[Auto FIC - Recolección] - Carpintero a tus zapatos
#1
Día 63 de invierno. Año 13
Ciudad de Legance


Aquella ciudad me repugnaba. Llena de lujos y fanfarronería. Ese castillo en el centro que solo servía como símbolo de que los asquerosos nobles eran intocables. Los distritos escalonados de la ciudad parecían querer subir hacia el centro y arañar un poco de los lujos de aquel castillo. Obviamente a medida que los distritos se alejaban del centro, sus lujos y derroches disminuían, pero no hacia lo humilde, sino hacia lo humillante. Maldita nobleza, pudren todo lo que tocan.

Tras casi morir en Kyodaina me di cuenta de que debía estar mejor preparado ante cualquier peligro. No solo mis brazos eran armas, sino todo mi cuerpo, y por eso mismo necesitaba protegerme mejor si tenía la más mínima intención de no convertirme en el almuerzo de algún animal, o en el agosto de algún cazarrecompensas... Porque no había visto aún mi recompensa, pero seguramente después de aquella pelea con Gunther Fox en los Cabos Gemelos, no tenía duda de que en algo habría subido, pues sobrevivir al ataque de un cazador de piratas (sin importar lo rastrero que sea) debía haber supuesto algo en qué tanto pagarían por mi cabeza llena de azulados cabellos.

Mientras deambulaba por las impolutas calles del distrito más alto, me daba cuenta que allí no encontraría lo que necesitaba. La gente adinerada no necesitaba defenderse. Para eso tenían empleados y guardaespaldas encargados de ensuciarse las manos por ellos. Tendría que ir hacia uno de los distritos intermedios, o en su defecto ir bajando hasta encontrar algo acorde a mis necesidades. En efecto, cada tienda y establecimiento que simulara dedicarse a la fabricación de armas y objetos destinados a la defensa personal en esta zona, solo me indica que esta gente nunca ha tenido que pelear en verdad contra nada: Armaduras ornamentadas, escudos con diseños hermosamente moldeados, incrustados en gemas y con baños de oro, como si los lujos protegieran de las espadas y los colmillos que los peligros de la vida real le pudieran poner en el camino a cualquier persona con el suficiente valor para querer luchar.
Toda la gente de esta isla tenía un tamaño que se podría considerar promedio, al menos en este distrito. Un tipo de 3 metros 10 como yo no sería capaz de encontrar tan fácilmente algo como para protegerse o como arma en esta zona tan floripondia. Hasta la "armadura" más grande se veía como un pequeño chaleco al lado de mi envergadura. Realmente no entendía a esta gente, y tampoco quería hacerlo. No necesitaban armas, su arma es el maldito dinero que le sacan a los verdaderos salvadores de su estilo de vida. Busqué como pude alguna ruta que me permitiera salir de este sitio tan repelente. No me costó mucho entrar en un entramado de callejuelas que se alejaban de las rutas principales, hacia lo que a mi parecer sería la parte "trasera" de la ciudad (lo veía así, pues era el lado contrario por el que habíamos llegado). A lo lejos podía ver algunas colinas verdes a las afueras de la ciudad, con sus protuberancias cubiertas por un frondoso bosquecillo en el que una que otra casita se podía ver espolvoreada por aquí y por allá.
La perfumada y pomposa chusma se hacía menos densa a medida que caminaba por aquellas calles, considerablemente más chicas que las anteriores. Por alguna razón me hacía sentir mejor el estar lejos de la opulencia. Nunca quise nada con los nobles, y mucho menos desde aquel día. Aquel maldito día. Si por mi fuera, buscaría un maldito pez globo y se los metería por el culo a todos y cada uno de los nombres de este mundo. Bien que le haría a esta tierra llena de injusticias. Hay que ver que si tuviera el poder de cambiar las cosas no dudaría ni un instante en igualar un poco el marcador. Esta escoria sin duda alguna se lo merecía.

