[EVENTO LOCAL - TOROS NEGROS] - Para el pueblo lo que es del pueblo
#1
Día 40 del año 16, Primavera - 09:40 a.m.
Reino Mogaro

Lo sucedido hace casi dos años en el Archipiélago Sabaody, aquel frío día invernal en el que el infierno y la tierra se hicieron uno, había supuesto sin lugar a dudas un antes y un después para el devenir no sólo para el mundo en su conjunto, si no también para muchos de los individuos a nivel personal. Un gran ejemplo de esto último eran los llamados Toros Negros. A su llegada a la Isla Gyojin, ahora una nación soberana libre del yugo del Gobierno Mundial, este grupo de valientes revolucionarios fueron recibidos casi como héroes por los mismos Comandantes del Ejército Revolucionario. En especial su líder Kisuke Kageyama, de quien se decía que no sólo se había enfrentado a un almirante de la marina, si no que le había puesto en jaque obligándole a retirarse. Este suceso fue el que, sumado a la fama y creciente recompensas que se había labrado, propició que el antiguo pescador fuera nombrado Comandante de los Ejércitos del Oeste, ocupando el sillón que había dejado vacío la amada por todos Maggie Luxemburg tras su honorable muerte. Al igual que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, a los Toros Negros les fue encomendada una misión de suma importancia: Hallar el cuerpo de Gronn Warden, heredero del heróico revolucionario Marlin Warden, y llevarlo de vuelta a la Isla Gyojin para ser enterrado con honores.

Por mucho que la gente intente negarlo, hay algunos huecos que son difíciles de llenar, heridas que dan paso a cicatrices que nunca se van, odiosas comparaciones y expectativas inalcanzables. Todo esto cae como una losa sobre los hombros. Un enorme peso que amenaza con aplastarnos. Y uno de esos huecos era el que los Toros Negros tenían que llenar. El vacío que había dejado una de las personas más queridas de la revolución. Pero esa presión no es nada comparada con lo que una persona se puede llegar a ejercer a sí misma. Y cada cual tiene una forma diferente de lidiar con esa presión. El más mayor de los integrantes, aquel que portaba la misteriosa D en su nombre y que poseía las cualidades para ser un rey, decidió aislarse de sus compañeros con la única intención de ser más fuerte no solo física si no mentalmente. Mientras tanto, el líder del grupo y ahora Comandante de la Revolución, usuario de la Susu Susu no mi, se sumergía más y más en su trabajo. Rellenar papeleo, entrenar reclutas, y demás quehaceres que podría perfectamente haber delegado en alguien más pero que hacía con diligencia y gran esfuerzo. Ambos dieron lo mejor de sí, cada uno a su manera, para ser todavía mejores de lo que ya eran. Aunque tal vez se habían centrado demasiado en eso y habían descuidado algo importante, pues ninguno de los dos fue capaz de evitar que el Mariscal Ideale y Comilón partieran en una misión que supuso el final de sus vidas.

Pero, las brasas de una llama que se apaga pueden avivar otra llama. Es así como, tras la muerte del mariscal Zorak Ideale y del recluta Comilón McBacon, los Toros Negros dieron la bienvenida a dos nuevas promesas. El soldado Beto, un invidente monje de la legendaria tribu de los gigantes, y el capitán Oxxy Coon, quien tras codearse con dos piratas que terminaron uniéndose a las filas de los Piratas Mushoku, cuyo capitán había jurado acabar con los Toros Negros, había llegado hasta allí buscando a su viejo amigo Zorak. La unión de estos dos peculiares sujetos no solo había aportado al grupo un personal más que necesario o habilidades inéditas a la par que poderosas, si no también un nuevo y poderoso navío al que apodaron Grand Prix.

Pero la revolución no se hace en un día y cada día que pasa se traduce en más gente sufriendo. A diferencia de mucha otra gente, quien en su misma situación aprovecharía para buscar la gloria o hacer ver que están a la altura, el antiguo pescador parecía seguir un fin más noble, el de liberar a la gente de la opresión. Es por eso que, tan pronto como tuvo un mínimo indicio de lo que parecía estar sucediendo en el Reino Mogaro y sin dudarlo un instante, el comandante Kageyama comenzó con los preparativos para zarpar hacia aquella isla del Nuevo Mundo con la intención de investigar si era cierta la tiranía de su rey, y liberar al pueblo en caso de que así fuera. De esa forma, tan pronto recibieron la autorización, los cuatro integrantes de los Toros Negros ultimaron los preparativos y zarparon en el Grand Prix rumbo al Reino Mogaro, acompañados por cuatro camaradas del Ejército Revolucionario, quienes les ayudarían con su tapadera de científicos en su llegada al destino de su travesía.

Este día, al igual que aquel de hace casi dos años, marcaría un antes y un después quizás no en todo el mundo, pero sin duda en los cuatro integrantes de los Toros Negros, y en todos los habitantes del Reino Mogaro

¿Serían estos los libertadores que estaban esperando, o sería Kisuke Kageyama un nuevo amo con distinta correa?




Los graznidos de las gaviotas alertaron de la presencia de la isla a los tripulantes del Grand Prix, aquel majestuoso galeón que surcaba los mares del Nuevo Mundo, mostrando a todo el mundo su característico mascarón en forma de toro negro. Poco después de empezar a escuchar el sonido de las aves, los revolucionarios pudieron vislumbrar en el horizonte el lugar al que se dirigían. Una isla pequeña a la par que diversa, pues en cuanto ésta dejó de ser solo una silueta en la lejanía, los tripulantes pudieron vislumbrar numerosas montañas, así como bosques y playas.

El plan de los Toros Negros era claro: Hacerse pasar por científicos y pasar desapercibidos, si acaso eso era posible dadas las peculiaridades de sus miembros, para investigar la situación del reino y en caso necesario actuar para proteger a la gente. Por esa misma razón y con la única intención de guardar las apariencias, los cuatro revolucionarios que les acompañaban se disfrazaron de marineros, a la par que cambiaban las banderas del barco por unas falsas, simulando ser un servicio de transporte y escolta. Atracaron en el Pueblo Bayo, tal y como el comandante les indicó.

