Día 54 del año 16, Primavera
Horas antes de llegar a Punk Hazard
Dos días habían trascurridos desde que Garnet había tenido aquel encontronazo con el barco en el que iba Ting Lao, aquella anciana mujer - pero de armas tomar - que le prometió ofrecerle un hueco dentro del Distrito del Placer. Era algo a lo que nunca tuvo en mente dedicarse, pero un polvo era un polvo, y si encima podía elegir que clientes escoger y cuáles no - además de dar más a conocer su música mediante conciertos privados - pues bienvenido fuera vender tu cuerpo al mercado. No obstante, en esos dos días, no había tenido ninguna noticia al respecto, dedicándose el pelirrojo la mayor parte del tiempo a estar pendiente de su Den Den Mushi, pues no quería estar ausente si Ting Lao le llamaba para darle la buena noticia.- ¡AGGHHHH! ¡Así que no hay quién viva cojones! ¿Es o no es? - Exclamó desesperado, atumbarrado en su cama y sin parar de mirar el curioso aparato de intercomunicaciones con forma de caracol esclavizado por un sistema capitalista.- Voy a la cocina a picar algo, a ver si así se relaja el menda... - Añadió, levantándose de su cama y dirigiéndose ipso facto a la cocina, con tan solo un tanga morado con dos estrellas en sus nalgas - y que buenas nalgas -.
Al llegar allí, no pudo evitar suspirar de alegría al poder presenciar lo increíble que había quedado la reforma de la cocina. Ahí ya si que se podía cocinar en condiciones, y no en el tugurio que había anteriormente. Sasha y Tobías habían hecho un trabajo más que espléndido en lo suyo. Fue directo al enorme frigorífico, en primer lugar - por que sí, finalmente ya tenían un frigorífico - y, para su desgracia, las provisiones comenzaban a escasear. Se notaba que ya había pasado cerca de una semana desde que salieron de la Isla Gyojin, y es que entre lo que comen Sasha, Kenzo, Jolyne y Jimba, mantener la nevera y la despensa llena era una ruina.- ¡Tch! ¡Me cago en la vieja que me parió por el coñete! - Se quejó rotundamente, pasando a mirar las distintas baldas del mueble refrigerante, hasta que posó sus ojos en un par de tomates bien frescos y hermosos que aún quedaban.- Si tuviéramos una manera de que la comida no se fuera a la puta... - Reflexionaba el guarrindongo skypiean, hasta que una luz se encendió en su mente. Los tomates habían sido la clave.- ¡Eso es! Si el menda hiciera eso... Igual podría asegurar el bienestar del frigo, ¿es o no es? - Chasqueó los dedos al exponer su misteriosa idea, momento en el que se cruzó de brazos y ladeó su cabeza hacia la derecha.- Pero, ¿cómo coño se hace...? - Se preguntaba el perdido Garnet, exhalando un suspiro pues, en su interior, sabía que era lo que debía hacer.- Solo hay alguien que me dar la clave... - Sentenció, con decisión, y saliéndose de la cocina consecutivamente, comenzando a recorrer los distintos pasillos del Solar Karma hasta que, finalmente, dio con la puerta del camarote de la inigualable Jolyne "Gatillo Loco" Jones.
A pesar del rural atractivo que poseía la pelirrosa, de tanto convivir con ella, había aprendido que era fútil pillarla en paños menores. No había manera, siempre iba con la misma ropa puesta. Era como si hasta se duchara con ella puesta - si es que se duchaba, claro -. Garnet acercó su puño cerrado hacia la puerta.- ¡Jolyne! ¡Colegui! ¡Es el menda! ¿Puedo pasar? - Preguntó el pelirrojo, mientras tocaba la puerta.- ¡Sí es que no entraré igualmente así que vete preparando! -
11-08-2025, 02:20 AM (Última modificación: 11-08-2025, 02:23 AM por Jolyne Jones.)
—¡No, no y no! ¡Está todo mal! No es "palmada y vuelta". Es "palmada, vuelta, aleteo derecho, derrape, aleteo izquierdo, salto, voltereta hacia atrás, salto con cacareo dentro del aro de fuego, caída en picado, caminata sobre el suelo de pinchos, giro cruzado y vuelta". ¡Es muy sencillo! Me senté en el suelo del camarote, con las rodillas recogidas contra el pecho. —Creo que no entiendes la gravedad de la situación, Jimba. Ya estamos en el Nuevo Mundo, y no tenemos ni idea de qué tipo de concursos nos depararán en este lado del mapa. Tenemos que estar preparadas. ¡Te doy solo un descanso! — dije señalando a Jimba.
Hacía relativamente poco que habíamos dejado atrás nuestra estancia en las profundidades marinas y ahora poníamos rumbo a la siguiente isla —fuera cual fuese, ya que no era mi trabajo llevarnos—. Aunque yo me había esforzado día tras día en entrenar y fortalecer nuestras habilidades, Jimba siempre había sido una gallina de espíritu libre, y a veces necesitaba mano dura para centrarse en lo verdaderamente importante: demostrarle a todos los del pueblo que, por mucho que tengas alas de gallina, puedes ganar cualquier concurso de feria. Incluso aunque te hayas inflado a comer todas las salchichas crudas del puesto de comida rápida justo antes del concurso de carretillas infantil. — Ejem — proseguí. — ¡Se acabó el descanso! Es la hora de practicar para tu concurso de canto... He escuchado cacareos mejores de gallinas enfermas.
Antes de que pudiera empezar, noté un movimiento extraño y miré hacia Jimba, quien había agarrado una de mis balas con el pico aprovechado mis ensoñaciones. Seguro que la muy ilusa la había confundido con un gusano o algo por el estilo. — ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Suelta eso ahora mismo! La gallina no perdió el tiempo y salió disparada en cuanto en cuanto me vio en posición de atraparla — Conque esas tenemos, ¿eh? Deberías estarte quietecita por tu bien — dije desenfundando la pistola y apuntando hacia Jimba, haciendo que ésta aleteara todavía más nerviosa. — No montes un numerito de los tuyos, que no te voy a dar... —le advertí. — Pero he disparado a topos desde más lejos, así que yo de ti no me la jugaría — continué. Por donde sea que pasara, dejaba tras de sí un rastro de plumas blancas entre sonidos de aleteos y cacareos descontrolados.
