[Pasado] Conversación con mi yo pasado
#1
Fácilmente era la primera vez que escribía desde que había salido de mi isla natal, y aunque mi padre ya había tirado la toalla y hubiera dejado de lado esa faceta de mi, yo consideraba que en el fondo tenía talento. Pues escribir sin saber escribir era toda una hazaña.
 
Era como pedirle a Jolyne que diera un buen puñetazo o pedirle a Garnet qué tocara mal el clavicordio, o lo que fuera el instrumento ese que siempre tocaba.

Aún así no estaba seguro de que lo que había escrito se entendiera, tampoco me preocupaba demasiado, tenía la suficiente confianza en mi tripulación como para saber que de alguna extraña manera lo entenderían. No era la nota definitiva pues aún estaba investigando el paradero del comodoro y a poder ser de su tripulación, ya me había enterado por Garnet y por Triana que los marines nos sabían estado siguiendo desde los Cabos Gemelos, en concreto esta división capitaneada por Joe. Desde que habíamos embarcado en la isla me había dedicado a investigar y tenía una idea de dónde podía ser estar la ratonera de aquel marine que nos sabía estado acosando, pero aún necesitaba recabar pruebas.

Decidí salir a la cubierta del barco dispuesto a volver a investigar la isla. Cogí una enorme capa negra con capucha y me la puse pero por algún motivo no baje del barco, me quedé en la cubierta escuchando como el suave brisa marina empujaba tímidamente las olas contra el casco de este barco que ya estaba en las últimas. Noté un sentimiento de melancolía, y como me iba invadiendo la mente. ¿Estaba triste o solo estaba nervioso? No sabía muy bien qué pensar, sentía que habíamos pasado por mucho y si esta vez la cagaba puede que fuera la definitiva. Tenía que detener a la división del Comodoro y era mi responsabilidad como capitán. No iba a implicar a más gente. Eran ellos contra mí.
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#2
Aquellos días en el barco no habían sido los mejores. Y eso es quedarse corto. Las risas que solían acompañar mis pasos por la cubierta se habían apagado como una vela bajo la lluvia. El viento salado no me sabía a nada, y ni siquiera los crujidos del barco, que normalmente me daban cierta paz, lograban distraerme. Lo único que hacía era mirar el techo de mi camarote, con los brazos extendidos sobre la cama, sintiendo cómo cada respiración se volvía más pesada que la anterior. Me dolía todo. No solo el cuerpo, lleno de golpes y moretones que aún no sanaban del todo, sino algo mucho más profundo: el orgullo. Me sentía inútil. Fracasado. Derrotado. Aquel maldito marine perro... Nos aplastaron como si no valiéramos nada. Como si nuestras ganas, nuestros sueños, no significaran absolutamente una mierda. Aspros estaba a mi lado en esa pelea, y aún así, no fue suficiente. Ni nuestras fuerzas combinadas bastaron para detenerlo. ¿Qué clase de pirata aspiraba a ser si no podía ni proteger a mis nakamas, ni plantarle cara a alguien que seguramente ni siquiera estaba dando todo de sí? Pensé que tal vez esta sensación era lo que otros llamaban “ser débil”. No solo perder… sino sentir que no tuviste nunca la más mínima oportunidad. Y eso, eso es lo que más me dolía. Durante días no me moví del camarote. No entrené. No escribí ni dibujé en mis libretas. Ni siquiera abrí los frascos con insectos que tanto me gustaba observar. Y mientras el barco seguía su curso, yo me quedaba atrapado en ese rincón, como si la derrota se hubiera instalado en mis huesos. Y entonces empecé a preguntarme: si no entreno… si no me muevo… ¿me estaré volviendo aún más débil? ¿No será esto justo lo que quiere ese marine? ¿Que me pudra en mi propia culpa?