- ¿Se han asegurado de que tienen todas sus cosas, no? - preguntó a Kisuke el que se hacía pasar por el jefe, una vez hubieron desembarcado - Bueno, no se preocupen señores. Si se han olvidado cualquier cosa o necesitan que les llevemos a algún otro destino no duden en llamarnos. Por ser clientes habituales les haremos un descuento - se despidieron todos antes de zarpar nuevamente.

Si los Toros Negros habían estado demasiado ocupados recogiendo sus cosas mientras el barco llegaba hasta el embarcadero, una vez su preciado barco abandonó el muelle pudieron ver con más detenimiento el lugar al que habían llegado. Bayo se trataba de un pueblo relativamente grande, de en torno a un tercio de millar de habitantes, pues era un enclave pesquero y, al fin y al cabo, no estaba tan lejos de la capital. Las edificaciones eran por lo general construcciones de madera de una única planta, aunque cerca del muelle, en la que parecía ser la calle principal, se podían ver un par de edificios de dos plantas, también de madera. La gente, quien acostumbra a ir y venir debido a sus ajetreadas vidas, se había ido reuniendo cerca del muelle a medida que el navío se acercaba más y más a tierra. Si bien estaban acostumbrados a ver barcos de pesca zarpar y atracar a lo largo del día, los barcos de aquel tamaño eran realmente extraños debido a que todos los barcos mercantes y visitantes iban directamente a la capital. La emoción de los más jóvenes, quienes no habían podido más que soñar con una embarcación de tal magnitud creció más todavía al desembarcar los pasajeros, cada cual más alto que el anterior, siendo el invidente monje casi tan alto como los edificios más altos del pueblo. Si bien la gente comenzó a congregarse rápidamente cerca del muelle a la llegada de la voluminosa embarcación, se dispersaron con la misma rapidez en cuanto el barco se alejó un poco de la costa, pues la gran mayoría de ellos tenían trabajo que llevar a cabo, y no podían permitirse más que perder un momento, aunque posiblemente fuera la única vez en sus vidas que llegaran a ver algo igual.

Con la intención de levantar las menores sospechas posibles, el grupo se puso en movimiento. La calle principal, de más de doscientos metros de largo y doce de ancho, tenía diversas casas y tiendas a ambos lados, así como varias calles más estrechas que nacían desde ella. No distaba mucho de una calle normal, gente caminando por ambos lados, comprando cosas o simplemente amigos poniéndose al día acerca de los últimos sucesos que habían vivido. Si bien tampoco era lo ideal, pues lo ideal sería que nadie tuvieran que hacerlo, tampoco era extraño ver a algún que otra persona sin hogar pidiendo limosna, intentando de esa forma subsistir.

Mientras el grupo caminaba con relativa calma, pues a pesar de que parecía que no los habían reconocido nunca podían estar del todo seguros, un joven de unos catorce años, de un metro y medio de altura, se chocó de frente con el más mayor del grupo - Perdón, perdón, señor. No era mi intención, es solo que este me ha emp... - se disculpó efusivamente antes de girarse hacia su izquierda. Echó a correr entonces, alejándose del grupo - ¡Ven aquí! Ya verás como te pille la que te voy a dar - seguía gritando improperios a su amigo, persiguiendo a alguien que los revolucionarios no alcanzaban a ver.

Cuando el grupo se disponía a continuar su camino, el ahora científico Kageyama pudo percatarse, mientras veía al joven abandonar al calle principal mientras se metía en una más estrecha entre una frutería y una esquina en la que había un mendigo a treinta metros de distancia , de que lo que hasta hace nada podía parecer un simple e inocente chaval en realidad resultaba ser un ratero que le había robado una bolsa, y con ella practicamente todo su dinero.

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#2
OST


Kisuke fijó a su cadera izquierda tanto a Onikiba como a Sode no Shirayuki, preparándose para bajar del barco, y dudó unos instantes antes de agarrar a su recién recuperada Yamigiri para ponerla en su cadera derecha. Desde el fugaz encuentro en alta mar en plena noche con Viktor Evans no había tenido tiempo para probar a su vieja amiga que estaba de vuelta. Ciertamente, el peso de su corazón era menor ahora que había recuperado el legado de su padre, y, aunque ni siquiera había podido sacarla de la vaina, podía sentirla algo más ligera de lo que recordaba. Los camaradas que les habían acompañado durante la travesía, se harían cargo del barco mientras ellos llevaban a cabo la misión, puesto que, un galeón de esas proporciones llamaría demasiado la atención. Bajaron del barco y se despidieron de los camaradas con un gesto.

-Pues ya estamos aquí compañeros, lo primero es buscar un alojamiento para dejar nuestro equipo de investigación... Kuhahaha.

Puso un tono de voz un tanto extraño, ciertamente la actuación no era uno de sus fuertes, pero esperaba que eso fuese suficiente para no llamar en exceso la atención. Bastante la llamaban de hecho siendo dos minks un gigante y un humano fornido y armado. Además los lugareños de cualquier lugar siempre miraban a la gente que llegaba nueva a su ciudad. No obstante, Kisuke podía ver como había bastante gente que no les quitaba el ojo de encima. Tendrían que tener precaución.

-Vamos por la calle principal, seguro encontramos un buen lugar...-bajando la voz añadió-Estad atentos.

Encendió un cigarro y echó a andar junto a sus compañeros sorprendido ante la cantidad de comercios que había en aquel lugar. Sinceramente esperaba algo más pequeña aquella población y seguramente con menos comercio, pero no se le escapó que también había bastante gente mendigando y en situación de calle. De momento no era tampoco algo extraño, tristemente, en todos los lugares hay gente en esa misma situación, pero dudaba mucho que los informes fuesen falsos o exagerados, eran demasiado detallados.

Iba sumido en esos pensamientos, viendo como a pesar de todo la gente en general se quedaba mirándolos, que no se dio cuenta que un chavalito chocaba con él. El muchacho trato de disculparse y culpar a su amigo, que Kisuke no veía por ningún lado y cuando se quiso dar cuenta estaba metiéndose el bribonzuelo por un callejón a unos 30 metros de donde estaban. Kisuke, que se había criado en el estercolero de Ballywood sabía bien que aquel mocoso le había robado, lo que corroboró llevando su mano al bolsillo donde no estaba la bolsa del dinero. No era plan de hacer un espectáculo y un escándalo, por lo que dijo a sus compañeros mientras expandía su kenbunshoku básico en cincuenta metros a la redonda:

-Voy a cubrirnos Panda, cuando te tape de la vista de los demás con mi hollín métete bajo tierra, yo iré por aire al callejón, Oxxy, Beto vosotros id andando y haced que nadie escuche ni escape lo que ocurra allí.

