[Pasado] - Asesinos bajo la nieve
#1
Día 60, invierno, año 10
Ballywood Beach | Reino de Ballywood | West Blue

OST DE LA ESCENA

     Olor a humo, a carne quemada. Sangre, vísceras. Ojos vacíos, pieles que jamás volverían a sentir. Miembros sin dueño. Fuego. Muerte. Un lagarto enorme. Lagarta. Dientes afilados con olor a podredumbre.
     Abrí los ojos de golpe. Mi respiración desbocada dejaba entrar demasiado aire en mis pulmones. Respiraba por la boca. El corazón arremetía contra mi pecho con violencia, como si sujetase un ariete y su máxima fuese derribarlo, tirar el esternón abajo. Tenía la boca seca.
     A mi alrededor, una oscuridad que, poco a poco, iba revelando las formas de todo cuanto me rodeaba gracias a una luz tenue cuya procedencia no atiné a averiguar. Era un sitio extraño y no reconocerlo disparó, aún más, mis niveles de activación. No sabía dónde estaba, por qué aquello no se parecía en nada a lo último que habían registrado mis ojos y que, como pesadilla, me había hecho despertar con horrible brusquedad.
     Una pesadilla.
     ¿Por qué mi realidad había quedado relegada a un sueño horrible, por qué no estaba calcinada como debería?
     Sé que había sucedido porque me dolía todo el cuerpo como si se me hubiese caído un elefante encima.
     Kisuke.
     Si el fuego se había propagado, tal vez había muerto. Entonces, ¿qué era aquel lugar? ¿Quién me había sacado de allí? Aquellos cuatro enfermos habían muerto, los habíamos matado. ¿Había sido él quien me había salvado? ¿O había sido otra persona y ahora estaba en manos de un desconocido que pretendía convertir mi cuerpo en materia prima para sus guisos?
     Cálmate, esto no parece una carnicería, ni una cámara de los horrores, me dije. Esto es más bien una... casa.
     Y yo me encontraba en una cama, sentada por lo abrupto de mi despertar. Me cubría una manta, y no creía que un asesino despiadado hubiese tenido a bien procurar que no pasase frío. Miré la almohada. El maquillaje negro, antaño en mis ojos y labios, ahora era un manchurrón en la tela blanca. No quise ni pensar en cómo estaría mi cara, tal vez me hiciese parecer —aún más— un espíritu. Aquel era el menor de mis problemas.
     Aparté la manta y traté de bajarme de la cama. Coloqué los pies en el suelo. Y descubrí que estaba descalza. Quienquiera que me hubiese llevado allí, me había descalzado antes de meterme en la cama. Me fijé en la mesita de noche: un mueble simple y rústico. Y mi látigo encima. Mi nuevo látigo. ¿Qué clase de asesino despiadado me dejaría el arma a mano?
     Un asesino más amable que despiadado.
     A pesar del dolor general, y a pesar de aún estar mareosa y con el cuerpo revuelto, me di cuenta del intenso olor a tabaco de la estancia. De algún modo, me tranquilizó. Mi pulso comenzó a darse cuenta de que, tal vez, el peligro ya no fuese tal y podía relajarse, al igual que mis músculos tensos.
     Al ponerme en pie, me apoyé en la mesita con una mano y con la otra cogí el látigo. Despacio, avancé hacia el otro lado de la habitación. Con cuidado, me asomé por la ventana. La abrí. El frío entró cortante y, con él, el inconfundible aroma del mar. Observé cómo algunos copos caían sobre la repisa.
     Era de noche.
     ¿Cuánto tiempo había estado dormida?
     Mi largo cabello blanco, ahora rojizo en su mayor parte por la sangre que recuerdo que me manchó en aquella cámara, estaba pegajoso. Aun así, se mecía con la brisa invernal. Me encogí de hombros, abrazando el látigo. Después, volví a cerrar la ventana.
     Si aquel olor no me confundía y Kisuke estaba cerca, debía encontrarlo. Deseé que lo fuera, porque de lo contrario, mi problema era doble. Comencé a andar hacia la puerta de la habitación, despacio.
     

