Cinco días habían transcurrido desde que decidiésemos comenzar a buscar al hijo de puta que lo lio todo en aquella taberna, dejándonos unas cicatrices gemelas en nuestros rostros, nacidas de las comisuras de los labios. Resultaba irónico, puesto que, gracias a ese desgraciado —o, más bien, al gilipollas rubio del inicio del altercado—, Zorak y yo pudimos conocernos. Era extraño, tampoco había transcurrido tanto tiempo, pero habíamos alcanzado un nivel de complicidad que, para mí, era como si ya hubiésemos coincidido antes. Era la primera persona en mucho tiempo cuya sola presencia me hacía sentir bien.
Inevitablemente, me hacía pensar en Jasper y en lo idiota que fui creyendo que era alguien digno de mi confianza, cuando lo único que fui para él había sido una fuente de ingresos. O, mejor dicho, el intento. Pero Zorak no era así, su trasfondo era bueno, incluso cuando lo que había visto en él lo acercaba al mismo infierno.
No me asustaba el infierno.
De hecho, la peligrosidad que emanaba el pelirrojo era uno de los aspectos que me atraían de forma irremediable.
Me reprendí con dureza cuando me di cuenta de que, en lugar de colocar todos mis sentidos en la vigilancia que habíamos acordado, mi mente había comenzado a divagar en ese tipo de asuntos. Aún me negaba a pensar en la palabra que comenzaba por A —mor—, pero comentaban las malas lenguas que era algo que se podía convertir en el punto débil de uno. Con Jasper nunca me ocurrió, pero Zorak... Si bien era capaz de desenvolverse en violentas situaciones con gran destreza, pensar en que podía sucederle algo malo me inquietaba. Me costaba reconocer eso también.
Ya me estaba distrayendo de nuevo.
En forma completa de buitre, estaba en el la punta más alta del tejado de un edificio situado frente a una gran casa donde se suponía que el imbécil de cabello morado poseía su base de operaciones. Es a la conclusión a la que habíamos llegado ambos durante nuestras pesquisas de los últimos cinco días. Lo habíamos visto entrar en varias ocasiones y ambos habíamos necesitado recurrir a nuestro más ferviente autocontrol para no lanzarnos a por él de buenas a primeras. Puede que ese tipo tuviera mis cosas o no, pero ya se había convertido en algo personal. Primero, por lo que nos había hecho en aquella taberna, y segundo, por haberlo transformado en un objetivo común, por ser el protagonista de nuestro plan juntos.
Esos días también nos habían servido para que Zorak me instruyese más en el arte del sigilo. Yo siempre me había creído buena en ello, pero resulta que cometía errores que, en una situación peliaguda, podían haberme costado muy caros. Sus enseñanzas me habían resultado muy útiles, pero eso no se lo reconocería abiertamente. Más me valdría ponerlas en práctica aquella noche, pues habíamos acordado que sería cuando nos colaríamos en la base del gilipollas para darle muerte, a él y a cualquiera de sus estúpidos secuaces. Tan solo éramos dos, pero sentíamos que podíamos con todo, que llevaríamos a cabo nuestra venganza.
A pesar de que conocía la posición de Zorak —puesto que, siguiendo el plan, la habíamos acordado previamente, al igual que la mía—, y aunque me enorgullecía de mi vista en la noche, era incapaz de verlo, así de bien era capaz de camuflarse.
La temperatura veraniega no nos daba tregua ni tras la puesta de sol. Esperaba que Zorak no tardase mucho en darme la señal.
Cinco largos días nos había costado para hacernos con el patrón del pobre diablo que había osado marcarnos a mí y a Köri como si fuéramos ganado, cinco días reprimiendo el deseo de desmembrarle, pero por fin llegaba la hora. Podía ver a Maeve en lo alto del edificio, con su bello plumaje blanco bajo la luz de la luna se erguía majestuosa como una señal divina de la crueldad que estaba por llegar.
Vi entonces como nuestro objetivo salía como cada día a la misma hora, dispuesto a recolectar el dinero extorsionado de los negocios locales, respire profundamente calmando el instinto asesino, recordando que esa presa no era solo mía y teníamos un plan bien definido para hacerle sufrir lo máximo que nos fuera posible, el tipo camino calle abajo y se perdió en la lejanía, asomé la cabeza desde el callejón buscando la mirada de Maeve y levante mi mano, cerrándola en un puño y dándole la señal.