Jimba no tardó en esconderse detrás de una caja, pensando que eso sería suficiente para detenerme. — Está bien, está bien. De acuerdo, tú ganas... Eres una gallina muy lista — dije, guardándome de nuevo la pistola en la cartuchera. Me sacudí las manos y me coloqué la gorra sobre la cabeza simulando resignación, pero en realidad ya tenía otro plan en mente. Con una simple ramita, había conseguido llamar su atención lo suficiente como para hacer que saliera de su escondite. Aquella gallina era tan inocente que al rato volvió a pasearse por el camarote como si nada. Mientras tanto, yo aproveché para acercarme de forma sigilosa por detrás, lista para agarrarla por el cuello. Justo cuando creía que ya la tenía, la voz de Garnet acompañada de unos cuantos toques a la puerta me hizo girar la cabeza. Sin quererlo, había conseguido asustar a Jimba y que ésta soltara la bala, que rodó por el suelo hasta mí. —¡Bingo! —grité en mi cabeza, recogiendo la bala y guardándola en su sitio. El pelirrojo parecía que tenía mucha prisa por hablar conmigo, así que, como favor personal, abrí la puerta del camarote de inmediato.
—¿Qué hay de nuevo, Garnet? —dije cruzándome de brazos y observando el taparrabos estrafalario del pelirrojo. —Si vienes preguntando por un chicle pegado en la barandilla de estribor, yo no sé nada.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
La espera frente a la puerta de la artesana de los Alas Negras fue efímera pues, casi al momento de tocar, la propia Jolyne el abrió la puerta ipso facto a Garnet, quién mostró un claro descontento al ver que estaba genuinamente vestida.- Adiós al libre domingo de domingas... - Musitó, imperceptiblemente, tras lo cuál, cambió su expresión por una más neutra.- ¡Yikepa, colegui! - Saludó, ahora de forma más alegre, ubicando los dedos índice y corazón de su diestra en su sien derecha.- ¿Hay un chicle en la barandilla? - Preguntó, retóricamente, ante las palabras de la pelirrosa.- Como Tobías se tope con eso, le va a dar un jamacuco... - Divagó, llevando sus pupilas hacia el techo.- ¡Eso no me lo perdería por nanai del mundo! PUAJAJAJAJA - Soltó una sonora carcajada, escapándosele una lágrima de sus ojos de solo imaginar el percal que podía montar el vaquero al ver un chicle ensuciando su inmaculado barco, mostrando lo mucho que le gustaba chinchar a su buen hermano de barba naranja.
- Pero no vengo por eso, ¡nanai del paraguai! - Se secaba su lágrima pasando el índice de su mano derecha por su ojo.- Verás... - Empezó a hablar, pasando directamente al cuarto de Jolyne, sin pedirle permiso siquiera a la tiradora de la banda, pudiendo ver como aquella habitación mantenía su esencia por cada rincón y cada centímetro cuadrado en el que posaras la mirada. Había plumas y trozos de paja por doquier, en el suelo, en las paradas. Si es que hasta en el propio techo, había paja colgando - o mejor dicho - adheridos a lo que parecía ser una especie de pegamento. Garnet entrecerró sus ojos, para intentar vislumbrar con mejor calidad la escena.- Para el carro, ¿eso es un gapo? - Preguntó retóricamente, pues no sabía si Jolyne le andaría escuchando en esos momentos.- Bah, que más da. - Se encogió de hombros. Como si él no tuviera sustancias pegajosas más asquerosas colgando de su techo. Y a peor que iría cuando empezara a poner pósteres en el techo. Depravación pura y dura.
No pudo evitar observar, a continuación, un pequeño aro, que se situaba sobre el suelo, con una cerilla de fósforo al lado, aro al que Jimba miraba de una forma algo traumatizada.- El menda se huele que te han tenido entrenando para más jimbashows, ¿es o no es? - Le dedicó una mirada llena de pena a la pobre gallina, que si no había tenido suficiente con haber perdido a Yojimbo, o formar parte de los Alas Negras, para que su actual destino estaba ligado a ser brutalmente explotado por la skypiean de pelo rosa. Sin embargo, no le dio demasiado tiempo a sentir lástima por el animal emplumado, al ver de refilón algo que, inmediatamente, captó su atención por completo.- Y una polla... - Su vista, seguidamente, se transportó a un pequeño mueble que había en el camarote, no siendo el mueble lo especial en sí, sino lo que había en uno de sus cajones, que se encontraba abierto como si de un trofeo o una vitrina de premios se tratara.- ¡Sí hombre! ¿Estos son las famosas papas con forma de cara de la que tanto chapas o qué? Preguntó, esperando la contestación de la tiradora.
- Tuvo que ser una movida cultivarlas... - Comentó, para sí mismo, dándose cuenta de que había perdido el hilo y la razón por la que estaba allí, pasando a chasquear seguidamente los dedos de su mano derecha.- De hecho, he venido porque necesito tu ayuda con un temita relacionado. - Anunció, pasando a limpiar parte del suelo de plumas y de paja para, a continuación, sentarse sobre él, con las piernas abiertas y apoyando sus dos manos sobre sus rodillas.- Verás, entre que jaláis Sasha, Kenzo y Jimba jaláis más que una mula, como tú soltarías, es una verdadera putada tener que buscar comida cada dos por tres, ¿es o no es? - Empezó a explicar, dando una pequeña pausa para que Jolyne entendiera por dónde quería ir.- Entonces, como ni de coña voy a obligaros a que comáis menos, he tenido la genial idea... - Hizo otra pausa, en la que arqueó su ceja y esbozó una sonrisa socarrona.- ...Porque soy la polla... - Dijo desviando la mirada de Jolyne, como si estuviera mirando a una cámara imaginaria, tras lo cuál, volvió a mantener la seriedad del asunto y a dirigir sus ojos a la tiradora.- Total, que he tenido la idea de hacer una especie de huerto y granja en la próxima isla a la que vayamos. - Soltó la bomba.- Así que por favor, sé que en esto eres la mejor en lo tuyo. - Añadió, pasando a inclinar su torso, en señal de reverencia, hasta el punto que la frente de su cabeza chocó agresivamente contra el suelo.- ¡Enseña al menda a plantar primero unos tomates para empezar, porfa! -
No parecía que la visita sorpresa tuviera que ver con el chicle que, por supuesto, no pegué a la barandilla por si me mareaba en medio de una tormenta, así que me limité a observarle mientras le escuchaba. El pelirrojo se coló dentro de mi camarote como un zorro se colaría en un gallinero, aunque había que decir que me gustó su iniciativa. No sabía por qué, pero ninguno de mis compañeros solía pasarse por aquí o quedarse muy a menudo. Mi camarote tampoco era nada del otro mundo, de hecho, se parecía bastante a mi habitación en la granja: pequeña y cómoda. Note cómo el pelirrojo miraba con admiración cada parte de la estancia a la que tanto tiempo y esfuerzo había dedicado. ¿Qué más daba si practicaba el tiro al escupitajo, si a Jimba le daba por abonar el suelo o si se me caía algo de vez en cuando? De toda la vida, había que poner paja al suelo para no ensuciarlo y evitar charcas. Deberían darme las gracias, es más, deberían dejarme recubrir toda la madera del barco con ella.
