13-09-2024, 10:14 AM
Leyenda
Me mantuve en silencio mientras Ashura contaba su historia. Las figuras de humo que este generaba me fueron de gran ayuda para entender lo que el oni me estaba contando. No me sorprendió el inicio de la historia, pues aquel era el Ashura que yo conocía - ¿Él tendrá también una libreta en la que apunta cosas? - me pregunté, inevitablemente, fruto de mi curiosidad - No es momento para eso, Eaa - deseché la idea y me centré nuevamente en escuchar - En una de nuestras paradas el destino decidió que tenía otros planes para mi - El destino, aquella implacable fuerza que decidía todo. La fuerza que tantas veces me había ayudado en el pasado. La que hizo que me encontrara a Mandarina en aquel callejón una lluviosa noche de otoño, la que me llevó a La Viuda Tuerta aquella otra noche, la que me llevó a conocer a Maeve y Peteiro (aunque no a Balban, por desgracia). Esa misteriosa fuerza que trajo luz y felicidad a mi oscura vida, y la misma que poco más de un año después hizo que aquella luz se apagara - El destino es una mierda - murmuré inconscientemente, mientras seguía escuchando la historia. Por lo que contaba Ashura Lily parecía una persona maravillosa, y su relación era envidiable. Pero no todo podía ser tan bonito. Lo que dijo después hizo que se me helara la sangre. Lily enfermó. Estuvo ocho meses enferma antes de morir finalmente. Un escalofrío recorrió mi espalda. Me encogí, apoyando mis patas sobre el tocón en el que estaba sentada, flexionando mis rodillas y sujetándolas (o por lo menos tratando de hacerlo) con mis alas. - Ocho meses - No pude evitar darle vueltas a aquello. Hice cuentas rápidamente en mi cabeza. Era casi un año. Ocho meses era como si Maeve hubiera enfermado poco después de nuestro encuentro con Waj. Antes de la fiesta de año nuevo, del regalo de cumpleaños, de encontrarnos con Zorak y Kisuke en Ohara. Saber que iba a morir, y no poder hacer nada para poder evitarlo...
Comencé a temblar. Tenía frío, pero por encima de todo tenía miedo. Un miedo atroz nacía de lo más profundo de mi ser e iba tomando el control de mi cuerpo. Algo así podía pasar en cualquier momento. Cerré fuertemente los ojos mientras las lágrimas comenzaban a caer por mis mejillas, a la vez que deseaba con todas mis fuerzas que nunca le pasara algo parecido a mi pequeñín
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