[Presente relativo] - Una calma extraña
#1
Día 48, 21:45h, verano, año 11
West Blue | Isla Toroa | Ciudad Murkhold


     Habían transcurrido un par de días desde mi pequeño altercado contra aquellos tres marines.
     No mentiré: a la mañana siguiente del conflicto, refugiada bajo la oscura chaqueta con capucha con la que me suelo resguardar del sol —aunque el sol y aquella isla parecían no llevarse muy bien—, deambulé por los diferentes puestos del mercado callejero para ver si me enteraba de algo. El recurso de la capucha resultaba útil, teniendo en cuenta que volvía a llover y, por supuesto, no era la única en cubrirse. Lo que alcancé a escuchar fue que "al parecer, la noche anterior había tenido lugar una pelea en la Taberna de los Tres Osos, que un hombre había fallecido al ser alcanzado por una bala, que dos marines habían muerto y el tercero había sobrevivido a duras penas, que estos se habían enfrentado a una sola mujer y que esa mujer tenía el pelo blanco". El mismo que yo guardaba bajo la tela negra y que las dos chismosas no habían tenido el placer de ver.
     Huelga decir que, desde ese momento y salvo en la habitación del viejo hostal en el que me alojaba, no me separaba de mi chaqueta con capucha. Si yo hubiese sido una mujer menos reconocible, capaz de camuflarse entre las apariencias comunes, mis tendencias paranoicas no habrían necesitado aflorar. No era el caso.
     ¿Por qué, entonces, no había abandonado la Isla Toroa? Reconozco que el riesgo me produce cierta excitación. Además, no quería renunciar a aquel clima. Al menos, no tan rápido.
     Como venía diciendo, habían pasado dos días desde el incidente y, a pesar de las habladurías captadas en los chismes, nada parecía haber cambiado en la ciudad. La gente seguía con su vida. Tal vez aquellas cosas sucedían más de lo que a cualquier dirigente le gustaría admitir. O puede que al dirigente en cuestión le importase tres mierdas. Al fin y al cabo, cada lugar se regía por sus propias costumbres y normas. La vista gorda solía ser una buena técnica: nadie quiere convertirse en el héroe que puede salir escaldado, y más con muertes de por medio.
     O, quizá, la Marina tenía conocimiento de lo sucedido y era cuestión de tiempo que me encontrasen.
     Era esto a lo que estaba dando vueltas mientras permanecía en la cantina de La Viuda Tuerta, el hostal en el que dormía desde que llegué a Murkhold. Creo recordar que, cuando pedí la habitación, la señora que lo regentaba —tuerta— llegó a ver mi aspecto. Desde el altercado, y aun con la capucha, noté que se quedaba mirándome unos segundos más de lo habitual, pero no me hizo ningún comentario ni apareció nadie inesperado buscándome. Supongo que este tipo de gente está acostumbrada a situaciones complicadas y su discreción significa seguir ganando dinero con el negocio.
     La cantina era pequeña y, aunque se encuadraba en el edificio perteneciente al hostal, parecía que aceptaba clientes que no estaban alojados allí. Recordemos: el negocio es el negocio.
     Yo estaba sentada en un taburete frente a la barra, miraba absorta la espuma de mi cerveza. Su sabor no destacaba tanto como la que probé en la Taberna de los Tres Osos, pero servía para su propósito. Tal vez cenase algo allí, aunque los platos que había visto servir parecían de todo menos apetitosos. No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido algo que no fuese insípido, grasiento, quemado, soso, demasiado salado, crudo o similar. Aunque, cuando el hambre acecha, el sabor queda en un segundo, tercer, cuarto y último plano. Por suerte, hacía mucho tiempo que no pasaba hambre. Era una época que no me agradaba recordar.
     ¿Por qué siempre terminaba pensando en miserias? Aprovecharía más el tiempo si dedicase mi atención a cuál sería mi próximo botín.
     Di otro trago a mi cerveza, cerrando los ojos y disfrutando de la canción que entonaban, desafinados, unos marineros borrachos.

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#2
Atributos Personaje


Otro día más despertándome en el callejón, otro día más de desayunar una pieza de fruta robada de un puesto callejero, otro día más esperando a que el día pasase... de vez en cuando me gustaría hacer cosas nuevas en esta aburrida vida, esta noche estaría bien pasarme por las exposiciones de arte, quizás visitar los alrededores, los secretos que esconde el bosque...

