[T1 Autonarrada] [+18] Una mañana de compras movidita
#1
Leyenda

Primavera, Año 12
East Ballywood,
Día 11, al mediodía

En nuestra larga travesía en el mar, tuvimos tiempo de sobra para repartir las distintas tareas no solo en el barco si no también de cara a cuando llegáramos a las distintas islas. Tras mucho esfuerzo (ninguno, de hecho) conseguí convencer a la capitana Maeve y a Peteiro de que me permitieran a mí encargarme de conseguir provisiones y el resto de compras varias. No es que no me fiara de ellos, bueno de Peteiro sí que no me fiaba a la hora de comprar comida, pero quería asegurarme de poder comprar
los mejores ingredientes. Yo me encargaba de preparar las comidas (por decisión propia) y era la que más conocimiento tenía acerca de las cosas que teníamos o necesitábamos en la bodega.

Por ello, me dirigí temprano al mercado, con intención de conseguir los mejores ingredientes. No me llevó demasiado tiempo el tema de las compras. Había dejado al pequeño Mandarina en el barco, para así poder ir más rápido. - Seguro que está jugando con su regalo - pensé, con una sincera sonrisa en el rostro. Me acordé entonces de que dentro de poco iban a ser los cumpleaños de mis compañeros. Tenía una ligera idea de qué podría gustarle a Maeve, pero sobre el gyojin no tenía ni idea. Caminé por las distintas calles de Ballywood, en busca de algo que pudiera gustarle a este último. - Ya lo tengo - dije, emocionada por mi idea. Entré entonces en una tienda.

- Buenos días jovencita - me saludó la dependienta. - ¿En qué te puedo ayudar? - me analizaba de arriba a abajo. - ¿No tendrás un perro de goma, no? - me miró extrañada. Esperable - Como los huesos esos de goma para que muerdan los perros, pero con forma de perro. - sonreí. Asintió, entendiendo ahora que no era ninguna especie de pervertida perturbada. A decir verdad, la idea era perfecta. Peteiro me había dicho que su plato favorito era el perro, y a veces parecía que le faltaba tiempo para recordarnos aquella vez que se comió un perro callejero. No le pegué porque los perros no me provocan tanta simpatía como los gatos, la verdad. - Vale, espera un momentito aquí. Por cierto, tienes una cara muy bonita. - me sonrió la mujer antes de dirigirse hacia la trastienda. Volvió con toda clase de perros de goma. Había un montón de razas, desde los más pequeños hasta uno que era enorme. - Toma, te los dejo aquí para que los mires. - habló y comenzó a reponer varias cosas por la tienda. - No puede ser demasiado pequeño porque si no Peteiro se lo va a tragar. - pensé. Deseché de esa forma todos los perros pequeños. Hice lo mismo con el Corgi, pues por alguna razón esos perros sí me agradaban. Pude ver de reojo como la dependienta no me quitaba ojo. - ¿Acaso me habrá reconocido? - pensé. - Nah, no creo. No soy tan famosa - me sentía bastante aliviada, a decir verdad. - Creo que este - llamé a la mujer, levantando el que parecía un Rottweiler.

