Tras el encuentro con Terence en el Barolé, decidimos partir los tres juntos en adelante. No podíamos haber formado un grupo más variopinto y contradictorio, pero al mismo tiempo teníamos muchos puntos comunes. No se nos podía considerar aún una banda ¿O sí?, aun así, al fin y al cabo lo importante era que habíamos llegado a ese acuerdo que a todos nos podría beneficiar.
Viajando en otro barco ajeno a nuestra propiedad habíamos llegado finalmente a la isla Gecko, concretamente para visitar la Villa Syrup. No era la parada deseada, sinceramente, pero estábamos alojados en un barco comercial que venía hasta aquí a recoger cargamentos de madera. En esta isla era la principal actividad de exportación, y muchas islas cercanas se la compraban a ellos, que tenían mucho excedente anual.
Durante el viaje habíamos hablado un poco, por fortuna no hubo mayores desencuentros ni malos entendidos. Quizá por ser conscientes todos de que en un barco, si llegásemos a tener esos desencuentros, nos tendríamos que aguantar hasta llegar a tierra. O quizá por haber congeniado mejor de lo que parecía, cediendo cada uno un poco para evitar esas confrontaciones. El caso es que habíamos sabido convivir, hablar un poco para conocernos mejor y hasta había echado unas partidas a las cartas con Blackmore. Mihasy prefería mirar en silencio o estar en su mundo sin hablar mucho.
No sé qué opinarían mis camaradas de viaje sobre mí, pero creo que soy el más normal y abierto de los tres. Me daba la sensación de que más de una vez tendría que ser el responsable de poner paz, aunque si me llegan a conocer en mi juventud nos habríamos matado entre los tres desde el primer día.
Llegando por fin al puerto pude ver numerosas casas que recorrían toda la villa. Todas tenían parcelas enormes donde cultivar, o simplemente salir a disfrutar. No era un sitio muy divertido, sin embargo sí que parecía un lugar donde vivir tranquilo y feliz.
El clima era frío, se notaba el invierno, pero por suerte para nosotros no estaba nevando. Con calentar un poco o cubrirse debería ser suficiente para mí. - ¡Tomaremos tierra en 2 minutos! – Exclamó uno de los tripulantes del barco.
Con una sonrisa me acerqué a mis compañeros frotando mis brazos para entrar en calor. -Voy a adelantarme un poco, que si no me muero de frío jajaja – Les comenté para adelantarles que me ausentaría rápido. – Voy directo al Meshi. Un tripulante me comentó que es el restaurante del lugar, así que supongo que habrá una buena chimenea y comida jajaja.
Pasaron unos minutos cuando al fin habíamos arribado en el puerto, sólo faltaban los amarres. Normalmente se espera a que esto esté hecho, además de la indicación de algún miembro de la tripulación de que se puede bajar, ya con la tablilla puesta. No obstante, mi impaciencia era tal, que salté del barco directo al muelle. Necesitaba moverme para entrar en calor y llegar pronto al restaurante. -¡Muchas gracias chicos! – Les exclamé a la tripulación. – ¡Estaremos aquí antes del anochecer! – Terminé de gritarles mientras me iba corriendo despidiéndome con la mano abierta.
El barco debía firmar una serie de documentos y ejercer la compra de la madera, negociando previamente con los dueños de la misma. Posteriormente comerían un poco aprovechando que era la hora propicia para ello. Tras eso se tomarían un pequeño descanso para la digestión antes de cargar toda la mercancía. Nos comentaron que debíamos estar antes del anochecer, o se marcharían sin nosotros.
En principio nuestra idea era esa, volver a irnos con ellos, más cuando no existe atractivo ninguno en esta isla de nuestro interés. Pero para evitar quedar mal con el capitán, hablamos con él para indicarle que podía marcharse sin problemas si no estábamos a la hora. Nunca se sabe que nos puede deparar el destino, y retrasar el trabajo de aquella buena gente no estaba en mis planes.
Una vez dentro de la propia villa, observé que las parcelas entre casa y casa eran mucho más amplias de lo que creía antes. Supongo que tienen previsto en un futuro ampliar más la villa, o simplemente gustan de tener terrenos propios para los ciudadanos, estos harían con ellos lo que les plazca.
La gente parecía bastante amable y simpática, aunque si tuviésemos precio por nuestras cabezas quizá la realidad sería otra. Pude ver no muy lejos a un grupo grande de vacas, lo cual dio sentido a todas las botellas de leche que vi más adelante en las puertas de cada hogar. -No veo grandes cultivos por aquí cerca, así que esta villa subsistirá de la ganadería y la venta de madera entonces. – Pensé para mis adentros.
Los más pequeños se ponían algo nerviosos al verme, supongo que por el gran tamaño que tenía. Riendo me limité a saludarlos con la mano, o haciendo muecas graciosas a algunos de estos. Tratar de hablar con ellos podría ser contraproducente, mi voz solía asustar incluso a muchos adultos, es por ello que siempre trato de ser amable con mi elección de palabras.
No sabía muy bien que estaba haciendo con aquella gente, un masivo individuo medio bestia con donaires de salvador de la libertad, y un hombre hosco y con una desgana total por hacer cualquier otra cosa que no sea estar con los animales, el único momento donde se le ve un poco de humanidad en sus ojos carentes de vida. Me intrigaba la vida de este último, pero aún era pronto para realizar algún tipo de pregunta sobre su vida.
El caso es que, tras nuestro extraño encuentro en el Barolé, decidí seguirlos a ver su periplo, pues a pesar de ser una persona usualmente ocupada, mi siguiente encargo me llevaría a Loguetown y aún tenía tiempo, por lo cual podía explorar alguna de las islas que no conozco y quizá así obtener algún tipo de rédito. Total, la Isla Gecko estaba de camino en esa dirección, y gracias, no sé si a la pericia, pero sí a la bondad de Legan, habíamos podido acceder como favor en un barco comercial. Era curioso aquello de viajar como un transeúnte corriente, utilizando cualquier resquicio de oportunidad para obtener una vida mejor, quizá debería practicarlo aún más.
