Atributos Personaje
Me dolía todo. Me ardían los pulmones cuando respiraba, cualquier movimiento venía acompañado de sufrimiento y cada vez que pensaba en lo que había ocurrido me invadía una furia homicida poco propia de mi. Tenía el cuerpo repleto de gasas que Triana me cambiaba cada media hora con la intención de curar mis quemaduras pero el dolor no cesaba, la paliza que me había propinado aquel enmascarado había sido la mayor paliza que me habían dado en la vida y el precio a pagar por no haber sido lo suficientemente fuerte fue el más alto posible.
Perdimos a Peixe y en los tres días que estuve en cama no podía parar de hacerme el responsable directo de su muerte. Tres días en los que no dije ni una sola palabra, en los que casi en todo momento Triana, Aspros y Jolyne tenían que impedir que me levantara de mi lecho para ponerle fin a estos pensamientos con una venganza a la altura. Pero ya me había cansado de esperar, no quería poner en problemas a mi tripulación así que, en cuanto mis compañeros se despistaron me levanté de la cama, me quité las gasas repletas de sudor, pus y sangre y me marché volando, al atardecer.
Me encontraba completamente entumecido, cada aleteo venía acompañado de un tormento terrible y notar el abrasador sol de la tarde quemando mi piel no ayudaba, aún así eso no me frenó en mi búsqueda y llegué al punto donde sufrimos la pérdida de Peixe. Aterricé y me fijé en los alrededores. A unos pocos metros había un cactus completamente chamuscado y retorcido sobre si mismo, seguramente producido por el calor que emanaba de aquel hombre con el rostro cubierto, y en dirección completamente opuesta había una buena cantidad de sangre seca cubriendo una roca. No me acordaba de mucho pero seguramente fuera del tremendo bateo que recibí en la cara... ¿tan lejos había llegado la sangre? Tuvo que ser un golpe tremendo porque la roca no se encontraba cerca del punto en que peleamos.
Quizá no recordara parte de la pelea, al menos no con claridad, pero si sabía en qué dirección se había dirigido aquel tipo con el cuerpo sin vida de mi nakama, miré en aquella dirección, desplegué mis alas y alcé en vuelo hacia el primer pueblo que hubiera en línea recta. Había tenido la oportunidad de salvarlo y la había desperdiciado por completo, al menos tuve la suerte de poder despedirme de alguna manera de él... se le veía tan contento de volver a vernos... no merecía esto, no tenía ningún tipo de maldad. Esperaba al menos poder encontrar su cuerpo, porque si no al final pagarían justos por pecadores y sufrirían el mismo destino que sufrió él.
El sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos, cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos y me hacía concentrarme más aún en encontrar a Peixe, o lo que quedara de él.
El paisaje cambiaba gradualmente. El terreno árido y polvoriento se iba convirtiendo poco a poco en un escenario típico de las historias de vaqueros que me contaba mi padre. Las colinas onduladas estaban salpicadas de cactus altos y retorcidos, sus espinas parecían aguardar en silencio, listas para atrapar a los incautos. El viento soplaba ligeramente, pese al calor hacía buen tiempo.
No tardé demasiado en ver un cartel: “Pueblo Kakutasu”, y desde el cielo no se veía ninguna otra población en los alrededores así que debía estar en el lugar indicado. En el pueblo se alzaban un conjunto de estructuras de madera envejecida y polvorienta. Las calles principales estaban apenas trazadas, marcadas por el paso de diligencias y el trote de caballos. Las fachadas de los edificios mostraban los estragos del tiempo, con carteles que crujían con cada racha de viento. Se vislumbraban sombras moviéndose por las persianas semicerradas de las tiendas y salones, susurros de conversaciones se filtraban por las estrechas y poco aisladas paredes y puertas de las casas, creando un ambiente tenso y cargado.
Al llegar al límite del pueblo decidí aterrizar, lo primero en lo que me fijé fue en el olor a humo de chimeneas y la mezcla de cuero, pólvora y estiércol. Comencé a caminar y cada paso que daba hacía que aquel pueblucho entrara cada vez más en un silencio absoluto. La cantina local, llamada "El Polvo Rojo", tenía una puerta balanceándose con el viento, dejando entrever a una masa de gente que se amontonaba en su interior. De fondo, una pianola y un violín dejaban de tocar abruptamente.
