Leyenda
Primavera, Año 12
Bosque costero, Ohara
Día 62, 08:00AM
Otra mañana más. Otro día de rutina. Como todos los días me había levantado con la primera luz del día. Estos últimos días me había alejado más de la Rémora para entrenar, pues no quería que nadie me interrumpiera. Caminé durante un rato, adentrándome en el bosque junto al pequeño Mandarina. Me gustaba que este me acompañara en los entrenamientos, pues de esa forma podía contarle mis cosas sin que la gente pensara que hablaba sola como una loca, en caso de que alguien me viera. - Tengo que entrenar más las piernas, ¿no crees pequeñín? - le pregunté, mientras terminaba con la última sentadilla. Me tomé su maullido como una respuesta afirmativa. Me agaché para acariciarle, jugando un ratito con él. Aproveché que estaba agachada para comenzar a separar los mechones de mi rojo pelo. - Venga, ¡arriba! - dije y me puse de pie. - ¿Qué te parecen los invitados, pequeñín? - pregunté a Mandarina, quien se acercó a mí maullando mientras me agachaba para comenzar a hacer flexiones. - La verdad es que parecen bastante buena gente - expliqué - Aunque si no no serían amigos de Maeve - sonreí. - Bueno, Kisuke es su amigo... - se me escapó una risita. No conocía muy bien los detalles, pues tampoco había querido meterme en ello, pero con lo que me dijo Maeve y por su forma de actuar, Zorak era aquella persona a quien amaba, quien había desaparecido hacía años sin dejarle despedirse. Me alivió mucho darme cuenta que la tensión inicial del día que les conocí no se debía a mis acciones (o por lo menos no toda). Además, notaba a mi amiga mucho más animada, más... feliz. Eso me hacía extremadamente feliz. - Bueno, se ha librado de que le pegue - bromeé a Mandarina, aunque en cierto modo lo dijera en serio. No se merecía menos por haber abandonado a Maeve, pero ella me dijo que todo estaba bien, así que tampoco iba a meterme en sus asuntos.
- Bueno, con trescientas debería bastar por hoy - el pequeño felino se revolcaba en mi camisa, la cual estaba tirada en la hierba junto al abrigo. Recordé entonces el combate entre nuestros dos invitados de hacía un par de días. No había prestado mucha atención a la pelea pues había estado hablando con Maeve sobre la noche anterior y algunos asuntos más. Eso no me impidió darme cuenta de la gran diferencia de nivel entre nosotros. No pude evitar sentir miedo. - De nada me sirve querer hacer feliz a alguien, si no soy capaz de protegerla - me dije, mientras me peinaba y pensaba en mis siguientes acciones. Seguramente el Grand Line iba a estar plagado de gente igual o más fuerte, y si quería poder hacer algo tenía que ser mucho más fuerte. Inevitablemente, los recuerdos de la pelea contra Waj hicieron su aparición. Podía ver nítidamente como aquel degenerado tenía encerrada en su mano a la capitana, amenazando con acabar con su vida.
- ¡Puto trozo de mierda! - grité, enfadada - Desearía no haberte hecho puré la cabeza, para poder hacértela puré ahora - hablaba sola, como si esperando que este pudiera escucharme. Me invadió entonces la misma sensación de cuando puse fin a su vida con mis propias manos. Me llevé una mano al pelo, pasándolo por detrás de la oreja y bajando mi mano por el cuello, rozando suavemente mi blanca piel. Me mordí el labio inferior, mientras sentía como mi pulso se aceleraba. Una ancha sonrisa se dibujó en mi rostro, mientras me giraba bruscamente y daba una dura patada en la base al árbol que se encontraba a mi espalda. El silencio del claro se vio interrumpido por un golpe seco, seguido de un crujido.
- ¡Mierda! - grité, todavía más enfadada. El golpe había sido demasiado superficial. - Inspira, Eaa - pensé, mientras cerraba los ojos y cogía aire. Comencé a pivotar en el sitio, relajando los músculos y recordando esa sensación. Tras unos instantes abrí súbitamente los ojos, dando otra dura patada. Otro golpe seco, otro crujido. Otro intento sin obtener el resultado esperado. - Hay algo que se me escapa - choqué los puños, antes de ponerme de cuclillas. Me llevé las manos a los muslos, pensativa. - Quizás si... - me levanté. Otro golpe, otro intento fallido. Continué intentándolo, probando diferentes enfoques, más tiempo del que me gustaría admitir. Un golpe seco, un crujido, un gran estruendo. - Por fin - suspiré, jadeando. Sonreí, orgullosa y enormemente animada. Ese ataque era algo que se me ocurrió después de enfrentarnos a Waj. Me giré, apartándome de aquel árbol caído. - Vale, recuerda lo que has aprendido. Lo importante es no hacer un movimiento muy amplio - me dije a mí misma, mientras me acercaba a otro árbol. Cerré los ojos, frente a este. - La diferencia de altura no importa... - murmuré. Abrí los ojos y di un golpe seco al árbol. Un golpe, un crujido, y el árbol comenzó a caer. - si está en el suelo - terminé la frase, pisando el tronco mientras terminaba de caer, lo cual destrozó la zona del impacto. Me llevé otra vez la mano al pelo, enormemente excitada por los resultados. Me recogí el pelo en una coleta, antes de agacharme para recoger la ropa del suelo. - Vamos, Mandarina - sonreí mientras el animal subía por mi brazo. - Hoy toca desayuno especial.
Info