La Villa Syrup era básicamente un pueblo de índole maderera, donde la mayor parte de su población tenía que ver con los oficios típicos de campo, y ya desde la cubierta, se podía divisar los grandes prados verdes y numerosa población forestal de todo tipo de árboles que rodeaban el pueblo. Sería difícil encontrar algo de provecho en este lugar, pero los sitios más pequeños son también los más necesitados y quizá podía aprovechar la situación demográfica para tornar la balanza de mi lado.
Durante nuestra aventura, había conocido un poco más a Legan Zaid, un hombre bonachón, pero de férreos ideales y suma pasión por el pasado, ya que parece que el comienzo de su viaje tenía que ver con las historias de un antepasado suyo. A mí al principio me parecieron necedades, pero bien es cierto que, aunque muchas tenían un componente de fábula, otras tenían bastante precisión con lo poco que conocía aún de los eventos históricos. El semioni, aún no me acostumbraba a nombrarlos así, era un pésimo jugador de cartas y ya me había acostumbrado a picarle. Me dejaba ganar una partida de cada tres aproximadamente, y luego doblaba la apuesta; era divertido, aun sin acceder a apostar más que pocos berries.
Mihasy Junsho tenía un lado oscuro muy internado en él, algo que no dejaba salir, pero que en algunas ocasiones asomaba, y lo cierto es que casi hasta generaba cierta sensación de explosividad contenida, pero al margen de eso era un caballero tranquilo, malhablado y con una capacidad social incluso más limitada que la mía, pero parecía un hombre de honor. Sin embargo, jamás nos llegó a contar nada de su pasado, aunque de la misma manera yo tampoco lo hice muy abiertamente.
La temperatura del exterior hacía unos largos minutos que había descendido, no para ser algo extremo, pero sí para encontrar las cumbres de la pequeña cadena montañosa de la isla algo nevada, a pesar de no encontrarse ahora con ningún tipo de precipitación.
Me había vestido para la ocasión, con un largo tabardo de corte marinero y cruzado, de lana de color gris claro, y por debajo, apenas asomando por el cuello, podía divisarse una camisa de franjas anchas de color morado y blanca. Para finalizar, unos pantalones de corte corporativo, y unos botines con espuelas remataban mi vestimenta.
- "¡Tomaremos tierra en 2 minutos!" – vociferó uno de los tripulantes del navío mercantil en el que nos encontrábamos, hallándome perdido en mis pensamientos mientras observaba el horizonte y trayéndome con ello al presente.
Estaba bien pertrechado y gracias a ello no encontré el frío que Legan si obtuvo por sus veraniegas prendas, ya que se acercó próximo a mi ubicación y yo me adelanté interceptándole en un punto medio, junto con Junsho.
- “Voy a adelantarme un poco, que si no me muero de frío jajaja” – comentó rápidamente – “Voy directo al Meshi. Un tripulante me comentó que es el restaurante del lugar, así que supongo que habrá una buena chimenea y comida jajaja”
- “¿Es que no has pensado en comprarte algo para el frío?”- intercedí de forma similar a como una madre lo haría, pero de una manera mucho más burlona –“No creo que ser un pirata esté reñido con abrigarse y con tener un poco de gusto”- finalicé con cierta sorna, dejándole vía libre y quedándome en una especie de silencio incómodo con Mihasy.
Tras una breve pausa, le hablé.
-“¿Sabes? He oído que en esta isla hay mucha vida campestre y creo que, debido a los grandes bosques, quizá puedas encontrar muchas especies de pájaros”- comenté mostrando cierto interés en agradarle –“De hecho, no soy ningún tipo de experto ornitólogo, pero lo leí en el pasado. A veces llegan expertos a aprender sobre las aves”- finalicé, rascándome la parte trasera de la cabeza, arremolinando mi pelo un poco y guiñándole en señal de complicidad.
Pasaron unos minutos, y apenas arribando, el gargantuesco hombre de cabello cano, saltó y se internó a pasos agigantados, como no podía ser de otra manera, hacia el interior del pueblo.
- “Joder, si es como un niño”- pensé, mientras me excusaba con un gesto de inclinación sutil de cabeza ante Junsho, y ponía movimiento a mis piernas hacia el interior del pueblo una vez hubimos terminado de atracar para buscar el local que había comentado la tripulación.
No me interesaba mucho el calor, pero sí un buen té y buscar algún tipo de interés comercial.
Era una mañana de invierno, aunque trabajar y estar en movimiento me ayudaba a soportar un poco el frío. Había estado ayudando a mi padre a limpiar el cobertizo que estábamos usando como refugio para los animales cuando viene el mal tiempo. El Capitán Barks prefirió quedarse tumbado dentro de la casa; debido a su avanzada edad había dejado atrás sus tiempos de corretear por el campo y morder todo lo que encontrara. A ese perro ya se le habían caído la mayoría de sus dientes, obligándole a comer solo alimentos blandos. Echaba de menos cuando los vecinos venían a culparnos cada vez que el perro mordía a alguien, pero así era el ciclo de la vida.
Cuando terminé mis faenas quise tomar un respiro dando un paseo por el pueblo. Como vivía en una granja bastante alejada, si quería hablar y saber qué chismes nuevos rondaban, tenía que llegar hasta el pueblo. En el camino no paraba de darle vueltas al diseño del nuevo corral para las gallinas que estábamos planeando mi viejo y yo. Esas aves eran muy quisquillosas, y, si se ponían nerviosas, podían aflojar en la puesta de huevos. Aproveché para arrancar una ramita de la maleza y masticarla mientras cavilaba.
Vi que en el suelo había una patata, seguramente a alguien se le habría caído. -Hoy sí que es mi día de suerte- rumié. No comía ni usaba nada que no hubiera intercambiado con otros vecinos, y no me gustaba tirar la comida. - La gente no se preocupa por nada y despilfarran como si no hubiera un mañana.Esta patata esta en perfecto estado, se puede comer sin ningún problema.
