[Pasado] - Algo que celebrar
#11
     Una vez más, los ojos de Eaa sobre mi pecho. A pesar de la conversación que tuvimos en el bosque de Toroa, empezaba a creer que lo que me contó no era del todo cierto, que quizá había algo más. La verdad, no estaba en mis planes incluir esa pregunta en el juego. Y he de decir que, esa noche, mi escote era espectacular.
     Eaa no llevaba escote, al menos en ese momento, porque seguía como su madre la trajo al mundo de cintura para arriba. Ella misma no parecía darle ninguna importancia. O tal vez se tratase de una jugada estratégica para... ¿captar mi atención? La verdad, no creía eso, pero cualquier otra persona se hubiese cubierto inmediatamente después.
     Dijo que no la habían detenido nunca, ya que evitaba los problemas. Sonreí. Menuda forma curiosa tenía esa muchacha de evitar los problemas, según lo que había visto en Murkhold.
     —Ah, no, no. No puedes hacer trampa. Si bebes después tras otra pregunta, haré más caso a eso que a tus palabras, tú verás —le dije, divertida.
     Siguiente: que si me había comido a alguien alguna vez.
     Iba fuerte.
     Bebí.
     No es algo de lo que estuviese orgullosa, pero tampoco había razón para no estarlo. Es decir, cosas que ocurren. Mi zoan de buitre era la gran culpable de que mi respuesta fuese afirmativa. Creo que no habría cruzado esa línea si no tuviese esta fruta, pero es lo que hay. Sobre todo, cuando hubo hambre. Sobre todo, en ciertas batallas. Contra Waj, sin ir más lejos. Eso sí, procuré que no me viesen, pues supongo que pensé que no es algo normal de ver y que puede espantar a la mayoría. La sensación de desgarrar la carne con el pico es única. Notar cómo baja por tu garganta tierna, húmeda, cubierta de sangre. No es el mejor manjar del mundo, pero... En fin, que si no hubiésemos cenado ya, me habría entrado hambre.
     Si Eaa me juzgaba a partir de aquello... bueno, no haber preguntado.
     Entonces, la semioni pareció darse cuenta de que no se había vuelto a poner la camisa y procedió a hacerlo. Parecía que algunas convenciones sociales aún la pillaban algo desprevenida.
     Reí abiertamente.
     —No te preocupes por eso, no me incomodas. No eres la primera ni probablemente la última mujer a la que le vea las tetas. Por mí no te cortes. —Luego, hizo referencia al látigo, como si lo fuese a usar a modo de castigo con ella. Usado en ese contexto, interpreté que la intención era clara, aun a pesar del bosque—. ¿Miedo yo? —Risotada—. Miedo deberías tener tú, no vaya a ser que te guste y me pidas más. Y no te preocupes, en medio del mar por la noche, ¿quién iba a a ver nada? Por eso estamos teniendo una conversación así. Obviamente, Peteiro no cuenta. Además, si alguien inventase algo alguna vez, lo quemaría. Pero bueno, vamos a lo que vamos —miré al cielo, pintado de estrellas; no hacía tanto frío como esperaba en un primer momento—: "yo nunca he tenido sexo en un barco".
     Bebí, claro.


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#12
Leyenda


Escuché atentamente la advertencia de Maeve. La iba a tener muy en cuenta para no beber cuando no tocara, y que así no pensara nada raro. Escuchar que el hecho de estar semidesnuda no incomodaba a mi amiga me alivió un poco, pero aun así seguía siendo algo raro que ella estuviera vestida y yo no. - Justo como esperaba - la respuesta de la mujer acerca de mi comentario con el látigo no me sorprendió en absoluto. Sonreí, con cierto orgullo. - Vaya, me has pillado. No voy a conseguir engañarte para que lo hagas, ¿no? - hablé, simulando pena, aunque no conseguí disimular muy bien mis ganas de reírme. Era absolutamente imposible que aquella conversación llegara a ningún puerto. Y tampoco lo quería, siendo completamente sincera, pero el simple hecho de plantear una situación tan inverosímil me parecía sumamente gracioso.