—Nada de eso, vamos a una taberna, vamos a un sitio donde poder beber y gastar tus pobres ahorros. - dijo Balban, el demonio del hombro.
—Pero si ya fuimos hace no mucho ¿me entiendes?, además, la última vez solo encontramos gente peleando y...
—Opinión denegada, cállate de una vez y vamos a una puta taberna.

No tenía más voz ni voto, si es que en algún momento he tenido algo, ni que sea un ápice, como no podía ser de otra forma le hice caso y busqué una taberna, caminé por las repetitivas calles de ciudad mierda y llegué a un lugar familiar.

—Arte por amor ¿te vale? es la del otro día. - dije con una voz algo apenada
—Elección denegada, pero vamos a ver gilipollas, ¿no te quejabas de la monotonía? busca otra cosa hazme el favor... manda cojones.

Anduve algo más de tiempo hasta que llegué a una cantina a la que no había entrado nunca, parecía ser parte de un hostal.

—¿Y que opinas de esta cantina? Parece pertenecer al hostal, no se si nos dejarán entrar ¿me entiendes?
—Te voy a hacer una pregunta Peteiro... ¿Desde cuando nos ha importado si somos o no bienvenidos en algún lugar? ¿Acaso somos bienvenidos en este mundo? Te han repudiado desde que naciste, odio esa preocupación que te inunda en ocasiones, no se de donde cojones la has sacado ¡vamos para dentro!
—S...si... claro.

Entré, vaya cuchitril de tres al cuarto, quiero decir, mi situación no era mejor, después de todo duermo en la calle ¿me entiendes? pero joder, uno esperaría más de un puto bar o como se quiera llamar este local, camareros sacaban platos de deliciosa comida, parecía sacada de la mismísima cocina de Dios, una amable banda de cantautores entonaban increíbles melodías aunque un poco desafinadas y en la barra se encontraba una persona sentada delante y un afable servidor, servidor de que es alguien que sirve, no de que estaba yo, al menos no hasta pasados 5 segundos.

—Buenas noches,
—vaya cara te manejas colega
—vaya cara te manejas colega
—y mira que en esta ciudad se acostumbra a ver cosas feas pero usted se lleva la palma.
—y mira que en esta ciudad se acostumbra a ver cosas feas pero usted se lleva la palma. ¿me entiendes?- le dije al camarero repitiendo lo que Balban me decía para él, la cara del tipo cambió a una cara de pocos amigos, no entiendo a la gente.

—Bueno, ponme una... ¿Qué quieres tu? - dije en voz alta
—Una cerveza, parece mentira que todavía no sepas estas cosas - dijo Balban, al cual solo yo veo y escucho
—Pues una cerveza para mi amigo, yo no tomaré nada.

Cuando, aunque a regañadientes, pero el dinero es dinero, me sirvió la cerveza de Balban, pude fijarme en la persona que antes vi en la barra, la tenía al lado prácticamente, otra persona imbécil bebiendo cerveza.
Me quedé mirándole con poco disimulo pero con mucha curiosidad mientras Balban estaba con su cerveza, yo no tenía nada para consumir.

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#3
Leyenda



Comparada con la maravillosa Ohara, esta isla era de lo más deprimente. El sol brillaba por su ausencia, y encima no paraba de llover. Practicamente corriendo por las asquerosas y estrechas calles de barro, vagaba sin rumbo, buscando un lugar en el que refugiarme. Mientras caminaba, escuchaba las diferentes historias que contaban los habitantes, quienes parecían no solo estar acostumbrados si no disfrutar de aquel horrible clima. 

Debido a las prisas, alcancé a entender algo sobre unos marines muertos y tres osos, por lo que no le di mayor importancia al asunto. 

Llegué finalmente a lo que parecía un pequeño hostal. - La Viuda Tuerta - dije, jadeando frente a la puerta. - Vaya nombre más curioso, ¿no crees? - Mandarina estaba encogido, debido al frío y la humedad. El pobre tiritaba, por lo que me apreté un poco el abrigo, de forma que este tuviera un poco más de calor. Entré finalmente. Había bastante barullo, pues desde la recepción se accedía a una especie de cantina. Me acerqué al mostrador, en el cual me atendió una señora.
- No soy viuda. Esa era mi madre - habló secamente cuando se percató de que me había quedado mirándole.

- Yo estoy infelizmente casada con un desgraciado. Más me gustaría poder librarme de él, pero si no tendría que buscar a alguien para que lleve la cantina. - continuó hablando. - Aunque seguro que me saldría más a cuenta mandarle a tomar por culo. El puto borracho se bebe más de lo que vende.

