Presente Absoluto / T9 - Social Piratismo
#21
UGO XABECS

No me dejó terminar mi pequeña amenaza, y ese detalle, insignificante para cualquiera, para mí fue una declaración de guerra en toda regla. Mientras aún saboreaba la retórica incendiaria en la lengua, la oni se lanzó hacia mí como si la gravedad hubiese decidido traicionarla solo para verla volar más rápido, y el impacto de sus alas fue brutal, quirúrgico, casi insultantemente preciso. El primer golpe me entró por el flanco derecho, un mazazo seco que me hizo crujir las costillas y escupir aire como si me hubieran vaciado los pulmones de golpe; antes de que pudiera siquiera reordenar el pensamiento, el segundo impacto llegó por mi lado izquierdo, girándome el cuerpo y arrancándome los pies del suelo, y cuando creí que había terminado, volvió a castigar mi costado derecho con una violencia final que cortó de raíz cualquier acción que estuviera planeando. El mundo se volvió ruido y vibración durante un instante, el traje verde tirante sobre el cuerpo, las botas arañando el suelo para no caer como un saco inútil, y la verruga en mi frente palpitando como un tambor de guerra. No pensé, reaccioné. Apenas mis pies volvieron a responderme, activé mi haki de observación expandiéndolo a quince metros, dejando que la realidad se desplegara ante mí en intenciones, trayectorias y posibilidades aún no nacidas, y al mismo tiempo endurecí mi espíritu con el haki de armadura, recubriendo torso y brazos en una coraza negra que me devolvió la sensación de control. Sentí el cambio de inmediato: el dolor seguía ahí, pero ya no mandaba. Levanté la mirada hacia esa bestia alada, enorme, convencida de su superioridad, y noté algo interesante, casi delicioso: no había conseguido romperme, solo forzarme a tomarla en serio. Aferré el sable con ambas manos, sintiendo el peso simbólico de Saimon Volivar, real o no, porque en ese instante la historia no se mide por archivos sino por voluntad. -El social piratismo ganará.- Dije con voz grave, sin gritar, porque no era una consigna, era una certeza. Mi postura se afirmó, el aire alrededor pareció tensarse, y entendí que aquel combate ya no iba de intercambiar golpes, sino de imponer una idea a la fuerza. La gigantona podía tener alas, rango y monstruosidad de su lado; yo tenía convicción, estrategia y una causa que no se rinde cuando la embisten, sino que se endurece y aprende a golpear de vuelta.

Naikodelast Madur

Realmente todo pasó deprisa, tan deprisa que mi cerebro tardó en aceptar que ya no estaba en control de la situación. Apenas tuve tiempo de afirmar mejor los pies en la arena húmeda cuando una tromba surgió frente a mí como un animal vivo, una masa rugiente de granos afilados que no solo avanzaba, sino que parecía decidir. La arena me envolvió de golpe, más densa que antes, pesada, casi viscosa, pegándose a mi ropa, a mi piel, metiéndose bajo el bigote y raspándome la cara con una intención cruel. Reaccioné por puro instinto, lanzando manotazos amplios, torpes, intentando despegarla de mí como si fuese lodo, pero cada movimiento solo conseguía que se cerrara más, que se compactara con una paciencia aterradora. Sentí el primer verdadero destello de alarma cuando mis brazos empezaron a perder recorrido, cuando la resistencia dejó de ser externa y pasó a ser una prisión ajustándose a mi forma. En cuestión de segundos, la arena me tenía atrapado desde la cabeza hasta la cintura, rígido como una estatua mal hecha, incapaz de girar el torso o levantar el revólver Patria, que colgaba inútil en mi mano derecha. Entonces llegó el desplazamiento. Sin previo aviso, esa masa me arrancó del suelo y me llevó por el aire como si yo pesara lo mismo que un trapo mojado, el estómago subiéndome a la garganta, el mundo girando sin horizonte, hasta que me dejó caer de nuevo con un golpe seco que me sacó el aire. Antes de que pudiera siquiera gemir, la arena volvió a moverse, envolviendo mis piernas, apretándolas, sellando cualquier posibilidad de apoyo. Ahí entendí la gravedad del asunto: estaba completamente inmóvil. Intenté inhalar y el pecho no respondió; la arena presionaba, robándome el oxígeno poco a poco, con una crueldad metódica que no necesitaba prisa. El pánico asomó, frío y punzante, pero lo aplasté a la fuerza, obligándome a pensar, porque sabía que agitarme solo aceleraría el final. El rival estaba ahí, en algún punto, controlándolo todo, y yo tenía que encontrar una salida, una grieta, una idea desesperada. Conté mentalmente las balas que no podía usar, sentí el peso inútil de mis músculos atrapados y comprendí que esta pelea no se resolvería a tiros. Tenía que pensar, rápido y claro, porque en ese abrazo de arena, cada segundo sin aire era un argumento más a favor de mi muerte.

