[Auto T3] [Presente Absoluto] You're my doll, rock'n'roll, feel the glamour in pink.
#1
Día 69 de Invierno, año 12.
Isla Momoiro, Reino de Kamabakka.


Descansaba apaciblemente sobre mi mullida cama en una habitación que había alquilado durante el tiempo que estuviéramos en aquella isla. Reposaba con mis brazos bajo mi cabeza, con la mirada fija en un techo que, al igual que el resto de la habitación, era de tonalidades rosadas y moradas. Un poco demasiado hortera para mi gusto, pero bien podría acostumbrarme. Además, la cama tenía forma de corazón, con las sabanas rojas y un reposacabezas de corazón también. Era una habitación amplia, de unos diez por diez metros cuadrados, con un buen sofá de tres plazas con cojines de la misma forma, un armario ropero de cuatro puertas, el cual me gustaría llevarme, pues era enorme, y un escritorio. Toda la madera era también rosada, lo cual era muy interesante a mi parecer.

En aquel lugar, había pasado ya varios días, alejada del resto de mi equipo que se hospedaban en otro lugar o en el barco, no estaba segura. Lo cierto es que había pasado unos días algo malos desde que habíamos llegado a la isla y me había tomado un tiempo para alejarme del resto. Primero, porque debía ir con cuidado de que no se me reconociera, lo cual no era demasiado complicado gracias a ocultar un poco mi cara con un pañuelo y unas gafas de sol. Segundo, porque Karl se había enfadado conmigo por hacerle una pequeña e inofensiva broma sobre su fruta. Me había dicho que no la tomase por tonta de muy malas maneras, lo cual me chocó mucho. Y no solo ella, Joe también parecía extraño y hasta Sephiroth se había comportado de forma poco habitual en él, al echarnos en cara que desconfiásemos de sus cuidados al barco. Y tercero, pero no por ello menos importante, mi corazón suspiraba por un pelirrojo al que hacía ya demasiado que no veía. Sentía pavor al pensar que de verdad nosotros hubiésemos desaparecido un año completo y él no. ¿Dónde estaría? ¿Se acordaría de mí entonces? ¿Habría olvidado lo que sucedió entre ambos por una ausencia tan prolongada? Con nada más sobre mi cuerpo que un ligero camisón de seda rosa, me tumbé sobre un lateral en la cama, aferrando una pequeña almohada contra mi pecho con fuerza. No había hablado de ello con nadie, y con los últimos roces entre los miembros de la división todavía lo veía más difícil, así que todo aquel tiempo había estado luchando contra aquellos pensamientos completamente sola. Además, no había podido registrar su Den Den Mushi y me era imposible contactar con él. Suspiré, intentando serenarme. Desde lo sucedido había pasado largas horas en lo más hondo de mi cabeza, aprendiendo lentamente a conocerme a mí misma. El resultado de ello no había sido muy fructífero, pero centrarme en aquel día me ayudaba, a veces, a silenciar los ecos durante por lo menos un rato. Pero la verdad que ahora me costaba demasiado, los últimos sucesos con mis compañeros me hacían dudar sobre el futuro que teníamos como división. Debíamos aprender a confiar los unos en los otros, como bien Sephiroth había sacado a la luz. Y además ahora contábamos con una nueva integrante, una que me parecía increíble y que quería conocer más a fondo para aprender todavía más sobre su Akuma. De verdad, éramos un equipo increíble, sobre todo yo, por supuesto. Aunque…

—Hmmm… —reflexionaba todavía aferrada al cojín con los párpados cerrados.

Entre murmullos y resoplidos, me planteaba si mis propias habilidades eran lo suficientemente buenas para mis objetivos. Era bella, fuerte e inteligente, rezumaba elegancia por cada poro de mi piel y era probablemente la más capaz de todo el grupo, por supuesto. Aun así, ahora que conocía las frutas que tenían Karl y Ryze, creía que tal vez podría llegar todavía más lejos si tuviese una a la altura. Tras tantos años, creía que conocía prácticamente todas las Akuma no mi que existían sobre la faz del planeta, cada una más interesante que la anterior. Y con cada día que pasaba, más ganas tenía de poseer el poder de una. Hasta el momento, a pesar de que me lo había planteado, no era algo que considerase con urgencia, pero a cada vivencia que tenía me quedaba más claro que deseaba ese poder. La teoría era fantástica y me amenizaba la existencia, pero ya era hora de pasar a la práctica. Quería sentir en mis propias carnes lo que supone tener aquellas capacidades, y existían muchísimas que llamaban mi atención. Pero, ¿cómo me decidiría por solo una? Y lo que era más, ¿cómo conseguiría específicamente la que quería? Las frutas del diablo no surgían en un sitio preestablecido, aparecían en un lugar del mundo y el primero que las encontraba se hacía con su poder, o las vendía o las guardaba. Si decidía obtener una, la búsqueda sería increíblemente complicada. La mayoría de la gente ni tan solo sabrían identificar el su poder con solo verla, hasta que no la consumieran no sabría qué poder les otorgaría. Solamente las personas como yo podrían saber con solo un vistazo de cuáles se trataban. Era todo tan… complicado.