Esa noche, el silencio del barco pesaba más que cualquier ancla. No sé exactamente qué me llevó a levantarme. Tal vez fue el sonido sutil de las velas que crujían al compás del viento, o el leve vaivén del mar que se colaba por las paredes de madera como un susurro lejano. Tal vez era solo la soledad haciéndose insoportable. Me senté en el borde de la cama, con los pies colgando, el cuerpo todavía adormecido por tantos días de inactividad, y por un momento dudé. Dudé de mí mismo, de mis fuerzas, de si podía siquiera ponerme de pie sin sentir que me hundía de nuevo en esa bruma espesa que era la derrota. Pero lo hice. Con pasos lentos, como quien despierta de un mal sueño, abrí la puerta del camarote y salí a la cubierta. La brisa nocturna me recibió como una bofetada suave, fresca, pero necesaria. Era extraño: el mundo seguía su curso sin mí. Las estrellas, colgadas del cielo como luciérnagas eternas, no parecían saber que había perdido. El mar tampoco. Todo se movía con naturalidad, y eso dolía. Caminé despacio, sin rumbo, con las manos en la nuca, intentando no hacer ruido. Quería evitar miradas, aunque sabía que probablemente a esa hora nadie estaría despierto. No quería cruzarme con Aspros, Garnet ni con nadie de la tripulación. No podía soportar esas miradas, ni las que se notaban demasiado preocupadas, ni las otras, las que callaban demasiado. Ninguno me juzgaba, lo sabía, y aun así sentía que todos lo hacían. Pero también entendía que no lo hacían con malicia. Era preocupación genuina. Desde que subí a este barco, me habían abierto un lugar sin pedirme nada a cambio. Me habían dejado ser yo. Y eso… eso no lo había tenido nunca.

Cuando anduve sobre la cubierta, el crujido de la madera bajo mis botas me pareció más fuerte de lo normal, como si el barco mismo se estremeciera por mi presencia. Aún estaba medio adormilado, los pensamientos sombríos revoloteaban en mi cabeza como moscas molestas, cuando lo vi. Una figura enorme. Imponente. Estaba parada cerca de la barandilla, justo al borde donde las estrellas se fundían con el mar. Llevaba una capa negra que le cubría desde la cabeza hasta los pies, una silueta casi fantasmal, inmóvil, como si fuera parte del paisaje. Mi corazón dio un brinco. Por un instante, sentí que todo el aire de mis pulmones se evaporaba. ¿Qué demonios era eso? ¿Un espía? ¿Un enemigo? ¿Alguien que había burlado nuestras defensas mientras todos dormían? Me quedé quieto, evaluando. Mis manos se tensaron en un puño. La figura no se movía. Solo estaba ahí, mirando hacia el horizonte, dándome la espalda, como si no existiera nada más que esa línea invisible donde el mar besa al cielo. Pero yo no era de esos que se echaban para atrás. Aunque me temblaran las piernas por dentro, aunque la duda me comiera los huesos como un perro hambriento, avancé. Me aclaré la garganta, tomé una bocanada de aire y levanté la voz, sin dejar que se me quebrara. -Oye tú, pringao.- Las palabras salieron con más fuerza de la que esperaba. -Este es el barco de los Alas Negras. Si no quieres recibir una soberana paliza, márchate. O si no, probarás el sabor de los puños del que se convertirá en el pirata más grande de todos los tiempos.- Me quedé mirandole, bastante serio. -Es decir, yo. Kenzo Fujiwara.- Aclaré, por si acaso.
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Alas Negras
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#3
Las olas del mar traían paz y recuerdos. Cada leve sacudida hacía que el barco se meciera y que mi cuerpo se relajase, era como estar en casa, tumbado en una hamaca entre dos palmeras y que mi padre me contara historias. Historias de valientes aventureros que dieron la vuelta al mundo persiguiendo sus sueños, leyendas del Rey de los Piratas, Voi D. Rowned, aquel que sigue esperando junto a su tesoro en Laugh Tale. El hombre más libre del mundo.

