[P.Relativo-Mejora Wazamono]El faro
#1

21 de Invierno, Año 16
07:00 a.m. — Mystoria, Nuevo mundo

La oscuridad crecía.
Conforme mi propio poder aumentaba, parecía que el poder de mi oscuridad también lo hacía en consecuencia. Shimei Kaeru, la espada de mi madre, mi legado y maldición, había poseído siempre la increíble habilidad de aumentar su poder de alguna manera. Conforme mi propia fuerza crecía, la espada se tornaba más poderosa y se emparejaba con mi capacidad para seguir siendo útil. En ocasiones creía que era algo mágico pero, creo que simplemente era la naturaleza del propio arma. Una naturaleza ligada a mi oscuridad y temor, mi pánico por necesitar más poder para validar mi propia existencia. Es por esa razón que creé a Saba, su hermana blanca. Un filo que era la luz en mi sombra y que me recordaba que la fuerza no siempre es golpear con más potencia, si no hacerlo por una causa que lo merezca. Sin embargo, hacía tiempo sus filos habían dejado de ser hermanos y… necesitaba remediarlo. Con la luz del alba, partí del faro donde me estaba alojando con los Marines de la División 9 con el objetivo claro de conseguir dos cosas para mejorar mi espada blanca: agua pura y cristalina del lago de Mystoria y piedra volcánica. La misión estaba clara y al finalizar el día, la luz debería recuperar su poder. Casi me parecía alegórico que eso ocurriera en un lugar donde la única edificación era un faro.

Abandoné la base Marine para comenzar el descenso a la llanura y dirigirme al lago. Ya había venido aquí con Joe en una ocasión buscando víveres para sus recetas milenarias y me había percatado del agua de este. Era pura, cristalina y clara, pero se apreciaban en ella pequeñas partícuals en suspensión que, imaginaba, serían restos y sedimentos del volcán en erupción. La pureza del agua sería clave para la tarea de hoy. Tras acercarme lentamente al lago, pues ya había sido advertido de las criaturas que lo habitaban, saqué una cantimplora de gran tamaño y llené varios litros en ella para llevarla conmigo. Para mi suerte, no hubo animal que osara atacarme, aunque Dios sabe por qué lo hicieron con Joe y los suyos. El siguiente punto de referncia era el volcán, varias horas me demoré en llegar a la base y, comencé el ascenso de inmediato. Durante la subida, el calor se intensificó e hizo caer gotas de sudor por mi frente. Mi respiración se volvía más pesada conforme ascendía y mis latidos se aceleraban, presa del cansancio. Las botas en mis pies se sentían como lava y casi parecían derretirse por el calor del suelo. Media hora después pude alcanzar casi la cima, sintiendo el calor golpear mi piel con furia, como si mi mismo jefe estuviera en la montaña pasando un mal día. Por suerte para mí, lo que buscaba era polvo de obsidiana, un fino polvo volcánico que era fácil de recoger en este terreno por lo que, una vez llegada a la altura suficiente en la montaña, saqué una bolsa de pequeño tamaño y llené en ella todo el polvo que pude con mis manos, esperando que fuera suficiente para pulir con tesón el filo de Saba. Ahora solo quedaba volver al barco, por lo que me dispuse a bajar del volcán y deshacer lo andado hasta el lago y de ahí hacia el Eidfrost, mi nuevo navío, donde tenía todas mis herramientas y mi forja lista para el trabajo que nos esperaba. Estaba ansioso por ver la capacidad de corte de Saba cuando todo el proceso terminara pues, estaba seguro que podría hacer de su filo un arma de magnífica factura.

Una vez en el Eidfrost daría paso el ritual. Avisé a Kraven de que no quería ser molestado y me metí en la forja sin fecha de salida. Una vez dentro solté a Saba sobre el banco de trabajo y me acerqué a la puerta, ya cerrada, donde un perchero me sirvió para dejar mi abrigo azul y quedarme únicamente con el chaleco, dejando así mis brazos al aire. Cogí a Saba y comencé a desmontar el arma inmaculada. Primero la extraje de su saya y retiré los topes de la tsuka para sacarla. Apartándola a un lado junto a los encastres y retirando el habaki, así como otras piezas de latón, finalicé sacando la tsuba y dejando la hoja limpia y preparada para su tratamiento. El proceso era simple pero peligroso. Primero realizaría un tratamiento térmico de alto choque. Calentaría el arma a la temperatura adecuada durante el tiempo adecuado para, posteriormente, enfriarla de manera abrupta
de un único soplido de mi akuma no mi. Esto produciría un cambio térmico lo suficientemente poderoso para que los átomos de acero se contrajeran y se volvieran más duros y peligrosos para mis rivales. Sin embargo, un fallo en el cálculo, un ápice de calor o frío más de lo esperado y calculado sería fatal, pudiendo quebrar la hoja y perderla para siempre. Me aterraba la idea, pero confiaba en mis habilidades para la forja y estaba seguro que Saba tenía la fortaleza interna y el alma suficiente como para soportarlo. Una vez hecho esto, el trabajo final sería el pulido. Utilizando parte del polvo de obsidiana conseguido en el volcán y algunas herramientas de forja, podría pulir su superficia y su filo todo lo posible, haciendo de ella un arma más mortífera y bella si cabe.