Pasó unos minutos maldiciendo a su marido, hasta que finalmente decidió despacharme. - Una habitación. - me miró de arriba a abajo brevemente. - Doble. - miró el libro de registro. - Tengo un par de ellas.

- Con cerradura, por favor. No quiero que nadie se confunda y acabe en mi habitación de imprevisto.

- Ah - La mujer se sorprendió un poco con la petición, aunque asintió, viéndola razonable. - Deja que revise entonces. - volvió a mirar al libro, haciendo memoria. - Habitación con cerradura, doble, que si no no cabe y vas a destrozar los muebles,... ¿baño propio o compartido? - preguntó - Privado, si puede ser. - respondí. - Obvio, vaya pregunta. - habló. - Tengo dos. Para ti la habitación ciento tres. Está arriba, en el pasillo de la izquierda, cuarta puerta. - explicó - Te voy a cobrar como la otra habitación, por ser tú. Pero si el gato arma alguna me tendrás que pagar el triple. - me quedé impresionada al escuchar a esta mencionar al animal. - ¿Cómo…- no llegué a terminar la pregunta cuando esta me interrumpió - Me pica la nariz desde que has entrado. - tras pagar iba a dirigirme hacia la habitación. - Ve a la cantina o te vas a quedar sin cenar. - me avisó la mujer - Y ya de paso restriégale el gato por la cara al borracho de mi marido. A ver si así el muy hijo de puta se va al otro barrio y me deja tranquila. - habló con el mismo tono tóxico que anteriormente. - Si te lo cargas te regalo la mitad del bar y tienes habitación gratis para toda la vida. - tras despedirme de la señora fui en dirección a la puerta de la cantina. "Puaj" pensé, al abrir esta y recibir aquella nube de humo y peste. Soportando como podía aquella mezcla de olores, me acerqué a la barra. - Una copa de vino, y lo que tengas de comer, por favor. - Aproveché para inspeccionar aquel antro.
Las mesas estaban en muy mal estado, aunque en bastante mejor estado que la gente que las ocupaba. Había hombres y mujeres de todo tipo, muchos de los cuales era evidente que no eran huéspedes. Y luego estaban los marineros, los cuales cantaban una desagradable melodía.

Cuando por fin me relajé, noté que mi pelo estaba empapado. - ¿Quién me mandaría venir a esta mierda de isla? - pensé en voz alta mientras agachaba la cabeza. Escurrí el agua de mi pelo, antes de volver a levantar la cabeza para que este volviera a su sitio. - Cenar y darme un baño lo primero - suspiré, cerrando brevemente los ojos, intentando descansar. No tenía pinta de que mi cena fuera a llegar pronto, puesto que el dueño parecía estar estornudando bastante en la cocina. Suspiré, enormemente cansada y abrí los ojos. - La cerveza es para los salvajes. - me salió instintivamente. Seguramente en cualquier otra situación me hubiera callado para evitarme problemas, pero en aquel momento estaba tan cansada y asqueada que todo me daba igual.