Emil Liano Zapara
Seguí nadando tan rápido como mis brazos y piernas me permitían, cortando el agua con una desesperación que no solía permitirme, porque siempre he creído que el pánico nubla la brújula interna, pero esta vez la situación era genuinamente mala. Cada brazada era pesada, no por cansancio físico, sino por el peso de la conciencia: me habían puesto contra las cuerdas en apenas un segundo, reduciendo mi margen de maniobra a una huida que sabía necesaria pero que me sabía amarga. El mar, normalmente claro y cooperativo, parecía ahora interminable, un corredor azul que no se acortaba por mucho que mis músculos se tensaran y mi respiración se mantuviera rítmica y controlada. Sentía cómo el traje de rayas se pegaba a mi cuerpo, cómo la corbata roja ondeaba detrás de mí como una señal absurda de identidad en medio de la urgencia, y aun así me aferraba a esa imagen porque me recordaba quién era y por qué nadaba. Esto no iba solo de sobrevivir, iba de unir fuerzas, de reagruparse para golpear con sentido, porque enfrentar ese mal llamado capitalismo en solitario era exactamente lo que nuestros enemigos deseaban: individuos aislados, agotados, fáciles de romper. Mientras avanzaba, mi mente repasaba rutas, corrientes, posibles puntos de encuentro, usando esa habilidad casi instintiva que siempre me había convertido en el navegante del grupo, el que encuentra islas donde otros solo ven horizonte. Cada vibración en el agua me ponía en alerta; temía sentir de pronto esa presión distinta que delata a un perseguidor decidido, y aunque no miré atrás, podía imaginar a aquel gyojin, esclavo del sistema, moviéndose con una eficiencia letal, confiado, paciente, como alguien que sabe que el tiempo juega a su favor. Apreté los dientes bajo el bigote, obligándome a no acelerar más de lo prudente, porque quemar fuerzas antes de llegar sería tan letal como detenerme. Pensé en mis aliados, en sus voces, en la certeza de que juntos éramos más que la suma de nuestras partes, y ese pensamiento me dio un segundo aire, una chispa que recorrió mis brazos y piernas. No pedía mucho al mar, solo un poco de ventaja, un margen mínimo para alcanzar ese punto donde sabía que no estaría solo, donde los puños, las ideas y la convicción podrían alinearse. Nadaba con la esperanza tensa de que mi enemigo no me alcanzara, al menos no todavía, porque mientras siguiera avanzando, mientras el agua siguiera fluyendo bajo mis manos, la lucha no estaba perdida, solo aplazada hacia un terreno donde podríamos pelear de verdad.

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#22




Mi enemigo tenía determinación y era fuerte, había que reconocérselo. Seguía en pie y había parado mi primer golpe ¿Pero como de fuerte sería esta determinación? Daba igual, pero la aplastaría. No hacían falta palabras para ello, le había dado la oportunidad de rendirse, pero seguía creyendo que podía luchar contra mí, a pesar de no haberme todavía hecho ningún rasguño. 

Mi ataque no iba a cesar, alcé el vuelo cuatro metros, estos serían suficientes. Imbuí mi cabeza en Waki de armadura y probé la voluntad de ese tipo usando un pequeño pulso de mi Waki de la voluntad, cinco metros, lo suficiente para que aquel pobre diablo probara un poco del mismo. No quería tumbarle con él. Sería demasiado bonito, quería que sintiese miedo, que sintiese como la justicia aplacaría sus malvadas intenciones, mostrarle a ese sucio pirata que la justicia prevalecería y que hasta aquí habían llegado su época de pirata, que el nuevo mundo era demasiado grande para ellos. El resto de sus días los pasaría en Impel Down, reflexionando sobre sus malvados actos, fueran los que fueran antes de decidir bombardear nuestro nuevo hogar. Eso sí, sus compañeros, que yacían inconscientes en cubierta, le acompañarían, no iba a estar solo. 

Descendí con todas mis fuerzas, apoyado con un "soru" que aumentaría mi velocidad en una caída en picado y en línea recta. Esto estaba durando demasiado, impacte a toda velocidad sobre su cabecita. El suelo crujió bajo el sucio pirata y volví a golpearle sin tregua, al notar que mi cabeza se despegaba de la suya, volví a embestirle dándole un cabezazo. Y después otro. 

El pobre diablo cayó, inconsciente, más la pelea no había terminado. Tenía que ver como estaban mis hermanos. Aunque no había recibido heridas, me había empleado a fondo. Tome tierra para descansar mirando a ese pobre diablo, ya más calmada ¿Qué es lo que empujaría a este pobre diablo a tomar el camino del mal? No era mi trabajo averiguarlo, solo esperaba que entre rejas encontrara la redención algún día, si es que el daño que hubiera causado en sus acciones no se merecía una ejecución o la cadena perpetua. De momento no era mi trabajo decidir su destino, al menos más de lo que acaba de hacerlo. 

Hoy acababa el Socialpiratismo, fuera lo que fuera esa mierda. 

Caja de rol


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 11862 + 0 = 11862
Energia: 4092 - 1274 = 2818
Espiritu: 1974 - 131 = 1843
#23
Esperando una respuesta por parte del invasor, seguí estático sobre el montón de arena que le envolvía, admirando el horizonte con la calma que me caracteriza y estando a gusto bajo la luz del sol. — Hace un buen día, ¿verdad? — seguí hablando, balanceando mi pie izquierdo que colgaba en el aire al haber cruzado mi pierna zurda por encima de mi diestra. — o hacía... con lo a gusto que estaba yo en mi tranquilidad. — Seguía esperando, sin embargo no oía nada. — ¿Vas a responder mis preguntas, o acaso piensas que soy un monstruo?. El reloj sigue contando, ¿me sigues?.