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#2
OST

Kisuke no podía dormir, había dejado a Maeve acostada en la cama y había salido a cavilar a los pies del manzano que había al lado de su casa. Estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco, con Yamigiri en el regazo. No podía dejar de darle vueltas a todo lo que había pasado en El Cascarón, aunque por lo menos había podido darse un baño mientras Maeve dormía para quitarse el olor a podredumbre, mugre y sangre que había en aquel antro de mala muerte.

"Esos hijos de puta estaban enfermos, no tengo muy claro que es lo que hacían pero el olor a muerte y sangre de aquel sitio no nos auguraba nada bueno ni a Maeve ni a mi."

No quería ni imaginar que era lo que había llegado a ver la joven albina, pero, dado como se agitaba en sueños, lo que era seguro es que no era nada agradable ni que alguien quisiera recordar. Kisuke tenía sus propias conjeturas basadas en los instintos más básicos y asquerosos del ser humano, pero no se hacía una idea del nivel de degeneración y locura que habían tenido en realidad los cuatro cadáveres que dejaron tras de sí.

"Lo peor de todo es que me quedé sin lo que había ido a buscar, aunque al menos Maeve sí había conseguido su arma."

Le sorprendió un poco que escogiese un látigo habiendo visto su habilidad con las dagas, pero no era quien para juzgar el arma que llevase su nueva amiga. De hecho el mismo por su complexión quizá pegase más con un kanabo o un martillo de guerra, pero el pescador se consideraba un espadachín fino y técnico y no le gustaba la manera tan brutal de combatir con aquellas armas contundentes.

"De todas maneras, si no consigo un equipo para mantener a Yamigiri, se me va a quedar hecha una mierda y acabará por ser inservible.

Sacó del bolsillo del pantalón un viejo trapo y desenvainó su katana, que aún tenía manchas de sangre fresca y visceras al haber cortado por la mitad a aquel grandullón. Con cuidado y desde el lomo de la hoja para no cortarse, pues la katana estaba muy afilada, empezó a frotarla para quitarle las manchas.

"Mierda, esto no puede hacerse así, lo sé muy bien, pero de momento es lo único que puedo hacer para limpiarte Yamigiri."

Le aterraba la idea de quedarse sin el legado de su padre, y por eso mismo tenía la intención de adquirir el equipo en cuanto tuviese ocasión. Pero también había percibido durante la batalla, que el estilo de una espada, o ittoryuu, se le quedaba pequeño, quizá debería probar a usar un estilo de dos espadas.

"Nitoryuu... No tengo dinero ahora mismo para comprar una katana lo suficientemente buena, pero en cuanto lo tenga, creo que voy a intentarlo, por algo soy ambidiestro."

Ya había tomado su decisión, en cuanto tuviese dinero suficiente para una katana en condiciones, la compraría y se haría usuario del estilo de dos espadas. Aunque sus técnicas de Ittoryu seguiría haciéndolas con la Yamigiri, necesitaría una katana que aguantase el ritmo de su propia espada, no le valía con cualquiera.

"Bueno Yamigiri, tendrás una compañera y jugaréis a matar a los malos.... kuhahahaha.

Entonces escuchó ruidos que venían de dentro de la casa, aunque no se alteró lo más mínimo, suponía que Maeve había despertado y estaría desconcertada. Dando una calada a su cigarro la llamó para que fuese donde estaba y así explicarle como había llegado hasta allí.

[Imagen: 9d0fd462f4562f9588a7d71656df1306ad8cc58c.gifv]

-¿Ya despertaste, señorita Mapache? Si quieres saber como salimos del estercolero estoy aquí afuera junto al manzano... kuhahaha.