Dejando ese tema aparte, el cocinero se fijó en el aro que tenía preparado para que Jimba aprendiera un simple salto básico. En ese momento, vi la oportunidad de preguntarle a Garnet por su opinión acerca de una idea que me venía rondando la cabeza... solo un simple experimento artístico, apenas un ensayo. Pero antes de que pudiera abrir la boca, su atención se desvió hacia mi colección personal de patatas. Desde que tenía memoria, me gustaba guardar todas las patatas que me recordaran a una cara. Y no solo por su forma. La singularidad de esos tubérculos, residía también en el color de la piel o en los brotes que les crecían. Hablaba de caras con verrugas en sitios estratégicos, deformidades que horrorizarían al curandero del pueblo e incluso enfermedades que contagiarían a toda una isla. Sin darme tiempo a contar la historia detrás de cada una de ellas, el pelirrojo volvió a cambiar de tema. Entre habladurías sobre lo mucho que comemos todos en el barco — y porque no estaba Yojimbo, que era como alimentar a cuatro vacas gordas—, empezó a largarme lo que realmente quería.
En un rápido movimiento, agarré a Jimba del pescuezo y me dejé caer en la silla del camarote con ella apoyada sobre mi regazo. Se notaba que había estado sobrealimentándose últimamente. Sus plumas, aún revueltas por la huida, habían quedado esparcidas por el suelo, pero bajo mis manos todavía conservaban ese tacto suave que tanto me gustaba. La acaricié lentamente, desde el cogote hasta la cola, mientras escuchaba la petición que traía el pelirrojo. — Vaya, vaya... — dije entrecerrando los ojos. — Así que vienes a mi camarote, el día del entrenamiento con pértiga de Jimba, a pedirme que te enseñe a plantar tomates... Y esperas que yo te revele, así como así, los secretos que a mi familia le han costado tantas primaveras, sudor y algún que otro diente.
No dejé de acariciar a Jimba y mi voz se volvió más suave. —Shhhhh — continué rápidamente. — No hace falta que digas nada. Te ayudaré. Pero antes, debo advertirte. Plantar tomates — me incorporé un poco hacia él — no es cosa de meter una semilla y esperar milagros, Garnet. ¡No es! — subí un poco más el tono, aguantándome la emoción que sentía por dentro. — La tierra te pondrá a prueba… y si no le gustas, escupirá tus frutos igual que Jimba con aquellos percebes rocosos. Vendrán criaturas del aire y del suelo a intentar arrebatártelos, y no habrá piedad alguna. Las noches serán largas, el hambre acechará, y el tiempo siempre correrá en tu contra. Respiré hondo intentando guardar las formas y parecer indiferente, pero por dentro no podía estar más contenta al saber que Garnet quería hacer un huerto en nuestra próxima isla.
— Esa es la primera lección y ni siquiera hemos empezado — continué. Acaricié una última vez el cogote de Jimba y, sin más, la solté. La gallina cayó al suelo sacudiendo sus alas y se puso a picotear las tablas del suelo como si nada esto fuese con ella. Me recosté en la silla cruzando los brazos detrás de la cabeza. — Bueno, Garnet. Ahora que ya sabes a lo que te enfrentas, dime… ¿de verdad crees que estás preparado para plantar tomates con todo lo que ello supone? Jimba se acercó a él inclinando la cabeza repetidas veces, mientras yo cruzaba los dedos detrás de mi nuca esperando tener un pupilo del cultivo.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
De un momento para otro, parecía que aquella simpática pero estrambótica escena de los dos skypiean se había tornado en una película de mafiosos pues, una vez que Garnet expuso la razón por la que había ido a ver a Jolyne, la pelirrosa se sentó abruptamente en la silla de su habitación, con Jimba agarrada entre sus brazos. Cada caricia que regalaba a la gallina la tiradora de los Alas Negras, era tensión gratis que se añadía al ambiente. Garnet, en esos momentos, no pudo evitar desviar su mirada hacia su entrepierna.- Joder, ¡mierda! ¿Por qué esta situación se la está poniendo al menda como la pata de un perro envenenado? ¿Huh? - Sentía como la tensión de su tanga aumentaba exponencialmente, pero sin llegar a rasgar - por fortuna - la prenda. Un día tenía que preguntar al lugar de dónde los compraba de que clase de material estaban hechos. Menuda barbaridad.
Las consecutivas palabras de Jolyne sacaron al pelirrojo de su estado de marranería máxima dejando - al menos - de mirarse el empinado y para nada desapercibido paquete. Como si le estuviera juzgando y amenazando, la princesa de la cosecha empezó a recriminar el hecho de que Garnet quisiera aprovecharse de una de las claves del éxito que, a la familia de Jolyne, tanto esfuerzo le había costado.- No sigas con esa mirada de repulsión, ¡que el menda se pierde por el amor del rock and roll! - El músico apretó con fuerza sus labios, al mismo tiempo que repentinamente llevaba sus dos manos a la zona de su tercera antena skypieana. Estaba a nada de que el tanga estallara a mil pedazos.
Por suerte para el pelirrojo, la tensión en el ambiente, de un momento para otro, se esfumó. Toda la sensación de amenaza y repudio que le transmitía la mirada de Jolyne se desvaneció. A pesar de todo el teatro anterior, la tiradora accedió fácilmente a atender gratamente la petición de Garnet, momento en el que el pelirrojo suspiró con tranquilidad.- Ya te vale, colegui... - Pensó, notando como " la cosa" se iba aflojando, poco a poco. Sin embargo, a pesar de que la hostilidad que había podido sentir no era veraz, si que notó bastante seriedad por parte de la granjera, al escuchar que estaba equivocado si pensaba que sembrar tomates era solo meter la semilla y listo.- Ehmmm, ¿no es? - Preguntó retóricamente, aunque en el fondo sabía que no sería tan fácil. Si no, en un primer lugar, ni habría ido a consultarle a Jolyne.
