[Pasado] - Los enemigos de mis enemigos
#1
Día 16, otoño, año 10
Ciudad Shan | País de Kano | West Blue


     Campos de bambú, casitas rurales, jardines, frondosa vegetación, santuarios... El escenario perfecto para una escapada de relajación, contacto con la naturaleza y disfrute de la hospitalidad de unas gentes sencillas, de vidas sencillas y aspiraciones sencillas. Era justo lo que necesitaba tras mi última estancia en otra isla, cuyo nombre no viene al caso, donde había tenido unas pequeñas diferencias con un grupo de guardias al que había terminado derrotando. No había sido fácil, había tenido que recurrir a mi akuma no mi para deshacerme de ellos y, aun así, me habían terminado hiriendo. Gracias a esos desgraciados, ahora lucía un bonito corte en el muslo izquierdo, tapado con una venda improvisada bajo el pantalón. No debería tardar en sanar, o eso esperaba. En cualquier caso, aquella panda de idiotas había quedado peor que yo. Sobre todo, los muertos.
     Aquel escenario perfecto lo habría sido más si no hubiese albergado un sol espléndido sobre los tejados. No me gusta el sol, me hace daño. En especial, la exposición continua. Así que mi oscura vestimenta habitual contemplaba también mi chaqueta negra con capucha, la cual vestía en ese mismo momento mientras caminaba por las calles tranquilas de Shan.
     La tranquilidad de Shan no era una calma sepulcral, ya que los mercados en particular y la vida activa de sus habitantes en general generaban bullicio. Cuando hablo de tranquilidad, me refiero a una zona sin crimen aparente. Qué mala suerte, entonces, que hubiese llegado yo allí. Siempre me planteo dejar un tiempo prudencial entre una acción criminal y otra, pero al final termino cayendo en mi propio juego. Es mi forma de vida, no sé hacerlo de otro modo. Tampoco lo he intentado ni me interesa. 
     Lo malo de una ciudad como aquella era que yo no encajaba. Pero ¿cuándo yo encajaba en algún sitio? Obviando mi aspecto físico, mis prendas oscuras no ayudaban, y mucho menos encapuchada. Nada nuevo, llevaba media vida viajando así. Solo en lugares de mala muerte, lúgubres y de aura criminal era donde más pasaba desapercibida. Shan no cumplía ninguno de estos requisitos.
     —¿Esta belleza exótica querría probar una de mis manzanas? —escuché desde uno de los tenderetes de mercado situado a mi izquierda.
     Giré la cara en esa dirección. Un hombre moreno, rudo, cuya manga corta enseñaba sus brazos grandes y peludos se dirigía a mí con una amable sonrisa. En su mano, extendida en mi dirección, sostenía una manzana roja brillante de aspecto apetitoso. No sabía cómo se había fijado en mí bajo mi capucha, pero su actitud no era hostil, al contrario. Alargué mi brazo hasta tocar la fruta con los dedos. Unos dedos pálidos, casi espectrales, en comparación con la piel del tendero. Acepté la pieza de buen gusto: las cosas gratis siempre son menos trabajosas de conseguir que las robadas, puestos a no pagar ninguna. Siempre y cuando no fuesen de dudosa procedencia, claro. Pero las probabilidades de que ese tipo quisiera envenenarme eran muy bajas, y yo tenía hambre.
     Le sonreí a modo de agradecimiento. Una sonrisa ensayada, propia de mi rostro pero discordante con quien yo era en realidad. Pero eso el hombre no podía saberlo, así que ensanchó la suya. Me encanta lo fácil que es engatusar a un cualquiera. Y, a veces, no tan cualquiera. 
     Miré al frente y, mientras reanudaba mi paso —sintiendo pinchazos en la herida de mi pierna izquierda—, mordí la manzana. Pura ambrosía tras no haber probado bocado desde hacía varias horas. Este tipo de cosas mejoraban mi humor. Tanto, que decidí volver a recurrir a mis facilidades para salirme con la mía.
     Me fijé en otro hombre que venía de frente. Era una cabeza más alto que yo, fornido, de rostro agraciado pero no como para dejarme embobada —hace falta mucho más para embobarme—. Y con una suculenta bolsa de monedas colgada de su cinturón. Iba solo, dato importante, entre todo el gentío. Y ya sabemos lo que ocurren con las aglomeraciones: es muy fácil chocarse.
     —Oh, disculpa. —Fingí que me tropezaba, prácticamente arrojándome a sus brazos. Lo rodeé con los míos mientras me sostenía.
     —No, discúlpame tú a mí, debería haberte visto —respondió de inmediato—. ¿Estás bien?
     —Sí, ahora sí.
     Bajo mi capucha, me esforcé porque mi sonrisa fuese deslumbrante. Surtió efecto, porque él me devolvió otra. Maldición, sí que era guapo el tipo. Mis manos, colocadas sobre sus costados, notaban unos músculos duros bajo la ropa. Debía de realizar mucho esfuerzo físico en la que fuese su ocupación.
     —Soy Teo.
     No me digas tu nombre, protesté en mi fuero interno. Prefería no saber nada sobre mis objetivos criminales.
     —Gracias, Teo. Que tengas un buen día. —Yo podía llegar a ser amable si me lo proponía.
     —Lo será si nos volvemos a ver.
     No intentes volver contra mí mis propias técnicas, volví a refunfuñar por dentro.
     Decidí no responderle. No, no volveríamos a vernos. A pesar de su atractivo, le faltaba peligrosidad. Y solía seguir una regla: "no folles con ninguno de tus objetivos". Porque era evidente que Teo no quería volver a verme para hablar sobre la estación de cosecha.
     Me separé de su cuerpo y, sin perder un segundo más, me deslicé entre el gentío antes de que pudiera girarse para buscarme, si es que lo hacía. Metros más adelante, torcí a la izquierda y me adentré en un callejón menos transitado. En mi mano, la bolsa de monedas de Teo. Pesaba más de lo que había esperado al verla colgar de su cinturón. Sonreí. 