Llegué a una zona más animada donde un puñado de críos jugaban como si el frío no existiera, y yo me senté en una roca bajo un árbol para mirar el panorama. Me quité las botas y se veía mi dedo gordo del pie asomando por un agujero del calcetín. Me saqué la ramita de la boca y le pegué un mordisco a la patata. -Esto sí que es vida.
Un forastero llamó mi atención. No le había visto antes, ¿vendría de otra isla, quizás? Se le veía grande y robusto como una bestia. Tenía pinta de arar la tierra que da gusto y noté que tenía cuernos, ¿sería medio animal como yo o se los había puesto por moda? Era un poco rarito, pero parecía simpático con los chiquillos.
-¡Oye!, ¿esos cuernos son tuyos o es algún adorno de ciudad? – le grité para que me oyera, y le hice un gesto con la mano para que se acercara.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
Los niños se reían cada vez más con mis tonterías, incluso alguno se atrevía a poner sus dedos índices tras la cabeza simulando tener cuernos también, sacando la lengua a modo de burla. Yo fingía estar enfadado mientras me ponía en guardia con los puños, pero dejando ver en mi rostro una mueca graciosa de enfado que pronto convertía en una risa. Tampoco quería que mi broma se pudiese interpretar como una acción agresiva.
Los niños eran aún criaturas inocentes, que no albergan maldad alguna en sus corazones. Lejos de otros seres humanos ya adultos, a estos había que cuidarlos y procurar que puedan experimentar esa inocencia y felicidad el máximo tiempo posible. Al menos en tiempos de paz, en tiempos de guerra había que eliminar esa inocencia rápido si se prioriza la supervivencia de los pequeños. - ¡Oye!, ¿esos cuernos son tuyos o es algún adorno de ciudad? – Escuché gritar a una joven no muy lejos.
Me hizo bastante gracia la pregunta, por lo que giré la mirada hacia la joven que me la hizo con una pequeña risotada amable. La joven en cuestión hacía gestos con su mano para que fuese hacia donde se encontraba, algo que me llamó la atención. No estaba acostumbrado a ser tratado con esa confianza en sitios donde no era conocido. - ¡Son 100% auténticos y bien orgulloso que estoy de ellos! – Le grité como respuesta mientras caminaba hacia su encuentro.
La chica en cuestión no parecía mucho más joven que yo, aunque vete a saber. Sin embargo, lo más llamativo de ella era el color de sus cabellos, rosas como los pétalos de algunas flores en primavera. A decir verdad, no había visto nunca a nadie con esos colores, y durante unos instantes esto captó toda mi atención. Poco después, llegando ya a su altura, saludé con la mano mientras analizaba más acerca de ella. Salvando el color de su pelo todo parecía normal, una chica de campo fuerte y saludable. Aunque puestos a analizar, era también llamativo el lenguaje corporal que me transmitía.
Resulta que lejos de mostrar cautela ante forasteros, se podía notar que estaba relajada, confiada. Me daba muy buenas sensaciones y me generaba curiosidad, especialmente cuando pude ver que estaba comiendo una patata recién sacada de la tierra. No sólo no estaba cocinada ni pelada, es que incluso se podía ver que en algunas partes tenía todavía tierra pegada. - ¿En esta isla todo el mundo come las patatas sin lavarlas ni cocinarlas? – Pregunté con inocencia, también a modo de advertencia para evitar que se la coma así.
Ya de cerca pude ver mejor su rostro, no parecía haber sufrido nunca ninguna desgracia e irradiaba energía y felicidad. Sus ojos eran marrones, tenían luz todavía. Esto me hizo percatarme de que esta chica era exactamente el polo opuesto a Mihasy, lo cual me hizo un poco de gracia. - Por cierto, mi nombre es Legan, ¡Encantado! – Le dije dedicándole una amplia sonrisa de oreja a oreja. – Acabamos de llegar a este pueblo y me dirigía a la taberna del lugar. Me han hablado bien de ella, ¿Allí cocinan las patatas o es una tradición del lugar comerlas así? – Pregunté divertido para devolverle la broma que me hizo en su presentación anterior sobre mis cuernos.
20-08-2023, 01:33 AM (Última modificación: 20-08-2023, 02:16 AM por Jolyne Jones.)
Conforme se acercaba, podía ver que era más grande de lo que yo me imaginaba. Nunca había visto a nadie de ese tamaño; debía medir por lo menos como 3 vacas juntas. Me hizo recordar el rumor que estuvo corriendo por el pueblo durante mucho tiempo. Al parecer, en una taberna, un par de viejos juraban haberse topado con una criatura gigantesca. Según ellos, el animal los miró con ojos del tamaño de faroles y les rugió tan fuerte que sus sombreros salieron volando. Aunque bueno, después de unas cuantas jarras de alcohol todo puede parecer más grande y feroz de lo que en realidad es.
Tenía el cabello blanco y picudo hasta el medio de la espalda, como si fueran mechones de nube. Me sorprendió su voz intimidante. Chocaba bastante con su forma de ser; despreocupada y alegre. Su respuesta sobre sus cuernos me pareció curiosa. Yo estaba acostumbrada a esconder mis rasgos distintivos para evitar habladurías. No era la primera vez algún vecino me señalaba con el dedo, acusándome de haber robado una de sus cabras para llevármela a mi escondite. Como si yo pudiera volar, pensé con resentimiento.
-¿En esta isla todo el mundo come patatas sin lavarlas ni cocinarlas? – me preguntó el forastero. - ¿Lo dices por esto?, no pasa nada, si está bueno. Por aquí vas a encontrar gente de todo tipo. Por ejemplo, ¿ves esa casa de ahí? -dije señalándole una casa en la distancia-. Ahí vive una vieja que dice que tiene un cerdo que sabe contar hasta diez. La gente se amontonaba para ver cómo el cerdito movía sus patas y oinkaba en orden numérico. Algunos decían que tenía el ojo agudo para los números, pero yo creo que más bien se dejaba llevar por los pedacitos de manzana que le daban. ¿Y esa de allí? -dije señalándole otra de las casas-. Dicen que sus vacas dan leche con sabor a miel, a mí la verdad es que no supo a nada-. Conocer pequeños detalles de la vida de la gente era una de las ventajas de haber vivido en el mismo sitio durante tantas cosechas.