Siempre me lo había imaginado como una especie de dios, un hombre invencible, que no se doblegaba ante nadie. Por las historias que me contaba mi padre ni siquiera me parecía humano. Si yo quería ser su sucesor... ¿estaba bien que dudara? ¿Él había tenido miedo alguna vez? No entendía nada, necesitaba a alguien con quien hablar de todo esto, pero mostrarme débil haría a mi tripulación débil. Y a la vista estaba que si no nos hacíamos más fuertes moriríamos. Había que moverse y actuar, era mi responsabilidad. Entonces sonó una voz a mi espalda, era el joven Kenzo, pero su voz había cambiado. Sonaba con una voluntad elevada, como si cargara un peso tremendo sobre sus hombros. Me quité la capucha lentamente y elevé con furia las llamas de mi espalda, haciendo que se generara un pequeño torbellino de fuego durante un instante. Aquella potente llamarada iluminó toda la cubierta por un momento y luego, cuando el fuego se calmó comencé a hablar, forzando mi voz para hacerla más profunda.

-¿De verdad te ves capaz de derrotarme? -dije mientras me giraba con rostro siniestro. -Una vez empecemos a pelear, yo no pararé. -continué serio. -Kenzo... -canturreé con mi tono de voz. -¡Es broma! ¡Kikikikiki! ¿Qué haces despierto?
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#4
Aquella amenaza se retiró la capucha con un movimiento lento, casi ceremonioso, como si quisiera grabar cada instante en mi memoria. El aire pareció espesarse a su alrededor, hasta que de pronto, un fogonazo estalló desde su espalda. La luz fue tan intensa que la noche se quebró en mil pedazos; la cubierta se iluminó como si el mismo sol hubiera descendido para observarnos. Durante esos segundos mis ojos ardieron, obligándome a entornarlos, y mi corazón dio un vuelco. No era una luz común, había algo antinatural en ella, algo que rugía con un poder que no comprendía del todo. Instintivamente, retrocedí un paso, clavando los talones en la madera húmeda. Mi cuerpo se colocó en guardia, brazos tensos, puños preparados, respiración firme. No era miedo, y lo repetí en mi mente como un mantra. No era miedo. Era precaución, el instinto salvaje de un animal que reconoce un peligro mayor y aún así se planta de frente, y era por eso que mi cuerpo estaba dispuesto a responder. Y sin embargo, incluso en ese momento, había algo que me mantenía entero. La certeza de no estar solo. A mi alrededor, aunque durmieran o descansaran en sus camarotes, estaba mi tripulación, mis Alas Negras. Ellos me habían aceptado, habían hecho de mí uno de los suyos. Esa sola idea me sostuvo, como si me envolviera una capa invisible de confianza. Me obligué a esbozar una media sonrisa, desafiante, y a recordar que en ese barco no había lugar para la derrota. Allí estaba yo, Kenzo Fujiwara, y si aquella figura quería probar su fuerza, no solo me enfrentaría a mí, sino al corazón de todos los que habían apostado por mí.

Acto seguido, aquella figura, que hasta entonces había permanecido envuelta en un halo de misterio, dejó escapar una voz profunda, grave como un trueno contenido, preguntandome si de verdad era capaz de derrotarle. Aquella voz retumbó en mi pecho, haciéndome dudar un instante de si debía atacar primero o esperar su siguiente movimiento. Fue entonces cuando se giró, lentamente, como si quisiera prolongar la tensión hasta el límite. Y allí, bajo la tenue luz que aún persistía del fogonazo, distinguí esa cara inconfundible, marcada por esa sonrisa torcida que solo podía pertenecer a una persona. Fruncí el ceño con rabia, más por la tensión acumulada que por otra cosa, pero al instante sentí cómo mis músculos se relajaban al comprender la verdad: no era un enemigo. Era Yojimbo. Mi capitán. Y, como tantas otras veces, estaba jugando conmigo. -Oye, Yojimbo...- Solté, dejando escapar un bufido entre dientes mientras bajaba la guardia. -Estaba a punto de llamar a toda la tripulación. No creo que a Triana le hubiera hecho gracia despertarse por una bromita.- El tono de mi voz llevaba aún una chispa de enojo, pero no tardó en mezclarse con un deje de alivio y hasta con un reconocimiento forzado. Avancé hacia él, dejando atrás la tensión del momento, mis botas resonando contra la madera de la cubierta. -Pero buena broma, lo admito.- Mis palabras venían acompañadas de una media sonrisa que no pude contener del todo. Y aunque mi corazón todavía latía con fuerza, esa adrenalina ya no era de miedo, sino de una extraña complicidad que solo podía nacer entre un capitán y sus nakamas.

