03-08-2025, 06:57 PM
A todos los miembros de los Alas Negras les convenía un merecido descanso tras la intensa aventura en el archipiélago Sabaody. Tras una larga estancia, decidieron permanecer un tiempo indefinido, pues tenía diversos quehaceres, el más común, hacerse más fuertes. Tobías estaba de acuerdo con aquellas “vacaciones” casi obligatorias, todos habían sufrido lo suyo y estaban deseando asimilar la experiencia ganada. Por su parte, el vaquero se aisló bastante en sus dominios, tenía una misión que ansiaba enfrentar. Tras la entrada triunfal al archipiélago Sabaody, con el Tango de la Sultana haciendo aguas, Tobías tenía la obligación de reforzar y asegurar la integridad de su actual navío. Las aguas del Grand Line cada vez eran más bravas e impredecibles, todo refuerzo y mejora sería más que necesario para seguir navegando con tranquilidad. Su rutina tenía pocas localizaciones, su habitación, que hacía la función de estudio, y tres establecimientos de la isla submarina, una serrería, el mercado de artesanos y la granja de seabrays. Cada mañana salía temprano hacia el distrito Gyiojin, Primera parada en la granja para sacar a pasear a Perdigón, un seabray al que el pistolero había cogido cariño desde su primera visita al lugar. Los seabrays eran unos caballitos, más bien burritos, de mar, de unos tres metros y medio de largo o alto, según se vea. Los lugareños los utilizaban como montura o como bestias de carga, atando carros a su espalda. El carpintero solía ir a darles de comer y le daba unas monedas a la propietaria de la granja, Belma, una gyojin pez luna encantadora, a cambio de prestarle a Perdigón y un carro para transportar la ingente cantidad de tablones que necesitaba para trabajar en el galeón. Podría haberse ayudado de su poder para transportar todo, pero no quería llamar la atención, lo mejor era pasar desapercibido. Poco a poco, día a día, Tobías reunió la madera necesaria y dejó de atarle el carro a Perdigón para montar en él y visitar el mercado de artesanos, donde solía encontrar gran variedad de herramientas, materiales raros y algún que otro tesorillo. Cada día, aquella plaza era un mundo nuevo, a muchos de los mercaderes solo los vio una vez a lo largo de toda su estancia en la isla.
Perdigón
Entre viajes al distrito Gyojin, Tobías comenzó reforzando los tres mástiles con láminas de la madera más dura que había en la única serrería del lugar. Al tener el monopolio, sus precios eran bastante elevados, pero solo hizo falta una visita de Sasha para ajustar el precio de por vida. Si alguna vez trataban de aumentar el valor, el vaquero solo tenía que amenazarlos con llamar a su sobrina para que entraran en razón sin rechistar. Esa tarea fue la más ágil y sencilla, montado en su andamio (una tabla flotante), armado con su fiel martillo y un porrón de clavos, fue rodeando de abajo a arriba toda la superficie de los tres palos ajustando cada uno de los tablones adaptados a la curvatura. La cubierta, en cambio, le tomó bastante más tiempo por su basta extensión. Aprovechó para añadir unas cuantas luces más al escenario de Garnet y también un cañón de llamas y humo. Muchas horas cortando, puliendo, hidratando y barnizando madera, esa rutina sería tediosa para cualquiera menos para Tobías. Su perfeccionismo y su incapacidad para aplaudir, resultaba en tiempo de más para el proceso, pero le encantaba lo que hacía y se pegó casi dos meses para terminar de reforzar la cubierta, pero había merecido la pena el esfuerzo. Le quedaba robustecer proa, popa y casco. Eso sí que iba a tomar tiempo, además de requerir, obligatoriamente, sacar el galeón del mar y llevarlo a marina seca para poder trabajar. Eso también costó un pico, que hubiera sido mucho más sin la intervención de su sobrina. Tres meses largos, pero necesarios, para rematar el trabajo. Dar la curva perfecta a los tablones, aislar bien, puzzles complejos y mucha paciencia, pues era la primera vez que hacía algo así. No solo recubrió con una delgada capa de sura madera el casco por fuera, por dentro si que se permitió el lujo de usar un grosor mayor, pues no interferiría con la línea original exterior, la cual era crucial para reducir la fricción con el agua. La quilla era el alma del navío, así que se esmeró de más para que quedara protegida sin desdibujar su silueta original. Tras el fino trabajo, el Solar Karma regresó a su medio natural, mostrando, con orgullo, que su estabilidad y flotabilidad no habían empeorado ni un ápice, al revés, parecía más estable que nunca. Todo un reto que inundó, irónicamente, las mejillas del carpintero con dulces lágrimas. El viaje de vuelta a la bahía donde atracaban el galeón, confirmó que éste estaba en su mejor momento.
