[Pasado][Fic] ¿Una fruta?
#1
Llevaba ya varios minutos sosteniendo la abovedada tapa del cofre de madera. Su mera presencia ejercía sobre mí una extraña presión, aun tratándose simplemente de un pequeño baúl de nogal. Sus bordes eran redondeados y su decoración escasa, luciendo solo una desgastada hendidura de metal que antaño permitía ser usada como cerrojo. Ahora, era pura apariencia, puesto que su fragilidad se delataba a simple vista. Mi mano temblaba.

Cuando al final me decidí por destapar el misterio que escondía la reliquia, sus viejas bisagras emitieron un quejoso lamento que se extendió por toda el ala oeste de la biblioteca. Hasta ese momento, y sin haberme percatado antes de ello, me había visto envuelto por el mayor de los silencios, abrazado a su vez por la noche más oscura que jamás hubiese presenciado en mi corta vida. Encogido, miré por encima de mi hombro, por si aquel sonido hubiese alertado a lo que sea que pudiese estar observándome. No, allí ya no quedaba nadie. Volví a posar mi mirada en el cofre, ahora con su contenido al descubierto: un bulto achatado que reposaba sobre terciopelo rojo desgastado por el tiempo. El cofre respiró sobre mí un rancio perfume del pasado; aquello llevaba demasiado tiempo cerrado, imperturbable. ¿Por qué su contenido había sido tan importante para su custodio? ¿Por qué había sido guardado tan celosamente? ¿Qué importancia podía tener? Aquellas dudas asaltaron mi mente, como si fuesen dardos clavados en la diana de mi cabeza, al contemplar ojiplático el interior del baúl.

- ¿Una fruta?
 

Un año antes
 

04 de marzo
Mansión Kudo, gran salón

"... y es que aún es desconocida gran parte de la cartografía de algunos de nuestros mares. Por supuesto, la dificultad para acceder a ciertas regiones impide la formalización de un sistema cartográfico oficial."

Cerré bruscamente el grueso volumen, como si tratase de atrapar a una mosca entre sus polvorientas hojas. Tras unos segundos de duda, apoyé el tomo “Cartografía avanzada de nuestro mundo” sobre mi pecho y suspiré. Me hallaba tendido bocarriba sobre la moqueta del gran salón, con las piernas apoyadas contra la enladrillada pared de la chimenea y la mirada fija en una antigua lámpara de araña de cristal. Me aburría, me aburría mucho. Tras de mí, un viejo arco de madera daba pie a la antigua biblioteca de mi padre, soterrada en ingentes cantidades de libros apilados allá donde aún pudiese existir un hueco en el que mantenerse en pie. Tal vez fuese exagerado pensarlo, pero me había leído todos y cada uno de esos libros. Y es que los días en la mansión transcurrían de forma inexorable pero lenta, por lo que mi ávida mente buscaba refugio allá donde pudiese.

- 12 años y ya me estoy volviendo loco -dije, para mis adentros.

Alguien tocó a la puerta.
 

06 de abril
Villa Kyarorain, jardín trasero

Sentados en idénticas sillas de blanco hierro forjado, observábamos el oleaje desde la colina más alta del parterre. El jardín de la villa era una basta extensión floral de lo más variopinta, con tipos de flores que no había visto ni siquiera en libros. Me llamaba especial atención una cuyos pétalos poseían un patrón similar a la piel de un guepardo.

- Ruhan, querido.
- Me llamo Rohan.
- Como quieras -dijo, agitando la mano frente a su enorme rostro, como quitándole importancia a lo que acababa de decir- Creo que ha llegado el momento.
 

29 de mayo
Villa Kyarorain, cocina

- Aunque la belleza pueda residir en todas y cada una de las cosas del mundo, es nuestra labor la de explotar su estética hasta su punto más álgido.
- Álgido.
- La vida es algo más que pintar y ponerse ropa bonita; Rohan, la vida es una constante batalla.
- Batalla.
- ¿Qué tal van esas repeticiones?
- Repeticio… ah, bien bien.

Mientras que mi pintoresco mentor (era así como quería que le llamase desde el momento en el que comenzó mi “entrenamiento”) sorbía te apaciblemente desde una de las sillas de la cocina, yo realizaba una serie de ejercicios colgado del techo de la misma estancia. “Cartografía avanzada”, de nuevo, pero ahora como parte de un rudimentario sistema de pesos que Kyarorain, Caroline para los amigos, había desarrollado para motivar mis ejercicios.

- Para lucir, hay que sufrir, bonita – dijo, como si fuese capaz de leer mis pensamientos.
- Pues tú has sufrido poco.

Caroline, en un destello fugaz, desapareció de mi vista. Fue lo último que vi aquel día.
 

1 de octubre
Mansión Kudo, biblioteca

- Tienes todo lo necesario para triunfar.

