8 de Otoño, Año 11
Pueblo Kakutasu, Isla Toko, Corriente Daiya - 11:34 a.m.
El lobo clavó sus colmillos en mi cuello y desperté como un relámpago.
Había dormido varios días seguidos. Desde que volví de mi aventura con Joe y encontré aquella fruta del diablo no había podido dormir a pierna suelta ni una sola noche. Los primeros días pensé que era todo relacionado con haber adquirido un poder de tal magnitud de un día para otro pero, los días habían pasado y nada cambiaba. Quizás el problema no era ese. Me senté sobre el borde de la cama y apoyé mis antebrazos sobre las rodillas mirando entre mis pies descalzos tocando el suelo de la habitación del motel. Yo ya había vivido esto. La habitación destartalada, la ropa tirada por cualquier lado y… ¿Donde está Shimei Kaeru? Me parecía raro haberla dejado perdida. Del sobre salto me puse de pie y pisé su saya. El alivio fue enorme y volví a sentarme, flexionando la cadera para alcanzarla con la mano izquierda. — Lo siento, amiga, no sabía ni donde estaba yo… — dije mientras comprobaba su filo rápidamente y la enfundaba de nuevo, dejándola sobre la cama a mi siniestra. Estaba claro que algo no estaba bien dentro de mí. No estaba seguro de qué era pero, necesitaba solucionarlo. Me vestí rápidamente: chaleco, guantes, botas y mi abrigo, algo rasguñado por mi anterior aventura pero todavía en buen estado, y colocando mi arma predilecta en mi cinturón, salí del lugar. Cuando pasé por el bar el camarero que diariamente me había servido el desayuno me miró como preguntando si tomaría lo de siempre pero simplemente negué con la cabeza y me dirigí serio y sin detenerme ante nada hacia la salida. Tenía algo en mente.
Era pronto por la mañana, y el sol estaba radiante. El calor del verano azotaba todo lo que estaba bajo su dominio y provocaba esa sensación de espejismo en el horizonte. Casi me venía bien este calor para entrenar bajo circunstancias poco favorables. Nunca me gustó demasiado el verano y eso me saca un poco de mis casillas. Mi destino era el mismo lugar donde había conseguido el material para afilar a Shimei Kaeru, la playa. Cuando estuve allí me pareció un lugar lo suficientemente tranquilo como para practicar en solitario sin llamar demasiado la atención y, con suerte, empezar a dominar mi nuevo animal interno. Durante el camino, no paraba de pensar en Joe. — Quizás no fui justo con él. Pero, debió entenderlo: era una alianza temporal. — pensaba en voz alta — Ni que le hubiera pedido un formulario de inscripción, no me jodas… — refunfuñaba mientras avanzaba por el camino a la playa. En verdad, estaba sumamente molesto. Nunca me he considerado mal compañero, pero, desde que Ebony Shard se desintegró, cada vez tengo más claro que pocas alianzas me darían la fortaleza suficiente. En mi mente, era maravillosa e idílica la idea de que crearía un fantástico gremio, fuerte e independiente que hiciera las cosas bien. Pero en el fondo de mi ser, más allá del ideal y las utopías, era consciente de que el mundo era un terrible lugar capaz de lo peor y que para sobrevivir hay una máxima. — Necesito… — cortaba mis palabras como si no quisiera admitirlo. Tras media hora de viaje, llegué a la playa. Una cala tranquila y prácticamente vacía, perfecta para entrenar sin molestias.