A medida que transitaba por esos callejones, veía establecimientos igualmente opulentos, pero más destinados a las compras, alimentos, y productos de consumo diario de los nobles. Algo me decía que esas tiendas estaban aquí para no molestar la exigente vista de los redondos residentes de la ciudad de Legance. Iba pensando mientras veía a la gente cambiar a medida que avanzaba... ¿Necesitaba una armadura? defenderme era necesario, sí, pero tampoco tenía el dinero como para permitirme ese lujo. Estaba seguro que tendría que ayudar en la compra de un barco, porque aunque Asturia fuera un carpintero igual que yo, seguramente no seríamos capaces de armar un barco ni con todo el tiempo del mundo... Así que gastarme los berries en una armadura no sería lo más apropiado ni conveniente.

Aún así, algo debía hacer si pretendía valerme de más métodos para hacer valer mi poder, pues el reto que se presentaría de ahora en más lo ameritaba. No era por menospreciar a Asturia, pero seguramente él no era lo peor con lo que me enfrentaría en mi camino a la cima. Ni de cerca. Así que sinceramente algo debía hacer. Sé que en el futuro sería reconocido y mis puños retumbarían por todo el Grand Line, haciendo que todos los malvivientes, marines y nobles temieran cruzarse conmigo… Y si… ¿Y si no solo temieran a mis puños, sino también a mis pies? iba caminando cabizbajo mirándome las maltratadas botas, mientras pensaba en ello y casi tropiezo con un par de señores a los cuales logré esquivar por poco y seguí mi camino por unas escaleras un poco menos lujosas que el resto de aquella calle. En aquellas escaleras seguro podrían pasar al mismo tiempo unas 5 personas sin atascarse. Menos mal conseguí esta ruta, porque sin duda, el único calzado que encontraría allí detrás sería esas zapatillas suavecitas que usan los pijos para que sus pies de mariquitas no se lastimen. Las escaleras se extendían por unos veinte o treinta metros más, hasta abrirse en el siguiente distrito.

OST

La diferencia respecto al distrito anterior ya era notable. Estaba en un lugar muchísimo más comercial y atiborrado de personas. No como el distrito de los muelles, pero sí considerablemente más habitado. Era evidente que la clase alta y media de esta isla eran más populosas que las de más arriba. Sin embargo, era fascinante ver cómo representaban un excelente punto intermedio entre ambos estratos con los que colindaban. Aquí era donde el mezclote de grupos sociales ocurría. Podría ser que aquí encontrara algo de lo que me encontraba buscando. Anduve durante un buen tiempo indagando por calles principales y secundarias, callejones y rincones entre varios de los establecimientos que en ese distrito ocupaban lugar. La amalgama de personas inundaba las calles y cada tanto me encontraba distraído con algún producto que captaba mi curiosidad. En un punto me vi parado frente a un pequeño tenderete donde un anciano desdentado me estaba ofreciendo pescado fresco. Casi lo compro pensando en que Eaa podría preparar algo delicioso, pero luego decidí abstenerme, pues no quería cometer un error. De pronto ese pescado no era el mejor, no estaba tan fresco, o no era el apropiado para que la capitana cocinara con él. Sin duda tampoco quería cagarla y terminar haciéndola recordar a su difunto amigo, el gyojin barracuda. No, mejor dejarla estar. Hacía un buen rato que no veía a Eaa. Debía estar haciendo algo relacionado a su misión de buscar a ese tipo, el tal Zarek… creo que ese era el nombre. El tipo era algo de Maeve según tenía entendido.

La verdad nunca quise indagar mucho sobre ese empeño de Eaa de encontrar a aquella persona. No podía culparla. Yo mismo, al menos en parte, estaba buscando a Alfred para contarle lo ocurrido con Mira y Gonjo, allá en casa. Si yo estaba buscando a alguien por todo el mundo, no tengo moral alguna para cuestionar la toma de decisiones de la semioni. No tenía idea de qué podría querer hablar con el tipo, pero lo poco que entendía era que debíamos informarle de lo ocurrido en los cabos gemelos. Era alguien importante para Maeve y merecía saber de su trágico final ese día que nos conocimos.