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#4
     Todavía con los ojos cerrados y oyendo las notas poco afortunadas que el grupo de marineros graznaba, noté cómo, de pronto, un aroma peculiar se colaba por mis fosas nasales. Ya me había acostumbrado al olor que tantas y tantas veces en mi vida había soportado: no podemos pretender que la fauna que visita este tipo de tugurios sea la más higiénica de los mares. Era algo soportable. Pero lo que ahora olía era... diferente. Olía como a... puerto... ¿A lonja, tal vez? No, era aún peor. Era un aroma a pescado más intenso, más... desagradable.
     Abrí los párpados y miré a la derecha, por encima de mi hombro, y simplemente no estaba preparada para lo que vi a continuación: dos grandes ojos redondos me miraban desde una cabeza gigante grisácea de lo que a todas luces parecía un pez. Para haber pasado más de diez años en el mar, nunca me había interesado por sus animales y criaturas, por lo que no supe identificar la forma de ese rostro. Aquellos ojos me miraban fijamente, sin disimulo alguno, como si las normas sociales fuesen un invento descabellado. Pensándolo bien, en realidad lo eran, sobre todo en el entorno en el que me movía. Con todo, me hizo sentir algo incómoda, aunque no tenía muy claro si era por su mirada, su olor corporal o por aquellos dientes afilados que parecían suponer un arma en sí mismos.
     Pero ¿cuánto medía aquel tipo?
     Bah, no es que ahora me fuese a escandalizar por alguien que tuviese aquel aspecto. Como si no hubiese visto criaturas peculiares a lo largo de toda mi travesía como pirata. Como si no hubiese crecido en un circo de "fenómenos". Como si no se me hubiese considerado uno. ¿Qué me importaba a mí que un gyojin enorme de aspecto amenazante y traje sucio estuviese tan cerca de mí que podía oler hasta su alma?
     Lo que sí me extrañaba era que hubiese pedido una consumición y parecía que no tenía ni la más mínima intención de tocarla. O eso, o se le había olvidado al estar mirándome casi sin pestañear.
     Señalé su jarra mientras dejaba la mía, por la mitad, sobre la barra pegajosa. A su lado, ambos recipientes parecían apenas dedales.
     —Esta no es la mejor cerveza de la ciudad, pero es preferible a no tener ninguna. ¿Te vas a beber eso? Con gusto me la quedo si tú no la quieres.
     Pero, antes de que me respondiese, desvié los ojos hacia la puerta de la cantina y una aparición llamó poderosamente mi atención. Se trataba de una chica que, sin duda, desentonaba con la gente que nos rodeaba. Puntualizo: era una chica muy grande con cuernos, un espectacular cabello rojo intenso y una piel muy clara que nada tenía que envidiar a la mía. Su rostro bello dibujaba una mueca de asco que se me antojó divertida.
     Me pregunté si era una oni, pero parecía demasiado "pequeña" para corresponderse con tal raza. En realidad, me era indiferente. La vi acercarse a la barra.
     Entre estos dos parezco una tontatta, pensé, y reí en silencio ante mi propia ocurrencia estúpida.
     "La cerveza es para los salvajes", la escuché decir entonces. No pude evitar contestar:
     —¡Qué suerte ser salvaje! La vida es muy aburrida cuando te domestican, ¿verdad?
     Desde la penumbra de mi capucha negra, le guiñé un ojo.

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#5
Leyenda



Las palabras de la joven me hicieron bastante gracia, por lo que no pude evitar soltar una carcajada.
- Perdón. Esque es lo más interesante que he escuchado desde que he llegado a esta isla - me eché levemente hacia atrás, mirando hacia el techo.

- Quien dice aburrido dice una puta mierda, ¿verdad, Mandarina? - pregunté, mirando dentro de mi abrigo. Mandarina sacó entonces la cabeza, maullando. Miré a la mujer, a la cual practicamente solo se le veían los ojos debajo de la capucha.

- A decir verdad, hay algo peor que eso, ¿no crees? - tras analizar un poco de reojo nuevamente el lugar y asegurarme de que no había ningún marine a la vista, volví a mirar a la misteriosa joven. - Podría ser un noble de mierda, ¿no crees? - me reí, llevándome las manos a la cabeza para colocarme bien el pelo. - Joder, que desgracia de sitio. - traté de secarlo nuevamente, antes de peinarme como pude. - Definitivamente voy a necesitar un baño según llegue a la habitación. - suspiré, con creciente molestia. - Estoy llena de mierda y con el pelo fatal. ¿Por qué no puede parar de llover? - desistí finalmente, cuando el tabernero llegó con la copa de vino. Para mi sorpresa, los grises ojos de la otra mujer no se habían despegado de mí en todo ese tiempo.

- Nunca me han mirado tanto tiempo con unos ojos tan bonitos, ¿sabías? - realmente había una extraña belleza en sus ojos. No sabía si era por el tono rojizo de estos, o por la afilada mirada que denotaban.

Entonces una ráfaga de pérfido olor a pescado sacudió mi nariz, lo cual desvió mi mirada hacia el gyojin que se encontraba al otro lado de la mujer. Me sorprendí, debido a que a pesar de que aquel hombre pez tenía pinta de estar allí bastante tiempo, no había reparado en su presencia. Tras analizar brevemente su aspecto suspiré, esbozando una pequeña sonrisa.

- Normal - pensé. Su aspecto era realmente deplorable. Parecía una suerte de magnate venido a menos, con un traje lleno de manchas.

- Tus ojos también son... interesantes - le dije, levantando levemente la copa de vino. - Salud - le di un pequeño sorbo, antes de dejar la copa nuevamente en la barra.
A decir verdad, en cierto modo tenía ganas de entretenerme un poco. Esas dos personas parecían como poco peculiares, y estaba bastante segura de que posiblemente no volvería a ver a ninguno de ellos una vez dejara esta lúgubre y deprimente isla.

Seguía mirando intermitentemente a la mujer de la capucha, hasta que en uno de los momentos en los que fue a beber, un blanco mechón de pelo se escapó de debajo de esta.
- Ahora entiendo - dije en bajo. Aquella joven se parecía bastante a mí, y aquello era lo que me había estado llamando la atención de sus ojos.