Me adelanté hacia la puerta principal del edificio, abriéndola y entrando en él, no cerré la puerta, puesto que no dejaría a nadie vivo como para que salieran por ella, llegaba el momento de dar rienda suelta a nuestros monstruos, dejarles saciarse hasta hartarse, esta noche era en definitiva nuestro réquiem.
Aclaraciones
Zorak desde este post comienza a usar su atuendo con máscara, pero sin su flequillo
El desgraciado de pelo morado había abandonado su puesto.
Luego, la señal de Zorak. Era el momento.
El pelirrojo caminó a través del umbral de la puerta principal como quien se adentra en una taberna, un comercio o en su puta casa, con la diferencia de que la dejó abierta a sus espaldas. Yo no le seguiría, mi cometido era internarme en el edificio por una de las ventanas, como buena criatura voladora. Me sudaba lo ovarios que alguien viese un buitre blanco llevando a cabo semejante maniobra, porque aquella noche mi obsesión con aniquilar pretendía llevarse por delante a cualquier gilipollas que osase aparecer en mi camino.
Este tipo de imbéciles no tardaron en manifestarse: es la reacción natural cuando un monstruo de dos metros y medio, mitad pájaro mitad humano, irrumpe en tus sucios aposentos. Así, en mi forma híbrida de buitre, fui despachando a los miserables que creían que con sus putos machetes, cuchillos e incluso pistolas podrían acabar conmigo. Se lanzaban contra mí con el miedo de tener delante algo que no comprendían, pero —y se lo tengo que conceder— con la valentía de aquellos que saben que sus compañeros los están mirando. Oh, por supuesto que consiguieron herirme, y aunque sangraba, las lesiones fueron superficiales. Resulta algo complicado no encajar ningún golpe cuando cinco tíos intentan acabar contigo utilizando todo lo que tienen, cinco tipos acostumbrados a la violencia y a grupos organizados.
Uno de ellos trató de clavarme una daga en una de las alas, pero esta no pasó más allá de las plumas. Levanté la pata derecha y lo tumbé de un pisotón. Al fin y al cabo, mi altura era mucho mayor a la suya. A continuación, me incliné hacia él y clavé mi pico en su garganta, dejando que el color carmesí tiñese mi rostro blanquecino. El nuevo color hacía juego con mis ojos. Colgajos de carne caían de mi pico rosado cual lianas.
Miré a los dos que quedaban en pie —los otros tres ya eran cadáveres—, que retrocedían como si hubiesen visto un fantasma. Sonreí con mi grotesco rostro de buitre híbrido no por contribuir al terror que reconocía en sus patéticos rostros, sino porque mi propia broma mental sobre un espectro con referencia a mí me resultó divertida. Dama Fantasma era mi sobrenombre en aquel puto circo.
Debían de estar a punto de cagarse encima a juzgar por cómo me miraban, sus espaldas contra la mugrienta pared de aquel piso superior. Bien, les ahorraría la vergüenza de manchar sus calzoncillos. Al menos, estando vivos.
Con un rápido movimiento cogí el revólver que yacía en el suelo junto al cadáver de su último dueño y, sin pensármelo dos veces, vacié el tambor en sus cabezas. No soy una experta en armas de fuego precisamente, pero desde tan cerca era difícil fallar, incluso cuando un par de balas se perdieron en algún lugar de aquella oscura habitación. La luz de la luna que se colaba por la ventana abierta era blanquecina, la única iluminación de aquel cuarto. Dejé caer el revólver al suelo y, con gusto, me hice con la daga con la que uno de los imbéciles había creído que podía reducirme.
Qué ridícula es la ilusión del perdedor.
Regresé a mi forma humana, no quería andar por las estancias de aquella casa como un elefante en una cacharrería: aunque me desenvolvía bien en forma híbrida, mi versión original era más grácil y precisa. Al fin y al cabo, es mi cuerpo de toda la vida. Y más bella, por supuesto. Zorak aún no había llegado a ver el monstruo en el que podía convertirme, más allá del buitre blanco.