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#3
OST DE LA ESCENA

    Cuando estaba alcanzando la puerta de madera, escuché una voz. Me llamaba, pronunciaba mi nombre. Los rescoldos de mi preocupación se calmaron cuando reconocí al dueño. Puede que conociese a Kisuke de un día, pero la intensidad de lo que habíamos vivido había conseguido que mi memoria hiciese bien su trabajo. Al menos, aquella que no tenía relación con los últimos segundos de aquel infierno.
     Recorrí la casa, buscándolo, hasta que me di cuenta de que su voz no procedía del interior de aquellas cuatro paredes. Me dirigí hacia lo que parecía la puerta de entrada, pues, como es obvio, era la primera vez que me encontraba en aquella casa. Abrí y el frío, de nuevo, se adentró con su gélido abrazo. Avancé descalza y sintiendo el terreno natural bajo mis pies. 
     Localicé a Kisuke enseguida.
     Volví a sentir alivio ante la única cara conocida de aquella isla que me apetecía ver. Ante cualquier otra, desde luego, me invadirían otras clase de instintos, unos más homicidas. Caminé en su dirección.
     Me impresionó ver el acantilado que se abría a tan solo unos metros de la casa. Después, el mar en toda su inmensidad. Apenas podía verlo, pues la noche nublada era estricta. De hecho, aquellos copos que caían sobre la repisa de la ventana, ahora lo hacían sobre mí, sobre el suelo. Kisuke los evitaba de momento, pues el gran árbol bajo el que se cobijaba los acaparaba todos.
     Estaba cuidando de su katana.
     Sí, recuerdo que le pidió a aquellos tipos un equipo de mantenimiento para esta. Yo no entiendo mucho de espadas, y menos de esa clase, pero supongo que si buscaba algo así en un lugar como aquel, significaba que era importante. Desde luego, el trapo que tenía en la mano no parecía digno del mercado negro, así que supuse que no había conseguido su objetivo. O tal vez sí, pero no lo estaba usando en ese momento.
     Continuaba caminando hacia él. Lo hacía despacio, pues mi cuerpo aún se resentía por la sustancia que aquella hija de puta me había inyectado. Me abrazaba a mí misma a causa del frío.
     Imagino que ya debía de sentirme lo suficientemente a salvo, con la pesadilla disipándose en el intrincando plano de lo onírico, porque mi sentido del olfato comenzaba a trabajar mejor. Y lo que me decía no era nada alentador: tanto mi ropa, como mi piel y cabello guardaban el hedor a sangre y muerte.
     Joder, a Kisuke no le valdría con lavar las sábanas: tendría que tirarlas.
     Y veríamos si yo tenía que hacer lo mismo con mi ropa. Ahora, consciente de mí misma, estaba deseando arrancármela, tirarla al suelo y quemarla. Dicen que el fuego purifica. Bastante fuego has tenido ya, me dije en mis adentros. Pues sin fuego, pero que dejase de tocar mi piel. Me sentía sucia.
     Por esa razón, cuando me acerqué a él lo suficiente como para poder hablar sin gritar, me detuve. La realidad era que me avergonzaba que pudiese captar ese olor en mí, así que esperaba que la distancia prudencial fuese suficiente para salvarlo del hedor.
     —Me alegra saber que estás bien —admití a modo de saludo. 
     Recordé cómo partió en dos a Kahn, esperando que eso no fuese una parte más del estado febril que me consumió allí. En su espada quedaban restos de sangre, así que supuse que bien podría ser cierto. A diferencia de lo que encontré en la cámara de los horrores, el recuerdo de aquel asesinato me gustaba. Aquel gilipollas tuvo lo que se merecía, al igual que los otros tres.
     Tendríamos que hablar largo y tendido de lo que sucedió. En especial, sobre cómo había escapado y me había sacado de allí. Porque había sido él, todo apuntaba a eso. 
     Intenté concentrarme en la incipiente conversación con Kisuke, pero el mero roce de la ropa hedionda sobre mi cuerpo me estaba obsesionando. Joder, y mis cosas estaban en El Mirador, aquel hostal de East Ballywood, incluyendo prendas con las que podría cambiarme. Prendas limpias. Lo que significaba que debía volver allí en algún momento.
     Me estaba dando puto asco.
     No pude soportarlo más y cedí al impulso. A pesar del frío. A pesar de la tímida nieve. A pesar de Kisuke.
     Me despojé de la chaqueta, de mi corsé oscuro y la camisa del mismo tono que lo complementaba, así como de los pantalones de cuero negro. Los arrojé a un lado, lejos, como si me quemaran. Su sola existencia me ofendía. Tan solo mi ropa interior —negra, por supuesto— se mantenía sobre mi blanca piel. El frío comenzó a doler, pero era mucho más benevolente conmigo que la pestilencia de la ropa desechada.
     Mi cabello manchado de sangre caía, endurecido, sobre mis hombros y espalda.
     El pudor que no sentí se quedó en segundo plano.
     —Dime que tienes una bañera, jabón y ropa que puedas dejarme.
 

