03-03-2026, 01:18 AM
El paso de la mañana a la noche y de la noche a la mañana se repetía, acelerado. Sol, luna, sol, luna. Sol y luna. Un día detrás de otro se convertía en una semana. Las semanas se aglomeraban para formar un mes. Y el mes, pasado un tiempo, se convertía en año.
¿Ya había pasado un año? No, todavía no. Lo sabía porque el calor se mantuvo, día a día, durante meses. Ninguna pausa. Ningún descanso. El invierno y el otoño no volvieron a asomarse, y ellos, como lo es la luna para el ciclo del día, eran necesarios para cerrar el ciclo del año.
Enji se lamió el pulgar y pasó de página.
El sistema nervioso, rezaba el nuevo titular. Se sintió un niño nuevamente, sentado a la linde de la fogata mientras estudiaba los libros de su madre. Lo habían educado en casa. Sus padres eligieron a dedo los temas que consideraban necesarios, fundamentales, para su educación. Aprendió de ciencias naturales, literatura, matemática y política. Especialmente política. La pareja que lo concibió tenía una tendencia a quererlo informar de las cuestiones morales, las jerarquías políticas, militares y salvajes. Porque si, incluso entre salvajes existían rangos. Existían los piratas, los capitanes, los Shichibukai y los Yonko. Una línea de mando mucho más compleja que la marine.
Secretó veneno del pulgar y volvió a pasar de página, manchándola en el proceso. Una marca morada con la forma de su huella dactilar quedó plasmada en el papel.
—¿Cuánto más tengo que leer sobre esto? —cuestionó a su mentor.
—Lo necesario —explicó el doctor—, para que entiendas los fundamentos básicos del cuerpo humano. Sus sistemas y procesos.
—Cuando le dije que quería aprender más sobre mi fruta, esperaba otra enciclopedia de venenos. No esto —replicó, y pasó de página una vez más. Llevaba más de la mitad del libro leído y se adentraba en la segunda mitad con cansancio en los ojos—. Me aburro como una ostra, viejo.
—Y es por eso que yo soy doctor y tú un soldado raso, muchacho —dijo, parándose a su lado con una revista en la mano. La portada de su lectura tenía a mujeres en ropa interior posando y no dioramas del cuerpo humano—. Refuerza las bases, aprende de pe a pa como funciona el cuerpo y después sabrás instintivamente como afectarlo de la forma que más te convenga. Dónde meter la zancadilla para que el sistema se caiga.
—¿Y si no quiero que se caiga?
El doctor se detuvo y elevó una ceja.
—¿Y por qué no? Eres un luchador, tengo entendido —replicó—. ¿Qué buscarías más que hacer daño?
—¡Shihahaha! Viejo… —Enji reía mientras sus ojos exploraban un dibujo que representaba el cerebro—. Me gusta luchar, pero ¿sabes qué me gusta más que luchar?
—¿Qué?
—Divertirme.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Dígame, Doc. ¿Cuánto pagaría usted por la diversión? —Cerró el libro y se reclinó hacia atrás en el sofá—. Porque yo pagaría mucho por una pequeña botellita de diversión concentrada…
¿Ya había pasado un año? No, todavía no. Lo sabía porque el calor se mantuvo, día a día, durante meses. Ninguna pausa. Ningún descanso. El invierno y el otoño no volvieron a asomarse, y ellos, como lo es la luna para el ciclo del día, eran necesarios para cerrar el ciclo del año.
Enji se lamió el pulgar y pasó de página.
El sistema nervioso, rezaba el nuevo titular. Se sintió un niño nuevamente, sentado a la linde de la fogata mientras estudiaba los libros de su madre. Lo habían educado en casa. Sus padres eligieron a dedo los temas que consideraban necesarios, fundamentales, para su educación. Aprendió de ciencias naturales, literatura, matemática y política. Especialmente política. La pareja que lo concibió tenía una tendencia a quererlo informar de las cuestiones morales, las jerarquías políticas, militares y salvajes. Porque si, incluso entre salvajes existían rangos. Existían los piratas, los capitanes, los Shichibukai y los Yonko. Una línea de mando mucho más compleja que la marine.
Secretó veneno del pulgar y volvió a pasar de página, manchándola en el proceso. Una marca morada con la forma de su huella dactilar quedó plasmada en el papel.
—¿Cuánto más tengo que leer sobre esto? —cuestionó a su mentor.
—Lo necesario —explicó el doctor—, para que entiendas los fundamentos básicos del cuerpo humano. Sus sistemas y procesos.
—Cuando le dije que quería aprender más sobre mi fruta, esperaba otra enciclopedia de venenos. No esto —replicó, y pasó de página una vez más. Llevaba más de la mitad del libro leído y se adentraba en la segunda mitad con cansancio en los ojos—. Me aburro como una ostra, viejo.
—Y es por eso que yo soy doctor y tú un soldado raso, muchacho —dijo, parándose a su lado con una revista en la mano. La portada de su lectura tenía a mujeres en ropa interior posando y no dioramas del cuerpo humano—. Refuerza las bases, aprende de pe a pa como funciona el cuerpo y después sabrás instintivamente como afectarlo de la forma que más te convenga. Dónde meter la zancadilla para que el sistema se caiga.
—¿Y si no quiero que se caiga?
El doctor se detuvo y elevó una ceja.
—¿Y por qué no? Eres un luchador, tengo entendido —replicó—. ¿Qué buscarías más que hacer daño?
—¡Shihahaha! Viejo… —Enji reía mientras sus ojos exploraban un dibujo que representaba el cerebro—. Me gusta luchar, pero ¿sabes qué me gusta más que luchar?
—¿Qué?
—Divertirme.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Dígame, Doc. ¿Cuánto pagaría usted por la diversión? —Cerró el libro y se reclinó hacia atrás en el sofá—. Porque yo pagaría mucho por una pequeña botellita de diversión concentrada…

