[Fic] [Entrenamiento] Luciérnagas quemándose
#1
No podía pensar en otra cosa que no fuera el mañana.
La ansiedad y el nudo en el cuello que sentía por la incapacidad de predecir el mañana y poder saber qué camino tomar de los múltiples que me ofrecía el destino, era insostenible en todas las ocasiones. Y es que todo hasta el momento parecía fruto del destino: Situaciones que se habían dado indiscutiblemente ajenas a mi control o decisión. Pasos continuados que no habían sido planificados, en contraparte, con todos aquellos que si lo habían sido y no habían sucedido ni habían sido puestos a término o con un final concluso. No. Todo era fruto de la improvisación, de tirar hacia delante, de avanzar y de sentir que sólo se podía seguir recorriendo un sendero confuso y que la incertidumbre iba a ser mi compañera de cama todos y cada uno de los días, quizá hasta que encontrase algún sitio en el que detenerme, o quizá cuando ya no pudiera moverme más por mi propia voluntad. Pero ¿ese día llegaría? ¿cuando tendría suficiente? ¿cuando sería capaz de darme por satisfecho?. No era capaz de encontrar una respuesta, y esta se acumulaba en el cajón de interrogantes abiertos que ya empezaba a desbordar... había demasiadas dudas. Había demasiado poco valor como para atreverse a responderlas todas. Sabía que siempre había sido un completo cobarde, y esa cobardía alimentaba mi inacción, la cual en consecuencia sólo alimentaba mi ansiedad, y esta a su vez, mi insomnio, el cual desembocaba en mi malestar. Ese malestar me arrebataba mi autoestima y mi confianza en mi mismo, y en tener el valor de tomar decisiones, y esa ausencia de valor soplaba con violencia para elongar las llamas que alimentaban mi cobardía, como un fuelle redoblando la potencia de una hoguera sin mucho esfuerzo. Y esto era un bucle eterno perfecto.
Había sobrellevado mi vida siempre conformándome con lo que se me daba. Mucho, en mi niñez y adolescencia, y tan poco tras los muros seguros de mi hogar, ya en mi adultez. Siempre me limitaba sólo a aguantar, a dejar que el tiempo hiciera lo que tenía que hacer. A estar ahí, parado, de pie, ante lo que tuviera que venir. Se me daba bien aguantar. Pero no se me daba bien tomar decisiones y con ello, avanzar. Quizá por miedo a lo desconocido. Quizá por pavor a afrontar una realidad tan difusa que costaba ubicarse. Quizá por terror a equivocarme y tener que reconocer que estaba cometiendo un error y que era todo únicamente mi responsabilidad. Quizá fuera todo aquello. Lo único cierto es que - y hasta había hecho de aquello mi forma de combatir - yo siempre estaba estático. Si la situación no era la adecuada, no era la mejor o la más favorable, mi filosofía era "aguantar" hasta que lo fuera. No hacía por abandonar un barco que se hundía, si no que esperaba a ver cuántas yardas podía recorrer antes de terminar de hundirse por completo, y cuando el agua me llegase por la cintura, usaría la madera bajo mis pies para impulsarme y nadar. Supongo que sólo sería capaz de moverme cuando el barco se hubiera hundido por completo. Pero obviamente eso no era suficiente para avanzar ni progresar. Lo único que hacía era conformarme, quedarme con "el mal conocido". Engañarme a mi mismo diciéndome que lo que viniera después podría ser mejor si... pero también podría ser peor, y hasta donde había llegado, era suficiente, pues lo que tenía lo tenía asegurado y aunque lloviese y el techo tuviera agujeros del tamaño de un cazo, siempre seguía siendo mejor que salir fuera en la tormenta y ponerme a arreglar las tejas. Era ridículo. Un cobarde sin la capacidad de asumir sus propios deseos o guiarse por sus propias intuiciones. Un niño asustado.

Suspiré y abrí los ojos. Los tibios rayos del sol del amanecer estaban entrando inquisidores y molestos en la habitación, indeseados visitantes curiosos que se filtraban progresivamente a través de las ventanas y se esparcían por toda la superficie del habitáculo sin necesidad de invitación ni vergüenza por ello. Parecían pequeñas rayas dibujadas por algún niño travieso que estaba explotando su creatividad inocente y desconocedor de la reprimenda por ello, pero demasiado rectas como para ser fruto de una mano inexperta. Llevé ambas manos a mi cara y tapé mi vista de tal espectáculo lumínico, pues aquellos amaneceres siempre me recordaban el tacto cálido de unas manos atentas y comprensivas que antaño perdí por mi propia cobardía. Eran virtud de quien te cuida y se esfuerza por dar lo mejor de si para conseguir lo mejor para ti. Esa exclusividad que sólo anida en las personas con un corazón tan puro como el aire del mar abierto. Como el agua de los picos de las montañas. Como el verdor de la profundidad del bosque. Ese amor incombustible que, finalmente y sin saber cómo, se acaba apagando. Como la hoguera que desatiendes y se consume por el paso del tiempo, o la hoguera que sobrealimentas y ahogas en la propia madera. Era capaz de oír su voz, era capaz de recordar sus manos haciendo contacto con mi piel, y si me concentraba, era capaz de recordar su olor. Aun seguía teniendo imágenes asaltando mi cabeza constantemente, rebotando entre las paredes de mi cráneo y tratando de perforar los límites de aquella prisión, sin importar la presión que hubieran de derribar. Eran flashes incesantes e incansables, viejos recuerdos de otro yo que se resistía a quedarse en su nicho. Eran recuerdos del final de un niño tonto, y el nacimiento de un hombre triste. Las consecuencias de mi propia debilidad.
Separé las manos de mi rostro y observé la luz de nuevo, sonriendo levemente de medio lado y emitiendo un bufido corto, breve y amable, mientras negaba con la cabeza.
Nunca sabría si había tomado la decisión correcta.