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#4
Kisuke alzó la mirada cuando escuchó la puerta de la casa abrirse, y vio como Maeve salía de allí agarrándose los brazos a causa dle frío, el pescador estaba tan concentrado en sus pensamientos, que apenas había notado que estaba cayendo una suave nevada que ya cubría el suelo con un manto blanco y puro.

"No se si está aún con efecto de la droga que le inyectaron pero si sigue así descalza sobre la nieve se va a terminar resfriando."

Y mayúscula fue la sorpresa de Kisuke cuando, contra todo pronóstico, la joven albina se quitó la ropa, llena de inmundicia y mugre por su aventurilla en El Cascarón, quedándose apenas con una ropa interior negra que resaltaba mucho con su nívea piel. Como Kisuke nunca había visto a una mujer de esa guisa, no supo como reaccionar, pero instintivamente lo que hizo fue quitarse su capa y lanzársela a Maeve para que se cubriese del frío.

[Imagen: Fe1NuIkXoAALyMy.jpg?ex=65e4add8&is=65d23...52c8382e7&]

-Toma anda, tápate con esto mientras caliento un barreño de agua para que te des un baño. El hecho de ser atractiva y guapa no te va a proteger de un buen resfriado... kuhahaha. En cuanto a la ropa miraré a ver si queda algo de mi madre en la casa. Si no tendrás que ponerte algo mío aunque te quede enorme.

Dicho esto, se levantó y le hizo un gesto con la cabeza hacia la casa, para resguardarse de la nieve. Ahora que la escena con Maeve le había sacado de sus pensamientos, fue consciente del frío y como la nieve iba cubriendo todo con su manto alrededor de la casa, hasta donde la tenue iluminación de su pequeña casita iluminaba.

-No cabe duda que hemos vivido una extraña aventura, Maeve, pero, al menos, conseguiste lo que habías ido a buscar, ¿no?

Esperaba que la mención al látigo que había conseguido llevarse de aquel infecto agujero fuese suficiente para levantarle un poco el ánimo a la joven albina, que parecía bastante desubicada.

"Aunque no me sorprende después de lo que hemos visto, ni siquiera se si preguntar por que es lo que vio en aquel agujero que parece que le haya pasado factura."

Abrió la puerta y le hizo un gesto a Maeve para que entrase, mientras el fue a la parte de atrás de la casa a por el barreño grande para calentar el agua que echaría en la bañera para que la joven se diese un baño y quitarse el hedor de su siniestra aventura en East Ballywood.