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#6
No podía parar de mirar a ese diminuto ser, ¿cómo alguien podía ser tan pequeño? ¿es ético que alguien así beba alcohol?
Mientras pensaba todo esto hizo un gesto y señaló a Balban, el cual estaba bebiéndose su cerveza.

—Dile a esa imbécil que ni se le ocurra tocar mi cerveza
—Lo siento imbécil, aunque la respuesta a que si me la voy a beber es un no, se la está bebiendo mi amigo, no puedo dártela ¿me entiendes?

Hablar con este tipo de personas es como hablar con una pared, no me miraba mientras le respondía, entonces alguien entró y la persona pequeña le gritó algo sobre que la vida era aburrida, y que lo digas, monótona e insufrible.
La nueva ¿persona? se acercó a nosotros y empezó a hablar con la diminuta

—¿Pero y estas dos? Macho vaya imán tienes para los raritos, podrían saludar ni que sea - dijo Balban desde mi hombro de nuevo

La tipeja secapelos nos miró, sonrió y dijo que mis ojos eran interesantes.
—Lo dice por mi Peteiro, dile algo, esta es mi oportunidad, puede que el día de hoy no vaya a ser todo aburrimiento
—¿Es de las tuyas o que? Te saca varios metros, pero por lo demás...
—Tu dile algo ya verás.
—Oye fisgona cornuda, a mi amigo le has gustado ¿me entiendes? dice que salud también, por cierto ¿de que cojones os conocéis? ¿Vuestros nombres? - miré a la pequeña amiga cervecera.
—Pero como se lo dices así gilipollas, tienes suerte de que no pueda decírselo yo personalmente.
—Disculpa Balban, estas cosas no se me dan bien ¿me entiendes?
—Hay veces que no te entiendo, no

Y tras mi breve discusión con Balban me quedé analizando ahora a las dos sospechosas amigas, una diminuta sospechosa que esconde su rostro, de una aparente piel blanca, por otro lado una chavala cornuda que había intentado ligar con Balban, la situación me estaba perdiendo un poco, quizás hasta me pedía algo de beber para mi al final.

