, atento a la conversación. Parecía muy interesado.
- Sigo pistas - le interrumpí - pero, no soy un detective. Más bien, estoy más cerca de un cazador que de un detective.
El camarero cambió su expresión de sorpresa a otra más solemne. Pareciera haber entendido perfectamente cuál era mi cometido. Comenzó a frotar un vaso con un trapo viejo, lento, pero constante, intentando sacarle brillo poco a poco.
- Entonces, quizá podría interesarte el tablón de anuncios. - dijo señalando con un movimiento de cabeza hacia un tablón de madera del que colgaban varios carteles con fotos - ahí cuelgan las fotos y recompensas de gente que... se busca. - dijo con cierto rin tintín mientras seguía frotando ese vaso con el trapo.
Gire sobre mí mismo en el taburete, apoyando los codos en la barra y mirando al tablón. Cogí la jarra con la mano izquierda y me levanté. Noté como la madera del suelo sobre mis pies crujió levemente. Avancé hasta el tablón y me quedé a un metro de él y comencé a examinar las caras que portaban los arrugados papeles.
Era obvio incluso para un inexperto como yo, que se trataban de piratas. La recompensa bajo su nombre, el "vivo o muerto", la firma de Marine en la esquina... básicamente, era un catálogo de víctimas. De posibles víctimas. Pero, ¿cómo diferenciar a las potenciales presas de las peligrosas? ¿Cuál es el rasero de recompensa que indica peligrosidad?... demasiadas dudas. Por ahora, seleccionemos uno de ellos, aunque sea al azar. Moví mi mano en círculos con los ojos cerrados y pose mi mano sin mirar. Agarré el que estaba justo bajo mi mano y lo estrujé, arrancándolo del tablón. Lo observé un poco sin reparar demasiado en ningún detalle y lo guardé dentro de mi gi. Lo revisaría cuando terminara mi bebida en otro lugar para no llamar la atención. Si eso a estas alturas era posible.
Quise volver al taburete en la barra, giré sobre mí mismo y tropecé con una silla ocupada. El tropiezo ocasionó que la mitad de mi jarra terminara encima de la persona que estaba allí.
Durante una pequeña fracción de segundo pensé que si me disculpaba la cosa podría quedar ahí, pero fijé mis ojos en el caballero. Desde luego era un forastero como yo y, también, parecía una persona peligrosa.
- Mierda... - pensé, tan fuerte, que quizás toda la sala escuchó mis pensamientos.
Sohem
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15-08-2023, 08:44 PM
(Última modificación: 15-08-2023, 08:45 PM por Sohem.)
De la barra se levantó un tipo enorme y con pintas un poco extrañas después de charlar un rato con el posadero, parecía lo suficientemente fuerte como para encargarse de sus propios asuntos, pero por algún motivo extraño se levantó dirigiéndose hacia mi directamente. Le observé impasible con los brazos cruzados y la mirada clavada tras los agujeros de mi máscara. Fuera lo que fuera lo que quisiera, de mi no lo iba a encontrar... y estaba a punto de preguntarle que qué cojones quería cuando pasó de largo y fue al tablón de anuncios. Claro, estaba a mi espalda. Podría ser otro buscavidas como yo, o alguien que buscaba a alguna persona concreta, pues pinta de funcionario no tenía.
Fuera cual fuese el caso no era de mi incumbencia, y había perdido el suficiente tiempo en aquel tugurio como para seguir descansando: era hora de mover las piernas y tratar de buscar con qué comer. Así pues, me puse en pie sin mediar lo mucho y sin percibir los alrededores, notando como mi casco impactaba con algo duro en la parte superior del mismo, escuchando un fuerte salpicar justo al instante y notando unas pocas gotas caer a mi hombro derecho.
Flanqueé y pivoté al mismo tiempo y pude ver al hombre grande de antes, con el rostro completamente cubierto de líquido y chorreando del mismo, sosteniendo una jarra vacía en la mano. Al instante comprendí que había impactado con mi cabeza contra su jarra, y había sido víctima de no mirar por donde iba — Ten cuidado — le advertí mirándole fijamente a los ojos, sacudiendome del hombro las gotas que se habían derramado — La sangre sale peor que el... — dije, olfateando ligeramente el ambiente, percibiendo los olores del líquido — ...zumo — y finalicé regalándoles otro par de segundos de mirada fija antes de girarme y disponerme a marcharme del establecimiento.
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15-08-2023, 11:49 PM
(Última modificación: 15-08-2023, 11:49 PM por Taka.)