Después de ese casi medio año, la inercia que llevaba el vaquero, le impulsó a seguir con sus labores de carpintero. Hacía tiempo que quería agradecer a su hermano pelirrojo todo el tiempo que le había dedicado para enseñarle a controlar su haki, y más, todos los deliciosos platos que preparaba día tras día. Se merecía una cocina en condiciones, y no solo lo agradecería el cocinero, también todos los comensales. Tenía la habitación perfecta para montar la estancia, una amplia sala con tres portillos que otorgaban vistas a la idílica superficie del mar. Un par de viajes a la serrería junto a Perdigón y tres más al mercado de artesanos para adquirir todo lo necesario. En el primero es obvio y en el segundo pudo hacerse con una gran variedad de menaje y útiles varios para la cocina. Con los planos definitivos, armó una larga encimera con sus fogones, un horno de leña, agua corriente y varias alacenas en la pared, además de cajones. Otra encimera en isla, cargada de espacio de almacenaje, separada un metro y paralela a la otra. En el voladizo de la isla montó varios taburetes y dejó un par de cojines para que los más altos pudieran sentarse cómodamente en el suelo para disfrutar del desayuno en aquella superficie. Una gran mesa pegada a la pared exterior, que permitía comer con vistas al mar, completaba la estancia. Había quedado realmente acogedora y práctica, era una gran y necesaria mejora para el Solar Karma.
Otra cosa que se había perdido en el Frog Guild, era la estrellada escena que Tobías había montado en el techo de la habitación de Sasha. Tenía que volver a hacerlo, su sobrina lo necesitaba más que nunca. Había adquirido un mapa estelar de un vendedor ambulante en el mercado de los artesanos, el cual iba a utilizar para hacerlo lo más fiel posible al cielo real. Como era imposible plasmar el mapa al completo, escogió una sección, en la cual se hallaba la constelación del Gran Oni, entre muchas varias. Fue un trabajo preciso y minucioso, esta vez dándole tridimensionalidad al colgar las bombillas que representaban a las estrellas más brillantes, para que visto desde abajo parecieran más grandes. Metros de cable, cientos de agujeros y horas de empalmes después, el vaquero se quedó tumbado en el suelo una buena hora tras terminar, admirando el resultado y esperando que le gustara a su sobrina tanto como a él.
La escena celeste de la habitación de Sasha le animó a personalizar la suya, que también era de Pascal y se merecía un terrario más grande, tanto que decidió que ocuparía la habitación entera. Su idea era, respetando su cama y su escritorio, llenar de ramas y demás vegetación la estancia, para que el pequeño reptil campara a sus anchas por toda la habitación. El manitas tardó un par de días en tomar las medidas de su habitación y diseñar el hábitat ideal para su pequeño amiguito reptil. Se inspiró en el terreno donde lo encontró en la isla Toko sumándole algo más de verde, recordando la espesa selva de la isla del cielo. La flora de la isla de los tritones estaba compuesta fundamentalmente por algas. Lo que parecían arbustos y árboles, eran en realidad estructuras de coral, esas colonias de organismos microscópicos tan complejas y coloridas, por tanto no podían clasificarse como plantas. Eso iba a resultar un problema a la hora de matizar ese aspecto de jungla que buscaba. Por suerte, en una de las visitas al mercado de artesanos junto a Perdigón, se cruzó con un puesto en el que un mink dromedario vendía plantas, brotes de árboles y gran variedad de semillas de la superficie. Tobías se hizo con varios helechos, una planta enredadera de blancas flores aromáticas y diversas semillas y tiestos. Las algas de la costa servirían de abono y sustrato. Le hubiera gustado tener un árbol ya crecido y bien ramificado para que Pascal pudiera recorrer la habitación sin pisar el suelo, pero tendría que conformarse con hacer una “escultura” de un árbol, perfilando rama a rama y unirlas armoniosamente al tronco, también tallado. Con el tiempo, la enredadera cubriría todas las ramas creando la sensación de que la estatua pareciera un árbol vivo.