Paré en mitad de la calle principal, a pocos metros de la entrada de aquella cantina, al fondo de dicha calle se encontraba lo que parecía ser la oficina del Sheriff, si Peixe estaba en algún sitio debía estar ahí. De aquella oficina salieron dos hombres y se pusieron a caminar con calma hacia mi posición. A mi lado, en un porche a la derecha de la calzada, se encontraba un hombre mayor trabajando con unos ataúdes, en ese momento era el único civil que se encontraba en la calle y mi presencia no lo había espantado. Aquel señor seguía trabajando, y tenía sentido que lo hiciera. Si hacía ataúdes los conflictos le beneficiaban.
-Dos ataúdes. -le dije mientras no le quitaba el ojo de encima a los dos pistoleros que venían hacia mi.
Aquel señor miró justo a donde estaba yo mirando antes y supo enseguida a quienes me estaba refiriendo. Sacó una cinta métrica y desde la distancia tomó las medidas, que apuntó en seguida en un trozo de madera con una mina de carbón, parecía acostumbrado. Entonces salieron cuatro personas más, que también comenzaron a caminar hacia mi.
-No, quizá seis. -rectifiqué, haciendo que aquel carpintero se pusiera en seguida a trabajar a toda velocidad.
No tardaron en acercarse los dos tipos que salieron primero de la oficina, se pusieron realmente cerca, a un metro aproximadamente, y mientras el resto iban llegando uno de ellos comenzó a hablarme.
-Saludos, amigo. No es prudente ir de paseo a estas horas. -dijo uno de los pistoleros, mientras alzaba la cabeza para mirarme a la cara.
-Se habrá equivocado de camino. -añadió su compañero.
-O quizá se haya equivocado también de pueblo. -le contestó.
Poco a poco fueron llegando el resto, que me acabaron por rodear, dejándome a mi en el centro.
-Yo creo que se ha equivocado al venir al mundo jajajaja. -dijo uno de ellos a mi espalda, en tono burlón.
La gente que se escondía dentro de la taberna momentos atrás comenzó a salir, quedándose en el porche de madera y apoyándose con curiosidad en la barandilla de madera, como si estuvieran viendo un espectáculo.
-Si buscas trabajo, con la pinta que tienes, puedes hacer de espantapájaros. -añadió otro de los graciosos que me rodeaba.
-Quién sabe si no serán los pájaros los que le espanten a él. -dijo de nuevo el primero que se dignó a dirigirme la palabra.
El más mayor de todos apartó con la mano al charlatán que tenía justo delante y se puso en su posición. En su chaleco relucía una estrella inscrita con la palabra “Sheriff” y su mano izquierda agarraba un papel.
-Vamos chicos, no seáis así. Tenemos ante nosotros al capitán de los Alas Negras, ¿no es cierto? -me preguntó sin esperar respuesta. -133.000.000 millones, nada mal ¿eh? -comentó, mientras miraba el papel que tenía en la mano justo antes de darle la vuelta y enseñármelo, era mi cartel de recompensa. -A qué debemos tu visita, chico.
-Estoy buscando a Peixe Camarondi. -contesté con un tono de voz serio y profundo.
-Lo suponía… -dijo casi inmediatamente después. -Era uno de tus compañeros por lo que he podido leer, lamento mucho su pérdida. -continuó, con un tono de voz bastante convincente y aparentemente sincero. -Si buscas su cuerpo ya no está aquí. Se lo llevó un destacamento de la Marina y a saber lo que han hecho con él, lo habrán quemado supongo, o quizá lo habrán colgado de alguna plaza de algún pueblo para dar ejemplo.
-Igual se han puesto las botas con ese idiota, ¡cuando lo trajeron olía delicioso! -exclamó uno de los ayudantes del Sheriff. Entonces todos menos el comenzaron a reír.
-¡Cerrad el pico panda de idiotas! -gritó. -Lo siento, la actitud de mis ayudantes no suele ser la más correcta… En fin chico, lo que vienes a buscar ya no se encuentra aquí.
En ese momento pensé en irme y dejarlo estar, pensar en lo que había pasado y pasar página pero entonces el Sheriff continuó hablando.
-Lo peor de todo es que vas a tener que acompañarnos. Mira, no es nada personal pero hay muchos pecadores por aquí. No querrás que me marche antes de terminar mi labor, ¿verdad? -preguntó mientras todos desenfundaban sus armas.