Yojimbo me lanzó la pregunta como si fuese un anzuelo directo a mi pecho. ¿Que era lo que hacía despierto? Era una muy buena pregunta.Su voz sonó grave, pero no autoritaria, más bien como quien quiere arrancar una confesión. Yo, en cambio, no pude sostenerle la mirada. Mis hombros se encogieron solos, como si el peso de la derrota me aplastara aún en ese instante, y bajé la cabeza, sintiéndome como un niño sorprendido en una travesura. Esa sensación incómoda de estar frente a alguien que representaba una mezcla de respeto, admiración y, de alguna manera, autoridad paternal, me dejó sin aire por unos segundos. -Pues… me siento mal.- Admití al fin, con la voz algo rota, como si las palabras me quemaran la garganta. No me atreví a mirarlo directamente mientras hablaba; me limité a clavar la vista en el suelo de madera, repasando las vetas como si allí pudiera esconderme. -No pude hacer nada contra aquel perro marine…- Continué, apretando los puños al recordar el combate, el sabor amargo de la derrota clavándose de nuevo en mi memoria. Tragué saliva con dificultad, intentando no dejar que la rabia se notara demasiado, aunque ya estaba ahí, filtrándose en cada sílaba. Hice una pausa y, con un suspiro pesado, solté lo que más me dolía. -Y seguro que Aspros se quedó en la isla porque vio que soy débil… porque no quiere juntarse con un pringao’ como yo.- Al pronunciar esas palabras, sentí un nudo en el estómago. Era la verdad tal y como la veía en mi mente, desnuda y cruel. No era solo el dolor de perder, sino la idea de ser abandonado, de que alguien a quien consideraba un camarada me hubiera dejado atrás por no estar a la altura. Y en ese instante, aunque la brisa marina intentaba refrescarme el rostro, lo único que sentía era el ardor de la vergüenza y la duda clavándose como espinas bajo mi piel.
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Alas Negras
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#5
La broma no había resultado ser especialmente graciosa, o al menos no para Kenzo, que en cuanto la escuchó frunció el ceño con gesto de fastidio, cargado de un enfado que no intentó disimular para luegodarme un pequeño sermón, pero tenía razón, nadie en este mundo querría ver a la bruja malvada Triana recién despierta, solo imaginarlo ya me arrancaba una media sonrisa que tuve que ocultar para no echar más leña al fuego. Sin embargo, pese a su enfado inicial, me dijo que la broma había estado bien, pobre chaval, se notaba que era buena persona. Me daba lástima, incluso ternura, verlo así, tratando de mantener una fachada de dureza que a duras penas le salía. Tras esto le pregunté que hacía despierto y me apartó la mirada mientras agacahaba la cabeza y al cabo de unos pocos segundos de preocupación confesó que se sentaba mal por algo. Aún cabizbajo dijo que no había podido hacer nada contra aquel marine, el de Momoiro, y parecía que esa impotencia lo estaba devorando por dentro.

Lo entendía. Vaya si lo entendía. Esa sensación ya la había vivido antes, y por no haber sido lo suficientemente fuerte Peixe había muerto delante de mis narices, así que entendía perfectamente como se podía estar sintiendo en ese momento, pero no podía permitirlo. Ellos estaban en mi tripulación, navegaban conmigo porque habían confiado en seguir mi sueño. Si había alguien que debía cargar con el peso de las pérdidas, si había alguien que debía asumir la responsabilidad de que el grupo se mantuviera vivo y unido, ese alguien era yo. Nadie más. Yo era el capitán, y eso significaba que el dolor de los míos también era mío, que no podía dejar que sus hombros se quebraran bajo una carga que me correspondía soportar. Por eso, y solo por eso, me había prometido que encontraría a la División de Joe. Y cuando lo hiciera, no me temblaría la mano: iba a matar a la serpiente empezando por la cabeza.