Apoyé mis manos en mis rodillas y me levanté. Había pasado la noche durmiendo a cabezadas sentado en una silla en el salón de aquella casa, mirando hacia la puerta y alerta en todo momento pendiente de una posible invasión o asalto en los momentos de la debilidad de la noche. Desde el momento en el que en la isla Toko, encontré a Viktor y Chloe, y ya no hacía sólo este viaje, había vuelto a sentir la pesada losa de viajar con otros. De cierta manera que lo fuera de sus vidas no habría de importarme, a fin de cuentas mi filosofía sobre la supervivencia se basaba en protegerse a uno mismo, y ya está. Pero sabía que tener aliados poderosos era un imperativo en el camino que había adoptado, y no podría conseguir mis metas sin otros que luchasen por mi cuando yo no pudiera, así que, me gustase más o me gustase menos, tendría que esforzarme por mantenerlos con vida. Y era esa la losa que pesaba. Pelear y morir era el curso natural de todos los seres vivos. Pelear para que otros no murieran, era un sacrificio superior, y más sabiendo que en el caso de que perdiera, probablemente sus vidas siguieran el mismo destino que la mía. Pero pensar en ello sólo era más grano para el molino: Más preocupaciones para una mente ya atormentada. Terminé de ponerme en pie y sacudí un poco mi ropa, como quien termina de trabajar con la tierra, y estiré los brazos y el cuello para desentumecer mi cuerpo. Caminé hasta la ventana para ver que el guardián alado seguía ahí, inmóvil en la puerta del edificio que ocupábamos, y que no se había movido en toda la noche. De pie y estoico. Dudaba mucho que fuera un ser humano normal. Negué con la cabeza y fui hacia una de las puertas, abriéndola despacio y viendo a Viktor dormir. Respiraba, con eso ya era suficiente. Cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido y caminé hacia la siguiente, en la que descansaba Chloe, algo más agitada que el peliblanco. Ambos vivos, noche superada. Sería cuestión de tiempo que despertasen y en el día siguiente habríamos de marchar tras terminar de hacerme con el deseo del Emperador.

Por el momento el objetivo sería tratar de encontrar información por mi cuenta sobre aquella extraña energía de la que Viktor me había hablado. El Paqui o algo así. La fuerza capaz de hacer desmayarse a otros y de resistir a quienes lo intentaban. Esas capacidades diferenciales y extraordinarias que mi compañero espadachín aseguraba que poseía y que me acabarían dando un poder sobrenatural muy superior a la media establecida y esperable de la población. Aun así, el vasto e inmenso vergel del mundo escondía muchas sorpresas, y aunque era evidente que no podía ser el único, si que podía interpretar que aquellos con tal poder seríamos pocos en comparación con la inmensa cantidad de aquellos que no pudieran disfrutar de las mieles del dominio. Así pude verlo en las propias pruebas del Rey Mono, donde hubo unos pocos además de mi que se mantuvieron de pie y conscientes, y a proporción de todos los que habían sido privados de la lucidez de la conciencia, la diferencia era abrumadora. Aun no podía asegurar si este poder era innato, si se conseguía con las circunstancias adecuadas y unas vivencias concretas, o si era algo latente en cada uno que habría de surgir en un momento u otro. Suponía que era imposible de confirmar ahora, pero iba a aferrarme a lo único que tenía claro. Yo lo tenía, y ellos no. Yo era mejor. Ahora sólo necesitaba aprender a controlarlo. Y tras haber comprobado que mis dos acompañantes yacían - por separado - y con tranquilidad aparente, era el momento de caminar hasta la butaca que me había servido de incómoda cama, agarrar mi chaqueta y vestirla con un rápido movimiento, abotonarla y prepararme para anudar los cordones de mis botas, ultimando los preparativos y las pesquisas necesarias para terminar de estar listo para salir, finalizando por colocar mi yelmo y mi arma en sus respectivos lugares, antes de abrir la puerta rumbo al exterior.
En cuanto lo hice, el ángel custodio se giró y dio un paso atrás, mirándome fijamente a través de su casco. La verdad es que fue una situación extraña y seguro que divertida para quien la viera desde fuera. Ambos nos mirábamos el uno al otro con nuestras respectivas protecciones craneales que nos ocultaban la vista de los demás. Parecíamos dos idiotas.
De él, poco había que decir que no fuese ya evidente, pues lo que permitía ver de su rostro solo era una definida barbilla y unos finos labios los cuales no estaban tapados por su casco negro, el cual dejaba ver también su suave y sedosa melena anaranjada. Odiaba aquellos cabellos largos y perfectos. Tenía además unos marcados músculos tanto en los brazos como en el torso, teniendo este último una esfera metálica y plateada en cada pecho y otra en el abdomen lateral derecho. No podría garantizar si era el mismo guardia que nos había recibido al bajar del acantilado - que sí que lo era - porque los cinco eran jodidamente idénticos, pero parecía estar cómodo desempeñando sus funciones, o al menos no se quejaba. De su espalda le brotaban dos imponentes y hermosas alas blancas completando así su presencia, en teoría, angelical. Su ropa era ceñida y extraña, de color blanco níveo y sobre ella portaba un cinturón negro con una luna dorada del que caía una tela rojiza. Llevaba adornos dorados y baratijas por diferentes partes de su cuerpo, que me hacía preguntarme cuanto sería el precio de aquel brillante y precioso metal en un lugar como este, que hasta las casas estaban compuestas de este, y con ese dato en mente ¿cómo de inteligente sería vestirse usando adornos hechos con ello? Es como si en el mar azul - como lo llamaban ellos - la gente se hiciera pulseras o adornos de yeso. Y si bien sus cachibaches parecían tener apariencia ceremonial, y completaban su apariencia, lo que más me gustaba y me llamaba la atención era su cetro dorado de cinco metros. Ese arma tenía que ser interesante.

