Día de compras. [Presente Absoluto]
#1
Día 45 de verano, año 13.
Reino de Kamabakka, Isla Momoiro.

Mi día a día en la tripulación se basaba principalmente en ir a cazar, que por cierto, era algo que me encantaba porque también podía seguir conociendo la fauna de aquella isla, y entrenar por las mañanas yo solo, sin Yojimbo, sin nadie. Como solía hacer siempre. ¡Y eso no era para nada guay! ¡Yo quería entrenar con Yojimbo y que me enseñara a hacer Tierra Dorada para acabar de un solo golpe con absolutamente todos los rivales. Aunque claro... El no acabó conmigo de un golpe... ¿Y si aquella técnica no era infalible? A lo mejor tenía que seguir desarrollando yo nuevas técnicas, que fueran más fuertes que las suyas... Seguramente tenía que hacerlo, y lo haré.

Llamé a la puerta del camarote de Yojimbo, pero nadie respondió. Seguramente estaba durmiendo o quien sabe que hacía cuando estaba solo. Anduve por el barco un rato, tratando de buscar compañía, pero fue completamente en vano. Era super raro todo porque había veces que me cruzaba con todo el mundo, y otras veces que no me cruzaba con absolutamente nadie en el barco, así que sin dudarlo dos veces, me vestí con unos pantalones largos y una camisa que no me molesté en abrocharme, y mis míticas sandalias para andar sin hacer ruido, como un felino.

Crucé el bosque muy rápido, saltando entre árboles como si de un mono se tratase, y entré en el mercado de la ciudad del Reino de Kamabakka. Todos eran hombres vestidos de mujer, o al menos eso me parecía a mí. Nunca dije nada porque quizás esa era la norma en aquel lugar, y no quería decir nada que hicieran que se enfadaran conmigo. En aquel mercado, me compré unos guantes potentes para golpear más fuerte que me puse en el mismo instante, y unas botas que también hacían más daño cuando golpeaba con ellas, que me puse también en el mismo instante. Las botas no eran nada estrafalarias, y las sentía livianas, por lo que para pelear me vendrían de maravilla.

Acto seguido, me fui a otro puesto, donde me compré un helado de muchos colores que sabía a algo tan bueno, que no sabría decirte que sabor era... Era como el sabor a arco iris, algo así como dulce y empalagoso, pero que estaba bueno; y me senté en el poyete de una fuente que había en aquel mercado, mirando a la gente ir y venir. Ya había hecho mis compras, y había visitado el mercado. Creo que lo mejor era volver al barco y poner a prueba mis nuevas armas para reventar a mis rivales. Aunque claro, antes me tenía que tomar este helado.

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#2
Sentado sobre lo que a penas podía considerarse una cama, observaba con detenimiento las diversas prendas colgadas del improvisado burro que Jolyne había logrado construirme con unas tuberías de procedencia incierta. Tal vez una persona normal pensaría que 20 conjuntos de ropa eran suficientes para vestir en el día a día, pero bajo mi punto de vista no tenía ni para empezar la semana. Era por ello que, molesto, crecía en mí la necesidad de aumentar mi fondo de armario…bueno, fondo de tubería vieja más bien.

- Creo que voy a tener que ir a la ciudad, Oscar -le dije al pequeño mono rosado que reposaba sobre la almohada de la cama, a mi derecha, que me observaba somnoliento-. Es cuestión de vida o muerte, ¿qué pensaría la gente si repitiese conjunto? Exacto -dije acusador, señalando a Oscar como si él mismo hubiese confirmado mis sospechas- pensarían que soy pobre, ¡QUE SOMOS POBRES!