Me di cuenta que de mis labios todavía colgaban los restos del cuello de aquel inútil, así que con la mano que no sostenía la daga me los quité y los arrojé al suelo con desprecio. Después, relamí la sangre que me manchaba la cara hasta donde la lengua llegó. Ah, ese sabor siempre lograba excitar mis sentidos ante la adrenalina por la muerte de otros.
Al salir al pasillo que daba a unas escaleras, todavía en ese primer piso, escuché diferentes estruendos en algún lugar de aquella lóbrega casa. Imaginé que sería Zorak haciendo de las suyas. En ningún momento nos habíamos planteado infiltrarnos ni nada del estilo, sino más bien crear caos, por lo que no me extrañó que la sutileza no fuese el ingrediente principal de nuestras acciones.
Bajé por las majestuosas —pero poco cuidadas—escaleras y llegué a la sala principal de la estancia. Miré hacia los lados, esperando localizar a Zorak en algún momento. Si no, me limitaría a seguir los ruidos. Manché los dedos de mi mano libre con la sangre que aún no se había secado en mi rostro. Luego, los lamí uno por uno. Esperaba que él se lo estuviese pasando tan bien como yo.
Caminaba lentamente hacia el interior del edificio, pude escuchar estruendo en la parte superior de este y eso solo significaba que Köri estaba haciendo su parte del trabajo, por el estruendo de la planta superior varios secuaces del pelo morado salieron alertados y al verme los pobres diablos se abalanzaron sobre mí, recibí al primero con un fuerte golpe en la boca del estómago que rompió su diafragma provocando que cayera al suelo desplomado mientras intentaba inútilmente respirar, tras esquivar un ataque del segundo, pise su pie derecho y golpee se traquea rompiéndola en el acto, agarre el cuerpo casi inerte del tipo antes de que cayera al suelo y lo interpuse entre el tercer tipo que intentó apuñalarme, tras escuchar el sonido de la carne apuñalada solté al fiambre y mordí el cuello del tipo, arrancando parte de este, el tipo se tambaleó y cayó sobre un armario haciendo un gran estruendo.
El ruido atrajo al resto de los que habitaban en esa morada, tras lanzarme sobre ellos como un animal enloquecido la planta baja quedó llena de cuerpos desmembrados y sangre, escuche unos lentos pasos que llegaban a la sala principal, me encamine hacia ella con una sonrisa macabra pintada de sangre en mi rostro, cuando abrí la puerta me encontré con Köri, tenía el rostro manchado de sangre al igual que yo y algunos trozos de carne colgaban de su barbilla, me acerque a ella manteniendo la sonrisa y cuando llegue donde ella estaba, la abracé por la cintura con mi mano izquierda y con la derecha levante su barbilla, acerque mi rostro y mordí el pedazo de carne que aún colgaba en su barbilla, tragándomelo, tras lo cual le di un pasional beso, no podía negarlo de ninguna manera, matar me encendía y me hacía sentir bien.
Jamás antes había pensado que compartir los restos de carne de un cadáver podía ser tan jodidamente romántico, si por romántico entendíamos un momento de profunda complicidad compartido por dos amantes asesinos. Y cuando Zorak me besó justo después, esta sensación se multiplicó. Sabía a sangre.
Cuando recordamos por qué estábamos allí y, por tanto, conseguimos separarnos, comenzamos a caminar en busca del despacho (porque todos los villanos de serie B tienen uno) del desgraciado que en su día había hecho lo peor para él y lo mejor para nosotros: que Zorak y yo nos conociéramos.
De vez en cuando aparecía algún rezagado que no se había percatado de que sus compañeros habían protagonizado —para su mala suerte— una carnicería. Como el pelirrojo y yo somos buena gente, no permitiríamos discriminación de ningún tipo, por lo que hacíamos que los desdichados se unieran a la fiesta de muerte de sus camaradas. Algunas veces atacaba Zorak, otras los despachaba yo. Cada vez más sangre. Cada vez más excitación.
