01-08-2025, 03:33 PM
No estaba del todo seguro si había sido condenado por mis crímenes o por existir. Solo recuerdo gritos, una celda de piedra, y luego... el calor.
Desperté con el torso desnudo y completamente magullado en el centro de un estanque circular. El líquido que me rodeaba no era agua: era denso, oscuro, espeso como la tinta y rojo como el interior de una herida fresca. Olía a óxido, a hierro, a muerte. Era sangre, y estaba hirviendo.
El fuego que calentaba el estanque no provenía de antorchas, sino de lenguas danzantes que brotaban de grietas en la tierra, se sentía como si el infierno respirara directamente bajo mis pies, como si se estuviera burlando de mí. Las llamas chisporroteaban y rugían, elevando vapores densos que quemaban la garganta al inhalar. Al principio, gritaba, luego sólo me debatía entre la vida y la muerte. La piel me burbujeaba, los músculos se tensaban como cuerdas húmedas al fuego. Pero el dolor me mantenía allí, sumergido hasta el pecho, con la sangre hirviendo arrancándome el juicio centímetro a centímetro.
Los días pasaron -o al menos, lo que creía que eran días.- No había sol ni luna, solo ese cielo de ceniza que escupía derrota. En el vapor comenzaron a aparecer rostros. Al principio eran sombras que aparecían por el rabillo del ojo, luego fueron figuras completas. Mi padre, con los labios cosidos. Zarutsuki, convertido en un cadáver que me señalaba con los dedos rotos. Joe, que reía sin boca. “No estoy solo”, pensé. “Estoy rodeado de mí mismo.". Pero a duras penas me convencía de que aquello no era real. El dolor y el cansancio hacían estragos dentro de mi cabeza, y me esforzaba por no caer inconsciente, aunque la mayoría de las veces era inevitable.
El calor me abrasaba por dentro. Sentía que mi sangre bullía más que la que me rodeaba, sentía como si mi propia sangre quisiera salir de mi cuerpo y mezclarse con la de este caldero maldito. Pasó el tiempo y comencé a reír. Reía cuando las uñas se caían de mis manos y pies. Reía cuando la carne de mis hombros se desprendía como cera blanda. Reía cuando los alaridos de los condenados invisibles se mezclaban con los gritos de mis compañeros de tortura y con mis propios delirios. En uno de estos momentos una figura emergió del borde del estanque. Imponente, envuelto en una coraza de fuego, con un rostro cubierto por una máscara repleta de agujeros, sin expresión. Caminó sobre la sangre como si fuera de piedra y se inclinó junto a mi.
-Ya casi estás listo -susurró la figura con voz líquida-. Cuando hiervas por completo, veremos qué queda.
"Sohem...", pensé mientras sonreía tranquilo y mi cuerpo se desvanecía en una nube de polvo y ceniza. En un instante me encontraba flotando sobre un campo de rosas negras, las rosas cantaban con lenguas que no pertenecían a nadie. Las voces me susurraban secretos, y los secretos dolían. Pero también sabían dulce.
Yojimbo, o sea, yo mismo, o lo que quedaba de él, o de mí, dejó de gritar. Solo flotaba, con los ojos en blanco y una sonrisa tranquila. El estanque seguía hirviendo. Pero ahora, me encontraba en paz.
Pero la paz no dura. No allí. Ni en el campo de rosas negras, ni en el vacío que viene después del dolor.
Floté por lo que pareció una eternidad, con el cuerpo tirando humo y los pensamientos completamente desgarrados por el dolor. El canto de las rosas se convirtió en una letanía aguda, o en un réquiem. Cantaban mi historia, pero desfigurada: hablaban de mí como de una criatura que nunca deberia haber existido. Me llamaban por nombres que nunca había escuchado y se burlaban de mí.
Murmuraban, como rememorando el pasado, el momento en el que me quitaron de las manos a un nakama para que muriera poco después, la derrota que sufrí frente a mí pueblo en aquel coliseo, la derrota contra Joe por haberme confiado... me lo recordaban una y otra vez, en bucle. Intenté cubrirme los oídos, pero no tenía manos. Intenté cerrar los ojos, pero no tenía párpados. Yo era solo un fragmento, una masa de carne consciente que lo sentía todo.
Fue entonces cuando el canto cesó. Un silencio tan profundo que incluso era incómodo.
Las rosas comenzaron a arder, una por una, en llamas negras que emitían un frio gélido. Las lenguas de fuego subían como dedos señalando al cielo ceniciento, y en medio de ese infierno estético descendió un coloso de obsidiana, con alas que eran cuchillas abiertas. No caminaba ni volaba: simplemente estaba suspendido en medio de ma nada, como si el mundo lo hubiera recordado de pronto.