El falso árbol había quedado genial y Pascal se había enamorado a primera vista. Desde que lo instaló en la habitación, el pequeño camaleón no se había bajado de sus ramas. Sin molestar al reptil, el carpintero colgó las tres macetas de tres ramas diferentes. La instalación eléctrica venía inspirada por el diseño que había hecho en el camarote de su sobrina. Pegados al techo colocó cuatro focos pequeños que emitían rayos UVA, además de luz. Aportarían vitalidad a las plantas y el calorcito que tanto le gustaba a Pascal. A parte, colocó varias bombillas normales, colgadas del techo a diferentes alturas. La estancia estaba quedando de lo más acogedora. Con todo el tiempo libre que se presentaba delante, tocaba estrenarla, pues muchos proyectos se le estaban acumulando por falta de inspiración, la cual esperaba que llegara junto a esa nueva estampa.
Camarote de Tobías y Pascal
Tobías iba a pasar muchísimas horas sentado en su silla, frente a sus proyectos, con la compañía de Pascal y los diversos insectos que iba liberando para que el pequeñín se diera sus atracones. Al joven barba naranja le fascinaba ver la gran habilidad que tenía el camaleón para capturar a sus presas. Tobías pensaba que sus reflejos eran más lentos que los de su amiguito, pues éste siempre se adelantaba a los movimientos de sus almuerzos. En más de una ocasión, perdía la concentración en su trabajo por verlo cazar y llegar a comprender cómo lograba semejante hazaña. Al pistolero le vendrían genial semejantes reflejos, con la capacidad de intuir hacia dónde se movería su contrincante, no habría tantas balas perdidas. Para poder avanzar con sus movidas, el joven barba naranja decidió hacer uso de su haki de observación para estar pendiente de Pascal y sus presas mientras el seguía con sus garabatos.Mientras su zurda iba recorriendo erráticamente la superficie del papel sosteniendo la negra pluma, no dejaba de tener controlado al camaleón. Al fin y al cabo era algo similar a lo que hacía el chiquitín con sus ojos, los cuales se movían independientemente el uno del otro, sumado al alto rango de giro que tenían. Tenía que ser como Pascal, y como Jolyne, tenía que poder tener controlados todos los puntos y seres que compartían espacio en el campo de batalla. Pero es que el puñetero reptil era capaz no solo de ver a más de una presa a la vez, el enano podía ver perfectamente hacia donde iban a saltar los saltamontes. Eso seguía quitándole el sueño al vaquero, quería poder hacer lo mismo, así que en los descansos intensificaba su atención en Pascal, tanto espiritual como visual. Y fue en uno de estos descansos cuando vio algo que le había pasado desapercibido o que simplemente antes no había sido capaz de ver. Tantas horas, días y semanas con su haki activo habían mejorado su capacidad de control y de percibir más cosas.El aura de Pascal emitía un ligero destello, como si se intensificara fugazmente, durante una milésima de segundo, como un flash en la lejanía, muy tenue, pero no sucedía en el momento en que disparaba su lengua hacia el insecto de turno. Ese imperceptible destello, emergía hasta un par de segundos antes del ataque y solo aparecía en las ocasiones en las que el susodicho insecto realizaba un movimiento evasivo, como si el camaleón fuera capaz de ver el futuro, solo si le fuera a ser de utilidad la información. Si la mosca permanecía estática hasta el momento de ser atrapada, él lo sabía de antemano y disparaba su lengua donde se hallaba sin perturbar su aura, pero si ésta emitía ese destello, era seguro que la mosca iba a salir volando y por ende, la lengua iba a parar a su posición en el aire.