Tras eso, habló acerca de haber tenido sexo en un barco. Bebió, evidentemente. Había dejado claro en varias ocasiones que era alguien que valoraba su libertad por encima de todo y con el tiempo había aprendido que con libertad se refería a todo tipo de libertad. Arqueé una ceja mientras miraba a la mujer beber. No sabía si era yo, que había entendido mal el juego, pero que cada frase comenzara por: "Yo nunca he" y que Maeve bebiera con cada frase que decía me chocaba un poco. - Te vas a aburrir conmigo jugando a este juego. Soy un muermazo - Cuando me di cuenta tenía la copa de vino en la mano, cerca de la boca. Obviamente no había tenido sexo en un barco nunca, pero mi cuerpo simplemente reaccionaba por imitación a las acciones de la albina mujer. Aparté la copa con cierta brusquedad. - Menos mal que iba a estar atenta - me llevé el índice izquierdo a la sien, suspirando. - ¡No he bebido! - hablé, mirando a la mujer. Tenía claro que iba a hacer algún comentario al respecto, por lo que me limité a explicarle antes de que pudiera siquiera hablar. - No lo he hecho nunca en un barco. De hecho, ni siquiera lo he hecho nunca. - expliqué. - Bueno. No lo he hecho nunca con nadie que quisiera. Y aun así no había barcos implicados. - maticé. Tras unos instantes caí en que posiblemente no era el mejor tema para comentar en una fiesta. - Pero bueno, no lo he hecho nunca porque tampoco he querido. - cambié levemente de tema, siguiendo con la idea que había dejado la mujer sobre la mesa. Posiblemente aquella no era la mejor forma de continuar la conversación. -  No lo estoy diciendo por decir y para que no te burles de mí. En verdad no me llama todo eso. Bastante he tenido ya. - miré brevemente a la mujer. Como no, me puse nerviosa al cruzar miradas con ella. - Bueno, tal vez en un futuro, quién sabe. - maticé, recordando las palabras de la otra mujer acerca de nunca negar categóricamente nada. - Pero para eso tendría que encontrar a alguien especial. Y eso es imposible. Son todos unos asquerosos - mi opinión al respecto era clara, pues la mayoría de personas que me encontraban encajaban con esa descripción. Me reí, todavía nerviosa. - Bueno, y aunque eso pasara... - di un par de golpecitos en el huevo que rodeaba mis caderas. - Bueno, seguimos, que me lío - alcé la mirada nuevamente. Efectivamente, no aprendo. - No me mires así, que me pones nerviosa. - podía notar que estaba roja como un tomate. Me llevé las manos a mis ardientes mejillas - ¡O te muerdo! - hablé, mostrando los dientes. Aquella podía ser posiblemente la amenaza menos seria que le hubiera hecho nunca a nadie, superando incluso a la de sacarla del bar como un saco de mandarinas y atizarla. - Yo nunca he tenido ganas de darle un mordisco a la persona que tengo delante - cogí la copa de vino y la bebí entera. La rellené sin ningún tipo de cuidado y volví a beber. ¿Por qué de entre todas las cosas había dicho eso? Ni yo misma lo sabía, a decir verdad. Mi cerebro en aquel momento no estaba muy colaborador. - Cuando nos conocimos, y me tocaste la pierna. - expliqué - Yo que se, me puse nerviosa, y me entraron ganas de arrancarte la mano de un mordisco. - me excusé de una forma bastante estúpida. - O cada vez que me miras con esos ojos bonitos. - se me escapó de manera inconsciente. - Hala, te toca decir, que seguramente seas una persona normal y no vayas a beber.



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#13
     —Si quieres conseguir algo, ir de frente suele dar mejores resultados que dar rodeos. Pero no, no cuela, ya te dije que mi látigo solo golpea para herir.
     Sabía que Eaa estaba bromeando, se notaba en su rostro. Y ya lo hablamos en su día en Toroa. Si había alguna clase de verdad escondida en sus palabras, yo no la percibía como tal. 
     —¡Qué va! —respondí a su comentario autocrítico—. Solo tengo que encontrar las preguntas adecuadas. A veces parece fácil, pero no lo es.
     Reí cuando se excusó en el momento en el que iba a beber. El alcohol mejoraba mi humor y lo cierto era que su compañía ayudaba. Y, por supuesto, estar viviendo aquella noche tan esperada.
     Entonces, comenzó a hablar sobre su propia sexualidad. Me sorprendió que no hubiese probado el sexo, pero teniendo en cuenta su pasado, lo poco que sabía sobre ello... no era necesario ser un genio para intuir que la esclavitud había contenido abusos. Por supuesto, esperar lo contrario era depositar fe en lo imposible. No es que hubiese dado detalles, claro, pero la frase "no lo he hecho nunca con nadie que quisiera" era demasiado reveladora. Tan solo hice los cálculos. "Bastante he tenido ya" era otra evidencia. 
     Mis ganas de rajar gargantas regresaron. Bebí de nuevo, importándome una mierda si se consideraba parte del juego. Si no lo hacía, mi rabia afloraría como fuego sobre pólvora. No podía permitirlo. Recuerdos de aquellas habitaciones iluminadas por velas se propusieron inundar mi mente —porque, por supuesto, no solo querían poseerme, sino también verlo—, pero el torrente de cerveza acudió en mi rescate. Cuando el líquido se agotó, alcancé la botella de vino y me rellené la jarra.
     Hijos de puta.
     —Espero que encuentres a tu alguien especial. —Volví a beber, pero los recuerdos fueron otros—. No sé hasta qué punto te afecta el huevo, pero a esa persona no le importará. Y si le importa, es que no te merece.
     ¿Quién era esa que hablaba y que había hecho con Maeve? Supongo que hablé desde los pedazos remendados de mi corazón de mármol. Me encogí de hombros.
     Por suerte, volvió a regañarme por mirarla de algún modo que no entendí y no pude evitar volver a reír, sobre todo cuando amenazó con morderme. Y la siguiente pregunta de Eaa fue relacionada con eso. No sé qué me sorprendió más, si esta o la propia respuesta.
     —¿Así que quieres morderme? —Lo confieso: mi sonrisa se transformó de divertida a pícara. Un reconocimiento tal por la pelirroja bien merecía esa actitud—. Bueno, no serías la primera persona que quiere comerme, aunque para aquellos otros fuese algo más... literal. —Por supuesto que, en aquella incursión con Kisuke, aquellos desgraciados me hubiesen comido de haberles dado la oportunidad—. Puedes intentar arrancarme la mano de un mordisco, para eso tendrías que atraparme primero —dije, divertida. Volvió a aludir a mis ojos.
     Yo no bebí en esta ocasión, pero añadí:
     —Creo que las pocas respuestas que he dado hasta ahora me alejan de lo que se considera "normal" en alguien.
     En realidad, nunca me importó.
     Era mi turno. Solo se me ocurrían cosas que ya sabía que había hecho, lo cual no tenía gracia alguna. Debía intentar buscar algo que me ayudase a saber más de ella, independientemente de si yo bebía o no. De inmediato, una pregunta acudió a mi mente, pero no quería tener que beber por eso, así que la deseché. En su lugar, escogí:
     —Yo nunca he estado a punto de morir.
     Me llevé la jarra de vino a los labios. Quizá más veces de las que puedo contar, teniendo en cuenta que la frase abarca desde el "la situación me podía haber matado" hasta "las heridas me podían haber matado". Gajes del oficio, supongo.
     El alcohol había comenzado a proporcionarme una agradable sensación.
     