Nuestras risas reverberaban ente las paredes de aquella casa de muerte. Una pequeña terapia por todas las mierdas que nos había tocado vivir en nuestras miserables existencias. Avanzar mientras dejábamos a nuestras espaldas una plantación de cadáveres me hacía sentir... viva.
Somos lo que hacemos con lo que hacen de nosotros, y mi letal amante y yo disfrutábamos dejando a nuestros monstruos tomar el control. Negarse a sí mismo suele traer consigo duras batallas internas que te distraen de aquellas contra tus enemigos, y estos monstruos, al fin y al cabo, eran una parte vital de nosotros. Solo con ellos éramos capaces de aprovechar todo nuestro potencial. Solo aceptándolos podíamos ser nosotros.
Jamás te disculpes por lo que eres.
Yo nunca lo haría.
Al cabo de un rato paseando por las estancias de aquella casa de operaciones, encontramos el que parecía ser el despacho del gilipollas del pelo morado. ¿Que cómo podíamos saberlo? Fácil: era la habitación más amplia y elegante de todas las que habíamos visitado. Que hubiese un cuadro de ese imbécil ocupando media pared a la espalda de un amplio escritorio barnizado también era una pista a tener en cuenta. Se notaba a la legua que el dueño pensaba que tenía un gusto exquisito, pero era estúpidamente cutre. Las alfombras con piel de leopardo me ofendieron más que las patéticas presencias de aquellos a quienes habíamos dado muerte. ¿Cómo se atrevían a quitarle la vida a los animales para utilizarlos como decoración? Fue la primera vez que mi sangre no hirvió de excitación, sino de cólera. Odio a los putos seres que se creen por encima del bien y del mal, por encima de la Naturaleza, cuando la realidad es que Ella es la dueña de todo cuanto alcanza nuestra vista.
Otro motivo más para destrozar a ese capullo. Y quién sabe, quizá lo desollara para, con su piel, alfombrar algún otro sitio. Con su envergadura, tendría material para rato.
Me fijé en que, en un lateral del escritorio, había un amplio y lujoso sofá. Cerca, un carrito dorado con numerosas y diversas bebidas alcohólicas. Estaría bien recordarlo, tal vez me diese un merecido homenaje cuando hubiésemos cumplido nuestro objetivo. Entonces, recordé que Zorak no bebía.
Bueno, más para mí.
Me dirigí al sofá y me dejé caer sobre él. Mi largo cabello se deslizó sobre mis hombros y me di cuenta de que ahora era bicolor: blanco y carmesí, por la sangre de nuestras víctimas. Eso ya era un trofeo en sí mismo, pero insuficiente. El premio mayor aún estaba por llegar.
—¿Vienes? —le dije a Zorak mientras, con la mano izquierda, daba unos golpecitos sobre la suave superficie del sofá. Esbocé una macabra sonrisa.
Tras la propuesta de Maeve, la acompañé al sofá y me senté a su derecha, apoyando mi espalda contra el sofá expectante de que el tipo llegara para ver la cara que pondría al ver a todo su grupo masacrado por sus actos, él nos había pintado una sonrisa a medias y nosotros como parte de este espectáculo debíamos pintar una cara triste en el suyo. Se escuchó ruido abajo, seguido de una voz confundida por el macabro decorado de la función que Köri y yo habíamos preparado para él.
"Creo que ya viene BATOTOTOTO"
Reí enérgicamente, saboreando el momento, los pasos se escuchaban lentos y descoordinados, estaba claro que el tipo estaba al borde del shock por la visión de su grupo muerto, sabía de primera mano cuál era esa sensación, pero habían cometido el error de marcar a la mujer que quiero como si fuera ganado, con una cicatriz que ambos compartíamos, los pasos llegaron a la planta superior, pude escuchar como el tipo vomitaba, agarré una pequeña esfera de color azul que había quedado en el suelo tras la "pelea", si se podía llamar pelea a la masacre que habíamos llevado a cabo.
Por fin el tipo se hizo presente, su cara era un poema, estaba blanco del miedo y lo único que se encontró al llegar a su despacho fue a gente desmembrada y nosotros en el sofá, mientras le miraba con una cara de diversión, sabiendo que había llegado el momento de que pagara lo que había hecho.