Sin levantar la mirada de la madera del barco que pisaban sus pies, el joven Kenzo añadió que Aspros se había quedado en la isla a raiz del ataque de la marina, ya que no querría estar con alguien tan débil. Esa confesión me arrancó una sonrisa, suave, casi inevitable. No porque me alegrara de lo ocurrido, sino porque en ese instante comprendí que Kenzo aún no había entendido algo fundamental: la fuerza no siempre se mide por la capacidad de derrotar enemigos, sino por la voluntad de seguir adelante pese a todo.

Me quedé observándolo un momento en silencio. Kenzo seguía con la cabeza gacha, los hombros tensos y la respiración cargada de frustración. Era un muchacho fuerte, lo había demostrado más de una vez, pero no estaba entendiendo en que consiste ser fuerte. A veces, incluso los más bravos necesitan recordar que no están solos. Sin pensarlo demasiado, levanté la mano y la apoyé suavemente sobre su cabeza, despeinando un poco su cabello en un gesto que parecía torpe, pero que tenía una intención clara, que levantara la mirada del suelo.

-No digas tonterías. -dije con voz firme pero calmada. -Un mar en calma nunca hizo a un marinero experto. -parafraseé a mi padre. -Esta tripulación está formada por gente valiente, pero valiente de verdad. Gente que no se conforma con lo que le dicen, somos las alas de la libertad. Pero nuestros nakamas no solo son valientes, son las personas más fuertes que conozco. No porque ganen más o menos batallas, sino porque nunca abandonarían a los suyos, confían los unos en los otros. Y tú... -dije mientras le levantaba levemente la cabeza para que me mirara directamente. -... tú también eres así.

Aparté mi mano de su cabeza y me giré hacia la inmensidad del mar.

-Aspros no se quedó en Momoiro porque no quisiera estar contigo. Se quedó porque encontró su camino, no te creas tan importante... -le dije en tono de burlón. -Ahora en serio, mientras yo sea el capitán de los Alas Negras no voy a dejar que ninguno de los míos se hunda por pensar que no es suficiente.
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#6
Sentí la mano de Yojimbo posarse con firmeza sobre mi cabeza, un gesto pesado, casi torpe por la fuerza que siempre lo caracterizaba, pero que en ese momento se sintió extrañamente cálido. Alcé la mirada despacio, como si me costara reunir el valor de enfrentar sus ojos, y allí estaba: mi capitán, con esa expresión entre severa y burlona, con la sombra de la capa aún ondeando en su espalda y la seguridad de quien jamás duda de sus palabras. Entonces habló, y cada sílaba resonó con la fuerza de un juramento. Me dijo que esta tripulación éramos las alas de la libertad, y añadió algo que perforó directo la coraza de dudas que me envolvía: que nuestros nakamas eran los más fuertes que él conocía. No porque todos tuviéramos músculos como acero o poderes capaces de arrasar islas, sino porque nuestra verdadera fuerza residía en algo mucho más profundo: que jamás abandonábamos a los nuestros. Nunca. Me quedé callado un instante, sintiendo cómo esas palabras se hundían en mi pecho, removiendo toda la culpa que llevaba arrastrando. Noté que mis labios temblaban, pero los forcé a dibujar una leve sonrisa. Era pequeña, casi tímida, pero era sincera. Lo busqué con la mirada, buscando anclarme en la seguridad que irradiaba, como un faro en medio de una tormenta. Y allí, bajo ese cielo estrellado que parecía escucharlo todo, entendí que aunque hubiese caído, aunque la derrota me hubiera dejado cicatrices en el alma, no estaba solo. Yojimbo me lo recordaba con su mano firme y sus palabras, como si me dijera sin decirlo: levántate, porque aquí siempre tendrás un lugar.