Mi breve aventura con Kenzo en el bosque no solo me había permitido crear un par de fabulosos complementos con las plumas del simio de cola plumosa, sino que ahora contaba con la improvisada compañía de la pequeña criatura, a la cual le había caído en gracia. Tras vestirme con mis habituales pantalones cargo color caqui y un top de tirantes color blanco, cogí mi bolso de leopardo y mis gafas para partir al exterior. Hacía calor, pero la refrescante brisa marina hacía que me sintiese fresco y ligero. Dejando tras de mí al barco y la zona del bosque arcoíris, llegué al mercado del Reino Kamabakka, bullicioso y lleno de vida okama. Los puestos ocupaban sendos laterales de la gran avenida, que culminaba en una bonita plaza coronada por una fuente que acentuaba el ambiente veraniego del lugar. Me aproximé a uno de los puestos, atendido por una vieja okama rechoncha y de corta estatura, cuya papada rebosaba abundante por encima del cuello de su ceñida camisa color amarillo. Vendía lo que parecían ser complementos para el combate, como refuerzos para manos y piernas.

- Eso que tienes en las manos son las mejores punteras que vas a encontrar en este lado del océano, HIA HIA HIA HIA. Y a un precio muy competitivo, 300.000 berries.
- Si quisiera que me robasen me iría a la isla de los piratas, marichocho -dije intercalando mi mirada entre las punteras y los diminutos ojos oscuros de la vendedora. Los refuerzos eran bastante bonitos, ligeros y elegantes, luciendo tanto en los laterales del calzado como en la punta unos remaches metálicos que contrastaban con el color rojizo de la tela que los unía-. Esto no vale ni 100.000 berries, soy guapa pero no estúpida.
- Y bastante tacaña, querida -añadió mientras se alisaba la camisa bajo sus enormes pechos-. Por ser tú te lo dejo en 250.000 berries.
- 200.000 y dejaré de ponerte cara de asco.
- Hecho.

Tal vez aquello no fuese el complemento de moda más chic, pero desde luego me ayudaría a mejorar mis capacidades de combate y a defender este hermoso cuerpo que la vida me había regalado. Tras despedirme de la señora, continué deambulando por los demás puestos de la zona, ojo avizor de cualquier oferta en bolsos o zapatos con plataforma-. Qué complicada es la vida de la guapa, UUUUUUUUUHUHUHUHUHU.



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#3
Me comía aquel helado lentamente, algo bastante raro en mí, pero es que andaba embobado viendo a la gente hacer y deshacer, ir y venir, y resulta que era bastante entretenido. Vi a dos tipos reír con unas risas bastante extrovertidas, pero lo hacían extremadamente alto; vi a un pequeño perro rosa lamiéndose sus partes, lo que me hizo preguntar... ¿Podría hacer lo mismo yo? Seguramente si que podría, pero... ¿Y si no? Sabía que tenía flexibilidad, pero... ¿Tanta como para poder hacer eso? Decidí no hacerlo en ese momento porque me daba algo de vergüenza que me vieran haciéndolo, seguramente lo haría en la privacidad de mi camarote.

Le di otro lametón a mi helado, mientras giraba la cabeza de un lado a otro, mirando que ocurría a mi alrededor. Dos mercaderes discutían por algo que decían competición desleal, que realmente, no tenía ni idea de lo que significaba. Giré la cabeza y en mi cara apareció una enorme sonrisa. ¡Era Aspros! Estaba negociando con un mercader por unas botas para golpear a la gente ¡Cómo yo había hecho antes! Me levanté de un salto de aquella fuente e intercepté a Aspros, quien apenas había dado un paso para marcharse de aquella tiendita. -¡Aspros! ¡Nos hemos comprado las mismas botas de pelea para vencer a todo aquel se interponga en nuestro camino! ¡SHAJAJAJAJAJAJAJAJA!- Dije, mostrándole mis punteras y señalándola con la mano en la que tenía el helado, que debido a la gravedad, hizo que la bola de helado se cayera completamente sobre la izquierda. -Supongo que esto tenía que pasar, el destino quiso que lo estrenara de esta manera... ¡Shajajajajajajajajaja!-

Limpié aquella mancha con una servilleta que estaba alrededor del cono de helado, y luego me guardé la servilleta manchada en el bolsillo del pantalón. Miré a Aspros y le dediqué una sonrisa. -¿Cómo estás Aspros? ¿Cómo está Oscar? ¿Le estás dando plátanos verdes? Creo que a los monos le gustan más los plátanos que no están maduros.- Hice una pausa para dar un lametón a aquel helado arco iris. -¿Te apetece que nos demos un paseo y hablemos un rato? Tengo muchas preguntas que hacer sobre nuestra tripulación ¡Shajajajajajajajaja!- Le dije mientras sonreía, esperando que su respuesta fuera un tremendo si.