— Calentemos un poco. — dije mientras me quitaba el abrigo y lo colgaba de una rama en un árbol cercano y volvía a la arena. Tras esto, me puse de rodillas en posición de seiza y dejé a Shimei Kaeru con sumo cuidado delante de mí. Saludé apoyando manos por delante de las rodillas — ¡Rei! — y volví a ponerla dentro de mi cinturón, poniéndome de pie y desenfundando. Comenzaremos con kata. Siempre viene bien para calentar los músculos y articulaciones, centrar la mente y recordar la técnica. Colocándome en posición inicial, un kamae básico de guardia media, inicié una serie de movimientos coordinados y suaves, dejando que el propio peso de mi arma dirigiera mis brazos y cuerpo por completo, haciendo que casi danzara sobre la arena sin apenas moverla de manera brusca. Un golpe vertical comenzó la secuencia, seguido de un bloqueo por encima de mi cabeza que dejó pasar la ficticia espada de mi rival, para, con un giro de muñecas rebanar su cabeza y aprovechar la inercia para girar noventa grados y con una suave floritura, lanzar un tsuki directo a la garganta de otro por detrás de mí y volver al inicio, repitiendo esta combinación predeterminada en cada punto cardinal del eje varias veces. Poco a poco la secuencia de cortes, bloqueos y punzadas iba a acelerándose mientras mi concentración aumentaba y mi calor subía. El dichoso sol hacía palpable en la playa su presencia haciendo que sudara de manera importante desde casi el inicio del entrenamiento. Fueron cerca de diez o más minutos los que realicé combinaciones como esta para calentar, alternando también alturas, agachándome levemente y saltando un poco para que mis rodillas entraran en calor también. Tras esto, respiré y me acerqué a los árboles donde había dejado mi abrigo. Muchos de ellos estaban muertos y me servirían para entrenar y ver el estado del filo de Shimei Kaeru. Me posicioné delante de uno de ellos, debía tener veinte o veinticinco centímetros de grosor y sería mi primer “tameshigiri” improvisado. Realicé secuencias de tres o cuatro cortes en rápidas sucesiones en cada árbol, seccionando su largo en cada tajo de manera limpia y eficaz. Este proceso me llevó cerca de veinte minutos y tras esto, era el momento de abandonar mi espada junto a mi abrigo para comenzar con el verdadero trabajo que me había llevado aquí: dominar mi nuevo poder y hacerlo una parte esencial de mí.
Volví a la arena en la playa y me centré. Recuerdo cuando salí de mi isla por primera vez y criticaron mi estilo de combate con la espada. Aquel viejo maestro de kendo decía que la clave para dominar tu espada era sentirla como una parte de ti, una extensión de tu propio cuerpo. Supongo que esto no dista demasiado de aquella idea. Si era capaz de sentir el poder, de hacerlo mío y que fuera una extensión natural de mi propio ser, podría exprimir su potencial al máximo. Suspiré profundamente mientras cerraba los ojos — Vamos, enséñame lo que tienes. — dije mientras abría los ojos y hacía emanar los poderes de mi fruta del diablo. Duro apenas unos segundos y desactivé todo rastro de ella. — Nada mal. — Celebraba tras el intento exitoso. Repetiría este proceso durante lo que me quedaba de mañana, todo para, como decía, hacer mío este proceso y que no me costara trabajo. Que se volviera tan fácil y automático como respirar. Conforme lo realizaba, me daba la sensación de que el Lobo que me acechaba, no era tan literal como pensaba si no una serie de pensamientos inconexos que no paraban de asolar mi mente. Creo que la culpa por traicionar, si es que se podía llamar así, a Joe era lo que me lastraba. Sin embargo poco a poco, comenzaba a comprender que no tuve otra opción, si quería ponerme al nivel de mi liga y por encima lo tenía claro: — Necesito más poder. — era la primera vez que lo decía en alto y tras ello, callé durante varios minutos, totalmente inmóvil. — Suficiente. — dije con tono severo, volviendo mi mirada a Shimei Kaeru y el abrigo. Enfundé la katana de filo azabache en mi cinturón y me coloqué el abrigo sobre el hombro derecho agarrándolo con la diestra, para comenzar el camino de vuelta al motel. Quería comer algo rápido y buscar al tal Sohem. Ahora tenía el poder para proponerle crear un gremio juntos y abandonar por fin este sitio de mierda. Estaba harto de la arena, de que se me metiera por todos lados, de que fuera áspera y seca. Pero sobre todo estaba harto ver todos los putos días los fantasmas de mis antiguos compañeros acosando y acechando en cada esquina, en cada espejo, en cada mirada de un desconocido… estaba harto. Hastiado.