"Creo que nos debes un par de cosas, tú que opinas, Köri?"
"Decepción" fue la palabra que mejor definiría lo que ocurrió después.
A juzgar por el destrozo que causó en nosotros en El Dragón Rojo, esperaba que el hombre de cabello morado —cuyo nombre nunca supimos, tan solo su apodo, Fauces— presentase una batalla más digna de habernos dejado hechos mierda en el pasado. Tal vez toda su fuerza radicaba en los esbirros que entonces lo habían rodeado y, ahora muertos en aquella casa, se había encontrado solo. Solo porque todos aquellos secuaces, al menos los desdichados por encontrarse allí durante nuestro paso, habían sido masacrados.
No nos confundamos: el tipo era fuerte. Su gran envergadura y su potencia física contrarrestó el miedo que lo gobernaba desde que había comenzado a ser testigo de aquella masacre. Trató de disimularlo, por supuesto, que no estaba aterrado por aquellos dos demonios, nosotros. Incluso en ese estado, consiguió golpearnos en varias ocasiones, haciéndonos sangrar a los dos. Pero tanto Zorak como yo ansiábamos demasiado su sangre, como si necesitásemos calmar una sed que él mismo nos había creado en aquella taberna. Nuestra coordinación era digna de ser admirada, tan compenetrados habíamos llegado a estar desde que tuvimos a bien conocernos gracias, precisamente, a aquel miserable de cabello morado.
Fue la primera vez que Zorak pudo ver mi forma híbrida, a medio camino entre buitre y humana, de dos metros y medio de altura. Nuestro enemigo ya la había presenciado, puesto que necesité de ella para cargar con Zorak en vuelo tras sacarlo de la taberna. Pudo ver mis grandes alas blancas, del mismo color que el resto del plumaje, plumaje que cubría la gran mayoría de mi cuerpo a excepción de la mandíbula, el pecho y el abdomen, zonas que apenas dejaban lugar a la imaginación al estar desprovistas de prendas en aquel gran tamaño. Con esa altura, podía mirar a Fauces directamente a los ojos desde los míos rojos. Lo atacaba sin piedad con mis afiladas garras, con mi pico ávido de carne humana. Mientras, Zorak hacía lo propio con sus mejores técnicas. Ambos monstruos trabajando juntos para derribar a otro.
Y, al fin, el tipo cayó de espaldas. Su cuello parecía un campo donde las minas ya habían explotado, tal salvajismo mostramos mi compañero de muerte y yo. Su piel y músculos caían, hechos jirones, junto a las venas y arterias seccionadas. Su tráquea había quedado al descubierto, así como parte de las vértebras. Muerto, Fauces miraba al techo con el dolor reflejado en unos ojos que ya no veían. Extático, que lo último que vio fuese a dos dementes destrozando su cuerpo, marcándolo con menos elegancia que la que él usó para dejarnos las cicatrices en nuestros respectivos rostros.
Decía que aquello había resultado ser una decepción porque había estado preparada para el dolor, para sentir en mi cuerpo la continuación de lo que me había hecho aquel día, pero el que había experimentado no había sido ni de lejos lo que mis células habían clamado. Tal vez era mi monstruo interior el que había anhelado ese dolor, que quizá habría disfrutado tanto como el que le había infligido a aquel tipo.
Cuando regresé a mi forma humana, tan solo podía mirar a Zorak. Mi pecho subía y bajaba con rapidez por el esfuerzo empleado. A nuestro alrededor, el despacho había quedado destrozado en su práctica totalidad. La sangre del hombre derrotado había salpicado en todas direcciones, al igual que la nuestra, solo que nosotros conservábamos en nuestros cuerpos la cantidad suficiente como para seguir viviendo.
No podía borrar la sonrisa de mi rostro mientras observaba al pelirrojo, también empapado de ese mismo color. La adrenalina me estaba embriagando, corriendo por mis venas con la velocidad de un rayo. Ver combatir a Zorak con esa brutalidad y ver cómo el del pelo morado estaba siendo destrozado por nuestras acciones me había excitado demasiado. Sentí muy alta la temperatura, y no porque aquel verano estuviese siendo especialmente cruel con el Reino de Ilisia.
