Leyenda
- Doscientos veintiocho, doscientos veintinueve, doscientos treinta,... - una interminable fila de hormigas serpenteaba entre las flores, llevando semillas, hojas e incluso otros insectos a cuestas. Cualquiera creería que tengo una vista privilegiada si le dijera que he estado contando hormigas con tanta precisión, pero en mi defensa tengo que decir que esas hormigas medían fácilmente en torno a 20 o 30 centímetros cada una - Menos mal que no he venido con el pequeñín - me dije, manteniendo los pies alejados de aquel grupo de insectos - Con lo mucho que le gusta cazar bichillos y juguetear con ellos, estos seguro que se lo comerían - me imaginaba al pobre Mandarina huyendo despavorido hacia mi hombro y bufando a las hormigas gigantes.
Entonces, una de las hormigas desapareció de la fila. Las hormigas restantes no tardaron en deshacer la formación. Parecían huir despavoridas, tratando de salvar la vida. Desapareció otra hormiga, y otra, y otra más. Tras la desaparición de la cuarta pude vislumbrar lo que había sucedido. Una "pequeña" lagartija. Bueno, pequeña comparándola con los demás animales que había visto en este lugar, porque aquel reptil podía medir un metro fácilmente. Otro fugaz movimiento con la lengua y otra hormiga más que fue directa hacia su boca. Lo que aquel animal sabía (ni yo tampoco, he de admitir), era que el cazador estaba a punto de convertirse en presa. Lo que parecía un movimiento de huida desesperado resultó ser una habilidosa trampa. Cientos de hormigas cayeron sobre el reptil, comenzando a morderle mientras este se resistía, tratando de salvar su vida de esa forma. Aparté la mirada, pues ver como se comían vivo al animal no era algo de mi agrado. En esta isla todo trataba de comerse a todo, o era comido en el proceso. Eso mismo podía aplicarse a este mar. El Grand Line, el mar donde los sueños se cumplen, o donde terminan - ¿Por qué tenían que acabarse tus sueños? - miraba al suelo, cerrando levemente los ojos - Tan solo querías poder vivir libre... - me llevé las manos a la cara - Y yo aquí, que solo quería leer y hacerte feliz - me quejaba, como si esperando que aquello fuera a hacer que el pasado cambiara de alguna forma - No es justo
Para variar, mi mente había vuelto a hacer de las suyas y comenzaba poco a poco a sumirme en una espiral de dolor y arrepentimiento. Una grave voz sonó entonces en el claro. Miré en su dirección, abriendo los ojos y apartando las manos de la cara. A aproximadamente quince metros de mí, al borde del claro, se erguía un hombre. Detrás de él, lo que parecía un túnel en la espesura de aquel extraño bosque. Pensé primero en que él había sido quien se había abierto paso hasta el claro, pero no tardé en desechar esa idea, pues no había escuchado ningún ruido, pero sobre todo el agujero era más del doble de grande que quien pensé que lo había hecho. Me fijé mejor. Pelo negro, una cicatriz en el ojo, cuernos... ¿Aquel hombre tenía cuernos también? Llevaba años sin ver a nadie como mamá o yo, y desde que había llegado a esta isla no paraba de ver gente así. Quizá había algo en esta isla que nos atrajera de alguna forma. Como las hormigas de hacía unos minutos cuando volvían a su hormiguero.
- Buenos días - saludé- Mamá decía que es de mala educación preguntar sin presentarte - hablé, a la vez que me ponía de pie, sin dejar de mirar al hombre. - ¿Acaso a ti no te lo decían? - pregunté después con curiosidad. No éramos tan diferentes, pero si bien eso era cierto, también lo era el hecho de que había conocido gente muy dispar a lo largo de mi vida. Me sorprendió en cierta manera ver que el hombre era más bajo que yo, pues parecía más mayor. A pesar de ello, la diferencia de altura entre nosotros no parecía ser mayor a la diferencia entre Peteiro y yo - Yo soy Eaa, vicecapitana de los Piratas del Brillante Infortunio - hablé, seria y llena de orgullo - Ahora capitana en funciones - asentí, cruzándome de brazos - ¿Y tú, quién eres? - pregunté, interesándome. Recordé entonces lo más importante. - ¿No serás de por aquí, no? - pregunté - Es que necesito hacer compras y quería hacer una cosilla, pero desde que he salido de la Rémora no veo más que animales y árboles.
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