Tras ello observé el navío con el que este grupo de individuos nos atacaron y con el que pensaban que podrían arribar a la isla. Le daba vueltas a la cabeza pensando en qué podría hacer con él una vez terminase de limpiar la costa, ya que tenerlo ahí flotando en nuestras aguas con una bandera pirata no creo que le hiciese gracia a mis compañeros. Por otro lado el barco no era la gran cosa comparado a nuestra estrella, O Redentor. Ya no sólo nuestro barco era más impresionante, sino que además lucía más estilo y era más festivo que cualquier barco. Irradiaba personalidad y no tenía sentido cambiarlo para quedarnos con ese.

Con mis compañeros en mi mente, hice aparecer mi mochila con mis bártulos a través de mi pecho arenoso. Lo dejé caer a un lado del montículo de arena y seguí esperando, ya que podrían llamarme en cualquier momento. Mi invitado seguía sin responderme. Ni quién era, ni si trabajaba para alguien, ni por qué estaba allí, ni qué tenían pensado hacer con la isla, ni lo más importante: por qué osaron interrumpir mi descanso con un racimo de cañonazos. — Veo que eres de pocas palabras, está bien, no todos podéis tener la buena actitud y la alegría de los hijos de Samba... sin embargo te daré una segunda oportunidad. Dime tu nombre y anímate a cantar algo. Yo empiezo con la primera estrofa y tú sigues con la segunda. — No tenía prisa, ni tenía pensado irme a ningún lado, así que me aclaré la voz y comencé a entonar. — É que eu quería muito ela, ela não me dava atenção. Fiz de tudo por ela pra manter uma relação e hoje nós nem conversa, tô decidido e não é á toa que eu me joguei no Mandela. Foi que eu me joguei pro Mandela... — Tras cantar la primera estrofa, comencé a hacer un ritmo de funk carioca con la boca para darle paso al pirata. Se encontraba en un problema, el abrazo de mi arena seguía envolviéndole por completo, manteniendo la presa sobre él.
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Karmas aplicados
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9794 + 0 = 9794
Energia: 4047 + 36 = 4083
Espiritu: 2199 + 0 = 2199
#24
Mi plan había salido a la perfección. Desconocía si mi rival era miedoso o simplemente idiota, pero me había dado la oportunidad perfecta para recuperar energía, anclar su barco e incluso hacerle daño suficiente para limitar su velocidad en caso de que los tripulantes llegaran a intentar retomar el barco, aunque dudaba que fueran a despertar de la paliza que les propine hacia minutos atrás. Luego de recuperar un poco de energía gracias a la comida que había conseguido dentro del barco utilicé uno de mis botiquines para meterme un chute de adrenalina y salí de regreso a la cubierta del barco. El haki de observación me seguía indicando la posición de mi rival, el único que continuaba consciente en esta zona, quien estaba nadando en el mar y había llegado a recorrer aproximadamente 50 metros de distancia y mar adentro y continuaba su movimiento tan rápido como sus brazos y piernas le permitían. Tenía que cubrir la distancia antes de que se escapara, por suerte, el aire era mi aliado al igual que lo era el agua a pesar de no tener alas. Me subí al borde del barco mas cercano a la posición de mi adversario y flexionando mis rodillas pegué un salto al aire en línea recta de 42 metros. Sin dejar que la gravedad me reclamara hacia el agua patee el aire para recorrer otros 42 metros reduciendo la distancia entre mi rival y yo a tan solo 16 metros pues aquel gyojin pirata había llegado a recorrer otros 50 metros separándose así por 100 metros del barco. Sin embargo, mi habilidad área no se limitaba a un solo salto en el aire. Tras recorrer aquellos 84 metros vi claramente la posición de mi rival gracias a mi haki de observación, nadaba de espaldas al barco y por ende de espaldas a mí sin apenas sumergirse en el agua, concentrado completamente en escapar sin tan siquiera llegar a considerar que podría atacarle desde el aire.
 
Gran error, patee el aire nuevamente a 8 metros sobre el nivel del mar (misma altura a la que se mantenía la cubierta del barco desde el cual salte), pero esta vez angulado para cubrir la distancia en diagonal que nos separaban al pirata y a mí (aproximadamente 18 metros) mientras cargaba con fuerza buscando impactar de lleno con mi puño recubierto en haki de armamento con la mejor de mis técnicas en la espalda de mi rival. El golpe lo lance con fuerza desmedida, volviendo a superar mis límites por segunda vez en este combate, cargado de un dolor y tristeza que me recordaba esta técnica cada que la utilizaba pues es el tributo a un compañero perdido en batalla, perdido a manos de unos piratas, al igual que mi rival, quien acababa de firmar su sentencia de muerte – figurativamente hablando – al huir como un cobarde. Seguidamente, sin dejar pasar nada de tiempo, di otro golpe a mi rival de nuevo en la espalda, el impacto del primer golpe le había detenido por completo su avance y este segundo terminaba de darme la victoria sobre este pirata. Le agarré fuertemente con mi brazo derecho rodeándole la mitad del cuerpo y empecé a nadar de vuelta al barco – “Quedas oficialmente detenido al igual que el resto de tu tripulación, pirata.” – le dije mientras nadaba de regreso sin soltar mi agarre – “Ahora cuéntame, ¿Quiénes son ustedes y que planeaban hacer en esta isla?” – esperaba que viéndose derrotado el pirata cooperara conmigo. Patee fuertemente el agua buscando reducir la distancia entre nosotros y el barco, necesitaba apresarle junto con el resto de la tripulación inconsciente para ponerme en contacto con Karl y Apolo.
 

