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[Pasado FIC] [+18] - El castigo infligido es desproporcionado al crimen cometido
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05-02-2024, 12:02 AM
(Última modificación: 06-06-2024, 07:20 PM por Maeve Knox.)
Hace 11 años
En algún lugar del West Blue
Recuerdo que era jueves. A excepción de los fines de semana, los días en aquella rústica ciudad eran todos iguales. Y si los sábados y domingos se distinguían un poco se debía al ambiente pseudo festivo que se respiraba en las calles empedradas. Más jolgorio, más gente borracha de lo habitual. Más vida.
Para mí, sin embargo, todos los días eran más de lo mismo. Podía disfrutar de los sábados y domingos por la noche, pero porque yo decidía usar parte de mis horas de descanso para salir de la mansión, no porque mis empleadores pensaran que tal vez yo también quisiese vivir más allá de sus cuatro paredes. Más bien, cincuenta paredes.
La casa donde yo trabajaba desde hacía casi cuatro años —o tres años y medio, cómo saberlo— era inmensa. Allí me dedicaba a hacer tareas domésticas de todo tipo (menos cocinar, nunca se habían llegado a fiar de mí para ello) desde que decidieron contratarme. Supongo que, cuando llamé a su puerta buscando trabajo, les di lástima. O curiosidad. O ambas. Una pobre niña desvalida de catorce o quince años que quería ganarse la vida de forma honrada. Lo de “desvalida” es porque se me dio muy bien interpretar ese papel, lo de “forma honrada”… Digamos que quería probar si podía mantenerme alejada de la vida criminal para vivir más tranquila. La cuestión es que decidieron probar y debí de gustarles, porque allí seguía casi cuatro años después.
Cuando me fui de la granja de la pareja de desequilibrados, donde tuve el honor de compartir una bonita fiesta de té con su hija Melody, estuve semanas sobreviviendo gracias a las provisiones que llevaba conmigo. Cuando se acabaron, robé. Claro que robé. Y también decidí que quería irme de aquel maldito sitio, donde todavía había posibilidades de que el Patrón o su gente me encontraran. Me subí de polizón al primer barco que encontré (que no fuese de la Marina, por supuesto: era joven, no imbécil). Resultó ser un navío dedicado al turismo. Me daba exactamente igual, con tal de que me alejara de aquellas tierras ponzoñosas.
Lo que no esperaba fue que el viaje durase tanto.
Lo que no esperaba era cambiar de Blue. Otra vez.
Después de estar días esforzándome al máximo para que no me descubrieran allí dentro (no quería terminar arrestada, gracias), una vez en puerto, el pescador de turno me miró raro al preguntar dónde estábamos.
Así que West Blue, ¿eh?, pensé entonces. Quizá se me estaba dando otra oportunidad, una donde respetar los derechos de otras personas fuese posible. Por eso busqué trabajo.
Prometo que intenté llevar una vida honrada. Prometo que traté de que encontrarme a unos empleadores tan estirados no me afectase. Prometo que respiré hondo e intenté ignorar que eran nobles. Putos nobles. Nobles que me permitían comer sin necesidad de delinquir a cambio de casi todas las horas de mi día trabajando.
No puedo decir que me maltrataran, ni que me tratasen con desdén en ningún momento. Sí con la condescendencia de alguien que sabe que está por encima y puede cambiar la vida de otro alguien gracias a su generosidad.
Los dos primeros años logré mantenerme limpia de delitos. Creo que mis compañeros domésticos —por supuesto, no era la única criada, esa gente necesita cuantos más, mejor— fueron una buena influencia para mí. Pero, a los dieciséis años, noté cómo mi pasado tiraba de mí. Y las ansias de adrenalina, de sentirme viva otra vez.
Volví a robar. Con cuidado, obviamente, no quería perder mi fuente de ingresos periódicos, por pocos que fueran. No debía dejarme atrapar. En el arcón destinado a mis pertenencias en mi habitación —¡tenía mi propia habitación en aquella casa!— fui guardando mis botines. Eran discretos, pero a mí me conectaban con la libertad que notaba que allí me faltaba.
A los diecisiete años comencé a atreverme a explorar la noche. Entiéndeme: venía de un entorno de abuso (cosa que, quieras o no, te marca) y, luego, de la más pura castidad. Ya era el momento de darme permisos.
Probé el alcohol y me gustó.
Probé el sexo consentido y me gustó.
Probé la libertad y… volvió a gustarme.
¿Qué coño hacía yo limpiando, planchando, ordenando?
Esa vida no era para mí y, sin embargo, la única que tenía.
Hasta aquel jueves. Yo tenía dieciocho.
Recuerdo que había salido a comprar algunas verduras para la comida de los señores —cómo les gusta demostrar su nivel socioeconómico—, cuando vi un grupo de gente arremolinado alrededor de un poste de madera. Sobre este, sujeto con un clavo, el cartel de “se busca” de un pirata.
Jasper O’Rourke.
Mi corazón dio un vuelco.
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07-02-2024, 03:15 PM
Durante el resto de aquel jueves, mi cuerpo se dedicó a llevar a cabo todas las tareas que mi trabajo me dictaba, pero mi mente yacía frente a aquel poste de madera, frente a aquel cartel, frente a aquel rostro. No me lo podía sacar de la cabeza y, cuanto más permanecía en ella, mayor era el nivel de locura que esbozaba la idea que crecía por momentos.
El capitán pirata Jasper O’Rourke estaba en la ciudad.
Aquella fue la primera noche en la que, fuera del fin de semana, decidí salir. No buscaba fiesta, no buscaba placer, no buscaba libertad, aunque todas mis células me gritaban que, si lo encontraba a él, podría llegar a hallar todo lo demás.
La lógica me hacía pensar que, en tierra, el lugar natural de un grupo de piratas eran las tabernas, así que eso fue lo que hice esa noche: recorrerlas todas siguiendo mi impulso más descabellado. Y lo que encontré en las que visité no fue más que mi fracaso. Ni rastro de la banda.
