12-01-2025, 11:48 PM
Abrí los ojos en el camarote de la niebla de guerra. Era la cama más cómoda que había probado a lo largo de las casi tres décadas que había vivido. "Ni en el vientre de mi madre habría estado tan a gusto, joder." Pensé, estirándome. La luz entraba por las rendijas de la ventana que daba al exterior. Era un camarote solo para mí. Ashura nos había asignado uno a cada uno, otorgándonos una llave y clavando en cada puerta su respectivo cartel de "Se busca" del último periódico. Estaba orgulloso de los logros perpetuados por esta nuestra banda de maleantes. Me levanté de la cama, quedándome sentado en la misma. Miré a mi alrededor con calma. Una cama mullida, una mesa con un par de libros de medicina, un mortero que algún día usaría para crear venenos, unas cuantas libretas para los apuntes médicos pertinentes, con una silla en frente para mi comodidad y, a la izquierda del escritorio, un sofá largo para recostarse lo más cómodamente posible. Un diván en toda regla.
Un grito me sacó de mis tranquilos pensamientos. El capitán ya estaba gritando otra vez. Sería mejor que subiese a cubierta a ver lo que pasaba. Lo oí decir que quitáramos los carteles de Wanted de las puertas. Por suerte, tenía buen oído. De otro modo, tendría que subir y bajar de nuevo. Arranqué el cartel y lo llevé hasta un cajón de la mesa de mi habitación. Al salir, vi a Rapax andando hacia la cubierta del barco blanco. Habían soltado el ancla, lo que indicaba sin lugar a dudas que era el fin del viaje y otra isla esperaba el caos producida por los Mushoku. Cogí mi abrigo, colgado de la silla frente el escritorio y cerré la puerta con llave y la guardé un el bolsillo de mi gabardina. Subí las escaleras y la luz del sol me cegó por un momento. Cuando las pupilas se adaptaron a la claridad del nuevo día, pude observar una vista maravillosa. Más allá de las espaldas de Ashura, Rapax y Korg, un montón de gigantescos árboles se alzaban directamente del mar. Los manglares eran inmensos. Salían también una especie de burbujas como jabonosas del suelo y explotaban muchos metros arriba, cuando eran apenas visibles ya. Esto ofrecía un efecto sonoro extremadamente relajante. No se si quiero (o puedo) sumir un lugar así en el caos y la miseria. Había un gran número veintiséis escrito en el tronco central, supongo que para que la gente no se perdiera. Aquella isla debía ser sumamente inmensa.
Rapax y Korg saltaron del barco a tierra firme y yo me acerqué entonces a donde estaba el demonio de humo. Antes de poder decirle nada, me fijé que Gin iba en dirección a dos figuras encapuchadas. Encapuchadas, y una de ellas incluso enmascarada. Un olor terrible llegó a mis fosas nasales y mi hocico se arrugó por un momento. Me suenan esos dos. El de la máscara tenía alas, pero a estas alturas ya no me sorprendía nada. Después de Artur y sus vuelos, no quería tener que enfrentarme a nadie que pudiera quedarse quieto a varios metros del suelo. El peliblanco estaba hablando con ellos. Miré al capitán. - Hoy en el menú de desayuno: ¿Alitas fritas y ancas de rana? Bahahaha. ¿Que hace Gin hablando con esos dos, capitán? Mejor nos preparamos por si ese la vuelve a liar y nos tenemos que meter en una lucha absurda contra debiluchos que no saben ni dar media hostia. Bahahaha. - Tenía ganas de empezar a destrozar cosas, pero la sensación era tan relajante que mi cuerpo no podía estar tenso. Al menos de momento, mientras no me acostumbraba. Me recosté en la barandilla del Niebla de guerra y me quedé observando la escena con cara de pereza y las orejas medio caídas.
Un grito me sacó de mis tranquilos pensamientos. El capitán ya estaba gritando otra vez. Sería mejor que subiese a cubierta a ver lo que pasaba. Lo oí decir que quitáramos los carteles de Wanted de las puertas. Por suerte, tenía buen oído. De otro modo, tendría que subir y bajar de nuevo. Arranqué el cartel y lo llevé hasta un cajón de la mesa de mi habitación. Al salir, vi a Rapax andando hacia la cubierta del barco blanco. Habían soltado el ancla, lo que indicaba sin lugar a dudas que era el fin del viaje y otra isla esperaba el caos producida por los Mushoku. Cogí mi abrigo, colgado de la silla frente el escritorio y cerré la puerta con llave y la guardé un el bolsillo de mi gabardina. Subí las escaleras y la luz del sol me cegó por un momento. Cuando las pupilas se adaptaron a la claridad del nuevo día, pude observar una vista maravillosa. Más allá de las espaldas de Ashura, Rapax y Korg, un montón de gigantescos árboles se alzaban directamente del mar. Los manglares eran inmensos. Salían también una especie de burbujas como jabonosas del suelo y explotaban muchos metros arriba, cuando eran apenas visibles ya. Esto ofrecía un efecto sonoro extremadamente relajante. No se si quiero (o puedo) sumir un lugar así en el caos y la miseria. Había un gran número veintiséis escrito en el tronco central, supongo que para que la gente no se perdiera. Aquella isla debía ser sumamente inmensa.
Rapax y Korg saltaron del barco a tierra firme y yo me acerqué entonces a donde estaba el demonio de humo. Antes de poder decirle nada, me fijé que Gin iba en dirección a dos figuras encapuchadas. Encapuchadas, y una de ellas incluso enmascarada. Un olor terrible llegó a mis fosas nasales y mi hocico se arrugó por un momento. Me suenan esos dos. El de la máscara tenía alas, pero a estas alturas ya no me sorprendía nada. Después de Artur y sus vuelos, no quería tener que enfrentarme a nadie que pudiera quedarse quieto a varios metros del suelo. El peliblanco estaba hablando con ellos. Miré al capitán. - Hoy en el menú de desayuno: ¿Alitas fritas y ancas de rana? Bahahaha. ¿Que hace Gin hablando con esos dos, capitán? Mejor nos preparamos por si ese la vuelve a liar y nos tenemos que meter en una lucha absurda contra debiluchos que no saben ni dar media hostia. Bahahaha. - Tenía ganas de empezar a destrozar cosas, pero la sensación era tan relajante que mi cuerpo no podía estar tenso. Al menos de momento, mientras no me acostumbraba. Me recosté en la barandilla del Niebla de guerra y me quedé observando la escena con cara de pereza y las orejas medio caídas.
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