RESUMEN
KARMAS RELEVANTES
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#2
Leyenda


Ya sé que Tudeau me dijo que no me moviera. También me dijo que la revolución no se hace sola. Solamente fui para ver el qué, una "misión de reconocimiento" me dije a mí misma para aligerar la culpa.

La gente en el puerto parecía animada. Había muchos pescadores cargando cajas aquí y allá, barcos descargando el género, mujeres remendando redes en el muelle y, por supuesto, los gritos ocurrentes de compradores en la subasta de la lonja. ¡Pez dragón, pez dragón! ¡Exquisito, sabroso! ¡Sólo en este puesto, nadie más sabe cómo encontrarlo! ¡compra pez dragón en Puerto Xueyu! Por dios, ¿nadie? Ayer Fenrir vomitó a dos en el barco que volvió a engullir horas después. Tanto ruido y tanta gente empezaba a serme agobiante, ya tenía ganas de volver a embarcarme hacia el bosque. Pero tenía que investigar. Giré la mirada a mi derecha para mirarlo con atención: unas grandes murallas de piedra rodeaban un espectacular palacio. Ts, seguro es una mierda que se aprovecha de esta pobre gente. El mapa de Tudeau lo decía claro: "emperador no afiliado al Gobierno Mundial. Falta más información". ¿Por qué no está afiliado al Gobierno Mundial? Una de dos: o es demasiado bueno o demasiado hijo de puta.

- Oiga, usted, cara de sapo.
- Piérdete.
- De lo que pescó hoy ¿qué porcentaje de impuestos tiene que pagarle al emperador?
- Piérdete, tengo trabajo.

Mis dotes sociales nunca fueron mi punto fuerte pero al lado de aquel pescador era una oradora capaz de levantar la revolución de todo un mar de la que el mismísimo Kovashi se hubiera sentido orgulloso. O quizás no. De todas formas, parecía que ahí no iba a sacar mucho en claro, tendría que moverme hacia la ciudad y observar a sus habitantes. “Un país es cómo vive su gente, no sus gobernantes”, decía siempre Tudeau. Tenía plantas para comerciar, así como mínimo podría ganarme unos berries.

Con mis alas llegué en un momento. Me adentré en las calles de Shan y empecé a andar. ¡Arroz dulce, arroz arbóreo! ¡Tengo su arroz, señora! ¡Arroz negro, arroz rojo! ¡Todos los colores, amigo! Cómo les gusta gritar en esta puta isla. Será mejor que espabile a entender cómo les va aquí y largarme pronto porque ya me están poniendo de los nervios.

Mientras andaba, me pareció ver un puesto de medicinales al final de la calle, basculé mi cuerpo hacia adelante y entrecerré los ojos para focalizar mi atención en ese punto, para ver si podía vislumbrar si realmen-

- ¡aaaaaaaaaayy!

Caí hacia adelante porque mi pierna derecha chocó con algo que, al parecer, podía chillar. Al tener la atención en otro punto, me desequilibré totalmente y caí de bruces. Aún en el suelo, me di la vuelta para identificar mi obstáculo. Se formó un círculo a nuestro alrededor por aquellos que querían mantener cierta distancia y algunos cotillas con intención de chismerío. Un tipo fornido estaba de rodillas acariciándose la cabeza con visibles muecas de dolor en su rostro.