La mujer dejó entonces sobre el mostrador un par de papeles que estaba mirando, antes de acercarse. No pude ver lo que era, pero aquello me dio muy mala espina. - Mierda - pensé. - Oh, este. Es bonito, ¿a que sí? - sonrió. Se podía ver a la legua lo fingida que era su sonrisa. - ¿Te lo envuelvo para regalo? - me preguntó. Me negué. Era evidente que estaba tratando de ganar tiempo. Casi seguro que había avisado a los marines. - ¿Me puedes traer papel de regalo? Esque quiero envolver una cosita más, y así lo pongo todo junto. - sonreí, nuevamente. La mujer insistió en envolver el regalo. Que lo iba a hacer gratis, dijo. Agarró entonces el perro de goma por el otro extremo. Aquello me hizo ponerme nerviosa. Tiré del muñeco, tratando de quitárselo de las manos con intención de irme. Tras un breve forcejeo, finalmente conseguí quitárselo. Aunque, de manera inesperada, la mujer salió volando en dirección a una de las estanterías. Tras un buen golpe, esta le cayó encima. ¿Debería haber utilizado menos fuerza para quitárselo? Seguro. Pero en aquel momento no estaba yo como para calcular fuerzas y perder más tiempo. Levanté la estantería, dejándola nuevamente en su sitio. Tampoco era una salvaje que iba a dejar a una mujer sepultada. Me acerqué con curiosidad al mostrador. Como me temía, tenía nuestros carteles de recompensa. Una mueca de molestia se dibujó en mi rostro. - Que pena. Parecía maja - suspiré y saqué mi pluma. Decidí entonces firmar el cartel. "Con cariño, Eaa" dibujé un pequeño corazón "Gracias por el perrete, lo voy a cuidar bien". Tras eso cogí el perro de goma y salí de la tienda corriendo. Di un portazo, el cual, sin yo darme cuenta, desequilibró la estantería, haciendo que volviera a caer.

Tras guardar como pude el perro de goma continué con mi camino. Ahora faltaba el segundo regalo. Este lo tenía más claro. Iba a comprarle un nuevo látigo a Maeve. No sabía si le iba a gustar, lo cual me daba un poco de miedo. Se la veía muy apegada a su látigo. Lo llevaba siempre encima y lo cuidaba mucho. De hecho, busqué la ocasión de tomarlo prestado momentáneamente para poder medirlo y utilizarlo de referencia pero no hubo manera.
- En el fondo tampoco es que vaya a sustituir a su látigo. Puede usar los dos a la vez - Sonreí, imaginándome la idea. - Podrá dar el doble de latigazos, y el doble de latigazos significa el doble de marines muertos. Seguro que le gusta. - realmente llegar a esas conclusiones me hacía sentirme orgullosísima de mí misma.
Pregunté, animada, por un lugar donde poder comprar un látigo, o en su caso encontrar a un artesano que pudiera fabricarlo. La idea que tenía en mente era clara, placas pequeñas de metal unidas entre sí. Como esas espadas convertibles de algunas historias, pero que fuera únicamente un látigo, pues Maeve no tenía pinta de que le fuera a gustar una espada. Pasé un par de horas preguntando en diversos sitios, sin obtener ningún resultado. Posiblemente mi aspecto, y llevar una gran bolsa con comida y un enorme bulto en el abrigo no es que inspirara mucha confianza.

De esa forma, terminé recorriendo las calles de East Ballywood. Esa zona me recordaba a Toroa, pero bastante peor. No llovía, lo cual por primera vez descubrí que era algo malo, pues la lluvia hubiera ayudado a paliar el insufrible olor que desprendían las calles que transitaba. Vómito, alcohol, orina. Un cóltel realmente nauseabundo. Estaba algo cansada a la par que hambrienta hambrienta. Me hubiera gustado entrar en alguna cantina a picar algo, pero seguía recordando las palabras de Maeve - Si vas a East Ballywood no comas nada en un sitio que se llama El Cascarón. Bueno, mejor no comas nada en ningún sitio allí. - Seguramente esas no fueran las palabras que mi amiga utilizó, pero era como las recordaba. No me había llegado a explicar la razón detrás de ello, pero tampoco me hacía falta. - Es una orden de la capitana, y las órdenes de la capitana hay que cumplirlas - repetí mi respuesta, con una risita, recordando la cara que puso.