Después de toda esta charla me dijo su nombre alegremente. - Yo soy Jolyne, ¡Igualmente! - dije devolviéndole la sonrisa. Daba gusto encontrarse con gente tan simpática para variar.
– Acabamos de llegar a este pueblo y me dirigía a la taberna del lugar. Me han hablado bien de ella, ¿Allí cocinan las patatas o es una tradición del lugar comerlas así? – me comentó con cierto tono burlón que me hizo gracia.
-Aah sí, la clásica taberna. Yo nunca me he acercado porque siempre andan pidiendo dinero, pero la gente sale de allí tan feliz como un perro con dos colas. Y, sobre las patatas, supongo que las cocinarán, pero si te soy sincera a mí me sabe todo igual- dije entre risas. -De todas formas, esas cosas tan refinadas no van conmigo ni por asomo. Mira, sígueme. Te voy a llevar a un sitio que tengo en mente, más cerquita y que seguro que te encantará, ya verás.
Empecé a caminar hacia ese lugar y le hice una seña para que me siguiera. -Pero cuéntame Legan, ¿de qué rincón vienes tú? ¿qué te ha traído hasta este pueblito tan sencillo como un nido de ratones?- saqué un poco de mi tabaco para mascar y empecé a mascarlo despacito. -¿Quieres?- le pregunté.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
Era evidente que la joven me estaba analizando a medida que me acercaba, probablemente no había visto a nadie semejante a mí en toda su vida, y no la culpo, yo tampoco a decir verdad.
Las sensaciones que me daba esta chica era muy curiosa, ya que mezclaba la impresión que podría dar una niña curiosa y graciosa, pero al mismo tiempo me daba la impresión propia de una mujer de campo que posee tanto amplios conocimientos y costumbres propias de las personas que han trabajado en el campo toda su vida. Sin embargo, debo admitir que me seguía llamando más la atención el color de sus cabellos rosados. - ¿Lo dices por esto?, no pasa nada, si está bueno. – Me contestó muy rápida al respecto de comer patatas recogidas en tierra y continuó hablando. - Por aquí vas a encontrar gente de todo tipo. Por ejemplo, ¿ves esa casa de ahí? – Me preguntó señalando una casa relativamente cercana.
Volví mi mirada hacia esa casa, la cual no llamaba mi atención en nada, parecía tan normal como cualquier otra del lugar. - Ahí vive una vieja que dice que tiene un cerdo que sabe contar hasta diez. La gente se amontonaba para ver cómo el cerdito movía sus patas y oinkaba en orden numérico. Algunos decían que tenía el ojo agudo para los números, pero yo creo que más bien se dejaba llevar por los pedacitos de manzana que le daban. ¿Y esa de allí? – Preguntó rauda sin darme siquiera tiempo a procesar la historia que me acababa de contar.
Estaba riéndome un poco, aunque también estupefacto por la anterior historia y cómo lo contaba cuando me indicó otra casa, que en apariencia, también era normal. Aunque era evidente que la peculiaridad de este lugar no residía precisamente en las casas. - Dicen que sus vacas dan leche con sabor a miel, a mí la verdad es que no supo a nada. – Me informó de muy buen agrado, acompañan dicha información con su propia experiencia personal.
- ¡Vaya! Este lugar parece de todo menos aburrido jajaja, me está empezando a gustar más de lo que creía. – Contesté con una gran sonrisa al tiempo que asentía levemente con la cabeza.
Tras esto ella se presentó como Jolyne. Un curioso, pero bonito nombre. Nunca lo había escuchado, aunque claro, tampoco es que yo haya sido criado entre humanos o algo así, había convivido con más Tontattas que con cualquier otra raza. - Encantado de conocerte, ¡Jolyne! – Contesté rápido antes de que volviese a tomar la palabra. Algo que no tardó en hacer para contestar mi anterior pregunta sobre las tabernas.
- Aah sí, la clásica taberna. Yo nunca me he acercado porque siempre andan pidiendo dinero, pero la gente sale de allí tan feliz como un perro con dos colas. Y, sobre las patatas, supongo que las cocinarán, pero si te soy sincera a mí me sabe todo igual. – Dijo entre risas, provocando que se me contagiase a mí también la risa, y continuó hablando. - De todas formas, esas cosas tan refinadas no van conmigo ni por asomo. Mira, sígueme. Te voy a llevar a un sitio que tengo en mente, más cerquita y que seguro que te encantará, ya verás
Ella se reincorporó rápido y comenzó a caminar con una gran sonrisa en el rostro haciéndome señas para que la siguiese. A lo cual hice caso con total naturalidad. ¿Por qué me sentía como si estuviese tratando con alguien a quien conozco de toda la vida? - Pero cuéntame Legan, ¿de qué rincón vienes tú? ¿qué te ha traído hasta este pueblito tan sencillo como un nido de ratones?- Me preguntó al tiempo que sacaba algo de su bolsillo y lo masticaba. Ofreciéndome también a mí posteriormente.
- ¿Nido de ratones? Que curiosa forma de hablar de su pueblo. - Pensé entre risas para luego aceptar su ofrecimiento, aunque con ciertas dudas.
- Eeeehm, sí, claro. – Contesté cogiendo lo que me estaba ofreciendo para llevármelo a la boca y masticarlo. - ¿Esto se come? – Pregunté con inocencia al tiempo que me reía un poco.
Nada más llevármelo a la boca abrí mis ojos como platos, y posteriormente fruncí el ceño intentando asimilarlo, era un sabor horrible. - Nunca he masticado la suela de un zapato, pero imagino que debe saber parecido a esto. – Pensé intentando cambiar mi gesto en la cara para no delatar la mala reacción que me había causado, no quería que se sintiese ofendida, sin embargo debo admitir que casi sentía las lágrimas salirse de mis ojos.
- Uff, está fuerte ¿eh? – Comenté forzando una malograda sonrisa antes de contestar a su pregunta.