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#4
Frené en seco al escuchar mi nombre, arrancando mi atención de un puesto que exponía unos pantalones demasiado reveladores incluso para mí - ¿Quién leches se pone eso? -pensé mientras me volteaba en dirección a la voz que me reclamaba. Era Kenzo, la pequeña nueva incorporación a la banda, que se aproximaba hacia mí feliz y sonriente, cargando una bola de helado color arcoíris.

- Vaya, toparnos por casualidad se va a convertir en una costumbre, ¿no crees? -comenté mientras deslizaba la mirada hasta las punteras a las que Kenzo hacía referencia. Eran exactamente iguales a las que acababa de adquirir, dejando de lado algunos detalles estéticos, lo cual generó una mezcla de sentimientos contradictorios en mí: ¿aquel crío tenía buen gusto para la moda o yo había adquirido las preferencias de un niño de 14 años? La segunda opción me espeluznaba, pero volví en mí en cuanto vi cómo una de las bolas de helado se precipitaba sobre una de sus punteras. Tras limpiar su pequeño desastre, me preguntó por Oscar, la otra inesperada incorporación-. Bueno, ahí está… le gusta meterse entre mi ropa. -no lograba comprender porqué al pequeño simio le había caído en gracia, pero conforme más observaba a Kenzo, su forma de moverse, de expresarse, más me recordaba al pequeño monito rosado-. Sinceramente no estoy muy puesto en los cuidados de un mono, pero espero que no le de por comerse mi maquillaje: es tóxico, pero lo más importante, carísimo.

Tras aceptar la invitación de Kenzo, comenzamos a pasear a ritmo tranquilo por la gran avenida del mercado. En poco tiempo la banda había crecido sobremanera y, aunque conociese de antemano a Sasha y a Garnet, no dejaban de ser muchos cambios, demasiados para la estabilidad de mi cutis. Miré de refilón a Kenzo, el último de aquellos cambios, y poco a poco entendía el porqué del interés de Yojimbo en él; básicamente, era una versión en miniatura de aquel enorme tarado de espalda llameante. Bajo mi punto de vista, Kenzo respiraba libertad.

- Dispara marichocho -dije mientras ojeaba a la gente pasear, en su mayoría okamas con estilos la mar de diversos y llamativos. -...aunque te aviso que, si quieres conocer chismes más jugosos de la gente del barco, Triana es tu chica. Es una cotilla de cuidado, aunque nunca lo aceptaría si le preguntases, UUUUUHUHUHUHUHUHUHUHU. Y Jolyne miente más que habla.


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#5
Sonreí ante la respuesta de Aspros cuando nos encontramos. Y es que era cierto, había coincidido más veces con él que con cualquiera de la tripulación... ¡Incluido Yojimbo! Me daba un poco de pena no haber podido interactuar con el resto como me hubiera gustado, pero seguramente cuando salieramos al mar, podría hacerlo más a gusto. -Si que es verdad, Aspros, pero no te preocupes, ¡Podemos quedar siempre que quieras! ¡Quiero que un día me pintes la cara para poder camuflarme y que nadie me vea! ¡Shajajajajaja!.- Dije mientras me giraba para mirarlo, y torpemente, dejar caer el resto de helado que me quedaba al suelo. -Además, Oscar y yo tenemos que desparasitarnos cada dos o tres días, o los bichos nos comerán completamente ¡Shajajajajajajajaja!- Añadí mientras me agachaba para recoger el resto de helado que cayó para no ensuciar la calle. ¿Donde podría tirar ahora los restos?