Era curioso cómo había similitudes en mi vida y la vida de aquellos curiosos personajes que me había encontrado en lo que había pasado de aventura. De pronto era requisito para ser un pirata el haber vivido algún tipo de tragedia personal, tener un pasado de mierda, o alguna persona a quien buscar o vengar… Era una putada saber que toda la gente que conocía había pasado en algún punto de su vida una tragedia o alguna cagada de la vida, generalmente por culpa de los nobles y los malditos marines. Esas escorias azules de verdad que me daban asco. Sé que seguramente habría uno que otro funcionario que sería verdaderamente honesto y buscara realmente la justicia y la igualdad. No dudo que este mundo tan enorme habría uno que otro marine que realmente quisiera predicar el ejemplo de la falsa propaganda de su organización, que realmente quisiera ayudar a los indefensos ciudadanos y que ayudara a que no se llegaran a lastimar entre ellas, pues no soy idiota, también sé que entre la población civil había muchos malvivientes dispuestos a aprovecharse de los inocentes y las personas de bien. En todos lados había gente buena, como gente mal nacida y escoria vividora que quisiera aprovecharse de los realmente honestos.

Mi mente divagaba mucho, mientras me movía entre los locales comerciales. En un momento había entrado en una suerte de armería y tras revisar el lugar entero, caí en cuenta de que me encontraba en una armería dedicada exclusivamente a las armas de fuego. Podría comprarle a Ben una pistola para compensar la que le había destruído en nuestro entrenamiento, pero de pronto lo haría más adelante. Ahora tenía que preocuparme de lo mío. Además, Ben era un depredador sanguinario así sin su pistola. No necesitaba más armas que sus propias manos y sus colmillos para encargarse de cualquier enemigo en su camino. Reflexionando no hice sino reiterar mi pensamiento inicial de aliviarme de que Ben estuviera de mi lado, porque sencillamente de tenerlo como enemigo no había sido la experiencia más agradable precisamente. Lo más loco de todo es que el tipo era el médico del grupo. Si ese mink carnívoro era el médico de la banda, la idea de lo que podían causar los demás era interesante cuando menos.

Total que no había nada para mí en esta tienda, puras pistolas, rifles y cosas de esas que a mi no me iban. Decidí salir y cuál fue mi sorpresa cuando al observar el letrero del nombre del establecimiento, el sitio se llamaba “El Riflero Feliz”. Claro, solo yo iba a terminar metido en un sitio así buscando armaduras. Hay que ver que hoy precisamente no tengo todas las luces prendidas en la azotea. En fin, continué mi camino y tras evitar llamar la atención con una pequeña patrulla de marines que iban pasando. El grupo estaba compuesto por unos cinco reclutas, se veían verdes. Seguramente era su primer mes de servicio. Se les veía larguiruchos y enclenques, pero no por eso menos autorizados para empezar una balacera al reconocer a un pirata frente a ellos, por lo que sin subestimarlos, fui dándoles rodeos y evitando el contacto con sus miradas, como lo habría hecho con cualquier marine de mayor rango. Era interesante cómo un par de muchachitos eran capaces de hacerme poner en estado de alerta. Qué vida tan linda y tan tensa la del pirata. Era un camino curioso el que había elegido, aquel día y en la vida en general.