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#14
Leyenda


"Si quieres conseguir algo, ir de frente suele dar mejores resultados que dar rodeos" No solía tratar de conseguir muchas cosas, pero sí que tendía a dispersarme mucho y andarme por las ramas en muchos temas. - Tal vez la próxima vez lo pruebe - pensé, mientras seguía escuchando a la mujer. Las palabras acerca de encontrar a alguien especial me emocionaron un poquito. Nadie se había preocupado tanto por mí y por mi felicidad antes. Verla beber de la nada me desconcertó un poquito, lo cual en el fondo me vino bien para evitar ponerme a llorar. El alcohol, la comida, la preciosa trenza, pero sobre todo la maravillosa y agradable compañía me habían hecho ponerme extremadamente sensible.

Después hizo referencia a mi comentario acerca de darle un mordisco. Bueno, para ser exactos a mis múltiples comentarios asociados a ese tema. - ¿Acaso es un reto? - pregunté, devolviéndole una pícara sonrisa también. No tenía intención de morder a mi única amiga, y mucho menos arrancarle una mano, pero esas pequeñas pugnas con ella en las que tratábamos de demostrar quién tenía más orgullo utilizando alguna tonta excusa eran algo extremadamente divertido, diría que incluso excitante en ciertos casos. - Como vuelvas a mirarme así te muerdo la nariz, ya verás - le amenacé nuevamente, pues volvimos a cruzar miradas cuando habló acerca de no encajar dentro de lo "normal".

Entonces habló acerca de estar a punto de morir. Bebió. Bebió mucho, bastante más de lo que me hubiera gustado ver. Yo también bebí, también mucho más de lo que hubiera deseado. No contaba todas las situaciones durante mi cautiverio, pero además de esas había estado cerca de la muerte en bastantes ocasiones. Dese algunas más "normales", cómo cuando conocí a Mandarina, hasta otras más variopintas, cómo cuando me bañé antes de sabes que era una usuaria. Hubiera sido extremadamente ridículo morir así.

- Bueno, mejor parar un poco, que si seguimos bebiendo con esta pregunta se va a quedar fría - miré hacia la improvisada mesa. - la... - buscaba sobre esta el postre, sin encontrarlo por ninguna parte. - ¿Y la tarta? - pregunté, extrañada. Recordé entonces que no la había sacado de la bodega. Con una mezcla de nervios y enfado le arrebaté la jarra de vino a la otra mujer. Me bebí el contenido, así como el de mi copa y el de la jarra de cerveza que habíamos dejado para Balban, la cual seguía intacta. Dejé los tres recipientes junto a donde nos encontrábamos, vacíos y boca abajo. - Voy a por la Red Velvet. Hasta que no la probemos no se bebe. - expliqué, señalando a los recipientes y me levanté. - Luego bebemos toda la cerveza que quieras para compensar. - a decir verdad me sentía un poco mal por la forma en que lo había dicho. Aun así, era evidente que el alcohol y la situación me estaban afectando. ¿Yo dispuesta a beber cerveza? Y encima por alguien más. Entré en la bodega y cogí la tarta, la cual estaba intacta. Salí con ella y la coloqué en el sitio que había preparado Maeve. Partí dos porciones y las serví, así como rellené ambas jarras de cerveza. Lo había prometido, y no me gusta incumplir promesas. Tras un pequeño brindis esperé a que la mujer probara la tarta.

- Yo nunca he estado celosa de una amiga. - bebí. No era algo que me enorgulleciera, pero en el trayecto para ir a recoger la tarta decidí que no iba a guardarme secretos con Maeve. Me había demostrado demasiadas veces que podía confiar en ella, y que me acepta tal como soy. - Bueno, tampoco tengo más amigas. - comencé a hablar. No iba a tardar en darse cuenta ella misma tampoco. - La verdad es que me dio un poco de envidia ver que tenías casi el doble de recompensa que yo. Y por eso me puse a entrenar tanto luego. - miré al cielo estrellado, recordando nuestro encuentro en el bosque. - Digamos, que dejaste huella en mí. - solté una risita. - Bueno, igual celosa no era la palabra que buscaba.