— ¿Tengo hora de llegada a casa? — le pregunté con sorna, haciendo un gesto con la cabeza hacia un lado — Voy a comprar pan y mantequilla para hacerte unas tostadas — y chasqueé la lengua — Aparta tu puto culo emplumado de en medio — añadí, disponiéndome a avanzar y viendo que el ángel no movía ni un milímetro su cuerpo, paré en seco y lo miré de abajo a arriba — Me apetece moverme y estirar un poco las piernas fuera de esa choza chapada en oro y que huele igual que un lodazal lleno de piaras. Vuestra misión era proteger nuestra residencia ¿no? — pregunté con certeza — Aun me queda un día de permiso, así que quiero aprovechar unas horas de turismo — sentencié claramente, dejando evidente a mi custodio que el permiso de su majestad el poderoso y magnífico emperador del cielo, aun no había expirado y que era por tanto merecedor de disponer de la ciudad dorada como yo quisiera.
El guardián alado pareció dudar ligeramente, pero finalmente terminó por dejarme salir moviendo ligeramente su cuerpo de forma lateral — Qué considerado, Mojinco — dije, creyendo que se llamaba así, o eso era lo que me sonaba, y comencé a caminar por aquella calle sencilla de la zona común de la ciudad - si es que las construcciones aúreas se podían considerar simples o comunes - en dirección hacia el palacio, imponente y majestuoso alzándose en el final de todas aquellas calles, tanto la que ocupaba como las paralelas y adyacentes, en una clara ejemplificación de poder y centralismo, dejando evidente la posición del gobernante para con las de sus súbditos: Todos los caminos que recorrían estaban a la sombra de su poder, y todos ellos llevaban hasta las puertas de su casa. Todos eran hormigas obreras funcionando en una sociedad que se retroalimentaba y se solventaba a sí misma. Se hacía a si misma. Pero estar aislados del mundo exterior y por tanto, de sus problemas pero también de sus beneficios traía muchos problemas. Esa panda de ángeles y el Emperador podían mantener la paz y el orden en este lugar, pero ¿podrían hacerlo también ante un ataque exterior? ¿serían suficientes y sobradamente capaces de frenar un grupo como el nuestro, el que había ascendido a la vez a este evento, todo organizado y preparado con intenciones hostiles para estas tierras? Literalmente tener una ciudad de oro no era la más sensata de las ideas para un gobernante que quiere pasar desapercibido, y aunque era complicado llegar hasta aquí arriba, que él mismo fuera quien abría la posibilidad de que otros entrasen en su casa, era o demasiado obstinado o demasiado confiado. Sin dudas ser Shichibukai tendría sus ventajas, y era obvio que aquel macaco habría de ser poderoso - a la vista estaba - pero el poder siempre se puede doblegar con números. Y los números pueden crecer con dinero. Cualquier empresario mínimamente inteligente podría organizar una partida con hombres y mujeres poderosos capaces de defenderse y estar organizados como para ser un problema, y la paga podría ser el propio pillaje y el saqueo de dicho lugar. Era un negocio bastante redondo: Conseguías un ejército promovido por el "serás tan rico como oro puedas cargar cuando terminemos", y todos los que muriesen en el proceso sólo dejarían más para los demás. Si contabas con un grupo concreto de hombres propios y personales, era tan fácil como dejar que todos los allegados avanzasen y sufrieran bajas, y llegados al crítico momento, ya con la victoria conseguida, podrías eliminarlos con tu propio ejército para poder asegurarles una fidelidad mayor al recibir una mejor paga. Todo quedaba en casa. Limpiabas unas islas aisladas y sin seguridad o afiliación, acababas con los entrometidos que te echaban una mano presos de su ambición y su estupidez, enaltecías a tus hombres y terminabas por hacerte con todo el botín. Tropas contentas, bajas al mínimo, beneficios al máximo. Chasqueé la lengua otra vez. Si fuera posible volver a este lugar dentro de un año o dos, iba a llevarme hasta la última piedra de cada casa, pero para ello necesitaba una flota entera de barcos. Y eso era un trabajo costoso, largo y demasiado dedicado como para desviarme de mi propio objetivo. Obviamente si lo lograba sería un gran aliciente para el negocio, pero habría de lidiar con otros problemas: qué hacer con todo ese puto oro. Para empezar tendría que poder guardarlo en un sitio seguro, y para ello habría de tener reclamado para mi algún territorio como propio. Para continuar tendría que tener el poder militar para poder defenderlo, y eso significaría tener tanto poder en tropas comunes como para poder dejar cubierta la base con una buena cantidad de efectivos y aun así poder llevarme otra tanda considerable a la incursión. Era mucho dinero. Un flujo de capital que ahora mismo no estaba seguro de poder conseguir a corto plazo. Claro que la forma más rápida de hacerlo era cobrar un par de cabezas, pero los piratas se estaban empezando a volver inteligentes y aquellos con un valor considerable por sus vidas se estaban empezando a aliar y a juntar con otros tantos iguales, para incrementar sus posibilidades de supervivencia. Y esto hacía las cosas más complicadas para los cazadores, que siempre éramos pocos y desde luego no éramos igual de funcionales que los demás grupos. Viktor podía valerse por si mismo, pero Chloe era un grano en el culo. Ambos no podíamos hacernos frente a una tripulación de cinco o seis imbéciles sin tener que asumir daños y peligros, y encima estar cuidando de doña tetazas gigantes. Negué con la cabeza y metí las manos en los bolsillos mientras continuaba caminando. Definitivamente era un plan complicado de elaborar pero no imposible. Imposible sería si estuviera sólo, así que tenía que agradecer lo que tenía, y debía encontrar la forma de hacer más poderosa a la secretaria ahora libre de deudas. Problema del Emerec de mañana.