Entre la espada y la pared. O el tablón, más bien.
Cuando el pequeño hombre enmascarado se levantó, temí que se generara una pelea en el acto. No tenía miedo de mancharme las manos con algo más que zumo, pero, no era el momento ni el lugar. Sobre todo cuando yo era el más... pintoresco de los dos. Seguramente terminara conmigo en un calabozo y eso sería un dolor de cabeza. Era mejor dejarlo pasar, a pesar de sus palabras y su mirada, que aunque no logré detallar entre los agujeros de su máscara, estaba más que claro que denotaban un tinte desafiante.
El sujeto se giró para abandonar la escena y fue en ese momento cuando me fijé en su brazo. Portaba un brazalete con lo que parecía una calavera. Se me ocurren pocos símbolos que llamen más la atención que una calavera sobre un brazal negro.
- ¿Podría ser?... - pensé, girando bruscamente la cabeza hacia el tablón de anuncios - Faltan algunos carteles, es posible. - aseguré mentalmente para mí mismo.
El sujeto podría ser un pirata que hubiera quitado su propio cartel para que no fuera reconocido de inmediato. Quizá por eso tampoco me confrontó, sabiendo que en una trifulca, si los marines se personan, lo arrestarían.
Decidí jugar. Probar algo nuevo. Tras dejar la jarra en la mesa de la que se levantó el enmascarado, comencé a caminar tras él, alcanzándolo rápidamente y colocando mi mano derecha sobre su hombro derecho, colocándome a su lado justo cuando llegaba al portón.
- Vamos, no te enfades, deja que te invite a algo en otro sitio... - dije en tono conciliador mientras atravesábamos la puerta -... ¿Eh?, pirata. - Sentencié tras una breve pausa, cambiando mi tono a uno más provocador.
Ahora las cartas estaban empezando a jugarse.
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Salía caminando del bar hasta que aquel tipo decidió agarrarme del hombro con toda soltura y tranquilidad. Mala idea. Suspiré al mismo tiempo que crují mi cuello, a la par que el tipo decía que quería invitarme a algo en otro sitio, y me llamaba pirata. Yo no era de esa clase de hombres y no me gustaban las insinuaciones de ese tipo para con mi persona. Respetaba que todos hicieran lo que quisieran con quién quisieran, de la forma que quisieran, las veces que quisieran. Pero conmigo no.
— Te estás confundiendo — le dije quitándole la mano de mi hombro de un manotazo — Si estás buscando esa clase de hombres dicen que salen a los parques por la noche — maticé, y crucé el umbral de la puerta saliendo del establecimiento.
Era la primera vez que me pasaba algo así, nunca habían interpretado eso al verme, pero bueno, suponía que para todo llegaba su momento. Quizá el acercarse tanto a mí con el zumo era para provocar un encuentro conmigo. Y quizá incluso pensaba en derramarmelo para forzar una interacción más física al disculparse... ¡Claro! ¡Zumo! ¿Como podía estar tan ciego? Un hombre tan inmenso y de la edad que aparentaba, bebiendo zumo, buscando acercarse a mi, queriendo invitarme a tomar algo y agarrándome del hombro... Sorpresas que da la vida. Ahora sólo me quedaba empezar a encontrar pistas para poder localizar mi siguiente objetivo... y mi salario de este mes.
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- Pero... ¿Qué cojones dice de un parque? - pensé totalmente anonadado.
Por alguna razón, lo que en mi mente sonaba como una frase amenazadora, se quedó en algo ridículo. Aquel hombre se zafó de mí, sugiriendo que él no era esa clase de hombre. ¿Qué clase de qué? Es fácil. O saqueas y eres un pirata, o no lo eres. Y si lo eres, eres mi cena.
El silencio se hizo en el bar tras su última frase y, parecía que todo el mundo esperaba que el ambiente se fuera de las manos en cualquier momento. Volví la cara hacia la barra. El camarero, con el que durante unos minutos conversé, me miraba absolutamente horrorizado y gesticulaba con las manos mientras negaba moviendo la cabeza de lado a lado. Hasta yo podía entenderlo. Aléjate de él. Peligro.
¿Peligro de qué? ¿De un pirata de tres al cuarto que no me llega al ombligo? Estaba al borde de estallar.
La jarra, ya prácticamente vacía que portaba en mi mano, estaba justo al punto de quebrarse de la fuerza que ejercía mi mano. Fue oír un crujido del vidrio en ella, e inmediatamente la lancé a través de la puerta que quedó entreabierta. Salí como una furia para alcanzar a ese hombre.