 
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 11436 + 0 = 11436
Energia: 1565 - 868 = 697
Espiritu: 2865 - 100 = 2765
#25
UGO XABECS

Después de recibir su anterior ataque, la gigantona alada se elevó unos cuatro metros con una facilidad insultante, como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley, para acto seguido sentir algo que no se veía, pero que se metió bajo la piel como un cuchillo frío: una presión, una intención, un anuncio de violencia inminente. Un escalofrío me recorrió desde la verruga en la frente hasta los talones dentro de las botas de combate, y aun así me aferré al sable con la terquedad de quien sabe que soltarlo sería soltar una parte de su historia. Pude prever el ataque de mi rival, sí, pude sentir el descenso antes de que ocurriera, pero la previsión no siempre es sinónimo de salvación. La marine era más rápida que mi pensamiento, más pesada que mi coraje, y cayó en picado sobre mí con un cabezazo que me atravesó el cráneo como un martillo de carne y hueso. El dolor fue tan intenso que por un instante el mundo se apagó a medias, como una lámpara golpeada, y en ese parpadeo perdí la concentración; sentí cómo mi haki se deshacía, no con un ruido, sino con una ausencia, como cuando te das cuenta de que ya no estás respirando al ritmo correcto. Intenté recomponerme, plantar los pies, levantar el sable, pero no hubo tiempo. El segundo cabezazo llegó cargado de una ira casi religiosa, un impacto que me dobló el cuello y me arrancó un gemido que no quise soltar, y el tercero fue simplemente definitivo, una sentencia firmada con hueso y furia. El traje verde se me volvió pesado, las piernas dejaron de obedecer, y por un segundo pensé en Saimon Volivar, real o inventado, en las islas liberadas y en las que aún faltaban, en lo ridículo que sería caer ahí sin haber terminado una sola frase. La consciencia se me escapó como agua entre los dedos, y mientras el suelo venía a encontrarme con una paciencia cruel, entendí que incluso las ideas más duras necesitan un cuerpo que las sostenga. Caí, no como símbolo, sino como hombre, y el mundo se cerró en negro con el eco distante de mis propias convicciones todavía peleando por no callarse.

NAIKODELAST MADUR

Poco podía hacer contra este tipo que me había dejado completamente paralizado, enterrado vivo en arena como si fuera un error que alguien quisiera borrar del paisaje, y esa certeza pesaba más que la presión que me aplastaba el pecho. No podía moverme, no podía hablar, y por supuesto, tampoco podía respirar como un hombre debería; cada intento de tomar aire era una negociación miserable con un enemigo que no tenía rostro, solo textura y paciencia. La arena me apretaba desde la mandíbula hasta las botas, metiéndose por la nariz, por los oídos, por cada rendija posible, y yo contaba los latidos como quien cuenta monedas antes de descubrir que el bolsillo está roto. Aguantaba como buenamente podía, apretando los dientes bajo el bigote, recordando el peso familiar del revólver Patria en la mano que ya no podía cerrar, recordando también que ese fierro rojo no sirve de nada cuando no hay brazo que lo levante. Escuchaba sus palabras, distorsionadas, como si vinieran desde el fondo de un pozo, y cada sílaba era una burla medida, una confirmación de que el marine tenía tiempo y yo no. Quise responderle con algo ingenioso, con una amenaza o una promesa, pero lo único que salió fue un sonido roto, un gemido inútil que se quedó atrapado en la garganta y luego en la arena. -MHHMHHMHHMHMHH- Eso era todo lo que podía decir, y ni siquiera estaba seguro de que él lo oyera, o de que le importara. El pánico quiso subir como una marea negra, pero lo mantuve a raya pensando en cosas absurdas, en el olor del aceite del arma, en el peso de mis botas mojadas, en la vez que casi me vuelco de un muelle por reírme demasiado fuerte. La arena crujía con cada movimiento mínimo de mi pecho, y ese sonido se volvió un metrónomo cruel que marcaba el ritmo de mi falta de aire. Intenté no luchar contra ella, porque luchar era perder más rápido, y me concentré en microespacios, en imaginar que había un hueco, una fisura, una posibilidad ridícula de girar la cabeza un centímetro. Las palabras del rival seguían cayendo como grava sobre una tumba recién hecha, y yo quería contestar, quería decirle que no había ganado nada, que todavía estaba aquí, pero mi cuerpo era una estatua torpe.