Mientras decía esto, tocaba el antebrazo de Panda dejando un rastro de hollín en él que tomó la forma de un ratón. Miró a su camarada y le dijo:

-Cuando te de una señal, saldrás desde el suelo, compañero. No te sumerjas más de cuatro metros.

Y, mientras decía esto, hizo un gesto como si lanzase algo al suelo y convertía todo su cuerpo en una nube negra de hollín que tapó por completo al úrsido, dándole unos segundos preciosos para zambullirse en el suelo y, acto seguido, echó a volar a veinte metros de altura hasta la parte de arriba del callejón donde se materializó de nuevo en uno de los tejados para observar desde allí que había en aquel callejón. Empezaba movidita su andadura por el reino de Mogaro.

datos
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4844 - 36 = 4808
Espiritu: 1980 + 0 = 1980
#3
Tras dos largos años de duro entrenamiento, por fin abandonaban la dichosa isla submarina. Aunque fuera territorio de la gloriosa Revolución, Don Bambú no se sentía especialmente cómodo a tanta profundidad bajo el mar. El encanto inicial había sido espectacular, sin duda, pero no se imaginaba viviendo allí por tanto tiempo. A lo largo de estos últimos dos años habían conocido a sus dos nuevos compañeros de escuadrón. Ninguno llegaría a sustituir la pérdida tanto de Zorak como de Comi, pero como había aprendido entre Little Garden y Báltigo, no se trata de sustituir a nadie, sino de conocer gente nueva y no vivir únicamente con la idea de recordar lo que se ha perdido. El viaje fue muy agradable. El nuevo navío, el Grand Prix, era un galeón impresionante. Surcaba las aguas del Nuevo Mundo como si no fueran en absoluto peligrosas, aunque en parte esto se debía a la tremenda maestría naval de Kisuke. Lo único que le daba vértigo a Don Bambú en aquel barco era la idea de tener que repararlo algún día. Podía enfrentarse a una galera cualquier lunes por la mañana. A una corbeta podría enfrentarse un domingo después de descansar. Pero un galeón de semejantes proporciones requeriría varias semanas de mentalización.

Por suerte, el viaje no tuvo percance alguno. No así como los que de seguro habría en el Reino Mogaro.

El plan era sencillo. Hacerse pasar por científicos. Era bueno que fuera sencillo el plan, porque Don Bambú encontró un error en seguida: no sabe mentir. Todo iría bien, sin embargo, si nadie le hacía pregunta alguna en lo relativo a su verdadera identidad. En este último supuesto, todo iría mal. Pero no por este menor inconveniente dejaría de darlo todo por la misión. Durante lo que duró el trayecto, Don Bambú estuvo trabajando en el outfit ideal para un científico. Por lo que había leído, las gafas (con un cristal normal) y la bata blanca eran obligatorias. Al conjunto le añadió unos guantes negros que le quedaban excesivamente grandes, pero que eran necesarios para cubrir por encima los letales guanteletes de combate que pensaba llevarse sí o sí. Finalmente, como parte de su outfit maestro, se colgó de la bata una tarjeta de identificación con una foto suya (con gafas y bata blanca) que rezaba lo siguiente:

Dr. P. Chewbacca
CIENTÍFICO


Una vez llegaron a la isla en su enorme, enorme galeón con su enorme, enorme toro negro en el mascarón de proa, los cuatro "científicos" desembarcaron en el Reino de Mogaro, en la aldea de Bayo, haciendo saltar, con absoluta certeza, todas las alarmas de la isla. Un samurái científico con tres espadas, un mink panda científico de casi cuatro metros, otro mink felino de tres metros veinte y un gigante invidente científico del tamaño de cinco casas apiladas unas encima de otras. Sin duda un cuarteto extremadamente peculiar que sólo pasaría desapercibido delante de alguien ciego, sordo y estúpido. Los soldados del barco hicieron un trabajo excelente a la hora de camuflar la llegada del escuadrón. El galeón iba cargado de insignias mercantes y los soldados interpretaron bastante bien su papel de transportistas. Una vez el grupúsculo desembarcó, el galeón se alejó de la costa y el grupo supo que estarían bien.

Don Bambú se rio con complicidad de las ocurrencias de su jefe, el Comandante del Oeste y activó su Kenbunshoku en un radio de 50 metros por si fuera necesario alertar a sus compañeros de la cercanía de algún peligro. El escuadrón se aventuró por una de las calles principales del Reino de Mogaro en "busca de algún local donde almacenar su material de investigación". Evidentemente llamaron la atención con su llegada. Ya en el puerto se habían congregado unas cuantas decenas de personas ante la llegada de un "galeón comercial", de modo que no sería raro que pronto llegase algún guardia a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, ningún guardia se materializó de la nada en los primeros instantes en la pequeña aldea de Bayo. Únicamente un jovenzuelo de unos 14 años se chocó con Kisuke y se disculpó para marcharse apresuradamente, como si estuviera persiguiendo a alguien. —Estos chavales de hoy en día... —Comentó el panda con chasquido de lengua ante el poco cuidado del muchacho. Pero antes de reemprender la marcha, Kisuke decidió que era el momento de pasar a la acción. Don Bambú, que no había entendido muy bien por qué, acató las órdenes de su superior con disciplina militar, como siempre. En cuanto Kisuke dio la señal en forma de bomba de hollín, el panda sonrió, en parte porque se acordó de Enma, antiguo portador de esos mismos poderes, y dio una potente palmada en el suelo para abrir un túnel de 4 metros de profundidad. —Nos vemos, camaradas. —Saltó al agujero sin miramientos y cerró la entrada a su paso para que nadie pudiera seguirle. Desde el subsuelo, con tan solo 10 centímetros de separación entre su cabeza y la superficie, Don Bambú comenzó a empujar la tierra delante suya para abrirse paso hacia la posición indicada por Kisuke, empleando además su haki para monitorizar las presencias de sus compañeros. —Lo del ratón es nuevo, camarada. Enma hacía cuervos. —Comentó el panda de pasada, mientras avanzaba lentamente a través del suelo hasta el callejón indicado.