La pequeña patrulla comenzaba a alejarse y yo proseguí mi camino, cuando casi tropiezo con una dama de voluptuoso cabús. Por suerte la evadí a tiempo, ya que de tocarla habría tenido que bañarme de nuevo hoy, pues era una noble que al parecer iba de compras, seguida de unos tres sirvientes atiborrados hasta el bloqueo visual de sendas cajas y bolsas con las compras de aquella culona doña. Me pregunté qué clase de vida llevarían aquellas personas. Tal vez eran felices, o quizá soñaban con el día en que su empleadora se atragantara hasta morir en algún lujoso banquete. Cada vez sentía más repudio a la nobleza. Casi tanto como el que sentía por la marina… Mierda, este lugar comenzaba a hacerme daño. Sabía que tenía mucho odio dentro de mi, pero nunca había aflorado tanto a la vez. ¿Tendría esto algo que ver con las extrañas escrituras del compañero de Ashura? desde que habíamos zarpado había estado leyendo aquel libro del tipo de la masa que maté en Kyodaina. El libro hablaba sobre un dios de la sangre, aquel mismo dios había sido el que el bicho extraño ese había mencionado cuando me quiso atacar, aunque de mi no lograra reclamar sangre alguna. En su libro se hablaban cosas bastante curiosas que si las leías y las interpretabas de cierta manera, no eran tan descabelladas. Khorne (así se llamaba aquella deidad) era un ser que apreciaba el combate y la violencia, la sangre y la muerte, pero bajo todas esas capas de troglodita asesino que asumo era lo que el difunto había interpretado, se hallaba lo más interesante: Khorne valoraba el honor del combate. No quería y de hecho castigaba a los que le declaraban sus victorias si estas carecían de honor y de esfuerzo. Aquel que matara un anciano, un niño o a un enfermo no era un ganador, sino un vil cobarde a ojos del señor del trono de huesos, y se llevaría un terrible castigo si se atrevía a insultar al dios con un tributo o un sacrificio que no muriera dando la más cruenta batalla en busca de su propia victoria. No era tan diferente en ese sentido a mi modo de ver e interpretar los combates, pues yo nunca me regodeaba de matar a un contrincante indefenso. No hay honor en aquello…

Mientras reflexionaba sobre la vida y otras cosas, pude notar con decepción que no encontraba nada de mi interés en los aparadores y mostradores de las tiendas por las que pasaba. Todo aquello era increíble, sí. mucho equipamiento, muchas armas, pero yo estaba buscando algo que potenciara mis puños, no algo que me hiciera depender de un arma. Al fin y al cabo ya tenía mi martillo y la verdad bastante poco que lo usaba. De pronto si pudiera hacer algo para que aquel martillo me protegiera de alguna manera o algo por el estilo, pero dudo que sin la ayuda del buen Kazuya lograra algo por ese camino. Kazuya era el de los inventos, no yo. De pronto una idea vino a mi mente y es que no solo mis puños me servían como armas. También mis piernas podían llegar a ser un arma si me lo proponía. De elegir enfocarme en esa manera de pelear, al igual que mis manos, mis pies necesitan una protección. Algo capaz de resistir mi tremebunda fuerza, así como de poder dañar a aquellos que se cruzaran con mis puntapiés.

No era una idea tan descabellada. Además, era en cierto modo, una forma de ir expandiendo mis posibilidades y mi rango de acciones. No estaba tan mal la idea, en realidad. Tal vez en vez de buscar armaduras, debía ponerme a buscar botas o punteras de algún tipo, para poder usarlas a mi favor y convertir estos pies en sendas armas mortales. Vagué, deambulé y continué buscando, pero nada servía. Ya tenía horas en esto, así que resignado hice lo que francamente debí haber hecho en primer lugar: Si no podía conseguir unas buenas punteras, pues me haría las mías propias.

Sin pensarlo dos veces me fui tan rápido como pude a las afueras de la ciudad, tenía ahora sí mi rumbo claro y no tenía tiempo que perder. Atravesé las puertas de la ciudad, y luego crucé el pequeño puente que llevaba a un bosquecito en las colinas, porque sólo allí podría encontrar lo que necesitaba y fabricar mis cosas en paz, o en todo caso con muy buena compañía. Pasando los primeros árboles y atravesando el pequeño sendero de tierra que se desviaba a la derecha colina arriba, estaba la cabaña de mi amigo Rex. Toqué la puerta y no recibí respuesta, así que como la última ocasión, supuse que estaría en el taller-herrería que tenía al otro lado. Allí estaba el viejo Rex, golpeando una barra enorme de metal con un martillo. En cuanto me vio, dejó lo que hacía y me saludó muy alegre. Luego de un par de minutos conversando, le conté lo que planeaba. Al principio no parecía muy convencido, pero luego entendió que tanto mis puños como mis pies podían ser peligrosos si me lo proponía. Accedió a ayudarme con el diseño de las botas, pero me dijo que no daría ni un solo martillazo. Alegremente accedí a su oferta y fui a, como la vez anterior, recolectar algunos materiales en el bosquecillo.