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#15
     Bebió ante mi pregunta. Cero sorpresas, por otra parte. ¿Realmente esperaba otra cosa con lo poco que sabía sobre su origen y según su estilo de vida? Un estilo de vida que, por cierto, ahora compartíamos.
     Entonces, ella recordó la tarta. ¡La tarta! ¿Cómo era posible que se nos hubiese olvidado? Además del chocolate, me perdían muchos tipos de dulce, así que no haberlo recordado era como, no sé, un sacrilegio hacia la repostería por mi parte. De hecho, desde que lo dijo, y aunque estaba bastante llena por todo lo que ya habíamos comido, mi estómago protestó, exigiendo su tributo. Eaa prohibió beber más hasta que no la hubiésemos catado y cumplí esa orden con mucho gusto. Bien merecía la pena esperar por algo así.
     Se levantó y se marchó en dirección a la bodega. En su ausencia, me di la vuelta y me dirigí a la hermosa barandilla tallada en madera oscura. El mar nos había regalado su tranquilidad aquella noche, de forma que podíamos disfrutar sin estar muy pendientes del rumbo y del timón, pues tampoco es que estuviésemos avanzando demasiado. Clavé mis pupilas en las oscuras aguas salpicadas de estrellas, gemelas de las que aguardaban sobre nuestras cabezas. Miré hacia arriba. Creo que jamás me podría acostumbrar a aquella obra de arte que pintaba el cielo nocturno: un mapa brillante que, siempre que se viese, jugaba a favor de navegantes, aventureros y almas perdidas. Yo pertenecía a aquel grupo, fiel a los caminos rutilantes que me servían de guía. Una visión como aquella, que erizaba la piel de mis brazos y no por el frío, bastaba para recordar a cualquiera su volátil paso por el mundo.
     Cuando escuché los pasos de Eaa, regresé a mi anterior posición, haciendo hueco para que cupiese la delicia que traía entre las manos. La dejó sobre el nuevo espacio del barril y, a continuación, otro brindis. Cualquier excusa era buena. La pelirroja me sirvió un pedacito de tarta. Y, si el aspecto del postre me sedujo, su sabor me conquistó. Volví a cerrar los ojos ante la vorágine que notaba sobre mi lengua.
     —Muerte por tarta —prácticamente gemí.
     Como es natural, engullí la porción. Y no me comí otra porque el riesgo de explosión era bastante elevado, y más si iba a seguir bebiendo como tenía pensado. Sufriendo lo indecible, rechacé cuando ella me ofreció más, indicándole que prefería guardármelo para el desayuno. Al día siguiente, no tendría piedad.
     Regresó el turno de Eaa y, de nuevo, me llamó mucho la atención su pregunta. ¿Celosa de mi cartel de recompensa? Bueno, confieso que estaba orgullosa del cartelito, pero no pensaba que causaba eso en ella.
     —Si te ha servido para avanzar en tu propósito, bien están los celos.
     Volvió a hablar de dejar huella; en concreto, yo en ella. La falta de costumbre de esas revelaciones sobre mi persona hacía que no supiese qué responder, así que... sí, yo también bebí.
     —Admito que... no estoy contenta con mi parte en la pelea contra Waj. No solo no pude hacerle ni un rasguño, sino que encima me capturó. Es patético, lo mires por donde lo mires. —No tenía pensado confesar eso en voz alta, pero la bebida suelta la lengua, supongo—. Y, sin embargo, tú... Joder, esos golpes, la sangre... Peteiro también hizo lo suyo, ¿no? Pero en ti vi una fuerza que me habría gustado para mí en aquel momento. Desde entonces, siento que mis espaldas están más seguras si en algún momento te necesito. —Bebí, me ardían las mejillas—. Una puta guerrera, eso fuiste.
     Miré hacia otro lado. Entre las cien cosas que mejor se me dan, reconocer mis sentimientos —de cualquier tipo y a cualquier nivel— no era ninguna de ellas. Joder, odio que me vean... así. Igual la noche era clemente conmigo y me ayudaba con sus sombras.
     Quería cambiar de tema.
     —Yo nunca he sido traicionada por alguien en quien confiaba. —Mucho mejor sacar a relucir las mierdas, a dónde iba a parar. Ni siquiera sabía porqué hablaba de eso y por qué había sido yo quien sacaba el tema, si obviamente iba a beber. Bueno, así el sonrojo desaparecería de mi cara seguro. Ella me miraba, supongo que esperando algún tipo de explicación—. Es una larga historia, pero el capitán de mi primera tripulación (y única, hasta vosotros), quiso venderme a unos cazarrecompensas. Pensaba que era especial, que era... —La puta historia de mi vida. Ni te quejes, que has sacado tú el tema—. Un hijo de puta, eso era.
     

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#16
Leyenda


La cara de Maeve cuando probó la tarta era todo un poema. - Esta chica... - pensé, sonriendo. Era muy irónico, pues a la albina le preocupaba más bien poco qué comíamos, pero por otro lado se veía cómo disfrutaba enormemente con la comida. Tanto que incluso a veces no podía ocultar su reacción, como con la tarta o antes con la lasagna. Era algo que como cocinera y amiga me hacía muy feliz. Me sorprendió mucho que bebiera tras mi pregunta. Aun así, no me sorprendió ni de lejos tanto como lo hicieron sus palabras posteriores. Me quedé en completo silencio, mirando a esta hablar. Tenía los ojos abiertos como platos. Cada palabra que salía por su boca era como un huracán que disipaba las sombras que había dentro de mí. Alabó mi forma de pelear, y dijo que se sentía mucho más segura gracias a mí. Gracias a mí. No cabía dentro de mí de todas las emociones que esas palabras me hicieron sentir. - Yo... - hablé torpemente. Parecía que sus palabras me hubieran dado un golpe en la mandíbula y me hubiera mordido la lengua. - Yo también me sien... - suspiré,  intentando calmarme. Estaba roja como un tomate, lo sabía. Me daba completamente igual. Era algo que tenía que decir, y más después de escuchar las palabras de mi amiga - Yo también me... siento segura contigo al lado - dije finalmente. Nuevamente, decirlo se sintió como liberarse de una pesada carga. - Bueno, con Waj me dejé llevar. - expliqué - Igual demasiado. - miré a otro lado, rememorando aquello. - No voy a mentir, nunca me he sentido tan bien como cuando le hice la cabeza puré. - me mordí inconscientemente el labio inferior. - Fue... - me quedé unos instantes pensativa. En verdad era una sensación que no había experimentado nunca. - No se cómo explicarlo, pero fue lo mejor. - me reí, dando un largo trago a la jarra de cerveza.

