04-03-2024, 11:36 AM
(Última modificación: 04-03-2024, 05:23 PM por Maeve Knox.)
Día 11, 22:17h, primavera, año 12
West Blue | Reino de Ballywood | East Ballywood
Imagina un lugar donde las ratas campan a sus anchas. Pero no las ratas a las que podrías haberte acostumbrado: esos pequeños roedores de cola larga y patas veloces. No. Me refiero a las ratas que caminan a dos patas, cuya existencia se reduce a una vida miserable donde los conceptos del bien y del mal se adecúan a sus propias necesidades.
Sí, yo misma podría encajar en esa descripción. La mayoría de la gente, de hecho.
Pero ahora estoy hablando, en concreto, de un nivel superior de rata. O inferior, según se mire. Las ratas que deambulan por East Ballywood oliendo a rancio, a alcohol barato y a sexo aún más miserable. Con suerte, los hay que no pagan por este último; otros solo lo consiguen a cambio de unos berries, y algunos más deciden tomarlo por la fuerza, como la puta escoria que son.
Aunque en East Ballywood ese no es, ni de lejos, el único tipo de delitos cometidos. Estafas, extorsiones, robos, sobornos, tráfico de armas, tráfico de personas, secuestros o asesinatos, entre otros.
Así pues, este es el lugar que tienes que imaginar. El mismo por el que yo deambulaba ahora. El mismo por el que había caminado hacía poco más de un año atrás. Y, por supuesto, la misma mierda que entonces.
Habíamos llegado al Reino de Ballywood hacía un par de días. Cuando hablo en plural, me refiero a la pequeña tripulación de la que ahora formaba parte. “Iban un gyojin, una semioni y una humana…”. Parece un chiste, pero nosotros no lo éramos. Desde nuestra victoria en Murkhold, los tres decidimos viajar juntos. Por algún motivo, les pareció correcto que yo fuese la capitana de nuestro recién adquirido barco. Una preciosidad oscura presidida con una blanca harpía en la proa. Muy metafórico, muy poético.
Eso no significaba que tuviésemos que ir juntos a todas partes. Cada uno de nosotros valora su libertad y espacio personal por separado, y mantener esa dinámica era importante para esa parte de mí que exigía su dosis de soledad. Al fin y al cabo, llevaba unos diez u once años viajando sin más compañía que mi mente. No recuerdo exactamente cuánto hacía desde que abandoné la tripulación de Jasper O’Rourke. Si es que “abandonar” es la palabra adecuada.
La cuestión es que ahora me encontraba regresando a esa cuna de ponzoña que ya había visitado en una estancia anterior en aquella isla. Como cuando el asesino regresa a la escena del crimen porque una fuerza mayor tira de él. En ese momento, tiraba de mí. Hacía un rato que había dejado atrás el emplazamiento de lo que un día fue El Cascarón. Fue, en pasado, porque ya no existía, tan solo quedaban unos cimientos calcinados que, al parecer, nadie se había preocupado en arreglar.
Mea culpa.
No sentí ni una gota de remordimiento por haber dejado ese sitio reducido a cenizas, ni siquiera por aquellos comensales que no se hubiesen podido salvar del fuego, si los había. Fue el precio de nuestra supervivencia.
Inevitablemente, recordé a Kisuke. Si no llega a ser por ese hombre, las llamas me habrían devorado a mí también. ¿Qué habría sido de él? ¿Se habría unido ya al Ejército Revolucionario? Recuerdo la conversación que tuvimos en su casa. Me preguntaba si, si es que acaso nos volvíamos a encontrar, sobreviviría esa pequeña ¿amistad? que nos había unido en aquella oscura aventura. La vida podía dar muchas vueltas y los fuertes valores de ambos bien podrían sobreponerse a todo lo demás.