—Aghh… —me quejé llevándome las manos al pelo y enmarañándolo— Se acabó, necesito salir de aquí y despejarme.

Me levanté de la cama, siendo ya pasado el mediodía. Me rugía el estómago de tantas horas dándole a mi materia gris de forma totalmente infructífera, nunca mejor dicho. Caminé hasta plantarme frente al armario y recorrí con la mirada los múltiples atuendos que colgaban en su interior. Hacía fresco aquellos días, estábamos en invierno al fin y al cabo, aunque seguía prefiriendo llevar algo que mostrase un poco de más y pasar frío a tener que ocultar mi hermoso cuerpo. Así pues, me vestí con unas botas de tacón de caña alta, negras al completo. Eran de esas que se arremangaban hasta el muslo como si fuesen un calcetín. Como parte superior, escogí un vestido grueso de manga larga en color blanco. Abrigaba lo suficiente como para no pasar frío, pero en la parte superior quedaba ligeramente doblado mostrando tanto los hombros como mi sugerente escote. Rematé mi outfit haciéndome un moño elevado, asegurándome de que quedase perfecto pero dejando un único mechón largo suelto a propósito de mi flequillo lateral y un pañuelo para cubrirlo. A su vez, me coloqué unas gafas de cristales claros sin graduación que me daban un toque totalmente distinto y con un pintalabios tipo nude. Por último, un pequeño bolso negro de charol con una cadena dorada de eslabones que colgué de mi hombro y en el cual introduje mi Den Den Mushi, junto a una gran cantidad de berries. No era un disfraz perfecto, ni mucho menos, pero lo suficiente como para que no se me reconociese por aquellos lugares. Lo que no podía ocultar, y que era lo que más llamaba la atención de mí en aquella isla, es que era mujer. Allí, a excepción de algunas visitantes, toda la población estaba formada por hombres que vestían y actuaban como mujeres. Me sorprendió la feminidad y el estilo que rezumaban aquellas personas, pero me gustaba que fueran libres de expresarse sin pudor. Por mucho que algunos pudiesen incluso parecer ridículos, con un maquillaje excesivamente llamativo y con la barba incipiente asomando bajo él, aquello me demostraba que eran personas orgullosas y con una fuerza interior abrumadora. Así pues, aquel lugar me gustaba, la desgracia era que se trataba de un lugar plagado de revolucionarios escondidos entre sus habitantes y, aunque no les profesase el mismo odio que a los piratas, eran personas que actuaban fuera de la ley y que debían ser castigadas.

Bajé de mi suite hasta la recepción, donde esperaba la señorita Beaufleur, quien regentaba mi alojamiento. Contaba con apenas 3 habitaciones en su para nada humilde posada, que me hubiese costado una fortuna el alojamiento de no ser por su amabilidad al contarle la razón por la cual estaba ahí.

—¡Querida y bella florecita mía! —exclamó desde detrás del mostrador dejando boca abajo un libro de romance al verme aparecer.

—Señorita Beaufleur, buenas tardes tenga usted. —respondí con una leve inclinación de cabeza y una suave sonrisa en la cara.

—¡Pero bueno! Te tengo dicho que me tutees, por favor. Que una bella rosa como tú me hable de usted es demasiado para mi pobre y débil corazón. Ouuuuiii. —contestó haciendo una dramática pose como si se desmayase.

Beufleur vestía con un vestido de color crema con escote palabra de honor, del cual asomaban varios pelos negros de su pecho. Llevaba el pelo cardado y rubio, pero desconocía si se decoloraba el pelo o era una peluca. Llevaba un pintalabios dorado que brillaba bajo la luz del techo y con una peca pintada bajo el ojo derecho. Llevaba, probablemente, pestañas postizas, largas y curvadas, que enmarcaban su mirada en negro de forma dramática y que cubría con unos anteojos de media lente con una montura metálica roja. De no ser por su marcada mandíbula y aquellos pelos del pecho, podría llegar a pasar por una mujer de verdad, de unos cincuenta años de edad aproximadamente.