Entonces, habló sobre haber sido traicionada por alguien en quién confiaba. Escuchar sus palabras fue bastante duro. Más que tristeza sentí un odio atroz. Apreté la cucharilla con fuerza, mientras escuchaba a esta hablar. Me acordé entonces de cuando nos contó su peor crimen. No tenía la libreta a mano, por lo que hice memoria. - Espera, esos son los del comando barbacoa, ¿no? - pregunté, intentando de cierta forma quitar hierro al asunto. - Bien están entonces en el puto infierno. Aunque, si les hubiera pillado seguro que les habría arrancado la piel a tiras antes de cocinarlos. - expuse. Tras finalizar, se quedó en silencio, seguramente esperando a ver si yo iba a beber o no. - No, esta vez no me toca Maeve. - expliqué. - Sois las dos únicas personas en quienes confío, y no me vais a traicionar. - sonreí. Me quedé un ratito en silencio, recordando las palabras que la mujer había mencionado anteriormente. - Yo nunca me he enamorado



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#17
     
     Por supuesto que Eaa tenia motivos para estar orgullosa de haberle reventado la cabeza a Waj. Leer las expresiones de su rostro mientras lo contaba era muy fácil: muchas veces, era como un libro abierto. En ese momento, me transmitía ese punto sádico que tanto me había gustado ver en ella en la batalla contra el antiguo dueño de nuestro precioso barco. No sonreír ante esto no era una opción, consiguiendo también arrancarme una pequeña risa.
     Como acababa de contar, me habría gustado poder demostrar más cosas en aquella pelea. Y, aunque ya no se podía hacer nada porque el pasado no se puede modificar, no podía deshacerme del mal sabor de boca que aquello me había dejado. Una espina. Me dije que, en el futuro, lograría sacármela, hacer algo acorde con quien quiero ser mientras empuño un arma.
     "Comando Barbacoa", así fue como llamó a Jasper y su tripulación —de la que yo llegué a formar parte durante un tiempo— cuando mencioné la traición. En su día también había contado que quemé gente que me había jodido y ella debió de hacer la unión. Una chica muy lista. Asentí con la cabeza. Sí, posiblemente llevasen en el infierno desde entonces, así que suponía que algún día volveríamos a encontrarnos. Tenía muy claro que, si aquello existía, mi lugar después de la muerte sería el infierno. Era imposible que acabase en otro lugar. Pero estaba bien con ello.
     Ella no bebió. Resultó gratificante, de algún modo, que me incluyese en las poquísimas personas en las que podía confiar. Afirmó que no la traicionaría. No, no lo haría.
     Como todavía no había hecho su pregunta, me aventuré a pegar un trago de nuevo a lo que quedaba del vino en mi jarra.
     Error. 
     "Yo nunca me he enamorado".
     Me atraganté. Comencé a toser con violencia. Dejé la jarra sobre el barril, apoyando las manos en el borde de este e intentando no morirme. Comenzaron a formarse lágrimas en mis ojos por la falta de aire y pronto resbalaron por las mejillas, atraídas por la gravedad.
     No esperaba esa pregunta. No así, de repente.
     Era precisamente la que yo quería evitar, por la que no quería beber.
     Poco a poco, comencé a recuperar el control de la respiración, permitiendo a mi cuerpo ir relajándose. Cosa que no hizo mi mente, pues yo no era ninguna mentirosa y, al fin y al cabo, jugar a aquella mierda sin decir la verdad no tenía ninguna gracia.
     Cogí la jarra por el asa y me la llevé a la boca, acabando todo su contenido. Finos hilos de color rojo púrpura cayeron por las comisuras de mis labios, dejando un reguero a su paso. No me molesté en limpiarme.
     Jasper. Fue el primero. No puedo decir que la vida me haya hecho ingenua, ni siquiera a edades tempranas, pero ahí pequé de ello al dejarme influir por un bello rostro, un cuerpo perfecto y unos ojos peligrosos. El intento de venderme. Fuego. Muerte. Y amargas lágrimas sabiéndome la persona más tonta del mundo. Jurar no volver a enamorarme.
     Romper mi propio juramento.
     Zorak. Y cuánto me dolía el puto Zorak aun después de todos esos años sin verlo, sin saber nada, recordando el contenido de lo que me dijo pero que nunca fue suficiente para mí. Sintiéndome engañada. Romperme de nuevo, a ojos de nadie, pensando que lo tenía bien merecido por volver a confiar.
     Di gracias al atragantamiento de segundos antes, pues las lágrimas que este me había provocado camuflaron el nuevo brillo de mis ojos. Parpadeé con fuerza varias veces. No dejaría que los recuerdos me arrebataran la noche.
     —Una mierda eso de enamorarse, ¿eh? —Mi voz quedó algo ronca por el esfuerzo de la garganta al toser, nada que no se solucionase con más bebida. Esta me estaba haciendo sentir más ligera, un delicioso hormigueo relajante que recorría mi cuerpo.
     Me quedé mirando a Eaa con interés a ver si ella también bebía. Todo con tal de reprimir, por millonésima vez, los sentimientos destructivos que me causaba este tema. Así que, mientras esperaba su respuesta, traté de buscar alguna otra pregunta con la que matar mi repentino malestar. La que fuese.
     —Yo nunca he mirado al pecho de alguien en lugar de a la cara cuando le he hablado.
     Obviamente, era muy específica y con intención. Estaría bien que el foco de atención se desviase de mí en ese momento. Lo necesitaba.