Y entonces no dudé ni un sólo instante, giré sobre mi mismo y con mis alas desarmé a la mayoría, haciendo que retrocedieran unos pasos. El Sheriff estaba totalmente desarmado y en seguida intentó tirarse al suelo para agarrar su pistola. Me lancé a por él a toda velocidad y le agarré de la cabeza al mismo tiempo que salí volando en dirección a su pequeña oficina. Sus ayudantes comenzaron a disparar y la gente comenzó a gritar y huir despavorida. Mi mano cubría la totalidad de su cabeza, que intentaba por todos los medios librarse de mi agarre mordiéndome y pegando puñetazos y patadas como podía, pero era inútil. En cuanto nos acercamos a la oficina estiré el brazo con el que lo tenía agarrado y lo puse delante de mí. La llama de mi espalda aumentó y por lo tanto la velocidad con la que volaba y, usando su cuerpo como escudo atravesamos el edificio de lado a lado, destrozándolo. En cuanto destruimos la oficina salí volando hacia las nubes y pude ver como su cuerpo era un amasijo de carne astillada, ensangrentada y deforme. Seguramente aquello le hubiera roto todos los huesos del cuerpo menos los de la cabeza, que quedaron protegidos dentro de mi puño. Ya no me atacaba, sólo se retorcía sobre si mismo.
Estaba tan alto que las balas no llegaban a mi posición, desde el cielo observé el panorama. Muchos de los civiles huían a caballo, otros parecían esconderse y los ayudantes del Sheriff me intentaban disparar. Fruncí el ceño y me dirigí a ellos maniobrando en el aire, mientras esquivaba con gráciles movimientos los balazos que tenían guardados para mí. Conforme me acercaba a tierra era más difícil esquivar los disparos así que un par de ellos me alcanzaron. Uno de ellos impactó en el cuerpo, aparentemente sin vida, del que fue el Sheriff de este pueblo, y otro me dio en el hombro derecho. Apreté los dientes y continué mi trayectoria, golpeando con el amasijo de carne que tenía agarrado por la cabeza a uno de ellos, lanzándolo volando unos metros hacia atrás, impactando en la cantina y creando un agujero en la pared.
Aterricé, deslizándome levemente por culpa del lodo que cubría la calle. Frente a mi se encontraba otro de los valientes pistoleros que me estuvieron vacilando minutos atrás, me apuntaba con su arma, tembloroso mientras intentaba articular alguna palabra… como si eso fuera a cambiar las cosas.
-De… de… ¡detente ahora mismo! -gritaba aterrorizado al ver lo que había hecho. -¡Está de… detenido! -gritó de nuevo.
Lancé el cuerpo del sheriff a sus pies, comenzó a gritar horrorizado y cayó de culo. Caminé hacia él y de un pisotón le exploté la cabeza. Tras eso sonó otro disparo, por desgracia para él falló. Me giré y lo vi, se escondía torpemente detrás de un barril. Era el tipejo que más me había estado tomando el pelo, el primero en llegar.
-¡Llévate lo que quieras y vete! Ni siquiera voy a dar parte a la Marina de lo que has hecho, ¡sólo tienes esta oportunidad antes de que lleguen los refuerzos!
Caminé hacia él mientras hablaba y decidí interrumpirle:
-Nunca hables de más. Las palabras son como las balas, una vez que las disparas, no puedes recuperarlas. -le dije mientras apartaba de un manotazo el barril y le daba un puñetazo tan fuerte en la cara que el cuello era incapaz de retener la cabeza sobre él, desgarrándose la piel del mismo y saliendo disparada la cabeza.
Me giré de nuevo y ahí estaban los dos restantes recargando las balas de sus armas, pese a estar asustados parecían decididos y dispuestos a morir por defender su pueblo. Cometían un error, no tenía nada en contra de su pueblo.
Avancé a toda velocidad hacia ellos, al que tenía más cerca le propiné un rodillazo tan fuerte que su cuerpo se elevó tres metros hacia arriba, mientras su cuerpo se suspendía en el aire lo agarré del tobillo y aprovechando el movimiento estampé su cabeza contra el suelo, matándolo al momento. El último, decidió meterse un tiro en la cabeza.
Respiré profundamente y grité a todo pulmón:
-¡ESTO ES LO QUE PASA CUANDO OS METÉIS CON LA TRIPULACIÓN DE LOS ALAS NEGRAS!
Aunque sabía que no habían sido ellos de forma directa habían pagado justos por pecadores. Antes de irme me dirigí hacia la oficina del Sheriff, o lo que quedaba de ella, para comprobar si podía encontrar alguna pista, o algún recuerdo de Peixe. No encontré nada, simplemente carteles de recompensas, escombros y una caja fuerte. Agarré la caja fuerte para que al menos el viaje hubiera merecido la pena y decidí irme volando a toda velocidad de ahí antes de que llegaran las autoridades.
No tenía ni idea de cómo iba a contarles esto a mis compañeros, con no decir la verdad era suficiente.
![[Imagen: fqQSUZC.png]](https://i.imgur.com/fqQSUZC.png)
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