Agarré un cuenco de madera pequeño. Tenía bastantes utensilios que había ido acumulando con el tiempo y siempre encontraba un roto para un descosido. Esta no era su función, pero serviría. Volqué en el cuenco una parte del polvo de obsidiana y, acto seguido, unas gotas del agua recogida del lago. Con una varilla de madera comencé a removerlo enérgicamente hasta que el polvo y el agua se fuera integrando. El espesor era demasiado por lo que fui introduciendo a la mezcla agua de manera paulatina hasta que la mezcla fuera lo suficientemente consistente como para adherirse al metal y lo suficientemente líquida como para manejarlo de manera adecuada. Una vez hecho esto, recubrí el lomo de Saba con la mezcla negra de polvo de obsidiana y agua del lago hasta casi el filo. La primera parte fue sencilla y después, con un pequeño puntal de madera, comencé a realizar el dibujo del hamon en el filo. Esperé ligeramente mientras la forja se calentaba y entonces introduje la espada en el carbón ardiente. El soplido del fuelle sobre las brasas incrementaba la temperatura de la hoja poco a poco, permitiendo que la arcilla creada a su alrededor protegiera el acero. La idea era mejorar su temple, hacer un nuevo tratamiento térmico, pero protegiendo su parte trasera. De esta manera, al enfriarse el filo más abruptamente que el lomo, adoptaría una dureza superior, manteniendo el lomo más flexible y resistente a los impactos, asegurando así la integridad estructural de la espada. La hoja comenzó a calentarse levemente mientras yo observaba. Cruzado de brazos frente a la forja, sentado sobre un pequeño tocón de madera que usaba de taburete cuando creaba cosas a ras de suelo, me deleitaba con el hipnótico y abrasador sonido de las llamas del carbón y el fuelle, pisando el abanico que impulsaba el aire a través de los conductos hacia la base del carbón de manera rítmica y constante. Lenta pero segura. La hoja blanca de Saba poco a poco comenzó a cambiar de color, desde su blanco característico hacia un naranja oscuro y, con más tiempo, hacia un naranja blanquecino. Este era el momento idóneo para realizar el temple. Comencé a transformarme. Aumentando el tamaño de mi cuerpo y músculos y asumiendo el manto blanco del lobo, enfriando ligeramente la forja y teniendo que pulsar el empujador de aire con más frecuencia para mantener la temperatura de la forja y de la hoja por consiguiente. Cuando, ya transformado en forma híbrida, el color en la hoja era el adecuado, extraje, agarrando con mis propias manos imbuidas en todo el haki de armamento posible que pude extraer de mis adentros, sujetando desde la guardia la hoja de Saba y soplé poderosamente sobre ella, enfriando su metal de manera rápida y feroz. La hoja chilló. Un sonido agudo de temperatura inconfundible. No hubo sonidos de grietas, no hubo señales de ruptura. Pero hubo tensión, tensión en mí. Una vez con el metal frío y preparado para el siguiente paso, comencé a retirar la arcilla de obsidiana ya calcinada y enfriada para descubrir la hoja templada mientras volvía a mi forma humana lentamente. Aprovechando los rayos del sol de la ventana, observé detenidamente cada centímetro de la hoja, apreciando que no había fisuras, roturas y mellas en su estructura y que por tanto, el proceso había sido un completo éxito para mi sorpresa, ya que tenía el miedo de que la factura original de Saba no diera la talla para el agresivo tratamiento térmico que había aplicado sobre ella. Por suerte para mí, la voluntad de mi arma era superior a la mía.