-Oscar parece una cría de mono. Se mete entre tu ropa seguramente para sentirse protegido o para sentir algo de calor.- Contesté mientras miraba de lado a lado buscando una papelera donde echar aquel helado. -Espero que no se coma el maquillaje, puede tener diarrea y eso es un poco asqueroso, ¿Verdad? ¡Shajajajajajajaja!- Dije, mirándole a los ojos y buscando algo de complicidad. 

Poco después, comenzamos a andar por aquella avenida donde los puesto estaban, y por fin logré encontrar una papelera donde tirar los restos. Me dijo que si quería saber los chismes de la gente del barco, preguntara a Triana, que era ella la que sabía absolutamente todo. -¡Oh, no, no, no! Yo quiero saber como conociste a Yojimbo, y porque te uniste a él.- Respondí. -Yo me uní porque me dijo que iba a ser mi maestro, y me iba a enseñar a hacer la Tierra dorada, pero el maldito aún no me ha enseñado. Voy a retarlo todos los días que pueda para poder ganarme a la tripulación y convertirme en vuestro capitán ¡Shajajajajajajajaja!- Dije como si nada, como si el que tenía al lado no fuera un nakama. Quizás ellos no estuvieran de acuerdo con eso. -Si algún día lo consigo, serás el vicecapitán, y daremos la vuelta al mundo para tener muchas más aventuras.- Prometí, como si de un político me tratara en plena campaña de elecciones.

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#6
- Digamos que…- seguíamos avanzando por la concurrida calle del mercado. Conforme iba transcurriendo el día, parecía que los okamas se multiplicaban en la hermosa plaza de la ciudad, como pequeñas abejas multicolor que zumbaban por doquier. Buscando evitar el excesivo ruido de los regateos y de las escandalosas risas, Kenzo y yo giramos en una de las calles secundarias para dejar atrás al gentío y dar paso a una calle estrecha y tranquila. A pesar de que las fachadas lucían decenas de ventanas y puertas traseras de pubs, no se sentía un alma en aquel pequeño escondite a la sombra. Diversas cuerdas de tender gobernaban el cielo, luciendo algunas de ellas las prendas de ropa interior más grandes que mis ojos habían visto jamás-…me ofreció algo que llevaba mucho tiempo ansiando: la libertad. Creo que nunca llegué a ser dueño de mi propio destino, me dejé llevar de mano en mano como una bonita moneda de cambio; demasiado bonita, debo añadir, UUUUUHUHUHUHUHUHU.

Al final de la estrecha calle volvimos a salir a una calle principal, mas esta no contaba ni con los numerosos puestos ni con el escandaloso grupo de marujas okama sedientas de ofertas. Esta avenida en cambio contaba con diversas terrazas en las que poder parar y tomar un café pero, presupuse por ser día de mercado, no había ni un alma en ninguna de las mesas. Una Okama consumida hasta los huesos, con una gigantesca peluca rubia y párpados hinchados, dormitaba a penas sostenida por una escoba de paja. La ausencia de trabajo la había empujado a la inactividad, describiendo una imagen bastante cómica frente a la que no pude evitar sonreír.

- Ahora se lo que quiero y a dónde quiero llegar a parar. - fue entonces cuando volví a dirigir mi atención al pequeño Kenzo – Para ser tan joven parece que tienes las cosas muy claras, marichocho. Pero, ¿por qué quieres ser capitán? Mucha gente dependería de ti y eso, querido, estropea mucho el cutis.


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#7
Apenas me di cuenta de que nos metimos por una calle más estrecha y mucho menos concurrida, también más cotidiana, pues se podía ver los tenderos con la ropa de los vecinos entre los dos edificios. Me centré en Aspros y en su respuesta. Al final lo que todos buscábamos era la libertad, y era lo que ofrecía Yojimbo. -Wow Aspros... Es super guay lo que acabas de decir. Tienes libertad... ¡Pero también tienes aventuras que es lo más guay de todo el mundo!- Le dije, dando un pequeño salto de alegría, alzando el puño hacia arriba.