Por suerte para mí, antes de desistir y volver al barco a dejar las cosas, un hombre pareció dispuesto a ayudarme. Me comentó que conocía un sitio donde podría conseguir el arma que buscaba. También me dijo que era algo realmente exótico, y que por ello iba a ser algo caro. A decir verdad, el dinero me importaba entre nada y menos. Decidí seguirle, caminando por las estrechas calles. Caminamos durante aproximadamente quince minutos, antes de entrar en un pequeño tugurio. Tras rechazar cortesmente una cerveza le seguí a la trastienda. - Tan solo quiero coger el látigo e irme de vuelta al barco - me decía a mí misma. Para mi sorpresa, la puerta de la trastienda se cerró de golpe tan pronto la crucé. - Eaa, eres la más tonta. - murmuré. - Tenías que habértelo esperado, la verdad - miré levemente a los costados, viendo cómo un grupo de hombres me rodeaba.
- Vaya, qué espécimen tenemos aquí - habló uno de ellos, en concreto el que me había guiado hasta aquella trampa. - Cuando me he levantado esta mañana en el burdel lo último que me esperaba era que fueran a caerme doce talegos del cielo. - continuó hablando. Cómo no, otra persona que me había reconocido. - Además, está bien buena. - suspiré, molesta. Miré a mi alrededor. Había dos hombres detrás de mí, otros dos a los lados y otros tres delante, formando un heptágono extraño, sin contar al primer hombre, quien estaba dentro de este, un par de metros delante de mí. - Uf, me muero de ganas por meterle la polla. - habló otro de ellos, esta vez uno de los que tenía detrás. - ¿Oye jefe, crees que si nos la follamos todos los marines nos darán menos por ella? - preguntó otro, esta vez el de mi izquierda. Cada palabra que decían me daba más náuseas, y a su vez hacía que me hirviera la sangre. - Bueno, mientras sea reconocible no creo que haya problema. Si total, tiene pinta de que ellos van a hacer lo mismo. - miró a los tres que tenía detrás. - Por mí podéis hacer con ella lo que queráis, pero yo soy el primero, eso seguro. Y parece que vais a tener que sujetarla, porque vaya bicho más gigante. Aunque seguro que es igual de estrecha que el resto - se giró nuevamente, mirándome esta vez a mí directamente. - Vamos, se buena y así seguro que te lo pasas bien - hablaba con un tono repulsivo. - Si te portas mal te vamos a tener que domar. - Domar. Esa palabra me encendió por completo. Había escuchado bastantes veces aquella palabra, y la situación era siempre la misma para todas las veces. Una visita nocturna, el hombre que me esclavizó, y yo resistiéndome a lo que trataba de hacerme.

No le dejé terminar la frase. Dejé caer la bolsa de comida y salí corriendo en su dirección. Me abalancé sobre él, clavando mis cuernos en su abdomen. Con un grito de furia me levanté y le agarré. Seguía empalado en mis cuernos. Hice toda la fuerza que pude y aunque me supuso un gasto de energía mayor del esperado, su carne no tardó en desgarrarse. Me quedé entonces con las dos mitades del hombre, una en cada mano, mientras los otros siete me miraban aterrados. Una gran cantidad de sangre inundó la sala. Líneas rojas se dibujaban en mi rostro. Tiré a este al suelo y me dirigí corriendo hacia otro de ellos, el que tenía justo en frente. Le di una patada en el tobillo que lo tiró al suelo, y mientras caía aproveché la inercia para pisarle la cabeza. Sonó como si un elefante pisara una sandía. Cinco segundos pasaron, en los que lo único que se escuchó fue mi grito y los sonidos derivados de mis dos acciones anteriores. Entonces un coro de gritos emergió. Se habían dado cuenta de que trancar la puerta de la trastienda había sido una pésima idea, pues ahora todos ellos se encontraban allí, encerrados conmigo. - ¡Es... es un demonio! - Aquellos gritos de pavor eran como música para mis oídos en aquel momento. Sentí entonces un ligero pinchazo en mi brazo izquierdo. Uno de los desgraciados había perdido completamente la cabeza y había decidido atacarme. - Me he hecho cortes peores cocinando - le dije y le agarré de la cara. Le estampé entonces contra una de las columnas, hasta que quedó prácticamente hecho puré. Parecía que aquella acción había motivado a algunos de sus compañeros. Gritaban despavoridos mientras corrían en mi dirección, con pequeños cuchillos en las manos. Una patada fue suficiente para acabar con estos.