Las calles de East Ballywood seguían tan tétricas como recordaba, con esa mierda de iluminación que invitaba al crimen. Una oscuridad que se fundía con mis ropas de cuero oscuro, ceñidas a mi cuerpo como una segunda piel. Una oscuridad que imitaba mi maquillaje: párpados y labios negros, siempre en contraste con mi piel y cabello de color nieve virgen.
—Sí, sí, por supuesto, la que a usted le guste.
Esa voz llegó a mis oídos de pronto, procedente de una de las callejuelas que desembocaban en aquella por la que yo caminaba. Era un tono grave y áspero. Quien le respondió sonó más autoritario:
—Eso espero. No he venido a East Ballywood a por una fulana cualquiera, de esas hay en cualquier parte. Si me he dignado a viajar hasta aquí es porque dicen que son de buena calidad.
—Así es, las mejores, las que harán lo que usted les pida. Lo que sea.
Me había detenido al escuchar la palabra “fulana” y, oculta en las sombras —no me resultaba difícil—, quise saber más. Hijos de la gran puta. La conversación, sin duda, hablaba de mujeres como si fueran ganado en un catálogo. La sangre ya me hervía.
—Muy bien, muy bien —continuó el segundo de ellos, a todas luces, el cliente—. ¿Y qué edades manejáis? Porque las que más me gusta son…
Mierda. Habían comenzado a andar, alejándose, y no había escuchado el final. En realidad, no estaba segura de si quería oír eso.
Déjalo, no es tu problema.
No, no lo era, es cierto. Pero si el mundo está podrido es por los problemas que nunca son nuestros. Nunca pretendí arreglarlo, pero hay cosas que simplemente no puedo pasar por alto.
Con la oscuridad y el sigilo como aliados, fui tras ellos. La distancia que dejaba era prudencial, por supuesto. No imaginaban que alguien pudiese seguirlos, de lo contrario, habrían sido más cuidadosos.
—Por aquí, embajador.
Embajador. De dónde, no me importaba, tan solo que era una muestra más de que aquellos con puestos de poder creen que todo es de su propiedad. Reprimí un insulto por el bien de la discreción.
Cuando atravesaron una puerta de la callejuela, conseguí llegar antes de que se cerrara. No es fácil no hacer ruido en una persecución, así que me empleaba al máximo.
Deseé que no hubiese nadie en los pasillos de luz roja en los que ahora me hallaba inmersa dentro del edificio, pues mi plan se iría a la mierda. ¿Cuál era mi plan? Ni idea, tan solo que no me descubrieran. Y lo estaba haciendo bastante bien.
Necesité especial cuidado en las zonas con espejos en la pared, pues podían llegar a ser muy traicioneros. Logré escabullirme. Subieron unas escaleras. Yo también. Allí no había sombras que me protegiesen, y las que encontraba no me servían, así que tuve que doblar mis esfuerzos. Al menos, el suelo era de moqueta y amortiguaba mis pasos.
—…también tontattas y Lunarian —logré escucharle al “vendedor”.
—¿Y sirenas? —preguntó el embajador.
—Sirenas también, y tritones. De verdad, solo pídalo y lo tendrá. Nunca habrá estado más satisfecho.
Sentí un hormigueo ascender por mi columna y alcanzarme ambos brazos de pura anticipación mientras avanzaba con cuidado por aquel pasillo con tantas puertas.
—Ya hemos llegado —anunció el lameculos.
Escuché las desengrasadas bisagras de una de las puertas antes de fijarme en cuál era. Me escondí tras la esquina cuando vi cómo el guía miraba para ambos lados, supongo que para asegurarse de que su asquerosa actividad no era interrumpida.
Estás a tiempo de darte la vuelta, no es tu problema, me repitió mi crítica conciencia.