Tras apartar la mano de mi cabeza, Yojimbo giró el rostro hacia el mar, como si las olas fueran un libro abierto en el que encontraba siempre las respuestas. Su silueta parecía fundirse con la noche, y su voz, cuando volvió a hablar, tenía esa mezcla de firmeza y calma que lo hacía sonar como un hombre que había visto demasiado, pero que aún conservaba la certeza de su camino. Me dijo que Aspros se había quedado en Momoiro porque había encontrado su propio rumbo, porque la vida de un nakama no se mide únicamente por permanecer siempre al lado de la tripulación, sino también por tener el valor de seguir aquello que lo llama. Y entonces añadió algo que me dejó clavado: como capitán, él no iba a permitir que nadie en el Alas Negras se hundiera solo por pensar que no era suficiente. Sentí que mi ceño se fruncía, no de rabia sino de pura confusión. Las palabras de Yojimbo eran como esas olas que rompen una y otra vez contra la orilla: sencillas, contundentes, pero difíciles de atrapar con las manos. ¿Cómo podía no ser culpa mía? ¿Cómo podía no tener nada que ver con mi debilidad? Bajé la mirada un segundo, intentando ordenar los pensamientos, y después la levanté hacia el mismo horizonte al que él se aferraba. Allí estaba el mar, inmenso, interminable, y me obligué a respirar hondo, siguiendo su ejemplo. No lo entendía del todo, pero había algo en la forma en que hablaba, en esa convicción inquebrantable, que me hacía querer creerle. Y mientras mis ojos se perdían en la línea que separaba el cielo del océano, una idea empezó a abrirse paso dentro de mí: tal vez ser pirata no era solo pelear, ganar o perder… tal vez también era aprender a confiar, incluso cuando no comprendes del todo.

Solté un suspiro largo, como si de pronto me hubieran quitado un peso de encima que llevaba arrastrando desde la pelea. Sentí mis hombros un poco más ligeros, y aunque la duda seguía ahí, pude dejar escapar una sonrisa genuina. -Menos mal que Aspros no se fue por mí…- Dije finalmente, dejando que las palabras fluyeran como si por fin pudieran respirar. -Me alegro de que haya encontrado su camino en Momoiro.- Guardé silencio un momento, observando cómo el viento jugueteaba con la capa de Yojimbo. Su figura, inmóvil frente al mar, parecía la de alguien que nunca titubeaba. Me quedé mirándole fijamente, y sin pensarlo demasiado, solté lo que llevaba un rato dándome vueltas en la cabeza. -Oye… ¿cómo puedes estar tan tranquilo?- Pregunté, y noté que mi voz sonaba más curiosa que desafiante. Dudé, rascándome la nuca con cierta torpeza, como solía hacer cuando me costaba ordenar lo que quería decir. -Quiero decir… la Marina nos sigue siempre, tienes un wanted gigantesco, y parece que todo te da igual.- Las imágenes vinieron solas a mi mente: yo corriendo por callejones, apretando la gorra contra mi cabeza, con bigotes falsos pegados de mala manera y pelucas ridículas que me picaban el cuero cabelludo. Todo para pasar desapercibido, todo para que nadie me reconociera como si fuera algún criminal de verdad. -Yo solía disfrazarme.- Añadí, soltando una risa nerviosa que se perdió en el viento. -Me ponía pelucas, bigotes falsos… hasta intentaba cambiar la voz.- Lo miré con atención, con la esperanza de encontrar una respuesta en sus ojos, un secreto que solo un hombre como él podría darme. Porque, en el fondo, lo que quería no era solo entender cómo se las arreglaba Yojimbo con un precio tan alto sobre su cabeza… sino descubrir cómo podía estar tan en paz consigo mismo mientras el mundo entero lo perseguía.
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