No obstante, tras eso, parecía que era inevitable que la emoción invadiera el alma de Jolyne, quién pasó a explicar lo realmente complicado y lo pendiente que había que estar uno de todas las inclemencias si es que de verdad quería ver madurar a su creación agrícola. Verla así, por un lado, hizo sacar una sonrisa ladeada al pelirrojo. Aunque, por el otro lado, pensar en todas las dificultades que ofrecía el sembrar vegetales, hacía respetar enormemente el pasado rural de Jolyne.- Así que esto es dedicarse al campo, ¿huh? - Divagaba, mentalmente, mientras tragaba saliva pues, aquello sólo era una pequeña primera lección. Una simple advertencia de a lo que se tendría que enfrentar Garnet. Jolyne, que recostó en su silla, liberó de su regazo a Jimba, quién empezó a picotear varias tablas del suelo, hasta que comenzó a inclinar la cabeza, reiteradamente hacia el músico.- Me olía que esto no sería algo tan fácil como "coger y cantar"... - Comenzó a hablar, mirando en primera instancia a Jimba con algo de seriedad, mientras llevaba su diestra a su cabeza y comenzaba a rascársela.- Pero me lo pintas mucho más chungo de lo que parece, ¿es o no es? - Cerró los ojos, manteniéndolos así durante algunos segundos, al mismo tiempo que valoraba si de verdad sería capaz de lograr mantener un huerto bajo esas condiciones. Al fin y al cabo, él no dejaba de ser un artista, alguien que debía seguir viendo mundo para que su música se diera a conocer y convertirse en la mayor estrella jamás vista. Y encima, si al final le admitían en eso del Distrito del Placer, era más tiempo que iba a estar ocupado.
Sin embargo, entre aquellos pensamientos, también le llegaban los rostros llenos de alegría y de satisfacción de todos sus amigos después de haber devorado y arrasado con los platos que con tanto amor les había preparado. Y es que, al igual que ocurría con la música, Garnet - después de por y para él mismo -, vivía por y para la gente que disfrutaba de lo que hacía.- Pero, si tener un huerto hace que el menda pueda preparar platos aún más cojonudos. - Abrió los ojos, dejándose de rascar y apuntándose con el pulgar de esa misma mano a su pecho, con una sonrisa de determinación recorriendo su rostro.- ¡Por el Rock and Roll que el menda va a estar más que ready para plantar tomates! - Cesó de señalarse a sí mismo con el pulgar, y paso a inclinarse hacia a Jolyne, emulando una especie de reverencia.- Así que queda el menda en tus manos para aprender cómo hacerlo, maestra de las hortalizas. -
No sabía si Garnet estaría dispuesto a aceptar todo lo que significaba cultivar nuevos frutos, pero debía ser cruda para que supiera a lo que se iba a enfrentar y que no se desesperara a mitad de la faena. Al principio no parecía muy predispuesto, mis palabras habían hecho que el pelirrojo se lo pensara dos veces antes de aceptar por las buenas. Tras unos segundos que me parecieron eternos, y antes de que el soltara una retahíla de cosas buenas por las que debería aceptar, me sorprendió que el cocinero accediera con ganas e ilusión. — ¿En serio? ¿Aceptas? — dije con incredulidad. Tras pensar que si sonaba demasiado sorprendida, Garnet se podría echar para atrás, corregí de inmediato. — ¡Así me gusta! Has pasado la primera prueba. No esperaba menos de ti, tengo que decir. En mi mente comenzaron a agruparse todos los conocimientos populares y secretos no tan conocidos que me moría de ganas por compartir con cualquiera. ¿Por dónde debería empezar? No quería dejar ningún cabo suelto. Para cuando le terminara de meterle todas esas ideas a Garnet en la cabeza, plantaría tomates como un perro viejo. —Yee haw haw haw — reí internamente, aunque no pude evitar mostrar una sonrisilla en la cara.
— Muy bien, ahora que has dicho que sí, y antes de que puedas arrepentirte, vamos a comenzar con tu tercera lección. Déjame decirte que te hará falta apuntar todo esto para no perderte nada. Hice una pequeña pausa para señalar con la mano el pequeño mueble de mi camarote, donde guardaba lo necesario para apuntar mis enseñanzas. — ¿Estás listo? — pregunté al aire sin esperar respuesta y, sin más, continué. — Bien. Corría la primavera del año 100 antes de nuestra era, y las tierras de mi tátara tátara abuelo pasaban por un momento difícil. Desesperado, conoció un comerciante de islas lejanas que le propuso cambiar una de sus vacas por un puñado de semillas de tomate. ¿Estás apuntando, verdad? — añadí, lanzándole una mirada al pelirrojo mientras paseaba en círculos por la estancia. — Mi tátara tátara abuelo aceptó el trato, y las plantó con la esperanza de acabar con la hambruna. Se dice que estuvo durante cuarenta días y cuarenta noches rogándole a la tierra hasta que salió el primer brote, y que de aquellas semillas creció una tomatera tan grande capaz de tocar el cielo. Por desgracia, uno de los tallos se partió, con la mala suerte que le cayó encima dejándole cojo de por vida. Resulta que la planta trajo consigo con un pulgón gigante que le obligó a talarla por completo, pero por suerte la tierra quedó fértil para la siguiente cosecha. ¿Qué aprendemos de todo esto? Extendí los brazos hacia Garnet y comencé a moverlos esperando su respuesta. — Primero, que no hay que cambiar una valiosa vaca sana por las semillas de un desconocido — proseguí. — Y segundo, que la tierra tiene su propia memoria de cultivo... Por eso Elber no debería tener el mérito de ganar sus estúpidos premios "Calabaza de Oro" cada año. Toma nota de eso, que es importante.
