[Pasado][Fic] La fuerza de la liberación
#1
Hace un año...

La isla de Organ era un lugar en el que nunca pasaba nada, nadie hacía nada interesante, las casas eran demasiado pequeñas como para poder entrar en ellas y todos sus habitantes me parecían iguales. Seres de poco tamaño sin nada que los hiciera destacar del resto. En cierto punto me recordaba a mi padre y eso me gustaba, pero en realidad no se parecían en absolutamente nada. Mi padre era un soñador, un aventurero, alguien con una llama interior viva. En cambio, esta gente parecía cansada, apática y en ocasiones desagradable. La ciudad era algo que no me gustaba demasiado, así que en ese momento me encontraba sobrevolando los viñedos. Desde el aire, un viñedo se revela como un mosaico de colores y formas que se extiende sobre el paisaje. Las vides, cuidadosamente dispuestas en filas ordenadas desde arriba ofrecen una perspectiva única de la belleza y organización de aquel espacio agrícola. Las filas de vides están delineadas por el verde vibrante de las hojas de las plantas, que, en conjunto, crean una alfombra esmeralda que se extiende hasta donde alcanza la vista. Decidí aterrizar y verlo de cerca, pues nunca había visto algo como eso en mi isla natal y me llamó muchísimo la atención. Me fui acercando al viñedo y, aunque mi rostro mostrara una expresión de total indiferencia, la emoción y el asombro reinaban dentro de mí. Me acerqué aún más y toqué aquellas hojas con las yemas de los dedos, la brisa que venía del mar arrastraba con ella aromas de la propia tierra. Pero entonces, como si fuera una bonita sorpresa, dirigí mi mirada hacia los racimos, sintiendo un estallido de asombro aún mayor.

-Pero qué… -murmuré involuntariamente, asombrado al vislumbrar aquel fruto que desconocía.
Aquellos racimos colgaban con peso de las vides, y cada uno de sus frutos tenía un color distinto. Había algunos que eran de un tono verde fresco, otros en cambio tenían un brillante tono dorado, y otros eran de un intenso y oscuro púrpura.
Extendí mi mano, temblorosa por la emoción, y con cuidado de no aplastar ninguno de esos frutos, seleccioné uno que parecía maduro. En mi mano la luz del sol atravesaba la piel translúcida del alimento, creando reflejos en su superficie. Aquel misterioso fruto era demasiado pequeño, quizá había que dejarlo crecer, o quizá era el alimento de aquellos seres diminutos que habitaban este lugar. Finalmente decidí probarlo y nada más morderlo pude experimentar un sabor dulce y jugoso. Mi expresión de pura apatía se transformó en una pequeña sonrisa mientras seguía investigado el viñedo y sus frutos de distintos colores. Cuando me quise dar cuenta me encontraba con las mejillas completamente llenas de aquel fruto y la comisura de los labios manchada por el jugo que soltaba la fruta. El viñedo que había estado explorando se encontraba completamente vacío. Entonces escuché a lo lejos unos gritos, cada vez más fuertes, cada vez más cerca. Era un hombrecillo corriendo hacia mí, con una azada en la mano y vestido con un peto de tela vaquera, completamente desgastado y sin color por el sol.
 
-¡NOO! ¡MIS UVAS! ¡MI VIÑEDO! ¡ANIMAL FUERA DE AQUÍ! -gritaba el hombre con angustia en su voz mientras corría hacia mí, alzando sobre su cabeza la azada.

-¿Eh? -dije expresando sorpresa y algo de confusión, con las mejillas repletas de racimos de uvas y la boca manchada, mientras me sacaba un moco con el dedo índice de la mano derecha.
 
-¡FUERAAA! -gritó el hombre de nuevo, que no paraba de correr.
 
Así que desplegué mis alas y me alcé hacia el cielo de nuevo, dejando tras de mi una notable nube de tierra, pequeñas piedras y hojas. Tragué todo lo que tenía en la boca y me limpié los labios con mi mano derecha. Era momento de aprovechar toda esa energía que había recibido de la naturaleza para entrenar, así que desde el cielo me puse a buscar un lugar para poder realizar mi entrenamiento. Quería que mis puños fueran duros como una montaña y para conseguir aquello tenía que endurecerlos. Ya me había enfrentado a distintos animales en mi isla natal, era lo que mejor se me daba, y espantar a las alimañas era la forma en la que más ayudaba a mi padre. Desde las alturas vi un pequeño bosque así que decidí atravesar la copa de los árboles que los componían y aterricé justo en medio del mismo.  Los árboles de aquel bosque medían el doble que yo y sus troncos parecían fuertes y duros, por lo que sería perfecto para entrenar. Si bien es cierto que en esta isla no habían animales tan peligrosos como en la Isla Ramirals, debía estar preparado por si de repente me encontraba de bruces con… la muerte.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y el pelo de mi cabeza se electrificó, como si hubiera recibido un montón de electricidad estática. Pensar en el fin de mis días era sin duda lo que más me asustaba, quizá lo único que me daba miedo en esta vida. Si moría antes de cumplir mi sueño no le podría contar a mi padre todas las aventuras que he vivido, no le podría contar como llegué a ser el Rey de los Piratas y encontré la libertad para todos.
Fruncí el ceño con determinación, apreté los puños y me puse a dos metros del árbol que tenía delante. Adelanté la pierna izquierda y retrasé la derecha, tal y como me había estado enseñando mi padre todos estos años. Cerré los ojos y me relajé, solté todo el aire que había en mis pulmones y golpeé con mi puño derecho el tronco de aquel árbol. Inmediatamente después golpeé con el puño izquierdo y fui alternando los golpes entre un puño y el otro. Aunque los golpes no eran muy fuertes, eran los suficientemente contundentes como mecer la copa del árbol y hacer que fueran cayendo las hojas al suelo. Con suficiente fuerza y valor conseguiría que mis objetivos se hicieran realidad y viviría aventuras divertidas e interesantes. Conocería todo tipo de personas y comprobaría de primera mano que las historias que me han contado son reales, y no sólo historias.
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)