Todavía me sentía herida por la pelea contra Waj “El Luces”. No se trataba de una herida física, sino aquella que me laceraba el orgullo. No solo no había conseguido hacerle daño al gilipollas ese —tuvieron que encargarse Peteiro y Eaa—, sino que encima me tuvo cautiva en el interior de su mano durante un rato que se me hizo eterno. En aquel momento había tenido que tirar de engaño y fingida lascivia para ganar ventaja, pero bien podría haberme aplastado tan solo con apretar los dedos. Era vergonzoso recordar que, en estricta batalla, mi aportación había sido entre estúpida y ridícula.
Alguien debía pagar mi frustración, el recuerdo de lo que no pude hacer y que ahora ansiaba.
Me deslicé hacia la puerta por la que sabía que habían entrado. Oía voces amortiguadas en el interior, pero mi paciencia no quiso aguardar a intentar descifrar algo. Le propiné una patada a la madera y esta simplemente cedió. Así de fácil.
—¿Qué cojones…? —El cabrón del guía se había sobresaltado.
—¿Quién es esta? ¿También puedo contratar servicios de dominatrix?
Lo que me encontré fue desolador: una hilera de chicas semidesnudas, cada cual más joven que la anterior y de diferentes razas, donde cada una esperaba, con gran miedo en el rostro, no ser ella la elegida.
Los recuerdos, de pronto, se agolparon en mi mente, intentando trasladarme a un pasado que no era momento de rescatar.
La joven que más cerca se encontraba del embajador sollozaba en silencio.
Posé mi mano derecha sobre el látigo que descansaba, enrollado, sobre mi cintura.
—Me gusta, va al grano —se relamió el embajador.
—Cállate, hijo de puta.
—Eso es, sigue.
Ese puto cerdo no se molestó en disimular la protuberancia del pantalón que ahora tocaba por encima de la tela.
—Señor, ella no es nuestr…
Le cerré la boca de un latigazo. El metal impactó sobre su cara. Gritó, llevándose ambas manos a la zona herida y que ya comenzaba a sangrar. Después, más gritos, los de las pobres muchachas que, cuando eran niñas, jamás llegaron a pensar lo que les aguardaba en el futuro.
—¡Ni te atrevas a acercarte! —alzó la voz el embajador, que parecía haberse dado cuenta que esto no se trataba de ninguna de sus putas fantasías sexuales—. ¿Es que acaso no sabes quién soy?
—Sí, un puto cerdo asqueroso —respondí con tranquilidad.
—Soy el emb…
—Si te digo que te calles, te callas.
Con él fui aún más precisa. Levanté el látigo con un tirón rápido y lo dejé caer sobre él con mayor velocidad. Lo enrollé en su cuello. Después, otro tirón. Lo atraje hacia mí y el tipo cayó. He de decir que dos pusilánimes como esos no suponían reto alguno, pero ahora no buscaba satisfacer mi ego, y menos con un hombre que superaba los setenta seguro.
En mi rostro, una expresión de infinito desprecio; bajo mi bota derecha, el cuello del tipo: había levantado la rodilla y dejado caer la pierna con fuerza. Un “clac” precedió a la sangre que después empezó a abandonar sus asquerosos labios.
Las chicas gritaron de nuevo.
Repetí operación con el primero de los hombres, que intentaba reptar por el suelo, hasta que ya no lo intentó más.
—Vestíos y marchaos de aquí —ordené. Ni siquiera me había despeinado, ni el pulso se me había acelerado. Pero ellas, en lugar de obedecer, retrocedieron y se pegaron a las paredes—. Creo que ha quedado claro que no voy con ellos, podéis iros. Ya.
—Es que… los gritos habrán alertado a los matones de fuera.
Bravo, todavía no he terminado. No es que me importase demasiado, con esos dos no había tenido ni para empezar.
—¿Qué matones? —pregunté. Ni me molesté en sorprenderme.
—Los de la entrada, son los de seguridad.
Por supuesto. El embajador muerto y su acompañante también muerto habían usado una puerta de la callejuela, debía de haber otra principal para la plebe. Porque, claro, un cargo respetable debía mostrarse como tal, por eso debía esconderse para llevar a cabo sus perversiones. Típico de esos hijos de puta.