- ¿Eres gilipollas? ¡Qué mierda haces ahí en el suelo en medio de la calle!
- ¡No soy gilipollas, estoy buscando algo!
- ¿Tu cerebro o…? – hizo un gesto con la cara que no supe identificar si se había molestado o era aún por el dolor.
- He perdido mi bolsa por aquí…
- Eres tonto y encima pierdes las cosas. ¿Tienes algo bueno acaso?
- Obviamente que sí – dijo mientras se ponía de pie y mostraba sus bíceps haciendo posturas a mí parecer – y obviamente no por el suyo – ridículas.

Menudo payaso fanfarrón.

- Soy el tipo más buscado por las chicas en esta ciudad.
- Sí… seguro – el tono de sorna fue evidente. Me incorporé para irme, ese imbécil ya me estaba aburriendo.
- Para que sepas, una chica guapísima acaba de sonreírme y hemos quedado para tomar algo por la noche. Ha sido amor a primera vista. Era amable, educada, femenina, y con una belleza peculiar ¿cómo explicarlo? Era como un ángel… oscuro.

Puse los ojos en blanco y seguí andando. Ya no podía más de la ciudad, quería esconderme un rato. Aún oía al tipo de fondo gritando cualquier cosa cuando, unos metros más adelante, vi un callejón a la izquierda que parecía ser concurrido por poca gente. Voy a salir del bullicio un momento porque ya estoy harta.

Nada más adentrarme al callejón vi a una chica sonriendo mientras miraba a una bolsa de monedas en su mano. Me pareció muy guapa, de piel muy blanca y ropas negras, con capucha. Era como un ángel… ¿oscuro? No puede ser, ese tipo es realmente gilipollas.

- ¡Oye! ¡Tú! ¡Princesa fantasma!
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#3
     Princesa fantasma.
     Borré mi sonrisa al instante.
     Hacía lo que parecían siglos desde que escuché ese nombre. En realidad, lo correcto habría sido "Dama Fantasma", pero me causó un vuelco en el estómago de igual forma. Quien había pronunciado esas palabras no podía saberlo. ¿O sí?
     Tal vez, después de tantos años, me habían encontrado.
     De inmediato, giré la cabeza hacia la fuente del sonido, tensa. Y lo que vi no fue en absoluto lo que esperaba. Una mujer enorme me miraba desde sus alturas. Sus rasgos bellos, su piel morena o su cabello plateado no fueron los que me impresionaron, sino sus inmensas alas negras. Sin duda alguna, debía de ser Lunarian. Nunca había visto ninguno, y mucho menos tan de cerca, pero conocía su aspecto gracias a las habladurías de tantos años en el mar. Había dureza en sus ojos claros. Las sombras del callejón, protegido del sol a causa de los tejados que cubrían su abertura superior por completo, le otorgaban un aspecto amenazante, oscuro, casi tenebroso. Lejos de atemorizarme, me fascinó. Recorrí sus tatuajes con la mirada.
     —Lunarian —dejé escapar en un susurro sin quitarle los ojos de encima.
     De pronto, salí de mi lóbrega ensoñación. Guardé la bolsa de monedas en uno de mis bolsillos, aunque mi recién adquirido botín era lo que menos me importaba en aquel momento. Adopté una posición defensiva de puertas para adentro, puesto que no quería exteriorizar que me encontraba alerta, inquieta. Si era verdad que me habían encontrado, no les daría el gusto de comprobar que, tantos años después, esos malditos todavía eran capaces de erizar mi piel. Sí, sin duda esa mujer debía de ser uno de ellos, ¿por qué, si no, habría utilizado un nombre tan parecido?
     Yo ya no era aquella niña inexperta. Si querían matarme, desde luego que no les saldría gratis. Porque antes muerta que cautiva.
     —¿"Oye, tú"? —repetí; prácticamente me había recuperado a mí misma tras el pequeño shock inicial—. ¿Es que no te han enseñado modales? —Gran ironía que yo emplease la palabra "modales"—. ¿A qué coño has venido? Tócame un pelo y te destrozo esa cara bonita.
     El Patrón había sobrevivido a mi intento de asesinato, lo sabía desde hacía varios años. Desde entonces, siempre estuve alerta por si él o su gentuza aparecían de nuevo en mi vida. Y mandar a una Lunarian no me amedrentaba, aunque la tipa me sacase ¿cuánto?, ¿tres cuerpos? Una potente sensación nació de mi columna vertebral e irrigó todo mi ser, preparándome para la acción.