Durante el camino al motel, donde pensaba recoger todas mis pertenencias y abandonar de una vez este lugar, pasé por una librería. Necesitaba retomar algún hobby o alguna manera de evadir mi mente cuando no podía entrenar o dormir y leer me parecía una de las mejores opciones. Siempre me gustaron los libros de poemas y cualquiera que pase conmigo cierta cantidad de tiempo se habrá dado cuenta, así que supongo que eso es lo que estaba buscando. Estuve rebuscando largo y tendido entre las estanterías bajo la atenta mirada de una señora que pensaría estaba tratando de robar. No la culpo, supongo que nadie se fiaría de alguien con mis pintas a simple vista. Estoy seguro que lo pensaba porque tenía todas las pintas de alguien que se acercaría a ayudar a un cliente a encontrar lo que busca, pero no a mí. De nuevo, no la culpo. Tras diez o quince minutos, encontré un libro que llamó mi atención. Se trataba de un libro de bolsillo de tapa dura, color marrón y envejecido. Sus páginas estaban tintadas de un amarillo muy degenerado por el tiempo y la cubierta estaba decorada con ornamentos y grecas doradas. El detalle más prominente era una enorme letra V en el centro de la cubierta. Supongo que este detalle es el que me hizo cogerlo de entre todos los demás y para mi sorpresa, se trataba de un libro de poemas. Ya lo había leído cuando era más joven pero… ¿Por qué no llevar una versión en miniatura encima para los momentos de aburrimiento? Quizás pudiera leerlo tranquilamente y marcar las frases y poemas que más me gustaran. Fui con el libro al mostrador donde la vieja dependienta miraba con su cara de desaprobación. — ¿Qué tal es este? — pregunté a la señora con una amplia sonrisa que achinaba mis ojos en gran medida. Ya lo había leído, como dije, pero por alguna razón, quería entablar una conversación. Una banal y vacía, que no tuviera de por medio espadas, golpes y sangre. Era casi una bendición. — Es bueno, aunque un poco… espiritual. — contestó la vieja señora mientras cambiaba su semblante ligeramente a uno más relajado. — ¡Genial! Me lo llevo pues. Y, ¿sería tan amable de darme un par de lápices o bolígrafos? Me gustaría marcar las frases que más me gusten. — añadí señalando un estante de lápices. La señora, ahora casi sonriendo tímidamente, acercó dos lápices al libro y me cobró el monto total tras lo que me dispuse a salir por la puerta. — Cuando vuelva al pueblo, le cuento qué me pareció. — finalicé saliendo por la puerta del local. — Aunque no volveré nunca… — murmuré, de manera casi ininteligible ya fuera del local. La última parada era el motel. Subí a mi cuarto y recogí la poca ropa que me quedaba, algo roída por mi última aventura con el Marine y mi batalla contra Blackmore. Estaba rasgada y deteriorada por el látigo del párroco, que de la pura abrasión contra el cuero, había logrado dañar mi icónica vestimenta. Poco importaba mientras fuera funcional, supuse. Tras coger todas mis cosas cerré la puerta de la habitación para siempre, dispuesto a avanzar hacia lo desconocido. Bajé las escaleras que hace tanto tiempo subí maltrecho y malherido, casi desangrado, pero esta vez como un hombre nuevo y reforzado. Una vez en el vestíbulo, me acerqué al hombre que en su momento me dejó la llave sin hacer muchas preguntas y, con la misma cara inexpresiva, recogió la llave para colgarla en su sitio, en ese cajetín para el número 14 de mi buena suerte. — ¿Fue placentera su estancia, señor? — preguntó el hombre mientras me marchaba. — Fructífera. Fructífera define muchísimo mejor mi estancia. Gracias por todo. — dije mientras avanzaba hacia la puerta. — Ah — frené justo al llegar al umbral — y no se os ocurra sacar del menú el batido de fresa. Vale más que la habitación. — sugerí, guiñando un ojo al hombre con gesto afable para finalmente salir de allí. — Bien... — estiré mis manos al cielo y tras entrelazar mis dedos descargué mis lumbares empujando mi cadera al frente, arqueando mi espalda. — Ahora, ¿donde estará ese tipo? —
Karmas a tener en cuenta
Objetos de la T3

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