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#5
     Debía de haber parecido una auténtica loca, pero loca me iba a haber vuelto si no me despojaba de aquellas ropas infectas. Kisuke, de inmediato, me lanzó su capa. Usó las palabras "guapa" y "atractiva" en su frase, aunque en aquel momento me sentía más como una rata de alcantarilla. 
     —¿Estás seguro? Luego vas a tener que tirar tu capa también. —Había intentado sonar despreocupada, pero mis dientes castañeteaban por el frío. No me arrepentía de haberme desvestido: mejor congelada que putrefacta. Después, respondí su pregunta—: No te mentí cuando te dije que no sabía lo que buscaba. —La fina capa de nieve crujía bajo nuestros pies; en mi caso, bajo las plantas desnudas y heladas—. Pero vi ese látigo y enseguida me di cuenta de que debía ser mío. Una vez usé uno, hace mucho tiempo, y me gustó el estilo de pelea, pero era demasiado cutre y, hasta ahora, no he tenido la oportunidad de encontrar uno como es debido. —Crucé el umbral de su casa; el calor del interior fue gloria bendita. Incluso cerré los ojos por unos instantes—. ¿Y tú? ¿Encontraste lo que querías? Aunque no es que tuviésemos mucho tiempo...
     Joder, me había quedado hablando sola. Pensaba que Kisuke venía detrás. Ni siquiera me molestó: el calor de aquel hogar era casi divino para mí. Luego apareció con un gran barreño lleno de agua. Mi salvación. Seguí al hombre por la estancia y vi cómo se disponía a calentar el agua.
     —Que si encontraste lo que querías —repetí. Aunque, como pensé antes, creí conocer la respuesta de antemano.
     Luego, me dispuse a observarlo. Los músculos de sus brazos se marcaron mientras sostenía el barreño lleno de agua. No supe calcular los litros que podía haber dentro, pero no eran pocos. La verdad es que, cuando entré en aquel agujero infecto de gente cuya máxima en la vida era comer, beber y follar, no esperaba encontrarme con alguien como él. No es que comer, beber y follar sea algo malo, al contrario, pero la simpleza de aquellos paletos no les dejaba pensar en ser algo más en sus míseras existencias. 
     No podía negar que Kisuke me intrigaba: alto, musculoso, atractivo, sabía pelear —y muy bien, además—, era respetuoso —excepto, al parecer y obviamente, con sus enemigos—, y parecía no pensar solo con la polla —lo cual, en ciertos ambientes, era todo un logro—. Era pescador y, observando la casa y su situación geográfica, esta parecía corroborar su profesión. Un pescador que no solo destripaba peces, sino también oponentes. Entorné los ojos sin dejar de observarlo. Desde luego, no era un pescador habitual, a no ser que todos los pescadores de aquella isla fuesen como él, lo cual dudaba.
     Conforme sentía, en la pequeña distancia, el vapor del agua caliente, más necesidad iba teniendo de sumergirme ahí y librarme de la mierda que me cubría. Y de calentarme, pues el exterior me había dejado fría. Como había dicho el pescador, no quería tener que enfrentarme a un resfriado. Qué pereza.


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#6
Kiuske se limitó a sonreír despreocupadamente cuando le dijo que quizá debería tirar su capa; no era algo que le preocupase en realidad. Cuando Maeve entró en la casa, el se fue a la parte trasera donde tenía el depósito de agua para llenar un barreño de unos cuarenta litros de agua para que la joven se diese un baño.

"En realidad no es tan misteriosa como aparenta, simplemente debe haber pasado por un montón de problemas desde que era niña, pero tiene reacciones como cualquier hijo de vecino."

Una vez lleno el gran barreño, lo agarró por las asas laterales que tenía y lo alzó tensando sus músculos para llevarlo al interior de la casa. Ya en el interior, lo puso a calentar al fuego que había encendido antes mientras Maeve aún dormía y mirándola con sorna le preguntó:

-Pues podríamos usar tu ropa y mi capa para avivar el fuego... kuhahahaha

Le preguntó si había conseguido lo que quería en aquel antro. Kisuke se rascó parte de atrás de la cabeza sin apartar la vista de las llamas.

-En realidad no, como el sitio estaba en llamas y tú estabas inconsciente, priorice el salir de allí a ponerme a buscar entre todos aquellos armarios que había los materiales que necesitaba.

No le dijo que en realidad ni siquiera pensó en eso hasta casi llegar a su casa. Después de lo que habían vivido allí era lógico, suponía el pescador.

El vapor de agua comenzaba a llenar la habitación y Kisuke juzgó que ya estaba lista, así que alzó de nuevo el barreño y lo volcó con cuidado en la bañera que había en la estancia, que quedó llena hasta la mitad de su capacidad más o menos.

-Mira a ver si está a tu gusto, si está demasiado caliente, puedo traer un poco de agua fría para ajustarlo a tu gusto.

Sin esperar respuesta, se puso a rebuscar en un armario y sacó un tarro que contenía un jabón líquido y una esponja marina que había pescado hacía poco. Él solía pescarlas de vez en cuando para asearse y tenía una buena remesa así que no le importaba darle una a estrenar para que no se sintiese incómoda.

-Aquí tienes jabón y una esponja natural. Espero que te sirvan.

También sacó del armario una toalla suave y grande para que pudiera secarse y se la entregó, junto con un sencillo vestido marrón y una blusa blanca que habían sido de su madre.

-Úsala sin problema, está limpia y es bastante suave.

Dicho esto, salió de la casa y se sentó en el porche en un tocón que usaba como banco con la espalda apoyada en la pared. Sacó un cigarrillo y lo prendió mientras la nieve seguía cayendo suavemente alrededor.