RESUMEN
KARMAS
NOTAS
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#4
Resumen


- ¿Qué me vas a destrozar tú, hormiga? ¿Quieres ver quién destroza a quién? – dije nerviosa. Quería mostrarme poderosa, pero realmente estaba sintiendo un pequeño runrún en la barriga y me sonrojé levemente al oír sus palabras. ¿Cara bonita dijo? Qué tía más extraña, nunca nadie me había llamado así. La reacción habitual ante mi presencia era miedo o, como mínimo, desconfianza. Humanos mirándome desde abajo impactados por mi altura y la envergadura de mis alas. Pero ella, ella me estaba aguantando la mirada, desafiante, y me acababa de amenazar. No parecía… normal. Pese al bullicio de las calles de mercaderes y comerciantes, nada fue capaz de interrumpir nuestro contacto visual. Ninguna de las dos hizo ningún movimiento, así que me relajé ligeramente.

-          ¿Y encima me hablas de modales? ¡Hakikiki! ¿Y qué modales se supone que son robarle a ese pobre infeliz?

La tipa había usado un tono agresivo, pero noté cómo había tardado mucho en responder. Esta mujer acababa de robarle esa bolsa a ese estúpido y él estaba buscándola en medio de la calle. Eso significa que… ¿le había robado ahí delante de todos? Esa ropa, esa mirada, esa postura… no tenía el aspecto de tener una casita con paredes de papel de arroz y jardines con flores. Seguramente era foránea, igual que yo.

-          No está bien robar a la gente de la calle ¿sabes? Ese tipo ridículo, ya sé que era muy imbécil y odioso, aun así, no deberías robar a personas humildes. Habrá trabajado mucho hasta llenar esa bolsa de monedas. ¿Por qué no vas y le robas al emperador si tantas ganas tienes de robar? Seguro consigue su fortuna a costa de explotar a su pueblo. O a piratas, las costas están llenas, seguro que encuentras alguno en el puerto. O mejor, ¿por qué no le robas al Gobierno Mundial y a sus malditos marines? Esa es la más asquerosa casta que conozco. ¡Bastarrrdos! – casi gruñí al pronunciar esa erre. - No hay nada peor que un marine, cualquier agravio que sufran no puede considerarse crimen. Eso es simplemente: JUSTÍCIA.
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#5
     No podía ofenderme porque la mujer me llamase hormiga: pocos humanos podrían salvarse de tal calificativo por parte de un Lunarian. Sabía que no era algo personal. Desde mis bajuras mantuve el contacto visual. Era consciente de que, en cualquier momento, la tipa podría decidir propinarme una patada, arremeter contra mí o cualquier cosa que un depredador más grande intentase con una presa pequeña. Me negaba a ser la presa y durante el transcurrir de mi vida había aprendido que gran parte de la fortaleza de una reside en su apariencia, en su reputación. Y esta había que ganársela. Por eso, me negaba a retirar la mirada.
     Por supuesto, me recriminó que le recordase su falta de modales aludiendo a la carencia de los míos. No esperaba menos. Sin embargo, hizo referencia al robo que acababa de cometer. Si había sido avispada, me habría visto con la bolsa de monedas en la mano, pero ¿cómo sabía quién había sido mi víctima?
     Te está vigilando, me indicó mi crítica voz interior.
     Entonces, ocurrió algo inesperado: comenzó a reprenderme por haber robado. Pero no por esa acción en sí, sino por el tipo de víctima que había elegido. ¿Cómo la había llamado? Humilde. Fruncí el ceño. ¿Quién coño se creía, mi madre? Un poco tarde para que alguien quisiera asumir el rol materno conmigo, en especial si la acababa de conocer y me importaba tres cojones. Ya estaba abriendo la boca para escupirle alguna grosería cuando volví a cerrarla. Me sugirió que le robase al emperador (¿qué cojones?), o a piratas, a los marines o a la podredumbre que constituía el Gobierno Mundial. De hecho, incidió especialmente en los marines.
     Justicia.
     Que no digo yo que no esté de acuerdo con tan sabias palabras pero...
     —Wow, wow, wow, para el carro, querida...
     Miré hacia ambos lados, desconfiada. ¿Era alguna clase de prueba para que yo confesase alguna de las mierdas que había hecho y así tener algo contra mí? Pero ¿quién recurriría algo así? Las veces que han querido capturarme, lo han intentado y punto (y pocas veces lo habían conseguido), no habían buscado confesiones ni gilipolleces similares. Y la hipótesis de que fuese esbirra del Patrón iba perdiendo fuerza debido a la misma explicación. No me habría dado ninguna charla del estilo, sino que habría intentado atraparme o matarme, según las órdenes que tuviese. Además, no parecía reconocerme. O eso, o era una excelente actriz.
     —En primer lugar, tú tampoco sabes de mí como para suponer que no me ha costado trabajo robarle el saco de monedas —satiricé; era absurdo negarlo—, aunque te confieso que no, no me ha costado ningún trabajo. Segundo: ¿crees que estoy loca como para meterme al palacio de ese hijo de puta desgraciado para robarle? No me entiendas mal, no será por falta de ganas. Y ahora es cuando me revelas que eres una agente infiltrada al servicio de ese imbécil que va tentando a la gente para comprobar quién le es fiel y quién no. El gilipollas me importa tres mierdas, ¿vas a esposarme? —me burlé; atenta, eso sí, por si pretendía esposarme de verdad, si tanto creía en la justicia—. Tienes para todo el mundo, ¿eh? Piratas, marines, esa basura del Gobierno Mundial. O tal vez estés interesada en saber si soy una rebelde que roba dinero a los infelices pero que terminará atentando contra los nobles mundiales. También podría ser pirata, o una marine corrupta. O simplemente una ladrona de mierda que no tiene para comer. —Entorné los ojos sin apartarlos de ella—. Muy clara tu declaración de intenciones para no conocernos de nada, ¿no?
     Al igual que la piratería era una forma de vida, desconfiar también lo era para mí. Un pirata confiado solo puede llegar a tres sitios: el interior de una celda, una cuneta o el fondo del mar. No entraba en mis planes terminar en ninguno de ellos.

