[FIC - Pasado] A la segunda va la vencida
#1
Leyenda


Otoño, Año 12
Ciudad Murkhold, Toroa
Día 4, 11:20h

Volver a Toroa había sido sin duda una de las mejores decisiones que había tomado últimamente. Realmente necesitaba algo así. No estaba completamente bien, ni mucho menos, pero no podía negar que la charla con aquella anciana tuerta y (ahora) viuda me ayudó bastante. Tampoco podía negar que la celebración del cumpleaños con la capitana fue también genial.

Todo ello me ayudó a retomar mi rutina de ejercicio poco a poco. Dejar de lado los helados de chocolate y mantenerme activa favorecieron la mejora de mi estado de ánimo. Todavía no había recuperado por completo la forma física, pero me acercaba bastante rápido a ella. Era de esperar, pues tampoco había pasado tanto tiempo. Tras el entrenamiento y la lectura, había decidido ir de paseo por ciudad Murkhold. Quién diría que la lluvia me llegaría a parecer agradable y todo.

- Vale, Mandarina. Tienes que estar muy atento, ¿bien? - hablaba con el pequeño felino, al cual sostenía con los brazos estirados. Miré a mi alrededor. El callejón en el que me encontraba era bastante estrecho. El suelo era de barro, nada de extrañar debido al clima. Había dos ratas peleando por un churro, en una esquina del callejón, tras unos segundos de forcejeo, una echó a correr con el trozo de comida en la boca, seguida por la otra, hasta que desaparecieron por un agujero en la pared. - Bien, no hay nadie cerca - suspiré, aliviada. - A lo que iba. Repasamos. Yo me acerco a la puerta, y cuando los guardias vengan a querer cachearme apareces, los distraes y así me cuelo. Y luego te abro una ventana para que entres. ¿Has entendido? - Mandarina maulló. No tenía la más mínima idea de si me había hecho caso, pero quería confiar en que sí. Dejé a este en el suelo y me puse de pie. Salí del callejón, dirigiéndome lentamente hacia la puerta de la biblioteca.

Caminé despacio en dirección a la biblioteca. Estaba nerviosa, mucho. No quería meterme en ninguna pelea, pero tenía que entrar como fuera a aquel lugar. Me seguía dando miedo ver cómo aquellos guardias analizaban minuciosamente a cada persona que se acercaba a las puertas. - Venga, levanta los brazos, estirados - habló uno de los guardias cuando me acerqué. - Es una idea de mierda, debería irme cuanto antes - miraba a los lados, como si esperando que alguien viniera a salvarme de aquella situación. - ¿Dónde estás, pequeñín? - me pregunté, pues no veía al felino por ninguna parte.

Aspecto de los guardias


- Oye, tú. No tengo todo el día - siguió hablando el hombre. - Vamos, ¿o acaso es que quieres que te de una patada en el culo? - habló con creciente enfado. Me quedé parada, pues no me agradaba nada la idea de que este me tocara - Como veo que no quieres cooperar nos vas a tener que acompañar y te vamos a tener que hacer un chequeo completo - habló, serio. Se acercó despacio, llevando su mano hacia mi brazo izquierdo. Apreté el puño derecho con fuerza, dispuesta a darle un puñetazo como decidiera tocarme. - ¡Oye, que los demás también queremos entrar! - escuché a alguien gritar detrás de mí. Se trataba de un hombre, quien parecía discutir con otro, notablemente mejor vestido que el primero. - ¿Acaso no sabes quién soy? - respondió el segundo, encarándose a este. - Ni lo sé ni me importa. Aquí todos hemos guardado la cola y si quieres entrar te tocará esperar como al resto - aquellas palabras parece que molestaron al otro, quien le dio un empujón. El barullo llamó la atención del guardia, quien se acercó a donde se encontraban. Aproveché aquella distracción para colarme. Esperaba una biblioteca, pero lo que encontré en el interior de aquel edificio era sin duda una galería de arte. Sí que había libros, pero la gran mayoría de estos se encontraban expuestos en lujosas vitrinas, tras tal cantidad de capas de cristal que ni siquiera merecía la pena tratar de cogerlos para leer. - Pues vaya - hablé bastante desanimada. Agaché la cabeza y vi a mis pies a mi pequeño hijo felino. - ¿Cómo has llegado aquí pequeñín? - pregunté, agachándome. - No, no me lo digas, no quiero saberlo - me quité la capucha y dejé el pelo caer frente a mi rostro y comencé a separar los mechones, para después levantarme bruscamente, devolviendo el pelo a su sitio. Cogí al pequeño animal en brazos, poniéndome después la capucha, una vez metí a este dentro del abrigo, para que fuera más cómodo. - Bueno, ya que no podemos leer y con lo que nos ha costado entrar, mejor aprovechar para ver qué tal está el sitio, ¿no crees?