Ahora tocaba el momento ritual y ceremonial del pulido. Una tarea en la que me demoraría las horas y días necesarios hasta que el resultado fuera idóneo. Lo primero sería preparar la zona de trabajo. Agarrando otro tocón y poniendo sobre él la primera piedra de pulido, eché algo de agua  del lago encima de ella para humedecerla y comencé a frotar la hoja ennegrecida por el carbón. Poco a poco la piedra se fue manchando de negro y esto me obligaba a limpiarla para evitar erosionar con el carbón la hoja. Con las pasadas repetidas, el carbón residual desaparecía y la hoja blanca volvía a aparecer. Esta primera piedra tenía el propósito de eliminar las impurezas del temple, toda la morralla y ganga que se había adherido a la hoja. Una hora, quizá dos, fueron las necesarias cambiando la piedra de posición y pasando rápidamente la hoja por todos su puntos. Una vez retirado todo el exceso de carbón, pasé a la segunda de tres piedras. Esta comenzaría el pulido del filo, por lo que el ángulo de exposición a la piedra sería importante ahora, teniendo que hacerse en rigurosos grados de inclinación de manera constante para asegurar el filo uniforme. Las pasadas se ralentizaron a un rítmico vaivén por la piedra en secciones. Me aseguraba que, cada diez o quince pasadas, colocara una zona nueva de la espada y así hasta llegar al kissaki o punta de la katana. Repetí este proceso por un mismo lado varias veces hasta que, usando mi uña, noté una rebaba o borde en el lado contrario del filo, asegurando así el afilado. La operación se repitió por el lado contrario y así la segunda piedra terminaba su cometido para dejar paso a la tercera, que puliría el filo al máximo nivel. El método era el mismo, pero en este me demoraría mucho más. Mucho mucho más. Las horas fueron desapareciendo del día y el reloj avanzó mientras yo, con toda la calma y concentración del mundo, iba realizando pasadas cada vez más lentas en la piedra de afilado. Cada pasada era lenta como una edad en el mundo, y cada una tenía un sentido e intención. Tras el proceso, y usando por última vez el polvo de obsidiana y el agua para una mezcla -esta vez mucho más líquida- aproveché para pulir el lomo de la espada por completo en una sola dirección. De esta manera le daba un brillo especial a la hoja que, en conjunto con su color blanco, parecía estar reflejando la misma luna en todo momento. Finalmente, cuando el brillo me satisfizo, cogí un trapo de algodón y limpié concienzudamente toda la hoja, retirando todo el material de pulido restante y dejando la hoja tal y como debía estar antes de ser ensamblada y recibir su tratamiento antióxido y su cuidado ceremonial necesario para volver a mi cinturón y a nuestras aventuras. Estaba contento con el resultado, aunque perdí la noción del tiempo mientras realizaba toda la mejora.

Una vez terminado el pulido ensamblé el arma en sentido inverso al inicio de la mejora. Introduje el habaki, el separador seppa, la guardia o tsuba -la cual también pulí ligeramente-, el separador fuchi y, después la guardia o tsuka. Esta la encordé de nuevo con cordón blanco nuevo e inmaculado, ya que el que tenía estaba bastante viejo y deteriorado. Tras colocar el kashira del final y asegurar todo con unos golpes que introdujeron los mekugis o espigas de madera en los agujeros, el arma estaba lista para su tratamiento. Comencé echando polvo de arroz con la bola de papel lentamente y la froté de forma suave con un paño fino. Finalmente retiré el exceso y dejé caer unas gotas de aceite mineral sobre su filo, que extendí con un paño distinto para formar así una capa única de aceite protector que impediría que los agentes externos dañaran mi creación. Cuando todo terminó y volví a meter el arma en su funda, pude darme cuenta de que era absolutamente de noche. La luz ambiente había desaparecido y si no fuera por la luz de la forja, no había manera de ver nada. — Dichoso hiper foco… pero, el resultado ha merecido la pena. — dije observando por la ventana el mar en calma y volviendo la vista al banco de trabajo. Ahora solo quedaba abandonar el Eidfrost para volver al faro y descansar de un día de trabajo. Estaba feliz con lo que había logrado y sentía que, de alguna manera inexplicable, trabajar en Saba me mejoraba a mi como persona. Siempre vi a Shimei Kaeru y a Saba como dos entidades opuestas y, no necesariamente tiene por qué serlo, aunque bien es cierto que esa dualidad, que yo mismo poseía, era la que me definía y también a mis armas.

Saliendo del navío, de nuevo en cubierta, Kraven estaba fumando apoyado sobre el timón observando las estrellas. Saludé con la cabeza y mi arma renovada en la zurda. Bajé a tierra con el objetivo de volver al faro con la División pero tuve que detenerme a observar el faro. El faro blanco de Mystoria, que en las oscuras noches como la de hoy iluminaba con fuerza el horizonte. Su halo de luz blanca se dispersaba como un rayo hacia las tinieblas y desde ahí, en la playa de Mystoria, a las orillas del mar del Nuevo Mundo y bajo la supervisión del lobo blanco de mi navío, desenvainé a Saba. Su filo era bello y me cautivó como la primera vez que la empuñé. Alcé su hoja en dirección al faro, dejando que los rayos de luz de este reflejaran sobre la pulida superficie de la misma, para acto seguido apuntar hacia donde el haz de luz del faro indicaba. — Tú… Tú serás el faro en el camino. La luz a la maldición de mi familia. — afirmé a mi hoja para acto seguido enfundarla y comenzar el ascenso hasta el faro. Mañana sería otro día, pero mi amanecer tendría un nuevo sol: Reimei Saba, la Hoja Serena del Amanecer.


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