"Es una chica muy interesante, aunque parece algo hermética, ojalá pueda saber más cosas sobre ella."

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#7
OST DE LA ESCENA

     —Ya estamos tardando en quemar esas mierdas —respondí pensando en mi ropa—. Pero cuando me bañe, que quiero comprobar los bolsillos.
     Debería tener el dinero en algún lugar de esas prendas. O eso esperaba. No quería, encima, haberme quedado arruinada. Dándole esa información a Kisuke podría alentar su curiosidad y robarme, aunque no le veía haciéndolo después de todo lo que había observado en él. Además, podría haberlo hecho mientras yo estaba sin conocimiento. De hecho, podría haber hecho cualquier cosa. También lo dudaba mucho.
     Repito: lo conocía de un día, pero no había que rascar mucho para sacar a flote su nobleza, incluso cuando, como yo, había asesinado. Solo que, en mi caso, no usaría la palabra "noble" para definirme en ningún caso.
     Así que, en efecto, me había sacado de allí. Cero sorpresas. Me había salvado de morir calcinada cuando, tal vez, lo más fácil para él habría sido salvar su culo primero. Al fin y al cabo, no me debía nada.
     —Al final resulta que sí necesité al caballero de brillante armadura —comenté, algo sarcástica, aludiendo a mi propio comentario cuando, en la sala de armas, Kisuke se había colocado delante de mí—. Solo que sin armadura brillante.
     Cuando el pescador terminó de preparar la bañera, introduje un dedo en el agua. Era lo más perfecto que había tocado en mucho tiempo. Iba a responderle, pero desapareció otra vez. Regresó con jabón y esponja. Una natural, dijo. También con una toalla grande y blanca, así como con un vestido y una blusa. Eran marrón y blanca, respectivamente. Hacía que no me ponía un vestido desde hacía tres siglos, aproximadamente, y no me siento cómoda con ellos, pero... sería horriblemente maleducada haciendo algún comentario al respecto. Y si algo merecía ese hombre era educación, pues educación daba. 
     Sí, puedo ser educada.
     Kisuke se marchó. No esperaba menos.
     Cuando me supe sola, me despojé de la ropa interior y la dejé caer al suelo. Metí una pierna en la bañera, luego la otra. A continuación, me agaché. El agua caliente besó cada centímetro que tocaba de mi cuerpo y sentí un placer indescriptible. Cerré los ojos, tumbándome. Mi cuerpo me advirtió del peligro con una pequeña debilidad, la akuma no mi siempre protestaba en esos casos, pero una bañera era algo irrisorio. Si moría así, era que mi destino era estar muerta, desde luego. El nivel de patetismo sería extremo, llegado el caso.
     Me dejé resbalar y me quedé sumergida entera. Los sonidos se convirtieron en algo de otro mundo, amortiguados. Aguanté la respiración, retando a mi propios pulmones. Solo salí cuando estos comenzaron a arder. La bocanada de aire supuso otra oleada de placer.
     Pensé en todo lo que habíamos vivido... ¿esa noche?. ¿la noche anterior? Tenía que preguntarle a Kisuke. La visión espeluznante de la cámara de los horrores regresó a mi mente. No era la primera vez que veía cuerpos mutilados (algunos de ellos, obra mía), pero aquello era veinte pasos más allá, sobre todo, cuando supe el destino que les esperaba y, por supuesto, todo lo que les hacían seguramente antes de morir. O lo que creía yo que les hacían, porque tengo muy buena imaginación.
     No nos confundamos: yo he torturado. Y volvería a hacerlo. Solo que aquello, no sé, parecía una escena sacada del mismísimo averno.
     Cogí el jabón e hice mucha espuma. La deslicé por mi cuerpo, frotando con la esponja. La fuerte presión me dejaba la piel roja, pero bien valía el dolor si a cambio sentía una limpieza profunda. Después, el cabello. Tuve que emplear gran cantidad de jabón para quitarle cualquier resto rojizo y marrón. El agua era cada vez menos cristalina.
     ¿Qué habría sucedido si no hubiese estado Kisuke allí esa noche?
     Habría dado la contraseña y habría entrado igual, guiada por Brenda y directa a las garras de aquellos cuatro desequilibrados. Y yo sola contra ellos... No habría tenido escapatoria posible, incluso si no me hubiesen inyectado nada. Y me habrían secuestrado. Y me habrían metido en aquella cámara. Y me habrían hecho... de todo, para luego servir mi carne en aquel agujero de mala muerte. Fin, no hay más.
     Dejé transcurrir los minutos hasta que el agua comenzó a estar fría. Dentro de la casa se estaba muy bien, pero no olvidemos que era invierno. Con cuidado, me puse de pie, no quería protagonizar una caída que me hiciera lo que aquellos cuatro no pudieron. Salí de la bañera y rodeé mi cuerpo con la toalla. Escurrí mi pelo, dejando que las gotas cayesen sobre el agua ya no tan limpia de la bañera.
     De alguna manera, sentí que me había purificado.
     Después, recogí mi ropa interior del suelo, que una no es una cerda. Las dos prendas irían al fuego, por supuesto, así que en algún momento debía buscar otras, o llegar hasta las mías en el hostal. 
     Me puse la blusa y el vestido. Despacio, me acerqué a un espejo grande que vi no muy lejos. Me miré. Apenas me reconocí. Entre la ropa y que ahora no llevaba ni una gota de maquillaje negro —cortesía de mi afán por sacarme la mugre—, fue como si regresara al pasado, encontrándome con una Maeve que todavía no había entregado su alma a la piratería.
     Un fantasma.
     Sabía que Kisuke había salido de la casa, pero, sinceramente, yo no me atrevía a hacerlo. Con ese frío y recién bañada, aún con el pelo mojado, corría el riesgo de convertirme en una estatua de hielo con pulmonía.
     Decidí esperarlo dentro.
     

