77 de Primavera. Año 11.
Pueblo Kakutasu, Isla Toko, Corriente Daiya - 06:30 a.m.
Como un hálito.
Desperté de forma brusca tras una pesadilla y me encontré solo en la habitación del motel de mala muerte en el que me alojaba, con mi arma en la mano izquierda y a punto de desenvainar contra los fantasmas de mi pasado más reciente. Algo no estaba bien por dentro todavía, aunque las heridas exteriores hubieran curado. Decepcionante, pensé, mientras me incorporaba y sentaba en el borde de la cama, colocando a Shimei Kaeru a mi siniestra. La habitación, que permanecía en penumbras con la persiana bajada, solo dejaba ver tímidamente un halo de luz que se colaba entre las rendijas de esta, permitiendo atisbar donde había dejado mis cosas anoche. Había pasado un mes desde que mi gremio… desapareció. Un mes que había sido suficiente para curar mis heridas y sanar mis cortes, pero que, por desgracia, seguía pesando en mi conciencia. Sabía que no era mi culpa, que no tenía otra opción, pero, no dejaba de plantearme si las cosas pudieron haber sido distintas.
Suspiré mientras apoyaba ambas manos en las rodillas y me incorporaba con pesar. Era hora de salir de allí. Me vestí, abrochando mi chaleco y poniéndome las botas. Veía mi abrigo colgado en la puerta de salida, pero… - ¿Dónde demonios he dejado mis guantes y mi cinturón? - musité mientras miraba hacia todos lados. Tal fue la llegada anoche a mi morada temporal que ni siquiera había organizado mis cosas. Finalmente, los hallé sobre una mesilla en la entrada, debí dejarlos ahí al llegar. Me enfundé mis guantes y me até el cinturón, tras lo cual, inserté a Shimei Kaeru en él, en el lado izquierdo de mi cadera y dejé su sageo desatado. Avancé hacia la puerta y me giré a contemplar el lugar que había sido mi hogar durante el último mes, donde había llorado y sangrado solo. - Esto no es un hogar… es una puta mierda. - sentencié, y con ello, agarrando mi abrigo, salí del habitáculo. Bajé al salón del motel para comer algo antes de marchar. Era temprano y todavía no había mucha gente, por lo que decidí acercarme a una de las mesas esquinadas en el local y ubicar mi espalda en la pared, dejando mi espada a mi lado, apoyada sobre una silla, en mi lado izquierdo. - ¿Qué desea el caballero antes de partir? - preguntó el camarero, mientras apuntaba con su lápiz a una libreta maltrecha que parecía haber sobrevivido a mil noches de trabajo - ¿Lo de siempre? - Casi me parecía un insulto. - Sí. Batido de fresa y bizcocho. - El hombre, ni siquiera lo apuntó. Simplemente, tachó en la libreta de lado a lado y se marchó por donde había venido. No tardó ni cinco minutos en volver con un plato pequeño que traía el bizcocho y una copa de batido de fresa con su nata encima. Eran pocos los sitios que servían esto bien, y eso me alegraba. El mesero depositó el pedido en la mesa con cierto desdén y una cucharilla justo al lado. - Provecho. - dijo girándose y yendo a atender otras mesas. Mientras disfrutaba por última vez del placer de este desayuno en aquel lugar, ya que pretendía partir inmediatamente, pensaba en cómo demonios me dio por comer esta basura, nutricionalmente hablando. Supongo que era cosa de mi infancia, quizá por el hecho de que jamás pude comer dulces, y ahora lo hacía cuanto podía. En cualquier caso, la comida duró poco, unos minutos después, me levanté y salí del lugar con el objetivo de no volver.