—Bueno, bueno. Dime, querida, ¿cómo va la búsqueda de tu preciosa hermana, mon amour? —preguntó juntando ambas manos con curiosidad y guiñándome un ojo.

—Pues todavía nada, por desgracia... —contesté bajando la vista inclinando la cabeza algo entristecida— Tenía pensado salir a preguntar a alguna tienda de moda y así aprovechar para comprar algo de ropa nueva, ¿sabes? ¿Alguna idea de por dónde probar suerte?

Aunque no me agradaba mentirle, pues me parecía una persona extremadamente agradable, había tenido que fingir para poder recabar información y pasar desapercibida. Beaufleur, además, se había encargado de recibirme en su posada de forma gratuita para que pudiese dedicarme a buscar a mi querido “hermano”, Byron. Le había contado que Byron, ahora conocido como Bianca, se había fugado de casa al salir del armario y declarar que se sentía una mujer y por ello siendo repudiado por nuestros padres. Le comenté que se trataba de mi hermano gemelo y que su partida me había roto el corazón, que yo había roto lazos con mis padres también y había ido en su búsqueda para encontrarlo. Esa historia se ganó la confianza fácilmente de la mujer, que encantada me echó una mano para familiarizarme con el lugar y ayudarme en todo lo posible.

—Oh, mi pequeña rosa, no sabes cuaaaanto lamento escuchar eso. Oui, oui. —me respondió negando con la cabeza y después levantó un dedo— Si tu querida hermana es tan apasionada de la moda como tú, prueba en la tienda de Monsieur Okaliva. No encontrarás en toda la isla un lugar mejor para encontrar mejores atuendos. Es donde moi-même compro mis conjuntos divinos de la muerte. Y con ese cuerpazo que destilas, se me va la mente con lo preciosa que quedarás. Oui, oui. Seguro que monsieur estará encantado de ayudarte en cuanto te vea. Tiene predilección por las personas estilosas, ¡y tú eres toda una diva!

Agradecí su ayuda y conversé brevemente con ella antes de marchar en dirección a dónde me había indicado. Apenas había dado un par de pasos fuera de la posada que escuché un portazo tras de mí, y al girarme, Beaufleur estaba de pie ahí.

—Mejor… mejor te acompaño, clavelito mío. No vaya a ser que… bueno, las dos sabemos como acabó la última vez que saliste por tu cuenta. Oui, oui. —declaró poniéndose junto a mí con cara de preocupación y tomándome de la mano.

Me sonrojé cuando lo mencionó y asentí llevándome una mano al cuello y acariciándolo con una sonrisa incómoda. Lo cierto era que hacía una semana, buscando un restaurante nocturno que me recomendó para salir a cenar, había terminado de alguna forma en unos extraños baños termales en los que un buen grupo de aquellos hombres se dedicaban a… bueno, prefería no recordarlo. La imagen estaba grabada a fuego en mi memoria y prefería, por todos los medios, no traerla de nuevo a mi mente. El caso es que estuve encerrada dos días en mi habitación sin salir por aquello. Así pues, acompañada por ella, llegamos a lo que era un edificio de cuatro plantas, enorme y lleno de gente por todos lados. Casi parecía un centro comercial de lo grande que era, todo rosa por supuesto, pero por el cartel era una única tienda llamada “Okaliva Okaliva”. Así pues, Beaufleur se despidió de mí, diciendo que tenía algunos recados que hacer por la zona y que me recogería más tarde. Se lo agradecí enormemente y entré en la tienda.