En realidad, no sabía lo que estaba buscando. Si conocía el rostro del capitán era por el cartel de recompensa. Vi varios a lo largo de la ciudad, aunque no tantos como para considerar que la empapelaban. Y lo admito: había arrancado uno para guardármelo.
Durante las noches siguientes tuve el mismo éxito: ninguno. Sí que llegué a escuchar comentarios de las gentes del lugar sobre la presencia de los Piratas Dorados en la ciudad. A pesar de los carteles, no parecía que hubiese una búsqueda activa por parte de las autoridades. No me extrañó: las autoridades me han demostrado en varias ocasiones que hacen nada y menos por ayudar a las víctimas de un delito, especialmente, si a quienes compensa proteger es a los propios autores del mismo. Por aquel entonces, no estaba yo muy puesta en la piratería, pero sí en otra clase de mundo donde quienes ostentan dinero y poder quedan impunes ante los actos aberrantes que cometen contra otras personas. Por tanto, pronto aprendí que confiar en las proclamadas autoridades era un error.
La cuestión es que comencé a preguntarme si aquellos piratas visitaban las tabernas por el día en lugar de por la noche, si no las frecuentaban en absoluto o si es que jamás llegaron a estar en aquella ciudad a pesar de los frecuentes rumores que llegaban a mis oídos.
En cualquier caso, no abandoné mi determinación. Incluso mis compañeros de tareas domésticas se dieron cuenta de que algo en mí había cambiado y me preguntaban, de forma sutil, lo que hacía cada noche al salir de la mansión. Nunca esperé pasar desapercibida, mi apariencia física siempre me lo ha complicado, pero no quise responder de forma abierta. Hacerlo sería como pedir a gritos mi propio despido. Así que, por supuesto, mentía.
Mi suerte cambió casi una semana después.
Mis salidas nocturnas casi respondían a la inercia, pues después de varios días sin resultados, no creía que aquella noche de miércoles fuese distinta. Pero cuando entré a la taberna Siete Monedas, al instante noté que la atmósfera era diferente: el mismo olor a humo y sudor, pero me rodeó otro tipo de energía.
Había varios grupos de personas, pero ninguno era tan numeroso ni llamaba tanto la atención como aquel situado en la mesa más grande —la unión de tres mesas— del fondo. Conté catorce personas.
Identifiqué a O’Rourke de inmediato.
Mi corazón volvió a desbocarse.
El cartel de recompensa de ese capitán pirata no le hacía justicia, ni de lejos, a lo que hallé cuando pude verlo en persona.
Definitivamente, era el hombre más guapo que había visto en mi puta vida.
Su cabello era rubio, largo, en parte suelto, en parte convertido en trenzas en el lado izquierdo que caían envueltas en ornamentos. Su piel era, en cierto modo, morena, probablemente por la vida en el mar. Y sus ojos azules lucían como el mar mismo: intensos, salvajes. Una barba no muy larga, también rubia, cubría parte de su rostro. Llevaba las orejas agujereadas y cubiertas de numerosos pendientes.
Y su mirada… Su mirada me captó como al insecto que cae en la tela de una araña.
Aun cuando él ni siquiera había reparado en mi presencia.
Entendí por qué se hacían llamar Piratas Dorados: O’Rourke parecía engendrado por el sol.
De pronto, me invadieron unos nervios dignos de cualquier estúpida adolescente, y toda mi convicción, el plan que había empezado a seguir recorriendo las tabernas noche sí y noche también, se tambaleó. Me vi tan… fuera de lugar.
Entonces, recordé lo que me había motivado a mezclarme en ambientes tan poco recomendables, tan impropios para lo que debería ser una “señorita”. Aborrecía ese término. Aborrecía que se me presupusiese cómo debía comportarme, lo que debía gustarme y cómo debía ser solo por lo que tenía entre las piernas y sobre mi pecho, en lugar de seguir lo que me dictaba el alma. Y lo que me dictaba el alma no era quedarme recatada, invisible, esperando a que la máxima aspiración de mi vida fuese encontrar un marido y convertirme en una figura pasiva a su sombra.
Me tragué la repentina inseguridad, recordando lo que había tenido que pasar para llegar a aquel presente, mi presente, y comencé a andar hacia aquel grupo de piratas. Y, sin hacer otra cosa más allá de situarme frente a ellos, la atención de todos sus integrantes recayó sobre mí de forma inmediata.
—¿Qué se te ha perdido aquí, preciosa? —me preguntó una de las dos mujeres de la banda, sentada a la izquierda del capitán. Su forma de dirigirse a mí, a pesar de la última palabra, fue más agresiva que amable. Tragué saliva.
—Tú siempre tan simpática, Lynette —dijo un hombre al que no ubiqué
La mirada de la tal Lynette desprendía fuerza, desconfianza, a través de unos iris casi negros que habían comenzado a evaluarme. Su piel oscura era la antítesis a la mía. Poseía un cabello negro y rizado, salvaje bajo el pañuelo rojo que portaba en la cabeza. Sobre el ojo derecho, un parche, a partir del cual lucía pintura negra que cubría la mejilla de ese mismo lado.
—¿Te comió la lengua el gato? —continuó ella, sin sonreír.
Traté de controlar el ligero temblor de mis piernas. Entonces, contesté:
—Quiero unirme a vuestra tripulación.
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09-02-2024, 07:58 PM
Los componentes de la banda pirata se miraron unos a otros, a excepción del capitán y Lynette, quienes no apartaron su vista de mí. Entonces, el grupo rompió a reír. Las carcajadas eran escandalosas, como si hubiese contado el mejor chiste de la historia.
La mujer negra se limitó a sonreír de medio lado, mirándome cual bicho raro.
O’Rouke permanecía serio, sus ojos de océano escudriñando los míos de hielo.
Empecé a notar cómo el calor se arremolinaba en mis mejillas, rosándolas casi con seguridad. O con seguridad total, pues los labios de Jasper ahora dibujaron su propia sonrisa, una que me clavó al suelo.