El gran palacio frente a mi se mostraba imponente e inalterable al paso del tiempo, pues la construcción presumiblemente sería antigua... aunque era sólo una suposición personal. El edificio que ocupaba, a ojo de buen cubero, cien metros de lado a lado, aproximadamente. Asomándome por el lateral por el que venía caminando, hacia el fondo, calculaba que más o menos podía cubrir más de cincuenta metros, y si miraba hacia arriba podía apreciar con relativo margen de acierto que se alzaba hacia el cielo por muchos, muchos más metros. Era difícil de calcular desde mi posición dadas las dimensiones y la perspectiva del mismo, pero estaría cerca del medio kilómetro, aproximadamente. Decena arriba decena abajo. Realmente era majestuoso, y no podía dejar de recalcar que estaba completamente hecho de oro - y suponía que en el interior, las paredes habrían de ser del mismo materia - por lo que intentar hacer los cálculos de cuántos kilos de oro habría ahí invertidos, sólo en el palacio, y cuánto dinero se podría sacar del mismo. Daba igual que el valor del oro fuera variable... tal cantidad era una fortuna inmensa. Y ahí estaba, cogiendo polvo y brillando con más intensidad que le resto de las casas doradas del pueblo. Un desperdicio si me preguntaban... pero una fortaleza bien protegida y estructurada, pues aparte de la puerta principal de doble hoja de varias decenas de metros de alto por las que se accedían, y que indicaban el punto de entrada en el mismo por medio de unas escaleras empinadas que dificultarían mucho un ataque de quien estuviera ascendiendo por ellas, un poco antes de la cumbre del mismo, brotaba un balcón, que obviamente también era de oro.
— Y yo cobrando préstamos — dije al aire sin pensar mucho en quien me escuchaba o no, mirando hacia arriba con ambas manos en los bolsillos y reclinando un poco hacia atrás la espalda — Coño, tiene que ser imposible no llevarse un par de puñados de todo esto, si no se van a dar ni cuenta — musité, renegando y ligeramente malhumorado. Me jodía mucho ver todo aquel oro que literalmente podía tocar, oler o chupar incluso, y no poder llevarme absolutamente nada. Esto tenía que solucionarlo de alguna manera. Pero no ahora. No con la atención de los guardias del Emperador puesta en la residencia que nos habían prestado, y desde luego no con el poco tiempo que tenía para deambular por aquí antes de tener que marcharnos. Y obviamente tratar de hacer cualquier acto que pudiese ser considerado ilícito o que atentase ligeramente contra las normas sociales o las leyes de este sitio, iba automáticamente a privarme de mis privilegios como ganador del torneo y seguro que me quedaba sin el trofeo prometido que aun habría de ir a buscar. Todo esto reducía mis posibilidades a sólo una: Observar, seleccionar, esperar y actuar. Observar por la ciudad qué fragmento de oro era más fácilmente sustraer, seleccionar el mejor de entre todos ellos - el más rápido de robar, el más fácil de sacar, o el más sencillo de portar - y tenerlo ubicado. Esperar a que la entrega de premios se sucediera y tras esta, al abandonar el palacio, dirigirme directamente a por el objetivo y actuar. Habría que salir a toda prisa, pero se podría conseguir. Si tan sólo abandonaba el lugar donde nos dieran el premio el primero y dejase al resto ahí, ocupados con sus galanterías y parafernalias, tendría un margen de tiempo valioso.

Negué con la cabeza de nuevo y continué caminando. Era un tema que me preocupaba pero desde luego no para solucionarlo ahora. Lo principal era conseguir más sobre el Paqui que decía Viktor, y suponía que siendo algo entrenable y marcial, cualquier cuartel, apartado militar o dojo del lugar habría de ser la mejor opción para empezar a preguntar. Lo cual sería algo perfecto si supiera donde encontrar cualquiera de esas cosas en una ciudad en la que no había estado en mi vida y de la que sólo había visto una casa y un arenal con gradas, así que dejando a un lado el palacio comencé a caminar hacia el interior de la ciudad, sorteando a sus gentes y prestando atención a sus edificaciones - todas de oro, obviamente - y de diferentes tamaños e inclinaciones. Un grupo de niños - que medían casi lo mismo que yo, pero sus caras delataban su inmadurez - con algunas pequeñas tiritas, curas, vendas y similares se encaminaban divertidos todos vistiendo un uniforme deportivo, con bastante prisa, hacia una dirección concreta, comentando algo sobre un sensei. Arqueé una ceja y supuse que habría dos opciones: o iban a una escuela, o iban a un dojo. Así que, con lo mismo, los seguí por si sonaba la flauta y tenía la oportunidad de encontrar alguna de las dos cosas. Si era una escuela suponía que podrían informarme, aunque la población lunarian no parecían muy entregados y hospitalarios conmigo - y no les juzgaba - como para ayudarme. Y si era un dojo, rezaba porque fuera el sitio en el que pudieran instruirme.
Los muchachos eran un total de cinco, tres chicas y dos chicos. De las tres muchachas, una tenía el pelo amarrado en dos coletas bajas, y la otra en una sola coleta alta. La tercera llevaba el pelo lo suficientemente corto como para no poder amarrarlo, y lo suficientemente largo como para que se mueve con el viento. De los dos muchachos, uno con larga melena suelta - más larga incluso que el cabello de sus compañeras - y elegante y otro más grande que los demás, tanto de ancho como de alto, con el cabello casi afeitado. Todos obviamente lunarian, y por consiguiente todos con piel morena, alas negras, una llama sobre sus hombros y su cabellera plateada. Una raza elegante pero por lo que había visto hasta ahora, nada práctica y marcial... a excepción del Emperador. Aunque nada me garantizaba que él no fuera quien es y tuviera el poder que tenía por su fruta del diablo. Era un macaco, si, pero podía ser un macaco especial ígneo del espacio, como la cabeza de cabra que viajaba con Joe y compañía. Una de esas frutas raras de cojones y complicadas de sobrellevar en un combate.
Los niños siguieron caminando a través de las calles, charlando de un compañero que parecía no estar presente y cuestionándose quién de todos ellos sería capaz de derrotarlo en un combate singular con el "modo resistencia". Ni idea de qué estaban hablando, y muchas palabras se me perdían en la distancia - pues tenía que mantener una diferencia de paso considerable para que no pareciera sospechoso que los estaba siguiendo - así que no podía enterarme bien de todo lo que decían. Pero parecían entusiasmados y, en contraparte de todo lo que yo pensaba, ninguno parecía preocupado o asustado por mi presencia allí. De hecho pensándolo bien y mirando en derredor, ninguno de los presentes parecía estar en una posición negativa hacia mi persona, si no más bien de recelo o rechazo. No era miedo, era algo más próximo al asco, quizá.