-Parece que te has rendido -dijo, sin mover la boca, sin emitir sonido alguno. La voz entró directamente en mi cráneo, seca, inmensa, ineludible
Y entonces, regresé. No al caldero, sino a otro lugar en el que el suelo era de cristal y el cielo era un ojo que nunca parpadeaba, y la sangre, que aún hervía, llovía en hilos finos que me cosían de nuevo al mundo. Sentí cada parte de mí reconstruirse: primero los huesos, luego los nervios y después la piel.
Aquel coloso se materializó frente a mí. En él, me vi… era casi un reflejo idéntico a mí. La figura era mía, pero él parecía estar hecho de hollín, y sus alas de cuchillas.
-¿Ves ahora? -dijo el reflejo-. No fuiste condenado por tus crímenes. Ni por existir. Fuiste condenado… por ser débil.
El reflejo avanzó sin mover las piernas. Flotaba, deslizándose como humo denso entre aquella lluvia de hilos de sangre hirviendo. No había amenaza en su gesto ni en su postura, pero todo su cuerpo evocaba un aura oscura. Yo di un paso atrás, apenas uno, pero el cristal bajo mis pies crujió con la intensidad de un terremoto.
-¿Vas a temblar también aquí? -dijo el coloso, con mi voz, pero sin alma.
En un abrir y cerrar de ojos se desvaneció y reapareció detrás de mí. Entonces un golpe retumbó dentro de mi caja torácica. El impacto fue invisible, pero lo sentí muy real: era una presión brutal en el pecho, como si me hubieran atravesado con una montaña. Salí volando, rompiendo el cristal de mis pies con mi cuerpo, cayendo en el vacío como si me sumergiera en el agua, tragado por una nada absoluta.
Mis alas se abrieron por instinto. El aire -o lo que fuera que me rodeaba- se resistió, pero logré estabilizarme. Respiraba como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Sentía los huesos rotos, los órganos girados dentro de mí. Y aun así… volé.
El coloso venía otra vez. Esta vez, con los brazos extendidos. Sus dedos se estiraban y se iban afilando como si fueran cuchillas, y su mirada desprendía odio. Traté de atacarlo. Cerré el puño, giré el cuerpo, lancé la Tierra Dorada más fuerte que había hecho jamás, directa al centro de su rostro. Pero lo atravesé como si fuera niebla. Como si yo aún no supiera de lo que soy capaz. El contraataque llegó como un eco inverso: mi propio puño regresó hacia mí, potenciado, y me estrelló contra una columna de cristal que se hizo trizas.
-No puedes tocar lo que no comprendes... -murmuró.
Y entonces, entre los fragmentos rotos de aquel mundo, lo escuché. La voz de Pawurs. No como recuerdo, sino como presencia.
En ese momento recordé. Recordé el entrenamiento de Pawurs durante horas golpeándome con aquella verdura envuelta en un poder intangible, aquel poder que convirtió una verdura en algo más duro que el acero. El poder de golpear lo que no se puede golpear.
Cerré los ojos y el coloso se abalanzó sobre mí, alzando ambos brazos, dispuesto a partirme en dos. Yo no me moví y dejé que el aire fluyera. Que el corazón se aquietara y que el miedo se fundiera con la voluntad.
Y lo sentí: una pulsación densa, profunda, negra como obsidiana, que brotó de mis entrañas. Recorrió mis brazos. Cubrió mis nudillos. No era metal, no era magia. Era yo… irrompible. El coloso me intentó golpear, aún con los ojos cerrados pivoté sobre mi pierna derecha haciendo que su puño pasara de largo rozando mi cara.
Abrí los ojos. Mis brazos estaban recubiertos de una esencia única, aún sin pulir pero con potencial. Sonreí.
-Ahora sí -susurré-. Vamos de nuevo.
Y entonces mi puño izquierdo se elevó con la fuerza de cien cañones e impactó sobre el mentón de aquella sombra; mi puño no lo atravesó. Esta vez, lo hizo sangrar y el coloso chilló sin boca. Sus alas se cerraron y se desvaneció. Yo lo sentía. Lo que antes era intocable, ahora tenía forma. El peso del mundo. El miedo. El juicio. Todo era materia.
Y yo podía romperla.
Desperté con el cuerpo flotando a la deriva, como un cadáver que se resiste a hundirse. No sabía si había pasado una hora, un día o diez años desde la última vez que abrí los ojos. No recordaba cómo volví aquí, ni si alguna vez llegué a salir realmente. Tal vez todo había sido una alucinación. Tal vez no. El calor seguía ahí. El vapor me rodeaba como una prisión sin barrotes. La sangre hervía con la misma rabia de siempre, burbujeando contra mi piel en un abrazo que nunca había dejado de doler.
Intenté mover los dedos, y no respondieron al principio. Solo noté un leve temblor, como si no fueran míos. La sangre me llegaba hasta el cuello y no tenía fondo visible; yo flotaba sostenido por su propia densidad. Dejarme llevar no era una opción; apenas podía mantenerme a flote. Si dejaba que mi mente dudara un segundo, si me rendía al agotamiento, me hundía. Lo sabía. Ya me había pasado antes.