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#7
     Cuando la recién llegada, a través de uno de sus comentarios, puso de manifiesto su —aparente— rechazo por los nobles, sentí satisfacción, por supuesto. Se suele decir que los enemigos de tus enemigos son tus amigos. Bien, la palabra "amigo" es un privilegio que ha de ganarse, y literalmente hacía dos minutos que sabía de la existencia de aquella muchacha, y tal vez no la volviese a ver jamás después de aquella noche, pero podía decir que, al menos, mi impresión de ella estaba siendo positiva. De momento.
     Luego halagó mis ojos. Esto me dejó descolocada. ¿Qué debía responder? ¿Cómo se responde a algo así sin que parezca que lo haces únicamente por devolver el piropo? ¿Y si no opinas lo mismo? "Ah, pues los tuyos no son para tanto", podría decir. No es que lo pensara, sus ojos tenían encanto, pero si de verdad lo creyese, sería un buen motivo para terminar a navajazos en un antro como aquel.
     —Gracias —me limité a responder. Estas mierdas nunca se me dieron bien.
     Lo que sí que no me esperaba era que le dijese algo parecido al gyojin. Quizá la pobre necesitase gafas. Tal vez en el mundo oceánico aquellos ojos despertasen pasiones, pero en tierra... En fin.
     Fruncí el ceño cuando un pequeño mechón de mi cabello resbaló del interior de la capucha y lo devolví a su sitio. Estaba empezando a tener calor y a echar de menos la libertad de no llevarla. Agarré el asa de la jarra y, una vez más, bebí de su contenido. Fue un alivio para mi garganta.
     Entonces, escuché al simpático gyojin.
     —¿Me has llamado imbécil? —solté.
     Dejé la jarra de un golpe sobre la barra. Gotas del líquido amarillento me salpicaron la mano. Ya sabía cómo funcionaba esto: comencé a sentir unas ardientes ganas de convertir a ese tipo en un espeto gigante. Gigante. Si de verdad esta noche iba a traducirse en una nueva pelea, su envergadura iba a ser un problema para mí. Sin miedo al éxito, pensé. 
     Pero antes de seguir adelantando acontecimientos y creando, en milésimas de segundo, escenarios de una batalla de cantina en mi mente, me detuve a pensar en lo que acababa de escuchar. ¿Amigo? ¿De qué amigo hablaba? ¿Quién, según él, se estaba bebiendo su cerveza? Esta permanecía intacta. 
     —¿Qué cojones dices? 
     Pero él no parecía escucharme: ahora se dirigía a la pelirroja enorme que se encontraba a mi lado. ¿Hablaba también con alguien más? ¿Con quién? Luego preguntó nuestros nombres. ¿Qué demonios le sucedía a este tipo?
     Por suerte, ya me estaba acostumbrando al aroma hediondo que desprendía.
     No nos confundamos: mis instintos homicidas continuaban en alerta por su insulto, pero se mezclaban con una extraña curiosidad ante el comportamiento del tipo.
     Como era lógico, no iba a decirle mi nombre de buenas a primeras, y menos después de soltar tantas gilipolleces por la boca. Me compadecí de la pelirroja al escuchar que a su amigo le había gustado. Joder, ¿qué puto amigo? ¿Conocía a alguien en aquella cantina y estaba interpretando algún extraño papel de celestino? ¿O tal vez intentaba flirtear con alguien más cercano a su tamaño?
     —Qué turbio —dejé escapar en voz alta; luego, lo miré fijamente y proseguí—: No creo que sea asunto tuyo de qué nos conocemos, ¿o sí? Tal vez debas presentarnos a tu amigo y así hablamos los cuatro, ¿qué te parece?
     Se me ocurrió que tal vez su colega fuese un tontatta escondido en alguna parte de su esplendoroso traje y, dado el tamaño del gyojin, pasaba completamente desapercibido. O quizá se trataba de algún tipo sentado en una mesa no tan lejana con graves problemas de socialización y timidez y necesitaba que alguien hablase por él. 
     Sin darme cuenta, había aceptado un rol cómplice con la pelirroja. Sonreí antes de llevarme la cerveza una vez más a la boca: me debía de sacar un par de metros, no creí que fuese la típica damisela en apuros. Su aspecto no era frágil precisamente, todo lo contrario. Pero, mira, una aprende de las cosas que le han sucedido y no puede evitar ciertas inclinaciones.
     Ni siquiera era de mi incumbencia lo que esa chica quisiera hacer con su vida.
     De hecho, la había visto mirar un par de veces hacia el interior de su abrigo y hablar.
     Pero ¿qué le pasaba a esta gente? Hasta donde sabía, aquello era un hostal y no un manicomio.
     Bueno, nunca me engañé pensando que yo estaba completamente cuerda.
     Eché la cabeza hacia detrás y, mientras con la mano izquierda sujetaba mi capucha, con la derecha hacía lo propio con la jarra, consiguiendo que toda la cerveza se deslizase por mi garganta, acabándola. Reprimí un eructo. 
     —¡Camarero! —le llamé—. Otra.
     Tras limpiarme los labios con el dorso de la diestra, miré a mis peculiares compañeros de cantina (a una con menos desdén que al otro). De fondo, la canción desafinada continuaba deleitando el ambiente. Risotadas. Jarras chocando en brindis. Barullo. Una agradable sensación de familiaridad consiguió camuflar un poco el enfado que me había provocado el gyojin.
     —Ya que estamos compartiendo este bonito momento —les dije, sarcástica—, ¿qué os parece si nos vamos a una mesa? La barra ya es incómoda, no os puedo mirar a los dos a la vez, y me gusta mirar a la gente cuando les hablo. Las sillas parecen resistentes, no creo que tengáis problemas.
     Una tipa que parecía medir no mucho menos que mis nuevos acompañantes estaba sentada al fondo, cerca de los trovadores improvisados. Bajo su trasero, la silla no zozobraba. Supongo que en este hostal de mala muerte acostumbraban a recibir gente de alturas complicadas y los techos altos parecían confirmar mi teoría.
     Sin esperar una respuesta por su parte, me levanté del taburete. Me aseguré de que el camarero supiese adónde me dirigía: no pensaba abordar la velada sin mi nueva cerveza.

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#8

La enana blanca habló, habló y la casita derribó, tener un gran oído no significa que lo escuche todo, lo oigo, pero a veces simplemente elegimos no escuchar lo que no nos interesa, por algún motivo no me quería decir de que se conocían y tiene pinta de que eso cabrearía a Balban, no hay nada que más me cabree que ver a Balban cabreado.

—¿Turbio?
—Eso Peteiro, preséntame
—Este de aquí es Balban - dije señalando mi hombro - y creo que no le gusta mucho ese tono defensivo que has adoptado ¿me entiendes?