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#2
Leyenda


Caminaba por los diferentes pasillos sin ningún rumbo fijo. Veía los distintos cuadros, así como las esculturas de la llamada "exposición permanente". - ¿Por qué lo llaman permanente? ¿A caso van a tenerlas aquí para siempre? - pregunté a Mandarina, como si esperando que este resolviera mis dudas. Aquellas obras de arte eran bonitas, no podía negarlo, pero admirar ese arte no me generaba las mismas sensaciones que la lectura. Al fin y al cabo, no hacían que mi imaginación viajara a lugares de fantasía o se sumergiera de lleno intentando resolver un misterioso crimen. Parece que mis palabras llamaron la atención de uno de los guías, pues se acercó a mí rápidamente. - Disculpe, señorita - me saludó. Obviamente le devolví el saludo. - La he notado algo... desorientada - habló. No es que me agradara demasiado la forma refinada en la que hablaba, pero tampoco iba a decirle nada. A todas luces daba la impresión de que era una forma de contentar a los ricachones que iban de visita. Pensar en aquello me trajo instintivamente recuerdos de lo sucedido en la biblioteca de Ballywood. Me acordé también de lo sucedido después, de cómo llamé a Maeve para que viniera a coserme las heridas en un hotel para gente con gustos... que escapan de la norma. Para sorpresa de nadie, recordar aquello y las palabras que le dije a la mujer, aunque no las recordara bien (gracias a la gran cantidad de whisky que bebí aquella noche) hicieron que mi cara tomara un tono rosado. Me giré instintivamente para evitar que el hombre lo viera, lo cual hizo que se asustara. - No, no. No se vaya - me pidió. - Será solo un momento - la mentira más grande que había escuchado en bastante tiempo, aunque todavía no lo supiera. Asentí, pues daba toda la impresión de que aquel hombre iba a perseguirme por todo el recinto hasta que aceptara. - Pues lo primero, bienvenida a la majestuosa Biblioteca de Arte de Toroa - comenzó, con un tono alto. Parecía como si estuviera hablando para un grupo de personas, o tal vez pensaba que yo estaba sorda. - Me he dado cuenta de que ya ha podido deleitar su vista con algunas de las maravillosas obras de arte de nuestra exposición permanente - seguía explicando. - Estas obras son la seña de identidad de esta Biblioteca de arte. Están expuestas durante todo el año, así que indiferentemente del día en que venga, puede apreciar maravillas como - comenzó a señalar diferentes cuadros. - "Tambores en lo profundo". Si te fijas, puedes apreciar los matices y los detalles de su autor. - hizo una breve pausa - O también "Un hombre salvando a su amigo de caer al río Sandora". De hecho, este último tiene una interesante historia detrás  - comenzó a explicar. - No, si ya veo lo que tiene detrás - suspiré, con una mueca de gran molestia. Ignoré por completo su explicación, pues era más que obvio que las dos personas retratadas se encontraban en medio del acto sexual. Tras casi una hora de aburridas explicaciones y de escuchar acerca de un Tudor que debía de ser un conocido artista, finalmente el hombre terminó con su explicación. - Bueno, al final se ha alargado un poco, pero, cuanto más mejor, ¿verdad? - pregunté. Me limité a mirarle, con molestia, sin articular palabra. - Cómo he sido un buen guía, qué menos que una propina, ¿no? - habló, esta vez con un tono menos elegante. - ¿Propina? - la molestia se convirtió en enfado. - ¿Me había dado la brasa durante casi una hora de mi vida, y ahora me pedía dinero? - Me giré, enfadada, antes de comenzar a alejarme. - ¡Será tacaña! - exclamó, mientras me alejaba. - Tranquila, Eaa. Recuerda, no hay que llevar la sangre a la biblioteca - me decía a mí misma, mientras contenía las crecientes ganas de darle una paliza a aquel desgraciado.
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