RESUMEN
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#6
Agente. Infiltrada. Al. Servicio. Del. Emperador.

Esas palabras retumbaron una a una en mi cabeza como carambolas. Lo que me faltaba ya, que me confundieran con un perro del emperador. Esa tipa estaba acabando ya con mi paciencia.

- ¡Ahora sí me has cabreado, tontatta translúcida! Vuelves a llamarme perra del Gobierno, del Emperador o de quién mierda se te ocurra ¡y te parto con dos como un tronco de leña! - amenacé mientras señalaba el hacha que llevaba colgando en mi espalda. Por un momento me planté en sacarla directamente y machacar a la hormiga, pero estábamos en medio de la ciudad, no era lo más conveniente empezar una trifulca a ojos de todos. Tenía una misión importante que cumplir, no debía desperdiciar mi anonimato en educar a esa tiparraca. Bastante cantoso era ya mi aspecto como para remachar el clavo.

Que si la iba a esposar, dijo. No podía dejar de pensar en sus acusaciones. ¡Esposar yo, que mi motor de vida era romper todas las esposas del mundo! ¿Cómo podía haber un sólo ser sobre la faz de este podrido planeta que pensara que YO fuera una esbirra de un emperador? Simplemente ridículo. Me sentía totalmente confusa, tanto por sus palabras hacia mí como por sus palabras hacia sí misma. Ya no sabía qué pensar de ella, había soltado una retahíla de posibilidades en cuanto a su identidad pero no había aclarado nada. ¿Marine corrupta? Nah. Acababa de llamar "basura" al Gobierno Mundial, no podía ser tan estúpida como para reconocer delante de una desconocida su corrupción a los dos minutos de conversación. ¿O sí? No, su mirada era avispada, no denotaba estupidez. Por otro lado, qué buena palabra para describir al Gobierno, hakikiki. ¿Qué más dijo? Rebelde que terminará con los nobles mundiales. Dudoso. Pareciera que odiaba al Gobierno Mundial pero ¿robarle a ese pobre desgraciado y encima mirar sonriente el botín? No, tampoco. Ningún revolucionario haría algo así, podría llegar a robar a alguien si en tan mala situación se encontrara pero ¿sonreír con orgullo de su acto? Jamás. ¿Entonces qué? Pirata o ladrona hambrienta. No tenía pinta ni de pirata ni de hambrienta. Quizás no era ninguna de esas posibilidades. ¿Qué mierda era esta mujer?

- Si tanto te molesta que digan lo que eres por ti, entonces acláralo tú. ¿Quién cojones eres? No eres ni marine ni rebelde, así que ahórrate las tonterías. ¿Eres pirata? ¿O ladrona? ¿O pirata ladrona? ¿Qué mierda eres?

