[T1 Autonarrada] De buena mañana
#1
Verano del año 11
Día 45
Leyenda
Como de costumbre, me desperté en cuanto los primeros rayos de sol se colaron por el pequeño ventanuco del camarote. Abrí los ojos lentamente, tras frotarlos con suavidad.El ruido de las gaviotas significaba que ya estábamos cerca de la isla.

“Joder, Mandarina, ya me has vuelto a despeinar. ¿Cuántas veces te he dicho que no te tumbes en mi cabeza?” le dije, molesta.

El pequeño animal me miró, posando sus verdes ojos sobre mí, sentado, y maulló, acercándose. Se estiró, esperando que le acariciara.

“No, ahora esperas para desayunar. Hasta que no arregle este destrozo no pienso levantarme. Y si no me levanto te quedas sin comer.”

Traté de peinarme, sin mucho éxito. 

“No hay manera” con un profundo suspiro me incorporé en el camastro. Debería haberlo hecho con más cuidado, aunque seguramente ni con esas hubiera evitado golpearme en la cabeza con la viga. De la rabia, di un puñetazo a la pared.

“Dejad de hacer ruido, escoria, que hay gente que está intentando dormir” sonó una voz, la cual intentaba parecer ruda, desde el pasillo.

“Pe.. perdón”, me disculpé, poniéndome de pie.

“Que desgracia. ¿Es tanto pedir tener un viaje tranquilo?” me estiré levemente, asegurándome esta vez de no golpear la misma viga.

“Bueno, a lo que íbamos” agaché la cabeza, echando el pelo hacia delante, separando un poco los mechones y deshaciendo los nudos. Por alguna razón, esa era la única forma que encontré de conseguir peinarme del todo.

Una vez terminé, levanté la cabeza bruscamente, para que el pelo volviera a su sitio, y de esa forma poder picar algo y cambiarme de ropa. Debido a un movimiento brusco del barco causado por el oleaje, perdí el equilibrio, cayendo de culo al suelo.

“¡Joder, como duele!”

“¿Es que acaso no habéis escuchado?” gritó nuevamente el hombre, dando un golpe en la puerta.

“No puedo más” las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, mientras me encogía levemente. “¿Por qué tiene que ser todo una mierda? Tan solo quiero llegar de una vez y salir de este barco de mierda.” Levanté la mirada, para encontrarme a Mandarina escurriéndose entre mis brazos, para tumbarse en mi regazo. Este cerró los ojos, comenzando a ronronear. “¿Qué haría yo sin ti, pequeñín?” le dije, secándome las lágrimas. Comencé a rascarle la tripa, antes de acariciar sus negras orejas. “Seguro que estás pensando que soy una mala madre.” seguí jugando con este, el cual seguía ronroneando, hasta que me calmé.
“¿Bueno, tienes hambre?” Me levanté con cuidado de no golpearme contra nada más. El camarote era enano, sobre todo en altura. Este constaba de un pequeño camastro en la esquina, junto a un ventanuco. Al otro lado se encontraba una pequeña mesa con una banqueta todavía más pequeña. Junto al camastro había una mesilla con una única vela medio consumida. “Esa vieja no mentía cuando dijo que la vela duraba ocho días”. Me acerqué a la mesa, para coger de la bolsa un poco de pollo seco, así como un mendrugo de pan. “Toma, aquí tienes” desmenucé un cuarto del pollo, dejándolo en un cuenquito sobre la mesa. Tras comer el resto con dificultad, debido a lo incómoda que se me hacía la estancia, cogí mi ropa y me cambié rápidamente. Me acerqué a la puerta, comprobando la cerradura. Me había gastado todo mi dinero en ese pasaje. El suelo crujía con cada uno de mis pasos y el ambiente olía a una mezcla de alcohol, sudor y orina con un toque salado. Y luego estaba el tema del tamaño. Por suerte para mí, Mandarina hacía un buen trabajo ahuyentando a roedores e insectos. Aunque todo eso me importaba bien poco. Lo que en verdad hizo que el viaje terminara siendo tan caro fue la cerradura en la puerta. Me prometieron un viaje sin preguntas y sin contratiempos y tras ver a la clase de gente que iba en esa embarcación realmente agradecía el haberme dejado todo el dinero, joder que sí.