Poco a poco el coro de gritos se fue apagando hasta que solo quedó el silencio en aquella sala. Bueno, en la sala quedamos el silencio, la bolsa con las compras la cual sorprendentemente estaba impoluta, una gran cantidad de trozos de carne, sesos, sangre y vísceras y yo. Me limpié las manos, antes de agacharme. Quité trozos de carne de entre mis mechones. - Que puto asco. Tengo que dejar de hacer eso - hablé, terminando de peinarme, antes de levantarme bruscamente. Cogí la bolsa y reventé la puerta de una patada. Ni siquiera me costó, pues el estado de la madera era lamentable. Era irónico pensar en que podría haberme ido de allí sin problema si hubiera querido sin montar aquella carnicería, pero bueno, la próxima vez tal vez. Como era de esperar, nadie en aquel antro dijo nada. Todos habrían escuchado lo sucedido y nadie parecía tener ganas de tratar siquiera de comprobarlo. Caminé pesadamente por el local en dirección a la puerta. Me puse la capucha antes de salir. - Bastante gente me ha reconocido ya hoy

Enormemente desanimada, decidí que lo mejor era volver al barco. Tenía todavía líneas rojas en la cara, un corte superficial en el muslo derecho y otro en el antebrazo izquierdo. - Me da igual si Maeve tiene el baño ocupado cuando llegue. Pienso bañarme, para quitarme toda esta mierda. - aunque por fuera pareciera enfadada, estaba bastante triste. Había perdido mucho tiempo, y no solo eso, si no también la ilusión de encontrar el regalo para mi amiga. Mientras caminaba , cabizbaja, por las estrechas y malolientes calles, pude ver una tienda. "Todo lo que necesitas para tu aventura en el Grand Line. Ven y conviértete en el nuevo Rey de los Piratas" decía el eslogan. Miré sin mucho ánimo al escaparate y entonces lo vi. Un maravilloso Log Pose. Algo hizo click en mi cabeza y entré rápidamente en el local. - Hola, quiero uno de esos - señalé efusivamente. Casi le da un ataque al pobre dueño de la tienda. Seguramente el pobre anciano creyó que era algún ladrón tratando de atracarle, aunque mi voz le hizo calmarse. - Oh, bueno, entonces estás de suerte. Es el último que me queda. - fue entonces al escaparate a recogerlo. - Aunque... lamento decir que no hay de tu talla. Y no creo que me vayan a llegar más. - me miró, algo preocupado por aquel inconveniente. - No pasa nada. Es un regalo para una amiga - sonreí. Volvía a estar animada. Esto seguro que le iba a gustar. - ¿Se puede grabar algo en la correa? - pregunté. Tras su respuesta afirmativa le pedí a ver si podía grabar un pequeño dibujo de un gatito negro, obviamente haciendo referencia a Mandarina. Tras ver lo bonito que quedaba y pagarle, me regaló una cajita para guardarlo. - ¿Podrías grabar también unas palabras en la caja, porfis? - obviamente, el anciano asintió. Estuve hablando con él un rato mientras terminaba de grabar las cosas. Me dijo que le conocían como "El Barbas", que en sus tiempos mozos regentaba una librería y que ahora estaba a punto de jubilarse. Sabía que este hombre no iba a delatarme, por lo que me quité la capucha. Estuvimos un poco hablando de lo que me había sucedido hacía unos minutos, en parte debido a lo sucia que me encontraba. Tras firmarle mi cartel de Se Busca y prometerle que íbamos a ser unas grandes piratas, me puse nuevamente la capucha y salí de la tienda.

"Para que nos guíes hacia nuevas aventuras" Sonreí, leyendo las palabras grabadas en la caja, la cual guardé con extremo cuidado y cariño antes de proseguir mi camino en dirección al barco.


Info
#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
Cita:Obtienes:
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