Quedé ojiplática en cuanto crucé el umbral de la puerta. Ante mí se extendían filas y filas de maniquís a sendos lados, ataviados con hermosos vestidos, conjuntos e incluso disfraces de todos los tipos. Los colores de todo el arcoíris bañaban mis retinas, deslumbrándome con las texturas de los cientos de materiales implicados en la confección de tan hermosas ropas. Había absolutamente todo lo que pudieras imaginar y abarcando todos los estilos que una mente abierta pudiera concebir. Desde ropajes recatados que bien podrían ser utilizados por monjas, hasta lo más descabellado como una prenda que constaba únicamente por hilos entretejidos para apenas tapar lo mínimo posible y que sería prohibitivo de vestir ante menores de edad. Quedé absolutamente asombrada y enamorada por la variedad de la que disponía aquella tienda, y eso que solo era la primera de las plantas. Avancé, notando el tacto con los dedos de las prendas que llamaban mi atención, imaginando como se sentirían contra mi piel y vistiendo mis hermosas curvas. Me probé varios atuendos, muchos de los cuales constaban únicamente de un sujetador y algo corto en la parte inferior, aprovechando para posar frente a los espejos. No me sentía libre de otra forma. Llevaba ya casi diez minutos paseando entre los pasillos cuando se me acercó un hombre que debía medir, como mínimo, dos metros de altura. Era un hombre musculoso, de piel oscura que brillaba con luz propia bajo los focos de la tienda. Su altura era imponente, pero es que aquellos músculos, que parecían a punto de hacer reventar las mangas de la morada camisa que los contenía, me robaron el aliento. Tenía un cuerpo que debía trabajarse a diario durante horas para mantenerlo en aquel estado tan puro y definido. Era sin duda increíblemente hermoso. Al alzar la vista a su cara, un pequeño bigote perfilaba su labio superior, maquillado en color carmesí intenso, y llevaba unas hermosas pestañas negras con los párpados de un tono morado a juego con su camisa. Llevaba el pelo negro y corto, casi rapado, lo cual me pareció extraño en contraste con la mayoría de los habitantes, que portaban habitualmente el pelo largo.

Okaliva


—Es… formidable. —susurré sin poder contener las palabras que fluían por mi mente describiendo a aquella hermosa figura.

El hombre me dedicó una sonrisa ladeada, a la vez que repasaba mi cuerpo.

—It’s… ¡SIMPLY AMAAAZING! —exclamó con extrañas palabras mientras se llevaba ambas manos juntas frotándolas entre sí— Beautiful, tienes un cuerpo de escándalo. Oh, yeah. —continuó mientras yo seguía asombrada— Y solo con verte puedo sentir el estilo flowing through your veins ¿Necesitas ayuda? Estaría encantado de acompañarte a encontrar algo que te quedara fabulous.

—Yo, esto… —respondí saliendo de mi asombro. ¿Quién era aquel hombre?— Estoy admirando los intrincados diseños y su confección, son increíbles, ¿sabes? -continué con una sonrisa y agradecida por su ayuda— No me vendría mal un poco de ayuda, a decir verdad. 

—Oh, my, LADY. OF COURSE. Por supuesto que te puedo ayudar. —comentó mientras daba una ligera reverencia y yo se la devolvía con una sonrisa— Mi nombre es Okaliva, el dueño de esta humilde shop. Follow me, please. No siempre se tiene la ocasión de poder vestir a una auténtica belleza como tú, beautiful.

Pasamos varias horas entre risas probándonos ambos ropa, ayudándome a seleccionar varios conjuntos y, muy agradecido por su parte, a dejarme varios sueldos en ropa. Tenía de todo aquel lugar, pero no solamente en cuanto a la ropa. En el segundo y tercer piso tenían, además de complementos, todo tipo de maquillaje y pelucas incluso. No pude evitar comprar muchísimo de todo, tanto que apenas sabía como iba a ponerlo en mi camarote, pero bueno, algo se me ocurriría. Aproveché además para comprar algunas cosas que me ayudasen con mis disfraces, y además, me dio incluso una clase magistral sobre maquillaje en la cual aprendí mucho más sobre el tema que en toda mi vida. Okaliva era un hombre con alma de doncella, que sentía un amor por la moda que incluso superaba a la mía. Pero fue precisamente eso lo que hizo que nos lleváramos tan bien y sentí que era una persona con la que se podía hablar sin ser juzgado, lo cual me hizo plantear cosas, pero decidí que lo dejaría para otro momento. Lo que sí hice, para no levantar sospechas, fue preguntarle sobre mi “hermana”, aunque por desgracia no sabía nada de ella. Claramente, no me sorprendía, pues mi hermana no existía. Pero fue muy amable y se ofreció a ayudarme en un futuro con el tema si lo necesitaba. Habiendo hecho las compras, encontrándonos con Beaufleur en la entrada de la majestuosa tienda, Okaliva se ofreció a acompañarnos cargando con las bolsas, que debían parecer excesivas para que las llevase yo sola. Agradecida con su amabilidad, me despedí de él en la entrada a nuestra posada, ofreciéndole invitarlo a una cena algún día más adelante, a lo cual accedió encantado. No puedo negar que aquella invitación iba con segundas, pues pensaba que tal vez podía conocer algo sobre los revolucionarios del lugar y sonsacarle disimuladamente alguna información. Y así, di final a mi día cenando junto a Beaufleur, que muy amablemente preparó un sabroso plato de ensalada de frutas con un toque de guindilla para mi sorpresa. Delicioso.

Aclaraciones
#2
Aventura Tier 3 Autonarrada Completada

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