Dejé de marear dando vueltas y me giré de lleno hacia el pelirrojo. En algún momento de la conversación, Jimba se había dedicado a seguir un rastro imaginario hasta mis pies, picoteando el suelo a cada paso que daba. — Ahora ya sabes que el peso recae tanto en la semilla como en la tierra, pero debes saber que también hay otros factores importantes. No fue hasta el primo hermano de mi tatarabuelo tercero, que descubrieron que los tomates crecían mejor al lado del foso de estiércol. Y hasta aquí la quinta lección. ¿Alguna pregunta? Al haberme quedado quieta delante de Garnet, Jimba consiguió culminar con éxito su rastro dándome un picotazo en la pierna, pero me la quité de encima dándole una patada por su lado.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
La campechana y pueblerina skypieana mostró una genuina alegría al ver que, definitivamente, el interés de Garnet era real una vez pasada la primera lección. Jolyne de por sí - aunque fuera a su bola continuamente y pareciera sacada de otro plano terrenal -, ya le parecía un ser de luz y, sin embargo, posiblemente era la vez que la veía más ilusionada o contenta por algo. Más incluso que aquella vez que Jimba puso un huevo con nada más y nada menos que tres yemas. Aunque eso era para otra historia.- Pueje, ¡si es que soy la polla! ¿Es o no es? - Sonrió con plena confianza, ante la alabanza de Jolyne, quien dio por empezada su ¿tercera lección? - ¿Tercera lección? Para el carro, ¿y la segunda? - Miraba perplejo a la pelirrosa, al no saber si se había despistado demasiado y había explicado algo que no le había llegado en lo absoluto. Jolyne, mientras tanto, señalaba uno de los muebles de su camarote, implorando a que cogiera lo necesario para tomar apuntes de sus próximas enseñanzas. Garnet se encogió.- Bah, no sería tan importante la segunda... - Se autoconvenció a sí mismo, levantándose en el acto. En el momento en el que se puso de pie, hizo una especie de saludo marcial - no como el de la gloriosa revolución -, llevando cada uno de sus dedos índices al extremo de sus antenas.- ¡Sí es! ¡Maestra verdulera! - Exclamó para, a continuación, dirigirse hacia el mueble que le indicaba la tiradora.
Garnet, que esperaba encontrarse alguna una pluma y tinta, a lo sumo, se sorprendió gratamente cuando, abriendo cajón tras cajón, no había rastro de ninguno de esos objetos tan comunes. En su lugar, había un buen puñado de espigas de trigo y algunos botecitos - o mejor dicho - frascos con una clase de sustancia marrón en su interior. De primeras, Garnet observó con escepticismo aquellos objetos pero, cuando vio que estaban junto a una pila de hojas de papel, temió lo peor.- Vamos no me jodas... - Musitó, cogiendo uno de los frascos, para seguidamente abrirlo y olerlos con cierto rechazo. Cuando el olor de lo que había en el interior del bote alcanzó sus fosas nasales, las sospechas del pelirrojo se hicieron ciertas.- ¡JODER! ¡PERO SI ESTO ES MIERDA! - Gritó, dedicándole una mirada de soslayo a la pelirrosa. ¿En qué estaba pensando su amiga? Pero, en ese momento en el que se percató de algo.- ¡Para el carro! En que esta pensando... ¿¿Y si esta es la famosa segunda erección?? - Miraba con duda tanto a la espiga de trigo, que le serviría para escribir, como al frasco de estiércol que haría la función de tinta.- "La tierra te pondrá a prueba"... ¡Joder! No por nada es la maestra de la cosecha y la fertilidad... ¡Es una genia! - Sonrió pues, para Garnet, estaba claro que era parte de una sobreplanificada prueba que Jolyne había estado urdiendo desde a saber cuanto tiempo. Una pena que la verdadera razón fuera porque era una puerca.
Con aquello aclarado, el pelirrojo volvió a su sitio - el suelo -, procediendo a sentarse.- El menda está listo. - Dio el pistoletazo de salida, sentándose con las piernas cruzadas, y dejando el bote estiércol a su derecha, mientras sostenía la espiga con su diestra. En ese momento, Jolyne empezó a contar la historia de su tátara tátara abuelo, cosa de mínimo hace 10 años. Era una historia de superación, la historia de un hombre que, estando en una situación nefasta, luchaba por hacer de su vida algo mejor, comenzando por vender vaca a cambio de unas semillas de tomates que originarían el cambio.- Tomates... Igual... A Vaca... ¡Apuntado queda, jefa! - Respondía de manera vivaz, mientras se esforzaba al máximo nivel por seguirle el ritmo a la reina del pueblo. Escribir con una espiga bañada en caca era todo un desafío, pero todo formaba parte del aprendizaje.
Jolyne prosiguió con la historia de su antepasado quien, a pesar de conseguir que su tomatera creciera de manera considerable, debido a una serie de catastróficas desdichas, tuvo que acabar talándola.- Hmmmm... - Pensaba Garnet sobre la pregunta de Jolyne, mientras terminaba de hacer un dibujo de una monigote con una pierna menos y con una calavera al lado, en referencia al tátara tátara abuelo de su maestra.- ¿No hay que rogarle tanto a la tierra? - Respondió con duda a la cuestión. Al conocer la respuesta, Garnet se llevó su mano izquierda a la cara por haber fallado estrepitosamente.- No volverá a fallar el menda, maestra espantapájaros. Es una promesa. - Juró solemnemente en su interior. A pesar de su dramática actuación, al pelirrojo le pareció interesante aquello de que la tierra poseía su propia memoria, ¿eso quería decir que también podía sentir? - Si fuera capaz de sentir... - Comenzó a divagar, observando con detenimiento su hoja de papel ensuciada de mierda y dejando de prestar atención momentáneamente a la pelirrosa.
No fue hasta que escuchó a la skypieana preguntar si había alguna duda por parte de Garnet que el músico salió de su trance puntual.- ¡Ah! EHhh.... ¡Sí claro! Preguntas, ¿es o no es? - Se recompuso, mirando fijamente a Jolyne, quien se encontraba frente a él.- La verdad que hay cosas de las que no sé si me he coscado... - Echó un vistazo a su hoja de papel y sus indescifrables garabatos, o como él llamaría, "cacabatos".- Vale, okay, colegui mi primera pregunta es, ¿has ganado alguna vez una "Calabaza de Oro"? - Exteriorizó una pregunta cuya respuesta era de vida o muerte conocer.- Y luego, has soltado que la tierra tiene memoria, ¿es o no es? - Dejó una breve pausa para que respondiera brevemente a su afirmación.- Entonces, ¿la tierra puede sentir? ¿La tierra tiene emociones y vida propia? No tengo ni pajorera idea de si eso lo he entendido bien o no. - Expresó las dudas que se le arremolinaban en la cabeza, esperando que la maestra de la lechuga y la col pudiera arrojarle luz.