Despacio, me aproximé al cadáver, que ahora volvía a ser bastante más grande que yo.
—¿Quieres hacer los honores? —le pregunté a mi compañero de crímenes mientras señalaba la gran cabeza de Fauces, medio desprendida ya del cuerpo debido a nuestra ferocidad.
Deslicé la lengua por los labios, disfrutando del sabor metálico que los bañaba.
El combate fue sencillamente espectacular, la transformación de Maeve era aberrantemente bella y la compenetración de ambos era sencillamente perfecta, cuando el tipo cayó y Köri volvió a su forma humana preguntando si quería hacer los honores sonreí macabramente, le había prometido la cabeza de ese tipo y no me había olvidado de ello, me acerque hasta el cadáver del pobre diablo y me agache, agarrando el pelo del tipo con la mano derecha y levantándome mientras apresaba el torso con mi pie izquierdo, la mire a los ojos y estiré lentamente de la cabeza, no tardaron en escucharse los ruidos de la piel al desquebrajarse, haciendo que aún más sangre brotara del cuello del tipo, el cuello al estar casi desgarrado del todo se separó fácilmente del torso.
Aun pisando el cuerpo del tipo con el pie izquierdo bajé mi rodilla derecha, adquiriendo la postura de un caballero ante su reina, mi mirada seguía fija en la suya y esa mirada grisácea junto al contraste de la sangre sobre la fina y blanquecina piel me estaban excitando de sobre manera, entendí el brazo de la mano donde sujetaba la cabeza, sonriendo a Köri.
"Aquí tienes su cabeza."
Me levanté lentamente y cuando estuve a la altura de la mirada de Köri, dejé caer la cabeza la cual rodó por el suelo y llevé las manos hacia el vestido de Maeve, agarrando suavemente los tirantes de este y haciéndolos a un lado lentamente, haciendo que el vestido poco a poco fuera cediendo ante la gravedad, la besé con una pasión que no había sentido nunca, deseaba a esta monstruosa mujer, quería hacerla mía y que ella me hiciera suyo, dar rienda suelta a mis impulsos asesinos junto a la persona que amo era lo más cercano a la libertad que había saboreado nunca, llevé las manos a la junta de mi camisa y metí los dedos entre los botones, estirando con fuerza y destrozando los mismos, lanzando tanto la chaqueta como la camisa al suelo, estaba encendido, agarré a Maeve por el cuello apretando lo justo para no matarla, mientras nuestras lenguas continuaban danzando en un éxtasis frenético y pasional.
La cabeza del tipo de cabello morado como trofeo estaba bien, pero había empezado a importarme una mierda en el momento en el que, tras dejarla caer al suelo, Zorak se acercó a mí y me bajó los tirantes del vestido. No opuse ninguna resistencia mientras la prenda, que tan perfectamente se complementaba con mi cuerpo, caía por este, erizando mi piel a su paso. Así, ahora a mis pies, nada me cubría más allá de la cercanía del pelirrojo. Él también comenzó a despojarse de su ropa, arrancándosela como si le quemara.
Como si fuera fuego, el único capaz de derretir el hielo que me rodeaba.
A pesar del beso salvaje que nos unía, sediento del alma del otro, era como si la distancia entre nuestros labios aún fuese un abismo, obligándonos a ir más allá. Empujé a Zorak, haciéndolo caer contra el suelo sobre el charco de sangre de nuestro amigo el cadáver —el cuerpo descabezado no quedaba tan lejos de nosotros—, y, sin darle tregua alguna, me senté sobre él cual amazona.
El tiempo se distorsionó, esclavo de nuestro incendio. El espacio dejó de ser una lóbrega edificación alfombrada con gente asesinada para convertirse en nuestro improvisado castillo, en nuestro refugio. Al menos, esa noche. Al menos, mientras nuestros cuerpos difuminaban sus límites, fundiéndose. Me perdía en el océano de sus ojos, iluminados por la ostentosa lámpara de araña sobre nuestras cabezas, cuyas velas jugaban el tímido papel del testigo que presencia lo que no debería haber visto: un momento tan íntimo para ambos donde nuestras almas trascendían los cuerpos entrelazados.
Zorak. Susurré su nombre.