- Pues la verdad es que vengo de lejos, estoy con dos compañeros míos viajando de aquí para allá por las diferentes islas de East Blue. – Comenté mientras intentaba limpiar con la lengua trozos de este tabasco que se me estaba quedando pegado a los dientes. – El barco en el que viajamos ha hecho una parada aquí para comprar madera, y decidí dar una vuelta para estirar las piernas, que pequeñas no son Jajajaja
Supuse que tarde o temprano preguntaría sobre qué soy, ya que era evidente que no era alguien normal y parecía una chica curiosa. Decidí explicarlo para corresponder su calurosa bienvenida a la isla. - Supongo que te parecerá raro un tipo como yo, no es muy común ver a gente cornuda ¿Verdad? – Pregunté entre risas. – Pues que sepas que yo tampoco los he visto. Yo soy hijo de un Oni, una raza que en términos simples es igual que yo, pero más grande aún y robustos. Mi madre era humana, por lo que soy un semioni, un híbrido, algo así como un chucho ¿Sabes? – Le dije entre risas.
Coloqué los brazos por detrás de mi cabeza, cruzados para mayor comodidad, y contemplé el cielo con una gran sonrisa antes de continuar contándole sobre mí. - Y la verdad es que quiero ser un gran pirata algún día. Es por eso que viajo por estas islas. Me gustaría reunir a un grupo de personas para cumplir todos nuestros sueños juntos. – Le expliqué riéndome un poco para a continuación mirar a sus ojos fijamente, pero manteniendo una sonrisa. - ¿Tú tienes algún sueño, Jolyne?. - Me atreví a preguntarle con naturalidad. Estaba cómodo hablando con ella y comenzaba a bajar la guardia más de la cuenta.
El simpático forastero empezó a seguirme y, aunque dudoso, aceptó mi ofrecimiento. Nada más probar el tabaco puso una cara que me hizo estallar en carcajadas. No sabía si sería de su agrado, pero al final le gustó tanto que casi se le salían las lágrimas de pura alegría. Debo reconocer que incluso a mí al principio no me convenció su sabor, pero poco a poco comencé a apreciarlo. -Vaya, me alegro de que te haya gustado tanto, luego te paso más – le dije mientras lo guardaba de nuevo.
Estuvimos hablando un rato. Según me contaba, se dedicaba a ir por las islas con sus compañeros, y su barco había parado aquí para reponer algo de madera. En la isla eso era bastante habitual y me permitía encontrarme con tipos la mar de pintorescos como él. Su sentido del humor resultaba muy contagioso y hacía que me echara a reír constantemente.
En un momento y como si me hubiera leído la mente, respondió a una de mis preguntas sin que yo moviera un dedo. Cierto es que no me había topado antes con un tipo con cuernos, y me picaba la curiosidad el saber cómo era eso posible. Al parecer, era una mezcla entre una raza llamada Oni y la humana. Era la primera vez que escuchaba acerca de los Onis, pero sonaban realmente temibles. -Así que un chucho - me hizo gracia su comparación - entonces eres como el Capitán Barks, mi perro, aunque más que perro diría mi amigo. En medio de las risas no pude evitar pensar si yo sería yo también como un chucho de una raza de pájaros. Quién sabe.
Se le veía relajado, y yo también estaba disfrutando el camino. Llegados a un punto me confesó que quería ser un gran pirata y reunir a gente para cumplir sus sueños. Era honesto y algo ambicioso, pero sonaba bastante bien. De pronto, me miró a los ojos fijamente y, con una sonrisa me preguntó - ¿tú tienes algún sueño, Jolyne? Aquella pregunta me sacudió como una coz en el pecho. – Sí lo tengo, pero es bastante humilde. Me conformo con vivir sin preocupaciones. No me interesa ni el reconocimiento ni el dinero -de hecho, cuanto más lejos, mejor- y si de paso puedo ver todo tipo de animales y conocer buenos compañeros yo encantada.
Cuando me quise dar cuenta ya habíamos llegado a nuestro destino. Se trataba de un granero que parecía estar medio abandonado; con la madera envejecida y las tejas desgastadas. Al lado de la enorme puerta, había colgado un cartel bordado a mano en el que se podía leer la palabra “taberna”. -Pues ya hemos llegado, este es mi lugar favorito del mundo, aunque tampoco es que haya ido a muchos sitios. Abrí la puerta de madera que chirriaba y, casi al momento, apareció la vieja que lo regentaba. – Jolyne, ya estás aquí otra vez, qué alegría de verte – entre que era pequeña y que estaba encorvada, incluso yo me tenía que agachar para que me diera dos besos. Llevaba un delantal que parecía tan viejo como ella. Sus gafas redondas y enormes hacían que sus ojos parecieran ridículamente más grandes en comparación con su cara– Uy, ¿y este chico quién es? ¿Qué grande eres no? Espero que no seas un maleante de esos, te advierto que Jolyne es muy buena chiquita. La vieja iba completamente a lo suyo. –Bueno, pasad, pasad, os voy a poner una bebida calentita que hace mucho frío ahí fuera- dijo mientras se iba detrás de la barra con pasos cortos.
En el interior solo había un par de personas durmiendo en el suelo entre paja y una cabra pastando a su lado. Se oía una música de fondo cortesía de un señor más bajito que un sapo, tocando un piano roñoso que debía haber visto mejores vidas. El tipo estaba tan concentrado que no prestó atención, cada vez que se equivocaba parecía enfadarse mucho y volvía a empezar desde el principio en un bucle que no parecía tener fin. En las paredes había colgado todo tipo de cosas, como si alguien hubiera sacudido un armario viejo y hubiera pegado lo que saliera.
La vieja había decorado el lugar con cortinas de encaje y manteles a juego. Las botellas en los estantes parecían no haber sido tocadas en décadas. Al fondo, un grupito pequeño estaba jugando a algo de forma animada, seguramente apostando. Hasta unas cuantas ratas hacían acto de presencia, moviéndose por ahí como si fueran dueñas del lugar.