Mierda. Grave error. Acaba de exigir su identidad. Y después ella pediría... la mía. No podía seguir cometiendo estos errores de novata. No iba decirle que era revolucionaria. O intento de ello, porque tampoco había hecho grandes cosas por la Revolución. Todavía. La revolución está en el espíritu, que diría Tudeau. De todas formas, no podía decírselo, era como pedir a gritos ser arrestada en los próximos días. Los rumores se escampan rápido, era mejor no dar indicios de nada a nadie. Quizás era mejor que me identificara como una pirata. No hacía falta seguir divagando, dependiendo de su respuesta, diría una cosa u otra. Recordé de nuevo su discurso. Llamarle hijo de puta desgraciado al emperador... ¡Hakikiki! Tenía que reconocer que tenía su punto.
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#7
     Lo que nunca me habían llamado había sido Tontatta. La amenaza de después hizo que el desprecio sonase aún peor. Hostia puta, que llevaba un hacha gigante. Un gran fallo por mi parte no haberme fijado. En mi defensa diré que cualquier otra cosa que no fuesen sus grandes alas negras había sido indigna de mi atención. Por detalles más estúpidos que ese, la gente moría.
     Que sí, que es una Lunarian. No seas cría y céntrate.
     Cría casi a mis casi treinta años, muy buena esa. 
     Decía que me iba a partir en dos, pero mucha amenaza y muy poca acción. Típico. Tal vez a ella no le compensaba matar a alguien a plena luz del día, después de todo, por mucho que estuviésemos resguardadas en un callejón. Callejón que, por cierto, se quedó sin un alma además de las nuestras, supongo que la gente que antes había huyó al verla. No todo el mundo alcanza a conocer la existencia de los Lunarian, en especial, aquellos que no han salido más de veinte kilómetros a la redonda de sus pueblos, así que debieron de confundirla con alguna clase de ser diabólico, exterminador o apocalíptico. Y así es como surgen las leyendas sobre criaturas extrañas. Aunque la realidad era que, en nuestro mundo, había más criaturas extrañas que leyendas de otras.
     —Me importa una mierda lo que digan de mí. 
     No seas mentirosa, me dije. Quería que llegase el día en el que aquella información fuese cierta, pero de momento no ocurría. Para empezar, me importaba mi reputación como pirata. No quería ser parte del grupo de gente aleatoria que se echaba a la mar para delinquir, buscaba que mi nombre fuese reconocido. Por tanto, sí, me importaba lo que dijesen de mí. Y aunque aún no había tenido mucho éxito en eso de ir ganando fama, el reguero de víctimas que iba dejando tras de mí —no todas de asesinato— algunas habladurías había levantado. Nada importante. Algún día lo sería. Esperaba.
     —¿Quién soy? Espera, debo de tener mi tarjeta de identificación por aquí en algún sitio. —Fingí que rebuscaba entre mi ropa oscura. La capucha cubrió mi cabeza por completo al agachar esta, aunque el cabello resbaló hacia abajo y varios mechones blancos se deslizaron fuera de la tela—. ¿Te basta con el nombre y apellido, o también quieres saber dónde vivo? ¿Necesitas mi grupo sanguíneo? —Dejé el paripé, eché la cabeza hacia atrás, ladeándola, y la miré. Mi rostro volvió a quedar al descubierto, aun con la capucha puesta—. Es cierto, no soy rebelde (aunque depende el sentido que le des a la palabra), y por supuesto tampoco soy una marine de mierda. ¿Tengo cara de comerle el culo a los de arriba? Puesta a ser una hija de puta, al menos no soy tan cínica como para escudarme tras un uniforme. ¿Te vale mi respuesta? ¿Por qué te interesa tanto lo que yo sea?
     Volví a evaluarla con la mirada.
     —¿Y qué es lo que te ha traído a ti por aquí, a este simpático callejón, a interrogar a una desconocida sobre su humilde ocupación? —Hice referencia a la palabra que ella había elegido con anterioridad para referirse al ingenuo de Teo—. ¿Sueles hacer esto con frecuencia? ¿Es algún tipo de estudio criminal o te gusta impartir la justicia por tu mano? No te ofendas, pero con ese aspecto no creo que pases muy desapercibida, aunque reconozco que no te he visto entrar. ¿Eres alguna clase de heroína del pueblo? Lamento informarte de que no encontrarás ningún heroísmo en mí, aunque creo que eso ya lo sabes.

RESUMEN
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#8
Puse los ojos en blanco cuando empezó con su vacile. No quería hablar, ¿eh? Mmmm, sería por algo que no quería revelar su identidad tan fácilmente. Me sentí cercana a ella en ese sentido. Es igual de desconfiada que yo. Bueno, desconfiadas... no sé, más bien diría que era precaución básica. Me gustó eso, la hacía... interesante. Entreabrí la boca para contestarle que sí me valía con su nombre, y que se dejara de cuentos. Pero siguió hablando.