Datos
#4
Leyenda


Llegar a Bayo fue como cruzar el umbral de uno de esos relatos de aventuras que tanto me fascinan. Recuerdo haber vislumbrado la silueta de la isla mientras el Grand Prix surcaba las aguas, desplegando su majestuoso mascarón de toro negro (De nada por conseguirlo) que me hacía sentir en la portada de un periódico, y ojala fuera un periódico pero por mala suerte aun no había conseguido que ninguno publicara mis paginas, ¡vaya estupidez! ¿Acaso no se dan cuenta de que tienen aquí a una rising star?, de verdad, ridículo. Absolutamente ridículo, pero bueno. En esos instantes, mi mente se dividía entre relatarlo todo con mi propio ser periodístico o hacerlo con la misma de alguien normal, es decir: la plebe. Esos que estaban viviendo el inicio de una historia sin conocer el final. Es que incluso, el putisimo Renard tenía curiosidad sobre lo que iba a pasar en aquel sitio así que simplemente se estaba quedando observando sin interferir, como si fuera un gato que había tomando un poquito de Catnip tu ya me entiendes.

El momento de desembarcar del Grand prix fue épico, la gente nos miraba y ¿como no iban a mirarnos? si es que éramos fabulosos, quitando el señor gigante que obviamente desentonaba, teníamos a un precioso panda científico, a el señor Kisuke, que la verdad es que ha pegado un glowup desde la ultima vez que lo vi en Ballywood en su casita de pesca tan solitario como amargado but, whatever. Y obviamente, ¿A quien si no?, pero si también estoy yo, suave, achuchable, con una bata de laboratorio que me quedaba MA-RA-VI-LLO-SA as in almost everything that i wear. Obviamente llevaba una pequeña cámara de fotos colgada de la bata y una katana a la espalda, no era lo mejor del mundo pero era la única arma que permitía llevar en publico para que no fuera todo como muy suspicious. A lo que por cierto, el queridísimo Renard se dignó a dar voz, en mi cabeza claro. “¿Investigadores? Qué magnífica portada: 'Científicos descuidados descubren problema de ser demasiado grandes para camuflarse' o eso diría Oxxy si estuviera despierto, tampoco te pases.”

¿Oxxy?


Ah, de verdad, que hombre mas desagradable, pero como la mayoría, ¿sabes?, todos son unos belicosos de esos, que pereza.

Apenas habíamos tocado tierra cuando la llegada del muchacho que se chocó con Kisuke sirvió como preludio de lo que vendría. "Chaval excusándose, típico ladrón adolescente", pensé, pero la verdad fue que me sorprendió lo rápido que se escabulló entre la multitud, like, a smooth criminal. El comandante, siempre atento, notó al instante el truco y nos indicó nuestro próximo movimiento. Sentí que volvía al papel de reportero: contaba cada paso, cada gesto, cada mirada, buscando anécdotas que escribir más tarde, pero había que actuar entonces supongo. Lets go babys. Aunque yo no era nada de pelearme, ósea, no con estas uñas.. así que le pasaré el control al otro, espero que no haga nada muy malo. kikiki, hasta luego criaturitas.

Dr. Renard Coon.

Ah... ahora que esa mierda de voz se ha ido, volvamos a lo importante, Kisuke me había dicho que me subiera a Beto, así que tendría que hacerlo, pero no por que me lo ordenara eh, al ser mas grande podría tapar mas espacio así que era justo lo que necesitábamos para avanzar. pero primero lo primero: Activar mi Kenbun, había estado viendo a Oxxy recibiendo unas palizas de la hostia para entrenar esto, ¿por que no aprovecharme de su esfuerzo y usarlo yo? uh.
tras eso, daría un pequeño saltito para poder subirme al señor gigante.
-A ver, tu. Ojos de topo, sigue en esa dirección unos 30 metros y luego tienes que girar hacia el callejón, aunque imagino que tu también tienes haki así que macho, hazlo por ti mismo, ¿sabes?, se útil, yo apago el sonido.- Y de esa forma, durante el periodo en el que estuviéramos en la calle, el aura de silencio solo nos cubriría a nosotros para luego al llegar al callejo, tapar lo mas que pudiera para que desde fuera no se nos escuchara a nosotros, aunque mira, siendo sincero, si fuera por mi, yo me cargaba a la puta mierda barata del chaval y me volvía a ir, pero esta gente eran todos como buena gente así que simplemente tendré que seguir sus plantes, pff. lo de siempre vamos, a ver si el maldito de Oxxy se despertaba de su siesta y volvía a tomar control pleno de este cuerpo, por que como lo vuelva a hacer el otro, prometo que no me haré responsable de mis acciones.

-Espero que esto sea por lo menos un mínimo de interesante, por que vaya puta basura de inicio en la isla.-
Caja de arena
#5
Mi haki de observación estaba expandido cuarenta metros en todas direcciones, gracias a eso pude sentir las emociones de algunos habitantes frente a nuestra llegada. La mayoria de las auras que percibía eran auras llenas de tristeza, preocupaciones, frustración, duelo, ira. Mi corazón se arrugó ante esa cascada de emociones negativas. Estoy convencido que la voluntad del Señor es proteger y liberar a este pueblo. Gracias a Dios ahora  era capaz de percibir a cada ser vivo, sus emociones y su potencial. Una bendición de Dios que me acostumbre a usar el 100% del tiempo.

Mientras estuviera cerca de Kisuke, Bambú y Oxxy sería fácil ubicarme. Esos tres tenían unas auras poderosas, eran un trio de temer. Yo, por el contrario, a pesar de mi tamaño, estaba muy por detrás de ellos. Era una piedra en el zapato del tamaño de un edificio. Pero confio en que Dios me llevara por caminos en los que pueda ser de utilidad.

Kisuke es un líder con una gran sabiduria. Mi confianza en él era casi tan grande como mi fe hacia Dios. Confiaba en su plan y en sus ordenes, por lo que no tengo problemas en seguirlas al pie de la letra. Me encargaré de proteger a los demás.