Miré hacia los bordes, buscando algo distinto. Nada. Las paredes del caldero, si es que existían, estaban cubiertas por el mismo vapor rojizo de siempre. No había cielo, ni luz, ni referencia. Solo una niebla que lo engullía todo. Podía haber estado aquí días. Semanas. Años. El tiempo no se medía en esta prisión. Solo existía el antes del dolor... y el después. Sentía el cuerpo destrozado. Los músculos agarrotados, como si se hubieran endurecido por dentro. La piel se me desprendía al menor roce, y debajo solo había carne palpitante, roja, viva. Mis alas estaban replegadas y casi rígidas, como si también ellas quisieran dormir. Pero no podían. Yo no podía. ¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?
Respiré con dificultad. Cada bocanada de aire quemaba la garganta como una antorcha encendida. El vapor era ácido, denso, repleto de muerte. Pero lo inhalé. Y lo exhalé. Una vez. Dos. Hasta que mi mente se estabilizó lo suficiente como para distinguirme del entorno. Seguí flotando, inmóvil, con los brazos abiertos, los párpados cerrados y el pecho entumecido. Y dentro de ese vacío físico, empecé a ordenar mi interior.
Las visiones del coloso, del campo de rosas, de la voz de Pawurs… ¿fueron reales? ¿Acaso importa? Lo que aprendí allí, lo sentía en los huesos, en las venas. El poder de golpear lo intangible, de endurecer el espíritu, ya no era un sueño. Estaba latiendo dentro de mí como una llama que no se dejaba apagar. No necesitaba confirmar su realidad. Solo necesitaba recordarla.
Poco a poco, me concentré. No en salir. No en moverme. Sino en mí. En no perderme. En no dejar que esta olla de locura me disolviera como lo había intentado desde el primer momento. En aceptar el dolor no como enemigo, sino como parte de mí. El sufrimiento ya no era una jaula. Era un espejo. Permanecí así… suspendido, temblando, respirando con esfuerzo pero con decisión. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Podían haber pasado años mientras mi cuerpo se cocía y mi mente se perdía en mundos que solo existen cuando el alma se quiebra. Pero había vuelto. Y esta vez no como antes.
Recordé todo: El coliseo, la derrota, el nakama que no pude salvar, Joe, el juicio, la sangre, la caída. Todo. No me dolía recordarlo. Me anclaba. Y así, comencé a meditar. No de la forma elegante que mi padre me había enseñado alguna vez, sino como quien se aferra a un clavo ardiendo para no caer al abismo. Mis pensamientos eran inestables, mis emociones rugían como el fuego bajo esta olla maldita, pero logré contenerlas. Una a una las fui atando, silenciando, ordenando. No las eliminé. Solo las obligué a obedecer.
No crucé las piernas. No flotaba erguido como un monje iluminado. Estaba encorvado, débil, a punto de desmayarme. Pero consciente. Lúcido. En control.
El caldero seguía hirviendo. La sangre seguía quemando. Las voces de los condenados aún susurraban desde lo profundo. Pero yo, por primera vez desde que fui arrojado aquí, no temblaba. No gritaba. No me resistía. Solo estaba.
Comencé a pensar en mis nakamas, Sasha, Kenzo, Aspros, Garnet, Jimba, Tobias, Jolyne... Triana...
-Me pregunto si algún día volveremos a ser un equipo. Parece que todo lo que un día nos mantuvo unidos nos empujara cada vez más lejos. Y ahora la libertad me ha guiado hasta aquí. ¿Qué se supone que tengo que hacer? -reflexionaba hacia mis adentros mientras iba expandiendo poco a poco mi espíritu. Ese espíritu que despertó con la ira más absoluta ahora estaba fluyendo sobre aquel mar de horrores con un sentimiento mucho más profundo.
Cada pulso era más fuerte que el anterior, cada oleada era más poderosa y más notoria. Lo notaba en el ambiente, las cenizas se dispersaban con cada oleada y por un instante entraba la luz. Mi cuerpo ya estaba al límite, mi mente había pasado por la peor de las locuras, pero mi espíritu se mantenía intacto. Este poder… no sabía lo que era este poder que tenía en lo más profundo de mi alma. Era pura fuerza de voluntad.
Suspendido en ese mar hirviente, rodeado de muerte, envuelto en ceniza, dejaba que mi espíritu palpitara una y otra vez en oleadas invisibles. Cada pulso recorría mi cuerpo como un tambor de guerra. Cada exhalación era un latido que empujaba el dolor hacia fuera, como si pudiera transformarlo en pura paz.
Primero fue el preso que flotaba más cerca. Su rostro se contorsionaba en un rictus de horror perpetuo, pero cuando la onda lo alcanzó, se quedó completamente paralizado. Después vinieron los otros. Uno a uno. Decenas, tal vez cientos. Cuerpos mutilados, al borde de la locura, marcados por meses -¿años?- de castigo. Cada pulso los tocaba. Cada uno los dejaba quietos, flotando con la quietud de quien ha dejado de contorsionarse de puro dolor. La sangre seguía ardiendo, pero ya no los consumía. No podía darles la libertad, pero si podía otorgarles el descanso que necesitaban.