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#18
Leyenda


Todas mis alarmas saltaron cuando vi a Maeve atragantarse. Me acerqué a esta, apurada. No sabía qué hacer en esos casos, por lo que traté en cierta forma de calmarla. Me alivié enormemente cuando su respiración comenzó a normalizarse, por lo que me volví a sentar en mi sitio, más relajada. Maeve bebió, mucho y sin ningún cuidado.

Tras eso hizo un comentario de que enamorarse era una mierda. Aproveché para rellenar su jarra de vino, echando cerveza en la mía. ¿En qué momento nos habíamos intercambiado los papeles? Ni lo sabía ni me importaba. Pude notar como esta se me quedaba mirando. Sabía que estaba esperando a que bebiera. - Lo siento, esta vez tampoco me toca. - hablé, como si esperaba que eso entristeciera a mi amiga y estuviera tratando de que le afectara lo menos posible. - Como te he dicho antes, todavía no he conocido a nadie especial. De hecho, tampoco se siquiera qué es el amor - me encogí de hombros. La siguiente frase fue directa. Era una clara referencia a las numerosas veces en las que había apartado la mirada al hablar con ella. Comencé a ponerme muy roja. Quería explicarle que no lo hacía a propósito, si no que me costaba mirarle a los ojos directamente. Levanté la mirada despacio, enormemente avergonzada, y ahí estaban sus dos bonitos ojos. Esos ojos grises tan claros como la nieve, con aquel ligero tono rojizo. Apoyé la jarra de cerveza sobre la mesa, antes de acercarme bruscamente a la mujer. - Ñam, mordida - fue lo único que dije, tras cerrar la boca bruscamente a escasos centímetros de la nariz de la mujer. - ¿Por qué has dicho eso, so mema? - parecía que alguien quería venir de visita. Pensar en aquello no hizo más que aumentar mi vergüenza. Me alejé un poco, pues suponía que incomodaría a Maeve estando tan cerca. Entonces, nuestras miradas volvieron a cruzarse. Sentí como si sus ojos se clavaran en los míos y se me metieran hasta el alma. Entonces, fue como si todo se parara a mi alrededor. No escuchaba nada que no fueran los latidos desbocados de mi corazón y mis propios pensamientos, los cuales bombardeaban mi cabeza. Entre ellos, había uno que sobresalía sobre los demás - Espero que encuentres a tu alguien especial. - las palabras de Maeve se repetían constantemente en mi cabeza. ¿Acaso era ella aquella persona especial que tenía que encontrar? Todo me indicaba que sí, pero a la vez todo me indicaba que no. - No eres su tipo, ya te lo dijo. - una voz en mi cabeza. - No es buena idea. - otra - No eres su tipo. - otra. Las voces de mis dudas iban cobrando fuerza, hasta que una voz acalló todas las demás. - Si quieres conseguir algo, ir de frente suele dar mejores resultados que dar rodeos - nuevamente, palabras que acababa de escuchar hacía escasos minutos. Mi mente se aferraba a esas palabras, sin ninguna intención de dejarlas escapar. Necesitaba respuestas, y en mi interior sabía que si no hacía algo no iba a obtenerlas. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un segundo, tal vez dos? Demasiadas cosas habían pasado en mi cabeza en ese breve lapso de tiempo.

Inconscientemente, agarré suavemente con las manos el mentón de la mujer, acercándome para darle un suave beso en la frente. Tarde otros dos segundos en ser consciente de ello, tras lo cual me aparté bruscamente. Me aparté tan bruscamente que me caí de espaldas y me di un golpe contra el suelo de la cubierta. Me llevé las manos a la cara, tapándomela. - Vaya, vaya, vaya... parece que alguien por fin se ha decidido a dar el paso - parecía que esta vez mi consciencia estaba orgullosa. - No, no, no. Eso está mal. - respondí - ¿Y si ella no siente lo mismo? - me pregunté. - Seguro que ahora me va a odiar. - hacía bastante tiempo que no me autosaboteaba, a decir verdad. - Y si es que sí y me da ella un beso a mí me muero aquí mismo - pensé - Bueno, siempre puedes preguntarle. - no era una mala idea. - Oye Maeve, ¿tú me amarías si fuera un pollito? - ¿Qué clase de pregunta era esa? Ahora sí que se iba a reír de mí. - ¿Puedes pasarme mi jarra? Creo que tengo que beber yo también de la pregunta de antes. - expliqué, sin quitarme las manos de la cara. Ese breve pero eterno en mi cabeza lapso de tiempo me habían ayudado a aclarar dos cosas. La primera, amar a alguien implica estar dispuesta a dar todo con tal de hacer lo más feliz posible a ese alguien. Y  la segunda, Había dos seres en el mundo cuya felicidad era indiscutiblemente infinitamente más importante para mí que la mía misma. Uno era Mandarina, mi pequeño hijo felino. Y la otra era Maeve.