El paseo de los infantes nos llevó, a ellos y a mi, hasta un pequeño parque en el que otros tantos de aparentemente su edad - y ningún adulto - estaban en corros reunidos por el parque, divididos en varias decenas de ellos y centrados en sus propias pesquisas. Los muchachos que venía siguiendo se dispersaron por los grupos presentes, de por lo menos otros treinta niños más, y en los que casualmente otros tantos llevaban uniformes de otras formas. Todo parecía indicar que había venido por el camino contrario, y que mis niños guían salían de su clase para irse al parque a jugar con el resto de sus amigos. Así pues, mi gozo en un pozo. Chasqueé la lengua y me crucé de brazos, viendo a los niños a sus cosas y escuchando el barullo que los mismos estaban haciendo, sin poder escuchar realmente nada en realidad. Intenté acercarme a algún grupo de ellos y traté de hablarles, pero no parecían escucharme ni parecía que fuera a conseguir que me prestasen atención, pues era literalmente como si no estuviera. Era un fantasma para ellos, alguien que no estaba ahí. Intenté hablar con un grupo de seis muchachos, todos vestidos con ropas normales a excepción de uno, el grandote del pelo casi afeitado del grupo de los que vine siguiendo, y ninguno de ellos me prestó atención. Lo mismo pasó con el siguiente grupo, en el que estaba la chica del cabello más corto, y un par más de muchachos con el mismo uniforme. Ninguno me prestaba la más mínima atención ni mostraba el más mínimo interés en mi. Mi naturaleza me instaba a explotar y gritar para llamar su atención, pero algo dentro de mi me instaba a mantenerme sereno y tranquilo, pues una actitud hostil o con tildes beligerantes - por más ligeros o leves que estos fueran en su totalidad - me podría llevar a tener problemas mayores de los que estaría dispuesto a asumir. No por los niños, ni tan siquiera por los adultos, si no porque uno de estos pollos gigantes de fuego decidiera volar a llamar al señor chimpancé para presentar una queja por mi comportamiento, y todo se fuera a la mierda. Así que desistí de tratar de entablar conversación con la juventud y giré sobre mi mismo para marcharme de allí, intentando buscar más suerte en otro sitio.

— ¿Qué haces a nuestros niños? — preguntó una voz detrás de mi, haciendo que me girase sobre mis propios pies para mirar en su dirección. Era un anciano, encorvado y con las alas bastante encogidas también. Era un hombre mayor con una complexión robusta y una estatura media. Tenía una barba blanca y larga, así como una cabeza calva con un tatuaje en forma de dragón en la parte superior. Vestía una túnica aparentemente tradicional o de un corte relativamente elegante y llevaba consigo una tetera que vibraba en sus temblorosas manos. Su rostro reflejaba sabiduría y serenidad, pero sobretodo seguridad en si mismo. No tenía miedo ninguno en increparme o hablarme así. — Busco información — le respondí sin titubear — ¿Qué clase de información? — preguntó el anciano, levantando la vista — Tú eres el participante del torneo ¿no? — preguntó curioso de seguido, pero decidí ignorar su segunda pregunta por el bien de la conversación y tratando de aprovechar que era la primera persona que se había parado a preguntarme y que no había mostrado recelo en hablar conmigo. Quizá él fuera quien estaba buscando para que me diese los datos que me faltaban — Quiero saber donde está el lugar en el que se entrena aquí. Me han dicho que puedo comenzar a instruirme en el Paqui — le dije al anciano, quien arqueó una ceja y giró un poco la cabeza — ¿Qué es el Paqui? — me preguntó, y me hizo pensar que quizá no me había quedado con la información correctamente retenida en mi dura sesera al escuchar las palabras de Viktor. Negué con la cabeza — El Maqui — respondí, pero sólo conseguí que el anciano se mostrase aun más confuso. Guardó silencio y se rascó la barbilla, mirándome — El Maqui... — dijo, casi en un susurro — ¿Qué es el Maqui? ¿eres una especie de cocinero o algo asi? — me respondió - de nuevo - haciéndome una pregunta. Parecía no estar entendiendo nada de lo que le estaba diciendo y era realmente frustrante. Apreté los puños y el ceño y aclaré mi garganta con una breve tos — El Japi, anciano. La energía esa para sentir presencias y esas cosas — le respondí, tratando de matizar aun más en la descripción de mi objetivo para ver si conseguía arrojar algo de luz en el anciano — ¡Ah el haki! — y así fue — No vas a encontrar nada si no sabes ni pronunciar su nombre — me recriminó — Los niños no van a enseñarte Haki, joven. Dudo que nadie en la isla quiera tener que enseñarte lo más mínimo que pueda convertirte en alguien más peligroso y más fuerte... excepto una persona — y entonces atrapó por completo mi atención, haciendo que me inclinase hacia delante un poco y me agachase hasta estar más próximo a su altura — Se trata de Kaleith, el maestro del Dojo... pero no creo que le vayas a gustar mucho — me advirtió — ¿Donde está ese tal Karen? — le pregunté — Kaleith — me respondió corrigiéndome al momento, haciendo que unas venas se marcasen en mi sien — Ese, ¿donde lo encuentro? — le pregunté al anciano, quien con la mano que no sostenía la tetera señaló en la dirección por la que había venido — Doce casas norte, tres oeste, cuatro norte — me respondió al instante — Pero que Kaelith acepte enseñarte sólo dependerá de cuán ansioso esté por humillarte. No creo que él difiera mucho del pensamiento general hacia tí después de tu espectáculo en la competición... pero su espíritu de guerrero le llevan a aceptar desafíos, y su vocación por enseñar le impiden rechazar aprendices... usualmente — me advirtió el anciano — Aunque te garantizo que probablemente te vaya a poner la peor situación posible para tratar de amedrentarte y hacerte abandonar por ti mismo — finalizó por advertirme, y se giró moviendo un poco sus alas y perdiendo algunas plumas, mostrando ahora una tibia llama en la espalda — Lo mejor para ti sería marcharte de aquí y no darle la oportunidad a nadie de acorralarte con la guardia baja... y no volver. Tus actos perdurarán en la conciencia de este lugar — finalizó y se adentró por el parque a paso tranquilo y lento, mientras yo observaba su partida y desaparición progresiva entre los niños que allí jugaban.