No sabría decir cuánto tiempo estuve así. Mi cuerpo se había vuelto una carcasa temblorosa. Las fuerzas me abandonaban en cada respiración, pero no dejaba de emitir mi espíritu. Era como si mi voluntad ya no necesitara músculo ni carne. Como si el alma misma estuviera bombeando energía directamente desde el centro de mi ser.
Las ondas crecían. Más allá del caldero. Traspasaban los límites que me dejaba la vista. Sentía cómo el mundo se estremecía con cada latido de mi voluntad. Las paredes temblaban. El cielo ceniciento se agrietaba. El vapor retrocedía, y sin embargo, yo no me movía ni lo más mínimo.
Estaba agotado. Cada vez que emitía aquel tipo de energía, mi pecho crujía por dentro. Mis huesos se sentían frágiles y mis alas estaban desgarradas, extendidas apenas, como el recuerdo de lo que fueron; mis labios estaban totalmente secos y la garganta hecha trizas. Pero yo seguía, no porque pudiera, sino porque sentía que era mi deber. Porque, de alguna forma, sentía que esto era mi juicio final. Mi juicio final era justo esta elección: permanecer, resistir, liberar a otros aunque eso significara destruirme.
Al cabo del tiempo ya no podía distinguir si respiraba o si sentía. Solo era una fuente de voluntad, un tambor que latía en medio del abismo. Y entonces pese a estar agotado me comencé a encontrar con muchísima más fuerza. Mi espíritu se elevó por encima de lo que yo creía capaz, mi voluntad se hizo aún más fuerte y mi mente se llenó de coraje.
Desde luego algo cambió dentro de mí. No fue una visión, ni una voz, ni un recuerdo. Fue... fuerza. Un nuevo tipo de fuerza. Una que no venía del cuerpo, ni del dolor, ni del entrenamiento. Era puro fuego brotando desde el centro del alma. Voluntad en el estado más bruto y primitivo. Voluntad que no quería seguir flotando sobre este charco de sangre. Que no quería dormirse entre el vapor y las cenizas.
Mi cuerpo, aún cubierto de quemaduras, aún herido, aún roto, comenzó a incorporarse por sí solo, empujado por esa energía que ya no obedecía a la lógica del mundo físico. La sangre hervía con la misma violencia, pero ya no me tragaba. El líquido carmesí ahora me cubría hasta la cintura. Los vapores se apartaban a mi paso. Me mantuve de pie, con la espalda arqueada por el dolor, pero de pie. Con los puños apretados y el pecho desnudo, lleno de heridas abiertas. Respiré hondo. Como si estuviera a punto de expulsar siglos de sufrimiento acumulado. Y grité. Un grito que no fue solo un rugido. Fue un llamado. Un temblor.
-¡NO OS RINDÁIS!
Mi voz explotó como una ola de fuego en medio de aquella niebla que quemaba la respiración. Atravesó el vapor, atravesó la sangre, atravesó el alma de cada condenado allí presente. No era una orden. No era una súplica. Era voluntad en forma de voz. Un golpe espiritual. Un martillo de fe cayendo sobre la desesperanza.
Vi cuerpos moverse. Ojos que se abrían. Extremidades que temblaban.
-¡SEGUÍS AQUÍ! -grité con más fuerza-. ¡SEGUÍS RESPIRANDO! ¡ESO YA ES UNA VICTORIA! ¡NO SOMOS CENIZA TODAVÍA!
El caldero vibró. Las ondas que antes salían de mí como oleajes silenciosos ahora eran truenos. Cada sílaba se convirtió en una lanza de fuego que atravesaba el velo de locura de aquel infierno. Grité de nuevo, con el cuello alzado y con el alma rota en mil pedazos, pero reconstruida. Con una voz tan potente que ni siquiera parecía mía.
Y en ese instante lo vi. Los presos caían uno a uno, sus rostros de sufrimiento se convertían en paz. Se estaban quedando inconscientes. Quizá no podía darles la libertad, pero si podía darles el descanso que merecían. Y desde luego lo que no iba a hacer era darles la satisfacción a los carceleros de ver a los presos sufrir.
Mis piernas temblaban, pero no caí. El calor quemaba, pero ya no me consumía. Cada respiración era una explosión de voluntad que se expandía más allá del caldero. Sentía que las paredes de esta prisión -si es que alguna vez hubo paredes- comenzaban a agrietarse ente mi voluntad. Yo no iba a parar, emitir la voluntad del hombre más libre del mundo era lo único que me quedaba. Y pese a todo, en lo más profundo de mi ser, sabía que tarde o temprano me reencontraría con mi tripulación, con mis amigos. Echaros de menos es el privilegio de haberos vivido.