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#19
     Eaa no sabía lo que era el amor. Mucho mejor, pensé, porque hasta el día de hoy, el amor lo único que había aportado a mi vida era dolor. Para eso, prefería tener un corazón muerto. Aunque estaba claro que, a estas alturas, seguía latiendo más allá de lo evidente, para mi desgracia.
     Entonces, el rostro de la chica comenzó a adquirir una tonalidad muy parecida a su cabello. Supuse que no se debía a la respuesta sobre el amor, pues la había dado sin apenas inmutarse, sino por la pregunta que yo le había lanzado. De pronto, se acercó demasiado a mí e hizo que sus dientes chocaran a modo de mordisco, lo cual me sobresaltó. Algo de contenido de mi recién rellena jarra de vino salpicó en la superficie del barril al, instintivamente, inclinarme hacia detrás. Joder, sí que era cierto que quería morderme. Si Eaa, con su tamaño, me enganchaba bien, podría llegar a hacerme un buen destrozo, por ejemplo, arrancarme la cabeza si se lo proponía. En fin, esperaba que esto nunca se encontrase en su lista de deseos. La semioni no tardó en regresar a su anterior posición, para mi alivio. 
     Y, durante ínfimos segundos, me dedicó una intensa mirada.
     No pude predecir lo que ocurrió a continuación.
     Aproximó sus —para mí— enormes manos a mi rostro, sujetándome la barbilla con suavidad. Me quedé quieta, sin saber muy bien qué hacer, cómo reaccionar ante el súbito contacto físico. Me besó en la frente. Fue un beso delicado, de esos que no poseen, sino que liberan. Un beso cargado de un cariño que no recordaba. Y, aunque tardó en retirarse menos de lo que había prolongado sus labios contra mi piel, la sensación continuó una vez ella se hubo separado. Su movimiento fue tan brusco que cayó hacia atrás, golpeándose. Se cubrió la cara.
     De pronto, tuve la enorme certeza de que Eaa había mentido al no beber en su anterior pregunta. ¿Acaso estaba... enamorada de mí? Sus reacciones frente a mi mirada, el color de su rostro ante ciertas situaciones, su reacción en el bosque de Toroa (en varios sentidos), su afán por preparar aquella comida que sabía que me encantaría, el apodo con el que se solía dirigir a mí, su manía de levantarme en el aire como si fuese una muñeca, su... excelente trato hacia mí en general.
     No sabía si "enamorada" era el término correcto, pero el beso que había dejado sobre mi frente resultaba una evidencia de sus fuertes sentimientos hacia mí. En ese preciso momento, y tras mi confesión en forma de alcohol y pocas palabras, lo que me hizo sentir fue... cuidada. Se preocupaba por mí. Y la última vez que había sentido eso antes de que me hicieran añicos el corazón fue...
     No. Para. Para.
     Pero no pude parar. Aún mirando a Eaa, tan auténtica como era, fracasé en sostener en pie la barrera que impedía a las lágrimas abandonar mis ojos. La expresión de mi rostro era totalmente neutra, sin emoción alguna que la cambiase, mientras que, por dentro, estas me inundaban. Así, dichas lágrimas corrían, negras de maquillaje, por mis facciones impasibles.
     Es complicado manejar los trozos de aquello que está roto.
     Incluso tardó en llegar a mi entendimiento la extraña pregunta que Eaa pronunció después.
     —¿Qué? —pregunté cuando logré abandonar mi repentino estado disociativo. 
     "¿Me amarías si fuese un pollito?", ¿qué clase de pregunta era esa? De forma casi automática y sin prestar mucha atención, le di la jarra que me pidió. Y, de un modo también casi inconsciente, limpié las oscuras lágrimas con el dorso de la mano, manchándolo. No haría referencia a su aparición porque sería como si estas nunca hubiesen caído, como si jamás hubiesen estado allí. Odiaba que me viesen llorar: si en esta ocasión no había podido controlarlo, fingiría que no había sucedido.
     —Los pollitos son... ¿adorables?
     No, yo no veía cosas como "adorables". 
     Joder, ni siquiera podía corresponder los sentimientos de Eaa, fuera cual fuese exactamente su definición. En mi agradable estado de embriaguez sí sabía que la apreciaba, y cada vez más, pero... yo no podía... No era así como la veía.
     De pronto, arrojarme por la borda se convirtió en una fabulosa opción a tener en cuenta.
     Céntrate.
     ¿Qué debía hacer? ¿Abordar todo lo acontecido en los últimos minutos —ni llegaba, seguramente tan solo eran segundos— o hacer ver con esto también que nada había ocurrido y seguir con otra cosa? Mi cojera emocional me gritaba que escogiese la segunda opción.
     —¿Sabes lo que pasó con tu madre?
     Joder, Maeve.
     Fue lo primero que se me había ocurrido. Tenía un interés genuino por la historia de la semioni, pero mi cabeza no estaba funcionando bien (no solo por la bebida), así que entendí que tal vez hubiese abierto una peligrosa caja cuando las palabras ya habían sido dichas.


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#20
Leyenda


Tan pronto como tuve la jarra en mi mano, comencé a beber sin mucho cuidado. Un hilo de cerveza se deslizó por la comisura de mis labios. Bajó tímidamente por mi cuello hasta el pecho, antes de verse acompañada por una lluvia de cerveza, cuando escupí la que tenía en la boca al escuchar las palabras de Maeve. ¿Acababa de decir adorables? Era una palabra que nunca pensé que saldría de su boca, siendo completamente sincera. Me atraganté, por la sorpresa y la risa, sumada a la cerveza. Me puse a toser, dándome golpecitos en el pecho para recuperar el aliento.