— Hacia el norte y preguntar por un tal Maedrith, es fácil — dije girándome y empezando a caminar por aquellas calles. Las palabras de aquel anciano me hicieron reflexionar sobre la situación general de esta isla. Él había dejado bastante claro que todos los lugareños estaban bastante disconformes con mi actuación en los juegos de el Shichibukai, por no decir que tenían un rechazo generalizado hacia mí, pero ninguno tenía el valor ni la fuerza suficiente como para querer enfrentarme directamente para hacerme pagar por la afrenta que había sentido su pueblo. Tampoco les podía juzgar, si había derrotado al tal Morlingo con tanta facilidad, y él se suponía que era el heredero del rey de todo esto, o era un hijo fracaso - como yo - o realmente su linaje no tenía el poder suficiente como para poder compararse contra mí o con el mío propio. Con eso como premisa ¿como demonios podría cualquier ciudadano mundano de aquí intentar pensar siquiera en hacerme frente? El anciano lo había definido bien: nadie en toda la isla querría tener que enseñarme algo que pudiera convertirme en alguien más peligroso. Es o evidenciaba que temían mi poder actual y que sabían que no podrían hacer nada contra el mismo, aunque la cosa con el emperador fuera distinta. Aun así yo no era un hombre que infravalorase los escenarios o las probabilidades, y sabía que aunque ningún ciudadano de a pie pudiera suponerme ningún tipo de problema enfrentarme abiertamente contra el emperador y toda su guardia o corte celestial sería una completa locura, por más que contarse con Víktor a mi lado, y esto solo empeoraba al escuchar las palabras del anciano sumando a esta ecuación a una persona nueva dispuesta - o al menos lo suficientemente capaz - a oponerse a mí en caso de ser necesario. El tal Baeritz. Caminaba mientras las palabras del anciano rebotaban en mi cabeza, aquellas que decían que dependiendo de cuán ansioso estuviera aquel maestro por humillarme podría darse la oportunidad de recibir ese entrenamiento. Esto evidentemente sacaba a relucir la posibilidad de que fuera alguien verdaderamente fuerte, y habría de serlo si era un maestro que impartía una disciplina para entrar en comunión con estos poderes especiales y uso de dicha energía. Así pues lo que tenía que lograr era llamar su atención lo suficiente como para que aceptara entrenarme aunque fuera creyendo que iba a imponerme un castigo. Debía de soportar lo que fuera que tuvieran que ofrecerme en dicho entrenamiento, de manos de aquel supuestamente poderoso guerrero, para conseguir salir fortalecido de esta isla. Era evidente que tener el control de mi propia energía innata para paralizar y desmayar a los demás como el emperador, debía de ser ahora la prioridad en la escala del planteamiento de mi entrenamiento. Un poder así combinado con el propio poder de mi Akuma no mi podría hacerme ganar encuentros sin tener que mover mi cuerpo o desplazarme por el campo de batalla. Y lo mejor de todo es que no todo el mundo podía hacerlo, así que tenía que ser consecuente y esforzarme por lograrlo a como diera lugar.
El camino de vuelta por donde había venido fue tranquilo, como en la ida, pero con la marcada diferencia de tener menos miradas encima. Seguramente los ciudadanos y los lugareños prestaban menos atención a un hombre que caminaba en solitario por más que fuera un despiadado contendiente en las batallas del emperador, antes que a uno que caminaba siguiendo un grupo de chiquillos inocentes. La verdad es que no había sido mi idea más brillante, y aunque en primera instancia solo había servido para alejarme de mi destino, el Dojo, había acabado teniendo la fortuna de encontrarme con aquel anciano, o más bien de que aquel anciano 'metomentodo' hubiera optado por hablarme para increparme por mis actos y poner en cuestionamiento mi actitud y mis intenciones. Un clásico, si, pero nunca me había venido mejor.
Caminaba de nuevo con las manos en los bolsillos tratando de tener la cabeza alzada hacia el cielo para intentar aparentar un aire despreocupado y distraído, principalmente buscando conseguir que nadie se sintiese amenazado por mis movimientos o mi propia presencia, ya que mi apariencia realmente resultaría bastante reconocible, más allá de por ser solo un humano. Realmente llegados a este punto creo que pasaría más desapercibido si me quitase el casco y me cambiase la ropa, pero de perdidos al río. Y finalmente, tras seguir las indicaciones de mi inquisidor nuevo amigo, llegué a las puertas de un dojo. Un edificio grande, ancho, alto y antiguo. Principalmente construido en oro como todas las demás edificaciones, y con varios estandartes con escritura que desconocía. Sus puertas estaban abiertas, y dentro del mismo se escuchaba el sonido de las almas jóvenes fraguándose en el calor del entrenamiento. Un grupo indeterminado de personas, y ni que decir sobre su edad o condición. Mi sentido del oído era bastante bueno pero no era un ojo mágico que todo lo veía... de eso se encargaría el haki. Permanecí estático frente a la puerta de aquel recinto reflexionando sobre los pensamientos que actualmente invadían mi inquieta mente. En un intento por resultar menos amenazante había mentido al anciano hablándole sobre una de las habilidades que Víktor me había mencionado pero no la que yo estaba persiguiendo entrenar, y sabía que había una tercera de ellas, pero no estaba para nada seguro de si esta persona solo podría instruirme en la que yo le había preguntado al anciano o también dominaría el resto, y, sabiendo de la negativa y la hostilidad general, no llegaba a dilucidar una forma correcta de entrar en el recinto y solicitar una audiencia con el maestro. Si me pedían demostrar mi fuerza podría realizar destrozos que empeorarían las cosas. Si decidían atacarme entre todos habría de defenderme y la huida sería apresurada y muy poco fortuita. Si finalmente decidía aceptarme y entrenarme, nada me garantizaba que fuera a enseñarme la habilidad que estaba persiguiendo, y eso sería un problema. Por supuesto que no habría nada malo en tener habilidades nuevas y diferentes como el poder de la percepción que mencionó mi peliblanco amigo, o el poder del endurecimiento que también sacó a la palestra en su explicación, pero puestos a elegir quería centrar todos mis esfuerzos en convertirme en un auténtico y verdadero conquistador de tomo y lomo. Así pues, me dispuse a dar un paso dentro del recinto aun sin llegar al edificio principal y una voz resonó a mi siniestra.