La mision inicial era actuar como cientificos por lo que tuvieron que confeccionar un traje de laboratorio a mi medida, me maquillaron para crearme cicatrices falsas y ocultar las reales, y además me pidieron cambiar de nombre. Ahora me llamaria:

Dr. Magnus Aas
Científico

DR. MAGNUS AAS


No habia pasado mucho tiempo desde que desembarcamos en la isla cuando un aura desconocida llena de diversas emociones, hizo contacto con el aura de Kisuke. Luego de acercarse, pareció alejarse de nosotros rápidamente. Oxxy se subió sobre mi, e intento darme indicaciones.

— Kukukuku. No te preocupes querido amigo. Dios se encargará de iluminarnos el camino. Amen —dije con voz amable a Oxxy—. No puedo saber hacia qué dirección quieres que vaya. Supongo que lo mejor es seguir la presencia de nuestros compañeros.

La personalidad de Oxxy habia vuelto a cambiar. Ya me habia acostumbrado a eso, pero era algo que seguia llamandome la atencion. No era solo su forma de hablar o de dirigirse a los demas. Su aura tambien cambiaba de vez en cuando. Pero no es momento para hablar de eso.

Intenté seguir la presencia de los dos mas fuertes del grupo. Eso probablemente me llevaría al callejon del que hablaba Oxxy. Las auras de las personas que nos rodeaban parecían alejarse conforme yo caminaba. Quiza era el primer gigante que ellos veian.

— Gehena —dije al llegar al callejon, recordando el nombre de aquel valle que tanto mencionaban los ancianos de Korossasu. Un valle de pobreza, basura y mortandad. Asi era como percibia a esta ciudad tan triste.

Mis pies chapoteaban en el callejon lleno de barro mientras esperaba recibir más órdenes o indicaciones de alguno de mis compañeros. Me quede atento a cualquie cosa extraña que pudiera escuchar. E hice un sondeo con mi haki tratando de ver si dentro de los 40 metros de mi haki habían auras poderosas o por lo menos auras de las que deberíamos preocuparnos.

off
#6
Desde tiempos inmemoriales ha formado parte del imaginario colectivo una poderosa figura. Un caballero legendario, capaz de mover, influenciar e incluso corromper en ciertos casos a cualquier hombre. Ya seas un poderoso cazador de recompensas, o el más cobarde de los piratas, todo es igual, no hay forma de escapar a su influencia. Y cuanto más cerca lo tengas y más lo conozcas más poderosa será ésta. Por ello mismo, son realmente pocos los que por una u otra razón resisten la tentación del legendario y poderoso caballero, Don Dinero.

Esta leyenda, al igual que muchas otras, era bien conocida en el Reino Mogaro, donde ciertas personas de la capital se valían de ella para su propio beneficio "Así es como funciona el mundo. Si necesitas algo solo tienes que pedirlo, y si no funciona, es tan sencillo como ir echando billetes hasta que funciona" Era una frase que se repetía bastante en algunos locales selectos, donde parte de la gente más poderosa del reina se creía alejada de la plebe. Pero parecían ignorar que gran parte del servicio que les atendía pertenecía a aquel grupo al que menospreciaban y maltrataban, o simplemente tal vez eran tan arrogantes que no les importaba lo más mínimo. Tal vez fue esa leyenda la que motivó el elaborado plan que se había puesto en marcha a la llegada del grupo revolucionario, o puede que la certeza de que la forma más sencilla de llevar a un hombre a un sitio es quitándole algo que le importe, ya sea una persona, un objeto realmente valioso o mismamente la cartera. Y el plan parecía haber salido a la perfección, pues el Comandante del Oeste dio la orden de dirigirse hacia el callejón por el que habían perdido de vista al joven. Con lo que sí que no contaban fue, además de los poderes de la susu susu no mi pues desconocían que Kisuke fuera el usuario de esta poderosa fruta, de la peculiar pero sobre todo llamativa forma en la que el humano y el panda decidirían moverse, dado que daban por hecho que siendo una celebridad como él y viendo a todas luces que trataban de pasar desapercibidos, tratarían de llamar la atención lo menos posible.

Su extravagante método de desaparición, digna de un elaborado truco de magia, provocó primero asombro y más adelante pánico en la gente de las cercanías. Hombres, mujeres y niños acababan de ser testigos de como una densa nube negra había aparecido frente a sus ojos y en un parpadeo habían secuestrado no a uno si no a dos de los cuatro científicos que acababan de llegar - ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Ayuda! - se escuchaban gritos de gente que huía del lugar por miedo a verse envueltos en alguna clase de reyerta, aunque también había gente que si bien se notaba asustada, no había llegado a entrar en pánico y se limitaba a tratar de terminar sus quehaceres lo más rápido posible para así poder marcharse. Aquellos con buen oído podían incluso escuchar entre el alboroto silbidos que provenían de algunos de los mendigos, quien parecían estar comunicándose de alguna manera. Si bien las acciones del líder revolucionario causaron revuelo, este revuelo permitió al invidente gigante, quien llevaba en su hombro derecho al mink lince, caminar sin ningún tipo de obstáculo hacia el callejón.

En el callejón, a unos quince metros de la entrada, se encontraba el chico de hacía unos instantes, y frente a él un hombre relativamente alto. Medía algo más de metro ochenta, tenía el pelo corto, así como un bigote y una media barbas, todo de color negro. Su indumentaria se componía por una capucha de color verde oscuro, además de unos pantalones desgastados de color negros, así como unas botas marrones. A lo largo del callejón, así como vigilando la otra salida, había varios hombres más, vestidos con unas indumentarias parecidas a las de este - ¿Entonces, era él o no era él? - preguntaba el hombre al chico de hacía unos instantes, mientras le mostraba un cartel de recompensa algo desgastado - No... no lo sé - el otro hombre, calmado, le dio al joven el cartel para que lo viera mejor - No le he visto bien porque eran todos muy grandes, y me daba miedo que me pillaran, pero ahora que lo dices puede que sí - el hombre miró al chico - No hace falta que mientas, no pasa nada - el joven negó con la cabeza - No, no. Es solo que diría que este era más viejo - el hombre asintió, cogiendo la bolsa del chico - Claro, este cartel es de hace casi dos años, después de lo que pasó en Sabaody - llevó una mano a la cabeza del chico, acariciándole la cabeza mientras le daba una bolsa - Lo has hecho muy bien, John. Ve a cuidar a tu madre - el joven asintió, dirigiéndose a una de las paredes del callejón, la izquierda mirando desde la calle principal - Y no hagas trabajos peligrosos, aunque si ese hombre que ha venido resulta ser Kisuke Kageyama seguramente no tengas que volver a hacerlos. - el chaval asintió antes de mover unos tablones, colándose por un agujero que había en la pared del edificio contiguo, antes de tapar nuevamente el agujero, mientras los otros hombres se preparaban para la llegada de los cuatro individuos que habían atraído hacia aquel lugar.