Lo siguiente que la muchacha propuso fue ir a una mesa para vernos mejor y estar más cómodos ¿acaso estaba sintiéndose incómoda? ¿Era eso algo bueno o malo para mi? Una pequeña charla nunca viene mal, hay que conocer a los demás antes de que ellos te conozcan a ti...

Le pegué un golpe muy fuerte a la barra, la jarra de Balban incluso diría que se elevó un poco de la hostia, acto seguido me erguí y di un paso hacia la pequeña pálida, comencé a levantar mi brazo - Peteiro Gorgullo Boquerone ¿me entiendes?, pero me vale solo Peteiro - el movimiento del brazo acabó en una propuesta de estrechar manos al más estilo "saludo", sin dejar de hacer ese gesto, miré a la cuernuda y le dije - Para ti también soy Peteiro ¿Y tú? ¿te unes a la apacible conversación? - hice un intento de sonrisa con mi hilera de afilados, sucios y sangrientos dientes.

—Tío... hay veces que me sorprendes hasta a mi...

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#9
Leyenda



- Ugh, sí que es feo, sí. - pensé, ocultando lo mejor que podía la incomodidad que me generaba la sonrisa del gyojin. - Dame un momentito, que por ahí viene mi cena, y cuando estemos en la mesa nos presentamos bien. - propuse al ver al camarero dirigirse hacia donde yo me encontraba con un plato con comida.

Tras pagar y agradecer al hombre, cogí la comida y la copa y me levanté del taburete. Le hice un gesto a Peteiro y comencé a seguir a la joven hacia una de las mesas del fondo. Continué detrás de esta, hasta que eligió donde sentarse. La mesa estaba al final de la cantina, semi oculta gracias a una estrecha columna. A pesar de ello, desde allí parecían verse perfectamente ambas entradas, tanto la que daba directamente a la calle como el acceso desde la recepción del hostal.

- Vaya, sí que querías intimidad, ¿no? - le dije con cierto tono de burla, mientras una ligera sonrisa se dibujaba en mi rostro. Cogí entonces una de las sillas que había junto a la mesa, la más grande para asegurarme de que esta no cedería bajo mi peso, de hecho. La coloqué, posiblemente más cerca de la mujer de lo que a esta le gustaría, pero en aquel momento lo único que me interesaba era asegurarme de que nadie me vendría por detrás.

- Siento ponerme tan cerca. Esque me alivia tener una pared a la espalda. - suspiré, estirando las piernas y relajándome finalmente. - Ya sabes, algo menos de lo que preocuparse. - Cerré los ojos brevemente hasta que Mandarina comenzó a maullar incitado por el olor de la comida. - Sí, sí. No te preocupes pequeñín. - le abrí un poco el abrigo para que sacara la cabeza, y tras desmenuzar un poco de la carne se la di. 

Una vez me asenté en la mesa, me sorprendió no ver a aquel Gyojin barracuda, puesto que había salido de la barra justo detrás de mí. Tras mirar un poco al camino por el que había venido, vi que estaba hablando con alguien. Le hice entonces un gesto con el brazo, indicándole dónde estábamos. Posiblemente asusté a más de un borracho con el movimiento antes de que aquel hombre que decía estar acompañado de su amigo me viera.  

- ¿Peteiro era, no? - pregunté al Gyojin una vez llegó a la mesa.

- Yo soy Eaa - di un pequeño sorbo del vino, a lo que el pequeño gato maulló - Y este es Mandarina, encantados. - sonreí a ambos.

- Bueno, ahora solo faltas tú, la joven con ojos bonitos y pelo brillante. - dije, dando otro sorbo al vino antes de comenzar a comer.

Me quedé un rato pensativa, intentando identificar el rostro de la mujer por debajo de la capucha. - A decir verdad, me recuerdas un poco a un panda - pensé en voz alta, sin darme cuenta. - No, no lo decía a malas. Es solo que me ha parecido mono - traté de rectificar, algo avergonzada por ello