—Silencio —ordenó O’Rourke. La obediencia fue inmediata—. Debes de ser muy ingenua o muy necia para plantarte aquí y soltar eso.
—O las dos cosas —añadió Lynette.
—¿Qué le lleva a una niña como tú a pedir algo como eso? —continuó el rubio, ignorando la pulla anterior.
—No soy una niña —fue lo único que contesté. Me ardió aún más el rostro al pensar que mi cuerpo pudiera hacer pensar eso. Llevaba ropa ancha, impropia de las “señoritas”, tal vez las formas ocultas fueron lo que lo confundieron.
—Mis disculpas. Digamos, entonces, a una joven. ¿Por qué una joven se acercaría a unos mamarrachos como nosotros y diría eso?
Dudé unos instantes. Por mucho que me atrajese la idea de ser una de ellos, por ser piratas, seguían siendo unos desconocidos. No iba a abrirme en canal para satisfacer sus ganas de saber (lícitas, por otro lado, dada la naturaleza de mi mensaje).
—Quiero ser pirata.
—Eso nos ha quedado claro —volvió a intervenir Lynette—. ¿Te has visto la cara? Regresa a la casa de muñecas de la que has salido.
Un nuevo golpe bajo.
—Déjame que te lo pregunte de otro modo. ¿Qué es lo que podrías aportar a mi tripulación? —El tono de O’Rourke se tornó algo socarrón.
—Lo que me enseñes —me limité a contestar. Aprender, aprendía rápido.
—No me sirve. La vida pirata no es un juego.
—¿Quién te ha dicho que he venido a jugar?
—La chica tiene agallas —rio algún tipo del grupo.
El capitán entornó los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás. Su largo cabello rubio se movió sobre los hombros.
Por suerte, el resto de los ocupantes de la taberna no estaban atentos a aquel duelo de… ¿de qué? No podíamos competir como iguales.
—¿Has robado? —inquirió Jasper.
—Sí.
—¿Has matado?
—Sí.
—¿Has mentido?
—Sí.
—¿Me estás mintiendo ahora mismo?
—No.
—¿Cómo puedo fiarme?
—Porque me pillarías enseguida si me uno a tu tripulación. Y seguramente me matarías. No soy tan estúpida.
—Tal vez te mate igual.
—Correré el riesgo.
Por supuesto que creía en mí misma y en mis capacidades, pero mostrarme tan segura dadas las circunstancias, su superioridad numérica y la naturaleza criminal de esa gente, no había entrado en mis planes. Simplemente ocurrió.
La sonrisa del capitán se ensanchó, provocándome un vuelco en el estómago.
—Búscanos mañana por la noche en el puerto, cuando todas las tabernas comiencen a cerrar. Si llegas a tiempo, podrás subir al barco. Estarás de prueba. Una sola tontería y serás comida de tiburones, ¿me he explicado bien?
—Perfectamente.
Con el corazón latiendo como una mano llamando de forma insistente a una puerta, logré pronunciar esa palabra de un modo convincente.
—Ahora vete, no quiero saber nada de ti hasta entonces. —A pesar de sus rudas palabras, no dejó de sonreír.
Me di la vuelta de inmediato y comencé a andar hasta la puerta.
—Eres muy blando, Jasper —le reprochó Lynette.
—Y tú muy pesada —rio él.
La presión en mis oídos aumentaba con cada paso que daba, oyendo mi riego sanguíneo como si fuese la única cosa en el mundo. El vocerío del local me llegaba amortiguado y, cuando lo dejé atrás tras la puerta, silencio.
Al día siguiente, el tiempo parecía retroceder, como si quisiera evitar mi encuentro nocturno. Contaba con ansia cada hora que transcurría y, a la vez, debía esforzarme para evitar sospechas de mis compañeros domésticos.
Cuando llegó la noche, mi expectación ya había crecido hasta límites dolorosos. Conseguí esperar a que la gente de la mansión se fuese a dormir para fingir hacerlo yo también. En realidad, lo que hacía en mi habitación era guardar todas mis pertenencias posibles en el macuto. Macuto que, por cierto, conservaba desde mis andanzas en aquella granja de dementes.
Al llevarme mis cosas, sabrían que me había fugado en cuanto comprobasen que tampoco estaban. A la mierda, pensé.
Se correría la voz de que “se ha visto a la del pelo blanco con los Piratas Dorados”. Para cuando quisieran buscarme yo estaría ya muy, muy lejos.
Con gran sigilo, cualidad que no se me da nada mal, logré llegar a la puerta del servicio e, intentando que sus desengrasadas bisagras no alertasen a nadie, salí a la noche.
Sabía a qué hora cerraban las tabernas, había presenciado muchos de estos cierres, así que no me fue difícil guiarme.
Con paso ligero, me encaminé al puerto. No había pérdida.
¿Cómo no se me había ocurrido antes ir al puerto durante la búsqueda de la última semana? Un barco de tal magnitud y belleza no podría haber pasado desapercibido ante mis ojos. Era una obviedad como un piano: eran piratas, joder, no iban a venir en globo. Que podrían, peores cosas se han visto. La cuestión era que no había sido lo suficientemente avispada y era algo que debía cambiar si no quería que me comiesen viva en una tripulación como aquella.
Me aproximé al navío, de un majestuoso marrón oscuro. Las velas de color crema permanecían en reposo bajo la caricia del viento, quien, como si de su amante se tratase, las incitaba a levantarse ante su presencia.
—Habíamos apostado a si vendrías o no. Yo dije que no. Me has hecho perder. —La voz de Lynette me llegó desde la madera que conformaba la borda. Ese término sí lo sabía, pero debía aprender sobre barcos para no hacer mucho el ridículo.
—No es mi culpa, haber confiado en mí —le dije a la mujer del parche.
—¿Confiar en ti? Para eso tendrás que ganártelo. Puede que Jasper te haya dado una oportunidad, pero a mí no me engañas.