Desperté con el torso desnudo y completamente magullado en el centro de un estanque circular. El líquido que me rodeaba no era agua: era denso, oscuro, espeso como la tinta y rojo como el interior de una herida fresca. Olía a óxido, a hierro, a muerte. Era sangre, y estaba hirviendo.
El fuego que calentaba el estanque no provenía de antorchas, sino de lenguas danzantes que brotaban de grietas en la tierra, se sentía como si el infierno respirara directamente bajo mis pies, como si se estuviera burlando de mí. Las llamas chisporroteaban y rugían, elevando vapores densos que quemaban la garganta al inhalar. Al principio, gritaba, luego sólo me debatía entre la vida y la muerte. La piel me burbujeaba, los músculos se tensaban como cuerdas húmedas al fuego. Pero el dolor me mantenía allí, sumergido hasta el pecho, con la sangre hirviendo arrancándome el juicio centímetro a centímetro.
Los días pasaron -o al menos, lo que creía que eran días.- No había sol ni luna, solo ese cielo de ceniza que escupía derrota. En el vapor comenzaron a aparecer rostros. Al principio eran sombras que aparecían por el rabillo del ojo, luego fueron figuras completas. Mi padre, con los labios cosidos. Zarutsuki, convertido en un cadáver que me señalaba con los dedos rotos. Joe, que reía sin boca. “No estoy solo”, pensé. “Estoy rodeado de mí mismo.". Pero a duras penas me convencía de que aquello no era real. El dolor y el cansancio hacían estragos dentro de mi cabeza, y me esforzaba por no caer inconsciente, aunque la mayoría de las veces era inevitable.
El calor me abrasaba por dentro. Sentía que mi sangre bullía más que la que me rodeaba, sentía como si mi propia sangre quisiera salir de mi cuerpo y mezclarse con la de este caldero maldito. Pasó el tiempo y comencé a reír. Reía cuando las uñas se caían de mis manos y pies. Reía cuando la carne de mis hombros se desprendía como cera blanda. Reía cuando los alaridos de los condenados invisibles se mezclaban con los gritos de mis compañeros de tortura y con mis propios delirios. En uno de estos momentos una figura emergió del borde del estanque. Imponente, envuelto en una coraza de fuego, con un rostro cubierto por una máscara repleta de agujeros, sin expresión. Caminó sobre la sangre como si fuera de piedra y se inclinó junto a mi.
-Ya casi estás listo -susurró la figura con voz líquida-. Cuando hiervas por completo, veremos qué queda.
"Sohem...", pensé mientras sonreía tranquilo y mi cuerpo se desvanecía en una nube de polvo y ceniza. En un instante me encontraba flotando sobre un campo de rosas negras, las rosas cantaban con lenguas que no pertenecían a nadie. Las voces me susurraban secretos, y los secretos dolían. Pero también sabían dulce.
Yojimbo, o sea, yo mismo, o lo que quedaba de él, o de mí, dejó de gritar. Solo flotaba, con los ojos en blanco y una sonrisa tranquila. El estanque seguía hirviendo. Pero ahora, me encontraba en paz.
Pero la paz no dura. No allí. Ni en el campo de rosas negras, ni en el vacío que viene después del dolor.
Floté por lo que pareció una eternidad, con el cuerpo tirando humo y los pensamientos completamente desgarrados por el dolor. El canto de las rosas se convirtió en una letanía aguda, o en un réquiem. Cantaban mi historia, pero desfigurada: hablaban de mí como de una criatura que nunca deberia haber existido. Me llamaban por nombres que nunca había escuchado y se burlaban de mí.
Murmuraban, como rememorando el pasado, el momento en el que me quitaron de las manos a un nakama para que muriera poco después, la derrota que sufrí frente a mí pueblo en aquel coliseo, la derrota contra Joe por haberme confiado... me lo recordaban una y otra vez, en bucle. Intenté cubrirme los oídos, pero no tenía manos. Intenté cerrar los ojos, pero no tenía párpados. Yo era solo un fragmento, una masa de carne consciente que lo sentía todo.
Fue entonces cuando el canto cesó. Un silencio tan profundo que incluso era incómodo.
Las rosas comenzaron a arder, una por una, en llamas negras que emitían un frio gélido. Las lenguas de fuego subían como dedos señalando al cielo ceniciento, y en medio de ese infierno estético descendió un coloso de obsidiana, con alas que eran cuchillas abiertas. No caminaba ni volaba: simplemente estaba suspendido en medio de ma nada, como si el mundo lo hubiera recordado de pronto.
-Parece que te has rendido -dijo, sin mover la boca, sin emitir sonido alguno. La voz entró directamente en mi cráneo, seca, inmensa, ineludible
Y entonces, regresé. No al caldero, sino a otro lugar en el que el suelo era de cristal y el cielo era un ojo que nunca parpadeaba, y la sangre, que aún hervía, llovía en hilos finos que me cosían de nuevo al mundo. Sentí cada parte de mí reconstruirse: primero los huesos, luego los nervios y después la piel.