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#10
     Pues sí, quería intimidad, aunque quizá aquel no fuese el término adecuado. Me gustaba más llamarlo "espacio personal", pero dudaba que fuese a tenerlo con la gran muchacha tan próxima a mí. Pareció leerme el pensamiento, porque enseguida excusó su cercanía. Y no podía culparla: yo misma evitaba dar la espalda siempre que podía.
     De pronto apareció un gato negro del interior de su abrigo. Se le veía feliz por comer lo que ella le ofrecía. Esto resolvía el misterio de la anterior conversación de la pelirroja con su prenda. A su lado, el gato parecía minúsculo. Me quedé mirándolo un par de segundos.
     Y hablando de comportamientos extraños... Así que Peteiro Gor... ¿qué? Al menos había admitido que con el nombre bastaba. No se me había pasado por alto que había hablado de su famoso amigo señalándose el hombro vacío. Había decidido no hacer ningún comentario al respecto, aunque algo me decía que el tema volvería a surgir.
     Pronto, el gyojin se incorporó a nuestra recién adquirida mesa. Un par de segundos después, también llegó el camarero con mi cerveza. Extraje unas cuantas monedas de uno de los bolsillos de mi pantalón y las dejé caer en la palma de su mano. El trabajador se mostraba visiblemente nervioso, echándole furtivas miradas al hombre pez.
     Bebí.
     La pelirroja, entonces, se sumó a la iniciativa de presentarse. Se llamaba Eaa; Mandarina era el felino que la acompañaba. Que yo recordase, las mandarinas no eran negras. Supuse que había una historia interesante detrás de ese nombre. A continuación, nos mostró una bonita sonrisa. Eaa, no el gato, pues Mandarina seguía masticando.
     Al igual que Peteiro, la chica también quiso saber cómo me llamaba. De hecho, se dirigió a mí como "joven de ojos bonitos y pelo brillante". ¿Por qué hacía eso? Estaba acostumbrada a agasajos por parte de tiparracos que querían meterme en su cama, así como a miradas de diferentes tipos de personas dado lo peculiar de mi aspecto, pero no solían halagarme de forma tan... ¿bonita?
     Hasta que me llamó panda. ¿Panda? ¿En serio, panda? Me habían llamado muchas cosas, pero ¿panda?
     Me tembló el párpado izquierdo.
     ¿Me estaba comparando con un oso?
     Luego dijo que le había parecido "mono". Mono de adorable, no de animal. ¿Qué punto de mi aspecto era "mono" exactamente?
     Esbocé una sonrisa tirante, antinatural.
     —¡No sabía que estábamos jugando a decir a qué nos recuerda el otro! Me toca a mí. Tú me recuerdas a una cabrona. Por los cuernos, claro. —Le guiñé un ojo mientras agradaba mi sonrisa una vez más. Deslicé la lengua por mis dientes.
     Volví a beber. Aunque la mitad de mi rostro permanecía en penumbra, me sentí amparada por la jarra. Noté calor en mis mejillas. Que le parece mono, dice, repetí para mis adentros. Calma, has venido aquí a alcoholizarte después de haberte cargado a unos marines hace poco; si pretendes pasar desapercibida montando bronca porque alguien te ha llamado adorable, no estás haciendo muy bien tu trabajo, continué en mi mente para sosegarme. ¡Y no puedes pasar desapercibida contra gente que te saca doscientas cabezas!
     No solía escucharla mucho, pero la voz de la razón a veces —solo a veces— conseguía calmar mi mala hostia.
     Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por controlar el temblor que la incipiente furia quería causarme. Fue como meter la mierda bajo la alfombra.
     Decidí cambiar de tema:
     —Peteiro —señalé al tipo de dientes peligrosos—, Eaa —señalé a la que me contrariaba con sus halagos—, Mandarina —señalé al gatito negro como la noche—. Supongo que es justo que también yo me presente. Soy Maeve.
     Sí, es cierto, al principio no quise revelar esta información. Ah, me gusta tan poco hablar sobre mí... Aunque, si alguien tiene que señalarme por mis delitos, lo que reconocerán no será mi nombre, precisamente. De hecho, ¿a qué cojones estaba jugando? ¿Cómo pretendía estar aún más orgullosa de mi cartel de recompensa si era una doña nadie? ¿Y cómo iba a significar algo mi presencia si me dedicaba a esconderme detrás de una capucha? Pues vaya puta mierda de pirata.
     Lo sé, soy mi mayor crítica.
     No te emociones tampoco, me dije, ni que fueras famosa. Aquí todo el mundo va a sudar de ti.
     Bebí una tercera vez. Fue un trago largo, burbujeante en todos los recovecos de mi boca. Después, tiré de la capucha hacia atrás. De inmediato, mi larga melena blanca quedó libre, al igual que la totalidad de mi rostro.
     —¡Joder, qué alivio! —exclamé. Luego, alcé la mirada para mirar ambos rostros y proseguí—: Bueno, ¿y qué os ha traído a este lujoso y magnífico paraíso de alcohol? 

CANCIÓN EN LA CANTINA


RESUMEN


KARMAS RELEVANTES
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