Pasaron los meses y la capacidad de control sobre el haki de observación del vaquero iba en aumento constante. Había puesto en práctica un entrenamiento diario, que constaba básicamente de tener activado constantemente su haki, siendo consciente de todo en su radio máximo a su alrededor. Le supuso un sobre esfuerzo las primeras semanas, pero terminó siendo una rutina automática. Mientras cenaba con sus compañeros seguía atento a Pascal y su cena. Se había tornado una obsesión. Cada vez que veía el indicio sobre el camaleón que indicaba que su presa iba a realizar un movimiento, pretendía con toda su alma acertar hacia donde iba a desplazarse, pero solo acertaba un bajo porcentaje de veces y solo por estadística. No era capaz de prever esos movimientos, el aura de los insectos no le daba ninguna pista, de momento. Solo era cuestión de tiempo entrenando, pues llegó el día en que ese destello surgió de ese saltamontes. Veinte veces más leve que el que emitía Pascal, igual por su reducido tamaño era más complicado de identificar. Lo había visto, pero en ningún momento fue capaz de descifrar las intenciones del artrópodo. Saltó hacia delante como era de esperar, podría haber girado antes y cambiado la dirección, pero no fue el caso. La cuestión es que Tobías no fue capaz de leer esa intención, pero tampoco podía prever los movimientos de Pascal, así que no era una cuestión de tamaño, o quizás sí y el reptil también era demasiado pequeño para poder ver con claridad.
El vaquero se estaba volviendo loco con ese tema, cabía la posibilidad que sus teorías fueran solo fruto de su imaginación y el joven camaleón simplemente tenía un desmesurado instinto natural comparado con el de un simple humano que se ha desvinculado de su lado más primitivo y de la cruda naturaleza. Se lo planteó seriamente, pero no dejó de tener activado su haki, le estaba sentando bien ese entrenamiento y quería seguir mejorando. Siguió también estudiando a su pequeño compañero de habitación, diseñando prototipos y atendiendo a todos los que se hallaban en el barco. Su capacidad para atender varias acciones a la vez se vio incrementada notoriamente. Así pasaron las siguientes semanas, trabajando en sus proyectos, observando a Pascal y visitando esporádicamente el distrito Gyojin. En cada paseo por las calles probaba a leer los movimientos de los transeúntes, de uno en uno obviamente, pero ni un atisbo de predicción. Pero rendirse no estaba escrito en la psique del carpintero.
Una tarde pilló a Garnet improvisando con la guitarra eléctrica sobre el escenario de cubierta. Como de costumbre, el vaquero se quedó escuchando desde la distancia para disfrutar de la música sin molestar con el humo de su cigarro. La melodía que surgía del punteo, comenzó a dibujar una historia que no paraba de sorprender a Tobías. Cada nota nueva que iba apareciendo era un soplo de aire fresco, un pedacito del aura del pelirrojo, que danzaba como fuego y agua al mismo tiempo, coexistiendo sin molestarse el uno a la otra. Aquella imagen embaucó al joven barba naranja, el cual cada vez estaba más inmerso en la canción. Sin previo aviso, la siguiente nota que sonó le produjo una extraña sensación, pero al haber tan poco margen de tiempo entre los cambios no pudo apreciar bien que había sentido con aquella vibración en concreto. Poco a poco, se fueron sumando varios episodios similares con notas aleatorias, hasta que le ocurrió con tres seguidas en las que el músico ralentizó el tempo para dar expresión al fragmento del tema. Tobías vio claro que estaba sintiendo, ya no le sorprendían tanto las notas, le seguían gustando claramente, pero estaba comenzando a prever cuales iban a sonar, como si simplemente debieran hacerlo, sin margen de opción. Estaba leyendo el alma de Garnet, bueno, más bien el músico se la estaba ofreciendo y él estaba aprendiendo a interpretar el mensaje. Se terminó el cigarro disfrutando de esa nueva experiencia. Ese episodio fue una de las piedras angulares de lo que acabaría dominando algún mes más adelante. El capitán protege y Garnet enseña, en todos los sentidos.