— ¿Qué busca un regicida en mi casa? — fue su única pregunta, haciendo que me detuviera en seco — ¿Acaso sabes donde vas, donde estás entrando o lo que se hace aquí? — preguntó, mientras giraba mi rostro y podía verle. Era un lunarian promedio, de cuatro metros y medio de alto y de complexión atlética. Tenía, como todos los de su raza, la piel oscura y el cabello blanco, largo y suelto, cayéndole sobre los hombros. Ocultaba sus ojos tras unas gafas redondas y relativamente opacas, sujetas por una nariz afilada a juego con una barbilla perfilada, lo que le daba un aspecto relativamente distinguido y elegante, o de alguien estirado y fino, a lo cual también contribuían sus grandes alas negras a su espalda para finalizar con ese aura pseudo angelical de todos los aquí presentes. ¿Y cómo se imaginarían ellos a los ángeles?. El tipo calzaba unas botas negras, usaba unos guantes blancos y vestía ropa ancha y verde que recordaba un poco a la mía propia, muy de estilo militar. Lo miré de arriba a abajo para reseñar que llevaba consigo un estoque, y fumaba tabaco. Tabaco que por otra parte para mi era enorme, y es que estaba hecho en proporción, y con todo el sentido, pues un cigarrillo de la talla humano promedio seguramente para él fuera poco más o menos que una peladura corta de una patata.

— ¿Regicida? — le pregunté — Asesino de reyes — me contestó al momento, dando un paso hacia mi, haciendo que yo también me encarase a él — Hasta donde yo sé tenéis un emperador vivito y coleando... sobretodo coleando — le dije, divertido, recordando la cola del Shichibukai, provocando una reacción en el lunarian espadachín — El mismo que ha impedido que este título te sea efectivo — me dijo, haciendo alusión a que fue quien detuvo mi ataque para evitar que matase a Morlingo — El mismo. Y tú lo has dicho, lo evitó, así que no soy ningún regicida. Al menos no aquí — añadí, tratando de darme aires y seguirle un poco el juego, sacando las manos de mis bolsillos. Tal hecho hizo que mi ahora anfitrión se tomase la situación de una manera diferente y prestase atención a mis manos, para después suspirar pesadamente — Las intervenciones del hombre alteran el curso natural del destino. Sin ella, yo no sería un maestro en un dojo, y tú hoy serías un regicida — me respondió apartándose el pelo con la mano — Pero a diferencia de todos los acomodados Mords comunes yo puedo saber cuán peligrosa es o no es tu intención... y extrañamente y contratodo pronóstico, siento una ambición desmedida... pero no hay hostilidad — me dijo, y se colocó las gafas con el dedo índice y corazón dándose un ligero toque en el centro del puente de las mismas.
— Qué suerte la mía, ¿tu eres Maedrith? — le pregunté — Kaelith — me respondió, tranquilo — Eso, Baechi — repliqué — Kaleith — volvió a responderme, poniéndose de lado — Bueno, el maestro del dojo a fin de cuentas. Te estaba buscando. Quiero que me introduzcas en el uso de mi poder con el... poder espiritual que me hizo resistir al Emperador — fui directo y sin miramientos a tratar de explicar mis intenciones, y el lunarian sólo sonrió — ¿Haoshoku? Si fuera capaz de usarlo no estaría aquí instruyendo a tropa básica y chiquillos en actividades extraescolares... Además, sin dudar si puedes o no tener ese poder, no es algo que puedas entrenar en un sitio como este — dijo mientras caminaba hacia mi, parándose frente a mi — Quizá aplastarte la cabeza con mi Busoshoku fuera mérito suficiente como para que se me tuviera en la consideración oportuna, vistas las circunstancias — dijo amenazante — ¿O quizá no lo fuera porque sería una lucha en desventaja? — me preguntó, casi percibí que retóricamente, pero igual respondí — ¿En desventaja? — pregunté yo de vuelta mientras apretaba los puños, apunto de aceptar el desafío y ya sabiendo que acobardarme no iba a ser una opción, pero el lunarian pareció calmarse, alzando una de sus manos frente al pecho — No disfrutaría de un combate en disparidad de condiciones... — y se dio la vuelta — Además, otros viajeros del mar azul han venido antes de ti, y otros tantos vendrán después... todos con el mismo objetivo, y mi deber como maestro del dojo e instructor es enseñar, pero contigo habrá una excepción — paró y me miró — Sólo te enseñaré las bases del Busoshoku, y dejaré que el mundo decida qué hacer contigo. Si cuando termines el camino que estás recorriendo sigues con vida, vuelve aquí, y te demostraré cuánta diferencia hay realmente entre tu y yo. Y entonces, derrotando a una versión de ti mucho más fuerte que la actual, me ganaré el puesto que me corresponde — sentenció finalmente e hizo un gesto con la mano para que lo acompañase.
Lo miré de arriba a abajo y sin saber si podría o no podría fiarme de él, decidí seguirle y aceptar su reto, como no podía ser de otra manera.