Las palabras de la chica actuaron como un presagio.
Se escucharon unos pasos fuertes, con prisa, aproximándose.
—¿De dónde han salido los gritos? —escuché decir.
—No lo sé, de este pasillo —le respondió otro.
Les pondría las cosas muy, muy fáciles.
—Esperad, no salgáis todavía —les indiqué a las trémulas muchachas.
Entonces, salí al pasillo y cerré la puerta a mis espaldas. Primero, para ponerles más difícil la localización, y segundo para ahorrarles a las pobres almas del interior un posible trauma.
—¿Os habéis perdido? —dije en voz alta para asegurarse de que me escuchaban y vinieran en mi dirección.
Funcionó.
Eran tres. Ninguno medía menos de dos metros.
—¿Quién coño eres tú?
Se pararon en seco al verme. Tal vez no esperaban a alguien como yo.
No alargaría aquello más de lo que era necesario, así que actué. Mi cuerpo comenzó a crecer en altura y envergadura, sintiendo cómo las plumas blancas comenzaban a cubrir gran parte de mi cuerpo, dándole la bienvenida a las patas y el pico —ambos rosados—. Alas en lugar de brazos y, aun así, no dejaba de sujetar el látigo con la derecha. En mi forma híbrida de buitre, prefería sostener el arma con la pata y no con el ala, pero, aunque no tuve problemas con mis nuevas dimensiones, allí el margen de maniobra era más bien escaso.
Pronto, me hice más alta y ancha que ellos.
—¿Qué este puto monstruo? —gritó alguno de los tres.
Como respuesta, un latigazo al que estaba más cerca. Golpeé sus piernas, derribándolo y, de paso, barriendo a uno de sus secuaces. Así, dos ya estaban en el suelo. Me subí encima de ellos, asegurándome de que mi peso les impedía moverse y repetí operación con el embajador y el otro: con mis patas en sus cuellos, pisoteé hasta que sus tráqueas cedieron. Tantos kilos de masa muscular reducidos en apenas segundos.
El tercero fue más difícil. Sacó un revólver y comenzó a dispararme. Supongo que la roja penumbra y los nervios hicieron que el tipo no acertase como quisiera, pero dos de sus balas rozaron mis plumas. Sentí la ráfaga. Suerte que no había sido piel, pues el rastro habría sido más doloroso. Pronto, el inconfundible sonido de que ya no quedaban balas en el tambor.
Me giré hacia él, pero, para su estatura, era rápido: se hizo con el machete que colgaba de su cinturón y me apuntó con él. Comenzó a cortar el aire mientras avanzaba hacia mí. Sus movimientos eran torpes. Entonces, con un veloz latigazo enganché el brazo con el que sujetaba el arma. El machete cayó al suelo. Intentó zafarse de mí. Tiré hacia él y acerqué su cuerpo contra el mío. Olía a tabaco, whiskey y miedo. Lo envolví con mis alas y corté todo su movimiento. Antes de que comenzase a hacer fuerza para intentar soltarse, una vez más, mi decisión fue no perder el tiempo.
Dirigí mi pico contra su cuello. Sentí cómo la punta, la parte más afilada, se hundía en su carne. El familiar sabor de la sangre cobró intensidad en mi boca. Enganché tejido muscular. Tiré de él, rompiéndolo. Su grito fue espeluznante. La carne se rompió y la sangre manó del cuello del matón como una fuente. Sus piernas fueron perdiendo fuerza y mis alas dejaron de encontrar tanta resistencia. Aceleré el proceso: comencé a picotear fuerte y rápido hasta que todo lo que unía la cabeza con el cuerpo se convirtió en una masa informe y sanguinolenta.
Pronto, el tipo fue un peso muerto. Todo él lo era. Lo dejé caer contra el suelo.