Podía ver que Garnet ponía todo el empeño posible por aprender, aunque todavía se le viera un poco verde en lo que a hortalizas se refería. Nadie dijo que sería fácil aprender en unas horas lo que a todo un árbol genealógico le costó años de práctica en el campo. Con que se quedara con la idea principal y lograra tener los frutos, ya nos podíamos dar todos con un canto en los dientes. Aunque ahora no fuera más que un simple conejillo distraído mientras el halcón hambriento le acechaba desde el cielo, sabía que con un poco más de esfuerzo y tiempo terminaría siendo el oso que descansa en la cueva sin miedo a que ningún depredador le arrastre fuera.
Escuché con interés y atención las preguntas que tenía Garnet para mí. Me rasqué la barbilla lentamente y esperé unos segundos antes de responder. La Calabaza de Oro era un codiciado premio que se ganaba al presentar la mejor hortaliza del festival. Toda una cosecha de preparación, para que tres pelagatos con bandas en el pecho se lo dieran al mismo vecino cada año. Yo sabía de primera mano que muchos de los participantes metían plomo para aumentar el peso de sus cultivos o endulzaban sus frutos a propósito. Pero tú te cuelas en el granero del vecino o te haces pasar por su espantapájaros durante semanas, y la loca eres tú. — ¿Que si gané alguna vez el premio Calabaza de Oro? — me encogí de hombros despreocupadamente. — ¿Acaso la cabra no se tumba bajo la sombra del árbol? Con otra pequeña pausa dramática, continué. — Técnicamente no tengo el trofeo colgado en la pared, pero alguna vez lo tuve entre mis manos — dije sosteniendo en alto un trofeo invisible. — Pero justo después de haberlo tocado, se formó una revuelta entre los vecinos y lo perdí de vista — apreté mis manos haciendo que el trofeo se esfumara como cuando se te escurre una trucha recién pescada. Al parecer, no sentó muy bien que me intentara llevar mi merecido trofeo por la fuerza. ¿Y qué importaba si algunas de mis hortalizas tenían pequeños agujeros de bala? Esas balas habían entrado y salido limpiamente. — Fue una verdadera tragedia, pero digo más. Antes de que me lo arrebataran, me dio tiempo a morderlo y me di cuenta de que el trofeo era de chapa. No lo querrían ni los cuervos.
Carraspeé un instante y escupí atinando al cubo de la esquina del camarote. — Son muy buenas preguntas, amigo mío. Y déjame decirte que la tierra tiene vida propia, pero no esperes nada de ella sin darle primero algo a cambio. Incliné mi cuerpo hacia el pelirrojo y comencé a susurrar. — He hecho sacrificios, sí... algunos de los que me avergüenzo. Pero es pronto para llegar a esa lección. Todavía inclinada miré hacia los lados y metí el dedo índice dentro del tarro con el mejunje que estaba usando Garnet para apuntar mis enseñanzas. Sin decir nada más, me acerqué hacia la pared más cercana al camarote sintiendo cómo Jimba se movía a mi paso, y comencé a garabatear sobre la madera.
Dibujo de Jolyne
— ¿Sabes lo que es esto, Garnet? Te presento a tu mejor aliado — dije señalando al espantapájaros. — Voy a empezar enseñándote a distinguir entre amigos y aliados para que tus tomates sobrevivan. Una vez terminé de mi representación, comencé a andar de un lado para otro, esta vez delante de los garabatos. — Bien... Es media noche y escuchas un alboroto en el huerto, así que decides asomarte para ver lo que está pasando. Todo está bastante oscuro, pero la luna ilumina lo suficiente como para ver que, por el lado izquierdo, una horda de ratones salvajes y hambrientos van directos a por tus tomates. Por el lado derecho, un puñado de topos bebés, casi recién nacidos, han empezado a cavar un laberinto de túneles muy cerca de las raíces. Para su desgracia, no se han dado cuenta de que un búho les acecha sigilosamente desde el cielo intentando darles caza. Pero la cosa no acaba aquí — dije mirando fijamente al pelirrojo. — Justo en el centro, se encuentra la hija mayor del panadero. El espantapájaros ha caído sobre ella y ahora pide auxilio. La pobre muchacha nunca destacó en nada, ni siquiera cuando se apuntó al coro del pueblo porque alguien le dijo alguna vez que cantaba muy bien el "cumpleaños feliz". Ahora que lo ha dejado con Jackson, se rumorea que se pasa las noches en huertos ajenos.
Di un golpe en la pared del camarote con mi mano impregnada en mejunje. — ¡Rápido! El tiempo corre en tu contra y solo puedes ir hacia un lado. ¿Qué es lo que haces? Recuerda que distinguir entre amigo y aliado no es tan fácil como parece.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli
Garnet estaba encontrando las lecciones y clases que le estaba impartiendo su amiga Jolyne extremadamente interesantes y entretenidas, hasta el punto que necesitaba saber más y más sobre los misterios que podía esconder la madre naturaleza y huerta, así como la codiciada Calabaza de Oro. Tras encogerse de hombros la pelirrosa y de una pregunta retórica que dio mucho que pensar al músico de los Alas Negras, la skypiean declaró no tener colgado a modo de premio dicho trofeo, a pesar de si haberlo llegado a tener entre las manos. Al escuchar esto, Garnet frunció el ceño, dejando entrever un rostro de decepción ante tal noticia.- La maestra de la regadera no ganó ninguna Calabaza de Oro... Me tienen que estar filmando. - Ciertamente, con la de conocimientos rústicos que había demostrado poseer, al pelirrojo se le hacía difícil de creer que algo así fuera posible. Afortunadamente, según las palabras de Jolyne, aquel trofeo no era para tanto, así que no tenerlo no sería algo similar como tener que despedirse de ser el mejor músico que había y por haber.
Acto seguido, Jolyne atinó, con una precisión certera y fascinante, un escupitajo dentro de un cubo que había en su camarote, causando que, inconscientemente, Garnet se pusiera a aplaudir completamente maravillado por la hazaña de la campesina.- ¿Algún día podrá hacer el menda algo así? - Estaba completamente ido, Garnet había sido totalmente contagiada por la fiebre agraria y rural de Jolyne. Por si fuera poco, aquella fascinación se vio incrementada cuando, tras inclinarse hacia su él, su maestra le susurró - cosa que hizo que el vello de Garnet se pusiera de punta - que, en efecto, la tierra sentía y que, como tal, había que ofrecerle algo a cambio de ver germinar los frutos del trabajo de uno. En esos momentos Garnet, mirando fijamente a Jolyne, apretó con fuerzas sus labios.- Darle algo a cambio, ¿huh?.... - Pensaba el pelirrojo, pasando a esbozar una sonrisa socarrona a continuación.- Oh baby, y tanto que te voy a dar madre tierra, vas a ser otra de mis grupies, ¿es o no es? - Si sólo era necesario darle algo a cambio para que la tierra floreciera, tan sólo tenía que tocar, con empeño y dedicación, su maravillosa música para ayudar a que los cultivos crecieran adecuadamente. Si aquello no era cuidar del producto... Apaga y vámonos.