Decidí no responderle más, pues, sin duda, Lynette estaba buscando cualquier mal paso para aumentar lo que quisiera que estuviese alimentando su rechazo hacia mí.
Puse el pie en la rampa de madera que comunicaba con el barco. Un escalofrío de placer me recorrió entera. No miré atrás.
14-02-2024, 05:22 PM
(Última modificación: 14-02-2024, 05:26 PM por Maeve Knox.)
Descubrí que viajar por el mar sin ser polizón era una maravilla que lamenté no haber experimentado antes. El vaivén del barco, las olas rompiendo en su madera, la brisa salada que mecía mi cabello y acariciaba mi rostro con sus dedos etéreos, dándome la bienvenida a un viaje, para mí, emocionante.
La visión de un horizonte infinito y repleto de historias aún no contadas.
Un cielo abierto de cuyo sol me escondía y entre cuyas nubes grises, cuando lo cubrían por completo, mis ojos se perdían.
Una oscura cúpula plagada de estrellas rutilantes que, cuando las olas descansaban en calma, pintaban la superficie del agua con idéntico brillo.
La llamada del mar, aquella que solo quienes la han sentido pueden vivirla abrazando sus corazones, reconfortándolos, dándoles un sentido.
Todo esto, por supuesto, complementado con la vida pirata, que amé desde el principio.
Por el día había espacio para todo tipo de tareas en el barco. La Llama Áurea, lo había bautizado Jasper. Al principio, solo me encomendaban las más fáciles, dando por hecho de que mis manos eran de cristal a juzgar por mi apariencia. Rectificaron al darse cuenta de que mis anillos —en el caso de que los tuviera— no se caían por ensuciarme, rasparme, golpearme ni cualquier otra cosa típicamente atribuida a los hombres de forma cultural e histórica. Mientras mi fuerza física me lo permitiese, no sería yo quien me negase a cualquiera de esas labores en navegación.
Ni en tierra. Salvo que en tierra estas eran de otra índole, más… criminales.
Y se dieron cuenta de que ahí me desenvolvía aún mejor. Al fin y al cabo, en ese campo sí tenía experiencia. Y ningún reparo en mancharme de sangre si era necesario.
Con el paso de las semanas, socializar con el resto de la tripulación cada vez era más sencillo. No con Lynette, por supuesto, seguía manteniendo la excusa de que no se fiaba de mí. May, la otra mujer de la banda, no tuvo ningún reparo en tratarme como a una más, así que no sé qué mosca le había picado a la del parche, quien —pronto supe— era la vicecapitana.
—No me mentiste cuando me dijiste que eras capaz de aprender cualquier cosa y que ya habías sido delincuente antes —me asaltó un día O’Rourke mientras yo permanecía apoyada en la barandilla de la popa, observando la estela blanca que dejaba La Llama Áurea en el vasto azul.
Di un respingo.
Su maldita voz siempre conseguía en mí efectos que me esforzaba mucho por ocultar, pero cuando me pillaba por sorpresa, tardaba unos segundos más en conseguirlo.
—Por supuesto que no te mentí —respondí. Seguí mirando la estela del barco cuando se colocó a mi lado, sin desviar mis ojos hacia él. Me era fácil, ya que vestía mi capucha siempre que el sol ardía en el cielo.
Pocos días habían bastado para que me enamorase de Jasper O’Rourke. Era la primera vez que sentía algo así por alguien, algo que había comenzado con la atracción brutal hacia él al verlo en persona en el tugurio Siete Monedas. Ahora mi fuero interno se debatía entre quererlo cerca y necesitarlo lejos: lo primero porque mi corazón lo exigía y lo segundo porque no se lo podía permitir. Estaba segura de que un hombre como él jamás se fijaría en alguien como yo en esos términos.
En aquel momento, yo ya con diecinueve y él con veintisiete, lo veía a años luz de mí. Por eso y por los rangos.
Y por Lynette.
Había visto cómo ella lo miraba cuando creía que nadie la miraba a ella. Si era algo recíproco o no, yo no lo sabía, nunca había visto indicios más allá de la camaradería de dos que se conocían desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, pensar en ello me enfermaba, así que procuraba hacerlo lo menos posible. De hecho, procuraba no dedicarle minutos al capitán en mi mente. Pero era difícil, muy difícil.
Su sonrisa, el azul imposible de sus ojos, su mirada intensa, sus brazos, su cuerpo, su voz rasgada y grave…
La misma que estaba utilizando en ese momento para dirigirse a mí en la popa.
—Me das curiosidad, ¿sabes? Cómo has conseguido ser tan diestra en el arte del crimen siendo tan… —Se detuvo, dubitativo.
—¿Joven? —Añadí, pensando no en mi presente, sino en la adolescente que acuchilló al Patrón para huir de sus garras.
—Guapa.
Solo está siendo amable contigo, boba. Sí, para aquel entonces, mi crítica voz interior ya me hacía compañía, siendo especialmente cruel por ruborizarme ante el comentario. Agradecí a mi fiel capucha negra.
—A la vista está que no tiene nada que ver la belleza física con ser un cabrón —solté. Y me refería a mí, porque nunca he sido idiota y sí consciente de mi rostro, pero caí en que había hablado en masculino. Mi puto subconsciente me había traicionado.
Y él se había dado cuenta.
—¿Me estás llamando guapo o cabrón? —rio.
Las dos cosas.
—No, no me refería a ti, es… una forma de hablar.
Al dar las patéticas explicaciones, me giré hacia él, dejando mi rostro visible. Error. Lo que antes había sido rosado, ahora me hacía parecer un tomate. Entonces él rio más. Y se le formaron los putos hoyuelos en las mejillas. Y yo me quería morir.
Jasper despegó los labios para decirme algo mientras yo pensaba seriamente si tirarme por la borda, pero lo interrumpieron primero.
—¡Isla a la vista! —gritó John, un compañero pirata a quien le faltaba la mitad de la oreja derecha.