Aquel coloso se materializó frente a mí. En él, me vi… era casi un reflejo idéntico a mí. La figura era mía, pero él parecía estar hecho de hollín, y sus alas de cuchillas.
-¿Ves ahora? -dijo el reflejo-. No fuiste condenado por tus crímenes. Ni por existir. Fuiste condenado… por ser débil.
El reflejo avanzó sin mover las piernas. Flotaba, deslizándose como humo denso entre aquella lluvia de hilos de sangre hirviendo. No había amenaza en su gesto ni en su postura, pero todo su cuerpo evocaba un aura oscura. Yo di un paso atrás, apenas uno, pero el cristal bajo mis pies crujió con la intensidad de un terremoto.
-¿Vas a temblar también aquí? -dijo el coloso, con mi voz, pero sin alma.
En un abrir y cerrar de ojos se desvaneció y reapareció detrás de mí. Entonces un golpe retumbó dentro de mi caja torácica. El impacto fue invisible, pero lo sentí muy real: era una presión brutal en el pecho, como si me hubieran atravesado con una montaña. Salí volando, rompiendo el cristal de mis pies con mi cuerpo, cayendo en el vacío como si me sumergiera en el agua, tragado por una nada absoluta.
Mis alas se abrieron por instinto. El aire -o lo que fuera que me rodeaba- se resistió, pero logré estabilizarme. Respiraba como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Sentía los huesos rotos, los órganos girados dentro de mí. Y aun así… volé.
El coloso venía otra vez. Esta vez, con los brazos extendidos. Sus dedos se estiraban y se iban afilando como si fueran cuchillas, y su mirada desprendía odio. Traté de atacarlo. Cerré el puño, giré el cuerpo, lancé la Tierra Dorada más fuerte que había hecho jamás, directa al centro de su rostro. Pero lo atravesé como si fuera niebla. Como si yo aún no supiera de lo que soy capaz. El contraataque llegó como un eco inverso: mi propio puño regresó hacia mí, potenciado, y me estrelló contra una columna de cristal que se hizo trizas.
-No puedes tocar lo que no comprendes... -murmuró.
Y entonces, entre los fragmentos rotos de aquel mundo, lo escuché. La voz de Pawurs. No como recuerdo, sino como presencia.
“¿Sorprendido? -preguntó Pawurs. -Esto que acabas de ver es haki de armadura. Es como tener una armadura invisible y también se puede usar para atacar como he estado haciendo contigo.”
En ese momento recordé. Recordé el entrenamiento de Pawurs durante horas golpeándome con aquella verdura envuelta en un poder intangible, aquel poder que convirtió una verdura en algo más duro que el acero. El poder de golpear lo que no se puede golpear.
Cerré los ojos y el coloso se abalanzó sobre mí, alzando ambos brazos, dispuesto a partirme en dos. Yo no me moví y dejé que el aire fluyera. Que el corazón se aquietara y que el miedo se fundiera con la voluntad.
Y lo sentí: una pulsación densa, profunda, negra como obsidiana, que brotó de mis entrañas. Recorrió mis brazos. Cubrió mis nudillos. No era metal, no era magia. Era yo… irrompible. El coloso me intentó golpear, aún con los ojos cerrados pivoté sobre mi pierna derecha haciendo que su puño pasara de largo rozando mi cara.
Abrí los ojos. Mis brazos estaban recubiertos de una esencia única, aún sin pulir pero con potencial. Sonreí.
-Ahora sí -susurré-. Vamos de nuevo.
Y entonces mi puño izquierdo se elevó con la fuerza de cien cañones e impactó sobre el mentón de aquella sombra; mi puño no lo atravesó. Esta vez, lo hizo sangrar y el coloso chilló sin boca. Sus alas se cerraron y se desvaneció. Yo lo sentía. Lo que antes era intocable, ahora tenía forma. El peso del mundo. El miedo. El juicio. Todo era materia.
Y yo podía romperla.
Desperté con el cuerpo flotando a la deriva, como un cadáver que se resiste a hundirse. No sabía si había pasado una hora, un día o diez años desde la última vez que abrí los ojos. No recordaba cómo volví aquí, ni si alguna vez llegué a salir realmente. Tal vez todo había sido una alucinación. Tal vez no. El calor seguía ahí. El vapor me rodeaba como una prisión sin barrotes. La sangre hervía con la misma rabia de siempre, burbujeando contra mi piel en un abrazo que nunca había dejado de doler.
Intenté mover los dedos, y no respondieron al principio. Solo noté un leve temblor, como si no fueran míos. La sangre me llegaba hasta el cuello y no tenía fondo visible; yo flotaba sostenido por su propia densidad. Dejarme llevar no era una opción; apenas podía mantenerme a flote. Si dejaba que mi mente dudara un segundo, si me rendía al agotamiento, me hundía. Lo sabía. Ya me había pasado antes.