No obstante, por muy fácil que lo viera Garnet, Jolyne dejó más que claro que, durante su vida, había hecho para ello muchos sacrificios, algunos más vergonzosos que otros. Y si la propia diosa de la cosecha las había pasado putas, eso quería decir que tan fácil no era. El skypiean tragó saliva, mientras Jolyne metía su dedo índice en la tinta de estiércol que estaba usando el propio Garnet para tomar sus apuntes, acercándose en ese momento a la pared más próxima a ella para dibujar lo que, a vista del pelirrojo, era toda una obra de arte.- Increíble... - Musitó, observando aquel mural digno de la prehistoria, quedándose callado durante un par de segundos.- ¿Qué se supone que es eso, colegui? - Ladeó a continuación su cabeza hacia su derecha, confuso por no entender demasiado el contenido de aquellas runas artísticas.
Afortunadamente para él, Jolyne siempre iba un paso por delante, dando así inicio a la siguiente lección y prueba que debía afrontar el pelirrojo, una en la que debía identificar a la perfección quién, a la hora de cultivar una patata o una remolacha, era su amigo o enemigo. Garnet asentía, sentado en el suelo y con las piernas abiertas, prestando suma atención a cada palabra y cada perdigón de saliva que podía salir de la boca de Jolyne al hablar. La situación era fácil: media noche, en el huerto, varios animales desde distintos flancos haciendo peligrar la cosecha de toda una vida, entre ellos una horda de ratones, unos topos malolientes y un búho al acecho de estos últimos. A primera instancia era sencillo, por supuesto, se podía decir que Garnet tenía la solución más clara y óptima para aquel problema.- Pueje, esto está chupado. - Sonrió confiado el bien dotado pirata hasta que, Jolyne añadió una variable más que pondría en apuros al músico.
La hija del panadero. Y no cualquiera, sino la mayor. Ese era el maldito problema. Al escuchar aquello, Garnet se llevó sus manos a la cara, como si todo estuviera perdido. Su mente empezó a volar, imaginando toda clase de físicos, rostros y lencerías que podía llevar aquella mujer que vagaba por su huerto en aquellas horas de la noche. ¿No destacaba en nada? Eso no era verdad, en esos precisos momentos, la hija mayor del panadero, era la protagonista de aquella historia ante los ojos de Garnet. Encima, enterarse de que ya no andaba con Jackson, hizo que la situación empeorara en la mente del pelirrojo.- Vaya gilipollas ese Jackson... ¿Cómo pudo dejar ese tolai a una pibita como Breda, huh? - Refunfuñaba en su cabeza el pelirrojo. En efecto, le había puesto ya hasta nombre a la hija del amasapanes. Por otro lado, al pensar que desde el momento en el que cortaron, nuestra amiga Breda iba de huerto en huerto cada noche, no hizo otra cosa que despertar los más oscuros y depravados pensamientos de Garnet.- Pueje pueje... Tocará consolar a la pibita y llevársela para el huerto... ¿Es o no es? - Empezaba a divagar fuertemente, llegando incluso hasta babear, hasta que un portazo en la pared por parte de Jolyne hizo que Garnet espabilara.- Mierda, ¡joder! Es verdad, que el menda tiene que proteger a los tomates o el menda se queda sin su Salmrockrejo... -
Pero la cosa no era fácil, tenía prácticamente problemas desde todos los flancos. Ratones en la superficie, topos bajo tierra un búho por el aire y Breda implorando ayuda en el centro... Si debía ir hacia un lado, ¿cómo podía proteger el otro? - Para el carro... ¡Eso es, Garnet eres una fiera! - Exclamó mentalmente el pelirrojo mientras se ponía de pie y se acercaba al dibujo pintado por Jolyne.- Si la cabra no tira para el monte, habrá que hacer que el monte tire hacia la cabra, ¿es o no es? - Dijo con una sonrisa llena de determinación, como si fuera la mayor evidencia y acto de inteligencia que jamás saldrá por su boca.- Ir a por los ratones y los topos a la vez es una putísima locura, eso está claro. - Enunció con los brazos cruzados, observando fijamente a sus representaciones en la ilustración de mierda - de forma literal - de Jolyne.- Pero tú lo has dicho, colegui, hay que saber olerse quién es el colega y quien el tocapelotas de turno. - Señaló al búho con su dedo índice.- Y este de aquí es nuestro crack, ¿es o no es? - Prosiguió, dándose la media vuelta y, por tanto, dándole la espalda a Jolyne.- Pero, ¿quién me dice que el pajarraco y el menda no van a por el mismo objetivo, huh? - Giró otros 180º, tocándose dos veces con su dedo índice su sien derecha.- Está cantado, si cojo el espantapájaros que está encima de Breda y me lo llevo mientras vaya a reventar a esos topos, el pajarraco acojonado por el espantapájaros tendrá que ir por cojones a por su otra presa, los ratones, ¿es o no es? - Su sonrió se tornó pícara.- Mientras el pajarraco hace de las suyas, el menda usará el haki de observación para saber dónde coño saldrán esos pequeños hijos de puta, ¡cómo si tengo que sacarlos a mano! Y una vez lo haga, los mandaré al corral de los quietos, y montaré un asado de topo cojonudo. - Explicaba, mientras hacia el ademán de comer. Ahora tenía curiosidad por saber a que sabría la carne de topo.- Le daré a Breda parte de la comida, se enamorará perdidamente del menda por haberla salvado encima... - Comenzó a babear en ese instante, mientras sus fosas nasales se contraían y dilataban de forma reiterada.- Y LE DARÉ MANDANGA DE TAL FORMA QUE LA MADRE TIERRA TENDRÁ QUE COMPENSARME CON UNA BUENA PLANTACIÓN POR ESE ESPECTÁCULO PUAJAJAJAJAAJAJAJ ¡EL MENDA ES UN GENIO! - Empezó a gritar en el camarote, como un descosido como si de un genio malvado se tratara. Garnet creía que había atinado por completo con la solución, pero ahora quedaba ver si era de verdad el resultado que esperaba escuchar Jolyne.