Vaya, parecía que sí quería hablar, a fin de cuentas. Me sentí avasallada a preguntas. Parecía que este encuentro de acusaciones se estaba se estaba tornando en una conversación. Tenía que reconocerlo: cada vez cargaba con insultos contra los marines me daban ganas de sonreír e invitarle a un zumo de calabaza para criticarles juntas y trazar planes para acabar con todos y cada uno de ellos. Lástima que tenía toda la cara de no saber qué era una calabaza, y de beber whisky con hielo. Qué asco. No importa, que cada una que beba lo que quiera, aquí lo importante es criticar a los marines.

- Heroína de pueblo... ¡hakikiki! - ojalá, pensé. Me reí pero realmente me daba más pena que otra cosa que eso fuera una exageración mayúscula - Soy alguien que detesta a los marines, igual que tú. Así que, por lo pronto, parece que tenemos enemigos en común.

"No te ofendas", dijo. Me sorprendió el respeto repentino, y me gustó, para qué mentir. Especialmente porque lo mostró entorno a mi condición Lunarian. No me gusta la ciudad, y no es por nada. Cada vez que transito lugares concurridos por humanos, recibo miradas de reojo o incluso descaradas, con asombro y/o desconfianza. Un camino se abre a mi alrededor, se apartan para evitar el contacto. Quizás es por mis alas negras, quizás es por mi cara de asco. No es que me moleste, el afán de evitar contacto es recíproco y ya estoy acostumbrada, pero tampoco es que sea precisamente agradable. Pero a ella parecía... no incomodarle. Quise comprovar cuan de cierto había en mis elucubraciones. Levanté mis antebrazos con las palmas cara arriba, mostrándome.

- Me llamo Hécate - a la mierda la precaución básica. Al momento abrí mis majestuosas alas negras en toda su envergadura, con un movimiento seco. Ve cuan lunarian soy. Quería ver su reacción. Me crucé de brazos y la señalé con mi ala derecha. - ¿Y tú? ¿Vas a decírmelo de una vez o ya has encontrado tu tarjeta? - devolví mi ala hacia atrás y las plegué. Tampoco hacía falta hacer un espectáculo.

Acababa de revelar mi nombre real ante una desconocida con un aspecto más que sospechoso, pero y por qué no. Algún día mi nombre sería conocido mundialmente. Tendría algo que contar a sus nietos: yo conocí a Hécate cuando aún no era nadie. Hakikiki. Aunque no tenía claro si esa mujer era capaz de mantener a un hijo con vida durante tanto tiempo.
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#9
     Torcí el gesto ante su revelación de que odiaba a los marines. Bueno, es algo que deduje yo solita, lo que me extrañó fue que volviese a declararlo de forma tan abierta. En fin, yo tampoco había pecado de recatada. Enemigos en común, dijo. La miré con recelo, todavía con la sensación de que podría estar poniéndome a prueba. ¿De qué? No sé. ¿Para qué? Tampoco. 
     ¿Quién demonios era?
     Hécate. No me solucionó mucho.
     Pero, cuando desplegó sus alas, simplemente me quedé maravillada. Durante unos segundos, fue capaz de romper mi guardia con semejante maniobra de majestuosidad. Me di cuenta de que estaba sosteniendo la respiración y recordé que la necesitaba para seguir viviendo. Luego, acercó una de sus alas hacia mí. Las plumas negras quedaron muy cerca de mi rostro. De forma instintiva, incliné mi cabeza unos centímetros hacia atrás como si me estuviese apuntando con el filo de una espada. Entonces, devolvió las alas a su lugar de origen, en reposo.
     Me sentí jodidamente estúpida, creo que algo de rubor me tiñó levemente las mejillas. Bendita oscuridad del callejón.
     Taché de debilidad mi propia reacción y un burbujeo de ira asomó a mi estómago.
     —No hay ninguna puta tarjeta —solté, mirándola a los ojos con el ceño fruncido—, Hécate. —Había remarcado especialmente el nombre. Esperaba que no se hubiese dado cuenta de la absurdez que había protagonizado, me ponía de mala hostia—. No creas que porque me hayas dicho tu nombre y porque odies a tipos fácilmente odiables, es que ahora somos amigas.
     Reconozco que había empleado un tono bastante desagradable y rebosante de burla: mi escudo se había endurecido por haber mostrado, durante unos segundos, cierta vulnerabilidad. O así lo percibía yo.
     —Pero si tanto te interesa mi nombre, es Maeve. Ahí lo tienes.
     Continuaba mirándola, desafiante. No creía que esa información le sirviera de mucho contra mí, en realidad.
     Lo que no entendía era qué estaba haciendo allí hablando con aquella Lunarian cuando mi idea inicial había sido gastarme el recién adquirido botín en una buena comida, alcohol o algo con lo que celebrar el trabajo bien hecho. Hacía muchos, muchos años que mis delitos habían dejado de pesar en mi conciencia. Salvo algunos contados, pero no suelo dedicar tiempo a recordarlos. Me suelen... perturbar. 
     Pero no. 
     Allí estaba, perdiendo el tiempo en una batalla dialéctica para ver quién tenía los ovarios más gordos. Bueno, técnicamente los tendría ella debido a su tamaño, pero siempre me gustó esa expresión.
     —En fin, me marcho. Me alegra haberte conocido, has tenido el honor de ser la primera Lunarian que veo. Tal vez tú tengas suerte en el palacio del Emperador, pero mis planes para hoy son mucho menos ambiciosos. —Llevé mi mano derecha a la frente, apoyando las puntas de los dedos índice y corazón sobre un lateral, a modo de despedida y, a continuación, guiñé el ojo derecho. No sonreí—. Que te vaya bien en tus siguientes interrogatorios.
     Comencé a andar por el callejón en dirección al lado opuesto por el que entré. Posé la mano derecha sobre el bolsillo de mi pantalón, notando la abultada bolsa de monedas. Luego, me coloqué mejor la capucha, de modo que me tapase aún más el rostro. A mi espalda, podía notar la fuerte presencia de la mujer.