Antes de lo que canta un gallo, la vieja ya había dejado dos tazas sobre la barra de lo que parecía ser agua caliente con hierbas. - ¿Te gusta? ¿A que es bonito? Vengo siempre aquí desde que ayudé a la vieja a encontrar a uno de sus gatos perdidos. Mucho mejor que los sitios a los que habrás ido, ¿a que sí?
¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
Aquella joven, desde luego risueña, no había resuelto aún mi agonizante duda sobre eso que me había dado a probar. Estaba asqueroso y no podía quitar de mi mente la imperiosa necesidad de escupirlo, pero por no hacer un feo a la joven, decidí tragármelo con una clarísima mueca de asco. Eso dejaría mal sabor de boca para el resto del día.
Anteriormente había sentido un poco de tristeza al relatar brevemente mis orígenes. Seguía sin saber nada sobre quién había matado a mi madre y eso me impacientaba. Sin embargo, admito que ese malestar emocional que sentí desapareció cuando escuché hablar a Jolyne sobre su perro, o más bien, su amigo, el Capitán Barks. Sentí la necesidad de achucharlo y comérmelo a besos, pero claro, no estaba con nosotros en ese momento. Si tengo la fortuna de conocerle me gustaría poder hacerlo.
Me gustó ver el impacto que había tenido en Jolyne mi pregunta, no la vio venir y contestó con cierta naturalidad, pero me pareció haber visto en su mirada lo importante que era para ella.
– Sí lo tengo, pero es bastante humilde. Me conformo con vivir sin preocupaciones. No me interesa ni el reconocimiento ni el dineroy si de paso puedo ver todo tipo de animales y conocer buenos compañeros yo encantada.– Me respondió con una de esas sonrisas que te salen sin darte cuenta cuando piensas en algo que te gusta de verdad.
- Puede ser humilde, pero también es importante. En cierto modo, tú también sueñas con libertad ¿No crees? – Pregunté sonriente. – Vivir sin preocupaciones, buena gente a tu alrededor… sí, creo que a eso se le podría llamar felicidad. – Le dije riéndome un poco después. - Si quiero ser un gran pirata es porque quiero ser el hombre más libre del mundo también… con una gran banda donde todos luchemos por todos nuestros sueños… así que de alguna manera… ¡Nuestros sueños se parecen! jajajaja. – Concluí mirando al cielo con la misma sonrisa que le mostré antes.
Finalmente habíamos llegado a lo que parecía nuestro destino, del cual parecía venir un hilo musical bastante peculiar. El sitio no era tan lujoso como otros restaurantes que había visitado de hace un tiempo hasta ahora, era mucho más humilde a decir verdad. Se trataba de un granero abandonado al que le hacían falta muchas reformas. Lamentablemente yo no tengo los conocimientos suficientes, pero de tenerlos me hubiese gustado ofrecerme a repararlo, especialmente siendo un sitio tan importante para Jolyne.
Pude ver no muy lejos de mi cornamenta un cartel que decía “Taberna”. Sin ningún otro nombre para la propia taberna, muy propio de un sitio así.
- Pues ya hemos llegado, este es mi lugar favorito del mundo, aunque tampoco es que haya ido a muchos sitios.
- Puedo ver por qué te gusta tanto, es un lugar auténtico. – Le dije rápidamente como si la respuesta saliese de mi corazón justo antes de que Jolyne abriese la puerta.
Al instante de hacerlo, una señora mayor apareció como por arte de magia. Esta se dirigía a Jolyne expresando su alegría por verla. - ¿Llevará mucho tiempo sin aparecer por el lugar? – Me pregunté curioso, aunque poco pude dedicar mis pensamientos a esa pregunta cuando la señora se dirigió a mí.
- Uy, ¿y este chico quién es? ¿Qué grande eres no? Espero que no seas un maleante de esos, te advierto que Jolyne es muy buena chiquita.
- No, no, yo so- Intenté responder en vano ya que la señora retomó la palabra rápidamente.
- Bueno, pasad, pasad, os voy a poner una bebida calentita que hace mucho frío ahí fuera – Continuó mientras se dirigía a la barra.
Era curioso como una persona que recién me conocía no se mostraba asustada, impresionada en exceso, o curiosa. Me estaba tratando con total naturalidad, y eso era una novedad para mí.
La música que me había parecido escuchar antes, ahora la escuchaba mucho más clara. Era un señor de avanzada edad tocando el piano, con cierta soltura, aunque se equivocaba en ocasiones. Era una pieza musical bastante peculiar y alegre, pero probablemente lo peculiar se deba más al estado del piano, que no estaba pasando ya por sus mejores años precisamente.
A medida que entrábamos observé un poco el sitio. La decoración era muy curiosa, había incluso cubiertos y platos fijados por la pared, varios cuadros y fotografías, herramientas del campo, y algunos elementos que parecían tener un gran valor sentimental para la dueña. Era como ver el reflejo del alma de esa mujer que había dedicado su vida a aquel lugar.
Podía observar que además de toda esta decoración tan personal la señora había puesto cortinas en el granero, así como manteles a juego para las mesas. Todas parecían haber sido hechas por ella misma. Una forma coqueta de decorar el lugar con sus propias manos.
Estábamos ya en la barra sentados cuando había terminado de ver todo el lugar por encima, así como sus clientes y peculiaridades cuando me percaté que ya teníamos nuestras bebidas en la barra. Observé su contenido preocupado de que me pasase lo mismo que con la otra comida que me ofreció Jolyne antes. - ¿Te gusta? ¿A que es bonito? Vengo siempre aquí desde que ayudé a la vieja a encontrar a uno de sus gatos perdidos. Mucho mejor que los sitios a los que habrás ido, ¿a que sí?– Me contó Jolyne con mucha energía y alegría. Se notaba el cariño que tenía al lugar y a la señora.
Cogí la bebida caliente y la levanté dispuesto a probarla aún a riesgo de sufrir otra vez por probar cosas sin preguntar antes. Con la mano libre señalé sutilmente a unos ratones que allí habían riéndome en un tono bajo. - Entonces no tuvo mucho éxito la búsqueda del gato ¿No? – Pregunté curioso con un tono de broma.