Tobías había vuelto a su escritorio con una taza de té recién hecho, que tardó bien poco en tragar. Tenía una idea interesante en mente y quería plasmarla cuanto antes, impaciente de él. Unas horas atrás,había soltado un par de grillos por las ramas de la habitación, los cuales frotaban sus patas traseras produciendo su característico sonido. Pascal despertó de una larga y reparadora siesta, por lo visto bastante hambriento, pues rápido se desplazó hasta tener a tiro a uno de los pequeños insectos. Tobías no perdía de vista la hoja con el diseño de un sistema de propulsión nuevo, a su vez no dejaba de vigilar lo que hacía el camaleón sin necesidad de verlo. Estaba tan metido en el dibujo que dejó pasar la ocasión de mirar directamente como cazaba su compañero, pero lo sintió con su Haki de observación. Fue a mirar como lo engullía cuando se presentó una escena que impactó en gran medida al carpintero. Pascal se hallaba frente al grillo, abriendo su boca para lanzar su pegajosa lengua para atrapar a su almuerzo. Lo vio claramente, la escena era idéntica a la que había percibido con su Haki. Preguntándose si era eso lo que veía Pascal antes de que su presa se moviera, el vaquero se levantó de su silla y maldijo tener que esperar hasta que su pequeño compañero de habitación volviera a tener hambre para corroborar lo que acababa de sentir. Por suerte, el chirrido del otro grillo llamó la atención del camaleón, iba a poder tratar de ver algo similar en lo que tardara el reptil en llegar hasta su postre. Ese par de minutos se le hicieron un mes al carpintero, pero finalmente tenía la escena que esperaba frente a sus ojos. Esta vez quería ver si realmente había visto un desfase en el tiempo entre el aura y el cuerpo de Pascal o que cojones había sido eso. Esta vez percibió ese destello previo al ataque del camaleón, y a su vez notó como el grillo parecía alertado de la presencia de su cazador y se disponía a saltar, girando sobre su eje levemente a su derecha para dirigir su huída. Como siempre, Pascal lanzó su lengua hacia esa dirección, interceptando al grillo en pleno salto, pero todavía no había sucedido, tardó poco más de un segundo en ocurrir. Tobías comenzaba a ser capaz de percibir los movimientos con antelación, era como una visión, algo difícil de entender si no lo has vivido, como ser padre.
El vaquero tardó unas semanas en dominar esa nueva habilidad, sin apenas salir de su habitación, más que para comer, cagar, ducharse e ir cazar insectos para Pascal. Entre dibujos y proyectos, sumado a su entrenamiento constante con el Haki de observación, Tobías aprovechó esas escasas semanas que quedaban para partir meditando. Reordenar sus ideas y capacidades iba a ser fundamental para seguir forjando al guerrero de mar que estaba hecho. Y esa fue su rutina hasta la semana antes de partir, la cual ocupó consiguiendo la resina suficiente para recubrir de nuevo el Solar Karma, despidiéndose de Perdigón y Belma, y recubriendo el Galeón para poder salir a las profundidades del océano y ascender de nuevo hasta la superficie. La semana pasó volando, todos ardían en deseos de proseguir con su viaje y demostrar al mundo que los Alas Negras estaban en su mejor momento.
Había llegado el día, iban a dejar atrás aquella isla submarina. Todos estaban en sus puestos, así que Tobías activó el artilugio que le habían dado los carpinteros del archipiélago Sabaody y la burbuja comenzó a aumentar su volumen hasta crear la cúpula perfecta. El navío, dirigido por la timonel y navegante Sasha, atravesó la cúpula que delimitaba la isla Gyojin, adentrándose en las profundas aguas del Grand Line. El ascenso fue ameno, un solo día de paseo por el escenario marino más espectacular que habían visto jamás. La luz del sol cada vez era más intensa, pronto tomarían contacto con el aire, aire que jamás habían aspirado antes, el del Nuevo Mundo. Ese nombre traía alegría a pocos y desgracia a muchos. El riesgo era cada vez mayor, por esa razón se habían preparado, para poder ser como aquellos que acumulan aventuras legendarias y disfrutar del vibrante viaje hasta el final.