Caroline rompió el silencio en el que habíamos estado sumergidos desde hace un par de horas. Al igual que a él le gustaba entrenarme, a mí me gustaba culturizar a aquella mole de purpurina y laca en spray. Caroline era una persona de lo más variopinta, pero desde el principio fue eso lo que había generado en mí una extraña cercanía hacia el Okama. Siempre llevaba vestidos con motivos florales, cargados de volantes hasta los topes, y un par de lentes con montura dorada que le dotaban de una mirada felina y sarcástica. A pesar de su enorme estatura, le gustaba calzar tacones gigantescos porque, según él, estilizaban su figura hasta límites nunca jamás vistos.

- ¿A qué viene eso?
- Eres muy joven y pasas mucho tiempo solo. Tus padres están desperdiciando tu potencial -posó su mano en su turgente pecho y sonrió- Mamá adoptiva está aquí. Por cierto, ve pensando en otro nombre.
 

14 de febrero
Mansión Kudo, dormitorio de Rohan

Estos últimos meses me había dedicado en cuerpo y alma al entrenamiento de Caroline. No solo era más fuerte, sino que me sentía ligero, grácil, elegante. Su influencia había afectado a mi forma de vestir, de pensar, de actuar; había cambiado la forma en la que veía la vida. Todo ello acompasado con la constante aprobación de mis padres, con los que me carteaba de forma semanal. Eran conocedores de la existencia de Caroline, de sus entrenamientos y de mis nuevos objetivos, y no habían cuestionado en absoluto ninguna de mis decisiones. Ni que un extraño visitase a diario a su hijo, pero ese es otro tema.

- Sé que llegarás a ser una gran estrella -escribió mi madre, Yukiko, en una de sus habituales cartas perfumadas- Tu padre me debe mil berries, sabía que serías artista, como tu madre.
- No descuides la pintura hijo -añadió mi padre, Yusaku- Se te da realmente bien. Y tampoco dejes de leer, ¿has visto mi último libro?

Tal y como decía mi padre, la pintura era un talento que poseía desde que nací y he ido perfeccionando con el tiempo. Sentado en mi escritorio, a la luz de una pequeña vela blanca, me encontraba rodeado de un sinfín de lienzos, en los cuales se podía apreciar la evolución de mi pensamiento y de mi estilo; no obstante, ahora ya no me limitaba solo al papel.
 

01 de marzo
Villa Kyarorain, mirador

- Ha pasado ya mucho tiempo.
- Si -repliqué.

La primavera ya había tomado el relevo y los bastos jardines de Caroline volvían a lucir como la primera vez que los pisé, hace ya un año. Seguía entrenando, a veces incluso por mi cuenta, ya que se había convertido en una rutina para mí. Además, y por mucho que le gustase negarlo a Caroline, era mayor y no podía seguirme el ritmo; todos envejecemos, era una verdad absoluta.

- Sé que tu cumpleaños fue hace medio mes, pero… -extendió su enorme mano hacía mí, la cual era lo suficientemente grande como para portar en ella un pequeño baúl de madera.
- ¿Qué es?
- No quiero sonar egoísta, pero no lo puedes abrir aún. Y antes de que preguntes, sabrás cuando a su debido tiempo.
 

Actualidad

07 de marzo
Mansión Kudo, biblioteca

- ¿Una fruta?

Por unos instantes me mantuve perplejo, como si esperase que algo más fuese a ocurrir. A un lado del cofre, encontré una pequeña nota plegada y atada con hilo rojo. Deshice el nudo torpemente, ya fuese por los nervios o por la propia confusión del momento, y leí:

“Cómeme”

Caroline había desaparecido sin dejar rastro. Momentos antes había partido hacia su casa, como era habitual, pero lejos de toparme con la acomodada rutina, una extraña sensación de angustia se apoderó de mi cuerpo y atenazó mi garganta. La puerta principal había sido forzada, los muebles desperdigados por todas direcciones y su gloss favorito desparramado por el suelo; algo no iba bien. Decidí volver a casa y me percaté de que un pequeño sobre rosa asomaba torpemente por el buzón, similar a una lengua que dotaba al objeto de una grotesca mueca burlona.

- Estaré bien, ya es el momento – rezaba la nota que, como firma, lucía unos enormes labios rojos.

¿Debía comerme aquella asquerosa fruta? Había pasado demasiado tiempo con Caroline, por lo que había desarrollado hacia ella una fuerte sensación de seguridad, de creencia; era mi única amiga en aquel sitio o, como le gustaba decir a ella, una suerte de madre adoptiva. Había guardado aquella caja en la biblioteca de mi padre, a la espera de entender cuál iba a ser el momento perfecto para abrirla y conocer su interior. La fruta era blanca pero consistente, y no era capaz de relacionar su sabor con algo que ya hubiese comido con anterioridad.

- Parece que no nos vamos a ver hasta dentro de un tiempo, ¿no? -susurré mientras tragaba los últimos resquicios de su poco apetecible regalo.

Ahora sostenía una caja vacía. Desconocía el significado de lo que acababa de ocurrir o dónde se podría haber marchado Caroline. ¿Tal vez huía de alguien? Lo más importante, ¿logró escapar? Yo era un simple crio y, como tal, subí a mi cuarto, cerré la puerta a cal y canto y me recosté en la cama. Durante aquella oscura noche en la mansión Kudo, sólo pudo escucharse el llanto de un niño.