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#8
Mientras Maeve se bañaba, Kisuke aprovechó para tratarse sus heridas del combate. Al coger el jabón que le dio a Maeve también cogió el tarro de ungüento que tenía y empezó a darse friegas en los brazos, donde tenía unos buenos cardenales de los golpes recibidos con la barra de acero del mostrenco de Kahn.

"Joder, ese cabrón era fuerte, menos mal que estuve rápido para esquivarlo si no no lo habría contado... bueno ni yo, ni Maeve."

Cuando terminó con los brazos, se quitó la camiseta que llevaba, quedando al frío de la noche y el invierno, con el torso desnudo, y se fijo que tenía un enorme cardenal que le iba desde la parte derecha del abdomen hasta el pectoral izquierdo.

"Este golpe pudo haberme roto alguna costilla perfectamente, parece ser que no pero he librado una buena tunda, con razón me quedé sin respiración por unos momentos."

A pesar del frío aguantó estoicamente para que el ungüento hiciese efecto y su piel lo absorbiese por completo. Había sido generoso en la administración del mismo, puesto que los golpes habían sido muy fuertes, aunque por suerte, habían salido más o menos, con pocos daños.

"Quizá deba ofrecerle el ungüento a la señorita Mapache tambiñen."

Para pasar el rato, encendió un cigarro de nuevo, y miró sus manos, imaginando cómo sería empuñar dos katanas en vez de solo a Yamigiri. No tenía muy claro aún como hacerlo, pero no tenía dudas que llegado el momento lo sabría.

"Lo que si parece claro es que con el Raito Kyasuto debería acercarme como hice en el último lance del combate, para hacerlo más profundo posible el ataque."

Entonces recordó a Maeve lanzando aquella daga con una precisión milimétrica y como había acabado con aquella tipa que se pasó de lista con la joven pensando que no podría hacerle nada. Kisuke sonrió; no hay nada más peligroso que una mujer hábil y callada, porque no va a ladrar, va a morder.

"Sin duda es una mujer de armas tomar, pero es buena chica."

Había pasado ya bastante rato y Kisuke aún no podía ponerse la camiseta, el ungüento seguía fresco en su piel, al parecer era de absorción lenta, y tampoco quería resfriarse, así que preguntó a viva voz:

-¿Has terminado ya de bañarte, Maeve?