Cuando soltó que no se podía ir a dos sitios al mismo tiempo, asentí efusivamente con los ojos bien abiertos. Si seguía por ese camino acabaría llegando fácilmente a la solución correcta, pero mi supuesto escondía más trampas de las que parecía a simple vista. Y cómo no, lo primero que hizo Garnet fue rescatar a la muchacha quitándole el espantapájaros de encima. En ese mismo instante las ratas ya habrían llegado a darle al menos a un mordisquito a uno de los tomates. ¿Que cómo sabía yo eso? Pues porque conociendo a la hija del panadero, se habría puesto a llorar contándole lo malo que fue Jackson con ella y cómo eso la llevó a meterse en huertos ajenos. Su planteamiento no era del todo incorrecto, pero había muchas lagunas para salvar los tomates, y bien es sabido por todos que un hombre que no llega a proteger la integridad de todos sus tomates, no puede llamarse a sí mismo tomatero. Mientras el pelirrojo reía como un loco en mi camarote, transformé mi parte de mi cuerpo en camaleón y le propiné un pequeño latigazo húmedo en la mejilla para que volviera a la realidad. Si quería enseñarle a ser el mejor, tenía que ponerme seria. En el mundo real no solo habría animales que quisieran comerse sus tomates, también encontraría gansos con corbata dispuestos a engañarle para que cediera su cosecha a cambio de un huevo de oro, pero eso era otra historia.
— ¡No es correcto! ¿Y qué es eso de darle de comer a una ladrona de huertos?— chasqueé la lengua negando con la cabeza. Es muy sencillo lo que hay que hacer aquí... Los topos bebés y las ratas son enemigos, eso lo tiene claro hasta Jimba— dije señalándola sin siquiera mirarla—. El búho en cambio parece enemigo, pero en realidad es un aliado momentáneo. Ese animal está demasiado concentrado en los topos, y los topos bebés son una presa fácil, así que no tardará en ir a por ellos y espantar al resto. Y por otro lado está la muchacha. Una chica joven, en la noche y yendo a huertos que no conoce para robar tomates. ¿Qué iba a hacer por allí si no? Nadie pisa un huerto ajeno a esas horas por curiosidad. El espantapájaros es un buen aliado que la ha retenido antes de que se los llevara. El único problema real aquí son las ratas. Son lo suficientemente rápidas y astutas como para llegar a los tomates antes de que la selección natural pueda frenarlas. Tan solo habría que disparar a un par de ellas para marcar territorio y fin de la discusión. Me encogí de hombros por la lógica de mi respuesta.
— Y aquí tienes la décima lección: no hace falta cubrirlo todo, solo tienes que intuir cuál es el verdadero objetivo y ser preciso.
Aunque estaba satisfecha de mi enseñanza, antes de enfrascarnos en nuestra duocentésima lección quería asegurarme de que la undocimeava lección quedara clara. Ya había identificado uno de los puntos flacos del cocinero, y no me quedaría tranquila hasta que todos los tomates llegaran sanos y salvos hasta su recolección. Debía aprender el instinto de proteger su cosecha por encima de todas las cosas. Rasqué mi barbilla arrancando un trozo del mejunje marrón pegado a mi piel y continué.
— Mmm, voy a ponerte otro ejemplo... Esta vez es un día soleado de verano. El calor es fuerte, pero el vecino sigue saliendo al porche a acariciar a su anciano perro que ya no puede mover sus patitas traseras por la edad. Los tomates han crecido a su ritmo y han madurado, pero todavía falta un par de semanas para la recolección. Parece un día normal, pero el calor suele llamar a los mosquitos come tomates, una especie invasora que actúa con rapidez y sigilo. Pero... ¡Oh, no! — exclamé de manera sobreactuada poniéndome las manos sobre la cabeza para darle más énfasis—. Hoy era el concurso de camisetas mojadas en el pueblo y se han quedado sin jurado... Necesitan que vayas de urgencia para juzgar si sus ropajes están lo suficientemente ajustados, transparentes, limpios o lo que sea que se haga allí — hice un breve silencio inclinándome seriamente hacia el pelirrojo—. ¿Qué harías en esta situación, Garnet? Piensa bien la respuesta o lo lamentarás.
INFO
Sara Sara No Mi: Modelo Camaleon
Zoan
1
Permite al usuario convertirse en un camaleón y en la forma híbrida de esta.
Especificaciones
El camaleón en su forma completa mide treinta centímetros de largo, contando de cabeza a cola, la cual lleva enrollada y llega a medir otros veinte centímetros más, y pesa un cincuenta gramos. En forma híbrida el usuario camina a dos patas, ve incrementada su altura en +1/2 de la que posea y doblará su peso. La parte superior de su cabeza, hasta la nariz incluida, será sustituida por la forma del animal, cambiando su morfología y sustituyendo su piel por una de escamas de un camaleón con las peculiaridades de este, a excepción de la mandíbula y la boca, el pecho y el vientre, conservando el pelo. Sus ojos adoptan la extraña apariencia y forma de los de un camaleón. Sus pies y manos se adaptarán uniéndose todos los dedos excepto el pulgar en uno solo, pudiendo así hacer una pinza. Le brotará una gran cola con una longitud igual a 3/4 de la altura total del usuario y adquirirá una lengua retráctil de la misma longitud, pudiendo usar ambas como armas flexibles.
Se tarda un turno completo en cambiar de una forma a otra, a menos que se tenga 80 puntos en CA, cuando se puede realizar una transformación inmediata. Nunca se puede usar la transformación para esquivar un ataque de forma pasiva solo por haber cambiado de tamaño. Para la transformación híbrida se necesitan 20 CA y para la completa 50 CA. La transformación cuesta 30 puntos de energía y, después, 10 de energía por turno.
Control de Akuma: 20 CA: Híbrida | 50 CA: Completa | 80 CA: Transformación inmediata
Ventajas: Te otorga 2 habilidades raciales y un bono mientras estés en forma híbrida de +40 a la precisión.
Debilidades: Las habituales en las Akuma no mi.
Código: Camaleon
En mi post me transformo en la forma híbrida con 30 de energía. Regenero mi nivel x2 al no estar en combate, por lo que recupero 52 de energía y no gasto nada.
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¿Yo escribo aquí y cualquiera puede leerlo? ¿Cómo es eso posible? ¿Y tengo que decir lo que yo quiera? En ese caso, juraría que una vez vi a la legendaria vaca marina. ¿Cuánto has dicho que me queda para poder expli