Accedimos a una de las salas más apartadas del recinto del dojo y blandió su estoque envainado durante toda la lección. Me enseñó a controlar mi energía para redireccionarla a los puntos concretos de mi cuerpo en los que quería focalizar esa atención. Él lo llamaba a afectar al flujo espiritual del cuerpo para fortalecerlo.  Una sensación en la que habías de visualizar cómo toda la energía de tu cuerpo se desplazaba hasta el punto que querías utilizar, con la intención total de endurecerlo, bien fuera con fines ofensivos o con fines defensivos.
Me explicó que conforme fuera haciéndome más experto en el uso de dicha técnica marcial espiritual, podría llegar a alcanzar niveles superiores del dominio de la misma, al punto de llegar a ver ennegrecida la parte de mi cuerpo o utensilio que quería utilizar de una manera más efectiva en la ofensiva o la defensiva. Es decir actualmente simplemente potenciaría mi sentido del tacto, por decirlo de una forma escueta, sencilla y básica. Algo así como el poder que mencionaba Viktor para poder tocar a los usuarios de las frutas de tipo logia... de hecho estaba bastante seguro de que se trataba de eso, o quizá lo llegara a mencionar, pero no le di extrema importancia.
Finalmente resultó que su entrenamiento se iba a basar sobre el tipo de haki que no estaba buscando y que no le había mencionado al anciano, pero según las palabras del propio maestro, era el tipo de haki que necesitaba alguien como yo para ser más fuerte y más resistente. Añadió varias veces también que me faltaba técnica, elegancia y fineza en mis movimientos, pero no necesitaba nada de eso si portaba una barra de hierro gigante con púas. Es algo que aprendí cuando me fugué de mi hogar.

El entrenamiento duró varias horas, y era bastante básico. Sólo le golpeaba con su arma envainada diciéndome dónde iba a golpearme con unos segundos de antelación, para que yo me centrase en acumular mi energía en ese punto y pudiera sentir el ataque de una forma diferente al propio y mero contacto físico. Pero claro que notaba los golpes de la vaina de su estoque. Eran similares a los azotes que una vara de bambú podría propinar. Mi cuerpo estaba cansado y progresivamente iban surgiendo hematomas, pero según las palabras de aquel hombre, sentía en mi espíritu como iba poco a poco perfeccionando la capacidad de tocar lo inmaterial. De mejorar mi sentido del tacto. De hacerme capaz de golpear lo que hasta ahora no podría. De abrirme las puertas a entrenar un poder que me permitiría resistir cualquier tipo de ataque.
Para cuando terminó lo que él llamó entrenamiento básico, y yo definía como un ensañamiento a consciencia basado en el rencor, el sudor se resbalaba por mi cuerpo y escocía en las partes más amoratadas del mismo. Mi respiración jadeante mostraba que no estaba en la mejor condición cardiovascular posible, y el haberme privado del uso de mi fruta me había llevado a darme cuenta de cual lejos estaba en cuanto a capacidades físicas del resto de personas que podían compartir franja de tiempo en la historia conmigo. La conclusión era que debía hacerme mucho más fuerte.

Las palabras del maestro Kaelith dando por concluido el entrenamiento llevaron a un silencio sepulcral por parte de ambos en el que, con una leve inclinación de cabeza, abandoné el dojo y me encaminé de nuevo hacia el hogar que se nos había prestado, pensando que tenía la capacidad de sujetar el aire que me rodeaba. Creyendo que tenía el poder de sostener con mis manos las llamas de las espaldas de todos aquellos lunarians. Sintiendo que podría ser capaz de golpear con las manos desnudas al cretino de la tierra fundida de la prueba, y no me habría hecho daño. Sin duda era un poder apenas latente y que tendría que matizar y perfeccionar con el paso del tiempo y el esfuerzo, pero ya había dado el primer paso en dirección a maxificar mi principal baza. La ofensiva.

Ahora vislumbrando al ángel guardián de nuestra residencia de alquiler, sabía que lo que quedaba por hacer era difícil, aunque era poco y eso me alentaba a retomar mis fuerzas en pos de tratar de conseguir mis objetivos. Primero el premio, después el oro, más tarde el Grand Line. A la mañana siguiente esperaría por el llamado de quien fuera encargado de llevar estas gestiones del emperador, para acudir a recibir mi premio. Me despediría de salsa y trataría de intentar encontrar un punto ciego en el que llevarme un par de losas de oro de las paredes de las casas más limítrofes con el bosque, instando a Víktor a cargar un par de ellas más y a Chloe a llevar los trastos y los utiles que necesitásemos. Montar en el barco, si hubiera tiempo incapacitar los demás, y zarpar hacia lo que restara del Grand Line con la intención de vender este oro en la primera ciudad en la que encontrasemos un comprador, y utilizar todo ese dinero para empezar a establecer la base principal del gremio de Magna. El primer paso estaba dado, dos compañeros. El segundo paso iba a llegar pronto. El tercer paso sería una expansión tan brutal que me permitiría poner a prueba mis habilidades con el haki del armamento - así se llamaba - para poder ver terminado mi entrenamiento y perfeccionar la maestría del mismo. Y con eso sería imparable.
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[Imagen: mz3XEoL.png]
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#D86700
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#2
ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el primer nivel de Busoshoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)

Busoshoku Haki (Base)

Busoshoku Haki
Especial
2 huecos
Información

Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.


Código: busoshoku001
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