- ¿Tiene unas monedas, mi señor? - el mendigo de la esquina que había entre el callejón y la calle principal se dirigió al invidente monje, quien a cada paso que daba hacía temblar levemente la tierra alrededor de sus pies. El hombre esperó entonces a que el coloso pasara de largo, entrando en el callejón, y una vez se hubo alejado algo más de cinco metros se puso de pie, haciendo una seña a otros dos hombres, entrando los tres juntos detrás de los revolucionarios - Tened mucho cuidado, no vaya a ser que hayamos metido la pata y... - el hombre de la capucha verde hablaba con algunos de sus compañeros, dándoles indicaciones sobre cómo actuar a continuación - No tienes que preocuparte Rob, es él. Estamos de suerte - el hombre de antes afirmó, lo cual hizo que los ojos del primero se abrieran como platos. Antes de que pudiera decir nada, el primero siguió hablando - Pero ha desaparecido, él y el panda - Rob se rascó entonces la cabeza, algo confuso - Oh.... bueno.... sí... tiene sentido... - levantó la mirada, dirigiéndose al gigante quien se encontraba a siete metros y medio de él - ¿Podrías devolverle este dinero a Kisuke? Siento las molestias, pero teníamos que asegurarnos de que era él.


Mientras esto sucedía, algunas de las personas que habían salido corriendo habían llegado a alertar al sargento de la guardia que estaba al mando de la patrulla de la zona, quien rápidamente había ordenado desplegar a toda la patrulla en grupos, yendo una junto a la mujer que había dado la alarma - ¡Por ahí! - indicó esta, guiando a los guardias hasta la entrada al callejón, quienes parecían no haberse percatado de aquel científico que sobresalía por encima de los edificios - ¿Qué está sucediendo aquí? - gritó uno de ellos.



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#7
OST


Como cabía esperar, una escena tan llamativa llamó la atención de los lugareños, que no quitaban ojo de los forasteros. Mientras volaba hacia el tejado del callejón, podía escuchar los gritos de la gente y vio como tanto Beto como Oxxy se dirigían hacia el susodicho callejón, ignorando al mendigo que había cerca del mismo. Entraron en aquel lugar justo cuando Kisuke llegaba al tejado y se materializaba y empezaba a avanzar por el mismo hacia donde estaba el muchacho que se había topado con un hombre más o menos alto, aunque por lo que podía apreciar desde esa distancia, más bajo que el antiguo pescador. Detectó como se acercaba una guarnición compuesta de diez guardias, hacia allí, pero estaba seguro que, de ser necesario, Oxxy y Beto podrían encargarse de la situación.

"A ver si puedo enterarme de qué va todo esto..."

Kisuke observaba la curiosa escena, a unos quince metros de la entrada del callejón. El chiquillo que había chocado con él estaba hablando con un hombre, pero no era capaz de escuchar del todo lo que decían, por lo que se limitó a observar, y se fijó que el hombre le mostraba un cartel de recompensa señalándolo. No cabía duda, a pesar de lo ajado que estaba, de que era su propio cartel de recompensa, por lo que aquello no había sido un accidente ni un simple robo. Kisuke reflexionó un instante pensando en el próximo movimiento que debían hacer, no detectaba hostilidad en aquellos hombres y no estaba del todo seguro, pero que le atrajesen hacia ese callejón le intrigaba, por lo que se decidió en un instante. Tocándose el labio inferior del que colgaba un cigarrillo, susurró:

-Panda, mantente a la espera y si detectas que se inician las hostilidades haces tú entrada.

Dicho esto, se convirtió una vez más en hollín y descendió hasta el hombre para quedar a dos metros de distancia donde estaba aquel hombre, materializándose de nuevo, y mirándole inquisitivamente con los brazos cruzados sobre su pecho. No tenía intención ninguna de iniciar ninguna refriega pero le venía bien que aquel tipo le hubiese atraído allí, así podría obtener información de primera mano de lo que ocurría en aquella isla. Así que en cuanto estuvo enfrente de él, preguntó con tono serio:

-Tiene que haber una razón muy importante para atraerme a este callejón... ¿Qué es lo que deseas de mi? Si simplemente necesitas dinero no era necesario ese teatro, y menos usar a un chaval para eso... ¿Qué es lo que buscas?¿Quién eres?

Por el momento eran las únicas preguntas que necesitaban respuesta. Descruzó los brazos y empezó a tamborilear sus dedos sobre la empuñadura de Onikiba y aumentó la potencia de su kenbunshoku y redujo su radio de acción a 10 metros, para evitar cualquier tipo de emboscada. No tenía intención de usar su espada, era más un hábito, una manera de demostrar que no estaba para tonterías y que su paciencia tenía un límite.

datos
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9690 + 0 = 9690
Energia: 4808 + 4 = 4812
Espiritu: 1980 - 67 = 1913
#8
El pequeño plan del Comandante funcionó a las mil maravillas y Don Bambú logró esconderse en el subsuelo con rotundo éxito en mitad de la calle principal. Una sonrisa dentuda cruzó el rostro del panda mientras este empujaba la tierra como si estuviera hecha de un material maleable, avanzando hacia la entrada del callejón y monitorizando las posibles presencias hostiles en la zona. De momento las sensaciones predominantes en el público parecían ser de sorpresa y desconcierto. Auras de diversos colores vibraban con agitación ante la repentina aparición de una nube de hollín y la desaparición de dos miembros del escuadrón del glorioso Ejército Científico. Una vez asentado en el subsuelo bajo la entrada del callejón, Don Bambú metió ambas manos en los bolsillos y esperó. Las órdenes, que no tardaron en llegar, eran claras. El panda debía analizar la situación y esperar a la señal para hacer una entrada. ¿Qué clase de entrada haría? Después de dos años de entrenamiento, su cuerpo le suplicaba un poco de acción. Sus latidos, más que sangre, bombeaban emoción por sus venas. En su cabeza se formaban toda clase de posibles formas de emerger del suelo. Desde agarrando por el tobillo a un guardia excepcionalmente poderoso hasta provocar un pequeño terremoto bajo los pies de sus ignorantes adversarios.