Para mi fortuna la bebida no estaba mala, al contrario, estaba logrando que el sabor de ese alimento tan asqueroso dejase al fin mi boca. Con suerte muy pronto sería solo un mal recuerdo. - Es un sitio auténtico, y se nota que posee una carga emocional muy grande. – Le dije a Jolyne para contestar su anterior pregunta. – Definitivamente me gusta jajaja, muchas gracias por traerme aquí, ¡Espero algún día poder enseñarte mi lugar favorito! – Concluí para hacerle saber lo importante que había sido su gesto.
Sin embargo, lo cierto era que no tenía ningún sitio favorito aún. Se podría decir que la isla Ramirals era importante para mi, pero ¿Tanto como mi sitio favorito? Bueno, quizá sí, pero por descarte de otros sitios, no lo considero realmente mi sitio favorito, aunque sin duda a Jolyne le encantaría conocerla. - Y oye Jolyne ¿A qué te dedicas por aquí? ¿Tienes alguna empresa familiar o algo a lo que dediques tus esfuerzos? – Pregunté curioso.
Buscábamos a alguien que fuese navegante desde que nos reunimos los tres, por lo que si casualmente Jolyne se dedicaba a ello, podría ser buena incorporación. Además, parecía alguien normal, alguien que no provocaría un alboroto en cualquier momento.
La gente que venía de fuera era realmente extraña. No sabía si me estaba equivocando, pero por sus gestos me pareció ver que se estaba tragando el tabaco como si fuera pasto. Me entró la risa por la cara tan graciosa que puso. – Después de rumiarlo, yo prefiero escupirlo. Pero me gusta tu estilo. Para mí, la diversión no venía del sabor, que por cierto carecía de cualquier gusto, sino más bien de crear un mejunje espeso para lanzarlo con precisión. Pero claro, yo no era quién para juzgar a nadie por sus costumbres.
Durante nuestra conversación, me di cuenta de que Legan tenía razón y que éramos bastante parecidos. Nunca antes me había detenido a mirar mis sueños desde esa perspectiva, pero en el fondo, lo que más deseaba era tener esa libertad. Libertad para vivir tranquilamente, sin tener a nadie pidiendo algo a cambio. Si necesitas algo, lo pillas, y si tienes de más, lo compartes. Es fácil.
Cuando llegamos a la taberna, me enorgulleció que dijera que era un sitio auténtico, y no era para menos. Según tenía entendido, la vieja reformó como pudo el granero para recibir a los piratas que llegaran al pueblo, ya que hace años su hijo se hizo a la mar y desde entonces le estaba esperando. Era una historia triste. Yo no podría dejar a mis viejos y al Capitán Barks de lado a cambio de mi libertad. Era como las dos caras de una semilla: la raíz que se hunde en la tierra y el brote que busca el sol.
La vieja empezó a hacer de las suyas y ni siquiera dejó que Legan terminara de hablar. Yo ya ni me molestaba, creo que se volvió sorda o algo así. Entre eso y que estaba más ciega que un topo no creo que se enterara de mucho. Aun así, me gustaba venir, me reconocía perfectamente y me trataba la mar de bien.
Legan me preguntó acerca del gato que rescaté y por el que la vieja siempre me invita. - Claro que sí. Al gato lo encontramos, solo que con crías. Resulta que era gata, ¿sabes? Estará por ahí durmiendo- miré a los ratones que estaba señalando Legan. -Tanto yo como la abuela sabemos del problema con las ratas, pero se ha encariñado demasiado con ellas y no me deja exterminarlas. Incluso les ha empezado a tejer ropa en miniatura. No sé ni cómo se ve. Siendo honesta, tampoco recordaba haber visto a ninguno de sus gatos cazar un solo ratón. Aunque no los culpo, yo tampoco querría meterme en una pelea contra los ratones. Puedes eliminar a uno, pero mañana o si no pasado verás más como él rondando por ahí.
Antes de darle un sorbo a la bebida caliente, aproveché para escupir en una cubeta el mejunje negruzco que llevaba masticando tanto tiempo. Siempre pedía la misma bebida natural porque ante todo yo era una chica sana y tenía que cuidarme. Ya se sabe el dicho:si viene de la tierra, no puede ser malo.
Legan me mostró su contento por haber venido y por haberle mostrado este rincón. -Me alegro de que te guste. Si nos llegamos a encontrar otra vez, espero poder ver tu sitio favorito. Aunque no sé si eso será posible - no lograba concebir la idea de abandonar la isla. Pero me preguntaba qué tipo de sitio sería. Como pirata, él tenía que conocer lugares que yo ni siquiera podría imaginar, como los que mencionan las historias de los borrachos en la taberna. Me daba cierta envidia en ese sentido.
En algún momento me preguntó acerca de mi estilo de vida y a qué me dedicaba. - ¿Que si tengo una empresa? Eso es un timo. Son todos unos desalmados que se aferran al dinero, y yo no soy nada de eso. Me ponen muy nerviosa siempre hablando cosas que no entiendo, como si fueran más que yo. Yo me desvivo por la granja de mi familia. Cuido del ganado, ayudo con la cosecha… ya sabes, todo eso. También me dedico al chismorreo y a jugar a los dardos, ahí es donde se gana de verdad. El otro día conseguí el diente de un tipo que tenía una forma rarísima, parecía una cara. Qué pena que no lo tenga aquí para enseñártelo.
Su pregunta hizo que dudara un poco sobre sus intenciones. - ¿Por qué me lo preguntas? No me estarás intentando vender algo, ¿verdad? – dije medio en broma, aunque seria. No tenía pinta de ser el típico vendedor, pero una es precavida.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
– Después de rumiarlo, yo prefiero escupirlo. Pero me gusta tu estilo.– Me había contestado Jolyne entre risas al verme tragar la cosa esa que tanto odié. Esas palabras por poco me provocan un tic en el ojo.
- ¡Te había preguntado precisamente sobre eso antes y no me respondiste! – Grité en mis pensamientos para desahogar un poco mi odio.