15 de abril
Mansión Kudo, habitación
 
No recibí noticias de Caroline, y tenía la sensación de que iba a ser así hasta dentro de mucho tiempo. Los días habían vuelto a ser aburridos y mediocres, insustanciales. La ausencia de mi compañera había dejado en mi un profundo vacío que los entrenamientos no podían llenar. Porque sí, seguía entrenando, aquello ya era parte de mí. Lejos de lo que estuviese ocurriendo, había tomado la decisión de llegar a lo más alto, de ser un referente en la moda, de ser conocido por mi arte, tanto fuera como dentro de los lienzos. En las asiduas cartas a mis padres les expliqué la situación y ellos no dudaron en apoyarme y buscar maneras de arrancar en mi empresa. Mientras esperaba a aquella pequeña luz al final del túnel, pintaba. Pintaba con una sensación en el cuerpo que jamás había experimentado, como si al dibujar, un pequeño fragmento de mi alma se desprendiese y pasase a vivir en el interior de la pintura.

Pluma en mano, me hallaba dibujando un jardín. Pero no uno cualquiera, ese en el que pasé las tardes de verano sentado en las sillas de forja blanca, junto a mi amiga. Las flores amarillas de motas negras brillaban bajo el intenso sol, ajenas. Villa Kyarorain lucía tosca y señorial al fondo, junto a los parterres, abrazada por las pequeñas elevaciones que la protegían de la mirada de curiosos. Era la última villa del sendero de tierra que unía las diferentes residencias de la zona. La mía era la primera. En un primer plano, un pequeño ruiseñor descansaba sobre la rama del árbol más grande del jardín. Su plumaje brillaba tanto o más que el propio sol y observaba melancólico la entrada de la casa, a la espera de que alguien llegase. Había puesto tanto sentimiento en aquel pequeño pájaro que casi parecía que tuviese vida, que de un momento a otro fuese a salir del lienzo y volar a través de mi ventana. Del mismo modo en el que se rompe la calma del agua al arrojar una piedra sobre su superficie, leves ondas comenzaron a atravesar la tela del lienzo. Y como si aquel pequeño pájaro hubiese estado oculto bajo las profundas aguas de un lago, surgió por entre los trazos, cobrando vida y revoloteando a mi alrededor.

- Tienes el potencial de llevar el arte a su máxima expresión, y yo te ayudaré a lograrlo.

Aquellas palabras de Caroline resonaron en mi mente y, con cada “pio” del pictórico pajarito, las dudas se esfumaban como si lloviese aguarrás sobre el lienzo. La fruta de Caroline, llevar el arte a su máxima expresión… ¿había sido entrenado para ello? ¿Había visto ella mi potencial y por eso decidió instruirme? Observé la punta de mi pluma, impregnada en tinta oscura que sentía que desprendía por cada poro de mi piel, como si fuese capaz de producirla a partir de mi propia sangre. El pájaro dejó de volar y se posó sobre el caballete, fijando sus pequeños ojos negros sobre mí. Una pequeña lágrima brotó de mi ojo derecho, deslizándose por mi mejilla para morir en mi barbilla, precipitándose al vacío. Al pasar mi mano por donde esta había discurrido vi que, lejos de ser transparente, poseía el mismo color que la tinta que empleaba para dibujar. Con una mezcla de asombro y alegría, le devolví la mirada al pájaro con una sonrisa.

- Hola.
 

El último día

 
Con el tiempo, fui descubriendo poco a poco los secretos de las llamadas “Frutas del diablo”, ya que era del todo seguro que me había convertido en un consumidor de las mismas. Había muy poca información sobre ellas, incluso desconocía el nombre de mi propia fruta, pero de todos era bien sabido que las personas que obtenían sus poderes, perdían la capacidad de nadar.

- Bueno, para eso están los barcos.

Me encontraba en la entrada de la mansión Kudo, sentado sobre una de mis múltiples maletas a la espera de la llegada de un nuevo comienzo. En mi regazo descansaba una pequeña criatura similar a un gato, pero de color rosa y orejas de mayor longitud que el promedio. Aquella era una de las diversas creaciones que solía dibujar para hacerme compañía en la antigua casa de mis padres. No solo había descubierto que podía dotar de vida a las cosas que dibujara, ya fuesen animales o simples objetos, sino que podía exhumar tinta desde cualquier parte de mi cuerpo y manejarla a voluntad. Dejé de acariciar al "gato" para observar con detenimiento las yemas de mis dedos. Pequeñas gotas negras comenzaban a congregarse, sin el suficiente control como para mantenerlas, por lo que acababan por desaparecer o deslizarse caóticamente por los surcos de mi mano. En la distancia pude escuchar como un carromato se aproximaba por el camino de tierra.

- Bueno Caroline, hoy comienza una nueva aventura -dije, mirando hacia ese horizonte que tantas veces habíamos compartido juntos- Ya verás hasta donde soy capaz de llegar.
- ¿Aspros?
- Sí, soy yo.
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