RESUMEN
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#10
El callejón estaba oscuro, así que no alcancé a ver la reacción de su rostro ante la exposición de mis alas. No hizo ningún movimiento hostil, así que pude confirmar que no sentía aversión hacia mi condición Lunarian. Tampoco hizo ningún comentario ni reacción de admiración al respecto, así que tampoco le emocionó de ninguna manera. Deduje entonces que mi movimiento le había sido indiferente. Me sentí un poco apenada, esperaba impresionarla. Me sorprendí al escuchar mis propios pensamientos y no entendí por qué quería impresionar a esa desconocida. Y en ese momento, me sentí ridícula. ¿Qué estaba haciendo? Me sentí un pavo real moviendo sus plumas en su danza de flirteo para seducir a la hembra. Me molesté conmigo misma y de rebote, con ella.

- ¡Por supuesto que no somos amigas! Yo no tengo amigas ni me fío de nadie. - pensé en Tudeau - O bueno, de casi nadie. 

Maeve, dijo. Era un nombre bonito. Seguí aguantándole la mirada, pareciera que estábamos en un duelo verbal o energético. Ahora me provocaba con el emperador y los interrogatorios... Ya me estaba cansando de esto, quería irme. No me gustó que hubiera robado a ese pobre desgraciado, pero después de esa charla, tampoco me pareció tan grave. Al fin y al cabo, teníamos puntos en común. La primera Lunarian ¿eh? No me extrañó, no éramos muchos. Me dio envidia, ojalá yo también hubiera conocido a una lunarian en ese momento. O a uno, lo que fuera, pero alguien como yo. No veía a ninguno desde... - sentí un nudo en el estómago - desde hacía mucho tiempo. Ser la diferente era agotador. ¿Siempre iba a ser así? Todo repleto de humanos por todos lados, qué aburrido. Quizás conociere a gigantes. Zarandeé ligeramente la cabeza cuando me di cuenta de que me estaba perdiendo en mi mundo interior. Focalicé la mirada en la realidad externa y ella ya estaba de espaldas a mí, alejándose. Pensé de nuevo en sus últimas frases. Estaba cansada ya de esto, pero no me podía aguantar, algo dentro de mí no me lo permitía. Yo iba a tener la última palabra.

- Pues sí, voy a tener suerte en el Palacio del Emperador. Para mí todo lo que es de los gobernantes, lo considero "público", ¿sabes? Así que voy a usar su... - ¿qué quería usar? No quería usar nada realmente, estaba cansada ya de todo esto, sólo quería estar tranquila, relajarme un rato y - ¡sus termas! Voy a usar sus termas para relajarme un rato.

Di media vuelta y empecé a andar dirección contraria a la de Maeve, no quería saber su reacción. Qué vergüenza, había dicho cualquier cosa. Unas termas... ridículo, Hécate. ¿No podría haber dicho, no sé, su coche? No, no sabía conducir y encima tenía alas, hubiera sido más ridículo todavía. Unas termas... hakikiki. Mi ingenio no estaba muy agudo, de verdad estaba cansada. Paré un segundo. Oye ¿unas termas? Calentitas, relajantes, ni ta mal ¿o no? Seguro tenía algunas, el hijo de puta desgraciado. Quizás no había tenido una tan mala idea...
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