Tras acomodarme el pelo me senté nuevamente en el camastro, abriendo uno de los libros que llevaba en la bolsa. 
"Todavía no me creo que estemos llegando a Ohara" pensé en voz alta mientras leía sobre la historia del lugar. Pensar en la grandiosidad del sitio hacía que me hirviera la sangre de la emoción. ¡Por fin podría ver con mis propios ojos el árbol del conocimiento! Y sobre todo podría entrar a la biblioteca. No me percaté del momento en que llegamos al puerto hasta que alguien aporreó la puerta del camarote. 

"¡Venga abre la puerta y sal de una vez!" Se escuchó la voz de una mujer. "Si no te bajas del barco te va a tocar pagar el viaje de vuelta, no tenemos todo el día."

Cerré el libro y lo guardé en la bolsa, con el trozo de pan que me había sobrado. Tras recoger el resto de cosas me acerqué a la puerta. "Vamos pequeñín." Mandarina se acercó para que le cogiera, tras lo cual le metí dentro del abrigo. "Ya sabes, no puedes hacer ruido hasta que no salgamos o podemos tener problemas." Le susurré antes de rascarle suavemente en la frente. El pequeño animal cerró los ojos, preparándose para dormirse. Tras asegurarme de que tenía todo, abrí la puerta y salí en dirección a la cubierta. Continué andando, a pesar de los diversos comentarios por parte de los otros pasajeros. Una vez en cubierta me quedé maravillada. No podía creer lo que veían mis ojos. "Un árbol gigante" no cabía en mí de la emoción. El gran árbol se erguía frente a mis ojos, por detrás del puerto y las pequeñas casas del pueblo. Bajé del barco tan pronto volví a escuchar las voces de aquellos borrachos y mugrientos pasajeros. Una vez en tierra, me alejé del embarcadero, en dirección hacia el pueblo. Miré a mi alrededor con una sonrisa. Se notaba que era temprano. Un barco de pescadores acababa de amarrar en el puerto, y rápidamente varios hombre y mujeres comenzaron a descargar el pescado. "¡Besugo! ¡Lubina!" Exclamaba una oronda mujer desde uno de los puestos. El mercado se extendía desde el puerto casi hasta la plaza, y estaba compuesto por numerosos y diversos puestos. En estos había normalmente mujeres, de entre cuarenta y cincuenta años, quienes trataban por diversos medios de llamar la atención de la gente que se encontraba allí. 

"No puedo esperar a llegar a la biblioteca, pero antes ¿sabes qué toca no, Mandarina?" El animal llevaba un par de minutos despierto, asustado por el ruido y el ajetreo. Calmé a mi pequeño amigo rascando su cabeza.”Sí, vamos a comer” A Mandarina le encantaba escuchar esa palabra. Todo lo relacionado con comida le volvía loco y esta no era la excepción. “Pero voy a necesitar tu ayuda esta vez, eh”

Continué paseando por el mercado, alejándome de los puestos de pescado. Mientras recorría la abarrotada calle traté de preguntar en los diferentes puestos cómo podía llegar a la biblioteca. Tenía miedo de perderme en el bosque y encontrarme con algún animal salvaje, o caminar hasta el lugar y que éste se encontrara cerrado. A pesar de mis intentos, ninguno de los tenderos respondía a mis preguntas. Todas las respuestas eran iguales: “¿No ves que tengo clientes? Si no vas a comprar nada vete, que espantas a la clientela”
Tras pasar por un par de puestos repletos de objetos de artesanía, escuché la voz de una mujer que destacaba entre las demás. Esta provenía de un gran puesto de fruta a escasos metros de donde me encontraba. El puesto era grande, aproximadamente del tamaño de dos puestos y medio. Estaba repleto de todo tipo de frutas: manzanas, peras, plátanos,... También había naranjas e incluso una gran cantidad de frutas que no había visto nunca.

“Oye, tú. ¿Qué te trae por aquí?” Escuché la voz de la mujer, sin hacerle mayor caso.

“Sí, te estoy hablando a ti. La tipa con cuernos.”