EMIL LIANO ZAPARA

Seguía nadando tanto como mis brazos y piernas me permitían, con esa mezcla de terquedad y disciplina que siempre me ha mantenido a flote incluso cuando el horizonte parece una broma cruel, pero fui bastante inocente al creer que mi rival se quedaría en el barco, y muchísimo más al pensar que, por mucha distancia que le sacara, no iba a poder alcanzarme. El mar, que suele ser mi aliado, se volvió un escenario incómodamente honesto: cada brazada mía era fuerte, sí, pero cada segundo que pasaba también era una oportunidad para que mi rival acortara ese espacio invisible que yo quería creer seguro. No lo vi venir; sentí el golpe seco en la espalda, un impacto tan preciso que me robó el aire y me dobló el cuerpo como si me hubieran quitado los huesos por un instante. Antes de poder recomponer la respiración, llegó el segundo golpe, más corto y más cruel, y ahí entendí que la persecución había terminado. Mi cuerpo, alto y pesado incluso para un gyojin acostumbrado a la resistencia, quedó a su merced, flotando de una manera que no era elección sino consecuencia. Me agarró con una seguridad que no necesitaba alardes, y comenzamos la vuelta al barco, el agua deslizándose alrededor como si nada extraordinario estuviera ocurriendo, como si no me estuvieran arrastrando de regreso a una jaula con forma de cubierta. Mientras avanzábamos, sentí la corbata roja pegarse al pecho, el traje de rayas pesándome más por orgullo que por agua, y el bigote, ridículamente digno, moviéndose con cada respiración forzada. Me preguntó quiénes éramos y qué planeábamos hacer, con un tono que no era exactamente furioso, más bien práctico, como si estuviera llenando un formulario con carne y hueso. Escuché sus palabras con claridad, y también escuché mis propias respuestas formándose y rompiéndose antes de nacer, porque supe que cualquier cosa que dijera sería una victoria pequeña para él y una grieta grande para nosotros. Decidí no hablar. No por valentía teatral, sino por convicción sencilla: si alguien iba a hablar, no iba a ser Emil Liano Zapara.

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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#26
Había acabado con el pirata y la tripulación de este barco, pero no me podía permitir descansar mucho. Volviendo a mi forma normal, moví con mis pies el cuerpo del capitán pirata, para comprobar que estaba vivo, así era. Estaba K.O, no estaba fingiendo y tampoco me lo había cargado, la verdad es que había sido un buen rival para medir mis poderes contra un rival real, hacía mucho que no estaba tan cansada fuera de un entrenamiento.

Aun así, estaba entera y el trabajo no había terminado, no había solo un barco atacante, sino que eran tres los que bombardearon nuestra cosa y aunque no mucho, pues confiaba en sus habilidades, mi deber era conocer la situación de mis compañeros y apoyarles.  Saque el caracolofono blanco y llame a mis compañeros.

- Aquí Karl, llamando desde el barco enemigo más a la derecha. O la izquierda... Según lo veas. Él más a la derecha si miras desde la costa... bueno, desde el barco enemigo. Aquí los piratas han sido neutralizados. Informe de situación, compañeros, ¿necesitáis ayuda? ¿A qué frente acudo? ¿Estáis bien Fugu, Apolo?

Dicho esto suspiré, esperando respuesta mientras paseaba por el barco, cansada pero nerviosa. Estos hijos de puta estaban por todas partes, saqueando y bombardeando todo a su paso, esclavizando, haciendo del mundo un lugar horrible. Afortunadamente, para el mundo, esta vez habían dado con nosotros y los venceríamos, si hubiéramos construido ya una base tal cual, reconocida y visible desde la costa, tal vez hubieran atacado otra isla, con una protección menor que la nuestra, a pesar de ser pocos en ella. Sin embargo, el tener aquí una base activa, haría inevitablemente de esta parte del nuevo mundo una parte más segura para las islas y la población adyacentes a ella, un lugar de paso seguro para civiles y comerciantes, fuera de las manos de escoria, al menos de este nivel. Los peces grandes eran otra cosa, pero sí tenían la idea de venir hasta aquí, mejor que a un lugar lleno de población civil. Era nuestra obligación enfrentarnos a ellos y mi ambición derrotarles.

- Mushoku... Alas negras... cada día estoy más preparada.


Dije mirando la pila de gente inconsciente que yacía a mis pies.

- Os encontraré. Y os arrepentiréis de vuestros malvados actos.

Había mucho por hacer. Antes de que me pusiera más nerviosa, mis compañeros contestaron a mi llamada. Como esperaba de ellos, todo iba bien. 

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gastos


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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 11862 + 0 = 11862
Energia: 2818 + 190 = 3008
Espiritu: 1843 + 143 = 1986
#27
A pesar de estar componiendo a través de mi boca y mis cuerdas vocales, un ritmo funk carioca que animaría hasta a Joe, no conseguía oír ningún tipo de canción debajo de mi sarcófago de arena, por lo que mi plan de poder hacer un dueto no parecía prosperar. — ¿Eeeeeh? — dije acercando mi oreja izquierda a la parte superior del montículo sobre el cual estaba sentado. Sólo escuchaba un tipo de murmullo. Me bajé del montículo y ladeé mi cabeza hacia el lado izquierdo. — Perdona — sacudí mi testa con movimientos secos como quién trata de desatascarse el oído despues de bucear, generando un leve chorro de arena que caía sobre la playa y que parecía no terminar. — Por un lado soy duro de oído y por el otro a veces se me atasca ¡kakahaha! — Tras ello, oí mi den den mushi sonar desde el interior de la mochila que había dejado sobre la arena.