Entonces, me preguntó por mamá. Me senté de golpe, utilizando el impulso de mis piernas. La pregunta me dejó muy descolocada, a decir verdad. Levanté levemente la mirada, disponiéndome a responderle. Esta vez los bonitos ojos de mi mejor amiga no me pusieron nerviosa, pues hubo otra cosa que llamó más todavía mi atención. El maquillaje de sus ojos, aquel negro como el azabache, se había convertido en dos pequeños ríos que bajaban por sus mejillas. No hacía falta ser la más lista para saber que había llorado. Un par de lágrimas se deslizaron entonces por las mías. Me era imposible controlar mis emociones. Todo lo que había pasado en esa noche era como un cóctel que me inundaba. Aquello era mucho más de lo que podía gestionar, y a causa de ello estaba extremadamente sensible. - Tal vez... - pensé, dubitativa - De frente, Eaa - me dije a mí misma. - ¿Puedo... darte un abrazo? - pregunté. Quería realmente abrazar a Maeve. Consolarla, proporcionarle un hombro sobre el que llorar, llorar sobre su hombro... Había tantas cosas que quería hacer y que necesitaba, posiblemente demasiadas.

Me acerqué lentamente a la mujer, cuando esta me asintió levemente. Le rodeé con suavidad en silencio con los brazos, acariciando con cierto cariño su espalda. Dejé aflorar mis emociones. No hacía falta que siguiera conteniendo las lágrimas, pues me sentía completamente a gusto en aquella situación. Situación que duró un tiempo que no sabía decir, podía ser perfectamente una duración de entre medio minuto y diez, pues, como bien dicen, si estás realmente a gusto pierdes la noción del tiempo. Me separé despacio de la albina, sin preocuparme por secar mis mejillas. Me sentía completamente renovada tras aquel abrazo. - Maeve, necesito que me dejes buscar una cosa entre tus cosas. - hablé, tras comprobar con un ligero vistazo que no llevaba su maquillaje encima. - Voy a buscar tu maquillaje. Es para algo super importante. - expliqué, antes de esperar a su respuesta y entrar a la bodega. Con cuidado e infinito respeto abrí su arcón, comenzando a buscar. En mi búsqueda, me topé con un objeto envuelto en una tela. Me llamó la atención, ¿a quién no? Tras levantar el objeto todavía envuelto levemente pude comprobar que no era lo que estaba buscando, por lo que lo devolví a su sitio, antes de volver a buscar. Me costó encontrar el maquillaje, y era normal, pues no se encontraba dentro del arcón, si no en la mesita de noche que había junto al espejo. Cogí el pigmento negro, así como el pintalabios, y también un pequeño espejo de mano.

- Ya estoy Maeve - le dije, sentándome frente a esta. - Vamos a arreglarte eso, que tienes que estar tremenda para la fiesta. - sonreí, haciendo alusión a la palabra que esta había utilizado para describirme anteriormente. Tras convencerla por medio de favores gastronómicos, comencé a quitarle el maquillaje de los ojos con suavidad. - Deja de mirarme así, que me pones nerviosa - hablé, roja cual tomate, cuando nuestras miradas se cruzaron. - Cierra los ojos o te pinto un bigote - le amenacé. Por suerte o por miedo, me hizo caso y pude maquillarla. - Pues no se qué ha sido de mamá - hablé, pensativa, mientras me centraba en el proceso. - La última vez que la vi fue antes de escaparme. Ella seguía trabajando llevando cajas. Era la más fuerte. - sonreí. - Seguro que está bien. Me enseñó que no tengo que preocuparme por ella, que siempre va a estar bien. - Fue un proceso algo difícil, pues tenía que intentar imitar su maquillaje únicamente basándome en mi memoria visual. Gracias a mi experiencia previa pude sombrear sus ojos casi a la perfección, aunque con los labios tuve algún problemilla.

- Operación ojos bonitos completada. Estás tremenda - sonreí. Ni me peguardando el maquillaje y poniendo el espejo de forma que pudiera verse reflejada en este.
- Con el maquillaje tus ojos se ven más...
- bonitos
- de panda.
Aparté levemente la mirada, algo avergonzada por no poder hablar como quería. - Los pandas son adorables también - murmuré. Me quedé sentada, mirando un poco a nuestro alrededor. No quería volver a ponerme nerviosa por cruzar miradas con esta. Vi que nuestras jarras estaban vacías, por lo que las rellené, esta vez echando vino en mi jarra y cerveza en la de la otra albina. Di un pequeño sorbo, disfrutando del sabor del vino. Me tumbé en el suelo de la cubierta, admirando el precioso cielo nocturno que nos acompañaba. Aquellas estrellas, tan maravillosas y distantes, eran las únicas testigos de nuestra conversación, de todas aquellas cosas que habíamos dicho, hecho y confesado. Me quedé absorta unos instantes. - En verdad el amor es una mierda. - me reí. Obviamente no me refería para nada a nuestra relación, ni mucho menos. - Casi nos ahogamos con la bebida las dos en la misma pregunta. - expliqué mi razonamiento. - Por cierto, Maeve. Le he estado dando vueltas y me ha dado curiosidad - dije, sin dejar de mirar al cielo. - ¿Qué es el amor para ti? - pregunté, genuinamente interesada por la respuesta. - Para mí es hacer todo lo posible para que alguien sea feliz. - sonreí.




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