Aproveché para marcharme de allí, buscando alguna tarea que no supiera sobrevivir sin mí. Cualquier cosa que me permitiera alejarme de tal bochorno. Y, antes de desembarcar, había muchas cosas que hacer.
12-03-2024, 09:52 AM
Humo. Fuego. Sangre. Muerte.
Botines, riquezas, reputación.
Aquella fue una incursión más donde todos estos elementos sucedieron a nuestro favor. Piratería en el mayor significado de la palabra. Los damnificados, un par de pueblos costeros que parecían sobrevivir de la agricultura y la ganadería. También gozaban de cierto nivel de turismo, pues cerca de allí se emplazaba un enorme lago de agua de un rosa intenso que atraía visitantes. No hubo piedad. Murió mucha gente, incluso aquella que suele respetarse por su edad, tanto por arriba como por abajo. Si hubo algo en lo que no participé, fue en matar niños. Salvo fuerza mayor, incluso yo tengo un límite.
Opusieron la resistencia habitual de aquellos que quieren salvar sus hogares, pero al final, el resultado fue el mismo de siempre.
En mi caso, quité de en medio a quien fue lo suficientemente estúpido como para interponerse en mi camino. Por aquel entonces ya utilizaba dos dagas, costumbre que se quedó hasta unos diez años después, que cambié de arma y estilo. Así pues, maté, robé. Aquella gente no disponía de mucho para ser robado, pero me llevaba cualquier cosa que podría serme útil, tanto para la tripulación como para mí. No lo compartía todo, claro.
Fue así como se produjo un cambio bastante grande en mi vida.
Uno de los desafortunados que intentó cerrarme el paso a punta de vara de hierro oxidado, cayó bajo el filo de una de mis dagas. Mi arma era más pequeña, sí, pero mi destreza mucho mayor. No habría tenido ninguna oportunidad. La cuestión es que, cuando cayó muerto contra el suelo, con el cuello desbordando sangre, algo salió rodando del bolsillo interior de su chaqueta. Parecía una pieza de fruta. A mi yo de dieciocho, diecinueve años —ya ni recuerdo— le pareció una buena idea darle un bocado como premio por la nueva baja. Me agaché, la limpié de la sangre del desgraciado y mordí.
Sabía a putísima mierda.
En ese momento pensé que me había sentado mal, porque la sensación que me dejó en el cuerpo era algo que no había experimentado en la vida. Demasiado rápido, pero dicen que hay algunos venenos que actúan casi instantáneamente. Porque de verdad creía que era veneno. Me asusté, creyéndome la persona más imbécil del mundo si moría de aquella forma tan ridícula. Pero ese susto ni siquiera se acercó al que sentí cuando mi cuerpo, de pronto, comenzó a transformarse: plumas, pico, patas. De pronto era un pájaro, un puto pájaro blanco de no más de metro veinte de altura que ni siquiera identifiqué en aquel momento.
Pensé que era una pesadilla, que el supuesto veneno me hacía delirar, pero era muy real. Entonces, recordé que existía gente con extrañas capacidades y me pregunté si no era eso lo que me estaba sucediendo. Porque, a pesar de ser un puto pájaro, mantenía mi raciocinio intacto (excepto el que estaba robando la ansiedad por todo aquello).
Obviamente, en aquel momento no sabía nada de las akuma no mi, y muchísimo menos que podía conseguir una versión híbrida entre mi forma humana y la de buitre (al igual que no supe que era un buitre desde un primer momento). De todo esto me fui enterando paulatinamente.
Por supuesto, detuve mi actividad criminal de ese día. Me escondí en una casa que ya había sido saqueada, por lo que sabía que la probabilidad de que alguien regresara era escasa, en especial, si sus ocupantes ya estaban muertos. Y allí me quedé, bajo una mesa, hasta que mi cuerpo humano regresó. Entendí que sucedió cuando me fui calmando, pudiendo controlar un poco lo que me ocurría.
Desde el primer momento descarté contarle todo esto a nadie de la tripulación. No quería que me mirasen como a un bicho raro y, por supuesto, que me echaran de allí. Tampoco sabía hasta qué punto tenían conocimiento de la existencia de las frutas, así que no quise arriesgarme. Salir para volver a reencontrarme con ellos fue una de las decisiones más difíciles en mucho tiempo, pues tenía miedo de que me volviese a pasar, de transformarme en un pájaro blanco delante de ellos y sin poder controlarlo.
—¿Dónde demonios te habías metido? —me preguntó Jasper cuando me atreví a salir—. Pensábamos que habías muerto.
Ya era de noche. Habían hecho una hoguera en el centro del pueblo y celebraban el éxito de la incursión. Comían y bebían con la alegría y la satisfacción del trabajo bien hecho.
—No habría sido una gran pérdida —malmetió Lynette.
Jasper la fulminó con la mirada.
—¿Qué? —protestó la de piel oscura.
—Ni caso. ¿Qué ha pasado? —continuó él.
—Estaba... inconsciente —mentí. Preferí resultar ridícula a que supieran la verdad. Para revelar algo así, primero debía entenderlo yo y, de momento, no entendía nada.
—No te preocupes, a veces pasa en las peleas. Nada de lo que avergonzarse. Ven, siéntate aquí.
Jasper se echó hacia un lado y dejó un hueco con el compañero que se sentaba a su derecha. Ocupé el espacio que creó y, botella de ron en mano, el capitán me pasó el brazo libre por encima del hombro, atrayéndome hacia él. Como imbécil, eso bastó para que los pensamientos acerca de mi nuevo yo emplumado se disolvieran en la hoguera. Aun así, fui lo suficientemente prudente como para no mencionarlo. Algo me decía que era un error hacerlo y obedecí mi instinto. Si más adelante era oportuno revelar algo así, el tiempo lo diría.
Me sirvieron alguna clase de bebida alcohólica en una jarra robada de la casa de algún muerto.