Aquel lugar fue también un hospedaje improvisado, pues el sueño terminó reclamando lo que es suyo. En aquel suelo cubierto de sangre, tumbada boca arriba, por primera vez en mi oscura vida, el mundo onírico me llevó consigo mientras, con los ojos cerrados, mis labios de maquillaje borrado dibujaban una sonrisa.
Desperté con Maeve acurrucada en mi pecho, estaba sencillamente preciosa durmiendo cualquiera sería capaz de decir que no había roto un plato en su vida al ver su cara de ángel, pero la sangre aún estaba presente en nuestros cuerpos, así como la masacre que habíamos organizado en la habitación, pensar que era me comprendía de la manera en la que lo hacía y no solo eso, era igual de despiadada que yo. Por primera vez en mi vida, desde que conocí a mis hermanos se me aceptaba tal y como era, le di un suave beso en la frente mientras delicadamente salía de la hermosa prisión de su cuerpo.
Había algo que me escamaba, mientras me ponía los pantalones mire la cabeza del tipo de pelo morado, conocía a mi maestro más que nadie y estaba seguro de que él no hubiera trabajado para alguien así, alguien con tan poca fuerza seria nada menos que un gusano a la vista de Ridel, me acerque a una gran cantidad de papeles que estaban en el suelo, manchados con gotas de sangre, me agache a recogerlos y tras un rato ojeando lo que parecían pagos registrados encontré una nota, la nota se me hacía conocida, me quede sin aliento al reconocer la letra de Ridel, la nota decía. "El jefe ha dado el ok, enviad el cargamento y lo mantendremos oculto aquí"
El jefe, entonces esta mierda no era el que estaba detrás de todo, pateé la cabeza del tipo con rabia, me había vuelto a equivocar, mire a Köri mientras dormía, mientras pensaba en la nueva realidad que abría esa nota, este solo era otro peón, me acerque a ella mientras estaba placidamente dormida, si el responsable aún estaba ahí fuera no podía quedarme con ella, por un momento imagine una vida feliz a su lado, una vida sencilla donde lo más importante fuéramos nosotros, no podía arrastrarla al peligro que supone esta gente solo por mantenerla a mi lado, sentí como si alguien me estuviera estrujando el corazón mientras comprendía la decisión que debía tomar.
Metí mis manos en los bolsillos buscando el paquete de tabaco, pero otra cosa rozo mis dedos, la acaricié con los dedos antes de agarrarla y sacarla del pantalón, una pequeña gema bicolor hecha con un pequeño rubí y un pequeño zafiro. Mi padre me contó que se la regalo a mi madre el día de su boda, las gemas representaban el color de cabello de mi padre, el cual yo heredé y el tono de piel de mi madre, al ser un objeto que perteneció a la misma mujer que nos abandonó nunca había entendido el porqué mi padre la guardó, ahora, sin embargo, comenzaba a comprender.
Busque por el suelo hasta encontrar papel y bolígrafo, coloque un pequeño taburete y comencé a escribir en el papel, relatando lo acontecido hacía un año con mi maestro, el cual descubrí que fue el asesino de mi padre y mi hermana juramentada, lo que Jerry y Powder significaban para mí, como de peligrosa era esa gente y mientras escribía que debía alejarme de ella para no ponerla en peligro, no pude contener más las lágrimas que caían mientras acababa la carta, firmando con un "Siempre tuyo y solo tuyo, Zorak Ideale." Besé la pequeña gema herencia de mi madre y la coloque a modo de pequeño pisapapeles, me acerque a Maeve y le robe un último beso mientras suspiraba.
"Te amo, Maeve Knox. Me aseguraré de volver a ti"
Me encaminé hacia la ventana y al abrirla la fría brisa de la madrugada erizo la piel desnuda de mi torso, subí a la cornisa de la ventana y di una última ojeada a Maeve con una mirada llena de dolor, cerré los ojos y me marché antes de arrepentirme de la decisión que acababa de tomar. Esperaba no morir en mi venganza y poder verla de nuevo por lo menos una vez más antes de morir.
OFF
Con este post doy por finalizada mi participación en este tema, ha sido un verdadero placer poder rolear contigo