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#9
     —¡Sí! —respondí ante su pregunta.
     Tal vez tendría que haber dado señales de vida antes. Muy poco atento por mi parte, ya que estaba segura de que si había salido fuera de la casa era para dejarme intimidad y no para disfrutar del crudo invierno. Me solía ocurrir: cuando me zambullía en el interior de mi cabeza, podía verme arrastrada por un torbellino de pensamientos o recuerdos que hacía que el resto del mundo desapareciese frente a mis ojos. A veces, se trataba de una corriente apacible, dependiendo de la intensidad de lo que hubiese vivido, evocado o pensado.
     Evocar la locura de un grupo de caníbales no era algo trivial precisamente, al igual que el destino de sus víctimas. Aunque eso, por supuesto, también me había hecho pensar en cómo había conocido a Kisuke y su papel en toda la historia (y, por ende, la mía, que si continuaba era gracias a él).
     Maldito y oportuno pescador.
     Y maldito y desgraciado borracho. Me refiero al que me dio la contraseña y me mandó a El Cascarón. No sabía si estaba al tanto de la verdadera naturaleza del bajo mundo en ese sitio, pero esperaba no encontrármelo nunca más. Por su bien. 
     Ya me estaba desviando otra vez. Regresé al presente.
     Tal vez quedaba feo por mi parte no salir en la búsqueda del dueño de la casa, pero volvía a temer a la congelación. Estúpido, sí, sobre todo si no había temido otras cosas. Pero también estúpido el hecho de salir y pedir prácticamente a gritos una enfermedad. 
     Me apoyé en la ventana más cercana a la puerta y miré a a la oscuridad exterior. La cantidad de copos estaba empezando a aumentar y la capa del suelo parecía más mullida. Al menos lo que podía ver, porque el vaho de mi respiración empañaba el cristal y no quería restregarlo mucho con la mano. 
     Esperaba que Kisuke me hubiese escuchado y estuviera viniendo. Si no, en fin, sí que me tocaría salir.


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#10
Kisuke escuchó la respuesta de Maeve sin problemas, así que recogió la camiseta y se la echó al hombro, puesto que aún no podía ponérsela por el ungüento, y entró en la casa. El vapor había empañado los cristales de las ventanas y había una calidez en el ambiente muy acogedora, lo cual el pescador agradeció enormemente después de haber pasado tanto rato semidesnudo a la intemperie con la que estaba cayendo.

[Imagen: D7rg2j2WkBAinkj.jpg?ex=65f0855e&is=65de1...c87196b8a&]

"En realidad no hay nada como el calor del hogar."

Sabía que tarde o temprano se marcharía de allí, quizá para no volver nunca, pero apreciaba su hogar. Se fijó en Maeve y pensó enseguida que no le pegaba para nada esa ropa. También le resultó extrañó verla sin maquillaje, aunque pensó que eso no la hacía menos atractiva, quizá sólo le restaba un poco ese aire de misterio que envolvía a la joven. Ante él, sólo pudo apreciar a una muchacha, sin más, atractiva, pero sin ese halo místico que parecía envolverla en su primer encuentro. Pese a la diferencia, no le desagradó ver esta faceta de la joven.

-Espero que hayas disfrutado el baño, Maeve. Aunque ahora sin el maquillaje no puedo llamarte, señorita Mapache... kuhahahaha.

Intentó que pillase su tono de broma, pero aún no sabía muy bien como tratar con la joven, al fin y al cabo, se conocían desde hacía un suspiro, como aquel que dice.

-No sé que planes tendrás, imagino que tendrás un equipaje o algo en algún lugar, pero puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, no te de reparo si no quieres regresar al East Ballywood, después de todo, es comprensible tras lo ocurrido.

Era un ofrecimiento totalmente sincero, sabía que quizá la joven no quisiera regresar o permanecer mucho tiempo en el agujero infecto que era el East Ballywood, pero sólo podía ofrecerle eso, alojamiento mientras ella quisiera y ayuda si la necesitaba.

-Por supuesto, si tienes que regresar allí, y lo estimas oportuno, te acompañaré, para que así no te pillen de sorpresa.

Sacó un cigarrillo y fue a la parte de la cocina donde sacó dos jarritas que llenó con un barríl de cerveza que tenía en el aparador. Le tendió una a la joven con una sonrisa.

-Brindemos por nuestra victoria ante la escoria humana... kuhahaha

resumen de turno


karma
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