Los días en alta mar fueron transcurriendo sin demasiados percances, más allá de tres rescates de emergencia en los que Jolyne había perdido el equilibrio por el vaivén de las agresivas olas del embravecido mar en tormenta y casi se precipita a las oscuras aguas. Por suerte Tobías siempre estaba cerca, ayudando con las velas en las maniobras de Sasha para cruzar la tormenta. Con su Overdrive, traía de vuelta a la alocada tiradora de los Alas Negras. No hubo un cuarto susto, porque el vaquero previó que la pelirrosa iba a salir volando una vez más y creó un campo para pegarle los descalzos pies al suelo de cubierta. No usó si Haki de observación para verlo, sino la experiencia.
Una noche más tranquila, en la que estaba Tobías dando vueltas al diseño de su brazo, escuchó desde su camarote como Garnet gritaba que se iba por no se que de un deber. Olía a damisela en apuros a la legua, así que el vaquero no le dió más importancia y siguió con lo suyo. No fue hasta unas horas después que el carpintero salió a cubierta a tomar un té y fumarse un cigarro. Se había pasado la noche en vela y quería ver el amanecer antes de acostarse, últimamente tenía trastocados los ciclos circadianos. Ya había salido el sol y Tobías le daba el último sorbo a su infusión cuando el músico regresó de sopetón. Le contó que había estado haciendo y la decisión que había tomado. - En menudos tinglaos te metes nene, jish jish jish. Disfrútalo y aprovéchalo al máximo, ¿qué te voy a decir? - Tobías creía que su hermano estaba un poco obsesionado con el tema del sexo, pero cada uno se obsesiona con lo que quiere.
Al fin se vio tierra a lo lejos, en menos de un día alcanzarían esa masa de rocas. Todos ansiaban pisar tierra firme tras esos días rodeados de molestas tormentas. Una breve playa separaba el mar de una espesa jungla. Aquella isla iba a estar llena de jugosos insectos para Pascal. Además de parecer muy fértil y cargada de recursos. Fue unánime la decisión de establecer una base allí, no estaría mal tener un pedazo de tierra sólida en el que poder tener algó más que un hogar flotante. Garnet y Kenzo se adentraron en la espesa vegetación para inspeccionar la zona, Tobías en cambio se quedó por los alrededores, observando la vegetación y fauna que pudiera haber cerca de la orilla. Pascal se estaba quedando sin merienda, así que el joven barba naranja cogió un par de botes de cristal para, con suerte, llenarlos para su compi. Los chicos regresaron con información nueva, la isla no estaba deshabitada como habían creído en un principio, un área estaba delimitada con una valla y carteles de “prohibido el paso”. Un poco de emoción siempre viene bien, y esa incertidumbre de conocer quien habitaba en esa isla y que escondía tras esa berja, inundaron el corazón de Tobías con litros de emoción. Si era un grupo de personas razonables y dadas al bien, podrían negociar un pedacito de esa isla que poder ocupar, sino pues pondrían a prueba todo lo aprendido.
Tras una noche de reflexión y descanso, cinco miembros de la tripulación bajaron del Solar Karma con la intención de cruzar esa puerta metálica y desvelar el secreto que protegía. Solo Sasha se quedó en el galeón, para vigilarlo y seguir entrenando, no parecía haberle llamado la atención que había oculto en aquella jungla. Garnet, Kenzo, Triana, Jolyne y Tobías iban paso firme a través de la basta vegetación en dirección al centro de aquella frondosa selva. No tardaron mucho en alcanzar la valla y posicionarse frente a la gran puerta metálica. El carpintero inspeccionó los alrededores en busca de algún indicio de quien o quienes podrían estar tras el muro, no sentía nada con su Haki, igual si que estaba deshabitada la isla, y aquello eran simples ruinas abandonadas, pero algo llamaba al carpintero desde detrás de esas chapas de acero, un susurro entre las hojas y el metal que atraía al joven barba naranja como la miel a las moscas. Sí que había óxido en aquellas estructuras, pero también una gran humedad en el ambiente, eso no significaba que no hubiera nadie detrás. Se veían edificios, en la lejanía pero ni rastro de vida. Solo faltaba esperar a que Triana diera la orden para avanzar y derribar esa puerta de una vez.
![[Imagen: l47Ucve.png]](https://imgur.com/l47Ucve.png)