Suspiré, molesta. Me agaché, haciendo que me ataba los cordones y dejé a Mandarina bajar al suelo. “Ya sabes qué hacer, pequeñín. Hora de comer” le susurré, antes de que este saliera corriendo. “Per…perdón” dije, girándome mientras me levantaba. Tanto la desagradable mujer como los dos hombres que vigilaban el puesto se sorprendieron. Me acerqué lentamente al puesto, sonriendo. “¿Quería algo, señora?” pregunté

“Es que soy nueva en el pueblo. Acabo de llegar y la verdad es que no esperaba ver tanta gente”

“Claro que hay gente, hoy es día de mercado,¿Qué esperabas, bonita?” respondió secamente. “Te he visto desde aquí que no quitabas el ojo de encima a mi puesto” se pavoneaba “¿Te gusta lo que ves, eh? ¿Qué quieres comer? Tengo plátanos, manzanas, naranjas, melocotones,... “ Comenzó a explicar, levantando sin ningún cuidado las diferentes frutas que enumeraba y lanzando estas de nuevo a su sitio. “Tienes pinta de ser de buena familia, así que igual prefieres las frutas más exóticas” levantó otra de ellas, la cual no conocía.

“No… yo solo quería saber si hay alguna forma rápida de llegar al árbol del conocimiento.” le interrumpí. “He venido desde muy lejos porque había escuchado que aquí hay una gran biblioteca, pero parece que está algo lejos, y tengo miedo de encontrarme con algún peligro en el bosque”

“Además de guapa, lista.” dijo la mujer, entonces “No, si al final vas a caerme bien. Aunque los tuyos sean todos…” de calló, sabiendo que no le convenía terminar la frase si quería conservar a una cliente. “Así que quieres ir a la biblioteca… Te diré  la forma más fácil de llegar, pero a cambio tienes que comprar algo. Como me caes bien te haré un descuento, ¿te parece bien?”

“Hecho” le respondí.

Acto seguido la cara de la mujer cambió. Comenzó a mostrarme diferentes frutas, las cuales iba metiendo en una pequeña bolsa de tela. Tras llenar la bolsa me la acercó, diciéndome el precio.

“Cada dos horas, aproximadamente, sale un pequeño carro de la plaza en dirección a la biblioteca.” explicó. “Es para que los viejos puedan ir a leer si quieren, o los niños, así que no cobran mucho” se calló entonces, analizándome de arriba a abajo. Ocultaba como podía la incomodidad que esa mujer me provocaba con sus acciones, ganando tiempo. “Sabes, tengo un hijo. Está soltero y en edad de merecer.” suspiré, imaginando lo que diría a continuación. “Es muy listo. Si quieres, puedo llamarle. Si tienes miedo él te puede acompañar gratis hasta la biblioteca, y quién sabe, el bosque es lo suficientemente grande como para perderse un par de horas.” habló con una desagradable sonrisa en el rostro. “Dicen sus amigas que está bien dotado”

Por suerte para mí, la mujer fue interrumpida por los gritos de otro de los comerciantes. “Que alguien atrape a ese gato, que se está llevando mis salchichas” Tras esas palabras, toda la gente que se encontraba a su alrededor comenzó a reírse, excepto aquellos a los el fornido hombre apartaba bruscamente, en su intento de atrapar al animal. 

“Esta es la mía” pensé y aproveché la distracción para marcharme, alejándome todo lo posible del puesto rápidamente antes de que se percataran de mi ausencia. Tras salir del mercado me senté en un tocón, el cual estaba en uno de los extremos de la plaza.

“Que asco de mujer, aunque la fruta que vende está buena” susurré, comiendo uno de los melocotones. “¿Acaso se pensaba que iba a querer algo con su hijo? Que asco”

Escuché entonces el maullido de mi pequeño y peludo amigo, el cual se acercaba a mí con un racimo de salchichas, las cuales iba arrastrando.

“Así que salchichas hoy…” me reí. “Bueno, ha sido duro pero hemos sobrevivido a nuestra primera mañana en esta isla.Comemos y a la gran biblioteca!”




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#2
AUTO NARRACIÓN T1 - COMPLETADA

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