Karl volvió a comunicarse con nosotros y, para sorpresa de nadie que la conociésemos, parecía que ya había acabado de solucionar el tema del invasor por su lado de la isla. Decía que estaba a la derecha, o a la izquierda, muy a la derecha mirando desde la costa... unas indicaciones totalmente precisas para que un navegante privilegiado como yo las pudiese ubicar. — Sigo en las playas de la costa del sur, estoy perfectamente Karl — dije sosteniendo mi aparato de comunicaciones sobre la palma de mi mano derecha, volviendo a girarme para mirar de frente al montículo de arena —, lo perfectamente que puede estar alguien que quería pasear tranquilamente y recibe un cañonazo... intentar conquistar Mystoria con cañonazos, ¿te lo puedes creer? ¡kakahaha! — posé el den den mushi encima del montículo de arena para seguir hablando. — pero mi amigo el invasor parece que no quiere cantar conmigo y eso no está bien. Mira... amigo, saluda a mis compañeros. — Me mantuve unos segundos en silencio — ... — No podía haber respuesta. — Es verdad, lo he enterrado, ¿me seguís? — Tras ello seguí hablando, sin cortar la comunicación por culpa de mi desdén. — Bueno amigo, parece que el tiempo se nos echa encima y mis compañeros tienen prisa. No me causes problemas y quédate tranquilo, no te preocupes... o quizás sí deberías. Te vas a quedar seco. — A través del contacto de mi zurda arenosa en su nuca, comencé a deshidratar al pirata cuyo nombre y cara todavía desconocía. Empezaba a notar cómo el diámetro de su cuello se iba comprimiendo y cómo su piel se acartonaba. El agua de su cuerpo empezaba a desaparecer, reclamada por el demonio de la arena convocado en mi zurda.


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Gastos

Karmas aplicados
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 9794 + 0 = 9794
Energia: 4083 - 904 = 3179
Espiritu: 2199 + 0 = 2199
#28
El gyojin pirata cuyo nombre desconocía se negó a dirigirme la palabra o responder ninguna de mis preguntas mientras nos dirigíamos nadando de regreso a su barco. La situación fue tan frustrante que decidí noquearlo con un codazo a la sien pues, si no quería comunicarse conmigo, tampoco le permitiría que reanimara a sus hombres inconscientes en el barco. El agua, como siempre mi fiel aliada, nos impulso como viento que impulsa a las aves de regreso hasta el barco. Luego de recorrer 96 metros de vuelta, a cuatro metros de distancia del mismo salte los 8 metros de altura que separaban a la cubierta del mar gracias a mi condición de gyojin y aterricé en el barco. Tiré sin miramientos a Emil y me dispuse a buscar cuerda para atar a los piratas antes de dirigirme a mis compañeros. Una vez habían quedado atados, mi den den mushi empezó a sonar como si hubiera invocado con el pensamiento a Karl y Apolo. Escuché primero a Karl quien dio las direcciones mas enrevesadas de la vida sobre su posición, pero enfatizando que había derrotado a su enemigo al igual que yo, que era lo que al final de cuentas importaba. Apolo, siendo Apolo, navegante experto nos ilumino con direcciones mas exactas sobre su ubicación, en las playas de la costa sur, aunque según el estando perfectamente para alguien quien había recibido cañonazos – que para alguien con sus condiciones imaginaba que poco importaba, fuera del impacto visual. Luego de que terminara de hablar me dirigí a ambos compañeros utilizando mi den den mushi – “Aquí Fuguwu, los piratas en mi ubicación cerca del faro, en el lado opuesto de la costa en la que esta Apolo, han sido neutralizados.” – dije orgulloso y marcial como bien se me distinguía – “¿Alguno requiere refuerzos o mantengo posición?” – pregunté pues no parecía que ni Karl ni Apolo necesitaran ayuda y me preocupaba que los piratas lograran escapar a pesar del daño a su barco y la condición de inconsciencia en la que se encontraban.  
 

 
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Belico

Gastos
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 11436 + 0 = 11436
Energia: 697 + 39 = 736
Espiritu: 2765 + 0 = 2765
#29
El Vicecapitán Apolo se mantenía erguido en la playa como una estatua tallada por el viento, observando el montículo de arena que delataba la prisión improvisada de Naikodelast Madur, y en su postura había algo más que victoria: había cálculo, una curiosidad tensa que no necesitaba gestos grandilocuentes para imponerse. El mar rompía a pocos metros con una cadencia indiferente, y esa indiferencia hacía que la escena pareciera aún más cruel, porque bajo la arena el pirata estaba vivo, consciente, luchando por cada hilo de aire que el mundo le negaba. Apolo intentó comunicarse con él no mediante gritos ni amenazas evidentes, sino a través de una presencia juguetona, haciendo música con su propia boca. Naikodelast estaba consciente, e intentaba moverse. Hacía acopio de todas sus fuerzas, pero claro, le era totalmente imposible. No había prisa; el tiempo, como la arena, trabajaba para Apolo. A su alrededor, los restos del combate y el barco recortado contra el horizonte componían un marco que hablaba de control recuperado y de jerarquías recién afirmadas, y el marine, en el centro de todo, medía las consecuencias de cada segundo adicional que dejaba pasar.