De momento, no parecía haber ningún otro enemigo inminente, así que regresé a mi forma humana. Reparé en la presencia de un espejo cercano en la pared. La zona de mi boca y parte de mi cabello se habían manchado de sangre, además de las salpicaduras repartidas por diferentes partes de mi cara y cuerpo. Sobre mi lengua, algunos trozos de carne de ese imbécil. Tragué.
Dejando los cuerpos tras de mí, regresé a la habitación. Obedientes, las chicas seguían allí. Al menos, ya no estaban en ropa interior, lo cual me hizo sentir bien. Volvieron a gritar, por supuesto, cuando me vieron aparecer cubierta de sangre.
—Sois libres, marchaos —repetí.
—¿Y a dónde vamos a ir? No tenemos nada aquí —lloró una de ellas.
Di por hecho que sus presencias allí eran forzadas y no voluntarias, a juzgar por sus expresiones y lenguaje corporal.
—Cualquier sitio es mejor que uno en el que os esclavizan —respondí y, por mucho que me pesara, añadí—: Buscad a los guardias de Boulevard o Ballywood Beach, os ayudarán. En cualquier otra zona de esta isla estaréis más a salvo que aquí.
—¿Y si nos vuelven a capturar antes de salir del distrito?
Cierto. No podía salvarlas de esos desgraciados y abandonarlas para que corrieran la misma suerte, o algo peor. No podía desentenderme ahora.
Les dije que me acompañaran por los pasillos que habían recorrido hasta llegar hasta allí hasta que alcanzamos la puerta exterior, la que daba a la callejuela. Por suerte, no encontramos a nadie en nuestro camino.
—No os asustéis —las previne.
Y me transformé en buitre, en mi forma completa. Y sí se asustaron, cómo no hacerlo, pero lograron no emitir ningún ruido, tal vez por mi advertencia.
—Sé salir de este sitio de mierda, iré volando por encima de los edificios, solo tenéis que seguirme. —Mi voz siendo un animal era más aguda de lo habitual—. Me aseguraré de que me veáis. Y no os preocupéis, nadie os pondrá una mano encima.
Confiaron en mí.
Fue así como ese grupo de pobres muchachas consiguió dejar atrás East Ballywood. Siguiendo mis instrucciones, no hubo ningún problema. Era verdad que, desde las alturas, no les quitaba el ojo para evitar que cualquiera pudiese atacarlas, y también procuraba siempre estar a su vista. ¿Quién imaginaría que un buitre estaba escoltándolas?
Solo cuando, habiendo entrado en Ballywood Boulevard, las vi adentrarse en las dependencias de la Marina —interesante saber de estos malnacidos allí—, me permití alejarme del lugar volando a gran altura.
Al comenzar la noche, desde luego, no había pensado que mi paseo por el estercolero de East Ballywood terminaría convirtiéndose en una operación de rescate.
Mientras volaba, pensé en regresar al barco y descansar allí tras la improvisada aventura, pero sentía que había dejado algo sin resolver en aquel burdel de mala muerte, así que, asumiendo los riesgos, regresé. Y volví a entrar por la callejuela. Y volví a la habitación de las chicas. Y recogí al embajador muerto del suelo, no sin antes bajarle los pantalones, rodear su asquerosa polla con el látigo y arrancársela de cuajo. Ya no la necesitaría.
Pensaba que me costaría más cargar con él, pero ya dije que el tipo no era gran cosa.
Salí con su cuerpo al exterior y lo saqué por esa misma callejuela, llegando hasta la calle principal. Allí lo dejé tirado en el suelo, asegurándome de que quedase visible con los pantalones bajados, tanto él como el reguero de sangre que dejaba y que conducía solo a un sitio. Debía quedar expuesto qué clase de persona era ese embajador.
No soy ninguna clase de justiciera. Ni lo busco, ni lo pretendo. Pero hay cosas que no puedo tolerar, fin de la historia.
Regresé a las sombras.
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