Miré hacia los bordes, buscando algo distinto. Nada. Las paredes del caldero, si es que existían, estaban cubiertas por el mismo vapor rojizo de siempre. No había cielo, ni luz, ni referencia. Solo una niebla que lo engullía todo. Podía haber estado aquí días. Semanas. Años. El tiempo no se medía en esta prisión. Solo existía el antes del dolor... y el después. Sentía el cuerpo destrozado. Los músculos agarrotados, como si se hubieran endurecido por dentro. La piel se me desprendía al menor roce, y debajo solo había carne palpitante, roja, viva. Mis alas estaban replegadas y casi rígidas, como si también ellas quisieran dormir. Pero no podían. Yo no podía. ¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?
Respiré con dificultad. Cada bocanada de aire quemaba la garganta como una antorcha encendida. El vapor era ácido, denso, repleto de muerte. Pero lo inhalé. Y lo exhalé. Una vez. Dos. Hasta que mi mente se estabilizó lo suficiente como para distinguirme del entorno. Seguí flotando, inmóvil, con los brazos abiertos, los párpados cerrados y el pecho entumecido. Y dentro de ese vacío físico, empecé a ordenar mi interior.
Las visiones del coloso, del campo de rosas, de la voz de Pawurs… ¿fueron reales? ¿Acaso importa? Lo que aprendí allí, lo sentía en los huesos, en las venas. El poder de golpear lo intangible, de endurecer el espíritu, ya no era un sueño. Estaba latiendo dentro de mí como una llama que no se dejaba apagar. No necesitaba confirmar su realidad. Solo necesitaba recordarla.
Poco a poco, me concentré. No en salir. No en moverme. Sino en mí. En no perderme. En no dejar que esta olla de locura me disolviera como lo había intentado desde el primer momento. En aceptar el dolor no como enemigo, sino como parte de mí. El sufrimiento ya no era una jaula. Era un espejo. Permanecí así… suspendido, temblando, respirando con esfuerzo pero con decisión. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Podían haber pasado años mientras mi cuerpo se cocía y mi mente se perdía en mundos que solo existen cuando el alma se quiebra. Pero había vuelto. Y esta vez no como antes.
Recordé todo: El coliseo, la derrota, el nakama que no pude salvar, Joe, el juicio, la sangre, la caída. Todo. No me dolía recordarlo. Me anclaba. Y así, comencé a meditar. No de la forma elegante que mi padre me había enseñado alguna vez, sino como quien se aferra a un clavo ardiendo para no caer al abismo. Mis pensamientos eran inestables, mis emociones rugían como el fuego bajo esta olla maldita, pero logré contenerlas. Una a una las fui atando, silenciando, ordenando. No las eliminé. Solo las obligué a obedecer.
No crucé las piernas. No flotaba erguido como un monje iluminado. Estaba encorvado, débil, a punto de desmayarme. Pero consciente. Lúcido. En control.
El caldero seguía hirviendo. La sangre seguía quemando. Las voces de los condenados aún susurraban desde lo profundo. Pero yo, por primera vez desde que fui arrojado aquí, no temblaba. No gritaba. No me resistía. Solo estaba.
Comencé a pensar en mis nakamas, Sasha, Kenzo, Aspros, Garnet, Jimba, Tobias, Jolyne... Triana...
-Me pregunto si algún día volveremos a ser un equipo. Parece que todo lo que un día nos mantuvo unidos nos empujara cada vez más lejos. Y ahora la libertad me ha guiado hasta aquí. ¿Qué se supone que tengo que hacer? -reflexionaba hacia mis adentros mientras iba expandiendo poco a poco mi espíritu. Ese espíritu que despertó con la ira más absoluta ahora estaba fluyendo sobre aquel mar de horrores con un sentimiento mucho más profundo.
Cada pulso era más fuerte que el anterior, cada oleada era más poderosa y más notoria. Lo notaba en el ambiente, las cenizas se dispersaban con cada oleada y por un instante entraba la luz. Mi cuerpo ya estaba al límite, mi mente había pasado por la peor de las locuras, pero mi espíritu se mantenía intacto. Este poder… no sabía lo que era este poder que tenía en lo más profundo de mi alma. Era pura fuerza de voluntad.
Suspendido en ese mar hirviente, rodeado de muerte, envuelto en ceniza, dejaba que mi espíritu palpitara una y otra vez en oleadas invisibles. Cada pulso recorría mi cuerpo como un tambor de guerra. Cada exhalación era un latido que empujaba el dolor hacia fuera, como si pudiera transformarlo en pura paz.
Primero fue el preso que flotaba más cerca. Su rostro se contorsionaba en un rictus de horror perpetuo, pero cuando la onda lo alcanzó, se quedó completamente paralizado. Después vinieron los otros. Uno a uno. Decenas, tal vez cientos. Cuerpos mutilados, al borde de la locura, marcados por meses -¿años?- de castigo. Cada pulso los tocaba. Cada uno los dejaba quietos, flotando con la quietud de quien ha dejado de contorsionarse de puro dolor. La sangre seguía ardiendo, pero ya no los consumía. No podía darles la libertad, pero si podía otorgarles el descanso que necesitaban.