Por otro lado, en otro extremo de la isla, el gyojin Emil Liano Zapara ofrecía una resistencia distinta, no menos tensa, pero sí más silenciosa, y esa elección de callar pesaba en el aire como una promesa incumplida. Su cuerpo alto y de piel azul, todavía húmedo por el arrastre reciente, parecía una escultura hecha de paciencia y terquedad, con el bigote prominente y el traje de rayas pegándosele a la piel como una segunda capa de cansancio. El Comodoro Fuguwu lo observó durante un breve lapso, evaluando no tanto la fuerza que aún pudiera quedarle, sino el tiempo que costaría arrancarle algo útil, y esa evaluación, fría y práctica, inclinó la balanza hacia una solución inmediata. No hubo ceremonia ni advertencias; el golpe llegó con una precisión que hablaba de costumbre y oficio, un impacto calculado para apagar la resistencia sin convertirla en espectáculo. Emil cayó con el peso de quien no se rinde, sino que se ve obligado a interrumpir su lucha, y el silencio que siguió fue denso, casi respetuoso, como si incluso el viento reconociera que aquello no era una victoria, sino un trámite. Una vez a bordo, la cubierta se convirtió en un mapa de consecuencias: cuerdas tensándose, nudos cerrándose con una meticulosidad que no admitía errores, y cuerpos de piratas que habían llegado con ímpetu y ahora quedaban alineados por la fuerza de decisiones ajenas. Emil, inconsciente, fue atado con el mismo cuidado que los demás, no por compasión, sino por una disciplina que evita excepciones peligrosas. En la bodega y en la cubierta, el olor a sal y madera se mezcló con el de la tensión reciente, creando una atmósfera en la que cada cuerda parecía una línea que separaba lo que había sido un asalto de lo que ahora era una custodia.

En otro lugar de la isla, lejos del eco inmediato de los combates recientes, la Vicealmirante Karlglass se permitió un instante de quietud tras dejar inconsciente a su rival, un gesto breve que no era descanso, sino verificación, como quien comprueba que una compuerta ha quedado bien sellada antes de abandonar la sala. El aire todavía vibraba con residuos de violencia, y el suelo conservaba marcas que no desaparecerían pronto, pero para ella aquello ya pertenecía a la categoría de lo resuelto. Con la misma economía de movimientos que había definido el enfrentamiento, evaluó el entorno, ajustó su postura y ordenó su atención hacia una tarea más amplia: establecer contacto con sus compañeros de división y recomponer el mapa de la operación. No había urgencia histérica, sino una prisa medida, la que nace de comprender que el control se mantiene con información sincronizada. El canal de comunicación se abrió con una fluidez que hablaba de procedimientos bien ensayados, y la respuesta fue inmediata, casi tranquilizadora en su precisión. Apolo informó primero, entre bromas, describiendo un escenario de custodia firme y resistencia silenciada. Luego fue el turno de Fuguwu, cuya situación, aunque distinta en superficie, convergía en el mismo resultado:los prisioneros asegurados y la certeza de que el ímpetu inicial de los atacantes había sido reconducido hacia un orden impuesto. Karlglass escuchó ambos informes con atención clínica, anotando mentalmente no solo los hechos, sino los detalles que no se dicen cuando todo parece bajo control.

Estaba prácticamente todo bajo control, y esa sensación, tan frágil como poderosa, se extendía por la isla y por el barco como una marea silenciosa que no hacía ruido, pero que lo impregnaba todo. Ahora solo quedaba tomar decisiones, y en ese espacio entre la acción y sus consecuencias es donde las operaciones suelen revelar su verdadero rostro. Las preguntas flotaban con un peso específico que nadie podía ignorar: qué harían con los prisioneros, cuánto tiempo podían mantenerlos bajo custodia sin que el entorno o la política interna complicaran el tablero, y hasta qué punto convenía convertir la victoria táctica en una ventaja estratégica duradera. Apolo, con su método paciente y su control sobre la arena, tenía en sus manos la vida de Naikodelast Madur, y la posibilidad de que el tiempo y la sed hicieran el trabajo que la fuerza ya había iniciado se presentaba como una opción tan efectiva como inquietante; no era una decisión impulsiva, sino una línea de presión que podía quebrar voluntades sin necesidad de ruido. Fuguwu, por su parte, había demostrado que prefería los resultados claros y rápidos, y la pregunta no era si podría extraer información de Emil Liano Zapara, sino cuánta y a qué costo, porque incluso los silencios más duros suelen ceder ante una combinación adecuada de cansancio, cálculo y persistencia. En el centro de todo, Karlglass evaluaba el significado de aquello que aún no conocían: qué era exactamente el llamado Social Piratismo, qué lo hacía lo bastante peligroso como para motivar una incursión tan decidida, y si detrás de esa consigna había una estructura, una ideología o simplemente una cadena de nombres que valía la pena desentrañar. No había prisa, pero tampoco comodidad; el control exige mantenimiento, y el mantenimiento exige elecciones que rara vez son limpias. En ese equilibrio inestable, la operación se desplazaba del terreno de los golpes al de las consecuencias, donde una decisión equivocada puede sembrar problemas que tardan años en germinar. Las posibilidades quedaban abiertas como rutas en un mapa aún por trazar, y aunque el resto del día prometía calma, nadie ignoraba que el verdadero desafío no era haber vencido, sino decidir qué hacer con lo que la victoria había puesto en sus manos.