No me tomó mucho tiempo encontrar a un grupo de ciervos. Me pareció reconocer a algunos de la misma manada de la última vez, con todo el dolor del mundo, pero con respeto, como decía Khorne, les cacé y finalmente pude encontrar a uno lo bastante robusto, y lo bastante lento para caer, no sin antes propinar una buena coz en el mascadero. Resentí mi nuevo moretón y luego balbuceé un par de frases del libro de Khorne para honrar al ciervo que murió por mi mano dando la pelea hasta el último momento. Até al animal y lo cargué conmigo, caminé un corto trayecto un poco más hacia arriba, donde antes, Rex me había dicho que había una pequeña veta de hierro de la que con una sutil pero contundente andanada de golpes, logré sacarle una buena cantidad de trozos de hierro a la roca. Los tomé y los metí en un saco. Entre el ciervo y las rocas, la verdad me sentía un poco pesado, pero comenzaba a creer que era parte de la fatiga de haber pasado un día entero caminando la ciudad en vano. 

Regresé sin muchos contratiempos a la cabaña del buen Rex, y cuál fue mi sorpresa cuando el viejo barbón ya tenía listo el diseño. Sinceramente era un diseño hermoso. Combinaba comodidad con protección, sin comprometer en nada la ofensiva. El culo en el que encajara aquellas botas quedaría irremediablemente roto. Pero en todo caso, era momento de ponerme manos a la obra. Nuevamente pedí prestadas las herramientas de mi amigo, pues las mías no eran tan apropiadas. Como pago por el préstamo, una vez más le dejé a Rex todo el ciervo, salvo el cuero que, por suerte era un montón, porque necesitaba suficiente para el invento que tenía que hacer. No iba a ser fácil, pero por suerte esta vez, Rex me confió un secreto: su técnica secreta para curtir el cuero en tan solo unas horas. Por supuesto que nunca se la diría a nadie, esa fue su condición y vaya que la cumpliría. Mientras curtía el cuero, procuré moldear las placas que compondrían las piezas metálicas de las punteras. Las amoldé acorde a mi tamaño y al uso que le tendría y, sin mucho esfuerzo me dispuse a cortar y coser las piezas de cuero que compondrían el cuerpo, para luego ir ensamblando las placas metálicas como si de las escamas de un reptil se trataran. Cada placa daba apoyo y soporte a la anterior, para hacer una formación perfectamente capaz de defender el pie bajo ellas, como de dañar a lo que sea que estuviera frente a ellas.

Luego de unos cuantos clavos, remaches, costuras, remiendos y unas cuantas capas protectoras, además de un par de horas de reposo para que todo aquello se amalgamara correctamente, y todo estaba listo. Mis nuevas punteras estaban listas para ser usadas. Las dos calzaron perfectamente en mis pies y se sentían muy cómodas. El peso no era ningún problema. Solo quedaba probar la dureza. Salí al frente de la casa y encontré una enorme roca que en cuestión de segundos quedó hecha trizas por una patada de cada una de aquellas botas. Eran perfectas. Estaba listo para seguir mi camino con mi nueva creación. Agradecí una vez más a Rex y seguí mi camino, con calzado y ánimos renovados.


Resumen


Recolección
[Imagen: GGT7d9e.png]
#2
RECOLECCIÓN FINALIZADA

Tus punteras han sido creadas y añadidas a tu inventario


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