Con mi cuerpo muy cerca del capitán, mientras él reía y bromeaba con el resto de la tripulación, con su cabello rubio y largo rozándome, y con mi corazón con un vuelco detrás de otro, descubrí los ojos de Lynette clavados en mí cargados de furia.
23-04-2024, 05:03 PM
Fueron pasando los meses.
Nuevas incursiones, nuevos saqueos, nuevos crímenes de diversa índole que añadir a mi ya abultado listado. Más experiencia dentro de la piratería que me hacía mejorar en las habilidades que fui forjando sola tiempo atrás. Entre ellas, robo y asesinato. También, un mayor temple para obtener información de formas poco convencionales, aquel que te permite escuchar los gritos sin perder de vista tu objetivo. Matar sin más es una cosa, hacerlo causando intenso sufrimiento es algo muy diferente. Pero la jungla es así: comes o te comen.
Esto aplicaba especialmente no con los habitantes de un pueblo que era atacado y saqueado, sino con otra clase de gente: tripulaciones piratas enemigas, marines y, en definitiva, cualquiera que se atreviese a meterse en el camino del capitán Jasper O'Rourke y su banda.
Por supuesto, también gozábamos de períodos de tranquilidad tanto en el mar como en tierra, y era en este último lugar donde aprovechaba para buscar ratos en los que perderme y aprender a utilizar y mejorar las capacidades que la akuma no mi ahora me permitía. Pronto pude transformarme a voluntad, tanto en buitre como en una extraña forma híbrida que me permitía crecer en envergadura y ganar ventajas físicas mientras la mantuviera. Por supuesto, lo hacía en solitario, era algo que todavía prefería no compartir. Un secreto conmigo misma, me gustaba que fuera así.
Por supuesto, evitaba el agua del mar a toda costa. Lo había aprendido de mala manera sin que terminase suponiendo un problema real para mí, pudiendo seguir manteniendo dicho secreto con éxito.
Una noche, no importa en qué isla, estábamos bebiendo en la playa, todos tirados sobre la arena como si esta fuese lo más cómodo del mundo. Para nosotros lo era, y más después de la cena. En esta ocasión, no habíamos saqueado nada, pues el botín de nuestros últimos robos todavía nos protegía del hambre y la sed. Sentada al lado de una de las pequeñas hogueras, mantenía una conversación trivial con uno de mis compañeros de tripulación. Una botella de brandy en nuestro poder. La compartíamos. La cantidad de líquido era suficiente como para noquearnos el resto de la noche si no teníamos cuidado. Pero siempre tenía cuidado. Por aquel entonces, y a pesar de que me gustaba beber, le prestaba mucha atención a ese tipo de cosas. Más adelante, me volví más descuidada al respecto, en especial en ciertos momentos dolorosos de mi vida. Pero no estamos aquí para hablar sobre ello.
La cuestión era que, con una pequeña nube etílica recorriendo mi mente y entre risas con mi compañero —creo que su nombre era Ed—, noté una presencia detrás de mí. Desde mi época en el circo —es decir, mis primeros catorce años, la práctica totalidad de mi vida con entonces diecinueve—, mi intuición no funcionaba mal ante la localización de alguien en lugares que suponían puntos ciegos para mí. Hipervigilancia. Me di la vuelta con brusquedad, encontrándome con unas botas que conocía bien.
—Tranquila, solo soy yo —rio el capitán.
El término “solo” no era el que yo habría utilizado para referirme a él. Mi sonrisa apareció de repente, impulsada por el brandy en su menor parte. En la mayor, por ver su rostro a la luz del fuego.
—¿A qué debemos el honor? —bromeé.
—Ven conmigo, Maeve.
Ah, me encantaba el sonido de mi nombre en su voz rasgada.
—Entonces, ¿a qué debo el honor? —rectifiqué.
Lo reconozco, me resultaba mucho más fácil echar a un lado la vergüenza cuando el alcohol recorría mis venas. Así, si la piel de mi rostro enrojecía, podía culpar a alguien más.
La respuesta de Jasper se limitó a estirar el brazo hacia mí, ofreciéndome su mano. Tras dudar un ínfimo segundo, la tomé, ayudándome de esta para levantarme. Una vez de pie, me sacudí la arena del culo y las piernas. Me giré hacia Ed antes de comenzar a andar para seguir al capitán, haciéndole un gesto que esperaba que entendiese como que volvería en un rato.
Me moría de ganas de saber qué era lo que ese hombre rubio necesitaba de mí, pero me limité a seguirlo sin pronunciar palabra pero con el pulso a toda velocidad. Cruzamos todo el terreno ocupado por la tripulación y las hogueras, hasta adentrarnos en un camino arenoso entre rocas que se alejaba de la playa. Cada vez entendía menos.
De pronto, estábamos a solas. El sonido de la juerga en la playa se percibía lejano. Mis nervios se dispararon.
—¿Qué...? —comencé diciendo. Pero Jasper me calló con el dedo índice sobre mis labios.
—No te he traído aquí para hablar.
Sin previo aviso, me besó. Abrí mucho los ojos, me quedé paralizada. Su sabor a whiskey me inundó la lengua, el paladar. Su corta barba rubia acariciaba mi rostro.
Yo, que por aquel entonces estaba enamorada de ese hombre, solo pude seguir el ritmo que él marcaba.
Se despojó de su camisa. Con rápidos movimientos, me arrebató la mía, que cayó junto a su prenda, sobre la arena. Nuestros torsos desnudos se unieron cuando él me abrazó. Luego, sujetó mi rostro. Mis manos frías se apoyaron sobre sus costados besados por el sol.
Había deseado aquello tantas veces en silencio que temía que tan solo fuese producto de mi imaginación, el delirio de una chica borracha en la playa. Pero las sensaciones que provocaba en mí, aquellas que recorrían todo mi cuerpo, me sugerían lo contrario.
Me sobraba el resto de la ropa.
De pronto, escuché unos pasos a mis espaldas. Luego, una voz.