Resumen


Bélico


PROXIMO TURNO
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Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
#30



Para mi tranquilidad, mis compañeros contestaron a mi llamada rápidamente. 
No dude ni un segundo de ellos ni de que hubieran terminado con el trabajo, no podía esperar menos. Cada día más fuertes y más preparados, ya no eran subalternos, eran compañeros en igualdad de condiciones que las mías, igual de poderosos, igual de comprometidos con la justicia y la libertad del mundo, con voluntades inquebrantables como la mía. Si el día que me los presentaron en la división, con las recientes perdidas de dos compañeros que abandonaron todavía calientes, no me hubiera creído lo importante que serían para mí a día de hoy. Si tuviera que describir mis sentimientos hacia esos dos en una sola palabra, no tardaría un segundo en contestar. La palabra sería orgullo. 

- Me dirijo a tu posición con el líder de este barco, Apolo. Buen trabajo, chicos. Fugu, reúnete tu también con nosotros y trae al tuyo. Corto y cierro.

Si habia algun pirata raro de estos vivo, dudo que tuviera el valor de levantarse pero por si acaso, pegue un grito en cubierta, para que si alguien era capaz de oirlo, le quedara claro el mensaje.

- ME VOY, PERO VOLVERÉ, COMO A ALGUNO DE VOSOTROS, SE OS OCURRA LEVANTAROS, SI ES QUE PODÉIS, OS JURO QUE OS PERSEGUIRÉ Y HUNDIRÉ ESTE BARCO CON TODOS DENTRO. NO OS MOVÁIS, ESCORIA PIRATA. DAD GRACIAS DE SEGUIR VIVOS.


No estaba de broma. No mentía. La amenaza era real, pero dudaba que hubiera nadie con el valor de desafiarme después de lo que habían visto.

Me transforme de nuevo a mi forma pollo cósmico, en mi forma completa y agarre con mi garra derecha el cuerpo inconsciente del capitán del barco, active mi Waki de observación 100 metros, sintiendo el aura de Apolo en la playa y el de un pobre diablo, que se iba debilitando poco a poco cerca de el. 

Tome vuelo y me desplace treinta y cuatro metros, hacia la costa, quedándome a unos metros de Apolo y soltando bruscamente mi presa en la arena. Allí vi a Apolo totalmente tranquilo y con la situación controlada, aprisionando a la suya en arena. 

- Ey Apolo! Ya estoy en casa, veo que estás tratando muy bien a nuestros invitados, aquí traigo a un coleguita suyo, se está tomando un descanso. Dame un momento, voy a hacer una llamadita. 

Que gran sensación, la del trabajo bien hecho. Ya solo quedaba llamar a la central más cercana para que vinieran a recoger los paquetes, dirección directa a Impel Down. Volvi a mi forma normal, cogí mi DenDen Mushi blanco y llamé a Marineford. Me contestaron al primer tono.

- Aquí vicealmirante Karlglass, desde el nuevo mundo. Necesitamos que vengan a por unos prisioneros, se hacían llamar...socialnoseque... son... muchos, yo qué sé, ciento y la madre, enviar.. Que no sé cuantos son exactamente coño. Venían en tres barcos y los tres llenos. Hay alguno peligroso. Ni de coña, no caben tantos en nuestro barco, mover el culo y venir a por ellos. ¿Y yo que sé sus nombres? No me toques los huevos. Vinieron aquí con bandera pirata y nos bombardearon, venir, cogerlos y ya los identificáis vosotros, digamos que no están en posición de ser interrogados ¿Qué? ¿No puede ser más rápido? Bueno, vale, pues aquí os esperamos. Venga, semfer Pidelis marine, muchas gracias. Ale, hasta luego.

Suspire fuertemente y me volví hacia Apolo.

- Bueno, esto ya está, que vienen de camino en cuanto puedan para llevarse la basura de nuestra isla, no me mates a este ¿eh? Que no somos asesinos como ellos. ¿Y dónde está Fuguwu? ¿Viene o qué?

Todo el pescado estaba vendido, habíamos neutralizado la amenaza a nuestro hogar con éxito y ya solo quedaba que vinieran a por los prisioneros. La amenaza fue seria, pero lo más importante es que hoy no nos habíamos aburrido. Había sido de hecho un día bastante divertido, me había desoxidado y a pesar del cabreo inicial ahora estaba contenta. Me parecía empezar a sentir el espíritu de Fugu, no creo que tardara en llegar.

- Cuando terminemos hoy y venga Fugu, nos tiene que hacer algo rico de cenar. Podemos acompañarlo de unas capipirinhas de esas de tu tierra, amigo. Por el trabajo bien hecho.



resumen

resto de cosas


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