No sabría decir cuánto tiempo estuve así. Mi cuerpo se había vuelto una carcasa temblorosa. Las fuerzas me abandonaban en cada respiración, pero no dejaba de emitir mi espíritu. Era como si mi voluntad ya no necesitara músculo ni carne. Como si el alma misma estuviera bombeando energía directamente desde el centro de mi ser.
Las ondas crecían. Más allá del caldero. Traspasaban los límites que me dejaba la vista. Sentía cómo el mundo se estremecía con cada latido de mi voluntad. Las paredes temblaban. El cielo ceniciento se agrietaba. El vapor retrocedía, y sin embargo, yo no me movía ni lo más mínimo.
Estaba agotado. Cada vez que emitía aquel tipo de energía, mi pecho crujía por dentro. Mis huesos se sentían frágiles y mis alas estaban desgarradas, extendidas apenas, como el recuerdo de lo que fueron; mis labios estaban totalmente secos y la garganta hecha trizas. Pero yo seguía, no porque pudiera, sino porque sentía que era mi deber. Porque, de alguna forma, sentía que esto era mi juicio final. Mi juicio final era justo esta elección: permanecer, resistir, liberar a otros aunque eso significara destruirme.
Al cabo del tiempo ya no podía distinguir si respiraba o si sentía. Solo era una fuente de voluntad, un tambor que latía en medio del abismo. Y entonces pese a estar agotado me comencé a encontrar con muchísima más fuerza. Mi espíritu se elevó por encima de lo que yo creía capaz, mi voluntad se hizo aún más fuerte y mi mente se llenó de coraje.
Desde luego algo cambió dentro de mí. No fue una visión, ni una voz, ni un recuerdo. Fue... fuerza. Un nuevo tipo de fuerza. Una que no venía del cuerpo, ni del dolor, ni del entrenamiento. Era puro fuego brotando desde el centro del alma. Voluntad en el estado más bruto y primitivo. Voluntad que no quería seguir flotando sobre este charco de sangre. Que no quería dormirse entre el vapor y las cenizas.
La voluntad del hombre más libre del mundo.
Mi cuerpo, aún cubierto de quemaduras, aún herido, aún roto, comenzó a incorporarse por sí solo, empujado por esa energía que ya no obedecía a la lógica del mundo físico. La sangre hervía con la misma violencia, pero ya no me tragaba. El líquido carmesí ahora me cubría hasta la cintura. Los vapores se apartaban a mi paso. Me mantuve de pie, con la espalda arqueada por el dolor, pero de pie. Con los puños apretados y el pecho desnudo, lleno de heridas abiertas. Respiré hondo. Como si estuviera a punto de expulsar siglos de sufrimiento acumulado. Y grité. Un grito que no fue solo un rugido. Fue un llamado. Un temblor.
-¡NO OS RINDÁIS!
Mi voz explotó como una ola de fuego en medio de aquella niebla que quemaba la respiración. Atravesó el vapor, atravesó la sangre, atravesó el alma de cada condenado allí presente. No era una orden. No era una súplica. Era voluntad en forma de voz. Un golpe espiritual. Un martillo de fe cayendo sobre la desesperanza.
Vi cuerpos moverse. Ojos que se abrían. Extremidades que temblaban.
-¡SEGUÍS AQUÍ! -grité con más fuerza-. ¡SEGUÍS RESPIRANDO! ¡ESO YA ES UNA VICTORIA! ¡NO SOMOS CENIZA TODAVÍA!
El caldero vibró. Las ondas que antes salían de mí como oleajes silenciosos ahora eran truenos. Cada sílaba se convirtió en una lanza de fuego que atravesaba el velo de locura de aquel infierno. Grité de nuevo, con el cuello alzado y con el alma rota en mil pedazos, pero reconstruida. Con una voz tan potente que ni siquiera parecía mía.
¡KIIIIKIKIKIKIKI!
Y en ese instante lo vi. Los presos caían uno a uno, sus rostros de sufrimiento se convertían en paz. Se estaban quedando inconscientes. Quizá no podía darles la libertad, pero si podía darles el descanso que merecían. Y desde luego lo que no iba a hacer era darles la satisfacción a los carceleros de ver a los presos sufrir.
Mis piernas temblaban, pero no caí. El calor quemaba, pero ya no me consumía. Cada respiración era una explosión de voluntad que se expandía más allá del caldero. Sentía que las paredes de esta prisión -si es que alguna vez hubo paredes- comenzaban a agrietarse ente mi voluntad. Yo no iba a parar, emitir la voluntad del hombre más libre del mundo era lo único que me quedaba. Y pese a todo, en lo más profundo de mi ser, sabía que tarde o temprano me reencontraría con mi tripulación, con mis amigos. Echaros de menos es el privilegio de haberos vivido.
El Rey volvía a reir.
Off
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