Escuché como algunos de los viejos que estaban al fondo discutían amistosamente sobre su partida. Giré un poco para verlos y, sin darme tiempo a reconocer el juego en sí, pude apreciar unas cartas repartidas por la mesa junto a unas fichas. Eso me recordó a mis partidas con Terence, era muy hábil a decir verdad.
- Claro que sí. Al gato lo encontramos, solo que con crías. Resulta que era gata, ¿sabes? Estará por ahí durmiendo. Tanto yo como la abuela sabemos del problema con las ratas, pero se ha encariñado demasiado con ellas y no me deja exterminarlas. Incluso les ha empezado a tejer ropa en miniatura.– Me contestó Jolyne al respecto de mi pregunta sobre el gato.
Me parecía sumamente extraño que habiendo un gato en el lugar, los ratones se paseasen como si fuese su propio hogar. Casi parecía que éramos nosotros los invasores de su casa, y que ellos nos permitían el acceso a la taberna. Ahora todo cobraba más sentido, en cierto sentido los ratones habían pasado a ser también mascotas de la dueña. El pobre gato se habrá acostumbrado aun desafiando a todos sus instintos, y lo cierto es que le entendía perfectamente.
- Jajajaja, admito que nunca pensé que llegaría el día en el que vería a ratones vestidos. – Le dije entre carcajadas dando otro trago a la cálida bebida.
Un giro de cabeza de la muchacha me hizo quedarme perplejo cuando la observé escupir aquella cosa del diablo en una cubeta. Una masa negra y viscosa, eso era exactamente lo que ahora estaba recorriendo mi cuerpo. Preferí continuar la conversación antes de dedicarle más tiempo a mi pequeño trauma del día.
- Me alegro de que te guste. Si nos llegamos a encontrar otra vez, espero poder ver tu sitio favorito. Aunque no sé si eso será posible. – Me contestó con cierto tono de pesimismo al final.
- Oye, ¿Y por qué no? El mundo es inmenso, y las posibilidades que existen son infinitas, ¡Claro que es posible! Más aún si ponemos de nuestra parte para hacerlo posible, ¿No crees? – Le contesté rápido entre risas. Quería animarla un poco ante ese posible pensamiento pesimista. – Creo que mi lugar favorito puede ser las Islas Ramirals, desde luego que te encantará conocer esa isla jajaja, pero no te pienso contar absolutamente nada, es mejor descubrirlo por uno mismo ¿Sabes? Eso mismo me dijo mi maestro y tuvo toda la razón jajajaja – Continué entre más risas al recordar lo peculiar que fue todo en aquella isla.
Me quedé pensativo tras reducir la risa poco a poco pensando que otro sitio podría ser también mi sitio favorito, uno digno de enseñar a Jolyne, quien me había abierto este pedacito de su vida con tanta facilidad y alegría. Caí entonces en aquella isla donde me crie y crecí hasta ser todo un hombre.
- Existe también otro lugar que podría ser mi favorito, es la isla donde me crie con mi madre… - Dije esta vez con un tono más triste al terminar esa frase. – También es la isla donde los Tontattas me acogieron, me enseñaron a moverme por bosques, a seguir rastros, y un sinfín de conocimientos muy útiles jajaja, y finalmente está mi maestro, Cromp. Un gigante que me enseñó tanto a pelear, es un poco distante al principio, pero después resulta ser muy amable. Me enseñó todo lo que sé sobre este grandioso mundo a través de sus historias… le debo mucho ¿Sabes?– Terminé con una sonrisa de añoranza con la mirada perdida en la barra de aquella taberna unos segundos antes de continuar la conversación.
Dicha conversación derivó a qué se dedicaba, tenía mucha curiosidad por ella, parecía una chica enérgica, con mucha vitalidad, y buen humor. Me empezaba a plantear si proponerle que venga con nosotros, al fin y al cabo no es un tigre, ni es un tiburón, requisitos importantes si le sumamos también que es humana. Podría llevarse bien con el resto, aunque contrastaría mucho con Mihasy, ¿Quién sabe? A lo mejor eso podría ayudarle a la larga.
- ¿Que si tengo una empresa? Eso es un timo. Son todos unos desalmados que se aferran al dinero, y yo no soy nada de eso. Me ponen muy nerviosa siempre hablando cosas que no entiendo, como si fueran más que yo. Yo me desvivo por la granja de mi familia. Cuido del ganado, ayudo con la cosecha… ya sabes, todo eso. También me dedico al chismorreo y a jugar a los dardos, ahí es donde se gana de verdad. El otro día conseguí el diente de un tipo que tenía una forma rarísima, parecía una cara. Qué pena que no lo tenga aquí para enseñártelo.
Me reí un poco por como explicaba todo, era todo muy peculiar, aunque admito sentir verdadera curiosidad por ese diente en forma de cara.
- ¿Por qué me lo preguntas? No me estarás intentando vender algo, ¿verdad? – Me preguntó directamente en un tono ya menos bromista.
- ¿No te interesaría una estilográfica?– Pregunté sacando una que había robado anteriormente a Terence sólo para chincharle.– Te la puedo vender a buen preci- No pude terminar la frase porque la risa se me escapó. Guardé la estilográfica a medida que empezaba a dejar de reír y le sonreí. – Era una broma, no, no soy ningún vendedor.
Tomé el último trago de aquella bebida feliz de poder aliviar a mis papilas gustativas de aquel horroroso sabor y me preparé para hablar en un tono serio, pero cargado de emoción.
- Te lo preguntaba porque buscamos una navegante para nuestro pequeño grupo. Aún somos novatos y tenemos muy poco que ofrecer, pero charlando contigo me lo he pasado genial, así que bueno, pensé que con suerte serías toda una navegante deseosa de unirte a nuestro gran sueño. – Le contesté sonriente mientras miraba el horizonte. Desvié mi mirada a sus ojos entonces guiñándole un ojo. – Aun así, si quieres venir con nosotros serás más que bienvenida, vamos a recorrer el mundo y hacer que nuestros nombres resuenen hasta en los cielos jajajaja, aunque bueno, tu puntería puede sernos realmente útil si estás interesada. – Concluí con cierta ilusión de que aceptase la propuesta.