Me acerqué rápidamente a él y lo volteé de un hombro, agarrando la solapa de su abrigo verde y zarandeándolo, prácticamente a punto de rasgar sus vestiduras.
- Pirata, sí. ¡Como este! - exclamé mientras ponía frente a su cara oculta tras la máscara el cartel de "se busca" que arranqué del tablón, el cual, aún ni había mirado - ¡Y si eres como ellos, voy a hacer de ti mi sueldo semanal! - sentencié apretando el cartel y elevando mi puño, amenazando con hender mis nudillos en su cuerpo para luego, arrastrar sus restos al cuartel de la marina más próximo y cobrar su precio.
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Estando fuera de aquel antro el clima mejoraba y se libraba del ambiente cebado del establecimiento. El sol caía frente a mí y las cigarras sonaban al fondo, provenientes del campo más próximo. Una aldea en paz en un lugar en calma. Y eso era sinónimo de no tener problemas, y sin problemas, yo no comía. Suspiré y me rasqué la nuca con la mano izquierda, y cuando fui a dar un paso noté alguien que me giró del brazo que aún mantenía abajo.
El tipo grande del bar, con el pelo sucio y largo, aparentemente algo grasiento y la cara de desquiciado que buscaba hombres cercanos a otros hombres. Sujetaba un cartel de piratas y gritaba algo enfadado, entendiendo que se había ofendido por la referencia hacia sus claros gustos sexuales, y se estaba refiriendo a los piratas, criminales y bucaneros de toda la vida. Estaba agarrando la solapa de mi chaqueta y estaba arrugándola, avanzando incipientemente hacia la incipiente crueldad de su destino: Le iba a reventar la cabeza.
Mientras arrugaba el cartel añadió que si era como "ellos" -entedí que refiriéndose a los piratas- iba a derrotarle y llevarme al cuartel más cercano.
— Te estás equivocando — espeté con voz grave — Y si tú pudieras ganarte el sueldo de la semana con un pirata yo podrías vivir en una mansión — añadí referenciado la aparente profesión común.
— Tienes cinco segundos para soltarme... — le dije con una aparente y falta tranquilidad — ...antes de que TE REVIENTE ESA PUTA CABEZA — acabé gritando y agarrando la empuñadura de mi arma aprovechando la mano que tenía rascándome la nuca y estrellando el kanabo contra el suelo, a la izquierda de mi, y agarrando con la mano derecha las mano del tipo que me sostenía de la ropa. No tenía el día para que me tocasen los cojones, y estaba decidido a partirle la cara a cualquiera que viniese predispuesto a tocarlos.
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Cinco segundos. Cinco segundos dan para mucho.
Durante esos cinco segundos que aquel hombre me dio para soltarlo pude pensar varias cosas. Es curioso ver cuánto puedes llegar a reflexionar en tan poco tiempo.
¿Y si lo soltaba? Perdería un posible pirata que seguramente tuviera precio por su cabeza. ¿Y si continuaba? Quizás los marines acudieran y ambos acabáramos encerrados. En cualquier caso, no había buenas decisiones. No había una elección acertada.
Su voz resonaba en mi cabeza. Imponía cierto respeto de alguna manera. Casi llegué a plantearme soltarlo, pero... escudriñé su mirada a través de los agujeros de su máscara. Intentaba buscar una emoción humana. Un tic, algo que me diera una ventaja aunque fuera psicológica. No lo encontré. Y entonces.
Clic.
Nublé todas las ideas que tenía y simplemente vi un animal más pequeño y frágil. El sol que nos calentaba, hizo arder también con sus palabras, mi sangre y, en aquella calle semi transitada, decidí que iba a hacerle tragarse su amenaza. Era una calle ancha, con sitio de sobra para pelear, con un suelo de tierra compacta y dura, prácticamente inmutable por los impactos. A nuestro alrededor, la gente comenzaba a alejarse y quizá un par de curiosos se quedaba mirando qué ocurría.
Manteniendo mi agarre sobre su solapa, flexioné de golpe todo mi torso, mi cadera y finalmente mi cuello, buscando impactar con mi frente en la diminuta cabeza del hombrecillo. En mi mente, casi era como un martillo clavando una púa en el suelo. - Vas a necesitar un taburete para llegar a mi cabeza, ¡ENANO DE MIERDA! - grité poniéndome a su nivel de voz tras mi golpe.
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