Seguimos andando hasta encontrarnos de nuevo en otra zona, llena de cafeterías, pero no tan concurrida como la otra calle en la que estuvimos antes, llena de barullo y gente gritando y regateando precios. Mientras escuchaba a Aspros, iba jugueteando con el bordillo de la acera, haciendo equilibrio para no caerme. Tenía que testear como funcionaban mis nuevas botas de todas las maneras posibles, y saber que eran cómodas con todos los movimientos que hacía, era una de las pruebas por las que tenía que pasar.

-Para ser el pirata más grande de todos los tiempos, tienes que tener una buena tripulación. ¡Y todos vosotros sois increíbles! ¡Se que sois capaces de hacer casi cualquier cosa!- Dije con una enorme sonrisa en mi rostro, saltando para ponerme frente a él, con los brazos bien abiertos. -¿Has visto a Triana? ¡Tiene que ser super fuerte con sus dos espadas! ¡Y tú! ¡Tienes mucha fuerza con las piernas! ¡Tienes que hacer bastante daño! ¡Y el capitán Yojimbo es la persona más fuerte que he visto en mi vida!- Respondí, lleno de emoción y alegría. Alcé el puño derecho y le miré con una sonrisa llena de confianza. -En cierto punto, estoy contento de no ser el capitán aún. Tengo tanto que aprender... Y creeme, seré el mejor pirata de todos.- Finalicé, lleno de determinación.

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#8
Cita:"El cuartel general de la marina, alertados por los regimientos de la Marina en Momoiro, han recibido un informe peliagudo: Tras un año desaparecidos, la banda de los Alas Negras y los Shogun Gari se han unido en una sola bandera. Han sido acorralados por la División 21, que los ha perseguido por todo este tiempo y clama por refuerzos al considerar que no podrían realizar una operación eficaz dada la condición de la isla y sus diezmadas tropas... y el Almirante Tucrow ha recibido el mensaje, y ha decidido moverse"


Con las órdenes claras y concisas que el Almirante les había dado, Hayato avanzó por las calles del reino con extrema parsimonia y su mano derecha apoyada en la empuñadura de su fiel arma, que reposaba junto al lado izquierdo de su cadera. Los olores, los sonidos y las vibraciones del emplazamiento no eran muy distintos de lo que podría esperar de un lugar como aquel. El sol en su cenit comenzaba a descender en el firmamento. Pese a no poder verlo, el mink sentía la inclinación de los rayos incidiendo en su pelaje. Suspiró, frenando un momento en un callejón y elevando la cabeza para, a continuación, olfatear el aire. El olor de la comida invadió sus fosas nasales, recordándole que aquel día todavía no había comido. Emprendió de nuevo su camino, sacando de su bolsillo una tira de carne que se llevó a la boca. Al verlo por la calle, la mayoría de la gente se apartaba de su camino. “Miedo, inseguridad, sorpresa, curiosidad…” pensaba el marine en su paseo. Por suerte, para ellos, no eran la presa que buscaba aquel día. Las órdenes eran las que eran, y su objetivo allí no eran los revolucionarios que se escondían entre el gentío, sino un grupo de piratas que tras un tiempo volvía a la acción. El problema, pero, era dar con ellos entre la multitud, por ello había recurrido a un truco de perro viejo, o de perro a secas.