—Al señor no le va a gustar esto.
30-05-2024, 12:08 PM
(Última modificación: 30-05-2024, 12:10 PM por Maeve Knox.)
Aquella voz repentina hizo añicos el momento.
Sobresaltada, me separé de Jasper, de su cuerpo, de sus labios. Me giré hacia el lugar de procedencia de las abruptas palabras, encontrándome con un grupo de personas que nos observaban con una mezcla de desprecio y lascivia. Y de furia, en el caso de Lynette. ¿Lynette? ¿Qué estaba haciendo ella allí?
—Al señor no le hará ninguna gracia saber que la probaste primero —dijo el que parecía llevar la voz cantante en aquel improvisado espectáculo.
—Eres un cerdo, Jasper —bufó Lynette. Pero no lo miraba a él, sino a mí, con unos ojos con los que ya me habría asesinado si hubiese dispuesto de tal poder.
—Qué dramáticos sois —respondió el capitán O'Rourke poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué está pasando? —pregunté, confundida.
Solo entonces me di cuenta de que no vestía nada de cintura para arriba, lo cual era el motivo mayor por el que casi todos de los recién llegados me miraban como si quisieran devorarme. Por aquel entonces, yo era bastante más pudorosa con mi cuerpo, así que, con un fuerte ardor en las mejillas, crucé los brazos sobre mi pecho para tapar lo máximo posible.
—Pobre estúpida —gruñó Lynette.
¿Qué me estaba perdiendo? Fruncí el ceño sin dejar de mirar al rubio.
—Ah, se suponía que esto no debía ser así —se lamentó Jasper, mirando con resentimiento al grupo—. Debíais llegar a la hora propuesta, no antes. Me habéis jodido el polvo.
¿Cómo?
—El señor cambió de idea y se le antojó tenerla antes, pero no contábamos con que estarías retozando con ella. Espero que esto no suponga un problema para nosotros.
—Si es por eso, no te preocupes. Gracias a vuestro don de la inoportunidad, ni siquiera se la he llegado a meter.
Fue como si mi cabeza hubiese comenzado a dar vueltas. Pronto me sentí mareada. No comprendía lo que estaba sucediendo, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que me rodeaba una mentira, de que había sido engañada.
—Oh, vamos, no me mires así —me reprochó Jasper, colocándose la tela que colgaba en su cintura—. No es nada personal, pero este tipo de ofertas solo ocurren una vez en la vida, ¿no? ¿Y quién soy yo para rechazar una ingente cantidad de berries? Te recuerdo que somos piratas.
Fue el momento exacto en el que mi corazón se partió en dos mientras continuaba latiendo con violencia. Mis ojos se humedecieron.
—No me digas que estás enamorada —soltó Lynette. Se echó a reír. Cada carcajada rezumaba un pegajoso desprecio.
Jasper O'Rourke rio con ella.
—Eres muy buena en lo tuyo, Maeve, pero nada en comparación con lo que esta gente nos ha ofrecido. Podríamos comprar un nuevo barco si quisiéramos. O dos —continuó el capitán—. No sabía que tenías esta clase de contactos.
Cuando miré al grupo, no reconocí a ninguno. ¿De qué cojones estaba hablando? Las lágrimas ya rodaban por mis mejillas. No era tristeza, era dolor y vergüenza por la traición.
—¿No te acuerdas? —dijo el hombre barrigón que hablaba en representación del resto desde el principio—. El señor Julius sí se acuerda de ti. Se acuerda tanto que hará todo lo que esté en sus manos por tenerte en su poder.
Julius.
El estómago me dio un vuelco, trayéndome una fuerte oleada de náuseas.
En el circo, cuando el Patrón decidió comenzar a vender mi cuerpo sin mi consentimiento, Julius era uno de los más asiduos a mí. Aunque no era el único que hacía al Patrón enriquecerse a mi costa, sí formaba parte de los habituales. Quizá el que más. Llegué a pensar que estaba obsesionado conmigo, haciéndome participar en sus más absolutas perversiones. Creía que, al haber dejado atrás todo ese mundo, me habría librado para siempre de él. Pero, de algún modo, me había encontrado y ahora me estaba reclamando, sabiendo que ya no pertenecía al Patrón. Gente como él está convencida de que el dinero puede comprarlo todo y estaba a punto de demostrarlo.
Pensar en la posibilidad de caer en las garras de Julius me hizo estremecer de asco y miedo, incluso cuando yo ya no era aquella niña, así que quise comenzar a correr. Sin embargo, Jasper fue más ágil y me agarró por los brazos, sujetándolos a mi espalda.
—No me vas a joder el negocio, bonita —me susurró al oído. Aquel gesto antes me habría excitado, pero ahora solo sentía una profunda repulsión.
—¡Suéltame, hijo de puta! —Mi grito hizo eco en aquel entorno natural.
Noté las miradas de todos los presentes ante mi cuerpo semidesnudo y expuesto. El portavoz de aquellos desgraciados comenzó a acercarse a mí con unos grilletes en las manos.
—Pórtate bien y todo será más fácil para ti.
Y una mierda. No volvería a ser el juguete de nadie.
Entonces, recordé que ahora disponía de una ventaja que, debido a mi personalidad recelosa, nadie conocía.
Jasper se quedó sin superficie de sujeción cuando mi tamaño disminuyó y mi cuerpo se transformó en el de un buitre. Pude zafarme en el momento.
—¿Qué cojones...? —exclamó este, retrocediendo un paso.
Aproveché la sorpresa general para batir las alas y emprender el vuelo, alejándome de allí con gran velocidad, dejando a mis espaldas un festival de gritos e insultos. Y, por el aire, los restos de humedad de mis ojos.