Pero la verdad es que por el momento no había enemigos poderosos a los que enfrentarse.

Las presencias en la superficie se movían de un lado para otro, sobre todo en la calle principal, mientras en el callejón un grupúsculo pequeño de personas parecían estar manteniendo alguna clase de conversación imperceptible para el mink panda. Sintió la presencia de Kisuke volar por el aire, probablemente en forma de hollín, hasta el callejón. Seguramente su plan era confrontar directamente a las personas ahí ocultas. Por otra parte, Beto y Oxxy se acercaban juntos al callejón. El suelo temblaba peligrosamente bajo el peso del gigante, pero los túneles de la Oshi Oshi eran resistentes, de modo que Don Bambú no temió por ellos. Al menos de momento. Un grito atravesó el suelo y llegó hasta los oídos del panda con claridad cristalina. Era la voz de alguien que intentaba obtener respuestas acerca de lo que allí estaba aconteciendo. Diez presencias se acercaban desde la distancia con un cierto aura entre la suspicacia y la hostilidad. Claramente personas acostumbradas a mantener el orden y probablemente dadas a sospechar de todo el mundo. Sin embargo, no el panda no percibía en ellas la menor fuerza. Le bastaría con salir del suelo y soplar en su dirección para mandarlas volando al otro lado de la isla. Este pequeño grupo de personas se encontraba justo encima del panda.

Ante la aparente ausencia de peligro, Don Bambú esperó órdenes en silencio, expectante por los cambios que pudieran darse en los próximos minutos.

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#9
Las personas parecían tener estar llenas de miedo ante los actos de mis compañeros, muchas presencias se alejaron de nosotros pidiendo auxilio. Realmente me pregunté el porque sentirían tanto miedo de repente. 

Pude percatarme que algunas personas parecían comunicarse a través de patrones en sus silbidos. Me recordó al canto de los pájaros, pero un poco mas descuidado y desentonado. Para mi era imposible saber porque se comunicaban de esa manera. Quizá era para mantenerse en secreto. Que Dios tenga piedad de nosotros en caso de que eso nos traiga problemas.

Gracias a la expansión de mi haki no perdí el rastro del chico que había tropezado con Kisuke, sabía por dónde había ido y donde se encontraba. No parecía estar solo, alguien estaba muy cerca de él. También habían varias presencias cerca de nosotros que no huyeron. Quizá era momento de hacer algún tipo de contacto y calmar las aguas. Tambien sentia las presencias de Kisuke y de Don Bambú. Mientras estuvieran en mi rango no los perderia de "vista".

Mientras caminaba con Oxxy sobre mis hombros y antes de entrar al callejon, alguien me detuvo preguntándome por monedas. Mi corazón se conmovió. A pesar de que sabía que sus emociones no eran realmente puras y guardaban algo de mentira, no puse en duda que probablemente fuese alguien necesitado.

— Kukukuku. Por supuesto, querido amigo. Toma esto y haz buen uso de esta bendición del cielo. Amen —dije mientras metía mi mano en los bolsillos internos de mi bata y sacaba algunas monedas. Unos 100.000 berries—. Espero que esto pueda ayudar a satisfacer tus necesidades minimas. Lamento no poder darte más.

Luego de esa escena fue que llegamos al callejón. El lugar estaba lleno de mi arcilla a 30 metros a la redonda por lo que todo el que estuviera lo suficientemente cerca quedarían inmovilizados al entrar en contacto con la misma. Decidí quedarme inmóvil, esperando órdenes de Kisuke para no causar terror en los alrededores. Pude notar como se acercaban 11 personas hacia nuestra dirección. Alguien había alertado de nuestra presencia. Tardarían un instante en llegar.

Uno de los hombres que estaban allí desde el principio se dirigió a mi pidiéndome devolverle el dinero a Kisuke. Quizá intentando tenderme una trampa, esperando que soltara mi lengua. O quien sabe que otras intenciones tenía. No sentí hostilidades de parte de ninguno de los presentes pero no podía meter la pata tan tempranamente.

— Querido amigo. Déjame darte un amoroso consejo. Quien juega con la mentira y el robo abre la puerta a la desgracia. Si has tomado dinero que no es tuyo, busca a la persona de la que lo has tomado y discúlpate. Dios mira todo lo que hacemos desde los cielos. Amen —dije con serenidad y benevolencia—. Como ves, soy ciego de nacimiento. ¿Deseas confiar una tarea asi a alguien como yo? Además, ¿no es mejor preguntar que tomar las cosas ajenas?

Las presencias que había sentido antes estaban más cerca de lo que me gustaría. Sin embargo, muy probablemente pasarían un buen rato lidiando con la arcilla que había por todo el lugar.

off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 5117 + 0 = 5117
Energia: 3207 - 99 = 3108
Espiritu: 1020 + 0 = 1020
#10
El enorme gigante se negó a la petición del otro hombre de devolver el dinero a su legítimo dueño. Su negativa vino acompañada de un sermón digno de un hombre de Dios como era Beto. Aquellas palabras avergonzaron al otro hombre, quien se rascó la nuca algo nervioso. Era cierto que podría haber preguntado directamente al hombre de pelo negro acerca de su identidad, pero no dejaba de ser una persona buscada y tampoco podía arriesgarse demasiado o acabaría con total seguridad en la horca. Antes de que el hombre pudiera decir nada más, una nube de polvo negro descendió justo delante de sus ojos, los cuales se abrieron como platos. Incrédulo, se quedó parado mirando aquella nube comprimirse poco a poco. Pudo ver como se formaba una silueta, la cual se fue definiendo más y más, hasta tomar una apariencia humana. Una apariencia que reconocía claramente, pues no era otra que la del hombre por el que había estado preguntando. Pese a que uno de sus hombres de confianza le había asegurado hacía unos instantes que realmente era la persona indicada, el hombre de la capucha no pudo estar completamente seguro hasta que le vio en persona, haciendo que suspirara aliviado - Menos mal. Ya pensaba que sería otra trampa del capitán - estiró el brazo, haciéndole entrega de la bolsa que contenía el dinero robado.