El día parecía agradable y ligeramente cálido, pero, solo por vago y no querer llevar mi abrigo de la mano, me lo puse. La larga capa azulada ondeaba con la sutil brisa del lugar que alegraba la mañana. Contrastaba con la sensación de tormenta que tuve al despertar. Era momento de plantear objetivos y el primero era estudiar cómo fortalecerme. Había podido derrotar a todo mi gremio, pero, seamos honestos, nuestro fuerte no era la fuerza individual sino la cantidad de personas que estaban allí. Casi era una deshonra por mi parte. - Si quería avanzar y crear el gremio más fuerte de todos, necesitaba dos cosas: Poder y aliados. - pensé mientras paseaba por las calles de Kakutasu hasta que me detuve frente a una tienda de prensa. Observé los periódicos durante unos segundos… - Deme uno, jefe. - dije soltando unos berries sobre el mostrador del hombre que regentaba el lugar y agarrando uno para mí. Continué andando mientras leía el papel… demasiada información: Un Yonko asesinado, cosa que gritaba a todos los vientos que no eran intocables y sentaba un precedente. Un altercado en los cabos gemelos, donde una batalla campal se saldó con la destrucción de una banda pirata por un Sichibukai y varias figuras emergieron, tanto marines, como piratas y revolucionarios… más presas. Y finalmente, que me llamara la atención, el gremio All Hunt tomaba el control de Whiskey Peak. Lógico, eran fuertes y expulsaron a Crusaders de allí. - Mierda eran una buena opción para buscar aliados… - me lamenté mientras seguía pasando páginas del periódico hasta que, por alguna razón, descubrí que el número anterior estaba justo después. - Qué raro… - supuse que el hombre no retiró las antiguas ediciones y se quedó una perdida que cogí por accidente. Lo miré por mera curiosidad y me fijé en algo: Dos cazadores prominentes del East Blue, Sohem y Taka. - Cazadores novatos… carne de reclutamiento. - dije sonriendo. Eran una perfecta opción para reclutar si… lograba dar con ellos. Además, si alguno de ellos estaba dispuesto a cobrar por algo más que cazar, podrían servirme para una misión que tengo en mente.
Es curioso como el destino a veces pone en tu camino a gente que por H o por B, van a ser importantes. Todavía no conocía al melenudo ni al enmascarado, pero, algo dentro de mí, decía que iba a ser… divertido. Estaba motivado. El incidente de los cabos gemelos fue hace poco y, si estuvieron presentes y tomaron la corriente que los traía aquí, no podrían tardar en llegar, así que el siguiente destino era obvio: el puerto. De camino, había ciertos aspectos que debían solucionarse también. Necesitaría provisiones, pero no sabía donde adquirirlas y, sobre todo, un Den Den Mushi. Mi antiguo caracol de comunicaciones a distancia había sido destruido por mi gremio en un intento de incomunicarme para no poder pedir ayuda cuando trataron de asesinarme, por lo que me vi obligado a adquirir una nueva versión de este. Camino al puerto, entré a una tienda de conveniencia donde había material diverso para aventureros y, tras observar un poco la tienda, compré uno pequeño que cabía en mi bolsillo del abrigo. - Y con esto ya estaría... – pensé mientras salía de la tienda. Lamentablemente, al salir, había gente que quería entrar a hacer fechorías. Cuatro enmascarados trataban de entrar corriendo, a todas luces, a robar a la señora que llevaba el lugar. Interpuse mi arma entre la puerta y ellos, agarrando desde el mango con mi mano izquierda y apoyando la punta de la saya en el marco, todavía enfundada y sentencié. - ¿Dónde van cuatro cachorritos sin collar? - Los hombres pararon en seco y me miraron estupefactos. - Apártate, albino. O la primera cuchillada es para ti. Somos cuatro contra uno. - amenazó el que más cerca estaba, mostrando un largo cuchillo y alardeando delante de mi cara. Sonreí. - Somos dos contra uno. - las miradas de los ladrones denotaban incredulidad. - Me explico: tú eres el líder y me atacarás, y quizás otro de vosotros también lo haga cuando le parta la cara. Pero los otros dos, van a huir en el momento que me vean pelear. Así que… ¿Bailamos? - dije con una mueca burlona, el hombre volvió a mover su arma y justo cuando iba a comenzar una frase de nuevo, mi movimiento fue fugaz. Asesté un golpe con la kashira en la base del cuchillo, haciéndolo volar en vertical, tras lo cual, giré con presteza mi arma y con un hábil barrido a sus piernas usando la saya de Shimei Kaeru lo hice caer de espaldas. Otro de ellos se abalanzó sobre mí. Sin desplazarme, desenfundé media hoja y lo golpeé de nuevo con la kashira en la boca del estómago, haciéndolo caer rendido de dolor y sin aire. Tras esto, y rápidamente, usé mi pie derecho para mover una de las piernas del primer ladrón, colocándoselas abiertas en noventa grados en el suelo para que, un segundo después, el cuchillo cayera delante de sus genitales, sin cortarle, ante la mirada atónita de los dos restantes que, como era de esperar, salieron a correr. - Ahora ya sabemos quién es cada quién. - dije pateando los dientes del ladrón en el suelo y dejándolos a su suerte. Si no tenían recompensa, no merecía ni el tiempo de esperar a la marina o el sheriff, pero tampoco iba a dejar que robaran a esa anciana.
Con el calentamiento me había venido arriba y, llegando al lugar donde podía divisar los barcos entrantes, solo podía pensar en una cosa: comienza el espectáculo. Pero antes... provisiones.
Aclaraciones

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