No había sido complicado dar con la embarcación de los piratas, el cual a su llegada se encontraba vacío. Se mantuvo en las cercanías hasta dar con un rastro mediante su agudo olfato, el cual conducía desde el barco hacia el interior del bosque. Era un olor ligeramente agrio, como el de alguien que no se ducha demasiado a menudo y hace mucho deporte, y llevaba consigo también el aroma del salitre. Atravesó el bosque con una facilidad asombrosa para alguien de su condición, saliendo finalmente a la propia ciudad. El rastro iba hasta un puesto dentro del mercado al que se dirigió sin rozar siquiera a nadie pese a la gran multitud y su tamaño. Sobre el mostrador, percibía el olor del metal y del cuero, asumiendo que se trataba de armas y confirmando ese hecho cuando el dueño, con una voz más aguda de la que la naturaleza le había dado, lo instó a comprar alguna de sus katanas. Hayato frunció el ceño al percatarse de ello, más molesto por el tendedero que vendía a piratas que por otra cosa. Se quedó cerca de dos minutos quieto frente al puesto, planteándose llamar la atención del hombre para escarmentar su conducta, llevándose varias miradas de la gente por estar plantado ahí en medio. Pero, finalmente, sacudió la cabeza y volvió a andar persiguiendo el rastro del pirata. Lo siguió hasta un puesto de helados, en el que el aroma agrio se mezcló con el dulzor de la piña y el malvavisco, lo cual le pareció un horror culinario, el pirata tenía muy mal gusto, y tras seguir su paseo por la avenida, percibió un nuevo olor junto al primero. “Productos estéticos, olor a mono y… “, se paró un momento para aspirar por la nariz en profundidad, “el olor salado de la bruma marina, acompañado de unas notas secas y terrosas de la madera… Un barco.”, finalizó en su mente. O bien se trataba de un marinero, o, lo que esperaba, se trataba de otro de los piratas.

Ahora, con un paso más enérgico, aunque sosegado igualmente, pues él nunca corría, siguió su olfato a través de la calle hasta llegar a una dónde la gente parecía haber casi desaparecido. Percibió, a escasos 50 metros, a cuatro personas en total. Una de ellas parecía estar en un estado de somnolencia, con un aura prácticamente inexistente, otra, presuntamente en una segunda planta, sus emociones daban vueltas y parecía alterado, como cuando los suyos hacían una fiesta, probablemente borracho y tampoco parecía una amenaza. Finalmente, dos personas que avanzaban de espaldas a él y el alto de los dos preguntaba al más bajo sobre la razón por la que quería ser capitán. El viento soplaba ligeramente en su dirección, permitiéndole comprobar que la esencia que seguía pertenecía a aquellos dos y sus auras no parecían las de unos civiles cualquiera. Con un suspiro y la empuñadura sostenida, como siempre, por su mano derecha, avanzó en su dirección a la vez que el menudo hablaba sobre Triana, Yojimbo y su ambición por ser el mejor pirata de todos. Aquellas palabras no escapaban de su agudo oído, y eran sentencia suficiente para pagar por sus crímenes. Estaba calmado, aquello no era más que un trabajo para él, pero se mantuvo a exactamente 15 metros por detrás de ellos, meditando sobre las palabras que pronunciar. “Ustedes, piratas sin alma, cuyas promesas son mentiras… No, no me convence… Ustedes, los piratas, sombras de la noche sin ley, con las manos manchadas de sangre y codicia… Tampoco.”, se debatía internamente el mink, tamborileando los dedos sobre la empuñadura.

Aclaraciones

Invasion
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#9
- Soñar a lo grande te hace ser grande -sentencié ante las animadas palabras de Kenzo. Poseía un espíritu imbatible, un fuego interior de lo más envidiable que le propulsaría hasta donde él quisiera poner el límite. Me planté en medio de la avenida, sopesando si seguir caminando sin rumbo o reposar sentados en una de las numerosas (y vacías) terrazas del lugar. La cercanía al mediodía y la creciente sensación de calor me empujaban a la segunda opción, imaginándome a mi mismo a la sombra de una gran sombrilla rosa, abanico en mano, con un refrescante cocktail de piña que acallara hasta la sed más intensa. Di una vuelta completa sobre mi mismo, como de una pirueta se tratase, la más grácil vista jamás, para hacer un recuento de las terrazas del lugar. Fue una cuya temática de flamencos la que acaparó mi atención, decidiendo casi al instante que iba a ser en ese lugar donde iba a dejar reposar mis bonitas posaderas.