JULIUS
06-06-2024, 07:18 PM
Fue complicado volar en mi estado de embriaguez, aunque no iba tan mal como para no controlar el rumbo, que era lo más lejos posible de allí. No conocía la isla, así que tuve que improvisar. En mi interior, un revoltijo de intensas emociones parecían pesarme como un cargamento de losas: rabia, traición, vergüenza, desengaño, ira. Todos ellos convergían en el mismo punto dentro del pecho, el lugar reservado para el corazón. El mío, cada vez más oscuro.
Grité. De mi garganta de buitre tan solo salió un fuerte graznido.
Volé hasta que me topé con el primer pueblo, desconociendo su nombre. Tampoco me importaba. Me posé en el punto más alto de la torre del campanario, porque todo pueblo que se precie posee un templo dedicado a su dios, sea este cual sea. Previsible en el ser humano. Una suave brisa mecía mis plumas, como queriendo apaciguar el infierno que se había desatado en mi interior.
¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude no haberlo previsto?
Pero ¿cómo habría podido hacerlo?
Durante meses no me había llegado indicio alguno de que podía ocurrir algo así. Lynette no me soportaba, y aunque al principio me incomodaba, me importaba una mierda la aprobación de esa hija de puta. Pero, al menos, la tipa iba de frente. Jasper había resultado ser un hijo de puta aún mayor y ni siquiera lo había visto venir. ¿Venderme al pedazo de cabrón que me había utilizado durante meses para llevar a cabo sus fantasías más oscuras? Había escapado del circo del Patrón a los catorce años. Nadie, nunca, jamás, debía conocer la perversión humana en edades tan tempranas. Los niños y niñas son lo único puro que se debe proteger, antes de que la sociedad los corrompa y los convierta en un pedazo de mierda más en la rueda del sistema.
¿Y si lo hubieran conseguido? ¿Y si hubiesen logrado llevarme con Julius? No habría regresado el averno, eso seguro. Los habría matado a todos, o muerto yo en el intento. Mejor muerta que encadenada ante los caprichos de aquel puto enfermo.
Muerte.
Ese término era lo único que aparecía en mi mente una y otra vez, en un bucle obsesivo que, en aquel campanario, me asediaba. Muerte a ese hijo de la grandísima puta del que estaba enamorada y que había intentado cambiarme por berries a un hijo de puta aún mayor. Lo bueno de todas aquellas emociones ígneas que me abrasaban era que habían pulverizado todo rastro de estúpido enamoramiento, haciendo que viese a aquel rubio como lo que verdaderamente era: un puto desgraciado.
Ígneo. Abrasar. Pulverizar.
Quizá la mejor forma de cobrarme mi venganza fuese haciéndole sentir por fuera lo que yo experimentaba por dentro.
Aguardé un par de horas, inmóvil como una estatua, dejando que todo el dolor se extendiese por cada célula de mi cuerpo, en mi opinión merecido por haber sido tan idiota de confiar en alguien. Por eso y porque conocía las rutinas de playa: hogueras, cena, alcohol, regresar a dormir al barco. Siempre. Se reprendía a quien se quedaba dormido en la arena, pues el barco era lo más importante y todos y cada uno de nosotros debía protegerlo con su vida. Ellos, no nosotros. Yo ya no formaba parte de esa gente.
Ahora que conocían mi secreto, debía llevar a cabo mi reciente plan esa misma noche. Ya era raro encontrar ejemplares de buitre en la mayoría de las islas, y el hecho de que fuese albino apuntaba en mi dirección como una flecha luminosa. Querrían darme caza seguro. Pues bien, no les regalaría tal satisfacción.
Con la mente más despejada por el transcurso de las horas, emprendí el vuelo de nuevo, regresando al lugar que había supuesto un antes y un después aquella noche. Volaba más tranquila que en la huida, recuperando una sangre fría que me acompañaría con más frecuencia desde ese momento en adelante. Al llegar a la playa, tal y como esperaba, se encontraba vacía —salvo por los restos de comida y de botellas— y con los rescoldos de las hogueras. Bien, me servía. Sin perder mi forma animal, me acerqué a una de las maderas y, con la pata rosada, la azucé para avivar el fuego y prender de nuevo el palo. Me llevó unos cuantos minutos, durante los cuales estuve alerta por si aparecía algún indeseable. La suerte, sin embargo, me sonrió, y pronto estuve sujetando una pequeña antorcha.
Si alguien veía la llama, me importaba un mierda, pues sería cuestión de segundos que esta se propagase por el barco. El fuego y la madera son grandes amantes.
Me elevé en el aire, me aproximé al navío.
Lo primero que prendí fue la bandera. Luego, dejé caer la antorcha sobre la cubierta. Borrachos como estaban, los gritos tardaron más de la cuenta en aparecer, cuando ya era demasiado tarde como para sofocar el incendio con éxito. Demasiado tarde para aquellos en quienes el alcohol había hecho más estragos: es decir, la mayoría. Pronto, comenzó a oler a carne quemada y, volando a una altura suficiente como para que no me alcanzasen las llamas, me deleité con el aroma. Casi lo sentí por mis antiguos compañeros, aquellos que sí me habían tratado bien. Pero, en mi sonriente locura, pensé que una manzana podrida podría envenenar todo el cesto, así que fui drástica.
Sentí una satisfacción orgásmica cuando, desde las alturas, vi cómo Lynette comenzaba a arder mientras intentaba extinguir las llamas de los ropajes de Jasper. Pronto, sus cuerpos se fundieron con el resto del fuego. Si hubo alguien que se salvó saltando al agua, me causó absoluta indiferencia. Quizá nunca se enterasen de qué había sucedido en realidad, pero si lo hiciesen, eso les advertiría de que a mí no se me jode.
No pensé en el grupo de lacayos de Julius. Si alguna vez me los volvía a encontrar, actuaría en consecuencia, dándoles un destino de desgracia similar. Es fácil que alguien pueda pensar que el castigo infligido fue desproporcionado al crimen cometido. No por Jasper, sino por todos los demás que perecieron en aquel barco. Tal vez. Supongo que querrán rendir cuentas conmigo cuando nos veamos en el infierno. Hasta entonces, que ardan.
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