El invidente coloso había ignorado las palabras de aquellos guardias, quienes parecían ponerse más y más nerviosos. Se miraban unos a otros, sin saber qué hacer, pues dar el alto a unos pobres ciudadanos era muy diferente a tener que lidiar con un hombre cuya altura sobrepasaba la de los edificios cercanos - ¡Alto! - gritó uno de ellos, haciendo que los demás apuntaran sus armas hacia el gigante, a la altura de sus tobillos - ¡Identificaos!

Ninguno de los guardias, ni aquel al que llamaban Rob ni ninguno de los demás hombres y mujeres que formaban parte de su grupo de forajidos de este último se habían percatado de la presencia del enorme mink panda que acechaba bajo sus pies y quien esperaba pacientemente a la señal de su comandante para hacer su aparición triunfal, y ninguno de los presentes en aquel callejón había reparado en aquel que desde la lejanía observaba aquella extraña escena. Asomado en la ventana de una pequeña casa, al otro lado del pueblo, se encontraba alguien. Se trataba de un hombre alto, de en torno al metro noventa, con el pelo negro y relativamente corto. Se apoyaba con ambos brazos en la parte baja de la ventana, mientras el aire que corría por la calle chocaba contra su desnudo pecho, en el cual se podían percibir sin ningún tipo de esfuerzo sus definidos músculos, seguramente consecuencia de lo que parecía un riguroso entrenamiento. Si bien su cuerpo parecía completamente relajado, su rostro decía completamente lo contrario, pues en él podía denotarse una mueca de profundo asco. Llevó su mano derecha a la cómoda que había junto a la ventana, rozando la superficie de lujosa madera antes de agarrar el objeto que había sobre ella. Volvió a mirar por la ventana y sonrió, antes de lanzar el objeto.

- Ya estoy lista. Siento no haberte tenido mucho tiempo esperando, amor - una dulce y femenina voz se escuchó en la habitación, así como leves pisadas - Ya te he dicho que no te asomes por la ventana o alguien podría verte. ¿O es que acaso estás mirando a otra? - preguntó con la misma voz, aunque con un notable tono de celos - Ya te he dicho que tú eres la única - la mujer siguió caminando hasta quedar pegada al misterioso hombre. Lo que hasta hacía unos instantes era una silueta dejó paso a la figura de una hermosa mujer de tez morena, y pelo largo y rizado, unos pocos centímetros más baja que él. Con un sensual movimiento le pasó su brazo izquierdo por encima del hombro, rozando la piel de sus pectorales con las uñas - Yo soy la única, pero todavía no me has convertido en tu mujer - habló con un tono de molestia, mientras el hombre acariciaba su brazo - Sabes perfectamente que si abandono a mi mujer perdería mi estatus, y todo el mundo te señalaría a ti - respondió él, llevándose la mano de la que parecía su amante a la boca para besarla - Pero te prometo que dentro de poco no tendremos que preocuparnos más por ella. Y entonces podremos casarnos - aquellas palabras parecieron agradar sobremanera a la morena, pues tras darle un suave beso en la mejilla tiró del hombre hacia dentro de la habitación.

Mientras el lanzador atendía sus asuntos amorosos, el proyectil voló con una trayectoria perfecta. Se elevó, superando los techos de los edificios, en dirección al enorme gigante. Pero aquel invidente monje con un enorme cuerpo y un más enorme todavía corazón no era el objetivo de aquel lanzamiento. El proyectil recorrió cual centella los setenta metros que le separaban de su objetivo e impactó en el pecho del mink lince, atravesando su cuerpo a la vez que un destello iluminaba el callejón y el sonido de un rayo alertaban a los que se encontraban alrededor de lo que acababa de pasar.

El hombre de la capucha verde cerró los ojos dos segundos, cegado por aquel destello. Alzó la mirada instintivamente par ver como el felino científico caía en picado desde las alturas. Trató de correr para agarrar al mink antes de que este aterrizara a los pies del coloso, pero parecía como si se hubiera quedado pegado al suelo - Mierda, mierda - dijo, llevándose las manos a la cabeza, aterrado, al ver pequeños resquicios de electricidad recorrer el cuerpo del científico - Se suponía que él no debería estar aquí - miró al hombre que tenía enfrente, con gran seriedad - Tenemos que huir al bosque ahora mismo, antes de que nos pille - trataba de liberarse sin resultado, mientras intentaba convencer al revolucionario de que esa era su única alternativa - Una vez estemos allí podremos tratar a tu amigo sin problemas, y te contaré todo lo que necesites saber, pero no hay tiempo que perder - se fijó entonces en el grupo de guardias, lo cual podría suponer un problema para su intento de huida. Se llevó la mano a la boca y emitió un potente silbido.

El sonido resonó por las paredes del callejón y llegó hasta la calle principal. Allí, una veintena de hombres y mujeres, siguiendo la señal de su líder, se agruparon y se dirigieron rápidamente a tratar de detener a los guardias, en un intento de ganar tiempo para sus compañeros. El primer grupo se quedó atrapado en él barro del suelo, por lo que el segundo, habiendo visto esto, se valió de los diversos obstáculos del terreno como cajas y barriles para poder llegar hasta los guardias.

Cuatro valientes revolucionarios habían desembarcado hacía escasos minutos en el muelle del pueblo Bayo, en el reino de Mogaro. El destino parecía haberse cebado con ellos, pues no solo les habían robado nada más llegar, si no que en un abrir y cerrar de ojos, uno de ellos parecía haber sido impactado por un rayo, sin que ninguno de sus compañeros, ni siquiera su poderoso superior, pudieran hacer nada para evitarlo. Una simple casualidad. Alguien que ni siquiera debería estar en aquella localidad, había sido el causante de tal trágico suceso. ¿Se trataba acaso de una trampa? Lo único que el ahora trío revolucionario sabía era que aquel misterioso hombre de capucha verde parecía estar de su lado y parecía también estar diciendo la verdad. ¿Optarían los Toros Negros por encontrar al causante de aquella desgracia y enfrentarlo o, por el contrario, harían caso de lo que les decía un lugareño y se replegarían al bosque?



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