Pero antes de que pudiese siquiera compartir mi idea de un refrescante tentempié en la terraza con el pequeño Kenzo, llamó poderosamente mi atención un individuo que se aproximaba por nuestra espalda. Tal vez lo hiciese, en primer lugar, por tratarse de un mink, un ser animal que, si bien no era desconocido para mí, no podía evitar sentir curiosidad por él; tal vez, en segundo lugar, por mantener los ojos cerrados, incluso caminando; quizás, en tercer lugar, por portar una katana, que seguramente sabría utilizar; por último, es probable que fuese por aquella capa blanca que en más de una ocasión había tenido la desgracia de apreciar; no sabría decir por cual de todas esas razones se me había puesto la piel de gallina.

- Marichocho -dije sin despegar la mirada del susodicho. – Creo que va a haber fiesta, UUUHUHUHUHU -añadí haciendo un pequeño gesto afirmativo hacia el marine.

En aquel lugar nos encontrábamos prácticamente solos, Kenzo y yo. No había nadie por la calle, seguramente no hubiese ningún compañero a la vuelta de la esquina: solos. Temí por los dos, porque algo dentro de mí me decía que aquel no era un marine corriente, que no iba a dejarnos ir de rositas y que mi cutis no iba a permanecer igual de impecable después de lo que se avecinaba.


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#10
A medida que la charla avanzaba, pude notar que Aspros y yo, de alguna manera congeniabamos, y eso me hacía bastante feliz realmente. Sonreí ampliamente ante su comentario, y le hice una leve reverencia con la cabeza, a modo de agradecimiento.-Muchas gracias, Aspros. Yo te ayudaré en todo lo que necesites para cumplir tus sueños.- Mi nakama no era una figura paterna o de autoridad como lo podrían ser Kumatetsu o Yojimbo, lo sentía como un amigo. ¡Mi primer amigo de verdad! Seguramente podría jugar con él, tener charlas profundas e incluso estaba seguro que me protegería si tuviera un problema como si de un hermano mayor se tratara, y eso ra algo que tenía que proteger a toda costa.

Aspros comenzó a girar, supongo que para demostrarme sus movimientos de baile, pero se quedó parado, como petrificado y me avisó de que íbamos a tener fiesta, mientras señalaba con la cabeza a un individuo tras de nosotros. -¿Cómo que fiesta? ¿Parranda? Eso se lo dejo al resto de tripulación, yo no bebo alcohol, no me hace efecto.- Dije. Igualmente se refería a que ibamos a tener problemas, en cuyo caso, era otro rollo a lo que se refería. Observé al individuo que me señaló, y realmente, la impresión que me dio fue de que se trataba de alguien super guay. ¡Era un perro samurai! Seguro que hacía cosas realmente guays que sólo los samurais sabían hacer. Aparte de eso, daba una impresión bastante increible, era alto y con una posición bastante erguida, aunque también se podía ver que en sus ojos había sendas cicatrices. -¿Es posible que sea ciego? ¿O simplemente son heridas de batalla? Si es ciego, ¿No debería de llevar un bastón de ciegos?- Le pregunté a Aspros de manera inocente.

Comencé a pensar que la situación se estaba tornando a la segunda opción. No creo que tuvieramos una fiesta con un tipo que ni conocíamos. Apreté los puños y me posicioné junto a Aspros. -Bueno, Aspros... Tu me dirás que hacemos. No se si serán enemigos, pero si es así...- Choqué los puños, sintiendo la dureza de mis nuevos guantes de pelea y sonreí ampliamente. -Me vas diciendo que quieres que haga. Ahora mismo no soy muy fuerte, pero puedo servirte como apoyo... Algo así como un super héroe y su asistente.- Cogí aire, llenando todos mis pulmones, para luego sacarlo de golpe. -Estoy preparado para cualquier cosa que me digas, Aspros. Seré tu apoyo.-

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